Project Gutenberg's Granada, Poema Oriental, Tomo I, by Jos Zorrilla

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Title: Granada, Poema Oriental, Tomo I
       Poema Oriental

Author: Jos Zorrilla

Release Date: September 3, 2017 [EBook #55480]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK GRANADA, POEMA ORIENTAL, TOMO I ***




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  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.




                                GRANADA




                                GRANADA

                            POEMA ORIENTAL


                            PRECEDIDO DE LA


                          LEYENDA DE AL-HAMAR

                                  POR

                           DON JOS ZORRILLA


                             TOMO PRIMERO

                             NUEVA EDICIN


                                MADRID

                IMPRENTA Y LITOGRAFA DE LOS HURFANOS

                   Juan Bravo, 5.--_Telfono 2.198_.

                                 1895




[Ilustracin]




Ms de cuarenta aos hace que sali  luz este POEMA; y aun cuando
su numerosa edicin fu bien pronto agotada por el pblico, no ha
vuelto  imprimirse. Vicisitudes de la vida del autor y vicisitudes
del POEMA mismo, cuyo tercer tomo se anunciaba constantemente aunque
nunca llegara  escribirse, fueron causa de que la obra ms extensa de
Zorrilla, y en que l cifraba mayor empeo, sea hoy un libro raro, casi
desconocido de la generacin actual.

La viuda del gran poeta dese reimprimir los bellsimos versos del
GRANADA, en memoria de su amante esposo y como legado que l dej para
auxilio de una numerosa familia; pero su intento hubiera sido estril
sin el noble concurso de que la propia interesada da razn ms adelante.

Esta obra, pues, no sale nuevamente al pblico para pedir lauros nuevos
 la crtica, sino para propagar su lectura entre los que slo conocen
de ella que el peregrino ingenio  quien se debe lleva por sobrenombre
EL CANTOR DE GRANADA.

[Ilustracin]




                                 CARTA

                                  AL

                  EXCMO. SR. D. JOS MARTNEZ DE RODA

                  SENADOR POR LA PROVINCIA DE GRANADA


                                    Madrid 1. de Junio de 1894.

MI DISTINGUIDO SEOR Y AMIGO: No s cmo manifestar  Ud. mi
agradecimiento por el favor que me hace publicando el POEMA de mi
difunto esposo. Demuestra Ud. con ello ser digno hijo de la hermosa
comarca que l cant,  la vez que consecuente con la amistad que
Zorrilla le tuvo, y de la cual dej prueba consignando sus ltimos
versos en el lbum de la Ilustre Seora  quien Ud. ha dado su nombre.

Gracias, pues, de mi parte, as como de las hijas adoptivas del poeta,
favorecidas todas por su generosidad; y aun cuando me consta que Ud.
deseaba ser nuestro protector annimo, yo creo de rigurosa justicia
hacer pblica esta carta en las primeras pginas del libro, como
muestra de un reconocimiento que conservar siempre vivo en su corazn
la que hoy se le ofrece amiga y servidora, q. b. s. m.,

                                           _Juana Pacheco_,

                                          _Viuda de Zorrilla_.




Este Poema es propiedad de la viuda de Zorrilla, sin cuyo
consentimiento no podr reimprimirse, ni en todo ni en parte.

Queda hecho el depsito que previene la ley.




[Ilustracin]




                     JUICIO ANTICIPADO DE ZORRILLA

                             SOBRE SU OBRA


Haba pensado (escribe) anteponer  mi poema un acadmico y razonado
discurso en forma de prlogo, obra desde luego de algn amigo mo,
persona de alta reputacin literaria y de grande autoridad, para que
le sirviese de escudo y proteccin y previniera en su favor la opinin
pblica, manifestando abiertamente la parcialidad de la suya; pero he
desistido de semejante pensamiento, porque he reflexionado que, si
el poema fuere bueno, no necesitar de proteccin; y si fuere malo,
no bastarn para protegerle todas las autoridades reconocidas de la
Cristiandad y del islamismo.

El que crea, sin embargo, que con l pretendo realizar la novena
maravilla (dado que el Escorial sea la octava), y asombrar al mundo
con un poema pico, est en un error, y me honra mucho suponindome
tan sobrado de alientos. Mi obra,  la cual notar el discreto que
llamo POEMA ORIENTAL, no es ms que una enorme leyenda, en la cual otro
ingenio ms competente hallar reunidos los materiales necesarios para
construir el clsico edificio de la magnfica epopeya encerrada en la
poca de la conquista de Granada. Avergonzado al ver que extranjeros
autores han llamado antes que nosotros  las puertas de la Alhambra,
ya con el grosero aldabn de la novela descabellada  insulsa, como
Florin, ya con el martillo de la juiciosa y galana historia, como
Washington Irving, heme arrojado  abrir el cancel de su misterioso
alczar al genio feliz  quien sea dado apoderarse de su encantado
recinto.

Tales son, y no otras, las limitadas pretensiones de mi POEMA.

[Ilustracin]




                               FANTASA




                                     Bruselas, 21 de Febrero de 1852.


                               AL SEOR

                         DON BARTOLOM MURIEL

                         EN PRENDA DE AMISTAD




                               Fantasa


I

      Imaginas que son, Muriel amigo,
    Barreras para m tiempo y distancia?
    Piensas que porque Flandes me da abrigo,
    Mientras t habitas en la inquieta Francia,
    Mi voz no puede platicar contigo,
    Mi pie no puede visitar tu estancia?
    Error! Por ti los imposibles puedo,
    Y aunque de Francia parto en Francia quedo.

      No sabes que el poder de los poetas
    Es inmenso, Muriel: que cuanto tocan
    Hechizan con su magia: que, sujetas
     su poder, las almas se convocan
     oirles: que con prcticas secretas
    Hablan con el ausente, al muerto evocan,
    Reedifican de un soplo las ciudades
    Y hacen retroceder  las edades?

      Sus rdenes no sabes que obedecen
    Ejrcitos de genios que  millares
    Amigos por doquier les favorecen,
    Hacindoles los montes y los mares
    Transponer: que doquiera se aparecen
    Sin respetar ni tiempos ni lugares:
    Para quienes no hay diques, ni barreras,
    Policas, aduanas, ni fronteras?

      Msero amigo mo! ese medroso
    Sn que  los pies de tu callado lecho
    Percibes con pavor, que tu reposo
    Turba agitando tu apenado pecho,
    No es del chisporroteo bullicioso
    Que alza tu lamparilla, en el estrecho
    Crculo ahogada del cubierto vaso:
    Es el rumor de mi imprevisto paso.

      Soy yo, que los espacios transponiendo
    De mi secreta magia con el arte,
    En alczar fantstico pretendo
    Tu cairelado lecho transformarte.
    Soy yo, Muriel, que, ante tu faz abriendo
    Su dorado cancel, voy  guiarte
     travs de una esplndida morada
    Por misteriosos seres habitada.

      S, yo soy quien asalto tu aposento.
    Despierta, pues; la inspiracin ahora
    En mis entraas inflamarse siento
    Con fuego creador que las devora.
    Incapaz de guardar mi pensamiento
    El tropel de delirios que atesora,
    Va  romper impetuoso sus barreras
    Y  lanzar en la sombra sus quimeras.

      Yo, poeta que al mundo fu evocado
    Del fondo de una abierta sepultura,
    Camino de fantasmas rodeado,
    Sueos de mi creencia y mi locura.
    Manes que sus sepulcros han dejado
    Para seguirme por la tierra obscura,
    Conmigo van y con mi aliento aspiran,
    Doquier me cercan y doquier me inspiran.

      Sobre sus alas con errante vuelo
    Los antros ms recnditos visito,
    De la pasada edad levanto el velo,
    En sus viejos alczares habito,
    El sueo de sus hroes desvelo,
    Sus caballeros  la lid concito,
    Y al eco audaz de mi inspirado acento
    Acuden cabalgando sobre el viento.

       veces  la luz de las estrellas,
    Por una soledad no conocida
    Ni habitada jams, sigo sus huellas
    Escuchando el relato de su vida
    En una lengua cuyas frases bellas
    Una armona exhalan nunca oda,
    Y sin auxilio de palabra  letra
    En mi encantado corazn penetra.

      En aquellas fantsticas regiones
    El tesoro riqusimo se encierra
    De aquellas misteriosas tradiciones
    Que la historia veraz de s destierra,
    Ms que de sus recnditos rincones
    Tenaz la poesa desentierra,
    Y que, al amparo de la fe y del arte,
    Forman en su regin un mundo aparte.

      All estn las tristsimas bellezas
    Que lloraron incgnitos amores:
    Los hroes sin prez cuyas proezas
    No ensalzaron jams los trovadores:
    Armado el paladn de todas piezas,
    Coronadas las vrgenes de flores,
    Tendidos los de Oriente sobre chales
    Ornados con moriscos almaizales.

      All estn las pursimas mujeres
    Que, encerradas en santos monasterios,
    Conversaron del cielo con los seres
    De la virtud sondando los misterios:
    Que oyeron en sus msticos placeres
    De los santos Querubes los salterios
    Y cuyo corazn, libre de amores,
    Se espig y se sec como las flores.

      En medio de estos seres ideales,
    Que no estn amasados con la escoria
    De que fuimos formados los mortales,
    La vanidad de la mundana gloria
    Despreci y hall blsamo  los males
    De nuestra frgil vida transitoria,
    Tejido espeso de miserias largas,
    De das de pesar y horas amargas.

      All es donde,  la luz de las creencias
    De nuestra infancia, quemo  las memorias
    De nuestra hermosa patria las esencias
    De la fragante poesa. Historias
    Cuyo relato embarga las potencias
    Son las de estas visiones ilusorias,
    Compaeras alegres de mis cuitas,
    De edad mejor imgenes benditas.

      Espritus que en torno de mi lecho
    Velan y por mi bien se multiplican,
    La pesadilla ahuyentan de mi pecho,
    Mis penosos ensueos dulcifican,
    Del corazn en la impureza hecho
    Los malignos intentos purifican,
    Y transforman el campo de mi mente
    En un florido Edn resplandeciente.

      Ellos en mis vigilias solitarias
    Me distraen con dulcsimas memorias,
    Me hechizan con sus himnos y plegarias
    Y  que escriba me incitan sus historias:
    Por sus regiones vago imaginarias,
    Abrazo sus visiones ilusorias,
    Y en otra creacin, con otros seres
    Paso mi vida, parto mis placeres.

      Por eso elijo las nocturnas horas
    Para hacer el relato de mis cuentos,
    Labrando en las tinieblas incoloras
    Las torres de mis locos pensamientos.
    Por eso de sus sombras protectoras,
    Asaltando  favor tus aposentos,
    Vengo  hacerte, Muriel, la pobre ofrenda
    De esta loca y fantstica leyenda.

      T que, amigo sincero, mis pesares
    Carioso y leal has consolado:
    T que del infortunio en los azares
    Apoyo generoso me has prestado:
    T que con honda fe de mis cantares
    El poder misterioso has invocado
    Del duelo y el afn como anatema,
    Escuchars benigno mi poema.

      T, que sabes del mundo retirarte,
    Sin que pueda el turbin de sus insanos
    Delirios en su vrtigo arrastrarte:
    Que de una noble sociedad de hermanos
    Has sabido en tu cmara cercarte
    Para escuchar mis cuentos africanos,
    Quiero que des tu nombre  la portada
    De mi oriental leyenda de GRANADA.

      Y ojal dure la memoria ma
    Cuanto duren los siglos venideros,
    Y corra este papel, famoso un da,
    De la tierra los mbitos enteros:
    Para que desde Norte  Medioda
    Vayan nuestros dos nombres compaeros,
    Y el tuyo brille en la futura historia
    Al resplandor de mi futura gloria!

      yeme pues, Muriel, antes que vuelen
    Las horas de los sueos y visiones:
    Antes de que los genios se desvelen
    Contrarios de mis vagas creaciones,
    Y las parleras auras les revelen
    El oculto poder de mis canciones:
    Antes, en fin, que el Sol con rayos puros
    Disipe mis poticos conjuros.

      yeme lejos del tumulto loco
    De la revuelta sociedad, y fa
    Que no nos faltar, si yo la evoco,
    Para escuchar mis versos compaa.
    Yo, que  mi voz animo cuanto toco,
    Voy  poblar la atmsfera vaca
    De multitud de espritus atentos
    Que contigo  la par oigan mis cuentos.

      Al soplo de mi aliento poderoso,
    Va  circundarnos y  prestarme odo
    Ese mundo de sombras vagaroso
    Por tus preciosos lienzos repartido.
    Ese mundo fantstico en reposo
    Mantenido hasta hoy, va desprendido
    Del muro  hacer de mi velada parte:
    Porque, qu hay imposible para el arte?

      Yo amo, Muriel, los lienzos y esculturas
    Que tu curiosa cmara guarnecen;
    Sus soadas  histricas figuras
    Amigos de mi infancia me parecen:
    De otra vida anterior memorias puras,
    Recuerdos que mi sr rejuvenecen,
    Genios tal vez de mi existencia guas,
    Que la conducen  mejores das.

      La causa ignoro, mi razn no alcanza
    Por qu ha unido, Muriel, mi loca idea
     un porvenir de luz y de bonanza
    Cuanto el lugar de tu mansin rodea:
    Mas cuanto en mis delirios de esperanza
    Mi corazn, supersticioso, crea,
    Lo veo de tus cuartos y pinturas
    Ornado con los muebles y figuras.

      Ellos han escuchado los primeros
    De mi lad morisco la armona,
    Y,  crer en fanticos ageros,
    Padrinos son de la fortuna ma.
    En brazos de esas damas y guerreros
    Salen mis versos  la luz del da,
    Y yo de su presencia no renuncio,
    Crdulo, en mi favor, al fausto anuncio.

      Yo, en el campo del arte peregrino,
    Doquier del arte adorador profundo,
    Que presentado  ser voy imagino
    En brazos de las artes en el mundo:
    Y pues me trajo entre ellas mi destino
     desplegar las hojas en que fundo
    Mi esperanza  la gloria que ambiciono,
     ilusin tan dichosa me abandono.

      Murillo, Rafal, Salvator Rosa,
    Piombo, Teniers, Tiziano, Stein, Morales,
    Cuyas firmas de mano vigorosa
    Leo sobre esos lienzos inmortales,
    Aunque, viles, no logren otra cosa,
    Para mis pobres cantos orientales,
    Yo de vuestra presencia los auspicios
    Acepto con afn como propicios.

      Y t, dulce y amante Garcilaso,
    Cortesano cantor de los pastores,
    Que cuenco pastoril el ureo vaso
    Hiciste do libaste tus amores:
    T que entre miel y mbar  tu paso
    Sembraste versos que brotaron flores,
    Ve si  los mos tu dulzura inspiras
    Desde ese marco en que tenaz me miras.

      Y vosotros, bizarros personajes,
    Seres faltos de sr,  quien del caos
    Para adornar sus fondos y paisajes
    Sac el genio vivfico: animaos.
     mis cristianos himnos y salvajes
    Sonatas africanas despertaos:
    La poesa en las pasadas eras
    Movi los montes y dom las fieras.

      Vivificaos, pues, y en torno mo
    Agrupaos oh imgenes hermosas
    Del amor, el pesar, la fe y el bro!
    Venid ceidas de fragantes rosas,
     devorado el corazn de hasto,
    Visiones del desierto pavorosas,
    Diana impura, llorosa Magdalena,
    Vigorosa Judit, robada Elena.

      Alba severo, incgnitos seores
    De plegados vuelillos y valonas,
    Apticos flamencos fumadores,
    Zagales cuyas cabras juguetonas
    Pasto buscan de cspedes mejores:
    Del marco desprended vuestras personas,
    Formad una callada fantasa
    Que auditorio idal preste  la ma.

      Revivid  mi acento, yo os conjuro,
    Creaciones que estis en el dominio
    De la imaginacin: congreso impuro
    De dioses ya sin cielo, del triclinio
    Baja  mi voz, y aunque te sea duro
    Renunciar del Parnaso al patrocinio,
    Ven  adorar en mis severos cantos
    La gloria de otros nmenes ms santos.

      Venid lbrica Venus, rubia Ceres,
    Diosas en otros tiempos inmortales,
    Otros genios  ver y otras mujeres
    Hollando vuestro altar y pedestales.
    Nuevas Divinidades, nuevos seres
    De prez y de virtud ms celestiales,
    Dan hoy  una mejor mitologa
    Con ms ntima fe ms poesa.

      Gracias, bellas quimeras! ya os percibo;
    Dejad de mis conjuros al acento
    La vil materia en que cre cautivo
    Vuestro ficticio sr un pensamiento.
    Aprstate, Muriel: al soplo vivo
    De mi fecundo  inspirado aliento,
    Voy  abrir  tu atnita mirada
    El recinto de la rabe GRANADA.


II

      Mas la planta oh Muriel! ten un momento
    Antes que huelles su frondosa vega,
    Porque traidor me asalta un pensamiento.
      Mal retenida entre tus labios juega
    La sonrisa del que oye y, caballero,
    Aunque tenaz no cree, corts no niega.
      Que extraas ay de m! por ella infiero,
    Que con sincera conviccin cristiana,
    Hoy en sn tan veraz como severo
      Mi voz resuene, cuando ayer mundana
    Y de la tierra escndalo profano
    El vicio y el placer cant liviana.
      Quieres saber, Muriel, por qu el mundano
    Lad dejando, en harpa vibradora
    Las glorias de la Cruz canto cristiano?
      Quires saber por qu, bebiendo ahora
    Mi inspiracin en el venero vivo
    De nuestra Fe, mi voz consoladora
      Levanto en el tumulto revulsivo
    De nuestro siglo turbulento, al duelo
    Del corazn buscando lenitivo?
      Pues voy audaz  descorrer el velo
    Que tal misterio encubre, en una historia
    Que con orgullo y sin temor revelo.
      Reservada y recndita memoria
    Del libro inmaterial del alma ma:
    Historia slo para m: ilusoria,
      Potica y gentil alegora
    Nada ms para el mundo,  cuyo odo
    Jams imagin que llegara.
      Aparta, pues, del lmite florido
    De Granada, que ests casi pisando,
    Tu pie, menos feraz y entretenido
      Sendero agreste tras de m tomando,
    Y avancemos, Muriel..... pero medita
    Que en la regin del alma vas entrando.


LAS DOS LUCES

      Es la existencia golfo que se agita
    Circundando islas mil, cuyo olaje
    De la _nada_ en las playas se limita.
      Naves las almas son en que el pasaje
    Hacemos de este golfo, cuyo centro
    El punto es de partida en este viaje.
      Centro es la cuna: una isla mar adentro
    En la mitad del golfo colocada,
    Do alma y cuerpo se salen al encuentro.
      Al mar cada alma desde all lanzada
    Va de una en otra isla escala haciendo,
    Hasta dar en las playas de la _nada_:
      All en la inmensa eternidad cayendo,
    Nufrago el cuerpo en la ribera espira
    Al criador su nave devolviendo.
      _Amor_, _deleite_, _lujo_, _ambicin_, _ira_,
    _Gloria_, _amistad_, _honor_, _fama_, _y orgullo_,
    Islas son donde reina la mentira.
      Desde ellas nos reclama con arrullo
    Fascinador: de danzas y canciones
    Nos enva al pasar manso murmullo:
       ellas con falaces ilusiones
    Nos atrae, y, viajeros perezosos,
    Vamos haciendo escala en las pasiones.
      _Fe, ciencia, religin_..... son luminosos
    Faros que por las varias latitudes
    Nos guan de estos mares procelosos.
      Voga! nos dicen con su luz no dudes.
    Voga! y, pilotos de arte y experiencia,
    Vamos haciendo escala en las virtudes.
      Por las pasiones va nuestra existencia
    Sus riquezas gastando, y adquiriendo
    Por las virtudes va nueva opulencia.
      Las naves bien lastradas al tremendo
    Vaivn resisten y oleaje fuerte:
    Las vanas ceden al embate horrendo.

      Era yo joven: mi conciencia inerte
    Dorma, cuando al mundo audaz y solo
    Sal fiado en la voluble suerte.
      Lal, franco, inexperto, extrao al dolo,
    Creyendo en cuanto vi con fe sincera,
    Mo el mundo juzgu de polo  polo.
      Mi alma entonces, gndola ligera
    En manos de seor joven y ansioso
    De vida mundanal y placentera,
      Se dejaba guiar por el undoso
    Y turbulento mar de la existencia,
    Ya  naufragar vecina, ya en reposo
      Vogando de aura mansa  la influencia:
    Al sol ardiente y  la tibia luna
    Mecindose en el mar con indolencia
      Sigui siempre mi nave y mi fortuna
    La dulce poesa, compaera
    De mi gozo y mi afn desde la cuna:
      Y con voz ora humilde, ora altanera,
    Mis placeres cant, mis ilusiones
    Hechic, la ventura pasajera
      De la vida fugaz en mis canciones
    Celebr; y ora crdulo, ora impo,
    Templ mi lira con inciertos sones.
      Abord en mi demente desvaro
    Del golfo de la vida las riberas
    Todas, sin otra ley que mi albedro.
      Sus islas visit ms hechiceras:
    _Gloria_, _amistad_, _amor_, _deleite_, oyeron
    Mis insensatas cntigas primeras:
      Y doquier por el golfo me aplaudieron,
    Y de lauros cargronme la frente,
    Y embriagndome al fin, me embrutecieron.
      Triunf, am, disip, re insolente.
    Qu saqu de esta vida vergonzosa?
    Hastiado el corazn, seca la mente.
      Mi alma, nave sin lastre, en peligrosa
    Marcha me conduca abandonado
    Al olaje de la mar undosa.
      Entonces record mi sosegada
    Niez: cuando mi madre me tena
    Sentado en sus rodillas y posada
      Su mano en mi cabeza, diriga
    Mi atencin al altar donde radiante
    Se elevaba una imagen de MARA.
      Y entonces record la voz vibrante
    Del monje que en el plpito exclamaba:
    La existencia ms larga es un instante;
      Honor, gloria, poder, todo se acaba
    Con ella: slo nuestras obras viven,
    Y ay del que con sus obras no se cava
      Su tumba! Todos del Seor reciben
    Para el bien un talento, y Dios ordena
    Que el suyo todos para el bien cultiven.
      Record que esto o en la edad serena
    De la cndida fe, cuando la mente
    Virgen recibe la impresin ajena
      Que conserva indeleble eternamente.
    Hasta entonces jams mirado haba
    Detrs de m: tornme ansiosamente
      El rastro  ver de la existencia ma:
    Qu vi? la inmensidad del ocano
    Que tras de m desierta se extenda.
      La nave de mi alma un solo grano
    De lastre no llevaba, ni una sola
    Flor de las islas conserv mi mano.
      El rumor de una ola y otra ola
    No ms en torno oa, y el profundo
    Sn de la mar que el corazn desola
      Blando susurre  muja furibundo.
    Me comprendes, Muriel? te voy contando
    La historia de mi alma: lo que al mundo
      Nadie cuenta jams: lo que llevando
    Va cada cual consigo, cuidadoso
    En el inquieto corazn guardando.
      Lo que el hombre no dice vergonzoso,
    Mas lo que  solas piensa en el momento
    En que cierra su prpado al reposo.
      Iba yo, pues, al olaje lento
    Del golfo de la vida en la barquilla
    De mi alma vogando, el pensamiento
      Tornado  mi niez, de toda orilla
    Lejos, el corazn triste y vaco
    De lo pasado, viendo que la quilla
      Del alma no dejaba entre el bravo
    Olaje seal, y nuevo rumbo
    Dar meditando al barquichuelo mo:
      Y he aqu que de las ondas al balumbo
    Avanzando al azar ciego y perdido
    De olas en olas y de tumbo en tumbo,
      Vi una isla  lo lejos; decidido
    Torn  ella mi proa y tom suelo
    En pas para m desconocido;
      La _Isla de la Razn_ era, que el Cielo
    Puso en mitad del viaje de la vida.
    La rica nave, el dbil barquichuelo
      Que all aporta sin rumbo, la perdida
    Brjula cobra y desde all dirige
    Su viaje  fcil playa. Guarecida
      La _Razn_ de esta isla, en ella rige
    Como reina, teniendo en su ribera
    Dos luces siempre ardiendo, y una elige
      De las dos el que arriba, su postrera
    Travesa al hacer: cada uno enciende
    Su antorcha en una y, breve  duradera,
      Con esta luz su travesa emprende,
    Cuerdo  desatinado, el navegante
    Que  s no ms en la eleccin atiende.
      De saltar en su isla en el instante
    De la fe es esta luz, del siglo es esta
    Me dijo la _Razn_: y, vacilante
      En la difcil eleccin funesta
    Entre la fe y el siglo, al alma ma
    Entre las luces de ambos dej puesta.
      La antorcha de la fe no despeda
    Ms que un rayo de luz tranquilo y puro,
    Que por la limpia atmsfera suba
      Recto  perderse en el azul obscuro
    De la pura regin, que el ojo humano
    No contempl jams fijo y seguro.
       la _luz de la fe_ nada cercano
    Sobre el haz de la tierra se alcanzaba:
    Pero en la altura del zenit lejano
      Vease una estrella y se dudaba
    Si la luz de la fe de ella vena,
     la luz de la fe se la prestaba.
      Yo entre la tierra y la regin del da
    Este rayo comn juzgu, y no en vano,
    Que comunicacin estableca.
      Circundaba este rayo soberano
    Rico enjambre de abejas luminosas
    Con alas de oro, cuanto ms cercano
      Al resplandor su vuelo ms hermosas:
    Y en el centro del rayo refulgente
    Labraban sus panales oficiosas.
      Quembalas al fin el foco ardiente
    Y en lugar de cenizas, convirtindolas
    En bellsimas aves, de repente
      La luz del rayo mstico impelindolas,
    Tomaban vuelo hacia el zenit palomas,
    guilas, cisnes, garzas y oropndolas;
      Y abrasada su miel, suaves aromas
    Exhalaba que en la aura derramndose
    Embalsamaban mar, valles y lomas.
      La _luz del siglo_, mvil elevndose,
    Culebreaba con llamas refulgentes
    De su foco en redor desparramndose,
      Formando con sus llamas transparentes
    Un bello rbol de luz que reflejaba
    Los colores del iris esplendentes.
      Bajo este rbol radiante vegetaba
    Innumerable coleccin de flores,
    En la que muchedumbre se criaba
      De mariposas, ricas en colores,
    Agradables en forma y movimiento,
    Y en gala incomparables y en primores.
      Susurro vago y apacible y lento
    Con sus alas hacan y en contorno
    De aquel rbol de luz giros sin cuento:
      Mas al fin deslumbradas y al bochorno
    Del fuego enloquecidas, acercndose
    Al foco abrasador, del rico adorno
      De sus puros colores despojndose,
    Poco  poco en la luz se iban lanzando
    Y unas tras otras en la luz quemndose;
      Y un poco de humo ftido exhalando,
    Polvo las mariposas se volvan,
    Su sitio ante la luz  otras dejando.
      _Ms bellas las abejas renacan_
    _En la luz de la Fe, y las mariposas_
    _Polvo en la luz del siglo se volvan._
      Quin de aquestas dos luces misteriosas
    La alegora mstica no advierte?
    La miel de las abejas oficiosas,
      Que en aroma  su luz la fe convierte,
    Son _las obras_ del hombre, que embalsaman
    Su memoria triunfante de la muerte.
      El polvo que de s cuando se inflaman
    Las mariposas sueltan, son _las horas_
    Que en el siglo sin fruto se derraman.
      Estriles as  germinadoras
    Son, sin fe, mariposas nuestras vidas
    Y abejas con la fe trabajadoras;
      Las almas naves  la mar partidas,
    Ricas, seguras, con la fe vogando,
    Con el siglo, sin lastre, sumergidas.
      Todas de la _Razn_ van arribando
     la isla: en sus luces toman fuego
    Y siguen  las costas navegando.
      Yo, que ha ya siete lustros que navego
    Por la existencia,  la _Razn_ arribo
    Y en su luz tomo de mi antorcha el fuego:
      Y el escaso talento que recibo
    Del Seor para el bien, constante abeja
    Labrando mi panal, con fe cultivo.

      Pienso que de mi fe duda no deja
    En ningn corazn mi alegora,
    Pues mi alma en sus luces se refleja.
      Qu es un poeta? Un ave en la sombra
    Selva del mundo por su Dios lanzada
    Para llenar sus senos de armona:
      Mas no para gorjear desatinada
    Da y noche, la selva ensordeciendo,
    Malgastando la voz que le fu dada
      Para elevarla audaz sobre el estruendo
    Mundanal, y con fe consoladora
    La gloria de su Dios enalteciendo.
      No al poeta se di la voz sonora
    Como engaosa voz  la sirena,
    Ni como al cocodrilo voz traidora;
      La del poeta el nimo serena
    Del hombre por la tierra peregrino:
    Dulce y divina voz que le enajena,
      La patria celestial de donde vino
    Recordndole siempre y aliviando
    La fatiga mortal de su camino.
      Ay del poeta que, sin fe cantando,
    Slo murmullo efmero levanta
    Como el agua y el aire susurrando!
      Ay del poeta que su fe no canta
    Y la gloria del pueblo en que ha nacido,
    Enronqueciendo en vano su garganta!
      Mariposa y no abeja!--Tal ha sido
    La causa que, tenaz, de esta obra ma
    En el asiduo afn me ha sostenido.
      Cambia con mi _razn_ mi poesa,
    Y  _la luz de la fe_ recapacito
    Que he sido mariposa hasta este da.
      Ha siete lustros que la tierra habito,
    Ave insensata que en la selva trina
    Con intil gorjear, y necesito
      Utilizar la inspiracin divina
    Que al poeta da Dios, el sacrosanto
    Sino cumpliendo  que mi sr destina.
      Y he aqu por qu cuando hoy mi voz levanto,
    _Cristiano y Espaol, con fe y sin miedo,_
    _Canto mi religin, mi patria canto_.
      Con mi destino cumplo como puedo;
    Y si sucumbo por llenarle, en suma,
    Con Dios en paz y con mi patria quedo.

      Ahora, Muriel, en alas de mi pluma
    Volvamos al dintel de mi poema;
    (Puesto que es fuerza que de tal presuma.)
      En tanto, pues, que en la jornada extrema
    Tocamos, ven conmigo hacia GRANADA,
    Regio florn de la oriental diadema.
      Ven de mi narracin la no trillada
    Senda siguiendo: al arabesco estilo
    La encontrars de flores alfombrada.
      No es un camino real tirado al hilo
    Derecho y espacioso, mas conduce
    Por medio de un vergel al regio asilo
      Del alczar Muslim, y se introduce
    Antes por bib-arrambla do las flores
    Vers ms bellas que el Genil produce.
      Ftima la Zegr, _perla_ de amores,
    Cual su nombre lo dice: la Azafa
    _Cndida_ como el suyo: la en albores
      Extremada Jarifa: _albor del da_,
    La dicha as por su beldad, Zoraya:
    Zaida, que fuego en el mirar tena:
      La _espejo_ de constantes Almeraya:
    Zelinda, la orgullosa Alpujarrea:
    Borina, prez de la murciana playa:
      Zora, la voluptuosa Malaguea:
    Zobeika, la rival de Sarracina:
    Lindaraja, la ardiente Zaharea,
      Y cuantas tuvo, de beldad divina
    Prodigios humanados, nobles moras
    La conquistada corte Granadina.
      Hallars en mi libro encantadoras
    Leyendas, orientales fantasas,
    Que ms dulces tal vez te harn las horas,
      En rimas pobres, pues al fin son mas,
    Pero halageas para aquel que aprecia
    La Hispana gloria y los pasados das.
      No encontrars los nmenes de Grecia
    Invocados en l: genios distintos
    Asisten  mis hroes en su recia
      Caballeresca lid; bajo sus plintos
    Los templos de la Cruz no dan ya paso
     Venus ni  Plutn, ni en los recintos
      De la Alhambra jams trot el Pegaso:
    Que el rayo vivo de la Fe Cristiana
    Ceg  las Musas y quem el Parnaso.
      Hallars en mi libro,  la Africana
    Usanza, algo excesiva galanura,
    Pues fiel la lira con la accin se hermana
      Y el tono que la da seguir procura:
    Mas no el poema juzgues de la vaga
    LEYENDA DE AL-HAMAR por la lectura.
      Su narracin fantstica divaga
    Enftica y difusa  cada punto
    Por su argumento celestial, que halaga
      Tal vez, mas tal vez cansa; su conjunto
    Ni en forma, ni en estilo da en efecto
    De mi poema idea, aunque su asunto
      Se encuentra al del poema tan afecto
    Que,  faltar la leyenda, desmembrada
    Su accin parecera  imperfecto
      Su plan, como palacio sin portada.
    Tal es mi obra.--Ahora penetremos,
    Muriel, en el recinto de GRANADA.
      Y ojal que  sus trminos extremos,
    Como  risueo fin de alegre viaje,
    Al comps de mi cntico lleguemos!
      Y plegue  Dios que el brbaro ropaje
    De mi cuento Muslim vuelva con pompa
    Manto imperial el albornoz salvaje!
      Y plegu  Dios que, cuando el canto rompa,
    Se me torne el lad que me acompaa
    La de homrico sn pica trompa,
    Que el eco lleve de mi voz  Espaa!


III

INSPIRACIN

      Cristiana inspiracin, hija del cielo,
    Que diste sr  mi cancin primera,
    De mi existencia en el placer y el duelo
    Gua siempre lal y compaera!
    T que, al vestirme mi mortuorio velo,
    Dirs conmigo mi oracin postrera:
    T que abrirs con el sepulcro al alma
    De la tranquila eternidad la calma:

      T que, al soplo de un aura perfumada,
    Con mi espritu errante has recorrido
    los desiertos del frica abrasada,
    Pensil de palmas, de serpientes nido:
    Y los crmenes frescos de Granada,
    Edn para los rabes perdido:
    Y los talleres de Albin obscura:
    Y de Pars la bacanal impura:

      T que, perenne, con materna mano
    Conservaste en mi alma por doquiera
    De la Esperanza el incorrupto arcano
    Y de la Fe la inextinguible hoguera:
    T que, al cruzar el arenal mundano,
    Has templado mi sed rabiosa y fiera
    Aplicando  mis labios la ambrosa
    Del cliz de la dulce poesa;

      No me abandones hoy que necesito
    Purificar y esclarecer mi ida,
    Al fuego santo del fanal bendito
    Do inflam Dios tu inextinguible tea.
    Hoy que anhelo una voz de eco infinito,
    Que ms que de mortal robusta sea,
    Para enviar  la tierra en que vi el da
    En alas de un cantar el alma ma.

      Inspiracin catlica, ms fuerte
    Que los tres elementos destructores
    De la envidia, del tiempo y de la muerte!
    Cie mi sien y mi lad de flores:
    Mgico encanto en mis palabras vierte
    Y, en brazos de los vientos voladores,
    Del turbio Sena al pobre Manzanares
    Lleva mi corazn en mis cantares.

      Vuela y  Espaa di que todava
    Sin ira y sin pavor mi voz resuena
    Sobre el festn de la centuria impa,
    Que  sus mseros hijos envenena
    Brindndoles las copas de su orga,
    Que la revolucin con sangre llena:
    Dila que hasta que espire en mi garganta
    Celebrar su gloria y su fe santa.




                                LEYENDA

                                  DE

                     MUHAMAD AL-HAMAR EL NAZARITA

                            REY DE GRANADA

                       DIVIDIDA EN CINCO LIBROS




                         Libro de los Sueos.


INTRODUCCIN

      En el nombre de Alh clemente y sumo
    Que da sombra  la noche, luz al da,
    Voz  las aves y  las hierbas zumo:
    Cuya suprema voluntad podra
    Tornar de un soplo el universo en humo,
    Y que atesora en m su poesa,
    Escrita os doy para su eterna gloria
    Del prncipe Al-hamar la regia historia.

      Blsamo que disipa la amargura,
    Luz del pesar sombro ahuyentadora,
    Es su sabrosa y celestial lectura
    Risuea como fuente saltadora,
    Grata como del campo la verdura,
    Bella como la grana de la aurora,
    Tierna cual de la trtola las quejas,
    Dulce como el panal de las abejas.

      Destila de sus versos ambrosa
    Su dulce narracin maravillosa:
    Exhala su fecunda poesa,
    Grato como la esencia de la rosa,
    Mgico sn de incgnita armona;
    Y cual lluvia de Abril, que lenta posa
    Sus gotas en la flor, vierte en el alma
    Su amena relacin plcida calma.

      Encierra sus conceptos peregrinos
    Misteriosa virtud y fuerza varia:
    Aplacan el rigor de los destinos
    Elevados  Alh como plegaria:
    Regalan  quien lee sueos divinos
    Ledos en la alcoba solitaria,
    Cuya influencia y compaa amiga
    Calman del cuerpo la mortal fatiga.

      No hay sr bajo el imperio de la luna
    Que su leccin sagrada no comprenda,
    Ni Alh produjo criatura alguna
    Que no sienta placer con su leyenda.
    El pez  quien abriga la laguna,
    El ave que del rbol hace tienda,
    La fiera que entre rocas se sepulta,
    El reptil que en los cspedes se oculta:

      Y en su colmena el zumbador insecto,
    Y en su corteza el redor gusano,
    Y el rbol recio en su vigor perfecto,
    Y el aire inquieto en su vagar liviano,
    Y el sordo incendio en su humear infecto,
    Y en su ciego furor el ocano,
    Prestan odo respetuoso y grato
    Al armnico sn de su relato.

      Esculpido en las hojas de sus flores
    Se guarda en el Edn por altos fines:
    Y los justos en l habitadores,
    Los ngeles que velan sus confines,
    Las hurs que alimentan sus amores
    Y los genios que pueblan sus jardines,
    Gozan en descifrar sus caracteres
    En la paz de sus msticos placeres.

      Tal es la historia peregrina y bella
    Que os doy en estas hojas extendida,
    Para que el pasto y el deleite de ella
    Os alivien las penas de la vida:
    Pues la luz que en sus pginas destella
    Despierta el alma  la virtud dormida,
    Y eleva el corazn y el pensamiento
     la pura regin del firmamento.

      Y aunque en idioma terrenal y humano
    Para la humana comprensin la escribo,
    De espritu ms alto y soberano
    Su luminosa inspiracin recibo.
    Gua mi corazn, gua mi mano
    Sr  quien dentro de mi sr percibo,
    Y el genio ardiente que en mi pecho habita
    La palabra me da que os doy escrita.

      Leedla, pues; y el mbar que perfuma
    Del Paraso la mansin divina,
    Y el resplandor que de la esencia suma
    Derramando los mundos ilumina,
    Y el rumor que levantan con su pluma
    Las alas de Gabriel cuando camina,
    Embalsame y alumbre y d contento
     cuantos lean el divino cuento.




      Naci Al-hamar y sonri el destino
    Contemplndole amigo: la fortuna,
    Fijando un punto su inconstancia, vino
    Amorosa  mecer su blanda cuna:
    Y, el curso de su carro diamantino
    Parando en el zenit, la casta luna
    Tendi desde l con maternal cario
    Tierna mirada sobre el regio nio.

      Del ngel que custodia su persona
    Bajo las alas de perfume llenas,
    Di sus primeros pasos en Arjona
    Sobre el tapiz fragante de azucenas
    Que dan al pueblo natural corona,
    Sus vegas en redor ciendo amenas:
    Y sin dolencia corporal alguna
    Lleg  la juventud desde la cuna.

      nimo noble y continente bello,
    Porque inspirara afecto y simpata,
    Dile el Seor. Esplndido destello
    Puso en sus ojos de la luz del da:
    La gracia de el del cisne di  su cuello
    Di  su voz de las auras la armona:
    Di  su talle lo esbelto de la palma,
    Y el temple de los genios  su alma.

      Di el carmn de la aurora y de la nieve
    La limpieza  su tez; di  su cintura
    La grave majestad con que se mueve
    El len, y del corzo la soltura:
    Del sabio  su palabra di lo breve,
    La paz del nio  su sonrisa pura,
    Y al corazn sin miedo y sin codicia
    La fe, la lealtad y la justicia.

      Diestro en la lid, en el consejo sabio,
    Seguro en la virtud, fuerte en la ciencia,
    Modesto en la victoria, en el agravio
    Perdonador y sobrio en la opulencia:
    En la mano la ddiva, en el labio
    El consuelo y la paz, de la violencia
    Castigador, y hermoso en la persona,
    Naci digno Al-hamar de la corona.

      Chispa encendida de la fe en la hoguera
    Su estrella fu. Su celestial influjo
    En el erial de la vital carrera
    Por luminosa senda le condujo.
    La ventura tras l fu por doquiera,
    Su presencia doquier el bien produjo;
    Amigos y enemigos le admiraron
    Y la historia y el tiempo le afamaron.

      Luchas civiles de la gente mora
    Le llamaron urgentes  la guerra,
    Y lidi con honor desde la aurora
    Hasta que en sombra se sumi la tierra.
    Llev al fin su bandera vencedora
    Del verde valle  la nevada sierra:
    Y de un da de Abril en la alborada
    Aclamado por rey entr en Granada.

      Pequea poblacin recin tendida
    En el seno amensimo de un valle,
    Por donde Darro en sonorosa huda
    Abre  sus hondas perfumada calle,
    Era entonces Granada, y parecida
     africana gentil de suelto talle,
    Que fatigada en calurosa siesta
     la sombra durmise en la floresta.

      Y cuando digo poblacin pequea
     la de hoy la imagino comparada:
    Pues no era entonces cual despus fu duea
    De dilatados trminos Granada.
    Bella ciudad de situacin risuea
    Y de bizarros rabes poblada,
    Era ciudad no grande, no opulenta,
    Mas ya por su valor tenida en cuenta.

       una orilla del Darro que mojaba
    De sus labradas puertas los umbrales,
    (Por bajo de la _cdima alcazaba_
    Ceida de murallas colosales)
    Un barrio se extenda que habitaba
    Raza de los egipcios arenales
    Oriunda: gente audaz, de miedo ajena,
    De negros ojos y de tez morena.

      Tribu, como nacida en el desierto,
    En sus gustos voluble y pareceres,
    De este jardn  su escasez abierto
    Doblemente apegada  los placeres.
    Sus blancas azoteas eran huerto
    Cuidado con afn por sus mujeres,
    Y sombreaban sus altos miradores
    Toldos fragantes de enredadas flores.

      Gozaban de sabrosos alimentos,
    Ocio oriental y cmodo vestido;
    Cercaban sus alegres aposentos
    Blandos cojines de sutil tejido:
    Revesta sus limpios pavimentos
    Mrmol de Macel blanco y pulido,
    Los muros preciossimo estucado
    Y el friso trabajoso alicatado.

      Sostenan los ricos arquitrabes
    De sus claros moriscos corredores
    Columnas ligersimas. Sus naves
    Adornaban arbigas labores,
    Sutiles cual la pluma de las aves,
    Tan brillantes como ella en sus colores;
    Frutales desde el huerto  las ventanas
    Alargando limones y manzanas.

      Sus patios, que en albercas espaciosas
    Reciben unas aguas cristalinas
    Al cuerpo gratas y al beber sabrosas,
    Pilas eran de bao alabastrinas,
    Sembrado el borde de arrayn y rosas,
    Donde las bellas moras granadinas
    El seco ardor de la mitad del ao
    Ahuyentaban de s con fresco bao.

      Y en las serenas noches del esto,
     la luz misteriosa de la luna,
    Al sn del agua del plateado ro,
    Y al comps de una cntiga moruna
    (Dulce recuerdo del pas nato
    Que no se olvida en la mejor fortuna),
    Sentbanse  danzar en la ribera
    La alegre _Zambra_, y la _Jez_ ligera.

      Tal fu la tribu y las mansiones tales
    Que  una margen del Darro se extendan,
    Mirndose en sus lquidos cristales
     cuyo sn los dueos se adorman:
    Y tan gratas sus casas orientales
    Eran, tal el contento en que vivan,
    Que con justicia los que en l moraron
    El _barrio del deleite_ le llamaron.

      La otra ribera del sonante ro
    Era una verde y desigual colina,
    Cuya enramada falda daba umbro
    Y ancho tapiz al agua cristalina,
    Y cuyo lomo, seco en el esto,
    Fundamento  una torre casi en ruina,
    Que sirviendo  dos trminos de raya
    Era alminar  un tiempo y atalaya.

      Domnase en la cumbre de esta altura
    La extensin de la vega granadina,
    Rica alfombra de flores y verdura
    Que tendi ante sus plantas la divina
    Mano de Alh: tesoro de frescura,
    Manantial de salud y peregrina
    Mansin de toda dicha, cuyas suaves
    Auras encantan con su voz las aves.

      Ven desde all los ojos embebidos
    Cien alegres y blancos lugarejos,
    Que de palomas asemejan nidos
    Entre las verdes huertas  lo lejos;
    Y montes cien que, por el sol heridos,
    Descomponen su luz con mil reflejos
    Que lanza el agua y el metal que encierra
    Prdiga madre su fecunda tierra.

      All anidan al par todas las aves
    Y se abren  la par todas las flores:
    Con la rpida alondra guilas graves,
    Con la murta el clavel de cien colores;
    Se respiran all cuantos las naves
    De oriente traen balsmicos olores,
    Y all da el cielo deliciosas frutas,
    Y encierran minas las silvestres grutas.

      All, bajo aquel cielo transparente
    Donde vieron su Edn los Africanos,
    Hllase an en ideal viviente
    La mujer de contornos sobrehumanos,
    De ojos de luz y corazn ardiente,
    De enano pie y anacaradas manos,
    Cuya generacin guardarn solas
    Las rabes provincias espaolas.

      Moran all esas clicas hures,
    Que pintan las muslmicas leyendas
    Reclinadas en frescos alhames,
    Sobre lechos de azahar, bajo albas tiendas;
    Cuyos labios de rosas y aleles
    Guardan, de ardiente amor sabrosas prendas,
    Palabras que embelesan los odos
    Y besos que adormecen los sentidos.

      Aquellas celestiales hermosuras
    Que coloca el Korn en su divina
    Fantstica mansin de las venturas,
    Cuya mirada el iris ilumina,
    Cuyo aliento desparce esencias puras,
    Cuyo seno y espalda alabastrina,
    Velando mal sus mgicos hechizos,
    Negros circundan y flotantes rizos.

      Vense del cerro aquel gigantes cimas
    Que eternas cubren seculares nieves,
    Donde por grietas mil sus hondas simas
    Ros destilan en arroyos breves:
    Y all, cosechas para dar opimas,
    Refrscanse al pasar las auras leves,
    Que bajan luego  fecundar la vega
    De las fuentes al par con que se riega.

      Vese tambin por el siniestro lado
    El valle de Genil, cuyos raudales
    Baan la verde amenidad de un prado
    Cubierto de avellanos y nopales.
    Gzase all de un aire perfumado
    Con el subido olor de los frutales,
    Del cantueso, tomillo y mejorana,
    Que el aura mueve al revolar liviana.

      Y entre este barrio de delicias lleno
    Y esta florida y desigual colina,
    Se extiende el valle cuyo frtil seno
    Fecunda el Darro que por l camina:
    Y es el lugar ms grato y ms ameno,
    La situacin ms bella y peregrina
    De cuantos ros fertiliza y baa
    En la extensin de nuestra rica Espaa.

      Aqu, pues,  la margen de este ro,
    En la aromada falda de esta altura,
    En una noche lmpida de esto,
    Y al sn del agua que  sus pies murmura,
    Arrobado en extrao desvaro
    La alameda cruzaba  la ventura
    Al-hamar, que en paseo misterioso
    Olvidaba las horas del reposo.

      nico sr con movimiento y vida
    En la nocturna soledad errando,
    Sin que la tierra por su pie oprimida
    Crujir se oyera con el csped blando
    De que la tierra inculta est mullida,
    Algn insomne le juzg temblando
    Alma que torna  visitar la huesa
    Del cuerpo en cuya crcel vivi presa.

      Flotaba suelto el alquicel nevado,
    Blanqueaba del turbante el albo lino,
    Y reluca en piedras engastado
    El puo del alfanje damasquino:
    Y este blanquear y relucir callado,
     intervalos oculto del camino
    Entre los troncos que al pasar cruzaba,
    Faz de visin  su persona daba.

      Y tal avanza silenciosa y lenta
    Del solitario valle en la espesura,
    Y al verla calla el ruiseor que cuenta
    Sus amores al aura, y  la hondura
    Del ro se desliza soolienta
    La culebra enroscada en la verdura,
    Y el vuelo tiende  la contraria orilla
    Espantada la tmida abubilla.

      En tanto el noble prncipe, sumido
    En el mar de sus propios pensamientos,
    Ni atiende al ave que ahuyent del nido,
    Ni al reptil que salt, ni  los acentos
    Que el ruiseor ahog: y embebecido
    Contina avanzando  pasos lentos,
    Hasta perderse en la arboleda obscura
    Que se espesa del valle en la angostura.

      Formaba esta recndita arboleda
    Un extendido bosque de avellanos,
    Guardador de una espesa moraleda
    Donde sus utilsimos gusanos
    Daban por fruto delicada seda,
    Que labrada despus por diestras manos
    Iba en preciosas telas y tejidos
     todos los mercados conocidos.

      Brotaba una sonora fuentecilla
    En medio de esta frtil enramada,
    Vertiendo sus cristales por la orilla
    De tilos aromticos orlada.
    Hallbase en redor, con maravilla
    De los ojos, la tierra cultivada,
    Y (obra admirable de cuidosas manos)
    Hechos jardn los cspedes villanos.

      Corra all suavsimo el ambiente
    Cargado con la esencia de mil flores,
    Y al respirarle huan de la mente
    Los pensamientos tristes, sinsabores
    Y duelos ahuyentando; y la corriente
    Del manantial remedio  los dolores
    Era del cuerpo dbil, cuyos males
    Cedan al beber de sus raudales.

      Lugar divino en la regin humana
    Colocado era aqul: retiro augusto
    De algn Genio de estirpe soberana
    Que el sacro Edn abandon por gusto:
    Destierro acaso de una hur que vana
    Apreci su beldad ms que fu justo:
    Cita acaso de un Silfo en sus amores:
    Lecho tal vez del ngel de las flores.

      All  Al-hamar inspiracin secreta
     hallar condujo solitario asilo,
    Y all, al mirarse en soledad completa,
    Irgui la frente y respir tranquilo:
    Y  la sombra y al sn que esparce inquieta
    La extensa copa de oloroso tilo,
    Sentse alzando la real mirada
    Al cielo azul de su gentil Granada.

      Y all  sus hondos sentimientos dando
    Pbulo y campo en la mansin del pecho,
    Con la influencia del lugar hallando
     ellos el corazn menos estrecho,
    Poco  poco la espalda reclinando
    Fu de la hierba en el mullido lecho,
    Y poco  poco deleitosa calma
    Le aquiet el corazn, le arrob el alma.

      El canto de las aves anidadas
    En el ramaje fresco, el campesino
    Aroma de las hojas, oreadas
    Con manso sn por el errante y fino
    Aliento de las brisas perfumadas,
    Y el suave arrullo del raudal vecino,
    Daban al sitio en que Al-hamar yaca
    Clica paz y mgica armona.

      Ansiaba el rey grandeza venidera,
    Gloria, poder, celebridad futura:
    Ansiaba que su corte la primera
    Fuse en valor, en lustre y en cultura:
    Ansiaba darla fama duradera
    Con prodigios de rica arquitectura:
    Mas vea al par escaso su tesoro
    Para hacer realidad sus sueos de oro.

      Gozaba su exaltada fantasa
    Con la bella ilusin de sus intentos:
    Sus soberbios alczares vea
    Llenar la tierra y dominar los vientos:
    Admiraba la gala y simetra
    Que daba  sus labrados aposentos,
    Y en sus doradas letras africanas
    Lea ya las suras musulmanas.

      Pensaba en las mil torres de los muros
    Que  su noble ciudad dieran confines,
    Fuerza ral y lmites seguros:
    Pensaba en la extensin de sus jardines,
    Asilos del deleite, y en los puros
    Baos, y en los ocultos camarines
    Del voluptuoso Harn de las mujeres,
    Santuario del amor y los placeres.

      Y embebecido en pensamientos tales,
    Y embriagado tal vez con la esperanza
    De hacer un da sus proyectos reales,
    Si la fortuna amiga en la balanza
    Su ambicin y poder pona iguales
    Guiando el porvenir siempre en bonanza,
    No percibi el dulcsimo beleo
    Que iba en sus miembros derramando el sueo.

      Poco  poco sus prpados cedieron
     lenta pesadez, y sus pupilas
    La claridad y la visin perdieron;
    De los rboles mil las verdes filas,
    De las aves y fuentes se le fueron
    Borrando las imgenes tranquilas:
    Y su imaginacin quedando en calma,
    De la vigilia al sueo pas el alma.

      Dos veces intent los ojos vagos
    Echar en rededor y  los sonidos
    Atender, para alzarse haciendo amagos;
    Pero cedieron otra vez rendidos
    Sus prpados y miembros: anchos lagos
    De sombra cada vez ms extendidos
    Envolvieron su inquieta fantasa,
    Y un instante despus... el rey dorma.

      En calma universal, en paz completa
    Qued el frondoso valle, y la vecina
    Corriente del arroyo y la aura inquieta
    Le arrullaron con suave y campesina
    Msica.--Y en tal clusula el poeta
    Interrumpe su historia peregrina,
    De agua y aire los sones halageos
    Poniendo fin al LIBRO DE LOS SUEOS.




Libro de las Perlas.


      En el sagrado nombre del que en el orbe impera
    Oculto del espacio tras la cortina azul,
    Que arregla de los astros la incgnita carrera,
    Seor de las tinieblas, origen de la luz,
    Del LIBRO DE LAS PERLAS comienzo la escritura
    En verso claro y fcil  comprensin comn.
    Leed; y plegue al cielo que os sea su lectura
    Raudal de fe sincera, venero de salud!

      Oh genios invisibles, que erris en las tinieblas
    En grupos impalpables, sobre alas sin color!
    Vosotros, leves hijos del aire y de las nieblas,
    Que amigos de las sombras aborrecis al sol:
    Vosotros cuya ciencia comprende los mil ruidos
    Que pueblan el espacio con misterioso sn,
    Y comprendis los cantos, murmullos y gemidos,
    Con que susurra el rbol y canta el ruiseor:

      Vosotros, que asaltando con silencioso vuelo
    Los ureos miradores del desvelado rey,
    Llenis de miedos vagos sus horas de desvelo
    Con los siniestros ruidos que  su cristal hacis;
    Vosotros, que  la reja del camarn estrecho
    Do la cautiva suea con su perdido bien,
    Con vuestro aliento puro enviis hasta su lecho
    Mil bellas ilusiones de amor y de placer:

      Vosotros, favoritos del genio y la armona,
    Que  par de las abejas saltis de flor en flor,
    La gota estremeciendo titiladora y fra
    Con que el roco baa su virginal botn:
    De vuestra poesa verted en m el tesoro:
    Lo armnico prestadme de vuestra vaga voz,
    Porque mi mano pueda sacar del arpa de oro
    Las clusulas que dignas de mi relato son.

      Cercadme, sostenedme con vuestro influjo santo
    En la divina empresa que audaz acomet.
    Oh genios de la noche! divinizad mi canto,
    Y EL LIBRO DE LAS PERLAS guiad hasta su fin.

              Guiad en l mi pluma,
            Iluminad mi mente,
            Y  la belleza suma
            De asunto tan gentil
            Haced que el pensamiento
            Se eleve noblemente,
            Y llegue al firmamento
            Mi acento varonil.

              Yo trazo aqu el relato
            De tan divina historia,
            Yo pinto aqu el retrato
            De tan divino sr,
            Que la palabra humana,
            Ni la mortal memoria
            Querrn con ansia vana
            Contar y comprender.

              Mi historia es tanto bella
            Cuanto la lumbre vaga
            De solitaria estrella
            En recio temporal:
            Cual la cancin doliente
            Que caprichosa maga
            Murmura de una fuente
            Bajo el fugaz cristal.

              No hay lengua que la cuente
            Ni mano que la trace.
            El cuadro en vuestra mente
            Fingid ms ideal,
            El tono que  vuestra alma
            Ms predilecto place
            Dadle, y la luz, la calma
            Que falta al mundo real.

              Encima figuraos
            De secular colina,
            Cuando el nocturno caos
            Platea el resplandor
            De la modesta luna,
            Que, amante, sin fortuna,
            Eterna peregrina
            Del sol tras el amor.

              Fingos una extensa
            Riqusima llanura
            Cubierta de verdura,
            Y de caprichos mil
            Llenadla: figurosla
            En la estacin viciosa
            Que abrir hace  la rosa
            Su ptalo gentil.

              El cfiro de aromas
            Cargado nos orea
            La faz: brotan las lomas
            Con juvenil vigor
            Mil hierbas, con que el viento
            Inquieto juguetea
            Con manso movimiento
            Y lnguido rumor.

              Fingos una vega,
            Que parte en cien pedazos
            De un ro que la riega
            El lquido cristal,
            Que caprichoso extiende
            Los transparentes brazos
            Doquier que el cauce tiende
            Su lecho desigual:

              Fingos esta vega,
            Cuya cubierta verde
            Al horizonte llega
            Y en su extensin se pierde,
            Poblada de castillos,
            De caprichosas ruinas,
            De alegres lugarcillos,
            De chozas campesinas;

              De huertos pintorescos,
            De arroyos cristalinos,
            De bosquecillos frescos,
            De mviles molinos,
            De blancos palomares,
            Rebaos y yeguadas,
            Bodegas, colmenares,
            Establos y toradas:

              Fingid que en ella alcanza
            La vista por doquiera
            La campesina danza,
             que en tranquila holganza
            Y en amistad sincera,
            Tras del trabajo ociosa
            Se entrega bulliciosa
            La alegre multitud:

              Fingid este relato
            Odo al sn sencillo
            (Mas cual ninguno grato)
            Del tosco caramillo,
            Y al trmulo y quejoso
            Balar del cabritillo,
            Y al canto trabajoso
            Del soterrado grillo:

              Fingos que, lejana,
            Del monasterio antiguo
            Doblando la campana
            Con su clamor despierta
            Al perro, que est alerta
            En el redil contiguo
            Y en demostrar se afana
            Ladrando su inquietud:

              Y atento el ojo tiende
            Al campanario viejo
            De donde el sn se extiende;
            Y ve el mvil reflejo
            Del esquiln, que gira,
            Y el resplandor le admira
            Del bronce que repele
            Los rayos de la luz:

              Fingos este suelo
            Tan bello coronado
            Con un hermoso cielo
            De transparente azul,
            En cuyo fondo puro,
            Quebrando el horizonte,
            Sobre el perfil obscuro
            Del apartado monte,
            Por cima del convento
            Mansin de la virtud,
    Pomposas, salutferas, inmarcesibles ramas
    Del rbol sacrosanto de la eternal salud,
    Destcanse en el campo del limpio firmamento
    Los dos abiertos brazos de la cristiana Cruz.

              Tenis en la memoria
            Tan mgica pintura?
            Miris esta llanura
    Tan bella cual mi pluma pintrosla intent?
            Pues es ms halagea,
            Ms plcida y risuea
            La celestial historia
    Que en este libro frgil os voy  contar yo.

              El LIBRO DE LAS PERLAS
            Encierra en sus conceptos
            La historia y los secretos
    De un ngel favorito de su inmortal Seor.
            Venid  recogerlas:
            Que Dios, que el Paraso
            Por cuna darle quiso,
    Di  par  sus palabras de perlas el valor.

              De perlas elegidas
            En las de ms pureza,
            Ms precio y ms belleza:
    Las _perlas de la Gracia_, las _perlas de la Fe_:
            Las perlas que, vertidas
            Por su divina mano,
            Harn del sr humano
    Que recogerlas sepa un ngel como l fu.

              Todo en silencio duerme
            En la arboleda umbrosa
            Donde Al-hamar reposa:
            En calma universal
            Yacer parece inerme
            Naturaleza entera,
            Cual si  sopor cediera
            De atmsfera letal.

              La cudriga argentina
            Del carro de la luna
            Su curso al mar declina:
            Y de su carro en pos,
            Sombra, taciturna,
            Su negro velo tiende
            La lobreguez nocturna
            Ante la luz de Dios.

              La escasa y vacilante
            Que radian las estrellas
            Da apenas espirante
            Su postrimer fulgor:
            Reflejo moribundo,
            Que cuando espire en ellas
            Har del ciego mundo
            Un bulto sin color.

              Ya lo es. Doquier se carga
            De espesa sombra, y queda
            Sumida la arboleda
            En densa obscuridad.
            Indefinible encanto
            Doquier la vida embarga;
            Exhala pavor santo
            La muda soledad.

              Y he aqu que en este punto,
            Del fondo de la fuente
            Que arrulla mansamente
            El sueo de Al-hamar,
            La faz resplandeciente
            De un Genio, que ilumina
            La linfa cristalina,
            Se comenz  elevar.

              Toc en el haz del agua
            Su cabellera blonda:
            Quebr la frgil onda
            Su frente virginal:
            Dej el agua mil hebras
            Entre sus rizos rotas,
            Y  unirse volvi en gotas
            Al limpio manantial.

              Como vapor ligero
            Del lago se levanta:
            Cual de aromosa planta
            Exhlase el olor:
            Cual del albor primero
            Del da que amanece
            Fantstico aparece
            El vago resplandor.

              Del agua cristalina
            As elev serena
            Su aparicin divina
            El Genio celestial,
            Cuyo contorno areo
            Rodea alba aureola
            Que el valle tornasola
            Con luz matutinal.

              Al fuego repentino
            Que en torno  s derrama,
            Solt su alegre trino
            Despierto el ruiseor:
            Su voz de rama en rama
            Las auras extendieron,
            Y en cnticos rompieron
            Mil aves en redor.

              Di un paso en la pradera,
            Y al agitar el viento
            Su rica cabellera,
            El aire se arom;
            Dej escapar su aliento,
            Y cuanto all viva
            Su aliento de ambrosa
            Con ansia respir.

              Y entonces la callada
            Blanca visin llegando,
            Donde por sueo blando
            Vencido est Al-hamar,
            Los cspedes por lecho,
            La mano perfumada
            Le puso sobre el pecho,
            Y as le empez  hablar:

              Ilustre y venturoso
            Caudillo Nazarita,
            Tu mstico reposo
            Bendice al despertar.
            Tu espritu, que lucha
            Con mi visin, se agita
            Medroso en vano: escucha
            Mi voz, rey Al-hamar.

              Mi voz es la armona
            Cuando habla  un sr amigo
            De Dios, y es lo que digo
            Ms dulce que la miel:
            Mi origen es el cielo,
            Mi edad es la del da,
            Mi esencia es el consuelo,
            Mi nombre es Azel.

              Yo soy un ngel y era
            El ngel ms perfecto,
            El sr ms predilecto
            Del sabio Criador.
            Moraba yo en la esfera
            Ms alta y ms vecina
             la mansin divina
            De mi inmortal Seor.

              Un da..... da aciago!
            Cruzme fugitivo
            La mente loca un vago
            Delirio criminal:
            Pens, mirando altivo
            Mi esencia y mi hermosura,
            Que no era criatura
             las dems igual.

              Imagin que origen
            Ms puro y soberano
            Me pudo dar la mano
            Del Hacedor tal vez:
            Mas ay! los que su mente
            Por su altivez dirigen,
            Vern cun torpemente
            So su insensatez.

              Apenas un momento
            Tan orgullosa idea
            Brot en mi pensamiento
            Y en l lugar la di,
            Tiniebla inesperada
            Ceg mi mente rea,
            Y ante la faz airada
            Del Criador me vi.

              Desnudo ante la vista
            Del Dios que le llamaba,
            Como arrancada arista
            Mi sr se estremeci;
            La luz de su presencia
            Mi nada iluminaba:
            Juzgme, y su sentencia
            As me fulmin:

              Tres siglos es preciso
            Que llores por tu yerro:
            Sal, pues, del Paraso:
            El globo terrenal
            Te doy para destierro:
            Tus nobles atributos
            Te dejo: nobles frutos
            De tu hlito inmortal.

              Que broten de tus lgrimas
            En el lugar que mores
            El germen de las flores
            Y el manantial del bien.
            S all su luz vivfica,
            S t su astro benigno,
            Y vuelve al Cielo digno
            Del celestial Edn.

              Dijo: y tend mi vuelo
            Llorando hacia la tierra:
            Ca sobre este suelo,
            Y en este manantial
            Do tengo mi retiro
            Mi espritu se encierra;
            Yo soy el que suspiro
            De noche en su raudal.

              Yo soy el que velando
            En esta margen bella
            Prdigo vierto en ella
            La vida y la salud.
            T en ella sin respiro
            Me vienes estrechando,
            Y yo la fe te inspiro,
            La ciencia y la virtud.

              T luchas por la gloria
            De tu falaz creencia,
            Y esplndida existencia
            Preparas  tu grey:
            Y yo que s tu historia,
            Tu origen y tu sino,
            Arreglo tu destino
            Por misteriosa ley.

              S, t eres una espada
            Que blande ajena mano:
            T  impulso soberano
            Obedeciendo vas:
            T siembras la simiente
            Que encuentras apilada:
            Mas siembras diligente
            Para quien va detrs.

              De aqu me desalojas
            Cuando estos sitios pueblas,
            De aqu conmigo arrojas
            La gracia y el pudor:
            Mas yo vi en las tinieblas
            Resplandecer tus ojos,
            Te conoc, y de hinojos
            Di gracias al Seor.

              Su vista rutilante,
            Que el universo abarca,
            Posada en tu semblante
            Desde tu cuna est:
            Y el dedo omnipotente
            Sobre tu noble frente
            Grab la regia marca
            Que  conocer te da.

              Naciste favorito
            Del genio y de la gloria;
            Tu nombre es la victoria,
            Tu voluntad ley es.
            Tu tiempo es infinito,
            Tus huellas indelebles;
            Los montes son endebles
            Debajo de tus pies.

              T anhelas un tesoro?
            Mis lgrimas son perlas:
            El Darro te trae oro:
            Plata te da el Genil:
            Cien minas en tu suelo
            Posees: despierta  verlas,
            Y haz de este valle un cielo
            Para tu grey gentil.

              Encumbra este hemisferio
            Con el poder de Oriente.....
            Yo en l har  otra gente
            Plantar su pabelln.
            Yo te dar un imperio,
            Mas t para pagarme
            Tendrs al fin que darme
            Tu fe y tu corazn.

              Adis oh Nazarita!
            Mi aparicin recuerda
            Cuando el pesar te muerda
            Con aguijn de hiel:
            No olvides en tu cuita
            Que abri sobre este suelo
            La fuente del consuelo
            El ngel Azel.

              Tal dijo: y el divino
            Sr misterioso alzando
            La mano que posando
            Tena en Al-hamar,
            Al fondo cristalino
            Volvise de la fuente,
            Que su cristal bullente
            Sobre l volvi  cerrar.

              El mbar que exhalaba
            Su aliento de ambrosa,
            La luz que derramaba
            Su forma, la armona
            De que su voz llenaba
            La selva, y el encanto
            Con que su influjo santo
            Diviniz el vergel,

              Como neblina leve
            Que desvanece el aura
            Al punto que se mueve,
            Se disip con l:
            Dudar pudiendo en suma
            La mente deslumbrada
            Si fu visin soada
            El ngel Azel.

              Torn  la antigua calma
            Y soledad primera
            El bosque y la pradera:
            Y el prncipe Al-hamar,
            Sintiendo libre el alma
            Del fatigoso ensueo,
            De su tenaz beleo
            Se comenz  librar.

              Su mente obscurecida
            Se ilumin: la historia
            Del sueo en su memoria
            Se comenz  aclarar;
            Y al fin, el cuerpo suelto
            De su sopor y vuelto
             la razn y vida,
            Se despert Al-hamar.

              La vista echando en torno
            Del sitio solitario,
            Reconoci el contorno;
            Mas como al ngel no,
            Sonrisa de desdeo
            Mostrando el juicio vario
            Que forma de su sueo,
            En la ciudad pens.

              Pens que de ella ausente
            Pas la noche entera:
            Pens en su inquieta gente
            Y se aprest  partir,
            Mirando tras el monte
            Rayar la luz primera
            Del sol, que al horizonte
            Comienza ya  subir.

              Compuso en la cintura
            La faja tunecina;
            La suelta capellina
            Sobre la espalda ech,
            Y el aura respirando
            Del bosque y la frescura
            Del alba, el csped blando
            Con leve planta holl.

              Di un paso en la pradera,
            Y alzando repentina
            La brisa matutina
            Su vuelo en el verjel,
            Como una mies ligera
            Dobl el ramaje umbro,
            Y sacudi el roco
            Depositado en l.

              Surcaron desprendidas
            Sus gotas el ambiente,
            Cual lluvia transparente,
            Espesa, universal:
            El aire deshacerlas
            No pudo, y esparcidas
            Quedaron como perlas
            Sobre la hierba igual.

              Rfaga, empero, errante
            La brisa fu: su impulso,
            Durante un solo instante,
            Sin fuerzas espir.
            Irguise la arboleda
            Con rpido repulso,
            Y todo al punto  leda
            Tranquilidad volvi.

              Verti desde la cumbre
            Del monte al hora misma
            El sol su nueva lumbre:
            Deshizo su arrebol
            La atmsfera en su prisma
            De mltiples colores,
            Y abrironse las flores
             recibir al sol.

              Debajo de la tienda
            De sus plegadas hojas,
            Las clavellinas rojas,
            Los rojos alhels
            Mostrronle con franca
            Exposicin su ofrenda
            En otra perla blanca
            Cercada de rubs.

              Detuvo la indecisa
            Planta Al-hamar: su labio
            Ba dulce sonrisa
            Su sueo al recordar,
             incrdulo, si sabio,
            Juzgndolo quimera,
            Torn por la ladera
            El paso  enderezar.

              Y por mostrar desprecio
            De sueos infundados,
            Los cspedes mojados
            Pisaba sin temor,
            Con indignado y recio
            Paso, truncando altivo
            El tallo inofensivo
            De una y otra flor.

              Mas pronto perturbado
            Su corazn de nuevo
            Lati desconcertado,
            Y comenz  creer
            La aparicin soada
            Del celestial mancebo
            Inspiracin enviada
            Por celestial poder.

              De cada flor que rota
            Derriba, ve que intacta
            La desprendida gota
            Resbala, y sin perder
            Su redondez compacta,
            En la mullida hierba
            Entera se conserva,
            Maciza al parecer.

              Tendi la regia mano
             la que ms vecina
            Hall; mas al cogerla
            Reconoci Al-hamar
            Su sino sobrehumano:
            La gota cristalina
            Era una gruesa perla,
            Cual nunca las di el mar.

              Su limpia transparencia,
            Su peso, su tamao,
            Su origen, tan extrao
             cuanto odo fu,
            Aclaman infinita
            En nmero, inaudita
            En precio la opulencia
            Del rey que las posee.

              No tiene en las ignotas
            Minas que avara encierra
            Tesoro igual la tierra
            Ni en piedra, ni en metal:
            Cada una de las gotas
            Del celestial roco
            De plata vale un ro
            En precio  un reino igual.

              Bendito el que tesoro
            Tal poseer le cabe!
            Bendito el que le sabe
            Empleo digno dar!
            Dichoso el Nazarita
            Amir del pueblo moro,
            En quien est bendita
            La estirpe de Nazar!

              Cay Al-hamar de hinojos,
            Y alzando al firmamento
            Las manos y los ojos,
            Con exaltada fe,
            Seor, dijo, yo admito
            Un dn tan opulento,
            Y  dn tan infinito
            Corresponder sabr.

              Y as Al-hamar diciendo,
            Y el dn agradeciendo
            Que liberal le enva
            La mano del Seor,
            Las perlas recoga.....
            Y acaba al recogerlas
            EL LIBRO DE LAS PERLAS.
            De Alh sea en loor!




Libro de los Alczares.


      Granada! Ciudad bendita
    Reclinada sobre flores,
    Quien no ha visto tus primores
    Ni vi luz, ni goz bien.
    Quien ha orado en tu mezquita
    Y habitado tus palacios,
    Visitado ha los espacios
    Encantados del Edn.

      Paraso de la tierra,
    Cuyos mgicos jardines
    Con sus manos de jazmines
    Cultiv celeste hur,
    La salud en ti se encierra,
    En ti mora la alegra,
    En tus sierras nace el da,
    Y arde el sol de amor por ti.

      Tus fructferas colinas,
    Que son nidos de palomas,
    Embalsaman los aromas
    De un florido eterno Abril:
    De tus fuentes cristalinas
    Surcan cisnes los raudales:
    Bajan guilas rales
     baarse en tu Genil.

      Gayas aves entretienen
    Con sus trinos y sus quejas
    El afn de las abejas
    Que en tus troncos labran miel:
    Y en tus sauces se detienen
    Las cansadas golondrinas
     las playas argelinas
    Cuando emigran en tropel.

      En ti como en un espejo
    Se mira el profeta santo:
    La luna envidia el encanto
    Que hay en tu dormida faz:
    Y al mirarte  su reflejo
    El arcngel que la gua,
    Un casto beso te enva
    Dicindote:--Duerme en paz.

      El albor de la maana
    Se esclarece en tu sonrisa,
    Y en tus valles va la brisa
    De la aurora  reposar.
    Oh Granada, la sultana
    Del deleite y la ventura!
    Quien no ha visto tu hermosura
    Al nacer debi cegar.

      Alh salve al Nazarita,
    Que derrama sus tesoros
    Para hacerte de los Moros
    El alczar imperial!
    Alh salve al rey que habita
    Los palacios que en ti eleva!
    Alh salve al rey que lleva
    Tu destino  gloria tal!

      Las entraas de tu sierra
    Se socavan noche y da;
    Dan su mrmol  porfa
    Geb-Elvira y Macal;
    Ensordcese la tierra
    Con el sn de los martillos,
    Y aparecen tus castillos,
    Maravillas del cincel.

      Ni un momento de reposo
    Se concede: palmo  palmo,
    Como  impulso de un ensalmo,
    Se levanta por doquier
    El alczar portentoso
    Que, mofndose del viento,
    Ser eterno monumento
    De tu ciencia y tu poder.

      Reverbera su techumbre
    Por las noches,  lo lejos.
    De las teas  la lumbre
    Que iluminan sin cesar
    Los trabajos misteriosos,
    Y  sus crdenos reflejos
    Van los Genios sus preciosos
    Aposentos  labrar.

      De quin es ese palacio
    Sostenido en mil pilares,
    Cuyas torres y alminares
    De inmortales obras son?
    Quin habita el regio espacio
    De sus cmaras abiertas?
    Quin grab sobre sus puertas
    Atrevido su blasn?

      De quin es aquella corte
    De galanes Africanos
    Que le cruzan tan ufanos
    De su noble Amir en pos?
    En su alczar y en su porte
    Bien se lee su nombre escrito:
    _Al-hamar_.--Alh bendito,
    Es la ALHAMBRA!--Gloria  Dios!


ALHAMBRA

      Salud, favorita bella
    Del Amir ms poderoso!
    Salud, tienda de reposo
    De la gloria y el placer!
    Vele Dios tu buena estrella,
    Dichossima seora!
    Quin de ti no se enamora
    Si una vez te llega  ver?

      Al-hamar verti en tu seno
    De sus perlas los tesoros,
    Te hizo perla de los Moros,
    Puso reinos  tus pies.
    Noble Reina, de labores
    Tu real manto arrastras lleno,
    Y cada una de sus flores
    Un soberbio alczar es.

      Hermossima Africana,
    Re y danza voluptuosa:
    Tu albo seno es una rosa
    En lo fresco y lo gentil.
    Regocjate, Sultana,
    Re y danza sin pesares,
    Que el comps de tus danzares
    Llevarn Darro y Genil.

      Re y danza: quin descuella
    Como t en poder y gala?
    Quin compite, quin iguala
    Tu opulenta majestad?
    Donde t sientas la huella
    Van sembrando los amores
    La semilla de las flores
    Que perfuman tu beldad.

      Dnde est la altiva reina
    Que  la par de ti se ostente?
    Dnde est la que su frente
    Se corone como t?
    Son jardines tus cabellos,
    Que aromado el viento peina
    Cuando Mayo prende en ellos
    Tocas de verde tis.

      Diadema con que se cie
    Tu Granada, son tus brillos
    Del color en que se tie
    Roja el alba al purpurar;
    Tus diamantes son palacios
    Engastados en cintillos
    De murallas de topacios,
    Que deslumbran el mirar.

      Y esas bvedas ligeras
    Cual prendidos cortinajes,
    Y esos muros como encajes,
    Delicados en labor,
    De las manos hechiceras
    De los Genios han salido,
    Que en secreto ha sometido
     su dueo el Criador.

      Regia Alhambra! ureo pebete,
    Perfumero de Sultanas!
    Tus arbigas ventanas
    Son las puertas de la luz.
    El Oriente se somete
     tus pies como un cautivo,
    Y hace bien de estar altivo
    De tenerte el Andaluz.


GENERALIFE

Y GRANADA  VISTA DE PJARO

      Entre lirios mal velado
    El galn Generalife
    Da al ambiente enamorado
    Dulces besos para ti;
    Como Ondina que ligera
    Huyendo desde su esquife,
    Vuelto el rostro  la ribera,
    Se los da  quien queda all.

      Que Sultn su alczar tiene
    De jardines enramado,
    De una pea as colgado
    En mitad del aire azul?
    Con los siervos que mantiene
    El del Bsforo sonoro
    No har nunca  fuerza de oro
    Otro igual en Estambul.

      Del pen en la alta loma
    Semejando est que vuela,
    Como rpida paloma
    Que se lanza de un ciprs:
    Mas si el ojo se asegura
    De que inmoble est en la altura,
    Le parece una gacela
    Recostada entre una mies.

      Sus calados peristilos,
    Sus dorados camarines,
    Sus balsmicos jardines
    De salubre aire vital,
    De los Silfos son asilos,
    Que, mecindose en sus flores,
    Cantan libres sus amores
    En su lengua celestial.

      Y en las noches azuladas
    Del verano, oculta cita
    Trae amantes  las Hadas
    Sus caricias  gozar:
    Y al rayar el alba hermosa
    Que interrumpe su visita,
    En sus alas de oro y rosa
    Tornan vuelo  levantar.

      Atalaya de Granada,
    Alminar de excelsa altura
    De la atmsfera ms pura
    Colocado en la regin:
    Qu no ven de cuanto agrada
    Tus ventanas por sus ojos?
    Qu se niega  los antojos
    Del que asoma  tu balcn?

      Junto  ti los Alijares
    Ataviados  lo moro
    En el ro de aguas de oro
    Ven su gala y brillantez;
    Ms all, sobre pilares
    De alabastro, _Darlaroca_
    Con su frente al cielo toca,
    Que la sufre su altivez.

       su par los frescos baos
    De las Reinas granadinas,
    Cuyas aguas cristalinas
    Se perfuman con azahar
    Y se entoldan con las plumas
    De mil pjaros extraos,
    Que se van con grandes sumas
     las Indias  comprar.

       tu izquierda el montecillo
    Cuyo pie Genil evita,
    Reflejando en s la Ermita
    De los siervos de la Cruz:
     tu diestra el real castillo
    Sobre el cual voltea inquieta
    La simblica veleta
    Del bizarro Aben-Abuz.

      Ms all los cerros altos
    (Cuyo nombre y cuya historia
    Dejarn dulce memoria)
    Del Padul y de Alhendn:
    Y all ms los grandes saltos
    De las aguas de la sierra,
    Cuya eterna nieve cierra
    De tus reinos el confn.

       tus pies Torres-Bermejas
    Con sus cubos pintorescos,
    Que avanzadas y parejas
    Aseguran tu quietud:
    Y bajo ellas, el espacio
    Respetando del palacio
    De su rey, los valles frescos
    Donde habita la salud.

      Oh pensil de los hechizos,
    Bien amado de la luna!
    Qu echa menos tu fortuna
    En la gloria en que te ves?
    Abre, avaro, antojadizos
    Tus moriscos ajimeces,
    Y ve qu es lo que apeteces
    Con Granada ante tus pies.

      De tu vista caprichosa
    Qu no alcanzan los deseos?
    Sus mezquitas, sus paseos,
    Su opulento Zacatn,
    Su bib-rambla bulliciosa
    Con sus caas y sus toros:
    De valor y amor tesoros
    Albunst y el Albaicn:

      Sus colmados alhoriles,
    Sus alhndigas rales,
    Sus sagrados hospitales,
    Regias obras de Al-hamar,
    Todo est bajo tu sombra
    Oh florn de los pensiles!
    De tus plantas siendo alfombra
    Y encantndote el mirar.

      Oh palacio de la zambra,
    Camarn de los festines,
    Alto rey de los jardines,
    De aguas vivas saltador,
    Real hermano de la Alhambra,
    Pabelln de auras saves,
    Favorito de las aves,
    Y del alba mirador:

      De los pjaros el trino,
    De las auras el arrullo,
    De las fiestas el murmullo
    Y del agua el manso sn,
    Dan al mbito divino
    De tu alczar noche y da
    Una incgnita armona
    Que embelesa el corazn!

      Encantado laberinto
    Consagrado  los placeres,
    T escaln del cielo eres,
    T portada del Edn.
    En tu mgico recinto
    Escribi el amor su historia,
    Y  los justos en la gloria
    Las hures se la leen.


AL-HAMAR EN SUS ALCZARES

      Liberal de sus erarios,
    Protector del desvalido,
    Fiel, lal para el vencido
    Y del sabio amparador:
    Por amigos y contrarios
    Estimado en paz y en guerra,
    Es la egida de su tierra
    Al-hamar el vencedor.

      En la paz, rey justiciero,
    Oye atento en sus audiencias
    Y da recto sus sentencias
    Por las leyes del Korn.
    En la guerra, compaero
    Del soldado, buen guerrero,
    Por valiente va el primero
    Como va por capitn.

      Ostentosa en aparato,
    Costossima en su porte,
     los ojos de su corte
    Muestra su alta dignidad:
    Pero al dar con tal boato
    Real decoro  la corona,
    Niega sobrio  su persona
    Lo que da  su majestad.

      No dejado, mas modesto
    En su gala y vestidura,
    Da  su cuerpo limpia holgura
    Y elegante sencillez:
    Y recibe  su presencia,
    Dondequiera al bien dispuesto,
    Con cordial benevolencia
    Al dolor y  la honradez.

      Franco, afable, igual, sencillo
    En su vida y ley privada,
    En su pecho est hospedada
    La leal cordialidad;
    Y depuesto el regio brillo,
    Los amigos de su infancia
    En el fondo de su estancia
    Hallan siempre su amistad.

      Sus ms fieros enemigos
    Los Amires castellanos
    Le visitan cortesanos
    Y le piden proteccin:
    Y l les trata como  amigos,
    Con sus nobles les iguala,
    Les festeja y les regala
    Sin doblez de corazn.

      Moderado en sus placeres
    Cual frugal en sus festines,
    Da opulento  sus mujeres
    Mesa oppara en su harn;
    Pero no entra en sus jardines
    Tierno amante  fiel esposo
    Hasta la hora del reposo,
    Como  un Prncipe est bien.

      El Korn cuatro sultanas
    Le permite, y como tales
    En sus Cmaras rales
    Alojadas cuatro estn.
     las cuatro tiene vanas
    El amor del Nazarita,
    Mas ninguna es favorita
    En el alma del Sultn.

      Las almes y los juglares
    De ms gracia y ms destreza
    Tiene  sueldo, con largueza
    Atendiendo  su placer:
    Y en sus fiestas familiares
    Las prodiga el noble Moro
    Cuanto pueden amor y oro
    Por esplndido ofrecer.

      Es su harn del gozo fuente
    Y de fiestas laberinto:
    Estremece su recinto
    Siempre alegre conmocin,
    Y resuena eternamente
    Por los bosques de la Alhambra
    El comps de libre zambra,
    De las msicas el sn.

      Al-hamar en tanto,  solas
    Con sus ntimos cuidados,
    En el bien de sus estados
    Piensa inquieto sin cesar;
    Y sobre las mansas olas
    De aquel mar de dicha y calma
    Brilla el faro de su alma,
    Vela el ojo de Al-hamar.

      Afanoso, inquieto, activo
    Mientras dura el da claro,
    De los dbiles amparo,
    Peso fiel de la igualdad,
    Sin quitar pie del estribo,
    Sin dejar puerta, ni torre,
    Ni mercado, ve y recorre
    Por s mismo la ciudad.

      Por doquier con recta mano
    La justicia distribuye,
    Por doquier sagaz se instruye
    De las faltas de su ley,
    Y la enmienda soberano
    Del bien de su pueblo amigo,
    Porque sirva de castigo
    Y de amparo de su grey.

      As el noble Nazarita,
    Rey y luz del huerto ameno
    De Granada, Edn terreno
    Modelado en el Korn,
    Sus alczares habita
    De virtud siendo roco,
    Siendo rayo del impo
    Y decoro del Islam.

      Vencedor, nunca vencido,
    Rey piadoso, juez severo,
    En la lid buen caballero
    Y en la paz sol de su fe:
    De sus pueblos bendecido,
    De enemigos respetado,
    Y de fieles rodeado,
    El excelso Amir se ve.

      Y as mora el Nazarita
    Sus alczares dorados,
    Misteriosamente alzados
    Del placer para mansin.
    Mas quin sabe si l habita
    Su morada encantadora,
    Y el pesar oculto mora
    En su regio corazn?

      Triste, insomne, solitario,
    Como sombra taciturna
    Que  su nicho funerario
    Un conjuro hace asomar,
     las brechas angulares
    De su torre de Comares
    En la lobreguez nocturna
    Tal vez asoma Al-hamar.

      Apoyado en una almena
    De la gigantesca torre,
    Del ro que  sus pies corre
    Oye distrado el sn,
    Y contempla en los espacios,
    Que la espesa sombra llena,
    De su corte y sus palacios
    El fantstico montn.

      Pertinaz  veces mira
    Del fresco valle  la hondura,
    Sombra, espacio y espesura
    Anhelando penetrar:
    Muvese all el aura mansa
    No ms: de mirar se cansa,
    Y el rostro vuelve y suspira
    Melanclico Al-hamar.

      Cuntas veces en la almena
    Le sorprende la maana,
    Y al afn que le enajena
    Treguas da su resplandor:
    Y sin dar un hora al sueo,
    De Granada vuelve el dueo
    De s  echar lo que le afana,
    De s mismo vencedor!

      Mas quin lee sobre su frente
    El oculto pensamiento
    Que tras ella turbulento
    Lleva el alma de l en pos?
    Slo Aqul que da igualmente
    Las venturas y los males,
    Y las dichas terrenales
    Con el duelo acota.--Dios.

      Dios, que tierra y mar divide,
    La eternidad sonda y mide,
    Del espacio sabe el lmite
    Y del mundo ve el confn.
    Dios, cuya grandeza canto,
    Y con cuyo nombre santo
    Al LIBRO DE LOS ALCZARES
    Reverente pongo fin.




Libro de los espritus.


RECUERDOS

      Qu flor no se marchita?
    Cul es el fuerte roble
    Que el huracn no troncha
     el tiempo no carcome?
    Qu dicha no se acaba?
    Qu hora veloz no corre?
    Qu estrella no se eclipsa?
    Qu sol nunca se pone?

      Adnde est el alczar
    En cuyas altas torres
    La tempestad no ruge
    Cuando el nublado rompe?
    Quin es el que ha cruzado
    El pilago salobre
    Sin que su nave un punto
    La tempestad azote?

      Quin fu por el desierto
    Pisando siempre flores?
    Ni quin pas la vida
    Sin duelos ni pasiones?
    Ni quin es el que en calma
    Durmi todas las noches
    Sin que el pesar un punto
    Tenido le haya insomne?

      Ninguno. El rey altivo,
    Como el esclavo pobre,
    Al reclinar cansados
    Su frente por la noche.
    Ya en mendigada paja,
    Ya en ricos almohadones,
    Perciben que un gusano
    El corazn les re.

      Es el afn secreto
    Que agita eterno, indcil
    Al corazn, y gira
    Con la veleta mvil
    Del pensamiento vano.
    Dichoso el que conoce
    Que Dios tan slo llena
    El corazn del hombre!

      Por eso el Nazarita,
    Que aunque de Dios favores
    Sin tregua ha recibido,
     humanas condiciones
    Sujeto est, va presa
    De afanes interiores
    Rumiando pensamientos
    Que su atencin absorben.

      Va solo, atravesando
    El enramado bosque
    Que cubre el fresco valle,
    Donde al mullido borde
    De fuente cristalina
    Que mana entre las flores,
    Un sueo misterioso
    Le embeles una noche.

      Va solo, meditando
    Los agrios sinsabores,
    Que danle de su reino
    Civiles disensiones.
    De Dios pesa la mano
    Sobre su pueblo y torpe
    Tal vez contra s mismo
    Va  dirigir sus golpes.

      Qu han hecho al fin sus sabios
    Proyectos creadores?
    Qu al fin han producido
    Tesoros tan enormes
    Como l ha dispendiado
    Para elevar el nombre
    De su gentil Granada
    Sobre el de cien naciones?

      Cubri los verdes cerros
    De gigantescas moles:
    Torn en frondosos crmenes
    Sus valles y sus montes:
    Mas la soada dicha
    De sus intentos nobles
    Do est si  los humanos
    No pudo hacer mejores?

      Riqueza di  los Moros,
    Con la riqueza diles
    Poder, victoria, fama.....
    Mas di  sus corazones
    Con ella ms deseos
    Y orgullo y vicio dobles:
    Y al fin qu es lo que logra?
    Doblar sus ambiciones.

      Con ellas la discordia
    Germina al par: mayores
    Triunfos tal vez alcancen
    Sus armas: tal vez logren
     empresas ms gloriosas
    Dar cima, y sus pendones
    Clavar sobre los muros
    Que  los contrarios tomen.

      Mas ay cuando su fuerza
    Contra ellos mismos tomen!
    Mas ay cuando su ciencia
    Se emplee en invenciones
    De prfida poltica,
    De cdigos traidores
    Que, leyes pregonando,
    Su destruccin pregonen:

      Y el reino que l fundara
    De tanto afn  coste,
    Por l seguro acaso
    De extraas invasiones,
    Tal vez consigo mismo
    Luchando se destroce,
    Y abra  un sangriento circo
    Su alczar sus balcones!

      Tal vez un rey cristiano,
    Sagaz y fuerte entonces,
    Desde Castilla viendo
    Los rabes discordes,
    La hoguera de sus iras
    Certeramente sople
    Y al frente de Granada
    Presente sus legiones.

      As Al-hamar discurre,
    Con clculos precoces
    Llorando por Granada,
    La flor de sus amores;
    As Al-hamar se aflige,
    Y  solas por el bosque
    Se mete, absorto y triste
    Con sus cavilaciones.

      Era una hermosa tarde
    De Abril: los resplandores
    Del sol, que  ocaso baja
    Manchando el horizonte
    Con tintas de oro y prpura,
    Los pardos torreones
    Alumbra de la Alhambra
    Con rayos tembladores.

      Ya la ltima montaa
     largo andar transpone
    El sol: ya dora slo
    Los altos miradores
    De los palacios rabes:
    Cayendo al fin se esconde
    Tras la montaa entero,
    Y all la mar le sorbe.

      El plido crepsculo,
    Que va tras l, recoge
    La luz que al da resta;
    Da un paso ms, y el orbe
    Con cuanto bello abarca
    En lgubres crespones
    Emboza poco  poco
    La silenciosa noche.

      Nubl su espesa sombra
    Los ojos brilladores
    Del distrado prncipe,
    Y al mundo real volvile:
    Volver quiso l las bridas
    De su caballo, dcil
     su llamada siempre,
    Pero rebelde hallle.

      Era el caballo de rabe
    Raza, leal y noble;
    Mas por la vez mi primera
    Su origen desmintise.
    La voz de su jinete
    Desconoci: aplicle
    La espuela; y, al sentirla,
    Feroz encabritse.

      Mira Al-hamar en torno
    Si hay algo que le asombre,
    Y al extender la vista
    El sitio reconoce;
    Junto  la fuente se halla
     cuyo sn durmise
    Aos atrs soando
    Con clicas visiones.

      La idea ms recndita
    De su cerebro entonces
    Se levant espantando
    Su corazn. Las dotes
    Divinas del espritu
    Que all le habl: los dones
    Que recibi del Cielo
    Desque  l aparecise:

      Su celestial historia,
    Sus celestiales rdenes
    Que obedeci arrastrado
    De impulsos superiores:
    De gloria y de opulencia
    Las altas predicciones,
    En todo con sus msticos
    Orculos conformes,

      Todo fu cierto; todo
    Cual lo so cumplise.
    No ser, pues, su raza
    Quien sus afanes logre?
    No es, pues, el Dios que adora
    El Dios de sus mayores,
    Y l hizo una diadema
    Con que otro se corone?

      Su mente obscurecieron
    Denssimos vapores:
    Dud: tembl dudando:
    El corazn turbsele,
    Y as exclam en la sombra
    Con temerosas voces,
    Que ahog el murmullo manso
    Del manantial y el bosque:

      Espritu, que el fondo
    De ese raudal esconde:
    Yo obedec sumiso
    Tus misteriosas rdenes,
    Y soy la sola vctima
    De tu presencia; trname,
    Pues,  la fe primera,
     con tu ley abname.

      Dijo: y, como acosado
    Por invisible golpe,
    Salt el caballo fiero
    Con repentino bote,
    Por medio de las sombras
    Lanzndose  galope:
    Y el rey arrebatado
     su pesar sintise.


LA CARRERA

I

      Lanzse el fiero bruto con mpetu salvaje
    Ganando  saltos locos la tierra desigual,
    Salvando de los brezos el spero ramaje,
     riesgo de la vida de su jinete real.
    l con entrambas manos le recogi el rendaje
    Hasta que el rudo belfo toc con el pretal:
    Mas todo en vano: ciego, gimiendo de coraje,
    Indmito al escape tendise el animal.

      Las matas, los vallados, las peas, los arroyos.
    Las zarzas y los troncos que el viento descuaj.
    Los calvos pedregales, los cenagosos hoyos
    Que el paso de las aguas del temporal form.
    Sin aflojar un punto ni tropezar incierto,
    Cual si escapara en circo  la carrera abierto,
    Cual hoja que arrebatan los vientos del desierto.
    El desbocado potro veloz atraves.

      Y matas y peas, vallados y troncos
    En rpida, loca, confusa ilusin
    Del viento  los silbos, ya agudos, ya roncos,
    Pasaban al lado del suelto bridn.
    Pasaban huyendo cual vagas quimeras
    Que forja el delirio, febriles, ligeras,
    Risueas  torvas, mohinas  fieras,
    Girando, bullendo, rodando en montn.

      Del lamo blanco las ramas tendidas,
    Las copas ligeras de palmas y pinos,
    Las varas revueltas de zarzas y espinos,
    Las yedras colgadas del brusco pen,
    Medrosas fingiendo visiones perdidas,
    Gigantes y monstruos de colas torcidas,
    De crespas melenas al viento tendidas,
    Pasaban en larga fatal procesin.

      Pasaban, sueos plidos, antojos
    De la ilusin: fantsticos  informes
    Abortos del pavor: mudas y enormes
    Masas de sombra sin color ni faz.
    Pasaban de Al-hamar ante los ojos,
    Pasaban aturdiendo su cabeza
    Con diablico impulso y ligereza,
    En fatigosa hilera pertinaz.

      Pasaban y Al-hamar las perciba
    Pasar, sin concebir su rapidez,
    En ms vertiginosa fantasa,
    En ms confusa y tumultuosa orga,
    Ms juntas, ms veloces cada vez:
    Y atronado su espritu ceda
     la impresin fatdica, y corra
    Fro sudor por su morena tez.

      Y en su faz estrellndose el viento,
    La pona en nerviosa tensin,
    Y cortaba el camino al aliento,
    Y prensaba el cansado pulmn;
    Y, golpeando en sus sienes sin tiento
    De su sangre el latido violento,
    Sus odos zumbaban con lento
    Y profundo y montono sn.

      Ya crea que, huyendo el camino
    Del corcel bajo el cncavo callo,
    Galopaba sobre un torbellino,
    Mantenido en su impulso no ms;
    Ya crea que el negro caballo,
    Por la ardiente nariz y los ojos
    Despidiendo metoros rojos,
    Rastro impuro dejaba detrs.

      Ya sorbido por denso nublado,
    Con la lluvia, el granizo y centellas
    De que lleva su vientre preado,
    Cree que va fermentando  la par;
    Nubes cruza tras nubes, y en ellas,
    Del turbin al impulso sujetos,
    Mira mil nunca vistos objetos
    Remolinos eternos formar.

      De este vrtigo horrible transido
    Caminaba  las riendas asido,
    En los corvos estribos seguro
    Y entre el uno y el otro borrn
    Empotrado, dejando abatido
    Por el bruto llevarse en lo obscuro:
    Y empezaba  perder el sentido
    Del escape mareado al vaivn.

      Rendido y las fuerzas perdiendo
    Al vrtigo intenso cedi;
    Y loco el cerebro sintiendo,
    Los ojos cerrar no pudiendo
    La ciega mirada fij,
    Tenaz contraccin manteniendo
    No ms su equilibrio, y corriendo
    Cual otro fantasma sigui.

      Y espacios inmensos cruzando,
    Y atrs  la tierra dejando,
    Las vallas de sombra saltando
    Que cercan el mundo mortal,
    Creyse su mente perdida
    En tierra jams conocida,
    Regin de otra luz y otra vida,
    De atmsfera limpia  igual.

      Y vi que un alba serena
    Con blanqusimos reflejos
    Amaneca  lo lejos
    En esta nueva regin:
    Y el alma, exenta de pena
    Cruzando el ter tranquilo,
    Volaba  un eterno asilo
    En otra inmortal mansin.

      Suavsimo arrobamiento,
    Deliquio dulce invadile,
    Y encima del firmamento
    En el Edn se crey.
    Luz vaga alumbr su mente
    Y ante los ojos pasle
    El Paraso esplendente
    Que Mahomad visit.

      El mstico y nocturno
    Viaje del Profeta
    Juzg que iba  su turno
    Sobre el Borak  hacer:
    Y la ilusin sujeta
     lo que de l relata
    La bveda de plata
    De un cielo empez  ver.

      Los astros vi suspensos
    De aurferas cadenas
    Y sus lumbreras llenas
    De espritus de luz:
    Espritus inmensos
    En formas de caballos,
    De corzos y de gallos
    De enorme magnitud.

      Vi islas encantadas
    Flotando en los espacios,
    Con templos de topacios
    Y muros de marfil:
    Y casas fabricadas
    De ncar, cuyas puertas
    De bano dan abiertas
    Sobre jardines mil.

      All sobre alhames
    De cedro y palo-rosa,
    Bajo la sombra undosa
    Del tilo y del moral,
    Yacer vi  las hures
    Que,  mil amores tiernas,
    Conservarn eternas
    Su gracia virginal.

      Y atraves campias
    Fresqusimas y amenas
    De bosques de mbar llenas
    Y cerros de cristal,
    Y prodigiosas vias,
    Que en frutos dan opimos
    Las perlas en racimos
    En tallos de coral.

      Vi grutas pintorescas
    Por Slfides moradas,
    Cubiertas sus portadas
    Bajo el flotante tul
    De mil cascadas frescas
    Que, atravesando prados
    De hermoso ail sembrados,
    Van tintas en su azul.

      Caer las vi en riberas
    Donde reposan mansos
    Los monstruos y las fieras
    De tierra, viento y mar:
    Y en plcidos remansos,
    El sueo entretenindolas,
    Vi cisnes y oropndolas
    Baarse y juguetear.

      Y vi dorados peces
    En tumultuoso bando
     flor de el agua  veces
    Pacficos nadar,
    Y  veces, elevando
    Por cima de las olas
    Los lomos y las colas,
    La orilla salpicar.

      Vi luego estos ros
    Crecer sin vallares,
    Perdindose en mares
    De leche y de miel:
    Y en ellos navos
    Do van los amores
    Mecindose en flores
    De uno  otro bajel.

      Murmullo tras ellos
    Levantan sonoro
    Mil gndolas de oro
    De concha y marfil,
    Do van Silfos bellos
    Vogando con velas
    De chales y telas
    De seda sutil.

      Espuma levantan
    Inquietos remando
    Los mil gondoleros
    Que van tripulando
    Los barcos veleros;
    Y danzan ligeros
    Y armnicos cantan
    Alegre cancin:

      Y mil gayas aves,
    Que siguen las naves,
    Al sol esponjando
    Sus plumas distintas
    De mil varias tintas
    De azul, gualda y oro,
    Imitan en coro
    Del cntico el sn.

      Al lejos el viento
    Responde  su acento
    All en la arboleda
    Moviendo rumor:
    Y el eco, que atento
    En lo alto se queda,
    Burln le remeda
    Cual sabe mejor:

      El cuadro divino,
    La paz, la ventura,
    Perfume, frescura,
    Y luz celestial
    De aquel peregrino
    Pas, torna pura
    Al rey granadino
    La calma vital.

      Y en rpido vuelo
    Pacfico y blando
    Los aires surcando
    Se siente llevar:
    Y ve que, sin suelo
    Do fije el caballo
    El spero callo,
    Cruzando va el mar.

      Del lquido el fondo
    Contempla pasando,
    Y alcanza mirando
    Del agua al trasluz
    El lveo redondo,
    Que puebla radiante
    Cohorte flotante
    De peces de luz.

      Sutiles vapores
    Le impelen saves
    Y costas y naves
    Se deja detrs:
    Y espacios mayores
    Cruzando en su vuelo
    Aborda del cielo
    Las costas quizs.

      Avanza y niebla
    Plida ve
    Que el aire puebla,
    Segn pie  pie
    Ganando va
    Aquel extenso
    Espacio inmenso
    Do errando est:
    Y le parece
    Que se ennegrece
    Mar, niebla y viento
    En torno de l,
    Y que se acrece
    Cada momento
    El movimiento
    De su corcel.
    Anochece,
    Y obscurece
    Ms apriesa
    Cada vez
    El ambiente,
    Que se espesa
    Con creciente
    Lobreguez.
    El camino
    Desparece:
    Y, sin tino
    Ni destino
    Que comprenda,
    Sobre senda
    Audazmente
    Carrilada
    Por un puente
    De movible
    Tirantez,
    Tan delgada
    Como el hilo
    En que se echa
    Descolgada
    Una oruga,
    Como arruga
    Que en tranquilo
    Lago tiende
    Cuando hiende
    Su agua el pez,
    Tan estrecha
    Como el filo
    De una espada,
    Como flecha
    Disparada,
    Cual centella
    Desatada,
    Va sin huella
    Perceptible
    El perdido
    Nazarita,
    Con horrible
     infinita
    Rapidez.

      Es el puente
    De la vida,
    Que la gente
     luz venida
    Ha por fuerza
    De pasar.
    El que intente
    Y haga entera
    Su carrera,
    Y de frente
    Sin cada
    La salida
    Logre hallar,
    Por las puertas
    Celestiales
     las huertas
    Inmortales
    Como un ngel
    Ha de entrar,
    Las delicias
    Eternales
    Y los gustos
    Perenales
    De los justos
     gozar.

       este paso
    Tan estrecho,
    (Cuyo escaso
    Corto trecho
    Es camino
    Tan dudoso
    De cruzar,
    Pero fallo
    Riguroso
    Del destino
    Y ley santa
    Que acatar),
    Se adelanta
    Vigoroso
    El caballo
    Misterioso
    De Al-hamar.

      Temeroso
    De mirar,
    Espumoso,
    Siempre hirviente,
    Rebramando
    Eternamente
    Y azotando
    Siempre el puente
    Con horrsono
    Bramar,
    Bajo de l
    Hierve el mar.
    ISRAFEL
    All est
    Para ver
    El que va
    Sin caer,
    Y pasar
    No dejar
    Al infiel:
    Y he aqu
    Que por l
    Va  pasar
    El corcel
    De Al-hamar:

      Llega, avanza:
    Ya se lanza,
    Ya en l entra.
    Ya se encuentra
    Suspendido
    Sobre el puente
    Sacudido
    Por el pilago
    Bullente,
    Cuyo cncavo
    Rugido
    Se levanta
    Sin cesar.
    Aturdido,
    Sin mirar
     la indmita
    Corriente
    Que le espanta,
    Sin osar
    Aspirar
    El ambiente
    Que le anuda
    La garganta,
    Sin que acuda
    Tierra  cielo
    En su ayuda,
    Vuela y pasa,
    Justiciero
    Rey prudente,
    Juez severo
    Y valiente
    Caballero,
    El primero
    De la casa
    De Nazar.

      El puente
    Vacila
    El Prncipe
    Oscila,
    Perdido
    El sentido,
    Demente,
    Transido
    De horror.

      Ya toca
    La opuesta
    Ribera:
    Ya poca
    Carrera
    Le cuesta.
    Valor!
    Ya llega:
    Le ciega
    El pavor.
    Ah! Dadle
    Favor!
    Salvadle,
    Seor!

      Salt.
    Pas
    Con bien
    Y all
    Cay
    De pie.
    Salvo
    Fu,
    Oh!
    Ya
    Quin
    Ve
    Do
    Va?




Libro de las Nieves.


INSPIRACIN

      No hay ms que un solo Dios. L solo es grande,
    Solo infinito, omnipotente solo.
    Nada hay que para ser no le demande
    Licencia: L pesa la virtud y el dolo,
    Y el premio enva  el azote blande.
    Todo lo oye y lo ve de uno  otro polo,
    Y cosa no hay por elevada  honda
    Que  su mirada universal se esconda.

      No hay ms que un solo Dios, cuya crencia
    Luz es y salvacin: doquier la marca
    Brilla de su poder y de su ciencia.
    Dios solo es triunfador; solo monarca
    Del universo es L: su omnipotencia
    Con ley universal todo lo abarca:
    Su presencia inmortal todo lo inunda,
    Todo lo vivifica y lo fecunda.

      L los mundos arregla  desordena
    Segn su excelsa voluntad divina:
    L al tiempo dirige: L encadena
    Los elementos  sus pies: domina
    El huracn: tras el nublado truena:
    Luce  travs del alba purpurina:
    Entapiza con nieve las montaas,
    Y abrasa con volcanes sus entraas.

      El murmullo del agua, el sn del viento,
    El susurro del bosque estremecido
    Por sus inquietas rfagas, el lento
    Arrullo de la trtola, el graznido
    Del cuervo vagabundo, todo acento
    Por ave, fiera  eco producido,
    El nombre santo de su Dios pronuncia,
    Su gloria canta, su poder anuncia.

      L los errantes astros encamina:
    L azula la atmsfera serena:
    L crea y L destruye, alza y arruina:
    L, infalible juez, salva y condena:
    L solo ni envejece, ni declina:
    L solo el hueco de los mundos llena:
    El orbe encima de su palma cabe:
    Solo L no yerra nunca: solo L sabe.

      No hay ms que un solo Dios. Los que le niegan
    Con altivez blasfema, palidecen
    Cuando al umbral de su sepulcro llegan:
    Los que en su ciencia ruin se ensoberbecen
    Y de L se mofan, al morir le ruegan.
    Por L existen y por L perecen
    Todos. No hay ms que un Dios. Ante su nombre
    Qu es el orgullo y el saber del hombre?

      Siglo, que audaz el de la luz te llamas
    Y por miles de plumas y de bocas
    El manantial de tu saber derramas:
    Siglo de ciencia, que el error derrocas,
    La virtud premias y el ingenio inflamas:
    Siglo, que dices que  la cumbre tocas
    De la dicha, que el mundo civilizas
    Y tu raza de sabios divinizas:

      Siglo de prensas y de bolsa y agio,
    Que, en carros de vapor, hasta la luna
    Intentas difundir el gran contagio
    De la ciencia, y parar  la fortuna
    Con tus empresas mil..... siglo de plagio
    Que, en solos nueve lustros, en s aduna
    Ms _maestros_, _artistas_ y _doctores_
    Que hubo en ciento estudiantes y lectores!....

      De dnde vienen los que nacen? Dnde
    Van los que mueren? Dnde, en qu lejano
    Lugar se acuesta el sol? En cul se esconde
    La luna de su luz? Cul es la mano
    Que les gua  los dos? Habla, responde,
    Orgullo necio del saber humano,
    Hojea el libro de tu ciencia osada:
    Qu es lo que sabes de tu origen?--NADA.

      No hay ms que un solo Dios, que nada ignora:
    L conoce las puertas de la tierra;
    Abre las de la cuna y de la aurora:
    Las de la noche y de la tumba cierra.
    Ms all de las dos L solo mora,
    L solo sabe lo que all se encierra;
    De all viene, all va quien nace y muere.
    Por qu? Su voluntad as lo quiere.

      Mas detente oh Espritu divino!
    Oh Arcngel de la Fe! T, cuyo paso
    Buscando un da al corazn camino
    Ahog  las Musas y aplan el Parnaso:
    nico fuego que del cielo vino,
    Calma tu inspiracin en que me abraso:
    No ensayes en el arpa del poeta
    Los cantos del salterio del Profeta.

      Mi limitada comprensin humana,
    Mi ruda voz y tosca poesa
    Eleve, s, tu inspiracin cristiana
    Y dignas sean de la patria ma.
    Enaltece mi ingenio, porque ufana
    Pueda hijo suyo apellidarme un da,
    Y de mi nombre, si al olvido vence,
    La tierra en que nac no se avergence.

      Mas dejemos al siglo ir desbocado
    De los pasados siglos tras la herencia,
    En el carro del oro arrellanado,
     suspendido en alas de la ciencia.
    Dejmosle seguir la ley del hado
    Segn su voluntad  su conciencia,
    Sin que perturbe su insensata orga
    El himno audaz de la creencia ma.

      Tindeme, pues, tu alas de zafiros,
    Y lejos de l transprteme tu vuelo
    Donde sus carcajadas y suspiros
    No desgarren del aire el puro velo.
    De l  travs con luminosos giros
    lzame adonde, con eterno hielo
    Cubriendo su cerviz, Sierra Nevada
    Salutferas auras da  Granada.

      Llvame  los recnditos asilos
    De aquellas misteriosas soledades,
    Cuyos monstruos de nieve ven tranquilos
    Nacer y perecer razas y edades.
    Mustrame las cavernas y los silos
    Donde van  dormir las tempestades,
    Por cima del pen desconocido
    En que suspende el guila su nido.

      Del Supremo Hacedor la sabia mano
    No cre sin destino esos lugares
    Inaccesibles al orgullo humano:
    Ni envueltos en sus mantos seculares
    De nieve espan sin cesar en vano
    Esos gigantes blancos tierra y mares.
    Subamos, pues, sobre las auras leves
    Al misterioso alczar de las nieves.


LA CARRERA

II

      En las desiertas cumbres que la sierra
     las legiones de la luz levanta,
    Paso al cielo tal vez desde la tierra:
    All, donde rbol, animal, ni planta,
    Ni vegeta, ni vaga, ni se encierra
    Bajo la eterna nieve, y se quebranta
    Cuanto vida  calor toma del suelo
    Al peso de una atmsfera de hielo,

      Se abre por las montaas un camino,
    Ms bien un tajo, que sus breas parte
    Como una faja de planchado lino,
    El cual dirige al colosal baluarte
    De la nieve. Jams tan peregrino
    Sendero supo fabricar el arte,
    Ni inspirarle  la mente ms risueo
    Maga oriental en hechizado sueo.

       ambas orillas de su senda blanca
    Labra caprichos mil el aire helado,
    Que el ampo trae que el remolino arranca,
    Dejndole doquier cristalizado.
    La agua congela y el vapor estanca
    Y cincela sutil filigranado
    Del hielo en el cristal, cuyas labores
    Descomponen la luz en mil colores.

      Mas como sus esplndidos reflejos
    De la nieve se estrellan en la alfombra,
    Y en el mate cristal de sus espejos
    Mata al color la blanquecina sombra,
    Todo es blanco doquiera, cerca y lejos:
    Todo el pas descolorido asombra
    Con su igualdad la vista: blanco el suelo,
    Blanco el espacio puro, blanco el cielo.

      Y all del peascal en la estrechura,
    Por el lugar do empieza este sendero
     blanquear en el fin de la llanura,
    Comienza  negrear bulto ligero.
    Crece..... se aclara como va la altura
    Ganando. Es un mortal: un caballero
    Moro: y, conforme lo veloz que sube,
    Parto fu su corcel de alguna nube.

      El ampo de la nieve no desflora
    Con el herrado casco en su carrera,
    Y, al ver la forma area y voladora
    De jinete y corcel, se les tuviera
    Mejor por ilusin fascinadora
    Que por seres de vida verdadera:
    Pues quin sino fantsticas visiones
    Osaran arribar  estas regiones?

      Mas quin bajo los pliegues ve espumosos
    Del mullido tapiz de copos leves?
    Quin conoce los seres vaporosos
    Que la regin habitan de las nieves?
    Quin sabe qu destinos misteriosos
    Les di Aqul que, con dos palabras breves
    Cuando hizo el orbe, al hielo cristalino
    Del sol su destructor puso vecino?

      L solo, Dios. Recndito misterio
    Envuelve los contornos liminares
    De aquel helado y silencioso imperio
    Escondido entre rocas seculares.
    Solo L ve lo que encierra este hemisferio,
    Por entre cuyos blancos valladares
    La ardua ascensin al ltimo acomete,
    Cual suelta nube, el rabe jinete.

      De pen en pen, de risco en risco,
    El tortuoso camino va siguiendo
    Sobre su negro potro berberisco,
    Y  los nublados bajo s va viendo
    Fermentar en sus vientres el pedrisco
    De invisibles torrentes al estruendo,
    Y segn sube hacia la azul esfera
    Va aflojando el caballo su carrera.

      Quin es?--Vuela perdido en la distancia:
    Su forma es vaga sombra todava.
    Do va?--Y quin su poder  su arrogancia
    Sabe? Tal vez  la mansin del da.
    Genio, tal vez all tiene su estancia:
    Mortal, de un filtro acaso se valdra;
    Mas ya trepa al confn: ya poco  poco
    Modera su corcel su mpetu loco.

              Ya
            Se
            Ve
            Que
            Dando
            Se va,
            Ms blando
            Al freno.

              Ya no bota
            De ira lleno,
            Ni va ajeno
            De derrota
            Desbocado,
            Como mata
            Que arrebata
            Desbordado
            Rapidsimo
            Turbin.

              Ya se dilata
            Su fauce henchida
            De comprimida
            Respiracin,
            Y, volento,
            Danza el aliento
            Que le sofoca
            De su pulmn,
            Con resoplido
            De dolorido
            Cncavo sn.

          Doble columna gruesa
        De fatigoso aliento,
        Que hace vapor el viento
        Sutil de esta regin,
        Cual humareda espesa,
        Por la nariz opresa
        Vierte tras s en la atmsfera
        El rabe bridn.

          Ya deja la boca herida
        Ms libre al bocado obrar,
        Y ms siente ya la brida
        Que pudo el seor cobrar.

          Ya el vrtigo loco cediendo
        Que ciego sigui  su pesar,
        Va su mpetu fiero perdiendo
        Y empieza cansancio  mostrar.

          Ya su rpido escape acortando
        Detenerse pretende quiz:
        Ya se templa,  igual galopando
        Va en un aire pacfico ya.

      Y aunque de espuma y de sudor blanquea,
    Relincha audaz  inquieto cabecea;
    Y aunque jadeando de fatiga est,

      Aun piafa y se encabrita y escarcea,
    Y los ijares con la cola airea,
    Y corvos saltos de costado da.

      Ya cambia: ya el trote medido levanta,
    Y, el cuello engallado, segura la planta,
    Altivo en la sombra mirndose va.

      Ya lenta y suavemente su dueo le refrena:
    Se acorta: ya en el paso su marcha va serena:
    Recgele: obedece: par. Loado Alh!

      Vertiginoso vuelo! Fantstica carrera!
    Ms rpido su impulso que el de las nubes era:
    Caballo y caballero volaban  la par
    En alas de un nublado. La alondra ms ligera,
    Ni el guila ms rauda, pujante y altanera,
    Pudieron un instante su rapidez tomar.

      Al fin ces.--Las bridas en el arzn dejando,
    Los miembros extendiendo, con ansia respirando,
    Repsose el jinete sobre la silla al fin:
    Y absorto, las miradas en derredor tendiendo,
    Se hall de extensas nieves en un desierto horrendo,
    Ocano de hielo, sin costa ni confn.

      Ni flor, ni fiera, ni ave por la regin extraa
    Do se contempla aislado!--Slo hay una montaa
    Que gruta cristalina taladra por el pie.
    Y un mar y un paraso, que ha visto el caballero,
    De espritus y genios poblados? Y el sendero
    Por do hasta all ha subido?--Delirio, sueo fu.

      Sobre la nieve intacta ni rastro ve ni huella,
    Ni marca de camino en rededor sobre ella;
    Todo es una esplanada inmensa, sola, igual.
    No hay ms que nieve. Es blanca la claridad del cielo:
    Blanco el espacio: blanca la inmensidad del suelo:
    Los horizontes blancos. Qu busca all un mortal?

      Adnde esta comarca estril y desierta
    Da paso? De qu silos recnditos es puerta
    Su misteriosa gruta? Qu mano la labr?
    Tal vez en ella moran espritus dainos
    Que  los mortales odian, y los fatales sinos
    En dirigir se ocupan del que mortal naci.

      Tal vez es la risuea y esplndida morada
    De alguna dolorida y encantadora fada,
    Que el vano amor lamenta que puso en un mortal.
    Tal vez es la bajada del reino del olvido,
    Adonde caen las almas despus de haber salido
    De la penosa crcel del cuerpo terrenal.

      Quin sabe? El caballero al pie de la montaa
    Ante esta gruta, que ornan de arquitectura extraa
    Labores y arabescos de ncar y cristal,
    Permaneca inmvil: cuando he aqu que el eco,
    Hendiendo sonoroso su embovedado hueco,
    Le trajo estas palabras en canto celestial:

              Ilustre y venturoso
            Caudillo Nazarita,
            La gloria y el reposo
            Te aguardan  la par.
            Tu mente, que no alcanza
            Misterio tal, se agita
            Dudosa en vano.--Avanza,
            Avanza, oh Al-hamar!

      Es Al-hamar: el noble monarca granadino.
    Es l, que arrebatado sobre las auras vino
     dar en esta helada  incgnita regin.
    Es Al-hamar: su nombre retumba por el hondo
    Cncavo de la gruta, cuyo vaco fondo
    Repite de su canto el fugitivo sn.

       este eco, en la sonora profundidad perdido,
    Cual de invisible fuerza magntica impelido
    El rabe caballo feroz se encabrit.
    Asir quiso el jinete las bridas, mas fu tarde:
    Piafando y relinchando con orgulloso alarde
    Por la sonora gruta el palafrn entr.


ALCZAR DE AZAEL

      Lanzse el bruto indmito,
    Con arrogante empeo
    Luchando con su dueo,
    Que cede  su vigor,
    Por bajo de una bveda
    De fbrica divina,
    Tan pura y cristalina,
    De tan sutil labor,

      Que su techumbre cncava
    De transparente hielo
    La claridad del cielo
    Deja  travs gozar,
    Y, en un inmenso prtico
    De regia arquitectura,
    Ms difana y ms pura
    La viene  derramar.

      Mas qu mirada humana
     penetrar se atreve
    En esta soberana
    Morada celestial?
    Qu mano alza profana
    El pabelln de nieve,
    Que los misterios debe
    Velar de un inmortal?

      El techo, almohadillado
    Con planchas de diamantes,
    La lumbre en mil cambiantes
    Del sol vierte  trasluz.
    Y el suelo, trabajado
    Sobre cristal de roca,
    Su brillantez provoca
    Volvindole su luz.

      Los lmpidos pilares,
    Do asienta la segura
    Soberbia arquitectura
    Su peso colosal,
    En torno, transparentes,
    Reflejan  millares
    Los crculos lucientes
    Del Iris celestial.

      Y de este centelleante
    Alczar encantado,
    Que en hielo est labrado
    Y entre la nieve est,
    Al interior radiante,
    Do alguna maga habita,
    El noble Nazarita
    Adelantando va.

      Del luminoso prtico
    Del difano edificio
    Apena el frontispicio
    Magnfico pas,
    Entr bajo una esplndida
    Colgada galera,
    Que  un patio conduca
    Que  su remate vi.

      El firme pavimento
    Retiembla estremecido
    Bajo el galope unido
    De su veloz corcel,
    Su paso y movimiento
    El eco prolongado
    Del hueco artesonado
    Marcando detrs de l.

      De aquella galera
    Cruz la luenga arcada:
    Pas de otra portada
    Por bajo el arco: entr
    Al patio, que vea
    De lejos, y el ardiente
    Caballo de repente
    Plantse y relinch.

      Cual la espiral flotante
    Del humo que despide
    Pebete en que fragante
    Perfume ardiendo est,
    Y rfaga perdida
    Por bajo la divide,
    Y la mitad partida
    Leve  la altura va:

      Poder as invisible
    En paso imperceptible
    Caballo y caballero,
    Sin fuerza separ;
    Y el bruto, cual ligero
    Vapor desvanecido,
    De l libre y dividido
    El prncipe se vi.

      Mir Al-hamar en torno
    Y, al contemplar de cerca
    La fbrica y adorno
    Del patio de cristal
    Hecho,  tallado en hielo,
    Hall que era un modelo
    Del patio de la alberca
    De su Palacio real.

      Aquel es el arranque
    De su alta torre: aquellos
    Los ajimeces bellos
    Que sobre el patio dan:
    Aquel es el estanque:
    Los arrayanes stos
    Que, por su mano puestos,
    En su redor estn.

      Aquellos los pilares
    Del corredor: aquellas
    Las bvedas de estrellas
    De cedro y de marfil;
    La estancia de Comares
    Aquella, do su magia
    Dej la _comarajia_
    En su labor sutil.

      Los ricos tiene enfrente
    Calados pabellones
    Del patio de leones,
    Con su oriental jardn:
    Y all est el mar bullente,
    Que al Hierosolimita
    De Salomn imita;
    Es otra Alhambra en fin.

      Es otra Alhambra, pero
    Ms que la Granadina
    Hermosa; una divina
    Alhambra celestial.
    Alczar hechicero,
    Labrado con vivientes
    Materias transparentes
    De germen inmortal.

      Los muros trabajados
    Con ricos arabescos
    Y flores y estucados
    Prodigios del cincel,
    Los gabinetes frescos
    Que adornan escrituras
    Divinas, miniaturas
    Del oriental pincel,

      Son obra misteriosa
    De soberano artista,
    Que ni en humana vista
    Cabr, ni en comprensin:
    Y aquellos tan macizos
    Muros, y quebradizos
    Calados de su hermosa
    Y area mansin,

      En su materia mstica
    Encierran una esencia,
    Que infunde una existencia
     su insondable sr:
    Y toda aquella fbrica
    Tan pura y transparente
    Es creacin viviente
    De incgnito poder.

      Mirbala embebido
    El Nazarita prncipe,
    Cuando lleg  su odo
    La deliciosa voz
    Que oy de la caverna
    En la extensin interna
    Sonar, cuando detvose
    Su palafrn veloz.

      Y la escondida msica
    Que en torno de l resuena
    De jbilo le llena,
    Le embriaga el corazn,
    Y la palabra mstica
    De aquel cantar de gloria
    Le trae  la memoria
    Antigua aparicin.

      Dibjase en su mente
    Un valle de Granada
    Con una fresca fuente
    De lnguido rumor,
    En una perfumada
    Noche, sin nube alguna
    El Cielo, de la luna
    Plateada al resplandor.

      Y cuanto ms escucha
    Su armnico concierto,
    Un rumbo va ms cierto
    Tomando el corazn.
    Triunfante de la lucha
    Con la ilusin pasada
    Del valle de Granada,
    Al comprender su sn.

      --Salud oh Nazarita!
    Bien llegues  las nieblas
    Cuya regin habita
    Tu genio protector.
    Ha visto en las tinieblas
    Resplandecer tus ojos:
    Te conoci, y de hinojos
    Di gracias al Seor.

      Su vista rutilante,
    Que el universo abarca,
    Posada en tu semblante
    Desde tu cuna est,
    Y el dedo omnipotente
    Sobre tu noble frente
    Grab la regia marca,
    Que  conocer te da.

      Naciste favorito
    Del genio y de la gloria:
    Tu nombre fu victoria,
    Tu voluntad ley fu.
    Tu tiempo es infinito,
    Profundas son tus huellas,
    Propicias las estrellas
    Son  Nazar: ten fe.

      Avanza, Nazarita;
    Radiante aqu tu estrella
    Con viva luz destella,
    Aqu en tu Alhambra ests:
    Aqu mana infinita
    La fuente del consuelo.
    Avanza, aqu del cielo
    Ms cerca reinars.

      De la celeste msica
    La letra as deca,
    Y, atento  su armona,
    El prncipe Al-hamar
    Permaneca atnito
    Sin voz ni movimiento,
    En dulce arrobamiento
    Gozando sin cesar.

      El agua, de que llena
    La alberca est, ondulante
    Refleja cada instante,
    Ms vario resplandor,
    Cual si una luz serena
    Bajo la linfa clara
    Recndita radiara
    Con trmulo fulgor.

      Debajo de su planta
    Percibe que el divino
    Concierto se levanta,
    Del manantial detrs,
    Y al borde cristalino
    De la colmada alborea,
    Que est  sus pies, se acerca
    Cada momento ms.

      Y he aqu que en este punto
    Del fondo transparente
    Del agua donde siente
    La msica sonar.
    De un sr resplandeciente
    El rostro, que ilumina
    La linfa cristalina,
    Se comenz  elevar.

      Toc en el haz del agua
    Su cabellera blonda:
    Quebr la frgil onda
    Su frente virginal:
    Dej el agua mil hebras
    Entre sus rizos rotas,
    Y  unirse volvi en gotas
    Al limpio manantial.

      Areo, puro, leve,
    Cual nube vaporosa
    Que mansa el aura mueve
    Y transparenta el sol,
    Ciendo de oro y rosa
    Flotante vestidura,
    Como el del alba pura
    Suavsimo arrebol:

      La paz en el semblante,
    La gloria en la sonrisa,
    Apareci radiante
    El ngel Azel;
    Y sus mortales ojos
    Fijando en la improvisa
    Aparicin, de hinojos
    Cay Al-hamar ante l.

      Del agua se alz fuera
    Y, al esparcir el viento
    Su blonda cabellera,
    El aire perfum:
    Dej escapar su aliento,
    Y cuanto all exista
    Su aliento de ambrosa
    Con ansia respir.

      Del suelo  la techumbre
    El mstico palacio
    Reverber la lumbre
    De su divina faz,
    Cuya fulgente aureola
    Purprea tornasola
    El aire del espacio
    Y de las aguas la haz.

      Y he aqu que su alba mano
    El ngel extendiendo
    Y alzando y atrayendo
    Al prncipe hacia s,
    Con plcida sonrisa
    Y acento soberano,
    Que armoniz la brisa
    Fragante, hablle as:

      Yo visit en un sueo
    Tu espritu en la tierra,
    Mostrndote halageo
    Tu porvenir en l.
    Tesoros te di y gloria,
    Tu esclava hice  la guerra,
    Grabando en tu memoria
    La imagen de Azel.

      Ilumin tu ciencia,
    Colm de sabios planes
    Tu humana inteligencia
    Y al logro te ayud.
    Cual tu ambicin lo quiso
    Cumpliendo tus afanes,
    Terreno paraso
    Tu rico imperio fu.

      Yo inocul en tu alma
    El germen de la duda
    Para turbar la calma
    De tu crencia vil:
    Para que espuela fuera
    Con cuya lenta ayuda
     la verdad se abriera
    Tu corazn gentil.

      Brotar hice en tu suelo
    Para calmar tus penas
    Las aguas del consuelo,
    Que  conocer te di:
    Mas de tristeza llenas
    Cien noches has pasado,
    Y al agua no has llegado
    Cuyo raudal te abr.

      Al verte victorioso,
    Temido y opulento,
    Tu corazn atento
    Slo  la tierra fu.
    Dudaste, mas dudando
    No osaste perezoso
    El rostro  m tornando
    Poner en m tu fe.

      Y hacia el fatal destino
     que traidora gua
    La falsa fe, te va
    Adelantar Luzbel:
    Y el fin de tu camino
    Mostrndome deca:
    _Caer era su sino:
    Le pierdes, Azel._

      Lloraba yo abismado
    En mi amargura, viendo
    Mi afn tan malogrado,
    Tan sin valor mi fe:
    Y, en mi pesar y enojo
    Postrer esfuerzo haciendo,
    Con temerario arrojo
    Entre ambos me lanc.

      Luchamos: el Eterno,
    De mi dolor movido,
    Caer dej en su odo
    Su nombre y di  mis pies.
    Sumle en el infierno:
    Y en alas de un nublado
    Te traje arrebatado
    Adonde en paz te ves.

      Los prfidos espritus
    Que en pos de ti traas,
    Las vanas fantasas
    De tu crencia ruin
    Mostrbante. Quimricos
    Esfuerzos! Sueos breves!
    Aullando, de mis nieves
    Se quedan al confn.

      Mas ay! yo te conquisto
    Los cielos..... y cun caro
    Me cuesta  m el amparo
    Que liberal te doy!
    Dos siglos ha que existo
    Aqu, expiando un yerro,
    Y aado  mi destierro
    Uno, por ti, ms hoy.

       condicin tan dura
    Tu salvacin compraba,
    Nazar; mas yo te amaba
    Tanto, que la acept;
    No supe resignarme
     arrebatar dejarme
    Tan noble criatura,
    Y tu alma rescat.

      Oh! juzga bien en cunto
    Me es cara tu alma buena,
    Cuando  mi larga pena
    Cien soles aad
    Por ella. Ahora el santo
    Fallo, inmutable, extremo,
    Oye que el Juez Supremo
    Fulmina contra ti.

      Hoy mismo, en apariencia,
    Perecer  las manos
    De incgnita dolencia
    Tu cuerpo terrenal:
    Ms junto  m existencia
    Tendrs, hasta que ufanos
    Habiten los cristianos
    Tu alczar oriental.

      Yo les har  Granada
    Cercar como un enjambre:
    Con ellos vendr el hambre,
    La muerte y el baldn:
    Y talarn tus tierras,
    Y en sanguinarias guerras
    Tu raza aniquilada
    Ser sin compasin.

      T lo vers: estrella
    Fatal para tu gente,
    T verters sobre ella
    Roja, siniestra luz:
    Y lidiars conmigo
    En pro del enemigo,
    Sobre el pendn de Oriente
    Hasta clavar la Cruz.

      Ahogado el Islamismo
    Y desbandada y rota
    Tu raza, gota  gota
    Su sangre en ti caer:
    Su sangre es tu bautismo,
    Y este de afn y duelos
    Misterio, de los Cielos
    Las puertas te abrir.

      No hay ms que un Dios. Justicia
    En L no ms se encierra.
    Tu empresa fu en la tierra
    DIOS SLO ES VENCEDOR:
    Por eso te es propicia:
    Mas nadie entra en su gloria
    Sin pena expiatoria
    Hasta del leve error.

      Tal es nuestra sentencia:
    Tal es el purgatorio
    Que la alta Providencia
    Nos seal  los dos.
    Obra de nuestras manos,
    En dn propiciatorio
    Se han de ofrecer, cristianos,
    Un Rey y un pueblo  Dios.

      T el Rey: el pueblo el tuyo.
    Tan slo dignamente
    As me restituyo
    Al Cielo, que dej.
    Aprntate obediente
     dividir conmigo
    La gloria y el castigo
    Que para ti acept.

      Ss, pues, oh Nazarita!
    De Dios al pie del trono,
    Rogndole en tu abono,
    Le respond de ti.
    Ss, pues!  la bendita
    Empresa apresta el bro;
    Mortal, te hice igual mo;
    S digno t de m.

      Dijo Azel: esttico
     su divino acento,
    Embebecido, atento,
    Estvose Al-hamar:
    Cedi su noble espritu
    Al celestial destino,
    Y se empez el divino
    Misterio  efectuar.

      Mira, le dijo entonces
    El ngel desterrado:
    Y (hacia el lugar tornado
    Que el ngel seal)
    El muro en dos partido,
    Sobre invisibles gonces
    Girando dividido,
    El Nazarita vi.

      Se abri sobre un espejo
    En cuyo misterioso
    Cristal, con el reflejo
    De un matinal albor,
    Se alumbra una campia,
    Que Mayo lujurioso
    Con su fecundo alia
    Primaveral verdor.

      Una ciudad, fundada
    Al pie de una alta sierra,
    Domina aquella tierra
    Por donde arroyos mil
    Serpean: es Granada,
    Su vega, sus alturas
    Y las corrientes puras
    De Darro y de Genil.

      Esplndida cohorte
    De Moros atraviesa
    Por su alameda espesa
    Llevando un atad,
    Y  la muralla corva
    De la morisca corte
    Se agolpa  verles torva
    Callada multitud.

      Llegronse  la puerta
    De Elvira aquellos fieles
    Muslimes; all abierta
    La turba les dej
    Paso, y subiendo  espacio
    La cuesta de Gomeles,
    Entrada en el palacio
    _Bib-el-Leujar_ les di.

      La multitud atenta
    Y silenciosa iba
    En pos su marcha lenta
    Siguiendo: y, al tocar
    La puerta judiciaria,
    La triste comitiva
    Parse voluntaria
    Dejndose cercar.

      Entonces, elevando
    El atad en hombros
    Los que le van llevando,
    Y puesto junto  l
    Un Alfak, inspirando
    Doquier pavor y asombros,
    Llorad!--(dijo l llorando)
    Con lgrimas de hiel.

      Llorad toda la vida,
    Oh hurfanos Muslimes!
    La flor de los alimes,
    La palma de Nazar,
    La gloria del Oriente,
    Cay del rayo herida!
    Llorad eternamente,
    Llorad sobre Al-hamar!

      As con ronco acento
    El Alfak clamando,
    Del atad alzando
    El pao funeral,
    Al pueblo los despojos
    Del rey mostr; y al viento
    El pueblo, al caer de hinojos,
    Di un ay! universal.

       este eco de agona,
    Que atraves perdido
    El aire hasta su odo,
    Se estremeci Al-hamar.
    Quitse del espejo
    Do escena tal vea,
    Y se torn el reflejo
    Del vidrio  disipar.

      Ea!--Azel le dijo--
    Monarca de la tierra,
    El atad encierra
    Tu polvo terrenal;
    Mas, de los cielos hijo,
    Del atad te exhalas.
    Desplega, pues, tus alas,
    Espritu inmortal.

      Entonces el rey rabe
    Sintise areo, leve,
    Cual luz que el aire mueve,
    Cual nube que va en l.
    SLO ERA YA UN ESPRITU,
    UNA VISIN LIGERA,
    UN ALMA COMPAERA
    DEL NGEL AZEL.

      El silencioso vuelo
    Ambos  dos alzando,
    En el azul del cielo
    Perdironse los dos;
    Y, entre sus auras leves
    Su rastro abandonando,
    EL LIBRO DE LAS NIEVES
    Concluye. Gloria  Dios!




EPLOGO


      Gloria  Dios!--De Al-hamar el Granadino
    As la historia celestial concluye;
    Llmala el Musulmn _cuento divino_,
    Y en _libros_ su relato distribuye.
    Su sacra inspiracin del Cielo vino
    Y al Cielo desde aqu se restituye;
    Tradicin oriental, es la portada
    Del oriental poema de GRANADA.

      Cual dos cisnes que, al par atravesando
    El mar azul con encontrado vuelo,
    Isla apartada en su extensin hallando
    En ella toman anhelado suelo,
    Reposan juntos, y  partir tornando
    Tornan la anchura  dividir del cielo,
    Y de su voz un punto los sonidos
    Se elevan en el aire confundidos:

      Como dos peregrinos que una tienda
    Dividen del desierto en la desnuda
    Soledad, de Al-hamar en la leyenda
    Dos poetas ocltanse sin duda.
    Uno  Alh en sus cantares se encomienda,
    Otro al Dios de la Cruz demanda ayuda.
    Quin no percibe en ella confundidos
    Brotar de sus dos arpas los sonidos?

      Diles  ambos el Genio soberano
    La misma inspiracin, el mismo aliento:
    Mas pasando tal vez de una  otra mano
    De uno y otro el armnico instrumento,
    El rabe poeta y el Cristiano
    Sacan de l  la par distinto acento,
    Exhalando mezclada su armona
    La rabe y la Cristiana poesa.

      Confundidos as sus dos cantares
    Entonan  una voz los dos cantores,
    Y de la Cruz divina los altares
    El poeta oriental orna con flores
    Que tejen las hurs sus tutelares;
    Pero de un solo SR adoradores,
    NO HAY MS QUE UN SOLO DIOS--dice el Cristiano;
    NO HAY MS DIOS SINO DIOS--el Africano.

      Tal es la historia peregrina y bella
    Que os dan sobre estas hojas extendida.
    Ledla sin temor: nada hay en ella
    Que la razn rechace,  la fe impida;
    La luz que de sus pginas destella
    Despierta el alma  la virtud dormida,
    Y eleva el corazn y el pensamiento
     la pura regin del firmamento.

      Ledla pues: y el mbar que perfuma
    Del paraso la mansin divina,
    Y el resplandor que de la Esencia suma
    Derramado los mundos ilumina,
    Y el rumor que levantan con su pluma
    Las alas de Gabriel cuando camina,
    Embalsame y alumbre y d contento
     cuantos lean el _divino cuento_.


              FIN DE LA LEYENDA DE AL-HAMAR.




                                GRANADA

                            POEMA ORIENTAL


                  Cristiano y espaol, con fe y sin miedo,
                Canto mi religin, mi patria canto.




                             LIBRO PRIMERO

                              EXPOSICIN



I

INVOCACIN

      En el nombre de DIOS omnipotente,
    Cuya presencia el universo llena,
    Cuya mirada brilla en el Oriente,
    Nutre las plantas y la mar serena,
    Canto la guerra en que la hispana gente
    Al frica arrojando  la agarena,
    Sell triunfante con la Cruz divina
    Las torres de la Alhambra granadina.

      Espritu de Dios nico y trino,
    ngel Custodio de la Fe Cristiana,
    nico fuego que del Cielo vino,
    nica fuente que incorrupta mana,
    nico rayo del fulgor divino,
    nica inspiracin que soberana
    Eleva al Criador la poesa:
    Yo invoco tu favor para la ma!

      Sostn mi voz, mi espritu aconseja:
    Mas tolera que en carmen Africano
    Recoja alguna flor con que entreteja
    Cairel morisco  mi lad cristiano:
    Ni juzgues que mi fe de Ti se aleja,
    Si algunas veces del harn profano
    Las alkatifas perfumadas piso,
     invoco  las hurs del paraso.

      Voy la gloria  cantar de dos naciones
    Por religin  instintos enemigas,
    Que, fieles  la par  sus pendones,
    Prodigaron al par sangre y fatigas,
    Rojas brotar haciendo sus legiones
    Con la sangre comn aguas y espigas:
    Y cual la de los dos corri mezclada,
    Junta debe su gloria ser cantada.

      Pues no porque en su lmpida entereza
    Conserve yo la fe de los Cristianos
    Que hicieron del desierto  la aspereza
    Volver  los vencidos Africanos,
    Del vencedor loando la grandeza
    Tratar  los vencidos de villanos.
    No: siete siglos de su prez testigos
    Los dan por caballeros si enemigos.

      Lejos de m tan srdida mancilla:
    Antes selle mi boca una mordaza
    Que llame yo en la lengua de Castilla
     su raza oriental brbara raza.
    Jams: an en nuestro suelo brilla
    De su fecundo pie la extensa traza,
    Y, honrado y noble an, su sangre encierra
    Ms de un buen corazn de nuestra tierra!

      Augusta sombra de Isabel! perdona
    Si mi ruda cancin osa atrevida,
    Llegando irreverente  tu persona,
    Del fretro evocarte  nueva vida.
    S que la gloria que inmortal te abona
    No puede por mi voz enaltecida
    Ser: mas yo bajo  tu mansin mortuoria
    No  engrandecer, sino  adorar tu gloria.

      Dselo as al Catlico Fernando,
    Si en medio de las dichas celestiales
    Alguna vez, por el Edn vagando,
    Recordis vuestras glorias terrenales,
    La obscura tierra desde el sol mirando:
    Y al escuchar mis cnticos mortales,
    Mirad  vuestra gloria, que me inspira,
    No al rudo canto de mi tosca lira.

      Y vosotros, guerreros de Castilla,
    Honor de sus ms nclitos solares,
    Nobles Condes de Cabra y de Tendilla,
    Merlos, Tllez, Girones y Aguilares,
    Crdenas y Manriques de Sevilla,
    Fieles Vargas, intrpidos Pulgares,
    Crdovas generosos de Lucena,
    Impvidos Clavijos de Baena:

      Mendozas de alta prez, Portocarreros
    Y Ponces de Len, de cuya historia
    Sus anales jams perecederos
    Henchidos guarda la Espaola gloria:
    Y vosotros tambin, oh caballeros
    rabes! dignos de gentil memoria:
    Muza, postrero campeador del Darro,
    Indeciso Boabdil, Zagal bizarro,

      Aly-Athar insepulto, Hamet Rondeo,
    Lince de las fronteras castellanas,
    Redun inalterable y zahareo,
    Gazul de las doncellas africanas
    Querido, Hacn tenaz, Ozmn trigueo,
    Tarfe, horror de las crnicas cristianas;
    Y vosotras, sultanas granadinas
    De nombres y leyendas peregrinas:

      Aija la varonil, matrona osada
    Jams rendida  su fatal destino:
    Zoraya, la cautiva renegada,
    Por cuyos hijos la discordia vino
     derribar el trono de Granada:
    Moraima la de Loja,  quien su sino
    Oblig  encomendar sin esperanza
    Vida y honor  Castellana lanza;

      Perdonadme tambin si mis canciones,
     travs de los mrmoles tendidos
    En vuestros solitarios pantones,
    Hieren en ronco sn vuestros odos.
    S que merecen ms vuestras acciones
    Que elogios en mi voz mal atendidos:
    Mas si, en fuerzas escaso,  tal me atrevo,
    Es porque s lo que  mi patria debo.

      S que es la empresa donde me he empeado
    Ddalo obscuro, inmensurable abismo,
    Do slo penetrar han intentado
    Necia temeridad  alto herosmo:
    Conozco que, en mi orgullo, demasiado
    Fo en mi corazn, fo en m mismo:
    Mas supera la fe mi atrevimiento,
    Y fo en Dios que abonar mi intento.

      Deliciosos recuerdos de otros das
    De honor y de placer, de amor y gloria,
    Que envuelta en romancescas fantasas
    Guardis oculta vuestra bella historia,
    Exhalada en confusas armonas
    De himnos de amor y gritos de victoria:
    Dad  mi corazn, dad  mi aliento
    Generoso poder, canoro acento.

      guilas que os cernis con corvo vuelo
    Sobre el Atlas y el Cucaso; pastores
    Que sesteis  la sombra del Carmelo
    Y bajis al Jordn los baladores
    Ganados: y vosotros los que en pelo
    Montis salvajes potros voladores,
    Hijos de los ardientes vendavales
    Que barren los egipcios arenales;

      Tribus perdidas y  las de hoy extraas,
    Para quienes la Europa no se ha abierto,
    Que incendiis al huir vuestras cabaas
    Y en la Zahara avanzis el paso incierto;
    Gacelas de las rabes montaas,
    Apareadas palmas del desierto;
    Caravanas errantes  quien ellas
    Dtiles dan y leche las camellas;

      Palomas de los crmenes floridos
    Que bordan las colinas de Granada;
    Golondrinas leales que los nidos
    En la Alhambra colgis; enamorada
    Raza de ruiseores que escondidos
    Gorjeis de su bosque en la enramada,
    Arroyos que,  su sombra, bullidores,
    Lamis su csped y mecis sus flores;

      Sierras que cubre el sempiterno hielo
    Donde Darro y Genil beben su vida;
    Valles salubres, transparente cielo
    De la Alpujarra an mal conocida;
    De Mlaga gentil alegre suelo
    De la hermosura y del amor guarida;
    Mar azul cuyo lomo cristalino
     las quillas de Agar prest camino:

      Abridme los tesoros encantados
    De vuestras glorias mil tradicionales;
    Dadme  beber los que guardis sagrados
    De inspiracin inmensos manantiales;
    Germinad en mi mente, no estudiados,
    Vuestros cantos de amor meridionales,
    Por que pueda brotar del arpa ma
    Vuestra oriental y virgen poesa.

      De sus cuerdas desprndanse sonoras
    Esas modulaciones nunca odas
    Por los pueblos de Europa, y de las moras
    Tribus por nuestros pueblos aprendidas;
    Esas notas ardientes, tentadoras,
    Que aun hoy por tosca mano repetidas
    Renuevan en los huertos de la Alhambra
    La de veloz comps morisca zambra.

      Venid en torno  m, generaciones
    Ateridas del Norte, que con pieles
    Vests nuestras moriscas tradiciones,
    Rasgando sus bordados alquiceles:
    Venid  oirlas en sus propios sones
    Y lengua original de bocas fieles,
    Al pobre sn de brbara guitarra
    Debajo de un pen de la Alpujarra.

      Venid, aprenderis del Medioda
    Cul el origen es de los cantares
    Que jams comprendi vuestra alma fra;
    Sabris cmo entre blicos azares
    Naci la abrasadora poesa
    De nuestros bellos cantos populares;
    Y en el lujo oriental de su riqueza,
    Considerad su brbara grandeza.

      Pues por hijos de brbaros osada
    Vuestra historia nos da, sea en buen hora:
    No esa brbara estirpe renegada
    Ser por m; mas  admirar ahora
    Venid el rastro que dej en Granada
    La ilustracin de nuestra estirpe mora:
    Y en el lujo oriental de su riqueza
    Adorad nuestra brbara grandeza.

      S: yo os voy  contar la historia bella
    De esos  quien llamis fieros salvajes,
    Y fo en Dios que entenderis por ella
    Que puede despreciar vuestros ultrajes
    Quien Alhambras dej sobre su huella,
    Quien labr fortalezas como encajes,
    Y quien colm por cncavo arrecife
    Las albercas del real Generalife.

      Yo os voy  hablar del mgico recinto
    De esta por ellos habitada tierra,
    Y  mostraros lo que este laberinto
    De jardines y alczares encierra.
    En llanto y sangre le dejaron tinto,
    Pero tan frtil con su amor y guerra,
    Que la flor ms silvestre aromatiza
    Y el ms vulgar recuerdo poetiza.

      Yo os har ver, de ncar, concha y oro
    Sobre arcos, sus balsmicos pensiles,
    Do brotan junto al cedro el sicomoro,
    Junto al nudoso abeto las gentiles
    Palmeras, junto al lamo inodoro
    El pltano aromado, las sutiles
    Hebras de la ancha pita entre rosales,
    Y el fragante limn entre nopales.

      Yo os har ver su pueblo primitivo,
    Mitad rudo pastor, mitad guerrero,
    Cuyo robusto labrador activo,
    Cambiado en la ocasin en caballero,
    Lidi, veloz Numida al golpe esquivo,
    Con el jinete colosal de acero:
    Y aplazando con l treguas extraas,
    Corrieron toros y jugaron caas.

      Yo os har oir sus cuentos populares
    Y sus caballerescas tradiciones
    En torno y al calor de sus hogares;
    Vendris  sus nocturnas reuniones
    Conmigo, sus combates singulares
    Juzgaris, sus civiles disensiones
    Lamentaris, saldris  sus campaas
    Y testigos seris de sus hazaas.

      Vendris  sus palacios construdos
    Para la guerra  un tiempo y los placeres,
    Y leeris en sus muros, revestidos
    De miniaturas, de oro en caracteres
    Con sacra fe caballeresca unidos
    Los nombres de su Dios y sus mujeres:
    Sin que hallis en la casa que fu suya
    Nada que en pro de su saber no arguya.

      De fakes, de reyes, y vasallos
    Os contar los gozos y las cuitas:
    Os har penetrar en sus serrallos
    Y asistir  sus rondas y  sus citas:
    Y sus muebles, sus armas, sus caballos,
    Sus bazares, sus baos, sus mezquitas,
    Desde el hogar hasta la mvil tienda
    Todo lo vis  ver en mi leyenda.

      Que es del poeta grande  maravilla
    El poder, y radiante su mirada,
    Como un fanal que las disipa, brilla
    En las tinieblas de la edad pasada.
    Venid, pues: con las lanzas de Castilla
    Os voy  conducir hasta Granada:
    Y,  pesar de sus fieros Africanos,
    En la Alhambra entraris con los Cristianos.

      Tal es, tan grave, tan inmensa y alta
    La empresa nueva y colosal que intento:
    Tal es la altura que atrevido asalta
    Descarriado quiz mi pensamiento;
    Mas si del vuelo en la mitad me falta
    Fuerza al impulso   las alas viento,
    Siempre sabr sin deshonor que, en suma,
    No me falt el valor, sino la pluma.

      Tierra oriental, mansin de la alegra,
    Favorita del sol y de las flores,
    Santuario del valor, cuna del da,
    Paraso del ocio y los amores,
    Tesoro y manantial de poesa!
    Voy  cantar tu gloria y tus primores.
    Tierra de bendicin, al Cielo santo
    Pide la suya t para mi canto!

      Salve, ciudad del sol, Granada bella,
    Amor de Boabdil, huerto florido
    Que entre nieves estriles descuella,
    Taza de nardos, de palomas nido,
    Diamante puro que sin luz destella,
    Edn entre peascos escondido,
    Ilusin de esperanza y sueo de oro
    Que halaga an al corazn del Moro!

      Salve, vergel en donde el alba nace
    Y donde el sol poniente se reclina,
    Donde la niebla en perlas se deshace
    Y las perlas en plata cristalina:
    Donde el placer sobre laureles yace
    Y Dios sonre y la salud domina!
    Divino objeto de mi canto rudo,
    Yo al empezar mi canto te saludo.

      Heme aqu, vueltos hacia ti los ojos,
    Descubierta al nombrarte la cabeza,
    Con amoroso afn puesto de hinojos,
    Rendido adorador de tu belleza,
    Ofrecerte mis cantos por despojos
    Si dignos son de tu inmortal grandeza;
    Tindeme, pues, bellsima Granada,
    Al elevar mi voz una mirada.

      Y plegue  Dios que mi amoroso acento
    Por cima de los montes y los mares
    Lleve  tu Alhambra sonoroso viento
    Que armona mejor d  mis cantares!
    Y si te dan  ti contentamiento
    Y algn premio por ellos me buscares,
    Dame  tu vez oh flor de mis amores!
    Sepultura al morir entre tus flores.


II

NARRACIN

      Un siglo de desorden y abandono
    Para mal de Castilla haba corrido,
    Y cinco reyes afirmar su trono
    Bajo el regio dosel no haban podido;
    Y todo un siglo, con civil encono
    En contiendas sacrlegas perdido,
    Slo dejaba al pueblo Castellano
    Ira en el corazn, sangre en la mano.

      Dbil el rey, el prcer insolente,
    Hecho el soldado  la rapia, al oro
    Aficionado el clero irreverente,
    Rico el Judo y descuidado el Moro,
    Fu la justicia intil  impotente:
    Nadie atendi al honor, nadie al decoro:
    Nadie seguro en tan infanda tierra
    Al deber acudi, sino  la guerra.

      Constituyse el noble en soberano,
    Y el soldado en seor: el caballero
    Se hizo juez, el obispo cortesano,
    Soldado el labrador, aventurero
    El holgazn, bandido el artesano:
    Y, mucha la ambicin, poco el dinero,
    Rob al dbil el fuerte, y en la obscura
    Tienda el judo vil se hart de usura.

      Rebelde  su Monarca la nobleza
    Alz banderas y alleg parciales:
    Cada solar cambise en fortaleza,
    Cada escudo en pendn: y por leales
    Todos dndose  par y con fiereza
    Temeraria batindose,  los males
    Abrieron ancha puerta, y fu la Espaa
    Confusa lid, universal campaa.

      Hasta el Rey portugus entr en Castilla
    Su esposa haciendo  su sobrina Juana,
    Y dividise en bandos cada villa
    En pro  en contra de la unin profana.
    Airado el Santo Padre  tal mancilla,
    La sacrlega unin declar vana:
    Mas, al rayo de su ira, el vulgo ciego
    En lugar de extinguir aviv el fuego.

      La fe apagada y el honor extinto,
    Perenne manantial de desconsuelos,
    Denso caos, confuso laberinto
    De pasiones, de crmenes y duelos
    De la Espaa infeliz era el recinto:
    Y hundirase su gloria, si los cielos
    No la enviaran un astro de ventura
    Que la alumbrara en noche tan obscura.

      Grande, digna, legtima, valiente
    Cual repentino el sol tras un nublado
    Aparece ms puro y refulgente,
    Apareci ISABEL. Tron indignado
    Sobre el clamor de la confusa gente
    Su regio acento, y su pendn sagrado
    Alzando en el tumulto de improviso,
    Postrse el pueblo y la acat sumiso.

      De ella en pos el Catlico Fernando
    Al frente apareci de sus legiones,
    En las banderas de Aragn mostrando
    Las barras  la par de los leones.
    Todo el que noble se juzg  su bando,
    Por honor  por miedo, sus pendones
    Uni: y el porvenir con luz ms pura
    Comenz  esclarecer la edad futura.

      Monja en Coimbra la Princesa Juana,
    Sin fe su causa y sin valor su bando,
    Vencida la arrogancia Lusitana,
    Rey de Sicilia y Aragn Fernando,
    Reina Isabel en tierra castellana,
    Quietos los nobles y seguro el mando
    Bajo el doble poder de entrambos reyes,
    Torn Espaa  su prez, torn  sus leyes.

      Acot la licencia y el cinismo
    De las viejas costumbres relajadas
    La Inquisicin severa: el Judasmo
    Sepult su avaricia en las moradas
    De sus obscuras lonjas:  s mismo
    Volvi el honor Hispano sus miradas,
    Y un siglo entero sin virtud ni gloria
    Vi que manchaba su cristiana historia.

      Avergonzada entonces la nobleza,
    Entreg  los monarcas los castillos
    Con que  la rebelin di fortaleza:
    Y arrancando sus puentes y rastrillos,
    La plebe licenci que la pobreza
    Llev  su bando; y, libre de caudillos
    Tales, volvi el labriego  sembrar grano
    Y volvi  su taller el artesano.

      Vise libre el erial de bandoleros,
    De cohechos el foro, de judos
    El mercado, la plebe de usureros,
    La sociedad de vagos, y de impos
    La fe: vise el erario con dineros,
    Con disciplina la milicia, y, bros
    Dando  Castilla el genio de otra era,
    Torn  su fuerza y dignidad primera.

      Generacin empero entre el bullicio
    De eslabonadas y feroces guerras
    Nacida, y avezada al ejercicio
    De entrar por muros y trepar por sierras,
    Lleg en sta el valor  ser un vicio
    Y el pelear costumbre: y en sus tierras
    No hallando ya enemigos  las manos,
    Pens al fin en los fieros africanos.

      Como len que hambriento se despierta
    Y, al tender la mirada adormecida
    De la llanura en la extensin desierta,
     lo lejos cruzar mal conducida
    La lenta caravana  ver acierta,
    Y avanzado la garra entumecida,
    Crespa la grea y la mirada fosca,
    Para asaltarla en el jaral se embosca:

      As tendi famlica mirada,
    Despertando al honor, el castellano
    Hacia el florido reino de Granada,
    Embalsamado harn del africano.
    As Castilla alerta y emboscada
    De Isabel bajo el trono soberano,
    Slo esperaba su orden impaciente
    Para caer sobre la mora gente.

      La Catlica Reina, sus enojos
    Con varonil prudencia refrenando,
    Fijos tena los atentos ojos
    En el redil del agareno bando:
    Y, resuelta  arrancar sus granos rojos
     Granada uno  uno, con Fernando
    Esperaba en el Cielo oir la hora
    Del exterminio de la raza mora.

      Y tena ya Dios determinado
    El desastroso fin de aquella gente,
    Y al trmino fatal era llegado
    El poder de las tribus del Oriente.
    El trono de Al-hamar haba ocupado
    Su penltimo rey, y,  su occidente
    Tocando ya la berberisca luna,
    Hua hacia Castilla su fortuna.

      La discordia civil vertido haba
    El licor de su copa envenenada
    En el alma del rabe, y arda
    El crter de un volcn bajo Granada:
    Mas oculto en la tierra todava
    El fuego asolador, aposentada
    Pareca en la Alhambra la ventura,
    Firme su solio, su quietud segura.

      Reinaba all Muley Hasn: guerrero
    Ms que rey y poltico, su mano
    Nunca el cetro empu, sino el acero:
    No temi nunca, sino odi al cristiano.
    Ni nunca treguas respet altanero,
    Ni manch su decoro soberano
    El tributo pagndole rendido
    Por su padre Ismal que fu vencido.

      En diez aos de prspero reinado,
    Al porvenir mirando y al decoro
    De su trono, Muley haba logrado
    Su ejrcito doblar y su tesoro.
    De frica con los reyes coligado,
    Prevenido  la lid se haba el Moro:
    Y de vveres y armas hecho apresto,
    En pie sus plazas de defensa puesto.

      Numerosos sac de Berbera
    Escuadrones de tropas auxiliares,
    Del desierto veloz caballera,
    Saeteros de Fez almogavares:
    Y un pie de sus fronteras no tena
    Sin avanzados puestos militares,
    Ni un cerro de sus reinos  la raya
    Sin el ojo sagaz de una atalaya.

      Seguro como un guila en su nido
    En Granada Muley, por sus fronteros
    Guardado, y de sus sbditos temido
    Por los decretos de su ley severos,
    Reinaba en celebrar entretenido
    Con sus enamorados caballeros
    Justas, zambras, saraos deslumbradores
    En honor de la hur de sus amores.

      Es esta la cautiva seductora
    Que Isabel de Sols nia y cristiana
    En Martos se llam, y  quien ahora,
    En el serrallo de Muley sultana,
    Zoraya llaman, en la lengua mora
    _Lucero precursor de la maana_:
    Astro en verdad de amor y de hermosura,
    Mas precursor de asolacin futura.

      Por el ardiente amor de esta cautiva
    Olvidado Muley de Aija su esposa,
    De su presencia y de su amor la priva:
    Y Aija, como oriental, fiera y celosa
    Y, como Reina y afrentada, altiva,
    Disimula la rabia que la acosa
    Alentada no ms por la esperanza
    De tomar en los dos feroz venganza.

      Un hijo tiene, Ab-Abdil llamado,
    Del Rey verstil, y por ella propia
    En odio de Muley amamantado;
    Mozo gallardo, de su padre copia.
    Mas contrario  su padre por el hado
    Fatal en que naci, traidor acopia
    El odio hacia Muley que Aija respira,
    Y el que su estrella personal le inspira.

      Gurdale la sultana con desvelo
    Y tmele el Monarca por instinto:
    diale la Zoraya, con recelo
    De que  sus hijos dae cuando, extinto,
    Del amor de Muley la prive el Cielo:
    Y Ab-Abdil entretanto, en el recinto
    De Granada parciales allegando,
    Sagaz se forma poderoso bando.

      Sospchalo Muley; la favorita,
    En el amor del rabe fiada,
    Diestra su odio  su rival excita:
    Pero menos contra ambos osa  nada
    Cuanto ms el Monarca lo medita.
    Nace as la carcoma de Granada,
    Y Hasn en el peligro se adormece,
    Y el tiempo vuela, y el peligro crece.

      Escrito estaba y del amor fu pena!
    Perdi Eva al padre de la raza humana,
     Hrcules Deyanira,  Troya Elena,
    Lucrecia al solio y majestad Romana,
    Florinda  Don Rodrigo; y la Agarena
    Gente perdise por la vil cristiana
    Que, dando impura  Boabdil hermanos,
    Di  sus almas rencor, hierro  sus manos.

      Escrito estaba! comprendilo luego
    El postrimer Monarca granadino;
    Y, segn el Korn, el hombre ciego
    Torcer no puede su fatal destino.
    Escrito estaba! lgrimas de fuego
    Vertiendo del Padul sobre el camino
    Lo dijo Ab-Abdil, hacia Granada
    Triste volviendo la postrer mirada.

      Y escrito estando  inmutable siendo
    El fallo del destino, hacia su ruina
    Arrastrado por l iba corriendo
    Sordo y ciego Muley,  la divina
     inexcusable voluntad cediendo:
    Y, esclavo del amor que le domina,
    En mantener no ms piensa  Granada
    Esclava de su hermosa renegada.

      Slo por eso su grandeza estima,
    Su prez en mantener piensa por eso:
    Por eso ardor de combatir le anima,
    Triunfos soando su amoroso exceso.
    Por eso de su alczar desde encima
    Del muro y agobiado bajo el peso
    De su amante ambicin, se le vea
    Mirar la vega al transponer el da.

      Desde el adarve real de su alcazaba
    De la Alhambra, Muley con complacencia
    Del granadino reino contemplaba
    La amenidad y prspera opulencia:
    Y al cristiano poder desafiaba
    Con desdeosa y brbara insolencia.
    Al lejos divisando los pajizos
    Muros de sus castillos fronterizos.

      Sonrea el infiel con arrogancia,
    Mirando las montaas guardadoras
    De su tierra, y en frtil abundancia
    Las tribus de sus pueblos moradoras.
    Sonrease al ver en la distancia
    Del frica arribar las naves moras,
    Sobre un mar que parece en lejana
    Un ceidor azul de Andaluca.

      Embriagbase el rabe de orgullo
    Contemplando la esplndida hermosura
    De su vega, y servale de arrullo
    El misterioso sn con que murmura
    La soledad, y el singular murmullo
    Que armoniza doquier el aura pura,
    Cuando orea con ala sosegada
    La regin por los hombres habitada.

      Absorto contemplaba el noble Moro
    La vega granad, huerta extendida
    De su corte  los pies, rico tesoro
    De ocio y placer y manantial de vida:
    Y el alma de Muley, en sueos de oro
    Con pereza oriental adormecida,
    Se gozaba en mirar desde la altura
    Por milsima vez tanta hermosura.

      En aquel cielo azul y transparente,
    Pabelln de cristal sin mancha alguna,
    Lucen sobre la tierra eternamente
    Sereno el rojo sol, blanca la luna.
    All Genil su lmpida corriente
    Vierte con Darro y Monachil  una,
    Brotando  sus regueros creadores
    En vasta profusin frutos y flores.

      All el cedro fragante y los almeses
    Amados de los pjaros campean
    De Jeric  la par con los cipreses;
    Las vides de Falerno all se orean
    Entre pajizas y preadas mieses.
    Que magnolias esplndidas sombrean:
    Y all las caas del Jordn sonoras
    Zumban entre las palmas cimbradoras.

      Las de la humana ciencia ms ignotas
    Salutferas plantas all quiso
    Dios fecundar, y de las ms remotas
    Tierras los frutos di  su paraso:
    Los sagrados laureles del Eurotas,
    Los poticos tilos del Pamiso,
    De Estambul los ardientes tulipanes,
    De Cartago los frescos arrayanes.

      Por sus fragantes y purpreas rosas
    Sus rosas la cediera Alejandra:
    Por sus morenas hijas voluptuosas
    Sus hijas la Circasia la dara:
    El zumo de sus vides deliciosas
    La campia de Chipre envidiara,
    Su frescura los bosques de la Ausonia,
    Sus rabes pensiles Babilonia.

      Tal es la vega de Granada: tales
    Las delicias que encierra, y que el monarca
    Desde sus ajimeces orientales
    Con mirada de halcn ufano abarca.
    Tal es su reino entero; y en sus reales
    Alientos le parece ofrenda parca
    Que llevar  los pies de la que adora,
    De Zoraya, lucero de la aurora.

      Por eso se extasa contemplando
    Sus tierras y su corte defendida
    Por las bravas legiones de su mando,
    De mil y treinta torres guarnecida:
    Y al pensar en la corte de Fernando,
    En sus tierras aun no establecida,
    Venga  pedir, exclama, si se atreve,
    El vil tributo que Muley le debe!

      Y he aqu que, concluyendo en estos das
    El plazo de unas treguas especiales
    Que acotaban las locas correras
    Lcitas por las treguas generales,
    No pasando la empresa de tres das,
    No batiendo tambor ni alzando reales,
    Presentse en la vega una maana
    Un escuadrn de gente castellana.

      Corto, pero  la lid apercibido,
    Componanle apenas cien jinetes
    Que estatuas parecan de bruido
    Sonante acero. El rostro en los almetes
    Bajo de las viseras escondido
    Traan: sobre malla coseletes
    De triples pasadores barrados,
    Los caballos de hierro encubertados.

      Mazas de nueve puntas y afiladas
    Hachas de desarmar en los arzones:
    Puales de Miln y anchas espadas
    De Toledo en la cinta, los lanzones
    Al brazo y, en lugar de las rizadas
    Plumas, una cruz de oro en los crestones
    Y otra al pecho, diciendo en un letrero:
     SU LUZ VIVO Y  SU SOMBRA MUERO.

      Del cristiano escuadrn  la cabeza
    Marchaba un caballero de Santiago
    Comendador, templando la fiereza
    De un potro negro, que al continuo halago
    De su seor responde con nobleza
    Cabeceando orgulloso, y al amago
    Del acicate esquivo,  cada instante
    Quiere escapar con mpetu pujante.

      Era este capitn don Juan de Vera
    Del solar de Mendoza: Castellano
    De recto juicio y de virtud severa,
    Celoso asaz del esplendor cristiano,
    Conoce y teme la morisma entera
    Su audaz valor y su pesada mano:
    Y en el tumulto de la lid confusa,
    Quien valiente no es su encuentro excusa.

      Con paso grave y continente altivo
    Por entre el moro pueblo, que le mira
    Con ojo torvo y ademn esquivo,
    Lleg Don Juan al torren de Elvira:
    Y vuelto  un renegado que cautivo
    Trae, con voz que majestad respira
    Y en Espaol, mirando  su decoro,
    Dijo, aunque sabe bien la habla del Moro:

      Di al capitn del puesto, en Africano,
    Que de estas puertas al umbral espera
    Licencia para hablar al soberano,
    En nombre de su Rey, Don Juan de Vera:
    Y que para l y su escuadrn cristiano
    Pide hospitalidad franca y sincera
    Por una noche; pues, su real mensaje
    Cumplido, torna  continuar su viaje.

      El renegado en rabe tradujo
    Lo dicho al capitn, el cual, montando
    Una yegua que Crdoba produjo
    Y en sus dehesas paci su csped blando,
    Por la rabe ciudad les introdujo
    Hasta que, el alto Bib-Leujar pasando,
    De sus bosques cruzando el laberinto
    Les dej de la Alhambra en el recinto.

      Regia hospitalidad y alojamiento
    Cmodo el moro rey, de su alcazaba
    En una de las torres al intento
    Dispuesta, diles: muchedumbre esclava
     sus rdenes puso, cuyo atento
    Cuidado pronto  su obediencia estaba:
    Y les sirvi en oppara comida
    Con caliente manjar fresca bebida.

      De ella al fin un kad, severo anciano
    De barba luenga y paternal mirada,
    Lleg  Don Juan y djole: Cristiano,
    La luz de Alh te alumbre. Tu embajada
    Recibir maana el soberano.
    Huspedes del monarca de Granada
    Sois t y los tuyos esta noche; mide
    Por tu deseo su largueza, y pide.

      Anciano, replic Don Juan de Vera,
    Da gracias  tu rey por su hospedaje,
    Y dile que jams de otra manera
     caballeros de mi fe y linaje
    Que tratra esper: que  la primera
    Luz del prximo da mi mensaje
    Que oiga le ruego: pues la misma tarde
    Debo partir. He dicho: Dios te guarde.

      Retirse Don Juan  su aposento:
    Mas no sin ver si su cristiana gente
    Tena cerca de l alojamiento
     caballeros tales conveniente;
    Y, con todo el rigor del campamento
    Guardado el torren militarmente,
    Despus de haber sus oraciones hecho
    Tendise armado en el morisco lecho.




                             LIBRO SEGUNDO

                             LAS SULTANAS


I

EL CAMARN DE LINDARAJA

      Era una noche azul, pura, serena
    Del fructfero Mayo, perfumada
    Con el aroma de sus flores, llena
    De la armona mstica exhalada
    Por las auras y fuentes, que en la amena
    Soledad de los bosques y los huertos
    Misteriosas susurran, y alumbrada
    Por la luna creciente con inciertos,
    Trmulos y argentinos resplandores:
    Era una noche, en fin, de esas hermosas

      Noches de paz, inspiracin y amores,
    En que derrama Dios sobre Granada,
    Africana dormida entre las rosas,
    Los rayos de sus ojos creadores
    Y el aura de su aliento embalsamada:
    La misma noche en que Don Juan de Vera
    Husped del Moro en sus palacios era.

      Y era un regio y magnfico aposento
    De la oriental Alhambra, donde el oro,
    El cobalto y el ncar, en labores
    Mgicas trabajadas  lo moro,
    Brillaban desde el techo al pavimento,
     los suaves y tmidos fulgores
    Que una aromada lmpara esparca
    Que en una taza de alabastro arda.

       un lado de esta cmara ostentosa
    Y por bajo de un arco que cubra
    Damasquino tapiz, se abra paso
    Una estrecha y cruzada galera,
    Formada de esta estancia por el muro
    Y un balcn, por do entraba misteriosa
    De los astros la luz, el aire puro
    Y el sn del agua que, en raudal escaso,
    Verta Darro por el valle obscuro.

      El suelo de esta estancia deliciosa
    Era de blanco mrmol,  pedazos
    Cubierto de alkatifas argelinas
    Y cojines de raso azul y rosa:
    Sus puertas se cerraban con cortinas
    De telas de oro y seda, que con lazos,
    Broches y trenzas de mbar y corales,
    Se recogan en profusos pliegues
    Al gusto de los pueblos orientales:
    Y en el segundo cuerpo de los muros
    Se abran dos moriscos ajimeces
    De exquisita labor y rabes, puros,
        Elegantes contornos
    Y calados y esplndidos adornos.

      Tras de sus celosas iba  veces
    El Rey ocultamente, de sus serios
    Afanes esquivndose un instante,
     sorprender los ntimos misterios
        De las mujeres Moras
    De esta cmara real habitadoras;
        Gozando as en secreto
    Desde aquellas arbigas ventanas
    Las voluptuosas danzas, las moriscas
    Cntigas y nocturnas diversiones
     que, con sus esclavas y odaliscas,
    Se entregaban alegres las sultanas.
        El balcn, que en el fondo
        De la estancia se abra
    Ms all de la estrecha galera,
    Era otra especie de ajimez, labrado
    Con el ms exquisito y rico adorno
    Por arquitectos Moros inventado:
    Y un deleitoso camarn finga,
    Cuyas ventanas rodaba en torno
    De cedro una movible celosa.

    Era pues el balcn de aquella estancia
        Regia y maravillosa
    Un mirador calado, que aspiraba
    De su ajimez morisco por los huecos,
    De los vecinos huertos la fragancia,
    La msica del agua rumorosa,
        Que en la sombra corra,
    Y el canto de las aves que albergaba
    La arboleda del ro, y cuyos ecos
    Murmurador el aire all traa.
    Entre este camarn y este aposento,
    Con caracteres de oro (en una faja
    De prpura y azul que se tenda
    Por bajo el circular cornisamento
    Del ajimez) escrito se vea
    Un rtulo miniado, que deca:
    MIRADOR DE LA HERMOSA LINDARAJA:
    Y  fe que el mirador es un portento
    De la elegante arquitectura Mora
    Y un santuario de amor y poesa:
    Regalo al fin de un rabe opulento
     la mujer feliz que le enamora.

      En esta regia cmara moruna,
    De aquella hermosa noche en las primeras
    Horas, al suave claro de la luna
    Y al rumor de las rfagas ligeras
    Que entraban por las rabes ventanas,
    Yaca, al parecer sin pena alguna,
    Hada gentil de su mansin divina,
    La ms bella y feliz de las sultanas
    Que habitaron la Alhambra granadina.

      Los mullidos cojines, apilados
    Bajo su cuerpo leve, sostenan
    Muellemente sus miembros delicados:
    Sus perezosos brazos se tendan
    Sobre la pluma sin vigor: caan
    Sus rizos de la faz por ambos lados
    Sobre sus blancos hombros: ancho, lleno,
    Del morisco jubn bajo la seda,
    Al aspirar con hlitos pausados,
    Se dibujaba su redondo seno
    Cual dos montones de apretada nieve
    Que en la redonda copa de ancho pino
    El aire cuaja lento y manso mueve:
    Y  travs del calzn, de cuyo lino
    Los pliegues mil su cuerpo peregrino
    Cean, bien bajo el tejido leve
    Podanse admirar, y  pesar de ellos,
    De su cintura y muslo alabastrino
    La pura tez y los contornos bellos.
        Su enano pie calzaban
    Chinelas de brocado: sus tobillos
    Ajorcas primorosas adornaban
    Hechas de gruesas perlas, que horadaban
    Por su grueso mayor ureos arillos:
    Sus brazos dobles sartas de corales,
    Sus orejas riqusimos zarcillos:
    Y,  usanza de las Moras principales,
    Ostentaba sus uas nacaradas
    Con azul costossimo miniadas.

      Era en verdad bellsima la Mora,
    Y mereca bien tanta riqueza,
    Y ser de tal estancia moradora,
    Y mandar con desptica entereza,
    Y obedecida ser como seora.

      Una mirada de sus negros ojos
    Ms que un alczar para el Rey vala:
    Por solo un beso de sus labios rojos
    Una ciudad frontera vendera:
    Por el ms infantil de sus antojos
    La cabeza ms noble inmolara:
    No tena su amor precio ni raya
    En la alma de Muley.--Es la Zoraya.
    Es ella, la sultana favorita
    Que  solas en su cmara le espera:
    Y aunque parece que feliz dormita
    Y que nada la acosa, ni la altera,
    Secreto afn su corazn agita
    Y suea... Como suea la pantera
        Con la sangre caliente
    En que espera aplacar su sed ardiente!

      Entoldada la luz de sus pupilas
    Con los cerrados prpados conserva,
    Sus facciones inmobles y tranquilas:
    Grata molicie al parecer la enerva:
    Pero su corazn guarda un intento
    Harto feroz, cuya aficin proterva
    Se oculta en su reposo sooliento
    Como un spid letal bajo la hierba.

      Imagen bella, voluptuosa y pura
    De las hurs que coloc Mahoma
    En su eternal Edn, por su hermosura
    Pareca una cndida paloma
    En la forma ideal de su figura:
    Un cuerpo de mujer en que se encierra
    El puro sr de un ngel,  la obscura
    Regin mortal de nuestra baja tierra
    Enviado,  perfumarla con su aroma
    Y  derramar en ella su ventura.
    Pero la torva luz de su mirada,
    La cortina de sombra que en su frente
    Tiende su ceo cuando mira airada,
    La contraccin apenas perceptible
    Con que el extremo de su labio ardiente
        Arruga su sonrisa,
    De la escondida peligrosa hoguera
    Que arde en su doble corazn avisa,
        Y en la faz de la Mora
    Con resplandor siniestro reverbera.
    Muley por su belleza seductora
    _Luz de la aurora_ la llam..... y tal era
    La luz de este _lucero de la aurora_:
    Tal es Zoraya que  Muley espera.

      Oyse al cabo en el jardn vecino,
    Bajo el abierto mirador cercano,
    El dulce sn de un cntico africano
    Que una morisca guzla acompaaba:
    Sn con que la anunciaba de contino
    La llegada del Rey atenta esclava.
    Estremeci los miembros de la Mora
    Movimiento nervioso: mas tan leve,
        Que resbalar no hizo
    Por su cuello, ms blanco que la nieve,
    El ms ligero descompuesto rizo:
        Ni de su blando lecho
    Un pliegue solamente descompuso:
    Ni con respiracin ms presurosa
    Se hincharon los contornos de su pecho.
        Inmvil, silenciosa,
    Cual si no le sintiera ni aguardara,
    En su aparente sueo y perezosa
         incentiva postura
    Dej la hermosa que Muley llegara
    El veneno  beber de su hermosura.

      Envuelto en su alquicel, bajo el plegado
    Pabelln de la azul tapicera,
    Apareci Muley: tendi callado
    Una sagaz mirada escrutadora
    Por sobre cuanto en derredor haba,
    Y dilat su labio desdeoso
    Sonrisa de placer, viendo  la Mora
    Que sobre los cojines en reposo
    Con abandono tentador yaca.

      Llegse  ella y contempl un instante
    La tranquila expresin de sus facciones,
    Por milsima vez con ojo amante
    Recorriendo voraz las perfecciones
    De aquel cuerpo, velado escasamente
    Por el leve ropaje transparente
    Sobre los apilados almohadones.

      Llegse y admir bajo la pura
    Nvea tez,  travs de su blancura,
    La red sutil de las azules venas,
    Cuyo tejido transparente indica
    Que aquella piel pursima y nevada
    Encubre el alma ardiente y vivifica
    La complexin fogosa, enamorada,
    Que  su tez atribuyen las morenas;
    Y percibi el aroma con que el bao
    Su cuerpo perfum, de que las Moras
    Granadinas usaban todo el ao;
    Y el rumor escuch, sensible apenas,
    De su respiracin igual y suave,
    Y sin poder con su amoroso exceso
    Sobre su boca de coral, que sabe
    Y trasciende al ale de Corinto,
    Deposit Muley un amplio beso
    Que cruji de la estancia en el recinto.
    Abri Zoraya los ardientes ojos,
        Y al fijar su mirada
    Sobre la faz del rabe, cambiada
    De colrica en tierna, con acento
    Ms grato que el murmullo sooliento
    Que levanta la brisa en la enramada,
    Djole, disipando los enojos
    Que acaso al despertar fingi indignada:

      Te esperaba, Seor: aunque dorma,
    Mi corazn velaba, y en mi sueo
    La leve huella de tu pie senta
    Que  mis amantes brazos te traa,
    Bizarro Amir, de mi existencia dueo.

      Apenas en los altos alminares
    (Contestla Muley) la voz sonora
    Del _muezn_ anunci la ltima hora
        De la oracin del da,
     favor de las sombras tutelares
    Vengo  ti, manantial del agua pura
    En que templa su sed el alma ma,
    Y heme  tus pies, LUCERO DE LA AURORA,
    Que me alumbras doquier con tu hermosura.
        Llamsteme en secreto,
    Sol de mi corazn, y aqu me tienes
     tu absoluta voluntad sujeto.
    Habla; Qu quieres de tu esclavo? Bienes?
    Mi reino es tuyo: vndele. Deseas
    Regocijos y zambras? Mis juglares
    Llama, mis nobles rabes convoca;
    Y aqullos con mil juegos malavares,
    Y stos con toros, caas y torneos,
    En fiesta interminable, libre y loca,
    Sacien en Bib-arrambla tus deseos.
     tal vez algn vil desventurado
    Tu enojo excita? Nmbrale, y aunque haya
    Mi amigo sido  su niez pasado
    Junto  m, y yo partido mi grandeza
    Con l, te juro por tu amor, Zoraya,
    Que te enviar maana su cabeza.

      Deca as Muley, en la locura
    De la pasin que el alma le devora,
    Y sonrea oyndole la Mora
    De la pasin del rabe segura.

      Sus dedos de marfil entre la cana
    Barba de Hasn con infantil cario
    Pas y con complacencia la Sultana,
    Dejndola aromada con su mano:
    Y con caricia tal, propia de un nio,
    Trajo  sus pies sobre el cojn liviano
    Trmulo de placer al Africano.

      Zoraya entonces, su gentil cabeza
    En el hombro del Moro reclinando,
    Y el fuerte talismn de su belleza
    Contra el alma del rabe empleando,
    As le empez  hablar, el suave aliento
    De su boca balsmica de intento
    Hasta la boca de Muley enviando,
    Dilogo tal entre los dos trabando:

                        ZORAYA

      Sabes cunto te am. Nia y cautiva
    Me cri al lado tuyo entre las flores
    De los jardines de tu Alhambra: esquiva
    Despus  los halagos tentadores
    De tus bizarros nobles Granadinos,
    Negu mi juventud y mi belleza
     cuanto no eras t con entereza.....
    Senta ya ligados nuestros sinos!
    Hizo en ti de los astros la influencia
    Su efecto al cabo: me encontraste hermosa,
    Cediste del destino  la sentencia,
    Y pagaste mi amor, y fu dichosa.
    La tierra en que nac y el amoroso
    Dulce calor del maternal regazo,
    El acento del padre carioso,
    Su castillo feudal que, en el ribazo
    De un cerro, se levanta pintoresco
    Cercado de alamedas, cuyo arrullo
    Salud le daban y armona y fresco
    De despeadas aguas al murmullo,
    Todo lo ech por fin de mi memoria:
    Y, del nombre y la fe de mis mayores
    Renegando, las puertas de su gloria
    Perjura me cerr por tus amores.

                        MULEY HASN

    Y cundo lo olvid, luz de la aurora?
    No comprend tu abnegacin y entero
    Mi corazn te di? T eres seora
    Dl todava; lo que quieras quiero.

                        ZORAYA

    Quiero, Seor, decirte lo que acaso
    No te deje otro afecto libremente
    Comprender y juzgar: porque traspaso
    Los lmites tal vez de lo prudente
    Con tan audaz revelacin; empero
    Ms que el respeto y la prudencia fuerte
    Mi cario por ti, salvarte quiero
    Aun  peligro de mi propia muerte.

                        MULEY HASN

    Salvarme! Y de qu riesgo? Habla.

                        ZORAYA

                                      Un instante
    Oye en calma, Seor. Yo, que las horas
    De tu existencia en vela paso amante,
    S por tu bien lo que imprudente ignoras.
    Tienes, Seor, un hijo cuya estrella
     Granada es fatal, segn los sabios
    Que su horscopo hicieron.

                        MULEY HASN

                               La luz de ella
    Pende no ms de un soplo de mis labios.

                        ZORAYA

    Y el soplo de tus labios slo pende
    De un acero traidor que en tu garganta
    Le corte.

                        MULEY HASN

              Ab Abdil....?

                        ZORAYA

                              Seor, atiende.

                        MULEY HASN

    Prosigue.

                        ZORAYA

              De l y de su madre es tanta
    Por reinar la impaciencia, que  estas horas,
    Traidores  su rey y de l parciales,
    Bajo los techos de las casas moras
    Se afilan en silencio mil puales.

                        MULEY HASN

    S que Aija.....

                        ZORAYA

                     Me detesta.

                        MULEY HASN

                                 Ay si te mira
    Slo un momento con semblante torvo!

                        ZORAYA

    Y Hay de ti, si la rabia que la inspira
    No sofocas, Muley! No ser estorbo
    Ya ni el filial ni el conyugal cario
    Para intentar el crimen: la serpiente
    Da emponzoados huevos, y el que nio
    Para su padre fu desobediente.
    Traidor para su rey ser maana.

                        MULEY HASN

    Desecha tu temor, Zoraya ma:
    Los conozco  los dos: mas ser vana
    Su obstinada ambicin: se les espa.

                        ZORAYA

    Pero ignoras. Seor, que est plagada
    Tu corte de los suyos?

                        MULEY HASN

                           S sus nombres.

                        ZORAYA

    Y sabes que propalan por Granada
    Que Dios est por l?

                        MULEY HASN

                          Pero los hombres
    Crdito no les dan.

                        ZORAYA

                        Rey, te equivocas:
    Aly-Athar el de Loja y la Alpujarra
    Toda con l, sus esperanzas locas
    Apoyan con la fe y la cimitarra.

                        MULEY HASN

    La fe y mis cimitarras  sus breas
    Les volvern.

                        ZORAYA

                  Te engaas: los villanos
    Reniegan de su fe, segn las seas.
    Pues pactan contra ti con los cristianos.

                        MULEY HASN

    Zoraya, sus delirios ha venido
     contarte algn loco. Te detestan
    Y ambicionan reinar: mas nunca han sido
    Del Nazareno amigos.

                        ZORAYA

                         Pues se aprestan
    Los Nazarenos  su voz.....

                        MULEY HASN

                                Patraas
    Por derviches lunticos vertidas!

                        ZORAYA

    Empresas ciertas, aunque asaz extraas:
    Peligrosas, Muley, mas emprendidas.
    Yo, por ti en vela, present el estrago
    De este huracn que nubecilla asoma;
    S que es tu hijo y te dirn que lo hago
    Por amor  los mos: pero toma.

      Tal diciendo Zoraya, de entre el raso
    De los blandos cojines tunecinos,
    Prevenidos sin duda para el caso
    De antemano, sac dos pergaminos:
    Y con aquella singular sonrisa
    En cuya mvil expresin graciosa
    Algo tal vez siniestro se divisa,
     Muley presentselos la hermosa:
    Y al tomarlos Muley: Mira, le dijo,
     travs de esta tinta venenosa,
    El alma de la madre y la del hijo.

      Despleglos Muley, aproximndose
    Al vaso de alabastro transparente
    Donde la luz arda, demudndose
    Su semblante al ler: con ojo ardiente
    La Mora le espi, de su creciente
    Clera apercibindose, y su flecha,
    Viendo herir en el blanco, dulcemente
    En el mullido lecho reclinndose,
    Torn  la antigua calma, indiferente.

      Ms torvo, ms feroz  cada instante
    Segn adelantaba en su lectura
    Se tornaba del rabe el semblante.
    Fulguraban sus ojos: insegura
    Plegaba una sonrisa repugnante
    Su desdeoso labio, y la amargura
    De la hiel que el escrito rebosaba
    En su lvida faz amarilleaba.

      Traidores!--dijo al fin, el pergamino
    Con los crispados dedos estrujando.--
    Traidores! En buen hora, en su destino
    Con ceguedad estpida fiando,
    Abrirse intenten al poder camino
    Y astutos formen revoltoso bando:
    Pero poner por escaln del trono
    Al cristiano!... Jams se lo perdono.
    Jams: jams. Y con ahogado acento
    Repitiendo jams, como una fiera
    Enjaulada, cruzaba el aposento
    De uno  otro lado, cual si presa fuera
    De vrtigo infernal. Sagaz, atento
    Y abierto apenas de la Mora el ojo,
    Por ms que indiferente pareciera,
    Segua con afn su movimiento,
    La progresin pesando de su enojo.

      De repente Muley frente  la Mora
    Parse, y cual si en ella se aprestara
    La clera  estrellar que en s atesora
    El exaltado corazn, la dijo
    Con destemplada voz y cara  cara:
    Y por qu medios, tan sagaz, penetras
    Los secretos de Aija y de su hijo?
        Quin te trajo las llaves
    Del misterio encerrado en estas letras?
    Si esto es una verdad, cmo la sabes?

      --Seor, dijo Zoraya levantando
        La cabeza con calma,
    Desecha tu temor, templa tu ira:
    Quien vendi  Ab Abdil vendi su alma
    Al padre del pecado y la mentira.
    Este secreto de tu raza infando
    Yace en la tumba ya: libre respira,
    Muley: la esclava te vel tu sueo
    Y el mensajero vil de esa escritura,
    Al descolgarse audaz de tu alcazaba
    Por la torre del Agua, sepultura
     demandar no ms baj  tu esclava.
    -- ti, Zoraya!-- m; porque yo vivo
    Tan slo para ti,--Mas..... no comprendo.....
    --De qu me sirve, pues, tanto cautivo
    Como me das, Muley? De los traidores
    Argos les hice yo: de ellos aprendo:
    Y como ellos tambin, compro traidores;
    Me acechan sin cesar, y les acecho:
    Tus secretos espan, y yo el suyo
    Bajo  buscar al fondo de su pecho.
    No tienen mis esclavos otro oficio,
    Ni Ab Abdil ni Aija un pensamiento
    Oculto para m: mi sr, mi vida,
    Consagrados estn  tu servicio.
    En esos pergaminos te presento
    La desnuda verdad: est cumplida
    Mi obligacin. Desde hoy nuestra existencia,
        Seor, est en tu mano.
    Lee y lee sin pasin: juzga y sentencia:
    Castiga justo,  liberal perdona:
        T eres el soberano:
    Mas escoge entre el hijo y la corona.
    En cuanto  m, Seor, yo soy tu esclava;
    Que en la balanza igual de tu justicia
    No sea yo jams peso, ni traba.
    El noble amor, que abrigo
    En mi pecho por ti, no es de cristiano
    Cobarde corazn; yo, pues, contigo
    Triunfar  morir como sultana
    Que tu lecho y tu amor no parti en vano,
    Amir: porque mi sangre es castellana,
    Pero mi corazn es africano.

      Call Zoraya y se torn en el lecho
         reclinar tranquila:
    Y el Rey qued como de mrmol hecho
    Contemplndola, inmvil y derecho,
    Dilatada de asombro la pupila.

      Jams la vi ni la crey dotada
    De corazn tan varonil y entero,
    Ni sospech que su alma apasionada
    Atesorara amor tan verdadero.
    Indolente, pasiva, abandonada,
    Henchida la juzg de amor sincero
    Siempre: mas siempre tmida, indecisa,
    Y  toda intriga al parecer ajena,
    Con el cario de su Rey pagada
    De su dorada esclavitud, precisa
    Por los preceptos de la fe agarena.

      Hombre Muley de cabellera cana,
    Pero de joven corazn y aliento
    Heroico y viril, hall contento
    Un alma varonil en la sultana.
    Absorto de ello en el primer momento
    En crer vacil lo que vea:
    Baj  su corazn su pensamiento
    Y ahog su voluntad con la alegra:
        Y cuanto ms dudaba,
    Tanto ms en la duda se engrea:
        Y cuanto ms creca
    La inaccin que su sr paralizaba,
    El fuego del amor que le hechizaba
    Ms violento en su pecho se encenda.

      Conocalo bien la artificiosa
    Y astuta renegada, y contemplando
    Llegada la ocasin, que codiciosa
    Prepar en muchos aos con constante
    Maoso afn y con prudencia mucha,
    La mscara arroj de su semblante
    Y cara  cara se aprest  la lucha.

      Ya era Muley su esclavo: sus antojos
    Leyes eran para l: slo tena
    Para adorarla corazn, y ojos
    Slo para mirar lo que vea
    Por sus ojos Zoraya. Era ya tarde
    Para que su razn iluminara
    Su avasallado corazn: yaca
    Ciego esclavo  los pies de su seora:
    Y el Monarca desptico, el guerrero
    Indomable, el len de las arenas
        Abrasadas de Zahara,
    Esclavo de la esclava  quien adora,
    Era no ms que tmido cordero
    Amarrado de amor con las cadenas.
    Pero as estaba escrito, y aun lo llora
    La gente del desierto que en sus venas
    La sangre guarda de la raza Mora!

      Por eso fascinado, enloquecido
    Por su pasin, Muley vea slo
    De la Mora el amor apetecido
    Tanto por l, pero jams el dolo,
    Mas nunca la ambicin de soberana:
        Y por eso rendido
     tal fascinacin, con ambas manos
        Tom los pies enanos
    De la Mora gentil, y enardecido
    Por su insana pasin, puso sobre ellos
    Muchas veces sus labios soberanos.
    S (exclam): t lo has dicho, que conmigo
    Vencers  caers como sultana:
    Y has dicho la verdad; t soberana
    Conmigo reinars: yo te lo digo.

      Volvi la renegada la cabeza
    Hacia el Rey otra vez con la sonrisa
    De un ngel (y la aureola de belleza
    De una visin que en sueos se divisa
    Circundaba su faz), y en el sonoro
    Idioma de los rabes le dijo:
    Amir, t eres mi dueo y yo te adoro.
    Te dije la verdad: mas es tu hijo.

      Agolpse la sangre  la mejilla
    Del Rey  estas palabras, y con rabia
    Concentrada exclam: No es hijo mo
    Quien favor contra m pide  Castilla.
    De la palma jams la dulce savia
    Fecund la mortfera cicuta:
    No es hijo mo quien mi fe mancilla,
    Y yo, sin vacilar, contra el impo
    Alzar de las leyes la cuchilla.
    --Pinsalo, Amir.--Mi ley es absoluta.
    --Muley, en su favor habl el destino.
    --Yo har mentir la prediccin aciaga,
    Y su estrella fatal, que nos amaga,
    Apagar en mitad de su camino.

      Reverberaban de Muley los ojos
    Y chispeaban los ojos de la Mora
        Con vvidos destellos:
    stos de la ambicin devoradora
    Con el triunfante resplandor, y aqullos
    Con el torvo fulgor de los enojos.
    Pasaron todava unos instantes
        De pltica en secreto
    Uno de otro en los brazos: el objeto
    De tal conversacin le comprenda
    El corazn no ms de ambos amantes:
    Slo el susurro de su voz se oa.

         poco, de los brazos de la Mora
    Desprendindose el rabe, embozse
    En su blanco alquicel y hacia el calado
    Arco del mirador adelantse.
    Siguile hasta el umbral la encantadora
    Sultana, con un beso regalado
    Sellando el labio de Muley, quien presto
     desaparecer por la excusada
    Galera la dijo: Alh te guarde,
        Lucero de la aurora.
    --l te acompae, Amir, dijo Zoraya:
    Perdona empero al alma enamorada
    Si duelo te caus.--La llama que arde
        Inextinguible, inmensa
    En mi pecho, Zoraya idolatrada,
    Al amor que en el tuyo se atesora,
    Digna procurar dar recompensa.
    --Los destinos, Seor.....--Yo har que fijos
    En tu favor los astros permanezcan:
    Yo te lo juro, luz del alma ma,
    T reinars y reinarn tus hijos:
    Deja que el tiempo corra y ellos crezcan.

      Dijo el Rey y tom la galera:
    Y por verle cruzar el lindo huerto
    Adonde oculta la escalera baja
    Y la esclava le espera al entreabierto
    Postigo, descorri la celosa
    Del dorado balcn de Lindaraja
    Zoraya, y saludle muchas veces,
    Mientras en el jardn le distingua
    Desde los arabescos ajimeces.

      Y he aqu que mientras ella contemplaba
    El jardn, y la espalda al aposento
    Para mirar  su Seor tornaba,
    Bajo la celosa que se alzaba
    De una de las ventanas que en el muro
    Lateral de la cmara se abran,
        Sagaz, osado, atento,
    Como  la voz secreta de un conjuro
    Asom un rostro plido un momento:
    Un rostro de mujer en que lucan
    Dos ojos como rayos en lo obscuro.
    Clavaron estos ojos en la Mora,
    Vuelta hacia el huerto an, una mirada
    Rencorosa, tenaz, devoradora:
    Y las palabras lgubres dejando
    Una  una  salir con voz ahogada,
    Cual sin querer la idea formulando
    En la palabra apenas pronunciada,
    Murmur la mujer all asomada:
    T reinars y reinarn tus hijos,
    Porque har que los astros permanezcan
    En tu favor resplandeciendo fijos?.....
    Deja que el tiempo corra y ellos crezcan!

      Dijo: y, volviendo el rostro la sultana
        Hacia el rico aposento,
    Torn  desaparecer en un momento
    El rostro de mujer de la ventana.


II

EL SALN DE COMARES

      Amaneca apenas: los reflejos
    De la rosada luz del sol naciente
     dorar comenzaban  lo lejos
    De la ancha sierra la arbolada frente:
    Y empezaba la aurora purpurina
    Ostentosa  tender su velo de oro
        Prendido en el Oriente,
    Sobre la extensa vega granadina,
        Ceidor de verdura,
    Morisco chal que envuelve la cintura
    De la ciudad en donde reina el Moro.

      Comenzaba  sus crdenos fulgores
    La tierra frtil  tomar colores,
    Exhalando de s el aroma suave
    De la humedad nocturna, y comenzaba
    La flor  abrirse,  gorjear el ave,
    Y la brisa del alba revoltosa
     estremecer del bosque, donde erraba,
    La cabellera verde y rumorosa.

      Fresca, gentil, risuea,
     la primera luz de la maana
    Se despertaba la ciudad sultana,
    De cien ciudades orgullosa duea:
    La ciudad del amor y de las flores:
    La ardiente y hermossima africana,
    Que reclina su frente soberana
    Sobre el fresco tapiz de mil colores
    Que  sus pies tiende su florida tierra,
    Y cuyas orlas por doquier remata
    Con caireles de lzuli y de plata,
    Ya el mar que en torno de ella se dilata,
    Ya la nevada fronteriza sierra.

      Asomado  un balcn de la alta torre
    Llamada de Comares, cuyo asiento
    El Darro besa que  su planta corre
    Regando huertas mil en curso lento,
    Esperaba el Rey rabe la hora
    De recibir al castellano Vera,
    Quien no quera que en la Corte Mora
        La venidera aurora
    Su embajada sin dar le amaneciera.

        La gente granadina
        Con la nueva alarmada
    De aquella ceremonia, aglomerada
    Ante Bib-el-Leujar, la matutina
    Luz aguardaba con afn, curiosa
    De conocer el fin de esta embajada,
    Ms misteriosa cuanto no esperada.

        Mil interpretaciones
    Daba  su objeto el vulgo: comentaban
        Los viejos y santones
    Las causas y polticas razones
    Que pudieron mover al Rey cristiano
     enviar  la ciudad del africano
    La ensea militar de sus legiones:
    Mas fatigaban el discurso en vano;
    Ignoraba hasta el Rey las intenciones
    Con que vino  su Corte el castellano.

      Este  su vez, y en tanto, prevenido
    Para cumplir con su misin, oa,
    Desde la torre que ocupaba, el ruido
    Que de ella al pie la multitud haca.
    Ya antes del alba con atento odo,
    Ojo sagaz y espritu maero,
    La situacin inspeccionado haba
    De la rabe ciudad el caballero.

        De pechos en la almena
        De su torre moruna,
    Al resplandor de la creciente luna
    La contempl de fortalezas llena,
        De muros bien cercada,
    Bajo un clima feliz y en cultivada
    Campia, rica, saludable, amena,
    Por tres ros  par fecundizada,
    Y favorita, en fin, sin duda alguna
    Del amor, de la prspera fortuna:
    Y el noble castellano, inteligente
    En el arte y estudios de la guerra,
    Vi que estaba en su tierra
    Bien prevenida la africana gente.

      Comprendi de Don Juan el buen sentido
    En la quietud de su nocturna vela,
    Que haba el moro Rey, muy entendido,
    Coronado sus torres y alminares
    Por uno y otro atento centinela,
    Y diestra y sabiamente repartido
    Sus vigas y puestos militares:
    Concluyendo por fin Don Juan de Vera
        De la ciudad entera
        La nocturna revista,
    Dicindose  s mismo sin reparo
    Cunto iba  ser al Castellano caro
    Lograr de aquella tierra la conquista.

      Hallbase en la torre todava
    El buen Comendador, rectificando
     la primera luz del nuevo da
    El juicio que hecho por la noche haba,
    Cuando vi que  su torre aproximando
    Un escuadrn de Moros se vena,
    La plaza del aljibe atravesando.
    Dej la almena, convoc su gente
        Y,  la plaza bajando,
    La tendi de los rabes enfrente.

      Entonces el wazir, que administraba
        La justicia del reino
    Y el gobierno interior de la alcazaba
    Del granadino Rey, ante la fila
    De los jinetes rabes saliendo,
    Fuse para Don Juan, con faz tranquila
    Y sosegada voz as diciendo:

      La fe de Alh te alumbre, castellano.
    Has demandado con la luz primera
    Al Rey hablar: ven pues, que ya te espera
    Del Consejo en presencia el soberano.
    Encontrando la arenga algo altanera
    Y contemplando al rabe un momento,
    Vamos dijo no ms Don Juan de Vera:
    Y  paso noble, majestuoso y lento,
    De la ancha plaza atraves el espacio
    Que apartaba no ms su alojamiento
    De las doradas puertas del palacio.

      De la soberbia torre de Comares
    En la ostentosa cmara, alfombrada
    Con alkatifas persas, perfumada
    Con pebeteros de oro y con millares
    De extraas, ricas y olorosas flores
    Que en sus pensiles dan los Alijares,
    Esperaba Muley al castellano
    En medio de su Corte y su nobleza,
    Queriendo ante los ojos del cristiano
    Hacer ostentacin de su grandeza.

      Con la rosada luz de la maana
    Resplandeca en toda su hermosura
        La labor africana
    De aquella estancia regia, que figura
    Un pabelln de rica filigrana,
    Trabajo de algn Genio por ventura
    Segn la tradicin mahometana.

      En torno de Muley, sobre divanes
    De prpura, los viejos consejeros,
    Los kads y los nobles capitanes
    Del ejrcito, estaban los primeros.
        De su Rey menos cerca,
    De pie, con respetuosos ademanes,
    Los dems cortesanos caballeros
    Ocupaban el patio de la alberca
     sombra de sus frescos arrayanes.

      El estanque y las fuentes del palacio,
    Ornadas con vistosos surtidores,
        Poblaban el espacio
    De caos de cruzados saltadores
    Que, deshechos en gotas en la altura,
    Doblaban del ambiente la frescura
    Como perlas cayendo entre las flores,
    Que al borde crecen de la alberca pura
    Llena de pececillos de colores.

        Del wazir precedido
    Y de diez caballeros Castellanos
        Por decoro seguido,
    Armado de los pies hasta las manos,
    Del manto de Santiago revestido,
    Con apostura grave y altanera,
    Por medio de los nobles Africanos
    El patio atraves Don Juan de Vera.

      Torva mirada de los ojos fieros
    Del crculo de Moros caballeros
    Pes sobre Don Juan desde su entrada,
    Mantenindose en l tenaz, clavada,
    Hasta los pies de el granadino trono;
    Bien revelando el animoso encono
    Con que su roja Cruz se ve en Granada.

      Don Juan, empero, en ademn tranquilo,
    Y mesurado aunque orgulloso porte,
    Avanz hasta el marmreo peristilo
    Que da entrada al saln do est la corte:
    Lleg hasta el trono de Muley, y en tierra,
    Sin humildad, hincando una rodilla,
    Presentle una caja en que se encierra
    Su regia credencial dada en Sevilla.

      Tomla sin abrirla el Africano
    Con altivo desdn, y del prolijo
    Ceremonial haciendo al castellano
    Amplia merced, lacnico le dijo:
    Ya te escucha Muley: habla, cristiano.
    Psose en pie Don Juan, y con pausada
    Voz, que pudo entender el ms lejano,
    De esta manera expuso su embajada:

      Yo, Don Juan de la Vera, caballero
    Comendador del Orden de Santiago,
    En nombre de mi Rey vengo: primero,
     reclamar el atrasado pago
    De tu tributo anual ntegro, entero,
    Y despus, de Castilla con Granada
    La tregua  prolongar, que es acabada.

      Dijo Don Juan y enrojeci el semblante
    Del rabe la clera: en la estancia
    Rumor universal cundi al instante
    De indignacin terrible, la arrogancia
    De tal mensaje oyendo: ms de un guante
    Se alz en contestacin de su jactancia:
    Ms de un Moro di un paso hacia adelante,
    Puesta la mano en el alfanje: empero
    Sus iras ataj Muley severo.

      Cristiano (dijo el Rey con voz airada),
    Ve  decir  los Reyes castellanos
    Que han muerto ya los Reyes de Granada
    Que pagaban tributo  los cristianos:
    Que la moneda entonces acuada
    No conocemos ya, ni nuestras manos
    Labran ya ms metales que el acero
    De que forja su arns el caballero.

      Oiste: parte, pues. Yo te perdono
    La vida y la embajada.  la frontera
    Del reino salvo llegars: mi encono
    No infringir mi fe: mas la postrera
    Colina al transponer donde mi trono
    Se respeta y tremola mi bandera,
    De m hablar oirs, yo te lo juro,
    Castellano. Ve en paz, que vas seguro.

      Moros, dijo Don Juan con altanero
    Mas tranquilo ademn: si mi mensaje
    Os ofendi, ved bien que el mensajero
    Ni un punto le ha aadido: mi lenguaje
    Fu exactamente el de mi Rey: y espero
    Que ninguno por l me har el ultraje
    De esquivar con desdn, si es que me halla,
    El bote de mi lanza en la batalla.

      Dijo Don Juan. Los nobles Africanos,
    De los valientes siempre apreciadores,
    Abrieron en silencio  los cristianos
    Paso, ahogando en el pecho los rencores
    De raza y religin. Los castellanos
    Volvieron  montar sus piafadores
    Corceles: y, dejando  rienda suelta
    La ciudad, dieron  Castilla vuelta.

           *       *       *       *       *

      Cuando el sol de aquel da en Occidente
    Irradiaba sus ltimos reflejos,
    Ya transpona la cristiana gente
    Los cerros fronterizos.  lo lejos
    Les vi desde sus torres impaciente
    El rabe Monarca, cuyos viejos
    Mas perspicaces ojos todava
    Penetran la confusa lejana.

      El brillo de las lanzas castellanas
    Apenas se sumi en el horizonte,
    Y apenas, embozada en sus livianas
    Sombras, la noche  descender del monte
    Comenz, cuando Hasn sus africanas
    Armas pidi diciendo: Que se apronte
    Una hueste elegida y numerosa
     partir en la noche silenciosa.

      Yo la conducir. Llam en seguida
     su wazir Ab-l'Kazn, que era
    Gobernador de la ciudad, y cuida
    (le dijo) bien de que se cumpla entera
    Mi voluntad. Despus de mi partida
    Pon  Aija en una torre prisionera
    Con su hijo, y  habitar manda que vaya
    En el Generalife la Zoraya.

      Ten  sta como mi nica sultana,
     Aija y Ab Abdil como traidores.
    Yo  tocar  una villa castellana
    Una alborada voy con mis tambores,
    Y tardar lo ms una semana
    En volver  la Alhambra. Ea, seores,
     caballo y silencio! los soldados
    En Bib-arrambla esperan convocados.

      Dijo Muley, su intimacin postrera
    Dirigiendo  sus guardias: y, montando
    En su caballo de batalla, que era
    Un rabe veloz, parti tomando
    La cuesta de Gomeles, con guerrera
    Planta en la plaza real desembocando:
    Y, al frente de su hueste, de Granada
    Sali  empresa de todos ignorada.




                             LIBRO TERCERO

                                ZAHARA


I

GONZALO ARIAS DE SAAVEDRA

      Est Zahara en una altura
    Entre montaa y colina,
    Sentada en la pea dura
    Que asoma la cresta obscura
    Por entre Ronda y Medina.

      Cuando encienden los cristianos
    De noche hogueras en ella,
    No distinguen los paisanos
    Si son sus fuegos lejanos
    Luz de atalaya  de estrella;

      Y cuando el alba naciente
    Dora la almenada villa,
    Se confunde fcilmente
    Con la armadura que brilla
    El rilar de la fuente.

      Sus atalayas pusieron
    Los moros en ella un da,
    De fosos la circuyeron,
    Y apriesa la abastecieron
    Porque el invierno vena.

      Tuvironla muchos aos
    De los cristianos guardada,
    Con mil ardides extraos,
    Causndoles muchos daos
    En guerra tan prolongada.

       la sombra guarecidos
    De sus breas y pinares,
    Bajaban como bandidos
    Y robaban atrevidos
    Alqueras y lugares.

      Toleraban los cristianos
    En silencio sus desmanes:
    Pero pensando  las manos
    Coger  los africanos
    De aquel pen gavilanes.

      Estaban los insolentes,
    Aunque pocos, confiados,
    Conocindose valientes:
    Los cristianos, ms prudentes,
    Les cogieron descuidados.

      Todos los de aquella tierra,
    Procurndose en secreto
    Mil utensilios de guerra,
    Atravesaron la sierra
    De asaltarla con objeto.

      Y una noche la asaltaron,
    Y guardarla no supieron
    Los Moros que la fundaron;
    Cinco veces la cobraron
    Y otras cinco la perdieron.

      Entonces los vencedores
    Doblaron su alta muralla,
    Y abrieron fosos mayores
    Para guardar previsores
    La prenda de la batalla.

      Estrecha y sola una senda
    Dejaron en todo el cerro,
    Porque mejor se defienda,
    Si se empea otra contienda,
    Su sola puerta de hierro.

      Por eso en sus torreones
    Y en sus anchos murallones
    Guard la morisca villa,
    Sobrepuestos, los blasones
    De los Reyes de Castilla.

      Tal es Zahara: y en la altura
    Del cerro en que est fundada,
    Y por la fragosa hondura
    De sus barrancos guardada,
    Siempre estuviera segura.

      De los Moros, como el nido
    De un guila suspendido
    En inaccesible pea,
    Si menos la hubiera sido
    Su fortuna zaharea.

      Pero su alcaide cristiano
    Naci con estrella aciaga,
    Y Dios apart su mano
    Del infeliz castellano,
    Y el rayo de Dios la amaga.

      Porque ay! qu la han de valer
    Su muro y torres de piedra,
    Si los ha de mantener,
    Sin fortuna y sin poder,
    Gonzalo Arias de Saavedra?

      Desventurada es la historia
    De este buen Gobernador,
    Bravo capitn sin gloria,
    Blanco de mala memoria
    Y de fortuna peor!

      Desdichada fu su raza:
    No hubo clculo ni traza
    Que al revs no le saliera,
    Ni bando, opinin  plaza
    Que, suya, prevaleciera.

      Sigui su padre Hernn Arias
    De Enrique el Rey las banderas
     las de Isabel contrarias,
    Y perdieron las primeras
    Sus empresas temerarias.

      Del de Cdiz se alleg
    Hernn  los partidarios,
    Y el encono se extingui
    De los grandes sus contrarios,
    Y Hernn Arias se fug.

      De los Moros amparse
    Y por los Moros mantuvo
     Tarifa; mas tornse
    La suerte: capitulse,
    Y Arias que entregarse tuvo.

      Caballeros en Castilla
    Intercedieron por l,
    Y, olvidando su mancilla,
    Le indult Doa Isabel
    Confinndole  Sevilla.

      Bien nico hereditario,
    En su aljarafe tena
    Un torren solitario,
    Y all su infortunio vari
    Fuse  llorar noche y da.

      Mas he aqu que maltratado
    Por el tiempo el edificio,
    Y l imposibilitado
    De gastar slo un cornado
    De su hacienda en beneficio,

      En un temblor que agit
    Las tierras circunvecinas
    Su torre se desplom,
    Y Hernn Arias pereci
    Sepultado entre sus ruinas.

      Desventurado Hernn Arias!
    Las estrellas tan contrarias
    Le fueron en paz y en guerra,
    Que hasta se le abri la tierra
    Sin exequias funerarias.

      Su hijo Gonzalo, heredero
    De su fortuna fatal,
    Aunque habido por guerrero
    Valiente y buen caballero,
    Lo pas siempre bien mal.

      De su padre la memoria,
    Lo siniestro de su historia
    Y proverbial desventura,
    Le hicieron, sin prez ni gloria,
    Pasar una vida obscura.

      Dotado de alto valor,
    De ciencia y destreza rara
    En la guerra, con honor
    De alcaide gobernador
    Le enviaron al fin  Zahara.

      Dile la reina Isabel
    Compadecida este cargo:
    Pero, dndoselo  l,
    El mejor panal de miel
    Se le hubiera vuelto amargo.

      Era Gonzalo un valiente
    Y entendido capitn,
    Tan audaz como prudente:
    Mas qu har si no le dan
    Ni bastimentos ni gente?

      Tu lealtad y tu bravura
    Tendrn  Zahara segura
    Le dijeron, y le enviaron
     Zahara: mas no contaron
    Con su innata desventura.

      Sin vveres y sin oro
    Con que pagar sus soldados,
    No puede ni su decoro
    Sostener, ni contra el Moro
    Tenerles subordinados.

      Su gente se le rebela
    Y l, slo, en continua vela,
    Su fortaleza recorre,
    Y hace  veces centinela
    El mismo en alguna torre.

      Si no por obligacin,
    Por vuestro bien ayudadme,
    Les dijo en una ocasin:
    Y su alfrez Luis Monzn
    Contestle brio: Pagadme.

      Y el pobre Gobernador,
    Sin influencia y sin pan,
    Se vi intil capitn
    De gentes que sin temor
    Ni amor hacia l estn.

      Peda al gobierno amparo
    De vveres  dinero:
    Pero el gobierno reparo
    No pona, y el frontero
    Segua en su desamparo.

      Dos veces quiso salir
     correr la mora tierra:
    Mas sus gentes, al oir
    Que se trataba de guerra,
    No le quisieron seguir.

      Tal era la situacin
    De Zahara en esta ocasin;
    Tal es el afn que arredra
    El bro del corazn
    De Gonzalo Arias Saavedra.

      Por eso sus castellanos
    Se estn mal entretenidos
    En casa de los villanos,
    En pensamientos livianos
    Con las mozas divertidos;

      Pues por dems licenciosos
    Son siempre nuestros soldados,
    Cuando en puestos apartados
    Les dejan vivir ociosos,
    Por libres  mal pagados.

      El Rey moro, que sondara
    Su abandono y su pobreza,
    Se dijo: Es cosa bien clara
    Que me da la fortaleza
    Quien as la desampara:

      Conque tomarla es razn.
    Y Hasn dispuso  este fin
    Misteriosa expedicin,
    Dndole gente en unin
    La Alhambra y el Albaicn.

      Sali, pues, de la ciudad
    Muley en la obscuridad,
    Sin decir de esta salida
    La razn desconocida,
    Para ms seguridad.

      Y es fama que el Africano,
    De Bib-arrambla al pasar
    Bajo el arco, dijo ufano:
    Le tengo de festonar
    Con cabezas de Cristiano.

      Era una tarde nublada
    De tormenta amenazada:
    El viento ronco muga,
    Y en anchas gotas caa
     espacios lluvia pesada.

      Cerrse en obscuridad
    El cielo: la tempestad
    Desgarr las nubes pardas,
    Y brill en las alabardas
    El relmpago fugaz.

      Entre la enramada espesa
    De un pinar de que se ampara,
    Con la gente de su empresa
    Iba Muley  hacer presa
    En la descuidada Zahara.

      Cados los martinetes
    Sobre las mojadas telas
    Revueltas  los almetes,
    Caminaban los jinetes
    El lodo hasta las espuelas.

      Mohino el Rey por dems,
    De los pasos el comps
    Oyendo con mal humor,
    Iba: junto  l un tambor
    Y los peones detrs.

      Tras stos los saeteros
    Y hasta cien arcabuceros:
    Luego los escaladores,
    Luego trompas y atambores,
    Y luego los ingenieros.

      Tras ellos, en pelotones
    Flanqueados por dos alas
    De jinetes con lanzones,
    Muchos negros con escalas
    Para entrar los torreones.

      La media noche sera,
    Espantosa noche  fe!
    Cuando de la roca umbra
    Sobre que Zahara dorma
    Se detuvieron al pie.

      Cont el Rey cuidadosamente
    Las hogueras y seales,
    En que convino prudente
    Con sus guas, y la gente
    Parti en dos bandos iguales.

      Guardando el cerro dej
    Los jinetes: apost
    Los saeteros mejores,
    Y l con los escaladores
    Por el peasco trep.

      La obscuridad, la tormenta,
    Patrocinan su ascensin
    Ardua, silenciosa y lenta:
    Todo Muley lo hubo en cuenta
    Con astuta previsin.

      El ruido de sus pisadas
    Sofoca el ruido del viento,
    Y las aguas despeadas
    Por las speras quebradas
    Con estrpito violento.

      Tal vez descienden rodando
    De roca en roca chocando
    Pedazos de las montaas,
    Pinos, chozas y alimaas
    Consigo al valle arrastrando.

      Tal vez una encina aosa,
    Arraigada en un pen
    Todo un siglo, estrepitosa
    Se rompe con temerosa
    Y atronadora explosin.

      Tal vez algn lobo, fuera
    De su cueva sorprendido,
    Bajo una pea cogido
    Invoca  la muerte fiera
    Con un espantoso aullido.

      Tal vez por algn torrente
    Arrastrada una serpiente
    De un precipicio  la hondura,
    Rasga la atmsfera obscura
    Con un silbido estridente.

      Horrible noche es aquella,
    En que, mientras contra Zahara
    Ronca tempestad se estrella,
    De la tempestad se ampara
    Muley audaz contra ella!

      La villa desventurada,
    Por el viento sacudida,
    Por el turbin anegada
    Y en las tinieblas velada,
    Reposaba adormecida.

      Apena en un torren
    De su vieja ciudadela,
    Encogido en un rincn
    Murmura escasa oracin
    Un cristiano centinela.

      Tal vez duerme sin afn
    Al calor de su gabn
    En su garita, al arrullo
    Que viento y agua le dan
    Con su continuo murmullo.

      Y tal vez, sobre la mano
    La barba y en la rodilla
    El codo, suea el cristiano
    Una aurora de verano
    En un lugar de Castilla.


II

      Tremenda noche! La lluvia,
    Desgajndose  torrentes
    Por las quebradas vertientes
    De la sierra, con fragor
     la hondura de sus valles
    Consigo arrastrando baja
    Los rboles que descuaja
    Del vendaval el furor.

      Tremenda noche! Iracundos
    Los rebeldes elementos
    Amagan de sus cimientos
    Las montaas arrancar:
    Y, en la cresta de la roca
    Donde se halla suspendida,
    Con mpetu sacudida
    Tiembla Zahara sin cesar.

       una aspillera asomado
    De su antigua ciudadela,
    El buen Arias est en vela,
    Ocupado en escuchar
    Los rumores que  su odo
    En sus alas trae el viento,
    Y un fatal presentimiento
    No le deja sosegar.

      Nada sus tenaces ojos
    Ven en noche tan cerrada:
    No percibe ni oye nada
    En la densa lobreguez,
    Ms que el velo tenebroso
    Y la voz de la tormenta,
    Cuya furia se acrecienta
    Con horrible rapidez.

       sus pies reposa Zahara:
    Sus tejados ve,  la lumbre
    Del relmpago, en la cumbre
    Donde el pueblo se fund:
    Mas la roja llamarada
    Que el relmpago refleja
    Le deslumbra y no le deja
    Comprender lo que  ella vi.

      Al resplandor instantneo
    Con que el pueblo se ilumina,
    Cree tal vez ver la colina
    Con el pueblo vacilar:
    Y  veces, en el instante
    De iluminarse de lleno,
    Cree ver de Zahara en el seno
    Vagas visiones errar.

      Blancos bultos, misteriosas
    Sombras, mviles reflejos
    Tras los muros  lo lejos
    Moverse y lucir cree ver;
    Cual si, haciendo de ellas vallas,
    Los espritus del monte
    De sus torres y murallas
    Se quisieran guarecer.

      Delirios vanos! Quimeras
    De su dbil fantasa!
    Pasa el pobre noche y da
    En continua agitacin,
    Y, con fe supersticiosa
    Creyendo en su fatalismo,
    Recela hasta de s mismo,
    Trastornando su razn.

      Ilusiones! Arias slo
    Oye el vendaval que brama
    Y el agua que se derrama
    Por los tejados rodar,
    Y en los muros del castillo
    El rumor acelerado
    De los pasos del soldado
    Que acaban de relevar.

      Oye el sordo remolino
    Con que rueda la tormenta
    Haciendo girar violenta
    Las veletas de metal,
    Y zumbar estremecida
    La mal sujeta campana,
    Y temblar en la ventana
    El desprendido cristal.

      Todos reposan en Zahara,
    La atalaya de Castilla:
    Slo se oyen por la villa,
    En la densa obscuridad,
    El agua de las goteras
    Y el rumor del vago viento,
    Que ruge con el acento
    De la ronca tempestad.

      Slo en apartada torre
    Del mal guardado castillo,
    Con el fulgor amarillo
    De una lmpara al morir,
    Velan algunos soldados
    Y se siente desde fuera
    El rumor de una quimera
    Y jurar y maldecir.

      yense sus carcajadas,
    Sus apodos insolentes:
    Pues en esto han tales gentes
    Contentamiento y placer;
    Se juntan en borracheras
    Para acabarlas riendo,
    Y vuelven en concluyendo
    Desde reir  beber.

      Y al calor de las orgas
    Y al vapor de los licores,
    Disertan de sus amores
    En obsceno platicar;
    Pues su lengua irreligiosa,
    Sin respetos y sin vallas,
    Slo de sangre y batallas
     mujeres ha de hablar.

      De stas se miran algunas,
    Con los soldados ms mozos
    En impdicos retozos
    Y deshonesto ademn,
    Que, osadas y descompuestas,
     blasfemando  riendo,
    Hasta embriagarse bebiendo
    Desatinadas estn.

      La trmula llamarada
    De una hoguera agonizante
    Presta  su rudo semblante
    Una expresin ms feroz;
    Y, recibiendo la bveda
    La algazara en su ancho hueco,
    Remeda con largo eco
    La desentonada voz.

      Harto de vino y de amores,
    En dos bancos apoyado,
    Cantaba un viejo soldado
    Al sn de un roto rabel,
     hiriendo  comps la mesa
    Con plato, jarra  cuchillo
    Aullaban el estribillo
    Ellos y ellas con l.

      Brindaban, y  cada brindis
    Insensatos blasfemaban,
    Y rean y danzaban
    Completando la embriaguez:
    Y sus sombras, en silencio,
    Gigantescas, agitadas,
    Cual fantasmas convidadas
    Erraban por la pared.

       ellos! gritaron voces:
    Y entraron el aposento,
    Diez  diez y ciento  ciento,
    Los moros del Rey Hasn;
    Y apenas  las espadas
    Acudieron los cristianos,
    Les cercenaron las manos
    En donde tan mal estn.

      Lidiaron acaso algunos:
    Pero tantos les entraron,
    Que al fin les acuchillaron
    Con las hembras  la par.
     los gritos de los Moros
    Los Cristianos despertaban:
    Pero los tristes se hallaban
    Cautivos al despertar!

      La soolienta pupila
    Prestaba crdito apenas
     las cuerdas y cadenas
    Con que atados dos  dos
    Por los rabes se vieron,
     quienes con lengua y ojos
    Pedan piedad de hinojos
    En el nombre de su Dios.

      Las lgrimas de las madres,
    De los nios los sollozos,
    Los esfuerzos de los mozos,
    El dolor de la vejez,
    Son intil resistencia:
    Porque  todos los infieles,
    Atados como lebreles
    Les arrastran  la vez.

      En vano lucha la virgen
    Desesperada con ellos,
    Que con sus propios cabellos
    Mordaza  cordel la dan:
    En vano nios y enfermos
    Yacen sin fuerzas postrados;
    En tropel como ganados
    Todos  los hierros van

      Fueron tristsimas horas
    Las de noche tan sangrienta.
     quien de ella pidan cuenta,
    Malas cuentas ha de dar!
    Mas no Arias,  quien el mundo
    Con su fe abandona en Zahara,
    Porque Dios no desampara
     quien de l se va  amparar.

      Corazones como el suyo,
    Almas cual la que le anima,
    Dios tan slo las estima
    En su pristino valor:
    Aniquilado bien pronto
    El cuerpo que les encierra,
    Vuelve su polvo  la tierra
    Y su esencia al Criador.

      Crey al fin Gonzalo Arias,
    Desde la torre en que vela,
    Sentir en la ciudadela
    Un verdadero rumor
    De voces y de pisadas,
    Y distinguir en la sombra
    Muchas gentes agolpadas
     la muralla exterior.

      Iba el caracol de piedra
     tomar del muro, cuando
    Por l su escudero entrando
    Dijo: Los moros, Seor!
    Asi al punto Arias Saavedra
    Un hacha y un triple escudo
    Que hall  mano, y torvo y mudo
    Lanzse hacia el corredor.

      Por el caracol torcido
    Se hundi como una callada
    Sombra, y la puerta ferrada
    De las almenas abri.
    Confuso tropel de moros
    Llenaba el adarve estrecho:
    Gonzalo Arias derecho
     los Moros se lanz.

      Tendi del primer hachazo
    Los dos que hall delanteros,
    Y al querer tirar del brazo
    La mano de otro seg.
     tan repentino ataque
    La morisma, acorralada,
    Abri crculo espantada
    Y en el centro le dej.

      Mas Arias, que no vea
    De vergenza y de ira ciego,
    Cerrse con ellos luego
    Con mpetu asolador:
    Y, al ver el horrendo estrago
    Que en ellos su brazo haca,
    Ninguno se le atreva,
    Embargados de pavor.

      Pero sobre ellos cargaba
    Gonzalo Arias con tal bro,
    Que adelante les llevaba
    Sin dejarles revolver;
    Y uno, que frente arrestado
    Le hizo, entre dos almenas
    Le derrib atravesado
    Y en el foso fu  caer.

      Aquel hombre despechado,
    De mirada centelleante,
    De colrico semblante
    Y de fuerzas de Titn,
    Sin ms que un broquel y un hacha,
    Plido y medio desnudo,
    Peleando solo y mudo
    Con desesperado afn;

      Aquel hombre aparecido
    De repente en medio de ellos,
    Erizados los cabellos,
    Cual de un vrtigo infernal
    Posedo, hizo  los Moros
    Concebir honda pavura,
    Contemplando en su figura
    Algo sobrenatural.

      Un instinto irresistible
    De temor supersticioso
    De aquel hombre misterioso
    En tropel les hizo huir,
    Cual si vieran, bajo el rostro
    De aquel hombre temerario,
    Un espritu contrario
    De Mahoma combatir.

      Abandon, pues, el muro
    Todo el pelotn alarbe,
    Y dej sobre el adarve
    Solo  aquel hombre fatal.
    Crispado, calenturiento,
     las almenas de piedra
    Asomse Arias Saavedra
    Presa de angustia mortal.

      All abajo, en las tinieblas,
    Por las calles de la villa
    En la lengua de Castilla
    Invocar  Dios oy.
     Dios (dijo con desprecio)
     Dios invocis ahora!
    Miserables! Ya no es hora:
    Sucumbid, pues, como yo.

      Y  largos pasos tomando
    Del castillo la escalera,
    Fu  dar como una pantera
    En el patio principal.
    Un capitn de Granada
    All amarrados tena
    Cuantos perdonado haba
    La cimitarra fatal.

      Arias, de un salto, se puso
    Delante del africano
    Y, asiendo con una mano
    Las bridas de su corcel,
    Le di en el frontal de acero
    Tan descomunal hachazo,
    Que caballo y caballero
    Vinieron  tierra de l.

      Los rabes que ms cerca
    Del capitn se encontraron,
    Sobre Gonzalo cargaron
    Con gritera infernal:
    Pero dieron con un hombre:
    Y el primero que imprudente
    Se lleg  Arias, en la frente
    Recibi el golpe mortal.

      El capitn, desenvuelto
    De su caballo cado,
    Vino como tigre herido
    Sobre el alcaide  su vez:
    Recibi su corvo alfanje
    El castellano forzudo
    Dos veces en el escudo,
    Con serena intrepidez;

      Y al verle brio de coraje
    Descargarle el tercer tajo,
    Metile el hacha por bajo
    Y el brazo le cercen.
    Salt el pedazo partido
    Con la cimitarra al suelo,
    Y el Moro, con un aullido
    De dolor, se desmay.

      Salt Arias de l por encima
    Y, del caballo tendido
    Quedndose guarecido,
    Volvi la lid  empezar.
    Acomtenle los Moros:
    Mas ningn golpe le ofende
    Por delante, y se defiende
    La espalda con un pilar.

      Entraba en esto en el patio
    El viejo Rey de Granada:
    Mas detvose  la entrada
     admirar el varonil
    Aliento de aquel solo hombre
    Que, sin casco ni armadura,
    Tiene  raya la bravura
    De los hijos del Genil.

      Estaba Gonzalo Arias
    De sangre y sudor cubierto
    Tras del caballo, que muerto
     sus plantas derrib,
    Anhelante de fatiga,
    Descolorido y rasgado,
    Como un espectro evocado
    Del panten que le guard.

      Al ver con cunta destreza
    De tantos se defenda,
    De tan alta bizarra
    Pagado el viejo Muley:
    Teneos! grit  los Moros;
    Y, yndose al Castellano,
    Le dijo afable: Cristiano,
    Rndete: yo soy el Rey.

      No pudo Arias de cansancio
    Contestar. Quienquier que fueres
    (Aadi el Rey), valiente eres:
    Rndete  m y salvo irs.
    Arias, ronco de fatiga,
    Pero con alma serena,
    Dijo: Muerto, enhorabuena:
    Pero rendido, jams.

      Cristiano, repuso el Moro,
    Yo soy Muley y rendirte
     m no ser desdoro.
    Y Arias dijo: Y yo, Muley,
    Soy Gonzalo Arias Saavedra,
    Y mientras me quede aliento
    Y en Zahara quede una piedra,
    La mantendr por mi Rey.

      Ahog la piedad del Moro
    Respuesta tan arrogante,
    Y, colrico, Adelante,
    Saeteros! exclam.
    Atravesado de flechas
    Hinc Arias una rodilla
    Gritando Cristo y Castilla
    Por los Arias! Y espir.

      Cortronle la cabeza,
    Y en el arzn delantero
    La at un negro de Baeza
    Por trofeo de valor.
    Tal fu el fin desventurado
    Del bravo alcaide de Zahara:
    La suerte le neg avara
    Todo, menos el honor.

       *       *       *       *       *

      Cuando del da siguiente
    Comenz  lucir la aurora,
    Daba  Granada la vuelta
    La morisma victoriosa.
    Marchaba Muley delante,
    Y, en el centro de su tropa,
    Dos mil cautivos atados
    Al carro de su victoria.
    Mand el Rey que los Cristianos,
    Guardados por buena escolta,
    Fueran delante  Granada
    Por la vereda ms corta;
    Pero prevenido habindole
    Que, por si las tierras prximas
    Se levantan, con presteza
    Caminar es lo que importa:
    En qu est, dijo, el retraso?
    --En los cautivos que estorban.
    --Pues bien, dijo con desprecio,
    Obligadles  que corran,
    Y lleguen los que llegaren:
    Los mozos  las mazmorras,
    Las muchachas al harn
    Y los viejos  la horca.


III

      Era la noche del siguiente da
    En que el fiero Muley sali de Zahara,
    Vencedor insolente. Era una obscura
    Y nebulosa noche: no luca
    En el cielo la luna: venda impura
    De nubarrones crdenos cubra
    La luz serena de su antorcha clara.
    Cean por doquier el horizonte
    Negros grupos de nubes apiadas,
    De vapores elctricos preadas,
    Y alcanzbanse  ver de monte en monte
    Del frecuente relmpago, azuladas,
    Arder las repentinas llamaradas.

       un balcn de la torre de Comares
    Asomada en silencio, la altanera
    Aija escuchaba con el alma entera
    Lejano sn de gritos populares
    Que, por la densa atmsfera perdidos,

        Traa  sus odos,
    De cundo en cundo, rfaga ligera.
    Tras ella Ab Abdil sobre su hombro
    El noble rostro juvenil tenda,
    Como su madre oyendo con asombro
    La confusa y extraa vocera
    Que, en las tinieblas de la noche, el viento
    Con eco sordo resonar haca
    Bajo el techo del cncavo aposento.

      --Oyes, hijo Abdil! con ansia dijo
    La sultana.--S, madre, y no comprendo.....
    Contest Ab Abdil. Tal vez maldijo
    Nuestra fortuna Alh! Con ojo fijo
    La espesa sombra penetrar queriendo,
    Aija le interrumpi:--Calla: estoy viendo
    Moverse algo en el bosque..... Oistes, hijo?
    --Un ruiseor?--Sin duda: mas no canta
    Tan recio el ruiseor.....  escucha atento.
    Le oiste?--S.--Pues bien, hijo, ese aliento
    De un pjaro no cabe en la garganta.
    --Oid, Seora, oid; ms cerca el po
    Del ave se oy ahora.--Es una sea
    Que viene de las mrgenes del ro.
    --S, y en hacerse comprender se empea.
    Acercronse ms  la calada
    Barandilla exterior del antepecho:

      Mas Aija, de repente y sin ser duea
    De s misma, cubriendo con su pecho
    El pecho de Ab Abdil, grit: Hijo mo!
    Silbando entr por el postigo estrecho
    Del balcn una flecha disparada
    Desde el bosque, y, tocando en la labrada
    Piedra del arco, rechaz, en el lecho
    De Ab Abdil cayendo despuntada.

      Traidores! exclam Aija,  nuestra vida
    Tambin atentan! Mas alegremente
    La interrumpi Abdil, teniendo asida
    La flecha: Madre (dijo) trae cosida
    Una carta.--Lee pues. Rumor de gente
    Se oy en el corredor en este instante,
    Y una esclava, asomndose  la puerta,
    Dijo: El wazir! Para la audaz Sultana
    Fu cosa nada ms que de un momento
    En el pecho ocultar la carta abierta,
    La flecha devolver por la ventana,
    Y serena quedar sobre su asiento.

      Al punto mismo Ab-l'Kazn, ministro
    De las venganzas de Muley, entraba
         El nocturno registro
     hacer que en el saln acostumbraba,
    Desque la torre de Comares era
    Del Granadino Prncipe y su madre,
    Por orden de Muley, prisin severa.

      Salud Ab-l'Kazn con afectada
    Ceremonia, mostrando que lo haca
    Sin respeto y en pura cortesa:
    Aija, en sus almohadones recostada,
    Ni volvi la cabeza desdeosa,
    Ni le otorg siquiera una mirada;
    Ab Abdil, imitando  su orgullosa
    Madre, no contest tampoco nada.
    Ab-l'Kazn entonces, en sombro
    Silencio y con feroz torvo semblante,
    La estancia registr con vigilante
    Y prolija atencin. Es deber mo,
    Dijo al fin, dirigiendo  la Sultana
    Una mirada donde el odio brilla,
    Y aadi: Nuestro Rey llega maana
    Vencedor de las armas de Castilla.

      Aqu, consigo sin poder, la Mora
    Djole: Son por ello esos clamores
    Que turban el reposo?--S, Seora:
    El pueblo aplaude, como siempre, ahora
     los Reyes que vuelven vencedores.
    Una mirada le lanz de fuego
    La Mora y con desdn le dijo luego:
    Tienes razn, Ab-l'Kazn: maana,
    Si volvieren vencidos, por traidores
    Les silbar la multitud villana.
    --Vele Alh por el Rey, y no permita
    Que el pueblo tenga por traidor, Sultana
     quien abrigue sangre Nazarita!
    --Eso te digo yo. Los hijos tienen
    La sangre de los padres, y el que incita
    Al padre contra el hijo, lo previenen
    Las suras del Korn,  Dios irrita
    Y su raza por Dios ser maldita.
    --Sultana, tus palabras.....--El anuncio
    Son del desprecio en que te tengo.--Holgara
    La razn en saber.--Est muy clara.
    --Pronnciala, Sultana.--La pronuncio:
    Tu padre, Ab-l'Kazin, fu tornadizo
    Y traidor  su Dios, y yo detesto
     los hijos de padre que tal hizo.
    No lo olvides jams.--Oh! lo protesto.
    --Djanos, pues, en paz.--La vez postrera
    Volver nada ms, cuando el severo
    Rey de Granada de su ley el yugo
    Imponeros me ordene.--Aguarda fuera
    Sus rdenes en tanto, carcelero,
    Hasta que hayas de entrar como verdugo.

      Sali el wazir, brillando en su pupila
    El fuego del rencor: y la Sultana,
    Luego que oy el rumor de los cerrojos
    De la postrera cmara lejana,
    La carta  desplegar volvi tranquila,
    Devorando lo escrito con los ojos.
    Mirbala Abdil con impaciencia,
    Procurando leer en su semblante
    Lo que ella en el escrito. En apariencia,
    Si el wazir la acechara en este instante.
    No pudiera, al mirar su indiferencia.
    Sospechar que el papel era importante.
    Ley con avidez, pero serena:
    Y aquella alma viril, que dominaba
    Del placer el exceso y de la pena.
    No dej percibir  quien miraba
    El gozo inmenso de que estaba llena.
    Tanto era altiva, perspicaz y brava!

      Hijo mo Abdil, dijo tras breve
    Pausa, vas  partir. La muerte fiera.
    De tu padre  la vuelta, aqu te espera,
    Y abajo espera quien salvarte debe.
    No el Cielo seal tu real cabeza
    Para ceir una corona en vano;
    Tu destino de Rey he aqu que empieza;
    Cumple, pues, tu destino soberano.

      Dijo y le di la carta, que deca:
    Vuelve tu esposo vencedor, Sultana,
    Y la guadaa de la muerte impa
    Su mano trae; no aguardes  maana:
    Cuando oigas luego que en silbar porfa
    El ruiseor al pie de tu ventana,
    Descuelga  tu hijo Ab Abdil por ella.
    Y un buen caballo le valdr y su estrella.

      No temas ni vaciles: los verjeles
    De este valle,  tu vista tan tranquilo,
     un escuadrn de Abencerrajes fieles
    Dan  estas horas misterioso asilo.
    Mi escritura conoces, no receles,
    Sultana, una traicin: pende de un hilo
    Del Prncipe la vida: mas, burlada
    La muerte, volver..... Rey de Granada.

      Aunque en firmar s acaso que aventuro
    Mi cabeza, la suya es lo primero:
    Srvate pues mi nombre de seguro
    Y alumbre tu razn Alh infinito.

      Al pie de este rengln, claro y entero,
    De ALY-MACER el nombre estaba escrito.

      Lea Ab Abdil, y  la lectura
    De la carta fatal palideca:
    Y, leyendo en su rostro su pavura,
    La madre el ceo varonil frunca.
    Hijo de Reyes, como Rey procura
    Obrar, le dijo al fin. Fortuna impa
    Te acosa? Acosa, pues,  tu fortuna:
    Mala es mejor tenerla que ninguna.

      Tal diciendo, la intrpida Sultana
    Llam en voz baja  sus esclavas. Quiso
    Ab-l'Kazn dejrselas, por vana
    Demostracin de libertad y viso
    De autoridad y pompa soberana,
    En la prisin. Entraron al aviso
    Todas de su seora, y la severa
    Sultana las habl de esta manera:

      Necesito una escala: en el momento
    Desgarrad vuestras tocas y almaizales;
    Los tapices que tiene el aposento
    Trizas haced: mis lienzos y mis chales
    Rasgad y, hasta que lleguen al cimiento
    De la torre, anudad los desiguales
    Pedazos: no os paris en necias dudas:
    Rasgadlo todo, aunque os quedis desnudas.

      Hechas  obedecer, sin ms demora
    Rasgaron la oriental tapicera
    Que la ostentosa cmara decora,
    El chal con que cada una se cea,
    El rico pabelln de crujidora
    Seda que el lecho de Abdil tena.
    Cuanto  las manos se las vino asieron,
    Y, formando un cordn, le retorcieron.

      La Sultana y el Prncipe, afanosos,
    En tal ocupacin las ayudaron,
    Y de esta ocupacin con los curiosos
    Incidentes, que alegre la tornaron,
    Del alma de Abdil los temerosos
    Tristes presentimientos se ahuyentaron:
    Y rebosaba en gozo y osada
    Cuando el largo cordn se conclua.

       poco un risueor en la enramada
    Los tres largos silbidos de su trino
    Precursores lanz. Corri agitada
    La Sultana al balcn, y ms vecino
    Volvi  silbar el ruiseor: callada
     inmvil escuch: su odo fino
    Y ojo avaro alcanzaron, en la hondura,
    De un hombre el movimiento y la figura.

      Un momento despus, en la maleza
    Que al mismo pie del torren creca,
    El ruiseor silb: la fortaleza
    Y la continuidad con que lo haca
    Su voz, de la que di naturaleza
    Al ruiseor un tanto desdeca
    De cerca oda: pero al libre viento
    Era bien fcil confundir su acento.

      At Aija  Ab Abdil por la cintura
    La punta de los lienzos anudados,
    De su firmeza y solidez segura;
    Los brazos un momento entrelazados
    Tuvieron madre  hijo con ternura
    Cordial: los labios trmulos, rasados
    De lgrimas los ojos, no encontraron
    Palabras, mas sus lgrimas hablaron.

      Deshzose la madre la primera
    Del carioso lazo, y salt el hijo
    Por la baranda del balcn afuera,
    Teniendo el lienzo las mujeres fijo.
    Madre, dijo l, adis por vez postrera!
    --Hijo de mi alma, adis! ella le dijo,
    Y, bajando la voz:--honra tu nombre,
    No vuelvas sino Rey: lucha y s hombre.

      Dijo: y,  una seal, franqueza dando
    Las esclavas al lienzo, por la obscura
    Regin del aire, suelto, fu bajando
    El Prncipe Abdil: justa pavura
    Le acongoj cundo se vi colgando
    Sobre la inmensa tenebrosa hondura;
    Vacil su cerebro y, los antojos
    Del miedo por no ver, cerr los ojos.

      Un momento despus cuatro forzudos
    Brazos en las tinieblas de l asieron:
    Una daga cort junto  los nudos
    El lienzo,  hombros tomronle, y huyeron.
    Los brazos de las Moras,  tan rudos
    Esfuerzos no hechos, libres se sintieron
    De repente del peso, y la Sultana
    Se ech con ansiedad  la ventana.

      Mir, escuch, sin voz, sin movimiento,
    Parando en su atencin hasta el latido
    Del corazn y el curso del aliento:
    Pero ni gente, ni seal, ni ruido
    Se perciba:  la merced del viento
    El lienzo por abajo desprendido
    Flotaba, y era todo all en la hondura
    Silencio, soledad, sombra, pavura.

      Apartse en silencio la Sultana
    Del ajimez: la tela recogida
    Poco  poco volvi por la ventana:
    Mas al entrar la punta suspendida
    Por fuera del balcn, de la Africana
    El corazn mortal volvi  la vida;
    La punta trae de salvacin un gaje
    Infalible: el blasn Abencerraje.

      Besle la Sultana, y su altanera
    Tranquilidad cobr: despidi luego
    Sus esclavas y, sola, dijo, fiera
    Reverberando en su mirada el fuego
    Del corazn: Que venga cuando quiera
    Muley. Y en los cojines con sosiego
    Tendindose, al pesar y al miedo ajena
    Segura de Ab Abdil, durmi serena.


IV


      Y he aqu que la Sultana
    Cual Reina soberana,
    Y acaso en su ventana
    Detrs de la persiana
    Oy sobrecogida
    Que por la pea hendida
    Diez hombres que, en huda
    Corriendo  toda brida
    que el real Generalife,
    en esta noche mora,
    velaba en esta hora,
    tendida en un divn,
    cruzar el arrecife,
    conduce hacia la sierra,
    veloz y sn de guerra,
    hacia la sierra van.

      El rostro peregrino
    Zoraya hacia el camino
    De polvo un remolino
    Sombra el pas vecino
    Quien puede  estos parajes
    Lanzarse en tan salvajes
    Tan speros pasajes
    Los diez Abencerrajes
    llegando  la ventana,
    mir: mas vana empresa!
    velaba con espesa
    al ojo ms sutil.
    (se dijo la Sultana)
    caballos, audazmente
    salvando?--Solamente
    que salvan  Ab Abdil.


           FIN DE LOS VERSOS CONTENIDOS EN EL TOMO PRIMERO.




Zorrilla, al publicar este Poema en 1852, ilustr el tomo primero con
notas y discursos que, si entonces juzgaba de necesidad para satisfacer
 lectores y crticos, hoy parecen excusados, despus del casi medio
siglo que separa la primitiva de la presente edicin. El poeta quiso
demostrar que  la factura de los versos haba hecho preceder un
estudio de la lengua rabe, de la historia del reino de Granada, de las
vicisitudes de la conquista y de cuantos personajes iban  figurar en
los diversos libros del Poema. Dudaba, tal vez, de que se le tuviese
por verdico en las tradiciones, lenguaje, usos y costumbres de los
moros; por lo cual puntualiz en multitud de notas la exactitud de
los conceptos y hasta la pureza de las palabras. Reconocidas por la
crtica estas cualidades en la obra, no es necesario reproducir tan
numerosos comprobantes, que, en vez de esclarecer, embarazan la lectura
y sonoridad de los versos. Por esto se han suprimido aqu, del mismo
modo que una extensa biografa de Mahoma, inserta al final del volumen
y que el propio Zorrilla declara ser en su mayor parte traduccin de
acreditados libros franceses.

Hay, sin embargo, en los discursos y desahogos del autor ciertos
pasajes que no deben suprimirse, porque corresponden  la historia
literaria del tiempo y al carcter peculiar del poeta, tales como
la explicacin de la dedicatoria  su amigo Muriel y la stira con
que Zorrilla se revuelve contra los censores anticipados de su obra,
mulos,  su juicio, tan impotentes como menguados.

He aqu la manera con que explica la _Fantasa_ dedicada  D. Bartolom
Muriel en las primeras pginas del libro:

       Habindome algunos amigos manifestado en Pars deseos de
       conocer mi Poema de Granada antes de su publicacin, se
       reunieron una noche en casa del Sr. Muriel para oirme leer
       algunos de sus libros  cantos,  pesar de mi propsito de
       no manifestar su manuscrito. La circunstancia de hallarse
       presentes  esta lectura D. Fernando de la Vera y D. Cayo
       Quiones de Len, cuyos antepasados tomaron en la conquista
       de Granada no poca parte, y  cuyas hazaas consagro en
       mis versos no pocos recuerdos, me obligaron  continuar en
       siguientes noches la lectura de mi obra,  cuyo objeto reuni
       el Sr. Muriel una corta sociedad de amigos en su elegante
       casa. La amistad cordial que al Sr. Muriel me une, y las
       agradables horas pasadas en sus aposentos, cubiertos de
       preciosos cuadros y llenos de artsticas curiosidades, me
       inspiraron esta fantasa, procurndome la ocasin de darle con
       ella un pblico testimonio de mi amistad y de lo caras que son
        mi corazn las memorias de la suya.

Sobre las censuras anticipadas y murmuraciones ms  menos cultas que
se hacan del Poema cuando an no se haba publicado, escribe Zorrilla
lo siguiente:

        los desocupados escritores de annimos y  los autores
       rapsodistas,  quienes apesara desdichadamente la reputacin
       ajena, pero que no pueden labrarse la propia sino royendo los
       talones de los que van delante de ellos, en su incapacidad de
       abrirse por s mismos un camino, les aconsejar que antes d
       seguirme  Granada den una vuelta por Toledo, donde hallarn
        mi buen amigo el Sr. D. Len Carbonero y Sol, quien, con
       honra suya y provecho de la juventud, explica en aquella
       ciudad la lengua rabe, y el cual, con su rica erudicin
       oriental y potica, y su excelente mtodo de enseanza, les
       pondr tal vez con el tiempo en estado de caminar conmigo por
       los senderos montaosos que conducen  la Real alcazaba de la
       Alhambra.

        los literatos que,  pesar de lo expuesto, me supongan ms
       ambiciosos intentos  ms vanaglorioso amor propio, dispuestos
        no ver de mi obra ms que los defectos, hijos naturales de
       una temeraria osada  de una quijotesca vanidad; y  los
       sabios crticos que quieran aprovechar la ocasin de lucir
       sobre Granada sus acadmicas disertaciones y sus artculos
       enciclopdicos, les contar solamente un cuento, que estoy
       sintiendo corrrseme en el papel por los puntos de la pluma,
       el cual, aunque viejo, espero que les ayude  formar su
       juicio sobre mi Poema, si lo leen; que s lo leern, pues yo
       procurar drselo despacito para que lo rumien y digieran.

       Lidiaba una tarde en la plaza de Sevilla el famoso Pedro
       Romero, el diestro de mejor trapo y ms certero pulso que
       pis jams arena del redondel. Llegado el caso de estoquear
       un toro de mal trapo y torcida intencin que, empeorado
       con la lidia, tomaba el bulto y dejaba el capote, comenz
       Romero  trastearle cuidadosa y maestramente, arrastrndole la
       muleta para encariarle  ella y traerle despus sin riesgo
        una estocada por los altos y  una muerte de buena ley. Un
       chusco sevillano, mozo y rico, decidor y zambrero, amigo de
       los ganaderos y conocedor de las marcas de sus ganaderas,
       apadrinador de la gente de cuadrilla, acompaador de los
       encierros y presenciador de los apartados, donde gustaba
       lucir el potro cartujo, la manta jerezana, la espuela vaquera
       y el castoreo apresillado, y gran partidario, en fin, de
       Costillares, hallando sin duda largo el juego de Romero, cuyo
       riesgo no comprenda, y parecindole la ocasin oportuna para
       zumbarle en presencia de su rival, empez  decirle con no
       poco esforzadas voces y dejo no menos provocador:--Bueno,
       seor incomparable, bueno: que va  llevar ese toro ms pasos
       que las procesiones del Viernes Santo! De matar se trata, que
       no de pasear esa oveja mansa. Que no se diga que por tanto
       paso se pasa el tiempo y no se pasa la pavura! Vamos, un
       puntazo por lo que sea!.... y que no haya que dar  esa espada
       una compaera sacada de las costillas, como nuestra madre
       Eva. La alusin  Costillares produjo el efecto que el chusco
       deseaba, y aplaudieron sus partidarios y rieron los de los
       tendidos; lo cual oyendo Romero, dejando plantada  la fiera
       y  los espectadores suspensos, llegse bajo el palco del
       zumbador mancebo, la muleta recogida en la zurda y el estoque
       suspendido en el dedo corazn, y djole con aquella sorna
       peculiar de la gente de plaza:--Su merc parece, por sus
       razones, profesor del arte, y se ve  la legua lo acostumbrado
       que est  dar lecciones como maestro: conque no le deje por
       poco, y tome sin cortedad el lugar que le corresponde, que yo
       estoy pronto  escucharle. Baje, pues, su merc y hgame su
       explicacin  la cabeza de la res.

       Y deca bien Pedro Romero: las lecciones de torear se dan  la
       cabeza del toro.

  Pars, 15 Abril 1852.

                                             JOS ZORRILLA.


                         FIN DEL TOMO PRIMERO





End of Project Gutenberg's Granada, Poema Oriental, Tomo I, by Jos Zorrilla

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from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
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trademark. Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.

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effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
electronic works, and the medium on which they may be stored, may
contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
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LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
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the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
without further opportunities to fix the problem.

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in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
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LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
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damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
violates the law of the state applicable to this agreement, the
agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
remaining provisions.

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trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
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accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org



Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.

