The Project Gutenberg EBook of Genio y figura, by Juan Valera

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Title: Genio y figura

Author: Juan Valera

Release Date: December 16, 2005 [EBook #17317]

Language: Spanish

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Genio y figura

Por

Juan Valera

Librera de Fernando F

Madrid

1897

          _Medio de fonte leporum_
          _Surgit amari aliquid, quod in ipsis floribus augat_.

            (Lucretii. _De nat. rer._ _libr. IV_).




-I-


En tres distintas y muy apartadas pocas de mi vida, peregrinando yo
por diversos pases de Europa y Amrica, o residiendo en las capitales,
he tratado al vizconde de Goivo-Formoso, diplomtico portugus, con
quien he tenido amistad afectuosa y constante. En nuestras
conversaciones, cuando estbamos en el mismo punto, y por cartas, cuando
estbamos en punto distinto, discutamos no poco, sosteniendo las ms
opuestas opiniones, lo cual, lejos de desatar los lazos de nuestra
amistad, contribua a estrecharlos, porque siempre tenamos qu
decirnos, y nuestras conversaciones y disputas nos parecan animadas y
amenas.

Firme creyente yo en el libre albedro, aseguraba que todo ser humano,
ya por naturaleza, ya por gracia, que Dios le concede si de ella se hace
merecedor, puede vencer las ms perversas inclinaciones, domar el
carcter ms avieso y no incurrir ni en falta ni en pecado. El Vizconde,
por el contrario, lo explicaba todo por el determinismo; aseguraba que
toda persona era como Dios o el diablo la haba hecho, y que no haba
poder en su alma para modificar su carcter y para que las acciones de
su vida no fuesen sin excepcin efecto lgico e inevitable de ese
carcter mismo.

Los ejemplos, en mi sentir, nada prueban. De ningn caso particular
pueden inferirse reglas generales. Por esto creo yo que siempre es falsa
o es vana cualquier moraleja que de una novela, de un cuento o de una
historia se saca.

Mi amigo quera sacarla de los sucesos de la vida de cierta dama que
ambos hemos conocido y tratado con alguna intimidad, y quera probar su
tesis y la verdad trascendente del refrn que dice: _genio y figura,
hasta la sepultura_.

Yo no quiero probar nada, y menos an dejarme convencer; pero la vida,
el carcter y los varios lances, acciones y pasiones de la persona que
mi amigo pona como muestra son tan curiosos y singulares, que me
inspiran el deseo de relatarlos aqu, contndolos como quien cuenta un
cuento.

Voy, pues, a ver si los relato, y si consigo, no adoctrinar ni ensear
nada, sino divertir algunos momentos o interesar a quien me lea.




-II-


Hace ya muchos aos, el vizconde y yo, jvenes entonces ambos,
vivamos en la hermosa ciudad de Ro de Janeiro, capital del Brasil, de
la que estbamos encantados y se nos antojaba un paraso, a pesar de
ciertos inconvenientes, faltas y aun sobras.

La fiebre amarilla, recin establecida en aquellas regiones, sola
ensaarse con los forasteros.

Las _baratas_, que as llaman all a ciertas asquerosas cucarachas con
alas, nos daban muchsimo asco, sobre todo en los instantes que preceden
a la lluvia, porque dichos animalitos buscan refugio en las
habitaciones, las invaden, cuajan el aire formando espesas nubes, se
posan en los muebles, en las manos y en las caras y esparcen un olor
empalagoso y algo nauseabundo.

Otros inconvenientes y sobras haba tambin por all, aunque no hablo de
ellos por no pecar de prolijo. Pero en cambio, cunta hermosura y
cunta magnificencia! El Bsforo de Tracia, el risueo golfo de Npoles
y la dilatada extensin del Tajo frente de Lisboa, son mezquinos, feos y
pobres, comparados con la gran baha de Ro sembrada de islas
fertilsimas siempre floridas y verdes, y cuyos rboles llegan y se
inclinan hasta el mar y baan los frondosos ramos en las ondas azules.
Los bosques de naranjos y de limoneros, con fruto y con flor a la vez,
embalsaman el aire. Los pintados pajarillos, las mariposas y las
liblulas de resplandecientes colores esmaltan y alegran el ambiente
difano. Por la noche, el cielo parece ms hondo que en Europa, no negro
sino azul, y todo l lleno de estrellas ms luminosas y grandes que las
que se ven en nuestro hemisferio.

Confieso que es lstima que la vista de todo aquello no despierte en
nuestra alma recuerdos histricos muy ricos de poesa, y que las
montaas que circundan la baha tengan nombres tan vulgares. No es all,
por ejemplo, como en Npoles y en sus alrededores, donde cada piedra,
cada escollo y cada gruta tiene su leyenda y evoca las sombras de uno o
de muchos personajes histricos o mticos: Ulises, las Sirenas, Eneas,
la Sibila de Cumas, los hroes de Roma, los sabios de la magna Grecia,
Anbal olvidndose de sus triunfos en las delicias de Capua, Alfonso de
Aragn el Magnnimo haciendo renacer y florecer la antigua clsica
cultura, todo esto acude a la mente del que vive en Npoles y hasta se
pone en consonancia con los nombres sonoros y nobles que conservan los
sitios: el Posilipo, el Vmero, Capri, Ischia, Sorrento, el Vesubio,
Capua, Pestum, Cumas, Amalfi y Salerno.

En cambio, los nombres de los alrededores de Ro no pueden ser ms
vulgares ni ms vacos de todo potico significado: la Sierra de los
rganos, el Corcobado, el Pan de Azcar, Botafogo, las Larangeiras y la
Tejuca.

La falta, no obstante, de sonoridad y nobleza en los nombres, y de altos
recuerdos histricos en los sitios, est ms que compensada por la
esplndida pompa y por la gala inmarcesible que la frtil naturaleza
despliega all y difunde por todos lados.

Nuestro mayor recreo campestre era ir a caballo a la Tejuca, con la
fresca, casi al anochecer. Pasbamos la noche en una buena fonda que
all haba, donde nunca faltaba gente alegre que jugaba a los naipes y
cenaba ya tarde. Tambin se sola bailar cuando haba mujeres.

Aquel sitio era delicioso. El fresco y abundante caudal de agua
cristalina que traa un riachuelo se lanzaba desde la altura de unos
cuantos metros y formaba una cascada espumosa y resonante. Por todas
partes haba gran espesura de siempre verdes rboles; palmas, cocoteros,
mangueras y enormes matas de bambes. Innumerable multitud de
lucirnagas o cocuyos volaban y bullan por donde quiera, durante la
noche, e iluminaban con sus fugaces y fantsticos resplandores hasta lo
ms esquivo y umbro de las enramadas.

De las frecuentes expediciones a la Tejuca, ya volvamos a altas horas
de la noche, formando alegre cabalgata, ya volvamos al rayar el alba.

No se crea con todo, que las expediciones a la Tejuca eran el mayor
encanto que Ro tena para nosotros. Haba otro encanto mucho mayor, la
casa de la Sra. de Figueredo, centro brillantsimo de la _high life_
_fluminense_.

La Sra. de Figueredo tendra entonces de veinticinco a treinta aos: era
una de las mujeres ms hermosas, elegantes y amables que he conocido. Su
marido, ya muy viejo, era quiz el ms rico capitalista de todo el
Brasil. Prendado de su mujer, gustaba de que luciese, y lejos de
escatimar, prodigaba el dinero que dicho fin requera.

Su vivienda era un hotel espacioso, amueblado con primor y con lujo, en
el centro de un bello jardn, bastante dilatado para que por su
extensin casi pudiera llamarse parque.

Menos en las temporadas en que haba teatro, la Sra. de Figueredo
reciba todas las noches. Cuando haba teatro reciba tambin, pero no
siempre. Sus tertulias eran animadsimas y solan durar hasta despus de
la una. Bien poda afirmarse que empezaban a las siete, porque la Sra.
de Figueredo rara vez dejaba de tener convidados a comer, agasajndolos
con cuantas delicadezas gastronmicas puede inventar y condimentar un
buen cocinero, sin freno ni tasa en el gasto. Pero lo que sobre todo
haca agradable aquella casa, era la misma Sra. de Figueredo, que una a
su elegancia, discrecin y hermosura, el carcter ms franco y
regocijado. Del sitio en que ella se presentaba, sala huyendo la
tristeza. En torno suyo y en su presencia, no haba ms que
conversaciones apacibles o jocosas, risas y burlas inocentes, sin
mordacidad ni grave perjuicio del prjimo. Natural era, pues, que el
primer obsequio que, no bien llegase a Ro, se poda hacer a un
forastero, era presentarle a una dama tan hospitalaria y divertida.




-III-


En el tiempo de que voy hablando, aport a Ro, como secretario de
la Legacin de Su Majestad Britnica, un inglesito joven y guapo;
probablemente tendra ya cerca de treinta aos, pero su rostro era muy
aniado y pareca de mucha menor edad. Era blanco, rubio, con ojos
azules y con poqusima barba, que llevaba muy afeitada, salvo el
bigotillo, tan suave, que pareca bozo y que era ms rubio que el
cabello. Era alto y esbelto, pero distaba no poco de ser un alfeique.
En realidad era fuerte y muy gil y adiestrado en todos los ejercicios
corporales. Tena talento e instruccin, y hablaba bien francs, espaol
e italiano, aunque todo con el acento de su tierra. Tena modales
finsimos, aire aristocrtico y conversacin muy amena cuando tomaba
confianza, pues en general pareca tmido y vergonzoso, y a cada paso,
por cualquier motivo y a veces sin aparente motivo, se pona colorado
como la grana.

No est bien que se declare aqu el verdadero nombre de este inglesito.
Para designarle le dar un nombre cualquiera. El apellido Maury es muy
comn. Hay Maurys en Francia, Inglaterra y Espaa. Supongamos, pues, que
nuestro inglesito se llamaba Juan Maury.

El Vizconde y yo nos hicimos en seguida muy amigos suyos, y los tres
bamos juntos a todas partes. Claro est que una de las primeras a donde
le llevamos fue a la tertulia de la Sra. de Figueredo, la cual le
recibi con extremada afabilidad, y dej conocer desde luego que el
inglesito no le haba parecido saco de paja. l tambin, a pesar de ser
muy reservado, como tom con nosotros grandsima confianza, nos confes
que la Sra. de Figueredo era muy de su gusto, y se nos mostr
curiossimo de saber sus antecedentes; su vida y milagros, como si
dijramos. El Vizconde, que estaba bien informado de todo, y si no de
todo, de mucho, le cont cuanto saba, haciendo una relacin, que vamos
a reproducir aqu, poco ms o menos como el Vizconde la hizo.




-IV-


Hace ya mucho tiempo que ciertas nias espaolas, y particularmente
las andaluzas, acuden a la gran ciudad de Lisboa, en busca de mejor
suerte. Los seoritos de por all, los _janotas_, que es como si
dijramos los jvenes elegantes, _dandies_ o _gomosos_ de Portugal, se
pirran y despepitan por las tales nias espaolas. De ellas aprenden a
hablar un castellano muy chusco y andaluzado: _flamenco_, como ahora se
dice no s porqu. Ignoro si persisten estas costumbres; pero s dir
que, hace veinte aos, todava el vocablo espaolita era en Lisboa
sinnimo de lo que por aqu pudiramos llamar _hetera, suripanta_ o
_moza de rumbo_. La aficin decidida a las espaolitas era entonces el
ms pronunciado sntoma y el ms elocuente indicio de la posible unin
ibrica.

El Vizconde, al empezar su narracin, sostena sin rodeos ni disimulos
que ocho aos antes del momento en que hablaba, haba conocido a la Sra.
de Figueredo, soltera an y figurando y descollando entre las
espaolitas de Lisboa.

La llamaban Rafaela, y por sus altas prendas y rarsimas cualidades la
apellidaban _la Generosa_.

Rafaela apenas tena entonces veinte abriles. Era gaditana, y hubiera
podido decirse que se haba trado a Lisboa todo el salero, la gracia y
el garabato de Andaluca.

--Yo la vi por vez primera, deca el Vizconde, en aquella plaza de toros.
Al aparecer en un palco, con otras tres amigas, los cinco o seis mil
espectadores que haba en la plaza, clavaron la vista en Rafaela y
rompieron en gritos de admiracin y entusiasmo. Vena ella con vestido
de seda muy ceido, que revelaba todas las airosas curvas de su cuerpo
juvenil, y en la graciosa cabeza, sobre el pelo negro como el azabache,
llevaba claveles rojos y una mantilla blanca de rica blonda catalana.

La funcin haca tiempo que haba empezado. Un diestro caballero en
plaza sobre fogoso caballo, que haca caracolear con pasmosa maestra,
se aprestaba a poner un par de banderillas a un soberbio toro _puro_,
que de esta suerte califican en Portugal los toros que nunca han sido
lidiados.

Pero todo se suspendi y durante uno o dos minutos, nadie prest
atencin ni al diestro de las banderillas ni al toro _puro_ tampoco,
distrada y embelesada la gente por la aparicin de Rafaela la Generosa.
En el brazo izquierdo llevaba ella un enorme paoln de seda roja,
cubierto de lindas flores prolijamente bordadas en el Imperio Celeste;
y, segn es uso en Lisboa, lo extendi como colgadura sobre el antepecho
del palco. En otros muchos haba colgaduras por el estilo, lo cual daba
a la plaza apariencia vistosa y alegre, pero ningn paoln era ms
bonito que el de Rafaela ni haba sido extendido con mayor garbo y
desenfado.

As recordaba el Vizconde este y otros muchos triunfos de Rafaela; pero
no sin razn la llamaban la Generosa.

Su magnanimidad y su desprendimiento eran tales que siempre los ingresos
resultaban para ella muy inferiores a los gastos y el auge de su fortuna
distaba muchsimo de corresponder a sus triunfos.

Los _janotas_ que frecuentaban ms a Rafaela, aseguraban que era toda
ella corazn. De aqu que sus negocios econmicos fuesen de mal en peor
en Lisboa, donde lleg a tener mil desazones y apuros.

En ellos la socorri generosamente cierto caballero principal,
entusiasta del arte y de la belleza, pero no bastante rico para ser muy
dadivoso. Rafaela adems tena estrecha conciencia, y aunque parezca
inverosmil en mujeres de su clase, no exiga ni peda y hasta rehusaba
las ddivas de sus buenos amigos cuando pensaba que eran superiores a
sus medios y recursos.

En esta situacin, el caballero que tanto se interesaba por ella, form
un proyecto algo aventurado, pero que daba esperanzas de buen xito.

En su sentir, la hermosura corporal no era el nico mrito de la
muchacha. Aunque poco o nada cultivado, posea adems gran talento
artstico, que aquel su protector tal vez exageraba deslumbrado por el
cario. Como quiera que fuese, l imaginaba que Rafaela tena una voz
dulce y simptica; que cantaba lindamente canciones andaluzas y que
bailaba el fandango, el vito y el jaleo de Jerez por estilo admirable.
No haba aprendido ni la msica ni la danza, pero la misma carencia de
arte y de estudio prestaba a su baile y a su canto cierta originalidad
espontnea, llena de singular hechizo.

Porqu no haba de ir Rafaela a un pas remoto y presentarse all no
como aventurera sino como artista?

El protector decidi, pues, que Rafaela fuese a Ro de Janeiro a cantar
y a bailar.

Los brasileos son muy aficionados a la msica, y asimismo muy msicos.
Sus _modinhas_ y sus _londums_ merecen la fama de que gozan, por lo
inspirados y graciosos, prestndoles singular carcter el elemento o
fondo que en ellos se nota de la msica de los negros. Grande es mi
ignorancia del arte musical y temo incurrir en error; pero valindome de
una comparacin, he de decir lo que me parece.

Figurmonos que hay en una pipa una solera de vino generoso, muy
exquisito y rancio; que se reparte la solera entre tres vinicultores, y
que cada uno de ellos alia su vino y le da valor con el vino exquisito
que en su parte de la solera le ha tocado. Los tres vinos tendrn
distintas cualidades, pero habr en los tres algo de comn y de
idntico, precisamente en lo de ms valer y en lo ms sustancioso. As
encuentro yo que en las guajiras y en otros cantares y msicas de la
isla de Cuba, en los de los _minstrels_ de los Estados Unidos y en los
cantos y bailes populares del Brasil, hay un fondo idntico que les da
singular carcter, y que proviene de la inspiracin musical de la raza
camtica.

Si Rafaela iba al Brasil y cantaba y bailaba all con originalidad de
muy distinto gnero, ya que el elemento o fondo primitivo de sus
canciones o era indgena de nuestra Pennsula o provena acaso de Arabia
o del Indostn por medio de los gitanos, Rafaela, sin duda, iba a pasmar
agradablemente a los brasileos por la extica extraeza de sus cantos y
de sus bailes.

Aprob la muchacha el plan que su protector le propuso. Este, aunque no
sin fatiga y esfuerzo, le prest dinero para el viaje y logr darle
tambin una muy valiosa carta de recomendacin, dirigida con el mayor
empeo y ahnco y por persona de grande influjo al ms rico capitalista
de Ro de Janeiro, que era el Sr. de Figueredo, a quien ya conocemos.

El Sr. de Figueredo, sin embargo, era entonces un personaje muy distinto
del que ms tarde fue. Sin dejar de enriquecerse, acometiendo, movido
por la codicia, las ms atrevidas empresas, deba principalmente sus
grandes bienes de fortuna a una economa tan severa que rayaba en lo
srdido, y al ejercicio de la usura prestando dinero sobre buenas
hipotecas y a inters muy alto.

Habitaba, se trataba y se vesta casi como un pordiosero, y exhalaba un
milln de suspiros y daba cincuenta vueltas a un _cruzado_ antes de
gastarle. Tales prendas y condiciones no eran las ms apropsito para
que en Ro le quisiesen y le respetasen. El Sr. de Figueredo era ms
bien despreciado y aborrecido, y por lo tanto, el sujeto menos idneo
para patrocinar e introducir ante el pblico a una artista que aspirase
a hacerse aplaudir.

Consternado recibi la carta, porque deba favores a quien se la
escriba, tena obligacin de complacerle y no se consideraba muy apto
para tan difcil empeo.

Rafaela era adems tan mona, tan insinuante y tan dulce, que el Sr. de
Figueredo, a pesar de lo arisco e invulnerable que haba sido toda su
vida, que por entonces contaba ya sesenta y cinco aos de duracin, se
sinti muy propenso a favorecer a la muchacha en cuanto estuviera a su
alcance. As es que hizo muchas gestiones y consigui que el peridico
de mayor circulacin de Ro, _O Jornal do comercio_, anunciase con bombo
y platillos la feliz llegada y prxima aparicin en el teatro de la
famosa artista espaola, y consigui tambin que el empresario la oyese,
la viese y la ajustase para dar un concierto con intermedios sabrosos de
danza andaluza. Pronto lleg la noche de la funcin. El teatro estaba de
bote en bote. El pblico haba acudido, excitado por la curiosidad, mas
no por la benevolencia. Al contrario, el odio y el desprecio que el Sr.
de Figueredo inspiraba, tocaron como por carambola y se estrellaron
contra la pobre Rafaela. La mayora de los oyentes sostuvo que Rafaela
desentonaba y daba feroces gallipavos, y las damas severas y virtuosas y
los honrados padres de familia clamaron contra el escndalo, e hicieron
que su pudor ofendido tocase a somatn. El resultado de todo fue una
espantosa silba, acompaada de variados proyectiles, con los que en
aquel fecundo suelo brinda Pomona. Sobre la pobre Rafaela cay un
diluvio de aguacates, tomates, naranjas, bananas, cambucs y mantecosas
chirimoyas. Rafaela estaba dotada de un estoicismo, no slo a prueba de
fruta, sino a prueba de bomba. Sufri con calma el descalabro y hasta lo
tom a risa, calificando de majaderos a los que suponan que cantaba mal
y de hipcritas a los que censuraban sus evoluciones y meneos
coreogrficos.




-V-


Las burlas y los chistes con que Rafaela se vengaba de la silba,
hacan mucha gracia al seor de Figueredo, quien se consideraba tambin
vejado, lastimado, silbado y rechazado por la sociedad elegante de Ro.
Entenda adems el seor de Figueredo que Rafaela cantaba como un
_saba_ o como un _gaturramo_, que son la calandria y el ruiseor de por
all, y que en punto a danzar echaba la zancadilla a la propia
Terpscore. La silba, por consiguiente, de que Rafaela haba sido
vctima, pareca injusta al viejo usurero y motivada por el odio que a
l le tenan, por donde imaginaba que deba consolar a Rafaela e
indemnizarla del dao que le haba causado.

El oficio de darle consuelo le pareca gratsimo y en su modestia lleg
a creer que l, y no ella, era el verdadero consolado.

Cada da simpatizaba ms con Rafaela. Se pona melanclico cuando estaba
lejos de ella. Y no bien despachaba los asuntos de su casa, se iba a
acompaarla en la fonda donde ella viva.

Con rapidez extraordinaria tom Rafaela sobre el viejo omnmodo
ascendiente y le ejerci con discrecin y provecho. El Sr. de Figueredo
estaba en borrador, y Rafaela se propuso y consigui ponerle en limpio,
realizando en l una transfiguracin de las ms milagrosas.

Ella misma saba por experiencia lo que era y vala transfigurarse. No
recordaba de dnde haba salido ni cmo haba crecido. En Cdiz, en el
Puerto, en Sevilla y en otros lugares andaluces, haba pasado su primera
mocedad, tratndose con majos, contrabandistas, chalanes y otra gente
menuda, sin picar al principio muy alto y sin elevarse sino muy rara vez
hasta los seoritos. As es, que en dicha primera mocedad, haba sido
algo descuidadilla. En Lisboa fue donde se aristocratiz, se encumbr, y
con el trato de los _janotas_, acab por asearse, pulirse, adobarse y
llegar en el esmero con que cuidaba su persona hasta el refinamiento ms
exquisito.

El desalio y la suciedad de los sujetos que andaban cerca de ella, como
ella era tan pulcra, le causaban repugnancia. Puso pues, en prensa su
claro y apremiante entendimiento para insinuar el concepto y el apetito
de la limpieza en la mente obscura y en la aletargada voluntad del Sr.
de Figueredo. Con mil perfrasis sutiles y con diez mil ingeniosos
rodeos le hizo conocer, sin decrselo, que era lo que vulgarmente
llamamos un cochino, y logr hacer en l, con la magia de su persuasiva
elocuencia, lo contrario de lo que hizo Circe en los compaeros de
Ulises, a quienes dio la forma del mencionado paquidermo. Tanto habl de
lo conveniente para la salud que eran los baos diarios, y el frotarse,
fregarse y escamondarse con jabn y con un guante spero, que infundi
al Sr. de Figueredo la gana de hacer todas aquellas operaciones. Y las
hizo, y ya pareca otro y tan remozado como si l no fuese l sino su
hijo. Luego fue Rafaela a la _rua do Ouvidor_, donde estn las mejores
tiendas, y en la perfumera de moda, compr cepillos de dientes y pelo,
polvos y locin vegetal para limpirselos, y aguas olorosas, cosmticos,
peines y otros utensilios de tocador. Este fue el primer regalo que hizo
Rafaela a D. Joaqun, que tal era el nombre de pila del Sr. de
Figueredo. Y bueno ser advertir en este lugar, porque yo soy muy
escrupuloso y no quiero apartarme un pice de la verdad, que pongo el
Don antes del Joaqun por acomodarme al uso y lenguaje de Espaa, porque
en Portugal, y ms an en el Brasil, son rarsimos los Dones y slo le
llevan los hombres de pocas familias. Cuando yo estuve en el Brasil, si
no recuerdo mal, slo habra media docena de Dones en todo el Imperio.
Las seoras en cambio tienen todas, no slo Don sino excelencia, y hasta
la ms humilde es la Excma. Sra. doa Fulana: prueba inequvoca de la
extremada galantera de los portugueses.

A pesar de lo dicho, se justifica el que yo llame _Don_ al Sr. de
Figueredo, porque, como al fin se cas con Rafaela que era espaola, y
esta dio en llamarle mi D. Joaqun, todos los amigos y conocidos, y
lleg a tener enjambres de ellos, aunque le suprimieron el _mi_, le
dejaron el _Don_, y l acab por ser universalmente _donificado_. Pero
no adelantemos los sucesos.




-VI-


Mucho se ha discutido, se discute y se discutir, sobre si la amena
literatura y otras artes del deleite, estticas o bellas, deben o no ser
docentes. Afirman muchos que basta con que sean decentes, sin procurar
fuera de ellas fin alguno, y sin ensear nada: pero es lo cierto, que la
creacin de la belleza, y su contemplacin, una vez creada, elevan el
alma de los hombres y los mejora, por donde casi siempre las bellas
artes ensean sin querer, y tienen eficacia para convertir en buenas y
hasta en excelentes las almas que por su rudeza y por los fines vulgares
a que antes se haban consagrado eran menos que medianas, ya que no
malas. Algo de este influjo benfico ejercieron en el espritu de don
Joaqun las bellas artes de Rafaela. No me atrever yo a calificarlas de
decentes por completo, pero no puede negarse que fueron docentes. Ella
las ejerci con certero instinto, superior a toda reflexin y a todo
clculo. Procedi con lentitud prudentsima para que la transfiguracin
no chocase, ni sorprendiese en extremo, ni al pblico que haba de
verla, ni al transfigurado que en su propio ser haba de realizarla.

Escamondado ya interiormente D. Joaqun, Rafaela le oblig a que se
afeitase casi de diario y a que se cortase bien las canas, que limpias,
lustrosas y alisadas tomaron apariencia de venerables.

A fin de que todas estas reformas fuesen persistentes y no efmeras,
busc Rafaela para su amigo, en vez del negro ignorante que antes le
serva, un excelente ayuda de cmara, gallego desbastado, gil y listo.

Despus, y siempre poquito a poco, fue modificando el traje de D.
Joaqun, empezando por los pantalones, que, como se los pisaba por
detrs, los tena con flecos o pingajos, que solan rebozarse en el lodo
de las calles. Despus declar Rafaela guerra a muerte a toda mancha o
lamparn que sus ojos de lince descubran en el traje de D. Joaqun,
resultando de esta guerra la desaparicin completa del antiguo
vestuario, que apenas pudo servir ya para los negros desvalidos, y la
adquisicin de otro nuevo, hecho en Ro con menos que mediana elegancia.
Pero Rafaela era insaciable en su anhelo de perfeccin; y, deseosa de
que D. Joaqun estuviese, no slo aseado, sino _chic_, y como ella le
deca, hablando en portugus, _muito tafulo_ o _casquilho_, hizo que le
tomasen las medidas y escribi a Pars y Londres encargndole ropa, que
no tardaron en enviarle. Como por los pantalones era por donde ms haba
claudicado, mand Rafaela que se los hiciese en adelante un famoso
sastre especialista, _culottier_, que por entonces haba en Pars, _rue
de la Paix_, llamado Spiegelhalter. De los fracs y de las levitas se
encargaron en competencia Cheuvreuil, en Pars, y Poole, en Londres. Las
camisas, bien cortadas, sin bordados ni primores de mal gusto, pero
tambin sin buches, vinieron de las mejores casas parisienses que a la
sazn haba, correspondientes a las de Charvet y Tremlett de ahora. Y
por ltimo, como Rafaela aspiraba a que todo estuviese en consonancia,
hizo venir de Pars el calzado de D. Joaqun, encomendando al Hellstern
o al Costa, que floreca en aquel momento histrico, que reforzase con
clavitos los tacones y que pusiese los contrafuertes debidos, para que
D. Joaqun perdiese la perversa maa de torcer y deformar, como sola,
botines y zapatos.

En resolucin, y para no cansar ms a mis lectores, dir que antes de
cumplirse el ao de conocerse y tratarse D. Joaqun y la bella Rafaela,
l, con asombro general de sus compatriotas, pareca un hombre nuevo:
era como la oruga, asquerosa y fea durante el perodo de nutricin y
crecimiento, que por milagroso misterio de Amor, y para que se cumplan
sus altos fines, transforma la mencionada deidad en brillante y pintada
mariposa.




-VII-


Como an me queda no s qu escozor y desasosiego de no haber dado,
a pesar de todo lo dicho, concepto cabal de la transfiguracin visible y
palpable que en D. Joaqun se haba verificado, quiero hablar aqu de un
solo perfil o toque, a fin de que por l se infiera, rastree y calcule
el cambio radical de aquel hombre. Era algo miope y tena adems la
vista un poco fatigada. Para remediar esta falta, usaba antiparras, que
en el Brasil y en Portugal llaman _cangalhas_. Siempre las tena
prendidas en las orejas, y cuando no necesitaba de ellas para ver, se
las apartaba de los ojos y se las levantaba apoyadas sobre la frente, lo
cual no era nada bonito. As es que Rafaela hizo que suprimiese las
_cangalhas_ y que, en lugar de ellas, gastase monculo. Todo, pues,
contribua a que tuviese el aspecto _fashionable_, atildado y digno de
un antiguo diplomtico jubilado.

A su rara discrecin y al entraable afecto que haba inspirado debi
Rafaela los mencionados triunfos; pero los debi tambin a sus lisonjas,
llenas de sinceridad y fundadas en fe _altruista_. Esto requiere
explicacin, y voy a darla.

Seriamente no es lcito afirmar que Rafaela se enamorase de D. Joaqun;
pero s puede, y debe afirmarse, que le cobr grande amistad y le estim
en mucho, considerndole casi un genio para todo aquello que a la
crematstica se refiere. Y como se lo deca, dndole encarecidas
alabanzas, le adulaba, le enamoraba y le animaba a la vez, todo sin el
menor artificio. As el imperio que sobre l haba adquirido se hizo ms
firme y ms completo.

No se vaya a creer que presentamos aqu a Rafaela como un pozo de
sabidura. Su educacin haba sido descuidadsima, o mejor dicho,
Rafaela no haba recibido ninguna educacin; pero naturalmente era muy
lista. En sus ratos de ocio, haba aprendido a leer y a escribir, aunque
escriba sin reglas y apenas lea de corrido. Slo haba ledo algunas
novelas y los peridicos. Como tena buen odo, excelente memoria y
notable facundia, hablaba, sin embargo, la lengua castellana con primor
y gracia, si bien con acento andaluz muy marcado. Y en Lisboa adems,
con el trato constante de la gente fina, se haba soltado a hablar en
portugus y hasta a chapurrear el francs un poquito. Pero lo que mejor
adquiri, no en escuelas ni en academias, ni menos con lecturas asiduas,
sino en la conversacin y trato de personas de mrito, fue un temprano y
pasmoso conocimiento de los hombres, de la vida social y de los asuntos
que se llaman vulgarmente positivos. Para todo esto Rafaela tena
disposicin maravillosa. Era una mujer de prendas naturales nada
comunes.

Comprendido as el carcter y el entendimiento de Rafaela, no parecer
inverosmil lo que tenemos que contar ahora y podremos contarlo en
resumen rpido, sin entrar en pormenores.

Luego que consigui informarse con exactitud de lo que importaba todo el
caudal de don Joaqun, concibi un plan econmico muy hbil, e hizo que
l le adoptase, cambiando enteramente su manera de vivir, como haba
cambiado la apariencia de su persona. Rafaela dividi en dos partes los
cuantiosos bienes de D. Joaqun. A la parte ms pequea, aunque
suficiente para el fin a que ella la destinaba, llam capital triunfante
y beatfico. Y a la otra parte, muchsimo mayor, llam capital
militante.

El capital triunfante y beatfico estaba compuesto de predios rsticos y
urbanos y de valores pblicos muy seguros; todo ello, hasta donde cabe
en la inestabilidad de los casos, al abrigo de los vaivenes, golpes y
reveses de la fortuna.

De la renta de dicho capital, que no haba de ser ni alterado ni
mermado, vivira D. Joaqun con grande esplendor y lujo, y cuanto
sobrase, sin hacer ahorros mezquinos, se dedicara a obras de caridad y
a socorrer y a aupar a los parientes pobres y menesterosos, de quienes
en manera alguna debe avergonzarse quien los tenga, si bien ha de
procurar ponerlos en situacin de poder alternar con ellos sin el
disgusto que causa el alternar con gente zafia, hambrienta y mal
vestida.

Hecho esto, y asegurada ya una vida holgada, cmoda y generosa, D.
Joaqun quedaba con un gran capital militante para no tenerle ocioso ni
estarlo l, sino para emplearle y emplearse en empresas, no mezquinas y
ruines, sino grandiosas, y tanto para l como para la nacin a que l
perteneca, y aun para la sociedad entera bienhechoras o productivas.
Hasta entonces D. Joaqun, segn Rafaela le hizo notar y comprender, no
haba creado riqueza alguna: no haba hecho ms que dislocar la de los
otros, absorbindola y acumulndola por medios ingeniosos, ms o menos
de acuerdo con la moral, pero que no infringan el menor precepto de los
cdigos.

En esto se empe y consigui Rafaela que D. Joaqun cambiase de mtodo
y conducta. En adelante no haba l de ganar un solo _rei_ que
presupusiese que otro le haba perdido, sino que haba de ser un _rei_
nuevo, si aadido a su caudal, aadido tambin a todo el acervo de la
riqueza de su nacin y hasta del gnero humano.

En ninguna regin del mundo mejor que en el Brasil poda entonces
conseguirse esta creacin de la riqueza, aplicndose a tareas agrcolas,
industriales, mercantiles y constructoras. El territorio dilatado y
fertilsimo, la coexistencia en l de todos los climas y de las
producciones ms varias, la apenas explotada virtud productiva del suelo
y del subsuelo, la carencia de vas de comunicacin que convena abrir,
los ros caudalosos de curso dilatadsimo que se podan navegar, y las
risueas y pomposas florestas vrgenes, bellsimas, pero intiles al
hombre, que convidaban a que su codicia y su trabajo las trocase en
plantos y sembrados ubrrimos, todo esto ms que indicio era prueba
evidente de que, si D. Joaqun consagraba su ingenio, su actividad y el
capital ya acumulado a producir objetos provechosos a la generalidad de
los seres de su especie, podra hacerse mucho ms rico de lo que ya era,
mereciendo, en vez de ser aborrecido, que sus conciudadanos le mirasen
como a un bienhechor con gratitud y con respeto.

No bien Rafaela traz este plan, el obediente y sumiso Sr. de Figueredo
le acept y empez a realizarle.

En la parte primera del plan haba un punto que Rafaela no quiso tocar,
ni menos sealar, no por hbil, sino por modesta y desprendida. Este
punto le adivin, le toc y le seal el propio D. Joaqun, impulsado
por el afecto y por la admiracin que Rafaela le infunda. Sin duda para
animar y alegrar su magnfico hotel, necesitaba D. Joaqun de mujer
propia y elegante que en l viviera. Y quin haba de hacer este papel
y ejercer este cargo mejor que Rafaela? Es cierto que ella, aunque nos
sea muy simptica y nos duela decirlo, era lo que ruda, cruel y
groseramente se llama una perdida. Pero D. Joaqun nada tena que perder
tampoco en lo que toca a buen nombre y fama. No eran en esto dos
nulidades o ceros cuya suma es siempre cero, sino dos cantidades
negativas que se convierten en positivas al multiplicarse.

Rafaela no emple ni ardid, ni astucia, ni embustes, ni retrechera, ni
ningn otro artificio de los que suelen emplear las mujeres para
proveerse de un marido y sobre todo de un marido rico. l fue quien
solicit y quien rog para el casamiento. Ella consinti al cabo, porque
le deseaba y le convena, pero en todo puso y luci su lealtad, su
franqueza y su desprendimiento. Y no fueron menos dignos de aplauso la
moderacin y el talento con que ella supo, ya que no evitar, amortiguar
el escndalo y el ruido. Para que no hubiese la cencerrada moral de las
hablillas, tomaron ambos, sin asesorarse con persona alguna, la
resolucin de casarse, y se casaron luego, al ao de conocerse, sin
boato ni fiestas y como si dijramos a cencerros tapados.

Rafaela fue desde la fonda a instalarse en la casa de su marido: en el
hotel que ella le haba hecho comprar y amueblar con el mejor gusto.
Ella eligi para la servidumbre los criados blancos que ms convenan, y
los esclavos negros ms hbiles y de mejor facha. El jefe de la cocina
era gallego, como el ayuda de cmara del seor, pero tan diestro e
inspirado artista como en las edades pretritas pudo serlo Ruperto de
Nola y como puede serlo en el da el ms aventajado y brillante
discpulo de Gouff o del glorioso Antonio Mara Carme, ms que
_oficial_, prncipe _de boca_.

El cocinero de los Sres. de Figueredo era cosmopolita en su arte,
poseyendo el de la clsica cocina francesa y lo ms selecto de la
antigua y hoy degenerada cocina espaola. Se pintaba solo adems para
confeccionar guisos y _acepipes_ a la brasilea, y para preparar ciertas
legumbres del pas, como _palmito_ y _quinbomb_, haciendo deliciosos
_quitutes_, segn en Ro de Janeiro se llaman.

Con tales aprestos, D. Joaqun, mejorado de facha, empez a ganar
amigos; y Rafaela, bien vestida, mejor hablada, decorosa e insinuante,
fue haciendo olvidar su vida pasada, se introdujo poco a poco entre la
flor y la crema de la sociedad, abri sus salones y convid a su mesa a
lo ms encopetado y aristocrtico de todo el Imperio: a los poetas, a
los Ministros, a los oradores, a los diplomticos y a los militares.




-VIII-


Todas las anteriores noticias sobre la Sra. de Figueredo y algunas
otras que se omiten en obsequio de la brevedad, se las dio al inglesito
mi amigo el Vizconde de Goivo-Formoso, cuyo conocimiento y amistad con
Rafaela tenan ya fecha muy larga. La haba conocido y tratado desde su
primera humilde aparicin en la gran ciudad de Lisboa, cuando ella no
desdeaba an, sino que estimaba como el ms delicado obsequio y regalo,
que algn amigo generoso la llevase al _Retiro de Camoens_, taberna,
_casa de pasto_ o fign muy frecuentado y celebrado, a comer los
excelentes _petiscos_ que all se hacan y a beber los deliciosos vinos
de Colares y de Bucelas que all se escanciaban.

Enteramente cambiadas las cosas en el momento de que vamos hablando,
Rafaela tena toda la traza de una dama de muy alto copete, y, sin
aparecer orgullosa y soberbia, mostraba cierta dulce majestad y
aristocrtico decoro.

No frecuentaban mucho su casa ni su tertulia las seoronas del pas;
pero esto le importaba poco y nada haca para conseguirlo. De lo que
ella gustaba, era de reunir en torno suyo lo ms selecto de los
caballeros, y lo haba conseguido. Sus salones parecan un club, que
tena a una mujer por presidenta, o regio alczar donde figuraba ella
como reina en da de besamanos. Las seoras, por lo general de medio
pelo, que se allanaban a ir a la tertulia, no parecan sus iguales, sino
las acompaantas y servidumbre de una princesa o las figurantas y
coristas que rodean en el escenario a la encumbrada y aplaudida _prima
donna_. Manifest Juan Maury no pequea curiosidad y deseo de enterarse
de cuanto se trasluca y deca acerca de cierto punto un tanto
escabroso. Cul haba sido y cul era la conducta de la seora de
Figueredo desde que se cas hasta aquellos das? El Vizconde de
Goivo-Formoso quiso indudablemente satisfacer con franqueza la
curiosidad del joven ingls; pero, como hay cosas que no se ven a las
claras y que suelen quedar en la penumbra o envueltas en ms o menos
densa nube de misterio, el Vizconde no atin a poner en claro la
certidumbre de los hechos, y se limit a presentar hiptesis, no
fundadas en pruebas fehacientes, sino en sospechas y en indicios vagos.

Como quiera que ello sea, yo voy a dejar hablar al Vizconde. Oigamos lo
que sobre este particular deca:

--Rafaela es, a mi ver, una mezcla de extraas cualidades. Las
espontneas, las que debe a la naturaleza inculta, sin modificacin ni
mejora, tienen cierta bondad radical. Sobre las que debe al arte hay que
decir no poco, empezando por hacer una distincin.

Por naturaleza Rafaela es leal, sincera y agradecida. Ni quiere mentir
ni pagar los beneficios con ofensas. El afecto y la gratitud que muestra
al Sr. de Figueredo, no pueden ser ms verdaderos. Estn adems
sancionados y como santificados por las creencias religiosas. Rafaela es
catlica ferviente. El anciano padre cura que la cas, el Padre Garca,
espaol como ella, no slo es su confesor, sino su consultor para los
asuntos ms arduos, en los seis aos que lleva ya de matrimonio. Y a lo
que parece, no slo discurre Rafaela con este padre sobre los casos de
moral y de conducta que en la vida prctica se presentan, sino que
tambin se eleva a disquisiciones metafsicas sobre lo divino y lo
eterno, pensando y hablando del cielo, de Dios, y del origen y fin de
las cosas creadas con notable acierto, elevacin y ortodoxia. El Padre,
que es un excelente varn, y adems instruido y discreto, la celebra
mucho. Y hay que dar crdito a sus alabanzas, porque el hombre es
desinteresado.

Si todo el ser de Rafaela consistiese en lo dicho, Penlope, Lucrecia y
cuantos modelos de perfectas casadas hubo despus en el mundo hasta el
da de hoy, quedaran eclipsados y por su virtud conyugal
resplandeceran menos que Rafaela. Pero la mayor parte de los seres
humanos, y Rafaela entra en esta cuenta, no son slo de un modo sino de
varios: se dira que no tienen un alma sola, sino dos almas con opuestas
propensiones y hasta con principios, conceptos y doctrinas filosficas,
tal vez no aprendidas, sino nacidas en el alma, como en la tierra nacen
los hongos, los cuales conceptos, propensiones y doctrinas, acaso malas,
se insurreccionan contra las buenas y suelen dominarlos.

Como yo soy ferviente admirador de Rafaela, no se ha de extraar que vea
y note cierta bondad ingnita hasta en aquella parte de su alma que la
induce e impulsa hacia lo malo. Si ella peca, segn se murmura, a pesar
del honesto recato con que lo encubre, su pecado, en mi sentir, nace de
ciertas virtudes originales, que no s cmo demonios se tuercen y se
ladean. Su generosidad y su piadosa misericordia son tan grandes que a
veces no sabe decir que no a quien ella cree verdaderamente necesitado y
a quien le pide con ahnco. Al mismo tiempo su comprensin de la
hermosura es clara y sublime, y se combina con la caridad, y est en su
mente unida en apretado lazo con la idea de un fin y de un propsito.
Ella, a no dudarlo, debe ver y reconocer su gallardo cuerpo, y sobre
todo ahora que se halla en la plenitud de su florecimiento, en el punto
culminante de su esplendidez y de su gala, como el sol en el meridiano.
Y de seguro que dice para s, en misteriosos soliloquios: Para qu
sirve, para qu vale todo esto, si no lo comunico y si lo escondo?
Cuando de m depende la bienaventuranza de alguien, cmo negarme a que
sea bienaventurado? Del chico mal que causo a mi D. Joaqun, sin que l
lo sienta ni lo vea, no resulta un bien grandsimo para otros sujetos?
Qu cosa sustancial, qu tesoro, qu joya quito yo a mi D. Joaqun para
que un extrao la disfrute? Por qu no regalar a quien lo merece y
puede con lo que mi D. Joaqun ya no sabe ni puede regalarse?

Tales son los execrables raciocinios que han de acudir en ocasiones a la
mente de Rafaela, y que, corroborados por la compasin y la ternura,
pueden haber dado al traste con todos sus propsitos de honestidad, en
tal cual deplorable momento.

Yo estoy segursimo de que Rafaela se ha arrepentido despus, ha llorado
como una Magdalena, ha confesado su culpa, ha hecho penitencia y
propsito de la enmienda; pero recelo que ha reincidido ms tarde con
lastimosa flaqueza.

Ya que no para disculparla, para atenuar su falta y su responsabilidad
moral deben valer el descuido de su vida pasada; el nunca conocido por
ella vergonzoso temor de las nias que se cran vigiladas por madres
virtuosas; los ejemplos, siempre desaforados, que ha visto en torno
suyo, en vez de verlos buenos, y hasta la carencia del orgullo seoril,
que no poda perder, porque nunca le haba tenido, y que slo poda
contrahacer para la generalidad de los hombres que le eran indiferentes,
mas no para aquellos cuyo talento, gallarda o elegancia le
entusiasmaban. Para estos no acertaba a ser arisca, y el escudo que
pona contra ellos delante de su corazn se derreta como la escarcha
cuando se levanta el sol en el Oriente en las maanas del mes de Mayo.

As disertaba el Vizconde con profundidad filosfica, elevndose a las
causas sin determinar los efectos. Dejaba entrever, examinando las
causas, cul haba podido ser la conducta de Rafaela, pero no declaraba
cul en realidad haba sido. Esto me hace pensar que el mtodo con que
hasta ahora voy escribiendo esta narracin, ms que de novela, es propio
de historia. Y como la historia, por falta de testigos, documentos
justificativos y otras pruebas, quedara en no pocas interioridades
incompleta y obscura, voy en adelante a prescindir del mtodo histrico
y a seguir el mtodo novelesco, penetrando, con el auxilio del numen que
inspira a los novelistas, si logro que tambin me inspire, as en el
alma de los personajes como en los ms apartados sitios donde ellos
viven, sin atenerme slo a lo que el Vizconde o yo podramos averiguar
vulgar y humanamente.

En lo sucesivo, adems, yo me retiro de la escena, donde, como actor,
nada tengo que hacer. De esta suerte podr contar con menos dificultades
y tropiezos lo que hagan los otros. En cuanto a mi amigo el Vizconde, yo
no le retiro, sino que le dejo en la escena, porque es uno de los
principales actores.




-IX-


Todava, antes de proseguir contando la vida y milagros de Rafaela,
me incumbe hacer una aclaracin. Voy a penetrar, no ya como mero
historiador, sino como novelista, as en los ms apartados rincones de
la casa de Rafaela, como en el centro ms recndito de su alma; pero por
ningn estilo quiero fingir nada, y slo penetrar en las profundidades
donde el novelista penetra, cuando lo que yo muestre en dichas
profundidades sea tan lgica consecuencia de la verdad histricamente
demostrada que no pueda menos de ser tambin la verdad. Y sobre aquello
de que yo no est seguro, sino dudoso, no imaginar ni bordar nada,
dejndolo en cierta penumbra y como entre nubes.

Es innegable que Rafaela pagaba a D. Joaqun la posicin que le haba
dado. Por ella andaba l aseado, elegantemente vestido y empleado en
negocios importantes que le daban honra y provecho. Ella le cuidaba, le
mimaba, mostraba quererle, y, sin duda, le quera. Lograba que fuera de
su casa olvidara o prescindiera el vulgo de los antecedentes de D.
Joaqun, no le quisiera mal y casi le respetara. Y lo que es en casa,
con sus mimos y con su dulzura, Rafaela le haca dichoso, arrebolando y
dorando con luz alegre los das de su vejez y colmndolos de
satisfaccin y de ventura.

De las coqueteras de Rafaela no haba nadie que no tuviese certidumbre;
pero, si estas coqueteras no pasaban de cierto lmite, ms que ofender
a D. Joaqun lisonjeaban su amor propio. Lo que es l, estaba convencido
o se empeaba en estar convencido de la fidelidad de Rafaela.

Los maldicientes y murmuradores tenan sus hablillas, pero con
certidumbre nada malo se dijo durante los tres primeros aos del
matrimonio de los Sres. de Figueredo. Slo se propalaban vagas
acusaciones.

Don Joaqun, entre las diversas empresas que haba acometido, contaba
tambin la de agricultor en grande. No lejos de Petrpolis haba
comprado extenssimos terrenos y haba formado en ellos una magnfica
_fazenda_ de diversos plantos y sembrados, donde empleaba para la
direccin y los ms delicados trabajos a bastantes colonos alemanes y
para las faenas ms rudas multitud de esclavos negros. En el sitio ms
pintoresco de la propiedad, al borde de un riachuelo de agua cristalina
y cercada de ameno jardn, se pareca la _chcara_ o casa de campo, con
vivienda muy cmoda para seores. All iba D. Joaqun a menudo, ya para
inspeccionar la finca, ya para solazarse con algunos viejos amigos en el
ejercicio de la caza, a lo que convidaba no corta porcin de la tierra
que posea, inculta an y formando risuea e intrincada floresta, en
cuyo seno abundaban los pjaros y no pocos otros animales silvestres,
como grandes lagartos y _tates_ o armadillos.

Aquel bosque, aun sin el aliciente de la caza, era delicioso, tanto por
los gigantescos rboles que le daban sombra y frescura, como por las
olorosas y variadas flores que cubran el suelo, por las orqudeas que
crecan parsitas en los aosos troncos, y por las plantas enredaderas
que, formando guirnaldas y festones, entrelazaban los rboles, haciendo
a veces impenetrable la espesura, si un negro no caminaba delante con
una hoz abriendo camino.

Rafaela era poco campestre. Rara vez iba a la _chcara_. Y como D.
Joaqun iba a menudo y pasaba en ella tres o cuatro das seguidos y en
ocasiones hasta una semana, el vulgo malicioso murmuraba que, durante
estas ausencias, Rafaela usaba y hasta abusaba de la libertad en que la
dejaba su marido.

Como quiera que ello fuese, al menos durante los tres primeros aos,
segn ya queda dicho siempre fue de maravillar o la virtud de Rafaela o
su prudencia sigilosa. A pesar de la jactancia de muchos hombres que
gustan de hacer creer que son favorecidos, ninguna acusacin terminante
hubo contra Rafaela. D. Joaqun, atendidas sus circunstancias y las de
su seora, poda pasar, por inverosmil milagro, como marido venturoso y
respetadsimo.

La primera sospecha que vino poco a poco a tomar cuerpo, adquiriendo
visos y trazas de certidumbre, fue de inusitada y singular importancia.
Se supuso que un egregio personaje, sin par en todo el imperio por su
elevacin, en noches en que Rafaela no reciba a sus tertulianos por
tener jaqueca, penetraba en la casa de ella y permaneca all no pocas
horas.

Hasta lleg a contarse una muy curiosa particularidad, que prueba cmo
el vulgo lo atisba, lo huele y lo descubre todo.

En las noches en que el personaje egregio penetraba o se supona que
penetraba con misterioso recato en casa de Rafaela, se cuenta que poco
antes vena un sujeto de honrosa servidumbre trayendo en su coche dos
tatarretes.

Qu pensar el curioso lector que dichos tatarretes contenan? La gente
lo declaraba como si lo hubiese visto y probado. En el uno haba leche,
y manteca de vacas en el otro. Es rareza inexplicable que en toda
nuestra pennsula ibrica, y probablemente en sus colonias hasta tiempos
novsimos, apenas haya habido nunca vacas de leche ni con la leche de
vacas se haya hecho manteca. Tal vez, har cuatro o cinco siglos, la
manteca de vacas se haca en Espaa y se llamaba _butiro_. Si la palabra
cay en desuso fue porque antes dej de usarse la sustancia que con la
palabra se significa. Apenas se comprende, pero es lo cierto, que cosa
tan primitiva no se haya hecho nunca o haya dejado de hacerse en Espaa
durante cuatro o cinco siglos. Lejos de ser el _butiro_ una novedad,
trada por el progreso humano, parece que ya las hijas de los primitivos
arios, en las faldas del Parapamiso, ordeaban las vacas y de su leche
sacaban exquisita y fresca manteca, tomando ellas nombre de este mismo
oficio o arte en que se empleaban, pues afirman los sabios etimlogos
que la palabra hija, en el lenguaje de los vedas, equivale a la que
ordea las vacas y hace la manteca.

Pero pongamos a un lado estas sabias disquisiciones y contentmonos con
declarar que, all por el tiempo en que ocurra lo que voy contando, era
punto menos que imposible proveerse en el Brasil de leche de vacas y
_butiro_ fresco para tomar el t, por donde, cuando un egregio personaje
quera tomarle en compaa de alguna dama muy querida, enviaba l de
antemano a la casa de ella la leche de vacas y la manteca.

Supuesto lo que antecede, murmuraban unos y celebraban otros que,
avergonzada Rafaela de no tener en su casa ni leche de vacas ni _butiro_
fresco, haba inducido a D. Joaqun a fundar una buena casa de vacas en
la _chcara_ de Petrpolis, donde haba ricos y abundantes pastos: un
_capim_ exquisito. D. Joaqun hizo venir, de Inglaterra, de Holanda y de
Suiza, vacas de leche de las mejores castas, y pronto tuvo _butiro_
fresco en abundancia y crema deliciosa.




-X-


Harto notarn los que lean con atencin este relato, que el ms
marcado rasgo del carcter de Rafaela era su propensin invencible a ser
didctica. Y no puede negarse que para educar y perfeccionar a cuantos
seres la rodeaban posea aptitud pasmosa. Ya hemos visto los milagros
que obr en su D. Joaqun.

En su confidenta, que las malas lenguas suponan su Enone, hizo tambin
maravillas. Era una francesa que antes de entrar en su casa se haba
sustentado dando lecciones del propio idioma y del ingls, que saba
casi con igual perfeccin. Rafaela, que la haba tomado primero por
maestra, acab por tomarla por acompaanta. La sentaba a su mesa, la
llevaba consigo a misa, a tiendas y a paseo, ya a pie, ya en coche, y en
sus tertulias le encomendaba que sirviese el t y que diese conversacin
a los tertulianos ms fastidiosos y ordinarios.

_Madame_ Duval, que as se llamaba la confidenta, por afirmar ella misma
que era viuda de un Comandante francs de caballera, muerto
heroicamente en Argelia matando moros, tena cualidades excelentes, pero
era remilgadsima y empalagosamente afectada, y empleaba al hablar tres
o cuatro muletillas y frases sentimentales, que apenas se podan sufrir
y pervertan y maleaban todas las virtudes y excelencias de la buena
seora. Rafaela acert a curarla de estos resabios, por tal arte, que, a
los pocos meses de tener a _Madame_ Duval a su servicio, se haba esta
convertido en persona natural y sencilla, de trato franco y agradable,
el cual ya como antes no se quebraba de puro fino.

Tena Rafaela la habilidad de insinuarse en los espritus, de dominar
las voluntades y de hacer eficaces sus amonestaciones educadoras sin
ofender el amor propio de los educandos. De aqu que los criados de su
casa, blancos y negros, la respetasen y la amasen, resultando todos ms
instruidos y hbiles a poco de entrar a servirla. El cocinero guisaba
mejor. El cochero mulato era un verdadero automedonte, y sentado en el
pescante del land tena la mejor facha: hubiera podido pasar por el
cochero del Prncipe de Gales, untada la cara con tizne. El jardinero
negro haba llegado a saber casi tanta botnica como Spix y Martius,
doctsimos investigadores de la Flora braslica. Entre los mozos de
caballeriza descollaba, cual hbil palafrenero, el nclito y triunfador
Trajano, negro _mina_ que tena singularmente a su cuidado los dos
hermosos caballos ingleses en que sola pasear la seora. El
maestresala, que era asturiano, se haba pulido tanto en su oficio, que
hubiera podido escribir, en consonancia con los adelantos de la poca
presente, una _Arte cisoria_ ms bonita que la de D. Enrique de Villena.
Y por ltimo, los otros criados de comedor, aunque eran negros, servan
con primor en los banquetes, y todos se haban acostumbrado a llevar
zapatos de continuo, y a no ir descalzos de pie y pierna, segn la comn
usanza de entonces.

El benfico prurito de educar y de corregir que haba en el alma de
Rafaela, lleg a tener influjo hasta en su confesor y director
espiritual el Padre Garca.

Era este un venerable siervo de Dios, diserto y suave en sus coloquios,
notable telogo dogmtico y severo moralista, cuyos consejos y
advertencias valieron mucho a Rafaela, aunque a menudo, y muy a pesar
suyo, no los segua: culpa acaso del irresistible mpetu de su
apasionado carcter.

Slo deslustraba el indiscutible mrito del Padre Garca una inveterada
y perversa maa, que desde la infancia haba en l, y que le haba
valido entre sus condiscpulos del seminario el farmacutico apodo de
_Pildorillas_. Era prodigiosa la inagotable fecundidad del filn de
donde el Padre Garca las sacaba y las fabricaba. Sus narices eran
venero inexhausto. Eran como los encantados cubiletes del
prestidigitador ms aplaudido. En cuanto cabe en lo humano, daban una
idea aproximada del milagro de pan y peces. Pues bien: apenas parece
creble! Rafaela, con gracioso talento, con amistosa delicadeza, sin dar
a conocer que notaba en el Padre aquel vicio y censurndole slo en los
otros, logr curarle de l radicalmente, y esto, hasta tal extremo de
perfecta curacin, que, segn los informes que he podido adquirir, el
Padre Garca en los muchos aos, que para bien y provecho de las almas,
ha vivido despus, no ha fabricado una sola pldora siquiera.




-XI-


Mientras mejor dotado de brillantes cualidades entenda Rafaela que
estaba un sujeto, y mientras mayores simpatas le inspiraba, mayor y ms
vehemente era en ella el deseo de corregir sus faltas, haciendo de l un
dechado de perfeccin, hasta donde la perfeccin es dable a nuestra
decada humana naturaleza. Por esto me atrevo a asegurar que con nadie
anhel ms fervorosamente ejercer su eficaz magisterio que con el
ilustre Pedro Lobo, Ayudante de campo de Juan Manuel Rosas, dictador de
la Repblica Argentina.

En 1850, Pedro Lobo haba venido a Ro con el carcter oficial de
Agregado militar a la Legacin de su patria, si bien se susurraba que
tena instrucciones secretas del dictador, cuyo favorito era.

La fama haba precedido en Ro a Pedro Lobo, refiriendo sus
extraordinarias hazaas contra los indios del extremo Sur de la Pampa,
ms all de Carmen de Patagones, y contra los unitarios refugiados en
Montevideo, dando cuenta, con mil novelescos pormenores, de sus
correras por las ms apartadas regiones de la misma Pampa, de los
Andes, y de la Patagonia, y ensalzando sus raras prendas de carcter, su
bro indmito y su agilidad y destreza en todos los ejercicios del
cuerpo. Nadie desbravaba mejor que l el ms fogoso potro no domado;
nadie disparaba mejor las bolas ni detena con el lazo, ya a los toros
bravos, ya a los ligeros avestruces o andes, ni nadie manejaba mejor
el pual y el machete, ni tena tino ms certero con la carabina.

Mil lances extraos y no pocos actos de inaudito arrojo haban dado a
Pedro Lobo fama de hbil y astuto capitn y de valeroso soldado,
sirviendo, durante seis aos, en la Repblica Oriental del Uruguay, en
favor de Rosas y a las rdenes de Oribe. Pedro Lobo se jactaba, y no sin
fundamento, de haberse hallado en cien combates, y de haber sido el ms
rudo adversario de la valerosa legin italiana mandada por Garibaldi.

Sabedor Juan Manuel Rosas de los grandes servicios y del raro mrito de
Pedro Lobo, le llam a su lado y le prest toda su confianza.

Era Pedro Lobo fantico de americanismo. Nunca fue Rosas tan lejos como
l en su amor y en su entusiasmo por Amrica y en su aborrecimiento de
los europeos.

All a su manera, no sabr decir si de su propio caletre, o de odas, o
por lecturas de algunos libros, Pedro Lobo haba sacado o construido una
singular filosofa de la historia. Segn l era evidentsimo el progreso
del linaje humano, viniendo a realizarle sucesivamente razas cada vez
ms nobles. Fue primero la raza negra: vino despus la raza amarilla. Y
cuando la raza amarilla alcanz el trmino de su cultura y puso en
prctica todo su ideal, apareci la raza blanca con su gloriosa historia
de persas, babilonios y fenicios, griegos y romanos, y naciones
cristianas, medioevales y modernas. Pero el fin de la civilizacin de
Europa tocaba ya a su trmino. De su propio seno haban de surgir sus
destructores: un proletariado inculto, hambriento, esclavo de la
miseria, atormentado por el trabajo continuo, y ofendido por el
desprecio, haba de levantarse lleno de ira y acabar con todo. Las
abultadas noticias de las recientes luchas revolucionarias, promovidas
por el socialismo, corroboraban a Pedro Lobo en su opinin. Aquello era
para l el principio del fin. La evolucin total de la cultura europea
vendra al cabo a terminar en espantosa tragedia; pero en Amrica estaba
el porvenir del mundo. Una nueva raza, la americana, deba ya mostrar en
flor la aurora de ms alta, sana, poderosa y duradera civilizacin, en
aquel nuevo continente. La audaz empresa de Coln y la venida de los
espaoles haban retardado este florecimiento y aun puesto en peligro de
que se secara o se destruyera la planta en que haba de darse. Segn
Pedro Lobo, los espaoles haban sido como venenoso reptil que trepa a
lo alto de la roca donde el cndor tiene su nido, y devora o mutila a
los polluelos antes de que les crezcan las alas para enseorearse del
espacio sin lmites, remontarse ms all de las nubes, y mirar el sol de
hito en hito. Los espaoles haban sido, cuando aportaron a Amrica,
como granizo destructor que cae en frtil suelo, al empezar la
primavera, y rompe y destroza las yemas y los brotes de los rboles,
impidiendo que se revistan de flores y verdura, y que den ms tarde
frutas sabrosas y dulces. En todas las tribus y lenguas que cubran y
animaban el Nuevo Mundo, en el Anahuac, en el Yucatn, en Guatemala, en
la risuea meseta de los Andes, donde moraban los chibchas y en el resto
de la Amrica del Sur, sobre todo, entre los quichas y los guaranes,
germinaba y estaba ya pronta a abrirse como flor hermosa una
civilizacin original e indgena que los espaoles arrancaron de cuajo,
borrando sus huellas, aniquilando hasta su recuerdo, y, ora destruyendo
la raza que iba a dar al mundo esa civilizacin llena de novedad
inaudita, ora sumiendo en la abyeccin a esa raza por medio de la
servidumbre, del oprobio, de rudos trabajos y de inhumanos castigos.

Pedro Lobo tena en sus venas mucha sangre india, pero tambin tena en
sus venas sangre espaola. La sangre india, sin embargo, se sublevaba
furiosa contra todo cuanto haba en l de espaol. An esperaba l el
remedio de tantos males: que manase de nuevo con abundancia el represado
manantial americano; que se regenerasen los pueblos del Nuevo Mundo, y
que su comprimida superior cultura retoase y apareciese esplndida
antes de que desapareciese la civilizacin europea en medio de las
convulsiones de un horroroso cataclismo.

A veces columbraba Pedro Lobo, en visin proftica, a toda Europa tan
arruinada ya y tan desierta como contemplamos hoy el centro de Asia. Se
figuraba a Pars, Londres y Viena, como contemplamos hoy los amontonados
escombros de Nnive y de Babilonia. Lo que es de Madrid afirmaba que
apenas quedara rastro: slo quedaran tal vez algunos cimientos del
Palacio Real. Y como estos cimientos estaran tan solos, los hombres de
las futuras edades imaginaran que haba habitado en aquel alczar un
tirano anacoreta, un monarca misntropo y amigo de la soledad, que haba
ido a buscar para su vivienda un yermo inhospitable, feo y estril.

Despus de trazar de tan linda manera el cuadro de la Europa del
porvenir, Pedro Lobo pintaba en su imaginacin una Amrica
resplandeciente y dichosa, con artes y ciencias superiores a las
europeas, originalsimas y casi sin antecedentes. Y como ciudad
principal, centro y cabeza de este nuevo mundo, pona l a Buenos Aires,
su patria, en cuya ingente plaza mayor se levantara grandioso
monumento, ms alto que la ms alta de las pirmides, a la memoria de
Juan Manuel Rosas, precursor y fundador de la nueva era y tremendo
nivelador y constructor del camino por donde el linaje humano en Amrica
haba de subir a tamaa altura.

El profeta filsofo, sustentador de las teoras que aqu se ponen en
resumen, se hizo pronto uno de los ms asiduos tertulianos de la seora
de Figueredo.

Apenas tendra l treinta y cinco aos. A pesar de su odio a Espaa,
tena ms apariencias de espaol que de indio. Pareca un andaluz
moreno, esbelto y gracioso, con un no s qu de extrao que le
diferenciaba y distingua. Y a pesar de su odio contra la civilizacin
europea y a pesar de su vida y hbitos de gaucho, se allanaba y se
resignaba, con naturalidad y sin esfuerzo, a aparecer, en la vida y
trato de las ciudades, como un caballero atildado, pulcro y bien
vestido, ya de frac, ya de levita, a la ltima moda, con botas de
charol, y por las noches con corbata blanca y guantes amarillos o lilas.
Rafaela le encontraba muy fino, y lo que es el seor de Figueredo an
ponderaba ms su finura.

Con lo nico que Rafaela no poda transigir era con el fanatismo
anti-europeo y sobre todo anti-espaol de sus doctrinas histricas.

Rafaela se empe, pues, en convertir a Pedro Lobo, haciendo de l una
persona razonable.

Este empeo no poda ser ms natural ni ms propio de las mujeres.
Cuntas de ellas no han soado con traer o han trado, ya herejes o
paganos al gremio de la cristiandad, ya desaforados criminales a una
vida penitente, y ya a la templanza, a la paz y a las costumbres
morigeradas a hombres crapulosos, jugadores y pendencieros?

La tentacin de Rafaela era difcil de vencer. Rafaela se propuso hacer
de Pedro Lobo otro hombre. Y para ello decidi emplear su buena maa y
sus suaves rodeos; pero como Rafaela profesaba con ardor una filosofa
de la historia totalmente contraria a la del gaucho y era adems una
espaola llena del ms ardiente patriotismo, siempre le faltaban la
paciencia y el disimulo para no impugnar con violenta furia los asertos
del gaucho, que ella juzgaba intolerables errores y desaforadas
blasfemias.

De aqu que muy a menudo sus conversaciones con Pedro Lobo, ms
frecuentes cada da, fuesen una acalorada disputa.




-XII-


Soliviantado el espritu de Rafaela por la contradiccin, extremaba
su doctrina casi tanto como extremaba la suya el gallardo gaucho. Segn
ella todos los pueblos y tribus del Nuevo Mundo haban degenerado y se
haban depravado hasta tal punto, que jams ellos solos hubieran podido
salir del tenebroso abismo en que se haban sumido. Fue menester que
vinieran los espaoles y que para sacarlos de l les tendiesen la mano.
Aunque tarde, llegaron a tiempo. Si hubieran llegado pocos aos despus,
las semicivilizaciones que encontraron en Mjico, en Bogot y en el
vasto dominio de los Incas, hubieran ya desaparecido. Todo hubiera cado
en el estado salvaje, y tal vez los sacrificios humanos, el canibalismo
y las guerras constantes de unas tribus con otras hubieran barrido de
sobre la faz de aquel inmenso continente la degradada especie humana.
Los indios, por lo tanto, deban estar eternamente agradecidos a los
espaoles que los haban levantado de la abyeccin y que les haban
devuelto el ser de criaturas racionales que casi haban perdido.

Los razonamientos empleados por Rafaela para sostener su tesis excitaban
la clera de Pedro Lobo y hacan brotar de sus labios feroces discursos
en contra.

Solan verificarse tales controversias despus de la comida, cuando
Pedro Lobo estaba convidado a comer en casa de los Sres. de Figueredo.

A menudo, arrullado por los gritos de los contendientes, el Anfitrin se
quedaba dormido; pero cuando no se dorma, o bien cuando despertaba y
vea a su mujer y a Pedro Lobo enfurecidos ambos y en la ms encarnizada
contienda, se apuraba y hasta se asustaba, porque era hombre conciliador
y benigno; procuraba ponerlos en paz; y agarraba la mano de l y la mano
de ella y los atraa para que se las diesen, aconsejndoles que echasen
pelillos a la mar, para lo cual pronunciaba tambin su discurso,
buscando y quizs hallando un juicioso trmino medio entre las dos
opuestas doctrinas.

--Confesemos--deca--que los espaoles fueron unos heroicos desalmados, lo
peor de cada casa, y que, cuando el descubrimiento y la conquista,
hicieron infinidad de barbaridades; pero confesemos tambin que los
indios en su mayor parte estaban empecatados y entregados a todos los
diablos. Su ignorancia era tal que no saban escribir ni leer, ni
alumbrarse con un candil durante la noche, ni valerse de ms bestias de
carga que de ellos mismos, ni criar animales domsticos, ni ser pastores
siquiera. En cambio se sacrificaban a millares a sus dolos y estaban
corrodos por la gangrena de los vicios ms nefandos, y sobre todo por
la aficin de comerse unos a otros. Los espaoles vinieron a remediar
todo esto, y aunque trajeron inquisicin, intolerancia religiosa, cruel
codicia, malos tratamientos y trabajos forzados para los indios que se
les _encomendaban_, todava puede asegurarse que trajeron ms bienes que
males; animales de carga para que el indio no lo fuese, animales
sabrosos para que el indio se los comiese en vez de comerse a otro
indio, y otras muchsimas cosas, que sera prolijo enumerar, as para
bienestar del cuerpo como para solaz y consuelo del alma. Y en cuanto a
la ruina de Europa que mi amigo Lobo presiente, yo no la veo tan
cercana. Por all son listos y ya irn pasteleando y allanando
dificultades, hasta que todos los hombres, a fuerza de mquinas,
ingeniaturas y otras invenciones sutiles, coman mejor, vivan ms
cmodamente y luzcan trapitos de cristianar de diario. Esto no obsta
para que progresemos tambin por aqu, sin que nuestra prosperidad nazca
de la ruina del mundo viejo, sino que, al contrario, por all y por ac
prosperemos en competencia y nos amemos como hermanos. As pues, hija
ma, t y el Sr. D. Pedro Lobo debis empezar por dar el ejemplo, y t
como representante de Europa y singularmente de Espaa, y l como si
fuera el propio genio de Amrica, lejos de pelearos y de maltrataros con
insultantes recriminaciones, debis formar estrecha alianza fraternal y
ser clarsimo espejo de amistad y de concordia.

Con tal discurso y con otros de la misma laya sosegaba D. Joaqun los
nimos exaltados de su gentil esposa y del fantico americano.

Estos, en efecto, ya que no perpetua paz, tenan largos momentos y aun
horas de tregua agradabilsima; se hablaban al odo sin disputarse
cuando as hablaban; y solan salir juntos a caballo y dar deliciosos
paseos, galopando y trotando por los frtiles y pintorescos alrededores
de la ciudad, ya cuando se pona el sol a la cada de la tarde, ya en
noches apacibles de luna.

Cierto egregio personaje no tuvo noticia de las disputas
histrico-filosficas, pero la tuvo pronto de las intimidades y de los
paseos. En su dignidad, jams quiso darse por entendido ni mostrarse
quejoso, pero desisti por completo de acudir y aun de pedir nuevas
citas, dado que las antiguas hubiesen sido realidad y no invencin o
fbula de desocupados maldicientes.




-XIII-


Aunque dicen que de la discusin sale la luz, fuerza es confesar
aqu que no sali luz ninguna de la discusin constante que Rafaela y el
gaucho tenan, y en la que a veces tomaban parte varios tertulianos de
la casa, diputados, senadores, hombres polticos y poetas, que siempre
en el Brasil los hubo eminentes, descollando entonces entre todos
Magalhaens, Gonzlvez Daz y Araujo Portoalegre, los cuales eran
comensales de la casa, complacindose Rafaela en tratarlos y
agasajarlos.

Gustaba ella de lucir por todos estilos y de dar a sus salones cierto
tinte de sabidura y refinamiento aristocrticos.

Haba educado tan bien a D. Joaqun, espolendole para aquellos trotes,
que l haba ido, en su carrera desenfrenada, ms all de la meta que
ella le puso. De aqu algunos percances y desengaos, que aguaron algo
el contento con que D. Joaqun viva, pero que a Rafaela no le
importaron un comino.

D. Joaqun haba prestado al gobierno Imperial muy notables servicios,
en premio de los cuales, le haban dado la encomienda de la Rosa y hasta
se habl de que acaso le daran un ttulo, si bien el ttulo no lleg
nunca.

Para no hacer ruido y para no dar qu decir, D. Joaqun pretendi con
mucho disimulo, tentando antes el vado, que Rafaela fuese presentada a
la emperatriz; pero la augusta seora no quiso recibirla, ya pensando en
la vida que se deca que Rafaela haba hecho en Espaa y en Lisboa, ya
recordando que en el gran teatro de Ro la haban silbado cuando ella
bailaba el vito o cantaba canciones del maestro Iradier, muy celebradas
entonces.

Ella rabi algo, ri a D. Joaqun por haber andado en tales
pretensiones sin consultarla antes, y, al fin, olvid el desaire y se
qued tan fresca. Qu necesidad tena ella de emperatrices, cuando era
en su casa la Emperatriz de la hermosura, de la discrecin, de la
elegancia y del buen tono: una princesa de Lieven o una _madame_
Recamier de entretrpicos?

D. Joaqun fue el que se sinti quemado del desaire, originndose de la
quema ciertos humos nobiliarios, que antes nadie haba notado en l y
que aparecieron de repente.

Hasta entonces D. Joaqun haba sido despreocupadsimo, pero, con el
boato y magnificencia de su casa, se desenvolvieron en su espritu los
instintos de nobleza, combinados con la aficin a la poesa. En suma, D.
Joaqun hizo saber a todos sus amigos que descenda nada menos que del
heroico trovador Gesto Ansures, el cual machuc a un enjambre de moros
con un ramo de higuera, por donde tom el apellido de Figueredo, que D.
Joaqun todava llevaba.

Aunque Rafaela lo repugn, D. Joaqun no quiso ceder nunca: no la
obedeci contra su costumbre, e hizo bordar en los tapices, reposteros y
cortinas de su antecmara, y pintar en sus coches, el escudo de armas de
los Figueredos, con las cinco hojas de higuera, en memoria de las cinco
doncellas que Gesto Ansures haba libertado, cuando las llevaban a la
morera para pagar el feudo de ciento a que se oblig al rey Mauregato.

A regaadientes aguant Rafaela este capricho de su esposo, pero no pudo
resistir a la tentacin de rerse un poco de l. Y para ello aseguraba
que, segn el antiqusimo romance, que escribi Gesto Ansures, las
doncellas que iban cautivas eran seis, y cinco nada ms las hojas de
higuera del escudo. Lo cual significaba que tres o cuatro de aquellos
malditos moros pudieron escaparse, huyendo a ua de caballo del
machucador ramo de higuera del ascendiente de don Joaqun, y se llevaron
a Andaluca a una de las seis nias gallegas, la cual vino a ser pronto
la sultana favorita del Miramamoln. De esta sultana afirmaba Rafaela
que descenda ella, de suerte que su nobleza era tal para cual y no
menos antigua que la de su marido. En prueba de esto, si l tena por
apellido Figueredo, ella, a pesar de lo nebuloso y recndito de su
origen, haba llegado a averiguar, por claros y evidentes indicios, que
su estirpe, prosapia, abolengo y apellido era Benjumea, que equivale a
Ben Humeya, apellido de los califas de Crdoba, estropeado y mal
pronunciado por los ignorantes.

Un argumento presentaba Rafaela a veces contra las pretensiones de D.
Joaqun, pero ste refutaba victoriosamente el argumento. Deca Rafaela
que no eran los Figueredos de Portugal, sino los Vargas Machucas de
Castilla, los que machucaron a los moros y acabaron con el feudo de las
cien doncellas. Y D. Joaqun contestaba que los Vargas Machucas, en
efecto, descendan tambin de Gesto Ansures, si bien la rama principal
y legtima era la de los Figueredos, mientras que los Vargas Machucas
eran una rama secundaria, y en su sentir, bastarda, ya que, segn D.
Joaqun haba odo explicar a una persona muy docta en la ciencia del
blasn, a la que aplicaba como auxiliar la ciencia etimolgica, Vargas o
Bargas, que es como debiera escribirse, es una contraccin de los
vocablos _Barragana_ y _Barragania_. Por fortuna, ningn caballero que
tuviese el apellido de Vargas asisti jams a la tertulia de Rafaela, y
D. Joaqun pudo sostener su tesis, poco lisonjera para los Vargas, sin
promover el menor altercado.




-XIV-


Salva la discrepancia en que solan estar marido y mujer sobre este
punto de la nobleza, don Joaqun se mostraba siempre en perfecto acuerdo
con Rafaela, gustando de lo que ella gustaba, y ensalzando y aplaudiendo
lo que ella ensalzaba y aplauda.

Pedro Lobo, pues, vino a ser el encanto de D. Joaqun, quien siempre
quera tenerle en su casa, de suerte que, cuando Pedro Lobo, retenido
por sus quehaceres, dejaba algn da de venir o retardaba su venida, D.
Joaqun iba a buscarle y no paraba ni descansaba hasta que se le traa
consigo. Todo esto daba ocasin a no pocos chistes, que cundan por la
ciudad, pero que por fortuna jams llegaban a los odos de don Joaqun,
vctima de ellos.

Algo ms de un ao dur esta armona y constante convivencia entre D.
Joaqun, Rafaela y Pedro Lobo.

No hubo de ser ste tan afortunado como en otras cosas en su secreta
misin poltica. El Brasil, ms enemigo cada da del dictador Rosas,
conspir contra su poder, hizo un tratado secreto con la Repblica
Oriental del Uruguay, se concert con el general Justo Jos Urquiza,
gobernador de Entreros, y suministr toda clase de recursos para el
levantamiento contra el tirano.

El representante diplomtico de Rosas en Ro de Janeiro pidi entonces
sus pasaportes. Y retirada la Legacin argentina, Pedro Lobo se march
con ella, volviendo a Buenos Aires, para dar al dictador auxilio de ms
valer como soldado que como agente secreto.

Rafaela sinti la partida de Pedro Lobo, pero como su carcter era tan
alegre, logr consolarse pronto. Pedro Lobo adems no se dejaba
convencer, y esto mortificaba a Rafaela, y como l tena un carcter
dominante y ella tambin le tena, procurando avasallar y repugnando que
la avasallasen, sus relaciones con el gaucho nada tuvieron de apacibles
y no pocas veces la enojaban y desesperaban. El prurito de romper
aquellas relaciones, que ella en el fondo de su alma calificaba de
cadenas, estimulaba entonces su voluntad, pero, aunque era muy valerosa
y apenas conoca el miedo, no se atreva a intentar la ruptura. Puede,
por lo tanto, conjeturarse que Rafaela vio con oculta satisfaccin las
circunstancias polticas que, si por una parte la privaban del agradable
trato de una persona de tanto mrito como Pedro Lobo, la libertaban por
otra, sin rebelin ni pendencias, de lo que se le figuraba en ocasiones
que tena traza de yugo y de servidumbre.

Rafaela, aunque aparent sentir, no sinti demasiado, por lo que ya
queda dicho, la partida de Pedro Lobo. Quien la sinti con todo su
corazn, y la lament y la llor, fue D. Joaqun, que era muy tierno,
pudiendo asegurarse que posea el _don de lgrimas_.

A poco de la partida del gaucho, ocurri en Ro cierta novedad, que, aun
suponiendo a Rafaela muy melanclica, hubiera distrado sus melancolas.

El Sr. Gregorio Machado era el ms rico propietario de todo el Brasil,
dueo de muchos fondos pblicos y de acciones del Banco, de magnficas
_fazendas_ en las provincias de San Pablo y Pernambuco y de florestas
dilatadas, donde abundaban las maderas preciosas, en la interior
provincia de Mato-Grosso. Centenares de esclavos cultivaban sus
posesiones; y sus rentas y ganancias eran tres o cuatro veces mayores
que las de D. Joaqun, con ser ste uno de los ms acaudalados
brasileos.

Viudo el Sr. Machado, tena un hijo, llamado Arturo, de veintisis aos
de edad y muy lindo mozo.

Arturo haba estudiado leyes en la Universidad de San Pablo, donde las
mujeres son guapsimas. En todo el Brasil alcanzan fama de seductoras y
de que tienen misteriosas cualidades y encantados lazos con que saben
cautivar a los hombres. De San Pablo han salido mujeres que, por su
belleza y por otros atractivos, han llegado al pinculo de la fortuna.

Arturito, que era muy enamorado, estudi poqusimo e hizo en San Pablo
doscientos mil disparates. Su padre crey prudente sacarle y le sac de
aquella Pafos del Brasil y le envi a Olinda, donde hay tambin escuela
de Derecho. All, bien o mal, tom la borla de doctor el joven Arturo.

Ya doctorado, nada ms natural que ir a Europa para acabar de
civilizarse y conocer por experiencia hasta los ms delicados perfiles y
las ms recientes conquistas del espritu humano. Arturo fue, pues, a
Pars, haciendo de Pars su residencia habitual y el centro de sus
excursiones. Desde all sali a recorrer con rapidez y por pocos meses
la Alemania y la Italia, y desde all fue a solazarse, durante los
veranos, en Baden, Wiesbaden y Homburgo, donde haba _treinta y
cuarenta_ y ruleta, y donde asista multitud de ninfas sabias y
elegantes, ms aptas que Egeria para adoctrinar, pulir y dar charol a
los modernos Numas.

No se descuid Arturo, aprendi cuanto hay que aprender y supo
aprovechar las lecciones que le dieron; pero las lecciones salieron
extremadamente caras. A los dos aos de haber estado Arturo en Europa,
haba ya gastado a su padre, perdindolo al juego o en obsequio de las
ninfas, cerca de 400 millones o _contos_ de reis.

No hay que asustarse ni considerar monstruosa la suma, porque los _reis_
del Brasil son _fracos_, y cada uno vale la mitad de un _rei_ de
Portugal o _rei gordo_. Arturo, por lo tanto, no gast una enormidad;
pero, como cada _conto de reis fracos_ equivale sobre poco ms o menos a
2.500 francos, siempre result que su gasto, a pesar de las grandes
riquezas del Sr. Gregorio Machado, haba sido excesivo, elevndose a un
milln de francos en moneda francesa.

El padre se hart de enviar dinero, siti por hambre a su hijo, y ste
tuvo que volver a los patrios lares harto desconsolado y mohno, pero
convertido en el caballerete ms elegante que haba pisado el suelo del
Brasil desde los tiempos de Pedro Cabral y de Diego Correa, apellidado
_Carumur_ y fundador de Baha.

Acostumbrado Arturito a las exquisiteces, primores y alambicadas quintas
esencias de las mujeres de Pars, volvi muy desdeoso, encontrando a
sus compatriotas feas, zafias y mal vestidas. En ninguna de ellas
descubra un tomo de _chic_. La misma princesa de los Tupinambas, la
divina Paraguass, herona de la epopeya nacional, si hubiera resucitado
y se le hubiera presentado, le hubiera parecido un adefesio.

Cuando Rafaela se enter de todas estas cosas, concibi el propsito de
vindicar al Brasil de aquellos injustificados desdenes, volviendo por el
honor de su patria adoptiva y probando a Arturito que todas las heteras
parisinas no valan un pitoche comparadas con ella, y que ella las
venca en beldad, ingenio, sal y garabato.

Acudi a reforzar su patritico intento el prurito didctico que haba
en su alma y que jams la abandonaba. Se propuso mejorar la condicin de
aquel extraviado mancebo, hacerle aborrecer el desorden y el despilfarro
absurdo, y hacerle amar el orden y la economa.

Impulsada por tan benficas miras, pronto atrajo Rafaela a su casa al
joven Arturo; y pronto tambin logr que olvidase los devaneos de Pars
y que reconociese que ella era por todos estilos ms guapa que cuantas
mujeres haban ido a cenar con l en el _Caf Ingls_, en la _Maison
Dore_ o en los _kursaals_ que regocijaban y animaban, en aquellos das,
las inmediaciones del Taunus y de la Selva Negra.




-XV-


El poder didctico de Rafaela jams realiz en nadie tan rpidas y
provechosas mudanzas como en el nimo y en todo el ser de Arturo
Machado.

Las _saudades_ que l tena de Pars, y que le hacan fastidioso a l
mismo y a las dems personas, se disiparon por completo. Arturito volvi
a gustar de su patria como cuando era estudiante y no haba vivido an
en el _corazn y en el cerebro del mundo_, como llama a Pars Vctor
Hugo. Se hizo ordenado y econmico y ni gastaba ni saba en qu gastar
su dinero. No pensaba ya en francachelas ni en vigilias tempestuosas. Y
con su vida regular y morigerada recobr la salud, que nunca haba sido
muy fuerte y que haban estragado las excitaciones constantes de la
existencia de calavera, para la cual no haba nacido. Porque, si bien
era lindo mozo, agraciado y simptico, tena ms de enclenque que de
robusto. Era de genio manso, suave e inclinado a la quietud y a la paz.
Y slo el mal ejemplo, las perversas compaas y hasta la propia
docilidad con que ceda l y dejaba que le guiasen haban sido causa de
sus travesuras y derroches pasados. Para Rafaela, hecha ya esta
conversin, se desvaneci por desgracia casi todo el atractivo de
Arturito. Empez a hallarle poco ameno, y despus soso, y por ltimo
lleg a encontrarle empalagossimo a causa de su dulzura.

Entonces senta Rafaela grandes veleidades de plantarle; pero, como era
caritativa y estimaba adems como gloriosa produccin de su ingenio y de
la energa de su voluntad todos los progresos y mejoras de un espritu
cultivado por ella, resista a la tentacin de plantar a Arturito. All
en sus adentros se comparaba a la vara que sostiene en el aire a una
planta rastrera a fin de que no caiga al suelo y se ensucie y pudra en
el fango. Tema Rafaela que Arturito cayese si le dejaba ella, y por eso
no le dejaba. A menudo sola lamentar que aquel muchacho hubiera sido
tan dcil y se hubiera convertido tan pronto. Lo conforme a su gusto
hubiera sido una educacin ms larga y difcil, as porque, durando la
educacin, tambin hubiera durado el prestigio que hacia Arturito la
haba atrado como porque la misma tardanza en educarse y en cambiar de
condicin hubiera sido garanta de lo seguro y firme del cambio.

En estas cavilaciones hubiera persistido largo tiempo Rafaela sin
atreverse a despedir a Arturito, a no ser porque ella tena a veces
crisis extraas en el corazn y en la mente. Religioso fervor la
dominaba. Iba a confesarse o tena largos y piadosos coloquios con el
Padre Garca, su director espiritual. Sus remordimientos de engaar a D.
Joaqun no la mortificaban demasiado, pues, aunque ella repugnaba el
engao y nunca haba engaado a nadie sino a D. Joaqun, todava se
figuraba ella que en realidad no haba tal engao. Nada disimul ni
ocult al casarse, y su marido por lo tanto debi comprender desde luego
a lo que haba de atenerse. Ella le hizo confesin general anticipada.
Fue como si de una vez le confesase y descubriese todas sus culpas,
pasadas y futuras. Para qu, pues, molerle y atormentarle
confesndoselas despus una a una segn iban sobreviviendo? Esto no
hubiera sido noble franqueza sino crueldad insensata. No era, pues, por
D. Joaqun sino por ella misma por lo que el pecado le dola. Le dola
el pecado porque en su anhelo de toda clase de perfeccin, para ella y
para los otros, soaba con una vida honrada y limpia.

Por rara coincidencia, estos sueos de limpieza y de honradez acudan en
tropel a su mente, y ms amenudo que nunca, desde que empez a visitarla
Juan Maury.

Sus facultades crticas y analticas, sin poderlo remediar ella, se
aplicaban a la comparacin. Y comparando al joven ingls con Arturo,
Arturo sala siempre muy mal parado. Arturo era de menos que mediana
estatura y estrecho de hombros. El ingls alto, sin dejar de ser bien
proporcionado, y ancho de espaldas, sin que la esbeltez y la elegancia
le faltasen. Era el uno moreno plido, casi cetrino, blanco y sonrosado
el otro y rubio como las candelas. Y por ltimo, en lo tocante a las
prendas intelectuales y morales, al ingenio, al saber y a la energa de
voluntad que en medio de su aparente timidez en el inglesito se notaba,
la diferencia apareca enorme en la mente escrutadora de Rafaela.

Empez, pues, a tener vergenza del afecto que Arturito le haba
inspirado. La compasin hacia l fue disminuyndose casi hasta
desaparecer. Y el anhelo de elevarse hasta la virtud ms slida, de
consagrarse fielmente a D. Joaqun y de ser modelo de casadas y seora
muy respetable vino a ser la constante obsesin de su alma. Aunque ella
era un lince para notar los defectos de las personas que trataba, no s
cmo se las compuso que no hall el menor defecto en el inglesito. Todo
l le pareci una perfeccin. Y en vez de pensar en educarle para
elevarle a su altura, pens en educarse a s misma para subir a la
altura en que le vea colocado.

Bullan todos estos pensamientos en la mente de Rafaela de modo harto
confuso. Lejos de ella el imaginarse enamorada del inglesito. El
propsito de enamorarle ms lejos an. Slo meditaba entonces virtud,
abnegacin y toda clase de sublimidades.

La nica determinacin firme que naca de todo ello era la de despedir a
Arturito, que ya le pareca insufrible.

Pero Rafaela era la bondad misma y, antes de hacer la herida que
consideraba indispensable hacer, preparaba blsamos para curarla.

Pens en que el trmino dichoso, honesto y santo de la educacin que a
Arturito haba dado, era casarle con la ms linda seorita que hubiese
en Ro de Janeiro, cristiana y recatadamente educada, bonita y amable y
de distinguida familia, en quien Arturito hallase una compaera digna y
fiel y lograse dar a su padre el Sr. D. Gregorio algunos graciosos y
queridsimos nietos, que fueran el hechizo y el consuelo de su cansada
senectud.

No acierto a encarecer cunto se deleit Rafaela al concebir este
proyecto y el arte delicado y el impaciente afn con que trat de
realizarle.

Rafaela, que gustaba tanto de educar a los otros, no se haba descuidado
en aquellos ltimos aos, y singularmente desde que era gran seora, en
formar su corazn y su espritu, leyendo no pocos libros, sobre todo de
novelas y poesas. Segn vulgarmente se dice, se haba hecho bastante
_licurga_ o marisabidilla. Con el inglesito hablaba de artes, de
religin, de historia y hasta de filosofa. Arturito estaba presente a
estas conversaciones, que nada tenan de misteriosas, pero no entenda
palabra y no tomaba parte en ellas.

As mientras duraban estos coloquios, como despus al retraerlos a la
memoria, Rafaela lo vea todo tan pulcro, tan acicalado y tan moralmente
pulido y lustroso, que se desesperaba de sus amistosas relaciones con
Arturito como si fuesen fea mancha en medio de tanto resplandor, nitidez
y aseo. En suma, no haba ya remedio; era menester borrar aquella
mancha, pero sin rasgar la tela; era menester dar a Arturito su
pasaporte, pero en forma de cucurucho repleto de delicadsimos confites.




-XVI-


Lleg por fin el da prefijado por Rafaela para tomar la cruel
resolucin, inevitable ya segn su atormentada conciencia, de decir al
pobre Arturito: hasta aqu lleg, no sigamos adelante.

D. Joaqun se haba ido a la _chcara_ por una semana en compaa de
tres o cuatro amigos.

Rafaela no reciba a sus tertulianos, pretextando frecuentes jaquecas,
nica enfermedad que sola alterar levemente su salud envidiable.

En las noches de jaqueca muchos tertulianos acrecentaban el mal de
Rafaela, pero la visita de uno slo poda aliviarla.

Arturito acudi, pues, aquella noche, esperando tener la satisfaccin de
dar el alivio mencionado. Como de costumbre, el portero negro que
guardaba la puerta de la verja de hierro que rodeaba el jardn, le dio
paso franco sin sonar la campana, porque estaba industriado y al
corriente de todo y saba bien su oficio.

_Madame_ Duval, que an saba mejor el suyo y que tena ojos de lince y
odo de liebre, se hallaba atisbando a la hora convenida, abri la
puerta y, sin hacer ruido, introdujo al joven brasileo en el
confortable y primoroso _boudoir_ de su seora.

Lo primero que not Arturito, con desagradable sorpresa, aunque parezca
extrao y nada compasivo, fue que la Sra. de Figueredo deba de estar
aquella noche muy poco atormentada por la jaqueca, porque en vez de
hallarla en vaporoso _deshabill_, de bata, peinada muy al descuido y
recostada o casi tendida en su _chaise-longue_, la encontr bastante
atildada y compuesta, con traje casi de ceremonia, y sentada en un
silln, como si fuese a recibir una visita de mucho cumplido.

El recibimiento correspondi al traje y aument la sorpresa y el
disgusto del joven visitante.

Rafaela le alarg, sin duda, cariosamente la mano, si bien con cierta
tibia y lnguida indiferencia. Y luego, como l se acercase mucho, ella
le rechaz con suave dignidad y casi le oblig a que se sentase en una
silla frente de ella.

Despus de algunas frases que entre ambos mediaron, Arturito empez a
dar sentidas quejas de recibimiento tan fro. Ella entonces, con el
incontrastable imperio que tena sobre l, le cort la palabra, y sobre
poco ms o menos, pronunci las siguientes, que casi podemos calificar
de discurso:

--Das ha, mi querido Arturito, que tengo la conciencia muy escrupulosa y
atribulada. Es infame mi modo de proceder con D. Joaqun. Indigno pago
estoy dando a sus grandes beneficios, a su entraable afecto, a la
sublime confianza que en m tiene. Dios podr perdonarme porque es todo
misericordia; mi marido es tan bueno que tambin me perdonara si
supiese lo que pasa, aunque sera muy capaz de morirse de pena: yo soy
quien no me perdono, quien necesita romper este lazo criminal que nos
une, si he de vivir en paz y si no he de seguir aumentando las causas de
mi remordimiento y de mi vergenza. Todo se lo he confesado al Padre
Garca, mi confesor, que es un santo, severo consigo mismo y con sus
prjimos indulgente. Pero, a pesar de su indulgencia, se resiste a darme
la absolucin si no me aparto para siempre del mal camino. Es, pues,
necesario que nuestras relaciones concluyan.

Al llegar a este punto, Arturito se puso tan enternecido que las
lgrimas asomaron a sus ojos. Rafaela lo not y sigui hablando con
mayor dulzura:

--Ten valor, hijo mo. Acaso no me expres bien, o t no me entendiste.
Yo no quiero dejar de ser tu amiga. T tienes y tendrs siempre
preferente lugar en mi corazn. Te he querido, te quiero y te querr
toda mi vida. Hurfano t desde la infancia, no has gozado del afecto
puro y santo de una madre. Yo te ofrezco hoy un amor que debe
purificarse y adquirir la apariencia, si no el ser de amor maternal. No
le desdees con perversin soberbia, seducido por amor vicioso y lleno
de liviandades. Hoy que te amo yo con amistad inmaculada, entiendo que
te amo ms que te he amado nunca y no hago sino pensar en tu dicha.
Considera que tu padre es ya muy anciano, que pronto acaso tendr que
rendir el inevitable tributo que a la naturaleza rendimos todos, y que
te dejar dueo de un nombre respetadsimo en este pas y de cuantiosos
bienes de fortuna. Cunto se alegrara tu padre de ver, en vida,
asegurada en ms extenso porvenir su sucesin y en contemplar y
acariciar a los legtimos y preciosos nietos que t puedes y debes
darle!

Aqu se enterneci ms Arturito y pas de las lgrimas a los sollozos.
Rafaela, algo conmovida y muy piadosa, se levant de su asiento, se
lleg a l y le dio para animarle tres o cuatro blandos cogotacitos con
la blanca y linda mano. Volvi luego a sentarse lejos de l y con grave
autoridad le inform de que andaba buscndole novia y aun le cit los
nombres y le habl de las condiciones de tres o cuatro muchachas de la
ciudad en quienes ella haba puesto ya la mira.

--T eres muy buena, muy buena, deca Arturito; pero es intil el trabajo
que ests tomando. Yo no quiero casarme. Yo slo me casara contigo.

--S... hombre del diablo--exclam Rafaela riendo--. Qu crimen meditas?
Quieres matar a mi excelente D. Joaqun?

--Gurdeme Dios de semejante pecado--contest Arturito--; pero si l
buenamente se muriera....

--No pienses ni digas tan abominable desatino. Es horroroso desear la
muerte de alguien, y ms an la de una persona que tanto te quiere.

En efecto, D. Joaqun, segn su constante modo de ser, haba concebido
por Arturito la amistad ms entraable. Bien haba querido al gaucho
Pedro Lobo, pero a Arturito le quera mil veces ms, por lo manso y
apacible que era, por paisano y hasta por hijo del Sr. Gregorio, con
quien tena, desde haca muchos aos, estrechos lazos de amistoso
compaerismo.

Conoci Arturito que no deba desear la muerte de D. Joaqun y se
compungi del improvisado deseo que haba asaltado su corazn en un
instante de descuido.

Entonces apel a otros medios para disuadir a Rafaela de la ruptura. Le
dijo que ella le sostena y guiaba por la senda de orden y de conducta
juiciosa que l haba emprendido, y que, no bien ella le dejase,
descarrilara l de nuevo, y slo Dios o el diablo saba en qu
infernales abismos podra l hundirse.

A esto replic Rafaela, que pecar era detestable medio de prevenir el
pecado; le asegur que velara sobre l para que no se extraviase, y
reiterndole repetidas veces la seguridad y la promesa de que an le
amaba con la amistad ms pura, y de que seguira amndole siempre, se
quej de dolor de cabeza, dijo que necesitaba estar sola y hasta le
empuj con maternal familiaridad para que se largase, llamando a
_Madame_ Duval, a fin de que le acompaara hasta la misma puerta del
hotel. Arturito tuvo que irse muy triste y desolado.

No se le ocurri, ni por un momento, dudar de la sinceridad de Rafaela
ni de su reciente empeo de volverse santa. A todos los hombres nos
ciega algo la vanidad y no acertamos a ver, en ocasiones, al rival que
aparece, ni a descubrir en l mayor mrito que en nosotros, ni ms
seductores recursos. Y por otra parte, los dilogos entre Rafaela y Juan
Maury, que Arturito haba odo, y que versaban sobre historia,
metafsica y otros objetos profundos, apartaban del pensamiento de
Arturito toda sospecha de que los interlocutores pudieran enamorarse. Lo
que es l ni con las mujeres de San Pablo, ni con las de Olinda, ni por
ltimo, con las ninfas que haba tratado en Pars, se haba engolfado
nunca en tales honduras y discreteos. En Pars, dgase lo que se diga,
no abundan las Aspasias. Al menos l no las haba encontrado, o bien
ellas, considerndole profano, le haban ocultado su retrica y su
filosofa, guardndolas para los Pericles y los Scrates, y luciendo, a
lo ms, su ingenio en _calembours_ ms o menos desvergonzados y burdos.

Dicho sea en honor de la verdad y en alabanza de Rafaela, su sinceridad
en todo aquello era completsima. Rafaela crea en la propia contricin,
en su horror al pecado y en su firme propsito de la enmienda que la
movan a despedir a Arturito. Lejos, muy lejos de ella la idea de que
Juan Maury diese o pudiese dar el menor impulso para aquel acto.

Si algn clculo extrao a la contricin y al arrepentimiento era parte
en la resolucin que Rafaela haba tomado, este clculo la honraba,
demostrando que era prudente y buena.

La noche en que Rafaela despidi a Arturito, era el 5 de Febrero de
1852. Rafaela acababa de saber, con no pequeo sobresalto, que el
dictador Juan Manuel Rosas, al frente de sus parciales, haba presentado
la batalla en Monte Casero a los coligados que haban acudido para
despojarle de la dictadura. La derrota del dictador haba sido completa.
Disfrazado de gaucho, se haba refugiado en el barco de vapor ingls
_Locusta_ y navegaba ya con rumbo a Inglaterra.

Rafaela tena claro presentimiento de que si Pedro Lobo no haba muerto
en la pelea, no habra querido ni podido permanecer en territorio
argentino y tambin se habra expatriado. Estaba adems segura de su
poderoso atractivo y de que l no se ira a Europa sin pasar por Ro y
sin venir a verla. Le crea apasionado, celoso y tal vez enterado de
todo, porque nunca falta gente chismosa que se deleite en dar ciertas
noticias. Derrotado y huido de su patria, Pedro Lobo deba de estar ms
feroz que nunca, y Rafaela tema, sino pona en salvo a Arturito,
apartndole de s, que ocurriese a ste un lastimoso percance. Su
propsito, perseverando en su plan de enmienda y santificacin, era
despedir tambin a Pedro Lobo, pero, por lo mismo, tena mayor empeo en
despedir antes a Arturo, para que ni remotamente imaginase el otro que
aquel infeliz muchacho era causa de su despedida.




-XVII-


Rafaela no se haba engaado. Dos das despus de haber despedido
a Arturito, supo que Pedro Lobo acababa de desembarcar en Ro de Janeiro
y que pretenda venir a verla.

Ausente D. Joaqun y vctima Rafaela de jaquecas continuas, Rafaela no
reciba entonces ni sala de su casa.

Pedro Lobo busc en la calle a _Madame_ Duval, le habl, y le pidi y
casi le exigi que le diese una cita con su seora.

_Madame_ Duval se excus como pudo, pero, cediendo a la terca
insistencia del gaucho, tuvo que encargarse de una carta que ste le dio
para Rafaela. Ella la recibi y la ley con hondo disgusto, y, si no
tuvo miedo, fue porque de nada le tena.

Era, sin embargo, prudente y rehua comprometerse escribiendo. No tena
gana tampoco de recibir al gaucho para despedirle y para tener con l
una escena violenta y acaso trgica.

Se vali, pues, de _Madame_ Duval como mensajera. La instruy
detenidamente en todo cuanto haba de decir: en la resolucin que haba
tomado de seguir nueva vida, en sus remordimientos y en su firme
propsito de no reanudar con l las pasadas relaciones y de no recibirle
en secreto.

Bram de ira el gaucho al recibir el mensaje, pero disimul la ira y
hasta aparent cierta conformidad, meditando y proyectando una venganza.

Aunque no dijo a _Madame_ Duval que lo saba, Pedro Lobo era sabedor de
la ventura del joven Arturo. No haban faltado amigos oficiosos que le
escribiesen a Buenos Aires informndole de cuanto se saba o se presuma
como evidente.

Arturito supo tambin la llegada de Pedro Lobo no bien ste lleg. Y si
hemos de decir la verdad, all en el fondo de su alma pacfica y
humilde, se alegr entonces de que le hubiese despedido Rafaela. As se
crey libre y exento de tener un lance con el gaucho, que alcanzaba fama
de brutal y grosero.

Entre tanto, a fin de mostrar a Rafaela que por ella slo haba sido
ordenada y juiciosa su vida; a fin de hacerle notar que se consolaba de
su desdn volviendo a sus antiguas travesuras y locos deportes; y a fin
acaso de que el mismo Pedro Lobo comprendiese que nada tena l que ver
con Rafaela, y que Rafaela no le importaba nada, decidi y concert con
los ms alegres jvenes de Ro una regocijada partida de campo para el
da siguiente, o mejor diremos para la siguiente noche. Era entonces el
mes de Febrero, el ms caluroso del ao en aquellos climas, y slo de
noche poda disfrutarse algn fresco.

Estaba ya preparado un _pick-nick_ en la Tejuca. Cuantos amigos
quisiesen, podan ir inscribindose para ello en el casino y pagando
despus su cuota. Slo las damas iran convidadas y sin pagar. Arturito
haba formado lista de ellas y dispuesto que las hubiese de todas
procedencias y de todos colores: desde la alemana Catalina, apellidada
por su cndida y sonrosada tez y por su dulce y buena pasta el _Merengue
de fresa_, hasta lo que llaman en el Brasil caf con leche ms o menos
cargado y caf puro; esto es, que haba tres o cuatro mulatas convidadas
a la funcin y una negra gentilsima a quien llamaban la Venus de
bronce. No faltaran tampoco dos garridas mozas, importacin de las
Islas Canarias, y algunas nacidas en las mrgenes del Piratininga,
fecundas en hermosas mujeres, una de las cuales descollaba por su
aptitud y habilidad para cantar las _modinhas_ ms chuscas y amorosas.

La cena haba de ser esplndida, y como el fondn de la Tejuca era pobre
y se prestaba mal al esplendor, y aun al regalo, se discurri llevar de
Ro algunos platos fiambres, el _champagne_ y otros buenos vinos, y a un
hbil mozo de comedor que lo ordenase y dirigiese todo. Nadie ms
apropsito para esto que un esclavo negro de Arturo Machado, que fue el
elegido. Segn costumbre brasilea o por rara inclinacin que all
haba, los negros, cuando se bautizaban, sobre todo si se bautizaban
adultos, y no eran criollos sino trados de frica, solan tomar nombres
pomposos de hroes, emperadores y prncipes de la clsica antigedad
greco-latina. No ha de extraarse, pues, que el maestresala que haba de
ir a la Tejuca se llamase Octaviano. Era alto y fornido, y, aunque tena
ya ms de cincuenta aos, pareca joven. Proceda este negro de un
territorio del interior del frica, cercano aunque independiente de las
posesiones portuguesas. Y la gente afirmaba que en su pas no era un
cualquiera. Hasta que le cautivaron y le trajeron al Brasil, siendo l
de edad de diecisis aos, se haba criado con mucho mimo y cercado de
profundo respeto, pues era hijo nada menos que del rey de los _Bundas_.
Sobre esta particularidad el lector podr creer lo que quiera. Yo
refiero lo que se deca sin detenerme en averiguaciones. Slo aadir
que el aire majestuoso y digno de Octaviano induca a cuantos le miraban
a no tener por fabulosa su regia estirpe. Resignado estoicamente a su
ineluctable servidumbre, aprendi pronto cuanto le ensearon, porque
tena mucho despejo. Y como era tan hbil y bien mandado, el ltigo o
chicote jams hiri sus espaldas. Ni era conveniente para l tan rudo y
degradante castigo. Si incurra en falta, la menor reprensin bastaba.
l la sufra con modesta paciencia y luego se correga. Mas si por acaso
la reprensin era injusta, en sus ojos relampagueaba el coraje, y el
reprensor, con cierta consideracin temerosa, meda el alcance de sus
palabras y dulcificaba y mitigaba su acritud y dureza. Aun sin notar en
sus ojos el citado relmpago, se conoca cuando estaba enojado por un
muy raro y singular aviso. Octaviano, que era limpsimo en su persona y
que venda salud, jams ola mal, ni aun en la fuga de las mayores
faenas; pero no bien se irritaba, era como si se abriese de sbito un
pomo de concentrados aromas, esparcindose en el aire la fragancia. La
_catinga_, represada y latente en los largos perodos de placidez, se
alborotaba y se desbordaba entonces, brotando por todos los poros y
trascendiendo a muchos metros de distancia, como los proyectiles de una
ametralladora.

Hacemos aqu tan particular y detenida mencin de Octaviano por lo mucho
que amaba a Arturito, de quien haba tenido especial cuidado y con quien
haba jugado cuando nio, llevndole a paseo y a la escuela, y
acompandole luego cuando fue a estudiar a las Universidades de San
Pablo y de Olinda. Arturito no llev a Pars a Octaviano por no llamar
la atencin. Y no porque Octaviano fuese negro, sino por la singularidad
de ciertos indelebles adornos que le distinguan, y que sin duda le
hicieron y trajo de su pas como seales de su categora principesca.
Ello es, que desde la punta de la nariz, subiendo por el caballete,
atravesando el entrecejo y por medio de la frente hasta el nacimiento de
sus cabellos crespos, tena como una ristra de burujoncillos que
parecan repulgos de empanada, y en las negras y relucientes mejillas
llevaba un laberinto de incisiones, formando caprichosos dibujos, que
slo Dios sabe si seran expresin simblica de la Teogona y de la
Cosmogona de su tierra. Para averiguarlo, acaso no hubiera sido
suficiente que sabios profundsimos empleasen ms tiempo en estudiar su
cara que Juan Francisco Champollion en estudiar la piedra de Roseta o
que Len de Rosny en estudiar los enmaraados cdices cortesiano y
troano.

As se prepar la fiesta, que prometa ser notabilsima por todo; hasta
por la singularidad del maestresala.




-XVIII-


Todo el tiempo de la larga residencia de Pedro Lobo en Ro,
Arturito haba estado en Pars y no haba tenido ocasin de conocer y de
tratar al gaucho. Esto no ofreca, sin embargo, el menor inconveniente
para que el gaucho fuese a la fiesta. Era un _pick-nick_ donde Arturito
no figuraba importando ms que cualquiera de los otros jvenes
brasileos y extranjeros que haban de ser de la partida, y a quienes el
gaucho conoca y trataba. Deseoso de asistir a la fiesta y aun excitado
a asistir por los ruegos de dichos jvenes y con el fin de divertirse y
de distraer sus penas, Pedro Lobo fue como uno de tantos.

Por lo pronto, slo pens en el placer que aquello podra traerle, y no
form proyecto alguno de armar escndalo y camorra. Lleg a la Tejuca a
caballo, con tres o cuatro de los que eran ms amigos suyos, y se hizo
presentar a Arturito del modo ms correcto. Arturito le acogi con la
debida cortesa.

No pas por las mientes de nadie que pudiera sobrevenir un lance entre
ambos.

Al anochecer, llegaron en un mnibus las nias, figurando como la
capitana el Merengue de fresa.

Todos la aclamaron reina de la funcin, as por su calidad de
extranjera, como por ser la ms hermosa, y, sin duda, la de ms
encumbrada jerarqua entre las de su oficio. Casi, casi, era una
seorita. Viva con su pap, que tena no poco de respetable, que se
ganaba la vida componiendo relojes, y que era fervoroso cristiano,
aunque protestante, leyendo mucho la Biblia en sus horas de asueto. Ni
se le poda acusar de excitacin, connivencia o tolerancia en las
transgresiones de su hija. Se opona a ellas, pero como nada lograba con
oponerse, acababa por aguantarlas, si bien con hondo dolor, para cuyo
alivio apelaba a la bebida, de suerte que el ver al relojero alemn un
tanto cuanto tomado del aguardiente, era indicio infalible de que
Catalina no estaba en casa y andaba corriendo aventuras. Porque eso s,
ella respetaba la casa paterna y jams all las tena, como no fuese con
mil sigilosas precauciones y a furto del severo autor de su existencia.

Catalina, al acudir a fiesta tan numerosa y estruendosa, daba un paso
atrevido e inusitado, y atropellaba un poco su decoro, y, si no su
buena, su mediana fama: todo por devocin a Arturito, cuya munificencia
la encantaba y seduca.

Hasta la una de la noche, aunque la animacin y la alegra fueron
grandes, bien se puede afirmar que en la reunin apenas hubo el menor
incidente digno de censura. Al contrario, todo fue esttico, artstico y
literario. Las piratininganas recitaron lindamente sentidos versos de la
Marilia de Dirceo; las muchachas de Canarias cantaron seguidillas y
coplas de fandango; cantaron _londums_ las mulatas; la negra bail con
gran primor y salero, y enton, por ltimo, Catalina tan afinada y
primorosamente varias canciones alemanas, que por unanimidad confirmaron
todos su nombramiento de reina de la fiesta. Lleg la hora de cenar, y
Catalina, como tal reina, dio el brazo a Pedro Lobo para ir al saln del
banquete. Ella iba a presidirle, y, por extranjero y persona de ms
cumplimiento y ceremonia, sent a su derecha a Pedro Lobo, mas no sin
decir a Arturito que al otro lado suyo tomase asiento en la mesa. l no
dej de tomarle, y todos cenaron con apetito y regocijo. Hubo platos a
la francesa, varios _quitutes_ brasileos, y Jerez, Madera, _Champagne_
y Oporto en abundancia.

De resultas de las frecuentes libaciones, hirvi la sangre, se
acaloraron las cabezas, las dulces plticas se convirtieron en confusin
y bullicio, y el banquete empez a tener carcter de orga. Podra
decirse, si la mitologa clsica no hubiera pasado de moda, que un
enjambre de cupidillos menores revoloteaba, cernindose sobre la mesa,
disparaba flechas sutiles e invisibles y desasosegaba y punzaba con
ellas a los galanes y a las damas.

No por eso se alteraba la paz. Todos se arreglaban, acoplaban y
componan. Nadie se senta desairado ni se mostraba descontento.

Tal era la situacin general; pero haba dos sujetos, que acaso haban
bebido ms que los otros, que estaban ms acalorados y que empezaron a
mirarse con malos ojos por aspirar a lo mismo.

Pedro Lobo y Arturito se empearon ambos en querer Merengue de fresa.

La conciliadora y benigna alemana tena dulzura para los dos;
alternativamente se inclinaba a un lado y a otro y procuraba contener y
complacer a ambos. Pero por ms que hizo, no logr que ninguno de ellos
aceptase la simultaneidad ni el turno pacfico.

El juego termin mal. Las caas se volvieron lanzas. Pedro Lobo vio en
aquella rivalidad, si no motivo, ocasin y pretexto para vengarse de
otra rivalidad que infinitamente ms le dola. De sbito, pues, y cuando
todos los concurrentes menos lo prevean, lanz el gaucho varios feroces
reniegos, se levant de la mesa, agarr del brazo a Catalina e intent
llevrsela consigo a tirones y poco menos que arrastrando. Llena de
susto y lastimada por la violencia, la muchacha dio chillidos. Acudi
Arturito a defenderla, pero el gaucho, ms fuerte y ms decidido, le dio
un empelln y le apart de s bastante maltrecho. Todava se lanz sobre
Arturito, decidido a darle de golpes; pero unas manos poderosas que
parecan dos garras le asieron por ambos brazos, le zarandearon y
sacudieron como si fuera un pelele y le derribaron por tierra con
desprecio. Era el negro Octaviano que intervena briosamente en defensa
de su seor. Animado Arturito con aquel auxilio y enojado por los
insultos y por la afrenta que Pedro Lobo le haba hecho, prorrumpi en
injurias contra l, le llam satlite del sanguinario tirano Rosas y le
calific de derrotado y forajido. Los seores jvenes que all haba
consiguieron, no sin grande esfuerzo, separar a Octaviano de su
intervencin en la contienda e interponerse entre los dos principales
contendientes, reteniendo sus manos y refrenando sus lenguas.

Completamente se acibar el contento que all reinaba. Antes de que
amaneciese se expidieron en el mnibus el Merengue de fresa y las dems
nias. Algunos caballeros se eclipsaron tambin. Contra Octaviano hubo
una verdadera conjura, y medio por persuasin, medio por violencia, le
encerraron en un cuarto para evitar que escandalizara, tratando de
inculcar en su mente que por mucho que se sintiese, era ya ineludible un
encuentro muy serio entre Pedro Lobo y su amo. A Pedro Lobo no le
faltaron dos testigos. Con otros dos que nombr Arturito concertaron un
lance, el cual, por hallarse muy embravecidos los dos contrarios, no
poda menos de ser serio.

Arturito no saba manejar el sable, ni esgrimir la espada, ni tirar a la
pistola. Era menester procurar para l la menor desventaja posible,
equilibrando las fuerzas y buscando iguales probabilidades de triunfo.

Se hallaron dos pistolas de arzn que, muy cargadas, haban de levantar
mucho y enviar la bala harto lejos del punto de mira.

Se concert que los combatientes se colocasen a cuarenta y cinco pasos
de distancia. Al dar una palmada podran marchar ambos, el uno contra el
otro, hasta que slo quince pasos los separasen. Durante la marcha cada
uno poda tirar cuando quisiera.

No bien fue de da claro, combatientes y padrinos fueron a un sitio
apartado y esquivo, a ms de dos kilmetros de la fonda, a una pradera
sin rboles, en medio del bosque. Todo se hizo all como estaba
concertado. Arturito, sostenido por el pundonor, disimulaba su
abatimiento: conoca que el duelo era inevitable, sopena de quedar para
siempre humillado, pero presenta el desenlace ms triste.

El gaucho estaba muy sobre s, ansioso de satisfacer su rabia y
confiando en su destreza en las armas.

Ambos ya en el sitio y con la pistola en la mano, marcharon el uno
contra el otro. Inseguro Arturito de su puntera, no quiso disparar
hasta llegar a la raya que se le haba marcado. El gaucho, ms seguro,
dispar al dar el quinto paso. Todos los testigos tenan el
convencimiento, la casi seguridad de que, no slo el tiro de Arturito,
sino tambin el del gaucho, tan malas y tan cargadas estaban las
pistolas, iban a perderse en el aire. Esperaban que terminase el lance
en reconciliacin, y ya que no en almuerzo, porque la cena estaba
reciente y no tenan gana, en otra nueva cena aquella noche en el mejor
restaurante de Ro de Janeiro.

Pero el hombre propone, y no siempre Dios sino el diablo dispone. Nadie
imagin, por bien que en su sentir el gaucho tirase, que lo que ocurri
fue el resultado de su tino. Lo que ocurri fue el resultado de la
fatalidad ms deplorable. La bala que dispar el gaucho penetr por la
sien derecha en la cabeza del pobre joven y le dej muerto en el acto.

Grande fue el pasmo y profunda la lstima de todos los cmplices en
aquel horror. El mismo Pedro Lobo, disipada de pronto su clera, se
sinti afligido.

El caso, de comn acuerdo, se ocult o se disimul para con el pblico.
La fiebre amarilla haca entonces muchas vctimas en Ro. En la Tejuca
no atacaba nunca aquella enfermedad, pero si alguien la traa a la
Tejuca desde Ro, la muerte era inevitable y rpida.

Para el pblico se supuso que Arturito haba muerto en la Tejuca de la
fiebre amarilla.




-XIX-


Rafaela tuvo pronta y exacta noticia de cuanto haba ocurrido, y su
dolor fue muy hondo. Ella tendra sus defectos, pero no se puede negar
que era leal y verdica, y que abominaba del embuste. Lo que haba dicho
a Arturito cuando le despidi era la verdad misma. Al dejar de quererle,
como amante, haba seguido querindole como si fuera su hijo: como
criatura de su espritu, ya que le haba iluminado y mejorado. De aqu
que la funcin de la Tejuca, triste prueba de la recada del joven,
abandonado por ella, bast para afligirla; pero lo que la desol, por no
ofrecer ya remedio ni esperanza, fue la muerte violenta tan estpida y
brutalmente motivada.

Rafaela, distando mucho de ser merengue de fresa, sin tener nada de
empalagoso sino de brioso, atesoraba en el centro de su corazn un
inexhausto manantial de cario. No por reflexin ni por estudiadas
teoras, sino por ciego e indomable instinto, era la mujer filntropa.
El Padre Garca se lo haba dicho muchas veces: Ay, hija ma, s t
amases a Dios la mitad siquiera que a los hombres, no estaras ya en la
tierra, sino en el cielo, en el ardiente coro de los ms enamorados
serafines que coronan cual nimbo luminoso el trono del Altsimo! Lo
conveniente, aada el Padre en otra ocasin, es que tu filantropa se
trueque en caridad cristiana: que ames a Dios sobre todas las cosas.
Considera lo encaramada y elevada que ests ya en el amor, y calcula, si
puedes, hasta dnde te encumbraras en cuanto pusieses sobre todo ello
tu amor divino.

Por desgracia, esta deseada y aconsejada superposicin no haba llegado
a verificarse, aunque Rafaela a menudo la apeteca.

Indudablemente, sin ninguna intencin y sin oculto propsito, sin
descubrir ni reconocer ella como causa de su cambio la impresin que
Juan Maury le haba hecho, y creyndose impulsada por las amonestaciones
y piadosos discursos del Padre Garca, no slo haba despedido a
Arturito, sino que tambin se propuso no volver a recibir al gaucho y
romper para siempre con l, aunque bien notaba, con cierto sentimiento
entre lisonjero y penoso, que la segunda venida del gaucho a Ro haba
sido por ella.

Y como ella jams desechaba la gratitud ni la amistad, aunque desechase
el amor, todava, al despedir resueltamente al gaucho por medio de
_Madame_ Duval, conservaba por l estimacin y afecto. Slo cuando supo
la tragedia de la Tejuca, obra sin duda del injustificado rencor de
Pedro Lobo, su amistad y su estimacin hacia l se trocaron en
aborrecimiento.

La insistencia pertinaz que mostr Pedro Lobo en volver a verla,
exacerb este odio, agot su paciencia y le hizo perder los estribos.

Ella no reciba entonces, ni sala de casa; pero _Madame_ Duval era
perseguida y detenida por Pedro Lobo, y ora por su medio, ora
imprudentemente, valindose de un criado cualquiera, Pedro Lobo la
inquietaba y la atormentaba con cartas pidindole, casi exigindole una
cita.

A las cuatro primeras cartas, dos al da, nada contest Rafaela. A la
quinta, en la maana del da tercero, Rafaela se puso fuera de s,
perdi toda su circunspeccin, desech recelos, resolvi arrostrar
cualquier peligro que sobreviniese y contest al gaucho, sin rasgar el
papel, aunque bien pudiera decirse, citando el antiguo romance, que le
escribi:

_Con tanta clera y rabia_,
_que donde pone la pluma_
_el delgado papel rasga_.

La carta de Rafaela era como sigue:

Sr. D. Pedro Lobo: Ni usted tiene, ni yo he dado a usted el menor
derecho para lo que hace, inquietndome, afligindome y desesperndome.
Jams promet ni exig a usted que me prometiera fidelidad ni
constancia. No hay lazo que nos ate ni obligacin que nos encadene.
Libre es usted y yo tambin lo soy de querer a quien se nos antoje. Con
plena libertad, aun despus de haber arrojado de mi alma, por motivos de
que no tengo que darle cuenta, todo tierno afecto hacia usted, le
consagraba yo an estimacin amistosa. Esta se ha perdido tambin por la
tremenda culpa de usted cometida hace pocos das. Ya ni amor, ni
amistad, ni estimacin le tengo. No dir que le odio, porque no odio a
nadie, y si le odiase hara de usted excepcin honrosa. Me es usted
indiferente, pero me aburren y me atacan los nervios sus persecuciones.
Vyase usted de Ro y djeme en paz. Como no gusto de frases pomposas,
cuyo contenido pudiera alguien poner en duda, no me meto en decir que
soy una dama y que usted es un caballero: dir slo que soy una buena
mujer, aunque pecadora, y que espero que sea usted un hombre bueno para
m y que como tal se conduzca. Con dicha esperanza escribo esta carta, y
confo en que no me comprometer usted abusando de ella; mas aunque
desconfiase, de nada tendra miedo. Podra usted causarme el mayor dao
y me sera menos insufrible que su empeo de reanudar relaciones. Rotas
estn para siempre y nada temo por m. Temo por usted y le aconsejo que
se vaya cuanto antes a Europa. Por nada del mundo quisiera yo ms
tragedia. Yo no soy vengativa, pero hay personas que lo son. Gurdese
usted de ellas, y pngase en salvo.

As terminaba la carta, firmada slo con la inicial R.

_Madame_ Duval la llev a la fonda donde el gaucho viva, y estuvo
presente a su lectura.

No bien acab de leer, Pedro Lobo dijo furioso:

--Me insulta y hasta se atreve a amenazarme. Sin duda tiene nuevo galn y
con l es con quien me amenaza. Yo me ro. Morir a mis manos como
Arturito ha muerto.

--Sosiguese usted--dijo _Madame_ Duval con mucho reposo--. No es amenaza
sino aviso lo que da mi seora. Ella dista mucho de tener nuevo galn.
Crame usted. Hablo sinceramente. Mi seora se ha entrado por la
devocin y lleva camino de ser una santa.

--Pues entonces quin es la persona de quien dice que debo salvarme? Yo
no quiero salvarme de nadie. La buscar y nos veremos las caras.

--No se exalte usted, seor Pedro Lobo--replic la duea--. No hay motivo
ni posibilidad de que usted tenga nuevo lance. El aviso de mi seora se
funda....

--En qu se funda?

--Tal vez en que ha irritado usted a un hombre rico y poderoso
arrebatndole su nico hijo, a quien idolatraba.

--Cree Rafaela acaso que el viejo Machado es capaz de pagar sicarios
para que me asesinen?

--Muy lejos est de creerlo, pero tal vez haya quien, sin esperar ni
recibir salarios, ponga a usted asechanzas y atente contra su vida.

--Y quin puede ser ese guapo?

--Pues bien, seor Pedro Lobo, voy a decrselo a usted para su gobierno.
No digo que sea, pero puede ser el negro Octaviano. Acusarle sera
intil y hasta peligroso porque se pondra cierto lance en conocimiento
de la justicia y porque no hay prueba alguna contra Octaviano. Yo slo
s que l es rencoroso y fuerte, que sabe disimular sus propsitos y que
amaba en extremo a su nio, como l llamaba al seorito Arturo. El bro
del tal negro es para aterrar a cualquiera. Todos los otros negros le
reconocen como el ms diestro y pujante en la _carnerada_.

--Y qu diantre de _carnerada_ es esa?--pregunt Pedro Lobo riendo,
aunque preocupado y un tanto cuanto con la risa del conejo.

--La _carnerada_--contest _Madame_ Duval--, es un raro arte de esgrima que
los negros aprenden y ejercen. Como tienen la cabeza ms dura que
hierro, hacen de ella un arma y llegan a dar topetadas feroces y a veces
mortales. A menudo, ni la ley puede castigarlos por este crimen, porque
una fiebre o un delirio, que tambin se llama _carnerada_, se apodera de
ellos, les quita la responsabilidad y el juicio y los impulsa a correr
frenticos por las calles y a chocar con el primero que ms a propsito
se les antoja, dndole a veces tan tremendo golpe en el pecho, que le
causa la muerte. Ni mi seora ni yo podemos saber de fijo que Octaviano
quiera emplear en usted la _carnerada_; pero todo es posible, y tenga
usted entendido que Octaviano no es solamente audaz, sino tambin
precavido y astuto, por lo cual, si se propone _topar_ contra usted, no
le bastara fiar en su destreza, aunque es mucho lo que en ella fa, y
de seguro que habr juramentado a varios de sus amigos y discpulos en
el arte, para que si l malogra la empresa, ellos la terminen.

Al or esta relacin, Pedro Lobo no pudo aguantar ms, mont en clera y
dijo a la duea:

--Ea, basta ya, doa Duval o doa Marispalos, y no pretenda burlarse de
m e intimidarme con mentiras o con ridiculeces. Pronto, largo de aqu,
si no quiere usted que me olvide de que es mujer y... vieja.

Lo de vieja doli en extremo a _Madame_ Duval, porque se consideraba
joven y casi lo era. An no haba cumplido cuarenta aos; gozaba de muy
buena salud; si bien algo chata, no tena mal ver, y estaba rolliza y
sonrosada, y con la tez tersa y jugosa.

Al llamarla vieja, Pedro Lobo proceda con injusticia notoria y con
falta bestial de galantera, pero, como estaba tan enojado, algo debemos
perdonarle.

Lo que es _Madame_ Duval no le perdon nada. Tuvo, s, miedo de su furia
y puso pies en polvorosa. Sin embargo, al llegar a la puerta de la sala,
y antes de apresurar el paso y aun de echar a correr, no pudo resistir a
la tentacin de imitar a los partos y de disparar huyendo la ms
emponzoada flecha.

--Seor valiente--dijo--. No disimule usted su miedo con la clera. El caso
es grave. No morir usted de cornada de burro, pero puede morir de
topetada de negro. Est sobre aviso.

Pedro Lobo qued bramando de coraje. Hallaba ridculo que le amenazasen
con la _carnerada_, y ms ridculo an que l la temiese. Pedro Lobo, no
obstante, la tema, aunque trataba de disipar el temor y de ocultarle a
su propia conciencia.

Harto saba l que lo de la fiebre o delirio de la _carnerada_ no era
fbula. Por otra parte qu adelantaba con seguir en Ro? La carta de
Rafaela era feroz, pero l desista de vengarse de ella villanamente. Y
pretender o exigir de nuevo reconciliacin, ya con splicas, ya con
intimidaciones, estaba convencido de que era intil.

En Ro, adems, donde el Sr. Gregorio Machado era bastante querido, casi
toda la gente de la sociedad miraba al gaucho con disgusto mal
disimulado como a matador de un mozo que en medio de todos sus extravos
siempre haba sido dulce y afable.

Pedro Lobo revolvi mil cosas en su mente, form mil desatinados
proyectos: hasta pens en ir de mano armada a buscar a Octaviano,
adelantndose a matarle antes de que l le matara; pero al cabo, despus
de muchos desvaros, prevaleci la determinacin ms juiciosa; y, cuatro
das despus de la conversacin que tuvo con _Madame_ Duval, Pedro Lobo
se embarc en un vapor ingls que iba a Southampton y libr de su odiada
presencia a Rafaela, a _Madame_ Duval, al seor Gregorio Machado, a
Octaviano, y a casi toda la sociedad _fluminense_.




-XX-


Grosero y pesimista es el refrn que dice: el muerto al hoyo y el
vivo al bollo. El refrn, con todo, tiene por desgracia mucho de verdad.
A los siete u ocho das de muerto Arturito y a los tres o cuatro de ido
Pedro Lobo, nadie se acordaba ya de Arturito, salvo su padre, Octaviano,
Rafaela y el Sr. D. Joaqun, que le amaba y le lloraba como a su mejor
amigo. Porque D. Joaqun, cual fruto almibarado y sabroso con cscara
amarga, no bien qued despojado por el amor y el arte de su mujer de la
cscara de usurero en que durante muchos aos se haba parapetado y
escondido, apareci como el ser ms tierno y angelical entre todos los
seres humanos.

En Ro se segua la vida de costumbre, si bien muchos caballeros y la
elegante juventud dorada echaban de menos la tertulia de Rafaela, la
cual andaba retrada y triste, y no reciba.

Muchos jvenes de la buena sociedad acudan con frecuencia al casino
como nico recurso. Nuestros amigos, o por lo menos conocidos ya del
lector, el vizconde de Goivoformoso y Juan Maury, eran de los que all
ms acudan.

Hubo, a la sazn, un incidente que tiene trazas de insignificante, pero
del cual importa dar cuenta ahora, porque contribuye algo a la claridad
y al proceso de esta historia, quizs ms verdadera que divertida.

En sus ademanes, en su conversacin, en su modo de vestir, de
presentarse y hasta de andar, era tan sencillo Juan Maury y careca
tanto de afectacin y estudio, o los disimulaba tan bien, que las
personas ordinarias no caan en la cuenta de su aristocrtica y natural
distincin, y slo las personas que, si no tenan la misma distincin,
eran dignas y capaces de tenerla, comprendan y estimaban en todos sus
quilates la del inglesito: pero ni a unas ni a otras personas
deslumbraba l ni hera o lastimaba con elegancias de relumbrn. Era
todo lo contrario de lo que haba sido Arturito al volver de Pars. La
ropa, los dijes y los primores de Arturito haban excitado la admiracin
y la envidia. Su _dandinismo_ haba hecho estruendosa irrupcin en la
mente de sus maravillados compatriotas, mientras que el _dandinismo_ de
Juan Maury, casi a despecho de su poseedor, slo se insinuaba con suave
lentitud en el espritu de la gente ms delicada. Evidentemente, Juan
Maury ni tena en Ro, ni hubiera tenido en parte alguna, el menor
propsito de llamar la atencin, y menos que por nada por adornos o
perfiles que pueden comprarse en una tienda. Pero an era muchacho y
sola tener caprichos casi infantiles. Por uno, pues, haba llamado la
atencin a pesar suyo. Nadie haba reparado en que sus fracs y sus
levitas tenan corte ms elegante, ni que en todo lo dems de su traje
haba el sello de la perfeccin que cabe en lo humano; pero el bastn
que llevaba de diario excit la admiracin e hizo el encanto de todos,
porque entonces era objeto de altsima novedad, y de invencin tan
reciente, que tal vez no se contara an por todo el mundo media docena
de semejantes bastones, los cuales, con el andar del tiempo, se han
emplebeyecido y divulgado tanto, que ya nadie los lleva, a no ser algn
cursi frentico y atrasado de moda.

El bastn de Juan Maury era un bamb como cualquiera otro. Por donde
descollaba y pasmaba, era por el puo, hecho de marfil en forma de
cabeza semi-humana, semi-perruna, bastante bien tallada. Los ojos eran
de vidrio, imitando los naturales, y muy luminosos. La parte que
figuraba el pelo estaba teida de negro; en las mejillas haba un tinte
sonrosado, y en la boca vivsimo color rojo. Se tocaba un resorte o
botoncito, y la figura entonces bajaba y suba los prpados, abra mucho
la boca y sacaba y enseaba una lengua muy larga y puntiaguda.

Las muecas de la cabeza esculpida, al moverse por medio del resorte de
la manera ya indicada, divirtieron mucho a los jvenes brasileos, y no
pocos se apresuraron a ser presentados a Juan Maury para que les
enseara el bastn, cuyo xito fue tan grande que le pidieron las seas
de la ciudad y de la tienda donde le haba comprado, y pidieron una
buena remesa de ellos para Ro.

Mucho distaba an de llegar la remesa, cuando, en aquellos mismos das
del lance entre Arturito y el gaucho, not la gente que Juan Maury no
llevaba ya el bastn. Le preguntaron por su paradero y l contest que
no saba. El bastn se le haba perdido. No haba quedado rastro de l.
Era como si la tierra se le hubiese tragado.

Tres puntos fueron los que en aquellos das se tocaron en las
conversaciones en que la poltica o la literatura no entraban por nada.
La muerte de Arturito y la prdida del bastn, aunque pronto empezaron a
olvidarse ambas cosas, y por ltimo la aparicin de la famosa contralto
Rosina Stolz, que iba a estrenarse en el teatro principal, en la
Semramis de Rossini, donde ella era admirable, como actriz y como
cantora, haciendo el papel de Arsaces.

Los filarmnicos, que en los ensayos la haban odo, estaban
entusiasmados y referan maravillas, lo cual acrecentaba la envidiable
fama que la haba precedido antes de llegar de Europa y estimulaba en
todas las personas de buen gusto la curiosidad y el anhelo de verla y de
orla.

Daba mayor inters a la aparicin de la Stolz en el teatro de Ro, el
que se haba formado un terrible partido contra ella, impulsado por el
sentimiento patritico. Y no porque nadie imaginase que poda existir
rivalidad entre las _modinhas_ del pas y la msica de los grandes
maestros italianos, ni entre las indgenas y populares cantoras y una
_diva_ tan eminente y tan aplaudida en los principales teatros europeos.
Todo era por culpa de un desaforado crtico francs, que no ha dejado de
tener imitadores ms tarde. Anticipndose a Julio Lematre, que public
un artculo en los peridicos dando consejos a Sara Bernhardt cuando fue
a Amrica, el referido crtico haba dado y publicado tambin consejos a
la Stolz antes de que se embarcase en un puerto de Europa para ir a la
conquista del Nuevo Mundo.

Muy de veras me aflige no conservar el artculo de los consejos
dirigidos a la Stolz para poder copiar aqu un trocito; pero como Julio
Lematre, en caso parecido, si no idntico, vino a decir lo propio,
pondr aqu algo de lo que dijo:

Vais--le dijo, yo supongo que dirigindose a la Stolz--, a mostraros a
hombres de poco arte y de menos literatura, que os comprendern mal, que
os mirarn con el asombro que se mira una ternera de cinco patas, que
vern en vos un ser extravagante y estruendoso, y no la artista
infinitamente seductora; y que no reconocern vuestro talento sino
porque les costar caro el oros.

Para remachar el clavo con que el crtico hera el orgullo de la Amrica
latina, como ahora se dice, haba en el artculo algunas amonestaciones
a la artista, a fin de que no se dejase enternecer por las ardientes
adoraciones de los entusiastas americanos, a quienes el articulista
calificaba de sensuales y de candorosos, y que, inflamados de amor,
iran a ponerse de hinojos ante ella.

Este arranque de la _outrecuidance_ parisina enoj en extremo a los
brasileos ms patriotas, faltando poco para que no le produjese a la
Stolz el amargo fruto de una silba. Por fortuna la filarmona pudo ms
en esta ocasin que el patriotismo vidrioso, y la Stolz fue aplaudida
frenticamente, y llevada a su casa en triunfo, con msica, antorchas y
faroles encendidos. Hubo, no obstante, algn poeta satrico y
avinagrado, que se veng en la Stolz de la insolencia del crtico
francs, y todava conservo yo en la memoria algo de una graciossima
stira que le compuso, donde despus de afirmar que la artista era un
desecho del viejo mundo y ella tambin vieja, justifica irnicamente los
aplausos que le han dado con razones y comparaciones como las contenidas
en los siguientes versos:

_Um velho poema de capa extragada_
_Nao perde por isso o interno valor_,
_E a veces de baixo da pranta pisada_
_Descbrense ainda vestigios da flor_.

Pero no adelantemos los sucesos; prescindamos de este episodio que
apenas tiene relacin con nuestra historia, y volvamos a la noche en que
Rosina Stolz apareci en el teatro de Ro por vez primera.




-XXI-


Rafaela, que era generosa de todo, lo era tambin de aplausos y de
alabanzas. Por nada del mundo hubiera gustado de que silbasen a la Stolz
como la haban silbado a ella, a no tener a la mano otro D. Joaqun para
consolarla de la silba. Rafaela quiso, pues, que la Stolz triunfase, y
se propuso contribuir a su triunfo. Y como Rafaela adems era
aficionadsima a la msica, no se resign a dejar de or a tan egregia
cantarina. De aqu que saliese del retraimiento en que por la pena de la
reciente muerte de Arturito se encontraba y apareciese en su palco, en
el teatro, la primera noche en que la Stolz cant en la _Semramis_. Don
Joaqun fue tambin, aunque estaba tan apesadumbrado como si hubiese
perdido un hijo.

En el entreacto, el vizconde de Goivoformoso y Juan Maury, que estaban
en butacas contiguas, subieron juntos a visitar a Rafaela.

Muy impresionado estaba el vizconde, as por el canto como por la accin
y la mmica de la Stolz, pero casi le borr aquella impresin una
sorpresa que D. Joaqun, sin pensarlo ni quererlo, acert a dar a l, y
tambin a Juan Maury y a Rafaela.

No sabemos cmo se habl de Arturito y se lament su muerte. Don Joaqun
se conmovi, hizo tres o cuatro pucheritos y se le saltaron las
lgrimas.

--Toda mi vida--exclam--, conservar como recuerdo una prenda suya, que,
sin duda, _Madame_ Duval llev a la alcoba de mi mujer, donde yo la
encontr hace dos o tres das. Esta es la prenda.

Y levantando la mano del puo del bastn en que la tena apoyada, dej
ver la cabecita de marfil que ya hemos descrito. Y llorando todava por
el difunto, toc el resorte y movi la cabecita para que bajase y
subiese los prpados, abriese la boca y sacase la lengua, luciendo sus
habilidades. Al ver aquello, el vizconde se sonri con malicia mirando a
Juan Maury; ste se puso rojo como la grana, y Rafaela, sin poder
reprimirse, empez a rer a carcajadas. Don Joaqun hubo de imaginar que
a Rafaela le hacan mucha gracia las muecas de aquel mueco, y le movi
ms, ponindosele delante. Rafaela ri entonces con carcajadas ms
sonoras, y, para no llamar la atencin del pblico, se retir al fondo
del palco. All sigui la risa, y sigui, hasta que D. Joaqun, que
haba cesado ya de mover el resorte, acab por alarmarse. Tambin se
alarmaron Juan Maury y el vizconde, nicos all presentes. La risa, por
caso extrao, se convirti en ataque de nervios. Fue menester que
Rafaela se retirase a su casa a media funcin, sin contribuir al triunfo
de la famosa cantarina y sin presenciarle.

Slo el vizconde, testigo de aquella escena, pudo comprender sus causas
y explicar su significado.

Don Joaqun no volvi a servirse del bastn, porque Rafaela le dijo que
el verle le haca dao.

En efecto; Rafaela era una criatura muy singular. Al principio hall
chistosa la equivocacin de su marido y se ri de todas veras, con
placer semejante al que produce la representacin de un grotesco
sainete; pero la tenaz persistencia de la escultura en sus muecas y
visajes le produjo un efecto muy raro. Del mismo modo que al restregar
un fsforo se hace brotar la llama, se dira que aquella figura, con sus
persistentes y fantsticos movimientos, le restreg las telas del
cerebro, y barriendo de all las imgenes ridculas, hizo aparecer el
cuadro vivo de tristes sucesos a que ella haba dado ocasin, cuando no
causa, y la no menos viva representacin de la deplorable facilidad con
que ella, casi sin saber cmo, haba abandonado, en un momento de
alucinacin, los sinceros propsitos y los excelentes planes que le
haba hecho concebir el Padre Garca. Tal vez en la misma noche en que
Arturito y el gaucho rean un duelo a muerte, ella con el inglesito se
haba olvidado de todo. El puo del bastn, con su monstruosa y
semi-humana figura, de repente se troc en un espectro para ella; en un
espectro que acuda a atormentarla con burlas espantosas.

La seora de Figueredo, con todo, no se ahogaba en poca agua ni se
asustaba por cualquier niera. El ahogo y el susto pasaron pronto.
Todas las cosas volvieron al ser que tenan.

El inglesito lleg a ser ntimo en casa de Rafaela. Don Joaqun concibi
por l mucho ms cario que el que tuvo al gaucho, y casi estamos por
afirmar que un poco ms que el que tuvo a Arturito. Hasta la propia
_Madame_ Duval le cobr mayor amistad, le consider ms que a nadie y le
mir como si fuese el seorito hijo de la casa, hablndole siempre en
ingls y dndole el tratamiento de Master John.

Pasado este incidente, advertido slo por el vizconde de Goivoformoso y
por los tres actores principales, empez y transcurri una poca
brillantsima para el hotel de los seores de Figueredo y famosa en los
anales de la _high life_ fluminense. Banquetes, animadas tertulias,
bailes, lucidas cabalgatas y hasta giras de campo se sucedan con corta
interrupcin. El inglesito no faltaba jams en estas diversiones. Y
Rafaela, como el sol en el meridiano, resplandeca por su hermosura y
elegancia y pareca dichosa. Lo que es D. Joaqun no se mostraba menos
elegante ni menos satisfecho, aunque s harto menos bonito, y dejando
notar en la flojedad de sus piernas y en el temblor de sus manos que lo
que llaman vulgarmente el _bajn_ iba llegando para l, y que as para
l como para los dems mortales, no pasan en balde los aos.




-XXII-


Pronto pas uno ms, cuando ocurri algo que, si bien hubiera
debido preverse, fue muy doloroso para Rafaela. Juan Maury, trasladado
por su gobierno con ascenso a una Legacin de Europa, tuvo que abandonar
a Ro de Janeiro. Rafaela sinti sin duda grandsimo pesar, pero no le
falt energa para disimularle, y a los ojos del pblico apareci
impasible y serena, as en los das que precedieron a la partida de Juan
Maury como despus de su partida.

Lo que pas, durante aquellos das, en el corazn de Rafaela, no lo supo
ms que una persona. Rafaela no se lo poda ni se lo quera decir a
_Madame_ Duval, por juzgar sobrado sublime su secreto para hacer
partcipe de l a tan vulgar personaje. Ni poda ni quera tampoco
confesarle al Padre Garca, por considerar su secreto profano y por no
ver en l culpa acompaada de arrepentimiento.

Rafaela, no obstante, senta la necesidad de desahogar con alguien su
corazn, hablando de sus penas. Y como su nico, constante y muy ntimo
amigo en la ciudad era el Vizconde de Goivoformoso, a quien trataba
desde que ella haba llegado a Lisboa, Rafaela reconoci que slo el
Vizconde era su posible confidente, y habl con l de todo, si bien con
mayor seriedad, con el mismo desenfado y con la misma franqueza que
empleaba para hablar con l cuando, haca ya ms de diez aos, l y ella
iban a merendar o a cenar juntos en el _Retiro de Camoens_.

Despus de la ida de Juan Maury, Rafaela, a fin de evitar las hablillas
y para que no se burlasen de ella afectando compadecerla como a mujer
abandonada, sigui recibiendo por las noches y procurando que su
tertulia no estuviese menos concurrida ni menos alegre que antes.

Las expediciones campestres de D. Joaqun a la _chcara_ y las
frecuentes jaquecas de que ella padeca, eran recursos de que no se
haba desprendido ni quera desprenderse. De estos recursos se vali
entonces, no en pro del amor, sino en pro de una antigua y constante
amistad, de la que esperaba consuelo y alivio en sus penas. Deseosa de
hablar reposadamente con el Vizconde, le cit para una noche en que no
reciba a los dems tertulianos, y tuvo con l el coloquio que vamos a
reproducir aqu.

Despus de los amistosos saludos de costumbre, con la inveterada
familiaridad de siempre, y tuteando al Vizconde como sola, Rafaela le
dijo:

--T eres mi mejor amigo, lleno para m de amabilidad y de indulgencia. A
solas contigo, no s disimular: todo lo confieso: pienso alto. No me lo
agradezcas. Yo soy quien debe mostrarte su gratitud. Si yo no pudiera
decir a alguien lo que siento, si no te tuviera a ti para decirlo, creo
que mi corazn estallara como una bomba.

--Pues, hija ma, di cuanto se te ocurra, que pronto estoy a escucharte y
a consolarte si puedo.

--De sobra--replic ella--sabes mis relaciones con Juan Maury. Lo que no
sabes es lo que ha habido de singular y de nuevo en estas relaciones.
Otros hombres me han inspirado simpatas ms o menos vehementes. Por
ellos he sentido lo que se llama amistad. A caer en sus brazos me ha
impulsado no s qu extraa misericordia, no s qu endiablada
generosidad, que califico de perversa, y no s qu vanidosa estimacin
de mi propia hermosura. He sido como engredo artista que anhela mostrar
la linda joya que ha cincelado al que juzga delicado conocedor y buen
perito. He sido como el poeta que, por ms esfuerzos que hace, no sabe
resistir a la tentacin de recitar sus versos a quien juzga persona de
gusto exquisito, capaz de estimar y de tasar el valor de ellos y los
quilates de perfeccin y de belleza que contienen. Esta soberbia ma y
el benigno afn de conceder yo venturas, sin pena para m, sino tal vez
con deleite, han sido la causa de no pocos extravos y ligerezas que
deploro. La gente me calificar de mujer galante y enamorada. Pero, si
bien se mira, yo no he conocido el amor, como este no sea una
combinacin de amistad, aprecio, deseo de agradar y de embelesar, y
empeo vanidoso en mostrar a quien se aprecia y a quien se profesa
cierto cario, todo el valer, toda la lozana y toda la potencia
deleitable y beatfica de la propia persona. Pero esto no es el
verdadero amor. Si no fuese por los versos y las novelas que he ledo,
yo no tendra de l ni noticia ni presentimiento. En mi alma ha habido
predileccin no pocas veces. T, por ejemplo, y no quiero lisonjearte,
has sido uno de mis predilectos. Lo que no ha habido en mi alma ha sido
el amor perfectsimo de que nos habla la poesa. Mi alma ha tenido sus
predilectos. Nunca ha llegado a tener al amado: al nico, al verdadero y
legtimo esposo; al que exclusivamente y para siempre se rinde la
voluntad y se entrega y se abandona la vida. Sin l no se concibe goce.
Las aspiraciones todas del espritu, la fe en el mrito y excelencia de
un ser extrao, el ansia de inefables placeres, todo, segn dicen, se
pone y se busca en el amado, el cual slo podra tener rival en Dios, si
logrsemos mortificar y aniquilar nuestro cuerpo y convertirnos en
espritu puro. Para la mujer amante no tiene, pues, ni puede tener en la
tierra, rival el amado. Yo no haba llegado ni me consideraba capaz de
llegar a tan gentil idolatra. Slo he entrevisto y columbrado as la
capacidad de sentirla como el hechizo que debe de haber en ella, desde
que fui de Juan Maury. Pero l, bondadoso, agradecido, con notable
afecto hacia m, porque yo no puedo ni quiero quejarme de su tibieza ni
de su egosmo, siempre me consider como a una buena mujer, aunque harto
ligera, y ese amor verdadero, ese apretado lazo de unin completa e
indisoluble entre dos corazones humanos, jams imagin que pudiera
enlazar su corazn con el mo. Yo entiendo que esto no llega a
conseguirse jams con splicas y excitaciones de una parte. En ambas,
para que prevalezca, ha de nacer de un modo espontneo. Adems, yo soy
orgullosa y detesto la ficcin y la mentira, aunque la piedad las
motive. De aqu que al amor ideal, al amor exclusivo y nico, que iba a
brotar en mi alma, por primera vez y como flor tarda, le cort yo las
alas antes de que remontase el vuelo. Juan Maury se ha ido. Yo no le
censuro. Ha hecho bien. Ni l poda darme ni yo poda exigirle amor
constante y para siempre. Deploro el amor ahogado antes de nacer, mas no
el que ya viva y ha muerto. Hasta en mi propia alma haba obstculos
invencibles contra el nacimiento del amor, obstculos que hubieran
combatido contra l para darle muerte apenas nacido. La amistad que me
inspira Joaqun Figueredo, mi gratitud hacia l, la estimacin que le
tengo, al ver en l un conjunto de nobles prendas, oculto y sepultado
antes bajo las ruines condiciones de su srdida existencia primera, y
que yo he descubierto despus, as para m como para la generalidad de
los hombres, todo esto no ha podido vencer la inclinacin viciosa de mi
naturaleza, la vehemencia de mis pasiones y la licencia y el desenfreno
en que me he criado. Intiles han sido mis propsitos de serle fiel;
pero, me parece que no puede haber fuerza en el mundo que me impulse a
serle inconstante, a abandonarle, a causarle inmenso dolor dejndole ver
con claridad mi desvo, siendo con l cruelmente ingrata. Tengo por
cierto que si mi amor hubiera nacido y se hubiera manifestado con la
mayor vehemencia y si Juan Maury hubiera participado de l por completo,
todava hubiera yo preferido morir a dejar solo a Joaqun Figueredo, sin
los cuidados y la ternura que hoy ms que nunca necesita y que yo le
dedico. Por esta consideracin, casi me alegro de que Juan Maury me haya
dejado y se haya ido muy lejos. Ms vale que amor no nazca que no que
muera en terrible lucha con una obligacin que juzgo sagrada. Acaso
halles t harto alambicado y sutil lo que estoy diciendo, pero digo lo
que siento aunque te parezca inverosmil. Hoy, perdido para m Juan
Maury y demostrada mi imposibilidad de amor, queda cual nico fin de mi
vida el propsito de hacer feliz a Figueredo, de mirar por su salud y
bienestar, de endulzar y de prolongar su vida hasta donde sea posible,
y, si le sobrevivo, de cerrar piadosamente sus ojos y de llorar su
muerte.

El Vizconde oy con placer este en su sentir bello discurso, y le oy
tambin con asombro, porque apenas haba hablado ntimamente con Rafaela
desde que, en la aurora de la vida de ella y de l, tuvieron ambos
frecuentes y encantadores coloquios en el famoso fign de Lisboa,
llamado _Retiro de Camoens_.

En extremo se pasm el Vizconde del extraordinario progreso del espritu
de Rafaela en agudeza y en profundidad, y de su corazn en elevaciones
morales. l pens, no obstante, que estas elevaciones, la gratitud de
Rafaela y su reconocido deber de hacer dichoso a D. Joaqun, no se
haban opuesto hasta entonces, ni se opondran en lo futuro, a ciertos
dulces, misteriosos y fugaces abandonos. Pens tambin que Rafaela
estaba afligidsima porque no haba podido nacer en ella el amor puro. Y
pens, por ltimo, que para consolacin de tantas cuitas, y vista y
declarada la imposibilidad del amor puro, an podra servir el mixto,
tal como Rafaela le entenda y le haba descrito, o sea la combinacin
de la amistad, del aprecio, del anhelo de lucir generosidad y gallarda
y de la sed del deleite.

Rafaela estaba bellsima: incomparablemente ms bella que all en
Lisboa, en la plaza de toros o en el _Retiro de Camoens_. Entonces era
diamante en bruto: ahora diamante pulimentado y primorosamente engarzado
en cerco de oro. Entonces era como planta silvestre de flor menuda y
desabrido fruto, y ahora como planta cultivada con el mayor esmero, rica
en flores odorantes y pomposas y en los frutos ms exquisitos y
sazonados.

Hechas estas reflexiones, que asaltaron con rapidez y en tumulto la
mente del Vizconde, y movido adems por el deseo, por el cario y hasta
por la obligacin en que se crea de ofrecer consuelo, a fin de no pasar
por descorts y por sandio, el Vizconde record con viveza las antiguas
intimidades y mostr con mayor viveza an el prurito de renovarlas. Pero
se llev chasco y se qued fro.

Rafaela, sin menguar en nada su amistad hacia el Vizconde, y sin
descomponerse con violencia y con enojo, le rechaz de modo tan resuelto
y tan firme, que se disiparon las ilusiones que l se haba forjado y
reconoci que slo con amistad poda consolar a Rafaela y ella quera
ser consolada por l.

El Vizconde tuvo el buen gusto de acomodarse a las circunstancias e hizo
bien el papel de confidente y amigo. As el coloquio dur an ms de una
hora. Rafaela volvi a hablar de su pena, de su aspiracin no cumplida
de amor verdadero y de la desesperanza que de este amor tena,
celebrando y llorando a la vez por ello la partida de Juan Maury.
Declar por ltimo su firme propsito de consagrarse en adelante a la
amistad slo; a la amistad sin combinaciones y llena de limpieza. Para
esto, para que fuese su ntimo amigo, haba citado al Vizconde. El otro
amigo predilecto, cuya vida, mejorada por ella, quera seguir endulzando
hasta que llegase a su fin e iluminndola con luz hechicera, era el
seor de Figueredo.

Terminadas todas estas revelaciones y apasionados discreteos, Rafaela
toc la campanilla, vino _Madame_ Duval y sirvi el t con bizcochos,
pastas y tostadas, y ya con excelente crema de las vacas que haba en la
_chcara_ de Petrpolis.

El Vizconde tuvo que irse despus por donde haba venido, con el
contento de que se hubiese reanudado y estrechado tan dulce amistad, y
con la melancola de que fuese ya otra su forma, harto ms sutil,
depurada y etrea que en lo antiguo.




-XXIII-


Nada, durante los dos o tres meses que se siguieron pudo notar la
persona ms lince ni propalar la ms maldiciente, que en la conducta de
Rafaela contradijese los propsitos expresados por ella en su coloquio
con el Vizconde. Se dira, por el contrario, que ella se extremaba en
realizarlos. Sus mimos, sus cuidados hacia D. Joaqun eran incesantes.
Entonces an no haba ferrocarril hasta Petrpolis. D. Joaqun, que
haba envejecido, aunque gustaba de ir all, se fatigaba mucho y Rafaela
se opuso a que fuese. Si iba alguna vez, Rafaela le acompaaba y
comparta con l la fatiga. Jams se quejaba ya de jaqueca, ni enviaba
al campo a D. Joaqun cuando estaba jaquecosa. Casi siempre, sin
jaqueca, y aun cuando por acaso la padeciese, se complaca en tener a D.
Joaqun a su lado. Y al mismo tiempo no se mostraba ni triste ni ms
seria que en lo pasado; su buen humor y su alegra eran como siempre.
Sus concurridas tertulias se hicieron diarias y sin interrupcin. Nadie
hubiera podido declarar con fundamento que la partida de Juan Maury
haba modificado el ser de Rafaela.

Su amistad hacia el Vizconde sigui tan fina y tan estrecha como en el
coloquio, pero sin que el coloquio se repitiese. Ella segua hablando
con el Vizconde, si bien delante de todos y sin dar que sospechar. Su
conversacin amistosa la consolaba y la deleitaba.

No tard Rafaela en perder tambin este consuelo y este deleite.

El Vizconde tuvo que irse a Berln a ocupar otro puesto diplomtico.

Sufri Rafaela con calma la nueva contrariedad, y an sigui, durante
algunas semanas, el mismo gnero de vida.

De repente, y sin que nadie pudiera atribuirlo a otra causa que a una
enfermedad, Rafaela dej de recibir, se retir y se aisl. Nadie la vea
ni en visitas, ni en paseos, ni en teatros.

Este eclipse, aunque largo, termin al fin, cuando pasaron otros cuatro
o cinco meses.

Rafaela reapareci entonces, lozana, bella y refulgente como un astro, y
volvi a ser, durante ms de un ao, el delicioso centro de las
elegancias de Ro.

Quien enferm despus fue el pobre D. Joaqun. D. Joaqun enferm muy de
veras y de la ltima enfermedad, que fue larga y penosa. En ella le
atendi, le vel y le cuid Rafaela como la ms santa, ms fiel, ms
devota y ms apasionada de las mujeres. Hubo tal sinceridad, abnegacin
y fervor en ella, que hasta las personas ms incrdulas y mal pensadas
la miraron como modelo de cariosas enfermeras. D. Joaqun exhal en la
hermosa cara de ella el ltimo suspiro, y ella con la dulzura de su
mirada mitig el terror que infunde el ngel de la muerte, y en la
herida con que mata derram el blsamo de sus lgrimas.

Rafaela, por bondad y por orgullo, era generosa y desprendida. En
aquella ocasin lo fue de suerte que dej maravillados a todos los
brasileos. Pudo disponer y dispuso de la ltima voluntad de D. Joaqun
como de la suya propia. Todo D. Joaqun era suyo.

Ella, no obstante, en vez de quedarse con el inmenso caudal de D.
Joaqun, se enorgulleci y hasta cierto punto se consol con repartirle
en legados a todos los parientes pobres de l, que eran muchos, y a
varios establecimientos de beneficencia del imperio. A casi todos los
esclavos, en recompensa de sus servicios, les concedi libertad. Slo
guard consigo, aunque tambin beneficiados por el testamento de D.
Joaqun, a _Madame_ Duval, a dos doncellas, y a tres negros de los ms
fieles, hechos tambin libertos.

La gente profana deca, entre admiracin y broma, que jams haba habido
en el mundo aventurera ms rumbosa, ni ms bizarra y esplndida mujer
galante.

Claro est que la esplendidez de Rafaela no lleg hasta el necio extremo
de quedar ella a pedir limosna o en estrechez tal que la obligase a
vivir muy en desacuerdo con la magnificencia de que, durante aos, haba
gozado. Rafaela conserv para s una pequea parte, en fondos
extranjeros, del gran capital de su difunto marido; conserv lo bastante
para que le produjese de setenta a ochenta mil francos de renta, con los
que decidi irse de Ro y venir a vivir en Europa.

As lo hizo, a los pocos meses de viuda.

De los posteriores sucesos de su vida, por espacio de mucho tiempo, ni
tenemos noticias circunstanciadas ni nos convendra darlas aqu aunque
las tuvisemos.

Slo veinte aos despus por medio del Vizconde de Goivoformoso, he
vuelto yo a saber de Rafaela, reanudndose su historia en lo ms
esencial con lo que contar en adelante.




-XXIV-


Entre no echar de menos a una persona y olvidarla por completo hay
una enorme distancia. Si el Vizconde de Goivoformoso hubiera seguido
siempre en Ro de Janeiro, todo en torno de l, no slo le hubiera
recordado a Rafaela, si no le hubiera hecho desear su presencia y
lamentar la falta de su trato y de su vista. Pero el Vizconde anduvo
peregrinando por muy diversos y distantes pases, viendo objetos nuevos,
penetrando en el seno de muy diversas sociedades, hablando y oyendo
hablar lenguas distintas y corriendo no pocas y variadas aventuras.
Estuvo en Constantinopla, en Roma, en San Petersburgo, en Berln y en
Viena; y, aunque la nacin a quien serva, as por su posicin
geogrfica, como por la decadencia a que ha venido, no se mezclaba
activamente en los grandes sucesos, l, por aficin natural y tambin
por su oficio, tuvo que enterarse circunstanciadamente de todos y
mirarlos con inters. Ocurrieron casos extraordinarios que no pudieron
menos de cautivar su atencin poderosamente. Acabaron muchas dinastas,
se hundieron muchos tronos; Italia logr al fin su unidad, en balde
deseada durante trece o catorce siglos; se deshizo la confederacin
germnica; Austria perdi la hegemona; Prusia, vencedora, se puso al
frente de casi todos los pueblos germnicos; y por ltimo, en tremenda
lucha con Francia, Prusia la venci y la desmembr, apoderndose de
algunas de sus hermosas ciudades y de parte de su frtil territorio y
obligndola, desde su misma capital, de que se haba apoderado, a pagar
suma enormsima por su rescate.

La vida del Vizconde, que permaneci soltero, fue, a su modo, y aunque
por estilo apacible, no menos rica de acontecimientos que la del mundo.
No faltaron en ella lances de honor y fortuna que no nos incumbe relatar
aqu. Baste saber que, durante veinte aos, sobre pocos ms o menos,
pues no creo que importe mucho una gran exactitud cronolgica, el
Vizconde no volvi a ver en parte alguna a Rafaela, y sta, si bien
sigui presente en su memoria, fue como imagen area y algo confusa,
velada como entre nubes de vagos recuerdos y de agradables antiguas
emociones.

En los primeros das del ao 1873, el Vizconde de Goivoformoso vino a
Pars a pasar una larga temporada.

Vencida Francia, despojada de ricas provincias, desquiciado el primer
imperio entre anrquicas convulsiones, y cruelmente multada ella,
todava se repuso o ms bien no tuvo necesidad de reponerse, porque no
decay, permaneciendo robusta y firme en medio de tantos males y
conservando su poder y su riqueza gracias a la constancia y a la energa
de sus hijos. La fertilidad de su suelo y ms an el talento de los que
en l nacen y viven para todas las artes que hermosean, hechizan o
consuelan la vida humana, su industria y su comercio, su fecunda
habilidad para producir objetos de lujo y de regalo y su virtud
econmica para crear riqueza y para conservarla, todo esto concurri a
que Francia siguiese siendo, si no la primera en podero material, la
ms querida, la ms admirada, la ms respetada, y fuera de Inglaterra,
la ms rica nacin de Europa. Francia sigui dando la moda, enseando la
elegancia y siendo escuela y centro de toda cortesa. La ms brillante
antorcha de la moderna cultura se dira que sigui ardiendo en Pars y
que desde all iluminaba al mundo y atraa amorosamente a las almas.
Sabios, poetas, dramaturgos y novelistas hay, sin duda, en otras
naciones, pero los que ms se leen, se celebran y se admiran en todas
son los franceses. Apenas hay doctrina flamante, buena o mala, ni
filosofa, ni sistema poltico, social o religioso, ni corriente que
arrebate y lleve por nuevo camino las creaciones de la literatura y del
arte que no nazca en Francia o que desde Francia no sea difundida y
divulgada por todo el mundo. El francs sigue siendo, por donde quiera,
la lengua diplomtica y el idioma universal de los refinados y de los
ilustrados. Las gentes de otros pases de Europa, y ms an las de
Amrica, si tienen medios para ello, acuden a Pars, como las mariposas
acuden a la luz, cegadas por su brillo. All creen las mujeres que,
sobre las prendas que en el suelo natal debieron a la naturaleza, van a
adquirir otras prendas artsticas y en cierto modo sobrenaturales, con
las cuales, cuando vuelvan a su tierra, pasmarn a sus compatriotas,
matando de amor a los hombres y de envidia a las mujeres. Los mancebos,
que van all desde apartadas regiones, imaginan que van a probar
alambicadsimos deleites, ignorados y apenas columbrados en sueos en
los lugares de donde vienen, y que van a trocar su primitiva rudeza en
tan raro y gentil atildamiento que parecern otros, y que, al salir del
bao de Pars, resplandecern como seres punto menos que divinos; y los
hombres inclinados a las ciencias, a las letras o a las artes, entienden
que en Pars van a dar a su educacin los ltimos y ms delicados toques
y van a hacerse dignos y capaces de la gloria, difundindola desde all,
si es que la consiguen, con mayor facilidad y prontitud que desde su
misma patria o desde cualquier otro punto del planeta.

No es de extraar, en atencin a lo expuesto, que los aspirantes a
_high-life_, en todos sentidos, vayan en peregrinacin a Pars como van
a la Meca los musulmanes. Las mujeres van a comprarse dijes, afeites y
mudas, a vestirse con Worth y a aprender a saludar, a andar y moverse
con suprema distincin y segn el ltimo estilo; los seres humanos de
ambos sexos, que presumen de discrecin, van all a adquirir desenfado y
soltura fina y a ejercitarse en lo que llaman la _causerie_, o dgase en
cierto linaje de amensima y sutilsima charla, que, segn afirman los
franceses, y casi todos los que no son franceses creen, slo en Francia
y en francs es posible; y los jvenes, por ltimo, que sienten arder en
su cabeza, ora el volcn de la inspiracin potica o artstica, ora el
fuego sagrado y creador de las especulaciones filosficas o de las
ciencias experimentales, van a Pars a iniciarse en ellas, a inspirarse,
a saturarse bien de civilizacin, ya frecuentando la Sorbona, ya
asistiendo a los teatros, ya pasendose por los _boulevards_, ya
conversando con las _heteras_, como Scrates, Alcibades y Pericles
conversaban con Aspasia.

Claro est que estos peregrinos de la cultura procuran visitar y tratar
a los dolos a quienes mayor devocin consagran. Para el que se precia
en su pas de hidalgo y linajudo, qu mayor triunfo que introducirse en
algunas casas y en el seno de algunas ilustres familias del _Faubourg
Saint Germain_? Para el novicio o recluta de la sabidura, qu honra
ms superfina y disparatada que la de ser presentado y bien recibido,
por ejemplo, en el ao 1873 a que nos referimos, por el sabio Ernesto
Renan o por el espiritualista Caro, almibarado filsofo y maestro de
filosofa para las damas? Y qu mayor encanto en el mismo ao de 1873
que el de hablar con Vctor Hugo o con Flaubert que an vivan? Si el
que era presentado a ellos compona versos, pongamos por caso, impresos
o manuscritos poda llevrselos al dolo, el cual tal vez tena la
dignacin de aparentar que los lea y que los entenda, aunque no los
leyese ni los entendiese. Y si por dicha llegaba a celebrarlos con
olmpica benevolencia, el poeta peregrino se llenaba de entusiasmo, de
fe y de aliento para atreverse a mayores cosas y ser en su tierra
trasunto, arrendajo, o copia en menor escala, guardando siempre la
proporcin debida, de aquel a modo de numen tutelar de que haba
acertado a proveerse. Pero, qu mucho si hasta menos altas facultades y
virtudes, cuando estn en potencia, se actan, se acicalan, se templan,
se bruen y se aguzan en Pars como la espada en la oficina del armero?

En Pars, no slo el entendimiento, la imaginacin y la sensibilidad, no
slo los sentidos estticos, o sea la vista y el odo, sino tambin los
otros tres sentidos, se educan y se perfeccionan.

El olfato se adiestra para atinar con los perfumes distinguidos y para
no confundirlos con los que sahman o aromatizan a la gente ordinaria;
el tacto adquiere perspicacia asombrosa para reconocer y disfrutar lo
suave, aterciopelado, tibio y madoroso; y el paladar, por ltimo, deja
de estar embotado por los groseros guisotes patrios, se limpia y se
despeja y llega a penetrarse de cuantos deliciosos sabores dan a sus
guisos los ms inspirados cocineros del mundo.

De lo exterior y somero de todas estas cosas goza el peregrino que llega
a Pars con dinero bastante; mas para entrar bien en Pars, para
naturalizarse all de veras, y no en los bajos y obscuros crculos, sino
en los ms eminentes y luminosos, el dinero no basta. Se necesita adems
saber muy bien la lengua, poseer notables prendas de entendimiento o de
carcter, tener alguna habilidad rara que pueda manifestarse fcilmente,
estar dotado de cierta desenvoltura y atrevimiento, y sobre todo, caer
en gracia, lo cual suele depender, ms que del mrito, de la suerte. Si
esta elevada naturalizacin no se consigue, el que va a Pars no goza en
Pars sino de lo que se paga; se queda aislado o desnivelado, sin llegar
a vencer la prevencin, si a veces algo justificada, siempre fatua, de
que l es un ser retrasado en la marcha ascendente de la humanidad hacia
las regiones de la luz: un individuo de una casta o nacionalidad
inferior, y un brbaro en suma. Verdad es, que siempre que un feliz
mortal, viniendo de tierras extraas, logra vencer la prevencin
susodicha, su triunfo es completsimo, su propia calidad de extico le
da mayor precio, y los ms encumbrados parisienses le ponen sobre el
pedestal en que ellos mismos estn o se creen colocados. As sucedi,
por ejemplo, con el clebre Enrique Heine, y as suceda en el ao a que
nos referimos con el famoso novelista ruso Ivan Turgueneff.

Harto difcil y muy raro es el mencionado triunfo; de suerte que la
mayora de los extranjeros que van a Pars, sobre todo si son
portugueses, espaoles o hispano-americanos, a fin de gozar en Pars de
algo ms que de aquello que se paga, forman sociedad aparte, y son como
una colonia, y estn como en un teatro, cuyas magnficas decoraciones
son la gran ciudad de las orillas del Sena, pero entre cuyos personajes
apenas hay un francs de cierta importancia, a no ser alguno que por
curiosidad cruce el escenario de pasada y tome parte en la accin sin
premeditarlo y casualmente.

Claro est que el Vizconde de Goivoformoso, aunque slo fuera por su
posicin diplomtica, poda aspirar a ms honda penetracin en Pars y a
trato ms ntimo con las varias aristocracias indgenas; pero, como
recin llegado, empez por visitar y frecuentar los crculos
hispano-americano, espaol, portugus y brasileo.

La acaudalada seora de Pinto, rica propietaria de Baha de Todos los
Santos, que haca cuatro aos viva en Pars con gran lujo, no bien se
inform de la llegada del Vizconde, a quien haba conocido en Ro, le
escribi un billetito, convidndole a los ts musicales y a veces
danzantes que tena todos los viernes, y donde la mayor de sus hijas,
que eran dos, y ambas bonitas, mostraba su habilidad y hechizaba con su
voz melodiosa, cantando alternativamente, ya las _modinhas_ de su pas,
ya las canciones ms sentimentales y melanclicas de Alemania, Italia y
Francia.

El Vizconde de Goivoformoso acept gustossimo aquella amable
invitacin, y casi puede decirse que la primera tertulia a que asisti,
despus de su llegada, fue a un t en casa de la mencionada dama
brasilea.




-XXV-


Viva la seora de Pinto en una de las mejores calles que cortan
perpendicularmente la calle de la Universidad: en la parte menos
bulliciosa de las dos en que la ciudad est dividida por el Sena. La
casa de la dama brasilea era nueva y tena hermoso aspecto. La seora
de Pinto habitaba en un piso principal, cmodo y espacioso.

Ella tena buen gusto y haba amueblado su estancia, valindose de los
mejores tapiceros, con muebles elegantes y hasta lujosos, pero sin
relumbrn alguno. Nadie hubiera podido criticar sus salones por lo
chilln y lo dorado de los adornos, pero hubiera habido en ellos algo de
trivial y sin carcter propio, si la mencionada dama, o por reflexin o
por instinto, no hubiera acudido a ponerles un sello de originalidad
peregrina, un tinte marcado de distincin semi-aristocrtica,
semi-americana. Haba en la antesala tapices y reposteros, donde se
vean bordados los complicadsimos escudos de la gloriosa e histrica
familia de los Pintos; y en el centro, frente a la puerta de entrada,
resplandeca, en gran cuadro al leo, al parecer antiguo, la reverenda
imagen de Fernn-Mndez, tan clebre por sus estupendas peregrinaciones,
y uno de los ms brillantes antepasados de que aquella familia se
jactaba. Y como si fueran reliquias de los mil curiosos objetos que
Fernn-Mndez Pinto hubo sin duda de traer cuando volvi a Europa, se
admiraban en aquella antesala broqueles, armaduras, lanzas y sables
chinos, japoneses e indostanes, combinado todo en las panoplias con
flechas y cuchillos de pedernal de los tupinambas, de los tupes y de
otras tribus guerreras del imperio braslico. En dos salas contiguas
apenas haba nada de extico, pero s muchos primorcitos y antiguallas
de porcelana, bronce y plata, estatuetas, esmaltes y vasos colocados en
rinconeras, anaqueles y repisas, o ya sobre los mismos muebles, ya
custodiados en _vitrinas_ de prolija talla y gracioso dibujo. El saln
de baile era de la ms sencilla elegancia, estilo Luis XVI; sin ms
adornos que grandes espejos. Los marcos y dems ornamentacin, aljabas,
palomitas, lazos y flores, todo de madera charolada o ms bien esmaltada
de blanco con filetes azules. En los ricos aparadores del comedor y en
sus armarios de roble esculpido, haba mucha plata labrada, y en las
paredes se vea suspendida multitud de platos de diversas pocas y
procedencias, muestras escogidas del arte cermica.

La seora de Pinto, por ltimo, haba echado el resto en su _boudoir_ y
marcdole ms hondamente con el sello de su originalidad brasilea.
All, sobre un fondo de muebles cmodos y bonitos, de lo ms perfecto y
refinado que en Pars se construye, haba en urnas de cristal lindos
pajaritos disecados, mariposas e insectos de vivsimos colores; pjaros
vivos en doradas jaulas, y lozanas plantas de entre trpicos criadas en
invernculo con atinado esmero.

Todas estas preciosidades y otras muchas que aqu no se ponen para que
no parezca inventario este escrito, no evitaban que los maldicientes,
los descontentadizos y los muy preciados de pertenecer a la flor y nata
de la _high-life_ o de la _smart-set_, calificasen de _interlopes_ y de
_rastaquoures_, tanto la escena que acabamos de presentar, como las
personas que en ella aparecan.

Contribuan no poco a que se formase este mal juicio las dos seoritas
de la casa, cuyo prurito de sealarse entre las dems mujeres y de
llamar la atencin era harto extremado. No se contentaban con ser
elegantes y con andar bien vestidas como las mujeres parisienses, sino
que gustaban de aadir a las galas europeas, rasgos y perfiles del
remoto pas en que haban nacido y de otras apartadas regiones.

La noche de la tertulia a que asisti por primera vez el Vizconde de
Goivoformoso, la mayor de las seoritas de Pinto, que se llamaba Julia,
tena un collar de brillantes colepteros, cuyos litros, heridos por la
luz de lmparas y bujas, lanzaban deslumbradores y tornasolados
reflejos; y la segunda, que se llamaba Flora, llevaba zarcillos y collar
de uas de tigre, muy lustrosas y acicaladas, engarzadas en oro. Atado
adems de sutilsima cadenilla, pendiente de un brazalete, llevaba esta
seorita, para colmo de distincin caprichosa y rara, un magnfico
escarabajo vivo, que se le paseaba por el brazo, el talle y la desnuda
garganta y cuyo refulgente color verde oscuro le haca parecer animada
esmeralda.

La mam nada tena de extrao en su tocado y vestido. En sus modales, si
por algo pecaba, era por sobra de naturalidad y franqueza. La seora de
Pinto, con relacin a los remilgos afectados y a las ceremonias de
Pars, era por dems llanota y campechana. Como ya frisaba en sesenta
aos, aunque se conservaba muy bien, no tena para qu reportarse, ni se
reportaba y refrenaba en sus manifestaciones de cario; de modo que
recibi al Vizconde materialmente con los brazos abiertos. Sus salones
estaban ya llenos de gente, pero no impidi esto que el Vizconde fuese
por ella abrazado y casi besado. Ella deca que era como una hermana
que, despus de largos aos de ausencia, vuelve a ver a su hermano; pero
l entenda que la suposicin hubiera estado mejor hecha figurando ella
como madre y l como hijo. La verdad era, que si bien el Vizconde tena
ms de cincuenta aos, estaba tan bien, que pareca un muchacho, un buen
mozo, atildado, gallardo y fino.




-XXVI-


Creyendo la seora de Pinto cumplir con un deber y deseosa adems
de presentar al Vizconde a los ms notables personajes de su tertulia,
se apoyo en su brazo y recorri con l los salones. La concurrencia era
verdaderamente cosmopolita, y, al parecer, de lo ms selecto y
encopetado. Verdad es que la seora de Pinto no nombraba sino a las
personas que ms notables le parecan, y slo a las archinotables
presentaba al Vizconde. Haba all cuatro prncipes rusos y dos o tres
griegos, varios marqueses italianos, un miembro del Parlamento ingls,
un clebre poeta rumano, algunos seores polacos y seis o siete condes
de Alemania y de Austria, todos _hof-fhig_, o dgase capaces de asistir
en la corte, con diecisis cuarteles cabales, y sin el menor menoscabo
ni deterioro en ninguno de ellos. Las esposas, hijas o hermanas de todo
aquel seoro masculino daban a los salones gracia, hermosura y
lucimiento.

Haba all tambin literatos franceses, aunque de quinto o sexto orden,
o de aquellos cuya celebridad y gloria estaban an en ciernes o en
capullo, sin acabar de florecer y de abrirse a la clara luz del da;
periodistas de varios partidos y media docena de banqueros o aprendices
de banqueros, unos israelitas y otros catlicos.

No se habla aqu de los espaoles, portugueses y americanos, porque
estos eran muchos y formaban la gran mayora de tan hbrida asamblea.

Entre los varios sujetos a quienes la seora de Pinto present al
Vizconde, ninguno llam ms su atencin, atrajo ms su curiosidad ni le
inspir mayor simpata que un caballero gascn, llamado el Barn de
Castel-Bourdac. Sin ver en ello el menor rasgo de caricatura, y sin
poner irona en el tono o en el giro de la frase, podase afirmar de
este Barn, tanto a primera vista, como despus de hablarle y tratarle,
que en su porte, en sus modales, en su conversacin y en su traza, era
todo un gentil hombre: un caballero muy distinguido. Algo haba en l de
ridculo, pero estaba tan hondo y bien disimulado, que era menester
penetrar mucho para que se descubriese. Tena l cerca de setenta aos,
pero no estaba ni muy grueso ni muy flaco, era gil y esbelto, no se
pintaba la cara ni se tea la barba ni el pelo, cuya limpia blancura
despeda resplandor argentino. Su traje, sin nada que se contrapusiese a
la ancianidad de la persona, era sencillo y elegante. Nada de dijes.
Slo botoncillos de ncar cerraban la bien planchada pechera. El lazo de
la corbata blanca estaba improvisado sin artificio. El chaleco era
negro.

Pasaba el Barn por persona de conversacin amensima. Sus chistes eran
repentinos, frescos y no recalentados ni preparados en casa. Todo el
mundo saba que era pobre, y l distaba infinito de ocultarlo, aunque
nunca se lamentaba de su pobreza. No adulaba a nadie, pero no hablaba
mal de nadie tampoco. Estaba lleno de ingnita benignidad y de natural
indulgencia. Era gracioso y haca rer con sus ocurrencias, sin poderlo
remediar: de la manera ms espontnea, sin chocarreras ni bufonadas, y
sin que ni remotamente se descubriera en l el propsito de ganarse por
aquel mrito las voluntades y de adquirir reputacin y valimiento.

Lo ms censurable que en l haba, estaba fundado en el consorcio
estrecho, en la combinacin fecunda de su imaginacin y de su memoria.
Se dira que recordaba cuanto inventaba y que inventaba cuanto
recordaba. Siempre que contaba algo, lo soado y lo vivido eran como si
fuesen idnticos, apareciendo l de resultas, no embustero, sino poeta.
Pero en sus cuentos, ora fuesen ficcin, ora historia verdadera, nada
haba nunca en perjuicio del prjimo, y a veces haba mucho de verdad,
aunque exagerada y bordada. Las telas de su cerebro eran como mapa
confuso, donde estaban muy borrosos los lmites entre lo real y lo
ideal, lo fantstico y lo positivo.

De todos modos, era innegable y notorio que el Barn haba posedo
bastantes bienes de fortuna que en su mocedad haba disipado; que haca
treinta o cuarenta aos haba figurado como joven muy gallardo e
interesante, conquistador de no pocos corazones femeninos, y que por su
nacimiento y familia bien se poda jactar de ser muy ilustre. l
ponderaba y encareca sus perdidas riquezas, sus antiguas conquistas, lo
glorioso de su cuna y su clarsima prosapia. Sin duda, l elevaba todo
esto a la cuarta o a la quinta potencia, pero tena por raz exacta la
verdad, y nadie lo desconoca.

Puestos ya en comunicacin el Barn y el Vizconde, la seora de Pinto
dijo a ste:

--Ahora voy a dar a usted una muy agradable sorpresa; voy a llevarle a la
presencia de la que por su beldad, discrecin y elegancia, es reina de
estos salones y lo sera de cualesquiera otros en que se hallase.

--Y por qu ha de ser eso una sorpresa?--pregunt el Vizconde.

--Es una sorpresa--replic la seora de Pinto--, porque la dama de que
hablo es una antigua, ntima y constante amiga de usted, a quien tiene
usted muy olvidada.

Y sin ms explicaciones, llev al Vizconde al _boudoir_, donde no haban
entrado an.

Cercada all de seis o siete caballeros y en muy animada conversacin,
haba una dama, en cuyo traje y adornos nada se notaba de llamativo ni
de extraordinario, pero en quien todo sujeto inteligente y perito en
cosas del gran mundo hubiera notado en seguida valer superior a cuanto
en torno tena. Hubiera podido imaginarse que era un ser de ms fina y
noble naturaleza, como cado de las nubes, en medio de aquella sociedad
de distincin ms aparente que real.

La dama llevaba un traje de seda negra. En su blanca garganta luca un
magnfico collar de gruesas y redondas perlas. Y perlas adornaban
tambin sus negrsimos cabellos. Su edad, nadie hubiera acertado a
determinarla. Pareca no tener edad, como las diosas o como las
inmortales obras del arte. En sus expresivos y negros ojos arda la
llama de perdurable primavera y en sus mejillas tersas, sin el menor
afeite, florecan las rosas de juventud sana, inmarcesible y sin
trmino. Grande era la serena majestad que se notaba en sus movimientos
y en los gestos y expresin de su cara, aunque hablaba y rea con la
mayor animacin, naturalidad y desenfado, no dejando traslucir, ni por
un leve instante, el afn de excitar la admiracin y de obtener el
encomio. Ella pareca como olvidada de s misma, deleitndose en hablar
sin orse y sin pensar en el efecto que su figura corporal, su voz y su
palabra produciran.

Inmenso fue el asombro del Vizconde cuando reconoci en aquella dama a
su excelente amiga Rafaela la generosa, bellsima como en el _Retiro de
Camoens_, elegantsima y no menos bella que en Ro de Janeiro, pero
perfeccionada, refinada y elevada a un grado supremo de cultura, gracias
a los muchos aos que en la sabia escuela de Pars haba cursado. Si
vale y cabe la comparacin, Rafaela se asemejaba, en lo vivo y en lo
natural, a la obra maestra de un arte exquisito que con el tiempo gana y
se mejora: a pasmosa e inspirada pintura, a la que presta suavidad
apacible y aterciopelado realce la ptina del tiempo.

No bien la Sra. de Pinto present o mejor diremos _represent_ al
Vizconde a la Sra. de Figueredo, sta le recibi con efusin vivsima y
con la alegra franca y cordial de quien vuelve a ver, despus de cerca
de veinte aos de ausencia, a un bueno y carioso amigo.

No tuvo, sin embargo, Rafaela, a quien pronto dejaron sola con el
Vizconde los que antes la rodeaban, ni una sola palabra de queja por el
olvido y por la indiferencia que al parecer l haba tenido para con
ella.

Rafaela pas con rapidez deslizndose sobre toda la serie de aos que
ella y el Vizconde haban estado sin verse.

Habl con l como habl Fray Luis de Len con sus discpulos despus de
salir de la crcel. Rafaela dijo tambin: _decamos ayer_; esto es,
habl con el Vizconde como si reanudase con l la conversacin de la
vspera. Si algo se aludi al tiempo pasado, fue para afirmar l, con
admiracin y con insistencia, que ese tiempo no haba pasado por ella
sino para mejorarla, o que al menos, durante todo ese tiempo, ella haba
estado como las encantadas princesas de los cuentos de hadas, sin que el
tiempo, al pasar, las toque con sus alas, ni las ofenda, ni las huelle.
El tiempo las deja en el mismo ser que tienen, ya que al empezar el
encantamiento y al ponerse en ellas no les preste algo de sobrenatural y
divino. Con la obligada y casi indispensable modestia, que en ocasiones
tales se usa, Rafaela trat de probar que haba envejecido; pero al
cabo, tal vez porque no lo crea, o tal vez para evitar enojosas
discusiones, convino en que estaba tan bien o mejor que nunca. Despus,
ella y el Vizconde charlaron muy largo rato y ambos volvieron a sentirse
tan amigos como veinte aos antes en Ro de Janeiro, y como cerca de
treinta aos antes en Lisboa.




-XXVII-


Muy lisonjeado estaba el Vizconde al notar el contento y la
satisfaccin que al volver a verle y al hablar con l senta la seora
de Figueredo; pero el Vizconde no era presumido ni fatuo, sino razonable
y juicioso. Como todos los que lo son, recel que, si abusaba de la
ventaja de reanudar aquellas relaciones amistosas despus de tanto
tiempo, prolongando mucho el coloquio, no era difcil que en el alma de
Rafaela se desbaratase o se disipase el hechizo de la novedad y que el
gusto se convirtiese en enfado. Quien tiene en rico vaso un licor
exquisito, no le apura de un sorbo, sino que le contempla, le paladea y
poco a poco le va bebiendo. En suma, el Vizconde no quiso apurar hasta
las heces el deleite de hablar aquella noche con Rafaela, exponindose a
cansarla y a hartarla con la mera conversacin, aburriendo, marchitando
y hasta secando, en el alma de ella, el deseo que tal vez pudiera nacer
de que la conversacin dejase de ser trmino y llegase a ser medio y
camino para mayores y ms dulces intimidades. Rafaela, en verdad, haca
involuntariamente que las deseara el Vizconde, porque estaba ms guapa y
ms interesante que nunca.

Hechas en lo interior de su espritu todas estas consideraciones y
forjando mil propsitos vagos, el Vizconde, despus de preguntar a
Rafaela las seas de su casa, insinu la pretensin de no ir slo a
dejarle tarjeta, sino de hallar a Rafaela y de ser recibido.

Rafaela le contest que ella viva ms desordenadamente que nunca; que
para recibir a sus amigos no haba fijado ni da ni hora; pero que a l,
por excepcin, le recibira cuando a ella le fuese posible y l fuese a
verla.

Todo esto, por virtud de un arte o de un instinto que suelen tener las
mujeres, qued indeciso y como flotando en el aire, sin que el Vizconde,
que no quera tampoco tocar por lo insistente en pesado, lograse
conseguir una cita, sin calificarla de cita: una cita implcita,
disimulada y vergonzante, que era lo que l ansiaba.

Algo le contuvo tambin cierta ligera sonrisa burlona, que imagin dos o
tres veces ver pasar como un relmpago sobre el rostro de Rafaela, la
cual harto bien saba l que nunca haba gustado de disimulos y rodeos,
sino de prometer, conceder o negar, por estilo franco, sin el menor
rebozo en la promesa. El Vizconde, adems, no osaba pedir nada y nada
peda. Con qu ttulo, con qu motivo, haba de pedir algo? Era afecto
renaciente, era liviano capricho, qu era lo que en aquel momento
agitaba su corazn? l mismo lo ignoraba. Slo notaba, en el fondo de su
alma, repentinos anhelos de deleite y una resucitada admiracin, ms
vehemente que nunca, hacia aquella extraa mujer que sobre la lozana y
alegre condicin natural de la moza de Lisboa y sobre la graciosa
pomposidad de la seora hacendada de entretrpicos, haba logrado poner
todos los perfiles, realces y filigranas de la parisiense ms curtida y
docta en el arte de los amores. El Vizconde, al menos, imaginaba todo
esto, aunque nosotros no podamos asegurar que era real y exacto lo que
imaginaba. Lo cierto es, que, en aquella noche, habl de todo con
Rafaela: de teatros, de msica, de libros recin publicados, de poltica
y hasta de filosofa, pero no se atrevi o no hall ocasin oportuna
para decirle, de sopetn y muy por lo serio, que de nuevo la amaba. Se
limit, pues, a echarle piropos, si bien con sobriedad, por miedo de
hacerla rer, o lo que es peor, de fastidiarla. As lleg la hora en que
Rafaela tena costumbre de retirarse. El Barn de Castell-Bourdac, su
reconocido _cavaliere servente_, vino en su busca, le dio el brazo, y se
fue con ella, sin duda en el mismo coche, acompandola hasta su casa,
antes de retirarse a la suya.




-XXVIII-


Al da siguiente el Vizconde fue a visitar a Rafaela, que viva
en el primer piso de una magnfica casa, no lejos del Arco de la
Estrella, en calle y barrio nuevos y elegantes. Rafaela no estaba en
casa o no reciba. El Vizconde volvi casi de diario, pero siempre en
balde.

As transcurri, no sin grande impaciencia del Vizconde, una semana
entera, y lleg otro viernes, da en que la seora de Pinto tena su
tertulia.

El Vizconde acudi tan temprano, que slo encontr a la seora y
seoritas de la casa y a tres o cuatro amigos ntimos que haban estado
a comer con ellas. Tuvo, pues, ocasin de ir pasando revista, segn
entraban, a todas las personas que fueron a la tertulia aquella noche.

Rafaela no apareca y el Vizconde casi haba perdido la esperanza de que
apareciese, cuando al fin la anunci en voz alta un criado, diciendo
desde la antesala:

--La seora de Figueredo y el Barn de Castell-Bourdac.

Se dira que el Barn era el indispensable complemento de Rafaela.

El Vizconde la salud al entrar y cruz con ella algunas palabras; pero
acert a contenerse durante ms de una hora, para que ella se cansase de
charlar con sus admiradores y amigos y de recibir adoraciones, y espi
la ocasin propicia en que ella estaba menos rodeada, a fin de osear
fcilmente a los interlocutores enojosos y poder hablar con ella sin que
nadie interviniese en la conversacin ni le molestase.

Harto difcil era esto, pero al cabo lo consigui. Crey notar adems,
con ntima alegra, que para conseguirlo, si el amor propio no le
alucinaba, Rafaela haba puesto mucho de su parte, haciendo que
desmayase la conversacin, no dando cuerda a los que hablaban con ella y
disimulando poco su fastidio.

En suma, el Vizconde pudo hablar con Rafaela en medio de aquel bullicio,
como si estuviesen ambos a solas.

Aunque pequemos de entrometidos, acerqumonos al sof del _boudoir_ en
que ambos estn sentados y oigamos algo de lo que dicen. Sin duda haban
hablado ya de muchas cosas, cuando Rafaela prosigui diciendo:

--Ahora soy independiente y libre como el aire. Alguna compensacin ha de
tener lo melanclico de mi aislamiento. Ni el deber, ni la gratitud, ni
el amor me enlazan hoy, por manera singular, fuerte y exclusiva, con
ningn ser humano. Esta paz y este sosiego de que gozo fomentan mi
egosmo, y cada da se acrecienta ms mi temor de perder ese sosiego y
esa paz que me son tan gratos y tan caros en medio de la agitacin y del
tumulto de esta ciudad populosa. Por qu pretende usted privarme de mi
tranquilidad y despertar mi corazn que se reposa y est como dormido?
Desechar la modestia y convendr con usted en que el tiempo no ha hecho
estragos en mi ser corporal.

--Est usted ms hermosa, ms interesante, ms lozana que
nunca,--interrumpi el Vizconde.

--Sea as,--replic ella--. Muy lisonjeada me siento de que usted lo crea y
muy inclinada a creer y muy satisfecha de creer que usted no se engaa;
pero si el cuerpo permanece como si hubiera vivido encantado o como si
no hubiera vivido, el alma ma ha envejecido de una manera horrible. Se
me figura que mi alma vive, piensa, padece y ama desde hace miles de
aos. Mi alma est fatigadsima. Djela usted que se repose. No me la
inquiete. Seamos buenos amigos, mejores amigos que nunca; pero nada ms.

--Hoy menos que nunca puedo yo resignarme a no ser ms que buen amigo de
usted. Esa necesidad de reposo que usted me dice que siente me parece
fingida. Cuando el cuerpo, que es mortal, est brioso y floreciente
cmo quiere usted que crea yo que el alma est fatigada? A veces
sospecho que tiene usted otros amores. Comprendo entonces que usted no
me ame; pero si no tiene usted otros amores, meme a m y sean estos los
ltimos amores de usted y mos. Busca usted el reposo, pero el reposo no
se halla en la negacin del amor. El reposo y la dicha no estn en que
el alma ame sin objeto, o en que combata para vencer un amor naciente, o
en que muerto en ella el amor de todo lo visible y asequible, se forje
para satisfaccin de su amor siempre vivo un objeto ideal, que jams se
realiza en la tierra. Mi alma tambin se siente como la de usted triste
y fatigada; mas por eso mismo, y conociendo que la soledad no disipara
su tristeza ni aliviara su fatiga, quiere el dulce apoyo de una
compaera, no para lanzarse con ella en busca de violentas emociones,
sino para hallar en ella la paz que le falta y el bien y el regalo que
slo pueden calmar la sed que siente de inefables venturas.

--Muy sutil y potico est usted esta noche--dijo Rafaela sonriendo--. Y lo
peor es que est usted muy razonador y dialctico; y vamos, empiezo a
tener miedo de que usted me convenza. Para huir del peligro me decido a
poner trmino a este coloquio. Dme usted el brazo.

Rafaela se levant del sof, tom el brazo del Vizconde, recorri las
salas y fue saludando y hablando a multitud de personas.

El Vizconde, a pesar de tantos saludos y conversaciones diversas, no
dejaba de insistir en su pretensin. De vez en cuando, en los
intermedios, esto es, siempre que Rafaela dejaba de hablar a una persona
para ir a hablar con otra, el Vizconde, con palabras rpidas, dichas
casi al odo de ella, le rogaba que le amase. Ella pareca no or o no
entender y no le daba respuesta.

Lleg por ltimo la hora de partir, sin que Rafaela cediese, sin que al
menos diese esperanza.

Vio Rafaela al Barn de Castell-Bourdac y le encarg que fuese a buscar
su abrigo. Se despidi luego de la Sra. de Pinto, y, siempre del brazo
del Vizconde, se dirigi a la antesala.

Aquella noche haba en la tertulia mucha gente, y el Barn tard
bastante en volver con el abrigo, a pesar de lo habilidoso que era para
tales menesteres. Las splicas del Vizconde fueron entonces ms
fervorosas y reiteradas. Rafaela se qued un momento pensativa y como
vacilante. Al fin dijo al Vizconde en voz muy baja:

--Sea; usted lo quiere y el diablo lo quiere tambin.

--Y cundo?--dijo con ansia el Vizconde.

--Dentro de doce das, el 20 de este mes--contest ella--, hasta entonces
ni nos hablaremos ni nos veremos.

--Y por qu tan largo plazo?--exclam l.

--Porque quiero--dijo ella--imitar con usted lo que hizo Ninon de Lenclos
con el abate Gedoyn.

--Y qu hizo Ninon con el abate?

--Aguard para hacerle dichoso y le hizo dichoso el da de su cumpleaos.
Trazas tiene de fbula, pero afirman las historias que Ninon cumpli
ochenta aquel da. Mucho disto yo de ser tan anciana, pero el 20 de este
mes cumplir los cincuenta. Quiero que al terminar el primer medio siglo
de mi vida, la cual no s si tema o espere yo que dure todo un siglo,
empiecen mis ms serios, constantes y ltimos amores. No me engae
usted, Vizconde; quiere usted como yo que estos ltimos amores nuestros
sean serios y constantes?

--No me basta con desear que sean para toda la vida; quiero que sean
inmortales.

--Pues a fin de entrar solemnemente, y como en nueva era, en la
inmortalidad de esos amores, vaya usted a mi casa el 20, a las cinco de
la tarde. Estar sola.

En esto volva ya el Barn de Castell-Bourdac, muy diligente y
apresurado, con el abrigo de Rafaela. Trat de disculpar su tardanza,
puso el abrigo a la dama, le dio el brazo, baj con ella la escalera y
sin duda la acompa en coche a su casa.

El Vizconde apenas se dign reparar en esta intimidad de Rafaela y del
Barn, a quien haba calificado de tan simptico como inofensivo.

Refrenando con dificultad su impaciencia, el Vizconde sinti pasar los
das con lentitud hasta que lleg el 20 al cabo.

An no haban dado las diez de la maana, cuando le trajeron un grueso
pliego cerrado y sellado. Rompi el sobre y hall dentro un precioso
librito, encuadernado con buen gusto y esmero en cuero de Rusia, al cual
estaban asidos tres _No me olvides_ y un trbol de cuatro hojas, en oro
esmaltado. Un broche de oro, esmaltado tambin, cerraba el librito.
Separadamente haba un papel, donde el Vizconde ley estas palabras:

--Antes de que vengas a verme y antes de que tu alma llegue a unirse en
estrecho lazo con la ma, quiero que la conozcas bien y que penetres en
los abismos que en ella hay.

Hasta el da en que te fuiste de Ro, nadie mejor que t conoce mi vida.
Despus han sobrevenido en ella sucesos que profundamente la modifican.
Ni para confiarlos, ni para decir las penas y los sentimientos que estos
sucesos han causado en mi alma, he encontrado un amigo a propsito hasta
que har cerca de veinte das te encontr en casa de la seora de Pinto.
Mi alegra fue grande al verte de nuevo. No pens an en que por amor
iba a volver a ser tuya, pero pens en nuestra antigua amistad y me
propuse renovarla, estrecharla y hacerla ya ms constante y sin
interrupciones. Pens tambin confiarme en ti y desahogar mi corazn
dicindote todos mis disgustos y mis dolores todos. Con este intento,
sin orden, segn las ideas y los recuerdos acudan a mi mente, me puse a
escribirlos con precipitacin en el libro que te remito adjunto.
Escritos estn ya, lelos y queda as apercibido para que no te
sorprenda lo ms extraordinario ni lo ms raro.

Lleno el Vizconde de curiosa ansiedad, despus de leer esta advertencia,
abri el libro, le ley y vio que deca de esta suerte:




Confidencias


Mucho de lo que voy a escribir ha de parecerte singular y raro, pero
apenas hay en ello otra rareza que la sinceridad con que yo lo digo.
Como poseedora de un maravilloso instrumento ptico, escudriar cuanto
se oculta en los ms hondos senos de mi alma y te lo contar todo. Lo
contar en resumen para no cansarte ni cansarme.

No quiero ponderar aqu la devocin, la dulzura y el incesante desvelo
con que cuid de mi D. Joaqun durante su larga enfermedad hasta el da
de su muerte. Piadosamente cerr sus ojos, y no por carencia de dolor,
sino por vigor y constancia de nimo, quise y pude amortajarle.

Te aseguro que lament y llor mi viudez con no menor abundancia de
lgrimas que las que vertera la ms fiel y enamorada de las esposas a
quien se le muriese, en la flor de la juventud, su idolatrado y gentil
marido. No se afligi ms que yo Artemisa con la muerte de Mausolo, ni
Victoria Colonna con la del Marqus de Pescara, ni la propia Venus con
la de Adonis. Y esto se explica muy bien. Las mencionadas seoras
perdan algo de muy querido, perdan su encanto, sus delicias, pero, al
cabo, no perdan nada que fuese como el propio ser de ellas mismas. Yo
s que le perda, porque mi D. Joaqun, tal como le haba yo
transformado y mejorado, era primorosa produccin y criatura de mi
ingenio. Para afligirse como yo hubiera sido menester que, con los
respectivos amados, perdiesen la Colonna sus canciones y sonetos,
Artemisa su famoso y monumental sepulcro, y Venus el cinto donde estn
en germen sus virtudes y milagros.

El espritu no es extenso, y por consiguiente no tiene lados, pero yo me
le represento con lados para comprenderle mejor. As es, que, cuando
miraba yo mi espritu por el lado de mi profundo dolor de viuda, vea
lgubre y tristsima noche; pero, al mismo tiempo, por el lado
contrario, empezaba a clarear, como cuando por el Oriente nace el alba,
y hasta pensaba or yo el leve susurro del viento matutino y all ms
lejos el melodioso canto de los pjaros. Ser contradictorio, pero nada
ms natural que las contradicciones. Haba dado yo cima al cumplimiento
de un penoso deber y poda reposarme: haba acabado la obligacin que
contraje y haba acabado tambin, aunque dorada y fcil, la servidumbre
en que yo haba vivido. Me senta de nuevo en plena libertad y esto me
alegraba. El susurro del viento, el canto melodioso de los pjaros y la
luz de la aurora, eran la vida del porvenir que vena a consolarme, a
desvanecer mi tristeza y a convidarme a nuevos goces.

Yo me hallaba, adems, satisfecha y hasta engreda de mi conducta, lo
cual basta y sobra para aliviar y calmar todo dolor por grande que sea.
Pude lcita y honradamente ser millonaria y no quise. Con pasmosa
generosidad repart entre parientes, amigos y paisanos los cuantiosos
bienes de mi marido. Slo guard para m, relativamente, una pequesima
parte: menos, mucho menos de lo ganado durante la sociedad conyugal:
mucho menos de lo que por derecho me perteneca. Mi estupenda
generosidad tena pasmados a todos los brasileos. No haba quien no me
celebrase y aplaudiese. Buena ocasin me pareci esta para responder al
aplauso con un finsimo saludo de despedida y buscar otros horizontes,
otras escenas y otras gentes, segn corresponda a la vida nueva que iba
a empezar para m.

En efecto, no bien embarqu en Ro, lev anclas el barco de vapor y
empez a andar, dejando un surco de espuma, si por una parte la vista de
la ciudad y de la frtil y risuea costa que iba desvanecindose, y el
recuerdo de las personas queridas, hicieron brotar de mis ojos algunas
lgrimas, por otra parte sent que se me ensanchaba el pecho, que surga
para m como una nueva juventud, y hasta imagin que el fresco
vientecillo que corra, hmedo y salado, agitaba mis recuerdos tristes,
como si fuesen las hojas secas de un rbol, y los arrojaba en el surco
que la nave iba formando, a fin de que en el rbol, libre de aquel peso
enojoso, brotasen con premura nuevas hojas y nuevas flores.

En resolucin (y para qu te lo he de negar?), antes de salir de la
baha de Ro de Janeiro me sent y me reconoc yo, en el centro de mi
ser, como la viuda ms sentimental y llorosa, y ms regocijada y alegre
al mismo tiempo, que sin dificultad puede concebirse, pero que con gran
dificultad suele confesarse.

La navegacin, que dur dieciocho das, no pudo ser ms prspera. Nos
detuvimos y desembarcamos en Baha de Todos los Santos, antigua capital
del Imperio, y en la hermosa ciudad de Pernambuco. Al abandonar luego
las costas de Amrica, tal vez para siempre, sent nueva aunque dulce
melancola. Era al ponerse el sol entre nubes de carmn y de oro. El
cielo despejado pareca sobre nuestras cabezas y todo alrededor bveda
de zafiro limpio y claro. Y la risuea costa iba alejndose, esfumndose
en el aire, y, por ltimo, sepultando sus cocoteros, sus palmas y toda
la pomposa lozana de sus ricos campos y de su perenne verdura en ureo
pilago de lquidos rubes, que tal era el aspecto del mar al sepultarse
tambin el sol en el ocaso.

Durante ocho das no vimos despus sino mar y cielo. En mal sitio
aportamos al antiguo mundo. Aportamos a la fea y desolada isla de San
Vicente de Cabo Verde. Fuimos luego a Tenerife y, como quien saluda a su
patria despus de larga ausencia, salud desde lejos el majestuoso pico
de Teide. En Tenerife no pudimos desembarcar por precaucin sanitaria.
Ni desembarcamos tampoco, aunque nos detuvimos en Funchal un da entero.
Cuando de all nos alejamos, toda la hermosa isla de Madera, con su
montaa cubierta hasta la cima de pomposos rboles, me pareca rico y
gracioso canastillo de flores, que los Genios del mar sacaban al aire
claro, al ms difano ambiente, desde el fresco seno de las azules
ondas.

En fin, para que no te ras y para que no pienses que pretendo lucir mi
estilo potico, te dir que llegu a Lisboa.

Durante la navegacin, sin embargo, tuve una aventura harto notable. Y
como este escrito tiene trazas de confesin general, no me parece bien
que se quede en el tintero, y voy a contrtelo aqu aunque me exponga a
tu reprobacin y a tu censura.

Venan muchos pasajeros a bordo, pero tan vulgares todos que no merecen
que yo te los describa aqu, ni aunque quisiera podra describirlos
porque los he olvidado por completo. Slo haba uno que excit mi
curiosidad y me inspir inters y simpata. Extrao personaje de los que
no se usan ni se ven con frecuencia en el mundo. Aunque iba aseado y
vestido a la europea, yo me lo represent, no bien supe su nombre y su
origen, como si fuera el propio Adn que acababa de ser echado por
segunda vez del Paraso. Y no era quien le echaba un querubn con espada
de fuego, sino su to el doctor Lpez.

Para no tenerte ms largo tiempo suspenso te dir sin ms prembulos que
el tal personaje se llamaba Pepito Domnguez, joven paraguayo, que
acababa de cumplir dieciocho abriles, y a quien el mencionado doctor,
Presidente de la Repblica, enviaba de Secretario de la Legacin ubicua
que ya tena en todas las capitales de Europa y de la que su hijo, el
segundo doctor Lpez, era jefe.

Sabido es que, imitando a su antecesor el doctor Francia, como ste
haba imitado a su vez a los padres jesuitas, el doctor Lpez haba
tenido a toda la poblacin del Paraguay separada del mundo y apartada
del trato humano a fin de que conservase su dichosa y primitiva
inocencia. Y lleg a tal punto el aislamiento, que se cuenta que un
sabio francs, llamado Bonpland, que entr por all a herborizar, fue
detenido por fuerza y tuvo que residir en el Paraguay muchos aos. En
virtud de este modo de gobierno, dicen que los paraguayos fueron
felices, y como su tierra es hermosa y frtil, imaginaron vivir en el
paraso, con celestial candor y envidiable ignorancia de las cosas
terrenales. Poco a poco se fue relajando aquella clausura en que viva
toda la nacin. El doctor Lpez consinti en que fuesen a su capital
varios Cnsules extranjeros. Y el ms ladino de todos, que era el
_yankee_, hizo all papel semejante al de la serpiente en el primitivo
Paraso, induciendo a la mujer del doctor Lpez, y por medio de ella al
mismo doctor, a quebrantar la clausura y a ponerse al habla y en
relacin con el resto del humano linaje. As lo decret el doctor Lpez,
y de resultas y como corolario de su decreto, envi a su hijo con cartas
credenciales para todos los Soberanos de Europa, proponindose celebrar
con ellos sendos tratados de paz, alianza, navegacin y comercio. Y no
contento el doctor Lpez con esta novedad, resolvi a los seis meses
enviar cerca de su hijo, para secretario de la Legacin, a su ya
nombrado sobrino Pepito Domnguez.

Acertado fue el nombramiento. Ni los ms maldicientes hubieran podido
calificarle de acto de nepotismo. El flamante secretario podra muy bien
figurar en Europa como exquisita muestra de lo mejor que produce el
cruzamiento de las razas. La sangre guaran corra por sus venas
mezclada con la sangre espaola. Y esta mezcla o combinacin haba
tenido un resultado excelente. El mozo era por su traza un andalucito
muy agraciado, si bien con un no s qu de peregrino, que borraba de su
fisonoma, de su ademn y de sus movimientos toda huella de vulgaridad,
dndole distincin y atrayendo hacia l las miradas curiosas de cuantos
sujetos gustan de lo que no se tiene a todo pasto ni se encuentra al
revolver de una esquina.

Pepito Domnguez pareca, adems, naturalmente listo: dotado de rpida y
clara comprensin y muy expedito para todo. Las esperanzas del doctor
Lpez no eran infundadas. El Cnsul _yankee_ le haba hecho comprender o
creer que, por culpa de aquella clausura y de aquella incomunicacin en
que los paraguayos haban vivido, todos ellos se haban quedado, salvo
la moral y el dogma de Cristo, que conocan aunque de un modo burdo, en
inmenso atraso con relacin a lo restante de la humanidad; y que todo
cuanto esta haba descubierto, inventado, experimentado, fabricado y
averiguado durante ocho mil o nueve mil aos, era para los paraguayos
asunto desconocido, arcano tenebroso, libro de siete sellos.--Menester es
ilustrarse, pensaba ya el doctor Lpez: menester es alcanzar con rapidez
la civilizacin de Europa; dar un brinco audaz y saltar de este solo
brinco los nueve mil aos que de la civilizacin nos separan. Y nadie
ms a propsito que Pepito Domnguez para tan arriesgada empresa. El
muchacho es tan gil que, en un santiamn, en menos que se persigna un
cura loco, va a enterarse de cuanto ocurre por esos mundos, y va a
aprender a escape y sin la menor fatiga todo lo substancial de lo que a
fuerza de seculares cavilaciones han llegado nuestros prjimos a poner
en claro.

Esto o algo por el estilo haba pensado el doctor Lpez, y con esta
misin, a ms de la misin diplomtica, enviaba a Europa a Pepito
Domnguez. Su inteligencia era, sin duda, tabla rasa, pero tabla
bruida, tersa y maravillosamente adecuada para que los conceptos se
grabasen en ella con prontitud, se ordenasen all sin confusin y
distintamente y persistiesen luego como indelebles signos, sin borrarse
ni alterarse nunca. La vanidad y el afecto de to movan al doctor Lpez
a pensar as de su sobrino D. Pepito. Y lo que es l no tena menos
favorable opinin de s propio; pero el candor y la ignorancia hacan
amable y chistoso su presumido atrevimiento. La petulancia infantil de
D. Pepito era encantadora.

Yo, que habl con l desde el primer da que ambos estuvimos juntos y
nos vimos a bordo, hallaba en la susodicha petulancia irresistible
hechizo.

De sobra conoces t, mi querido Vizconde, la propensin didctica que he
tenido siempre. Aquel chico que tan confiada y valerosamente se propona
aprender y saber como por ensalmo, que aspiraba a poner la atrevida mano
en el rbol de la ciencia, coger su fruto, que haba tardado noventa
siglos en madurar, estrujarle en la pujante prensa de su entendimiento,
alambicar el zumo y bebrsele luego de un trago sin temor de embriaguez
ni de trastorno, te confieso que me divirti mucho y que despert y
estimul en m la antigua mana didctica que siempre he tenido.
Porqu, me deca yo, no he de hacer con este muchacho el papel de
Minerva o de Sabidura personificada? No poda yo darle a beber en
mgico cliz la sublimada quinta esencia de todo lo sabido hasta ahora?

Difcil de vencer era mi tentacin. El mal disimulado asombro con que D.
Pepito me miraba haca mi tentacin ms fuerte. D. Pepito vea en m el
sobrenatural y ms complicado producto de esa civilizacin de noventa
siglos de que l quera apoderarse. Yo era para l como resumen y
compendio de todas las ciencias, artes e industrias. Algo como
enciclopedia viva. Entendi D. Pepito que si llegaba a entenderme y a
saberme a m, todo lo entendera y lo sabra. Y persuadido de esto, l
me lo explicaba a su manera, y yo me senta muy lisonjeada cuando l me
lo explicaba. Sus explicaciones eran por lo comn en castellano, pero de
vez en cuando se empeaba l en drmelas en guaran. Yo no comprenda
palabra, y l, entonces, quera ensearme su lengua, asegurndome que
para tratar de no pocos asuntos y sobre todo para el amor era mil veces
ms expresiva y eficaz que el habla de Castilla. Para complacerle le
sola yo pedir que me dijese algo en guaran y hasta que me ensease a
contestarle. l entonces me deca:

--_Nde cu por. Che-r-ayhub-i_, esto es: t eres mujer bonita. mame.

Adiestrada luego por l en la pronunciacin, casi me obligaba a decir y
yo deca riendo:

--_Nde-hayh_, o sea: te amo.

l en seguida se pona contentsimo, me miraba con unos ojos muy dulces
y con un mirar muy intenso y fijo, y aseguraba que toda su ventura se
cifraba en ser mi _o-hayh-bae_, o, como si dijramos, mi amante. Con
esto me rea yo mucho ms: me rea como una loca: y, para excitarle ms
por la contradiccin, aada:

--Hijo mo, todo eso est muy bien: tus vocablos guaranes son musicales
y sonoros, pero yo no veo por dnde han de ser ms expresivos ni ms
eficaces que los correspondientes vocablos castellanos.

D. Pepito entonces procuraba realzar y fortificar la eficacia de sus
vocablos; y en su entusiasmo filolgico, sin maliciosa premeditacin,
apelaba a la mmica.

--Modrese usted, tena yo que decirle, y advierta que con ese auxilio no
hay idioma que no sea tan eficaz y expresivo como el guaran. Con ese
auxilio hasta sin hablar se expresa cualquiera con primor, claridad y
eficacia. Lo malo est en que yo no acepto ese lenguaje auxiliar, y
menos an en esta ocasin y en este sitio.

Estbamos sentados sobre cubierta y rodeados de multitud de pasajeros.
Anhelaba yo mostrarme severa y grave, pero apenas me lo consenta la
risa que me retozaba en el cuerpo, porque D. Pepito pona una cara
cmicamente triste, y que por cierto no me pareca mal. En fin, yo
venca los estorbos que a mi severidad se oponan, me mostraba entonada
y digna y consegua que el joven se arredrase y estuviese respetuoso.

Reportado ya y muy compungido, suspiraba l y deca en guaran:

--_Che rac-hayhub-guas_.

--Qu significa ese a modo de gruido que usted exhala?--le preguntaba
yo.

Y l me contestaba con tono lastimero:

--Pues significa: estoy enfermo de amor grande. De la voluntad de usted
depende que yo me muera o me cure.

Muy extremoso me pareca el dilema que don Pepito me pona. Algo, no
obstante, poda tener de cierto. Siempre fui compasiva y el tal dilema
me atribulaba. Calamitoso hubiera sido que don Pepito se hubiera muerto
en vez de volver al Paraguay, al cabo de dos o tres aos, con todo lo
esencial de la civilizacin, puesto en cifra y bien estampado en el
meollo.

Pasaban das, el barco iba adelantando, y, si no recuerdo mal, estbamos
ya cerca de las Islas Canarias.

Bueno es que advierta yo aqu, para que mi erudicin no te sorprenda,
que mi prurito de ensear ha estimulado mucho mi prurito de estudiar y
de saber, desde que en el _Retiro de Camoens_ nos conocimos y tratamos
ntimamente. No te maraville, pues, que yo me muestre en algunas
ocasiones algo erudita.

A D. Pepito, que quera ensearme el guaran cmo no haba yo en pago
de ensearle un poco de lo que saba?

De aqu que, cuando l no me hablaba de su amor, y a menudo para
distraerle e impedir que me hablase, sola yo darle lecciones y contarle
historias. Estas, por antiguas y sabidas que fuesen, siempre eran nuevas
para l. Qu mayor deleite para m que esta ignorancia suya, que
prestaba a cuanto yo le deca el aliciente de lo inaudito y la magia de
lo no sabido, ni siquiera soado?

No puedes figurarte cunto me complac yo refiriendo y cunto se deleit
D. Pepito oyndome referir, a vista de las Canarias, todo lo que
aconteci a Rinaldo en los jardines de Armida y el regalo, la elegancia
y el cario con que en ellos le recibi y le agasaj aquella voluptuosa
maga.

Con tales plticas no es de maravillar que cada da fuese yo cobrando
ms aficin a D. Pepito.

Pero no fue esto lo ms escabroso ni lo ms ocasionado a deslices. Lo
peor fue que all en mis adentros discurr yo de esta suerte, cuando
bamos llegando ya a la isla de Madera:

--Las historias que yo cuento y las doctrinas que expongo a D. Pepito son
desatados fragmentos, hojas rotas arrancadas de un libro sin orden y sin
mtodo, carecen de conjunto, no tienen unidad, ni principio, ni fin, ni
objeto. Al pobre muchacho, en vez de servirle de algo cuanto yo le digo,
va a armarle en la cabeza una confusa maraa, un enredo, un caos
inextricable. No sera ms natural y ms conveniente ser su maestra por
estilo sinttico? Ariadna, que no posea plano del Laberinto, no se
empe en manifestar a Teseo sus reconditeces y revueltas, con lo cual
le hubiera calentado el cerebro sin la menor ventaja, sino que le dio el
hilo para que se guiase por l y saliese airoso de aquella aventura,
dicindole probablemente: Dios te la depare buena. Y yo he ledo, no
recuerdo bien en qu libro tan docto como ameno, que el joven Anacarsis,
el cual era escita, o como si dijramos un paraguayo de las edades
clsicas, cuando quiso iniciarse en los misterios de Ceres eleusina,
acudi a una sacerdotisa tan avisada como discreta, de las que dependan
del hierofante principal, y esta sacerdotisa se guard muy bien de
perder su tiempo tratando de comunicarle punto por punto las ocultas
doctrinas de los iniciados, sino sencillamente le abri de par en par la
puerta del camino que iba al santuario y le dio la antorcha luminosa y
ardiente que hasta l haba de conducirle. Estas parbolas o smbolos se
presentaban a mi mente y me tenan obsesa, vacilante, casi rendida.

Ya te he dicho que D. Pepito era guapo. Y por la maana, cuando antes
del almuerzo, estando yo sobre cubierta, le vea venir hacia m, se me
ocurra, ya que era el joven Teseo que acuda a pedirme el hilo, ya que
era el joven Anacarsis que requera la antorcha para penetrar en las
profundidades y descubrir los misterios.

La verdad sea dicha: mi alma anhelaba entonces prestarle la antorcha y
darle el hilo.

Y este anhelo suba de punto al notar yo o al imaginar que notaba que D.
Pepito estaba plido y triste. Y yo me pona triste tambin, pero no
plida, sino encendida como la grana, y sintiendo traidora compasin y
suave quebranto. Llegaba l luego cerca de m, se sentaba a mi lado, y
aproximando su boca a mi odo, deca en voz bajita, dulce y suplicante:

--_Che rac-hayhub-guas_, o sea estoy enfermo de amor grande.

Al cabo, me faltaron las fuerzas para defenderme. Cit a D. Pepito, en
el obscuro silencio de la noche, y l vino a m y yo le di el remedio
que apeteca.

Aquello fue para l una revelacin, antes ni en sueos presentida. El
pasmo, el embeleso, la sorpresa inefable y beatfica que todo, todo,
todo le causaba, inundaron mi alma de satisfaccin y de orgullo. Yo fui
mil y mil veces ms dichosa de su dicha que de la ma. Se me figur que
le abra con llave de oro las puertas del Edn; que amasaba yo entre mis
manos el rbol de la ciencia y el rbol de la vida y sacaba de ambos un
filtro poderoso, que, vertido sobre el corazn de aquel muchacho, le
magnificaba y ensalzaba, y que vertido sobre su cabeza llenaba su mente
de alegra y de una luz riqusima penetrando todos los arcanos.

Al siguiente da llegamos al puerto de Lisboa, trmino de mi viaje. D.
Pepito continu el suyo hasta Inglaterra. Gran ventura fue sta para m.
No hubo tiempo para desengao, cansancio ni hasto.

Dej el barco de vapor y salt en tierra, como quien sale a escape del
teatro, donde ha visto una _ferie_, un precioso baile de hadas, antes
de que se disipe la ilusin escnica y no se vean sino los oropeles, la
ruda maquinaria, los telones y bambalinas y los comparsas y figurantes
untados de colorete, que la han promovido.

Entonces me afligi separarme de D. Pepito. Ms tarde, he pensado a
veces, estuvo en la realidad toda aquella poesa o brot de mi alma,
exuberante a la sazn de represada y viciosa lozana, y de ocios y
ensueos de mi por largo tiempo no empleada ternura?

No lo supe ni lo s. Me place seguir dudando. Y a fin de que no termine
la duda, he procurado no informarme jams ni saber el paradero del joven
paraguayo, como si hubiera sido un ser peregrino que estuvo algunos
instantes en nuestro planeta, y en seguida se desvaneci para siempre.

       *       *       *       *       *

Quise detenerme y me detuve en Lisboa, porque yo tena _saudades_ de
Lisboa. Aunque tan otra de la que me fui, ansiaba ver a los antiguos
amigos, y singularmente al que me proporcion recursos para ir al Brasil
y me dio las cartas de recomendacin para Figueredo, que causaron el
cambio de mi fortuna.

Los ms de estos antiguos amigos se me mostraron muy amables. Con
algunos estuve yo amabilsima.

Todo, no obstante, haba variado con el transcurso del tiempo, a pesar
de la lentitud y reposo con que en Portugal todo camina.

Los regocijados _janotas_ que haban formado mi sociedad, se hallaban
convertidos en personajes muy serios. Unos eran Pares, diputados otros,
y no faltaban entre ellos altos funcionarios y hasta Ministros cesantes
o militantes. Los ms eran padres de familia, con seora encopetada y
con prole.

Ni ellos ni yo queramos, debamos ni podamos volver a la vida pasada,
salvo el hacer resurgir del seno de lo que fue, y por evocacin mgica,
una fugaz apariencia que, no bien se dejaba columbrar, mostraba
marchitas y ajadas las lindas galas que en el recuerdo haba conservado.
Se asemejaba a brillante mariposa custodiada muchos aos bajo un fanal,
y que se deshace y convierte en ceniza, no bien se levanta el fanal y
una ligera rfaga de viento toca en ella y la mueve.

No poda yo tampoco, en Lisboa menos que en parte alguna, porque en
Lisboa era muy conocida, intentar, sin peligro de desdenes y de
sofiones, penetrar en lo que se llama la buena sociedad y hacer bien el
papel de la seora viuda de Figueredo.

La melancola se apoder de mi espritu. Para distraerla, siguiendo mis
aficiones didcticas, me entretuve en hacer cerca de _Madame_ Duval el
papel de _cicerone_. _Madame_ Duval segua a mi servicio y jams se
haba detenido en las orillas del Tajo. Yo goc inocentemente en hacerle
ver y admirar todas sus bellezas; las esplndidas vistas que desde la
Patriarcal quemada se admiran; la plaza del Roco y las anchas calles
paralelas que despus del terremoto hizo construir Pombal; el esplndido
Terreiro do Pazo; la soberbia anchura con que frente de l se dilata el
Tajo, como para recibir todas las escuadras del mundo; el risueo camino
que va por su orilla derecha, llena de quintas, palacios y graciosos
jardines, hasta la desembocadura, cerca de Pazo de Arcos; y sobre todo,
el admirable templo de Beln, con sus esbeltos y areos pilares,
exquisita muestra de la original arquitectura _manuelina_ y digno
monumento de la ms noble hazaa de los portugueses, cuando, en edades
para nosotros ms dichosas, competimos en descubrir y recorrer el mundo
y en dilatar por mares y por tierras remotas o ignoradas la civilizacin
de Europa y la fe de Cristo.

Mi papel de _cicerone_ me agradaba y diverta. Hice, pues, algunas
pequeas excursiones con _Madame_ Duval. La llev a Cintra, a Colares, a
Cascaes y a Mafra.

En Cintra, aun viniendo como venamos del Brasil, nos extasiamos
contemplando la fertilidad y hermosura de aquellas montaas, con sus
bosques floridos de magnolias y de camelias. El castillo reedificado por
el rey D. Fernando, o, mejor dicho, creado por l con estupenda
inspiracin artstica, me pareci ms encantador que nunca, y procur,
aunque lo consegu slo a medias, infundir en el alma de _Madame_ Duval
una admiracin igual a la ma. Ella prefera a todo, recordndolos con
entusiasmo, los jardines de _Mabille_ y la _Closerie des Lilas_, donde
haba bailado el _cancn_ en sus verdes aos, muy por lo alto, y siendo
a veces frenticamente aplaudida.

Nunca pude fijar la cronologa de estos triunfos de _Madame_ Duval, y
saber a punto fijo si los alcanz de soltera, o ya de casada, mientras
su marido combata en Argel, o si le valieron como consuelo y desahogo
despus de viuda. En fin, _Madame_ Duval gust tambin de Cintra, aunque
no tanto como yo y como Lord Byron.

Es inexplicable el sentimiento que llaman patriotismo. Sbete, Vizconde,
si ya no lo sabes, que mi madre se llamaba la Pascuala, celebradsima
como nica en el cante gitano y en bailar el vito. Siendo yo muy nia
todava, me dej hurfana y menesterosa. Bien sabe el diablo cmo
despus me he criado y he crecido. Nada debo a Espaa. No recuerdo haber
dejado por all una sola deuda de gratitud. Qu me va ni qu me viene
con la decadencia o con la prosperidad de esa patria, donde slo tuve de
balde, o sea sin ganarlo yo, el aire que respir, y obscuridad y
desprecio? Y sin embargo no acierto a ponderarte lo muy patriota que
soy. No lo son ms las Duquesas y las Princesas que en Madrid viven y a
quienes tantos respetan y adulan.

Digo todo esto, porque en Lisboa se recrudeci mi patriotismo. Qu gran
Capital para nuestra gran nacin, seora de dos mundos, hubiera sido
aquella ciudad esplndida y hermosa, si D. Felipe el Prudente hubiera
sido D. Felipe el Previsor y hubiera tenido ms elevadas miras!

Pero ya basta. No nos engolfemos en cosas que no son ahora del caso. A
pesar de todos sus esplendores, Lisboa se me caa encima. A las dos
semanas de estar all, abandon a Lisboa.

Viajaba yo con no pequeo acompaamiento. Adems de la Duval, que era y
sigue siendo mi dama de compaa, estaba conmigo y est an mi
_mucamba_, o sea mi primera doncella, mulata muy gil, llamada
Petronila, que me peina con primor y buen gusto, que cose y borda y
tiene otras mil habilidades; una segunda doncella, dos fieles criados
negros, y por ltimo, la mujer que cuidaba y alimentaba a mi tesoro.

Aqu conviene que te imponga yo de algo, en extremo importante para m,
y que tal vez ignores.

Mi alma ha sentido no pocas veces inclinacin amistosa, compasin,
aprecio y cario a los seres humanos; pero lo desaforado y suelto de los
primeros aos de mi vida ha impedido acaso que llegue yo a amar a un
solo hombre con aquel amor exclusivo, persistente y celoso, con que
deben amar y aman las mujeres honestas criadas con recato. He tenido
muchos amoros y casi no me atrevo a decir que he tenido amor. Una vez
sola en mi vida me parece que entrev, que columbr a lo lejos la
celestial aparicin del verdadero amor, que benigno me sonrea y que
ansiaba penetrar en mi alma, llenarla de su divina beatitud y
purificarla e iluminarla.

Fue esto cuando tuve relaciones con Juan Maury. T estabas en Ro y
debes acordarte de todo.

Contra Juan Maury no tengo yo la menor queja. Era un cumplido caballero.
Me quiso todo lo que poda quererme. Me respet todo lo que poda
respetarme. Me atendi, me obsequi, me consider como atiende, obsequia
y considera el galn ms delicado a la ms noble dama. Pero hubiera sido
absurdo que hubiese tratado yo de inspirar a Juan Maury ms hondos
sentimientos y ms apasionado afecto que los de la amistad y la
galantera. Yo misma tuve miedo de sentir hacia l verdadero amor.

Yo casi me atrevo a afirmar que no he engaado a D. Joaqun. Para evitar
el medio engao en que le tena, hubiera sido menester hacerle infeliz
con revelaciones feroces y con el ms amargo de los desengaos. El amor
mo, si hubiese llegado a ser hacia Juan Maury exclusivo y profundo,
hubiera tenido que romper dolorosamente el lazo que a mi bienhechor y
protector me ligaba; hubiera sido para D. Joaqun horrible infortunio:
todo el bien, todo el contento y el reposo y toda la superior serenidad
hasta donde haba yo logrado elevar su espritu, hubieran venido a
desvanecerse o a hundirse en negro abismo. Por otra parte, aunque yo
debo ser humilde, y aunque lo soy, soy tambin muy orgullosa en cierto
sentido. Es el orgullo que nace de mi propia humildad. Si por la vileza
de mi origen, si por el ruin desorden de mi primera vida no merezco ni
soy digna de ciertas cosas, me repugna reclamarlas, solicitarlas de
nadie y hasta insinuarme para que se me concedan por favor ya que para
ellas no tengo el menor derecho.

De aqu que yo, ms bien que mostrar a Juan Maury toda la vehemencia y
la elevacin de mi afecto, trat de disimularlas. Quise aparecer y
aparec a sus ojos como la ms fina y complaciente de las amigas, como
bastante capaz de entender y de apreciar el valer y las excelentes
prendas de toda su persona y como no indigna de obtener su amistad y su
aprecio; pero todo, sin llegar a ser y sin mostrarme siquiera
profundamente enamorada, y sin propender a infundirle de m otro
concepto que el de una mujer alegre, fcil y galante.

Si el verdadero amor, si el hijo divino de la Venus del cielo revolote
cerca de m en aquellos das, yo hu de l por indigna y le ahuyent por
peligroso.

Juan Maury se fue de Ro y me abandon sin gran pena. Nada ms natural.
No le culpo. Slo me lisonjea y me contenta el figurarme que l ha de
guardar dulce recuerdo de las dulces horas que pas conmigo; de nuestros
ntimos coloquios y de nuestra ternura.

Fue tal la ligereza de aquellas efmeras relaciones, que ni yo le rogu
que me escribiese ni l me ha escrito. De estas relaciones, sin embargo,
me dej l una prenda preciosa. Suya era, pero era ma ms que suya; y
yo apenas la sent en mi seno, me propuse con firme resolucin que no
fuese sino ma.

Hasta donde alcanza mi memoria, desde que tengo uso de razn, en el
libre abandono de los aos primeros de mi vida, no me remuerde la
conciencia de hurto, de estafa, ni de engao o embuste para medrar.
Escudriando yo hasta los ms obscuros rincones de mi vida pasada, no
encuentro en ellos ni asomo de ruin bellaquera. Esto me consuela. De
ciertos pecados, en que con frecuencia he incurrido, despus de
absolverme el confesor, me he absuelto yo tambin. De aquellos otros,
tal es el inflexible y recto tribunal de mi conciencia, jams me hubiera
absuelto yo aun despus de recibir la absolucin en el confesonario.
Espantoso torcedor hubieran sido para m, humillndome y abatindome.
Faltas, pues, en que yo no haba incurrido cuando desamparada y
menesterosa, no haban de ser cometidas por m cuando ya estaba prspera
y rica.

Por otro lado, lo que era mo, lo que yo esperaba y yo me figuraba ya
que iba a ser un primor, un asombro de gracia y de belleza, por nada del
mundo quera yo atriburselo en parte a alguien de quien no era. Y qu
aliciente haba para el engao? Usurpar para el fruto de mis entraas la
hacienda que no le perteneca y adems un nombre cualquiera. Quin sabe
si un nombre ilustre y glorioso, si un ttulo histrico me hubieran
seducido y me hubieran hecho faltar? Pero cmo haba de seducirme que
lo que iba a nacer se apellidase Figueredo a secas, a pesar de la
supuesta descendencia de Gesto Ansures de que yo misma me haba
burlado?

Con persistente disimulo, con firme y enrgica voluntad, con raras
precauciones e incesante recato, sin dejarme ver de nadie y fingindome
enferma, dej pasar los meses.

Lleg la hora y slo _Madame_ Duval, mi _mucamba_ y el mdico, de
quienes tuve que valerme y me val, exigiendo el mayor sigilo, supieron
que fui madre.

Mi hija, a quien di por nombre Luca, se cri lejos de m, aunque yo
velaba sobre ella e iba a verla a menudo.

Muerto D. Joaqun, procur no poner en ridculo su memoria, dejando
conocer en Ro que tena yo una nia de cerca de dos aos. Casi de
oculto hice que se embarcara y me la traje conmigo cuando vine para
Europa.

Quisiera yo escribir a escape estas confidencias: no contarte sino lo
ms esencial: pero tal vez dejo correr la pluma y tal vez divago.

Lo que yo principalmente quiero que comprendas, es que en mi espritu
hay como dos focos distintos de actividad, de donde brotan dos
corrientes tambin harto distintas, si bien la una y la otra estn
alegremente iluminadas por la luz clarsima con que yo veo y entiendo
todo lo creado. Jams se me ha ocurrido hallar mal lo hecho por la madre
naturaleza, ni echar la culpa a la sociedad mal organizada de ningn
caso adverso que me haya ocurrido, ni de ninguna contrariedad o percance
angustioso en que yo me haya encontrado. Y no quejndome yo ni de la
naturaleza, ni del orden social tal como los hombres han ido
disponindole, muchsimo menos puedo quejarme de la divina providencia,
que acato, adoro y bendigo. Apenas hay objeto que no vea yo de color de
rosa, y siempre que se ennegrece, me culpo a m y a nadie culpo. Como
soy muy indulgente para con los otros, no es tan de censurar que lo sea
tambin para conmigo misma. Por eso me dejo llevar de mis generosos
afectos, harto poco en consonancia con una moral rgida, y de mi
inclinacin irresistible a lucir las prendas de que me dot el cielo y a
dar con ellas a los seres que me son caros ventura y deleite. Hay en m
asimismo un tenaz empeo de progreso, de adelanto en el camino de la
perfeccin. Y tanto lo que creo realizado en m, cuanto lo que en m no
est realizado ni puede realizarse nunca, anhelo yo con vehemencia
ponerlo y realizarlo en un ser predilecto, en quien brillen, a par de
cuanto hay en m de que puedo con razn ufanarme, todas las excelencias
y virtudes de que carezco y que no son pocas. Por esto, desde que naci
mi hija, desde que por primera vez la vi y present que iba a ser
hermosa, me propuse y ansi que su hermosura eclipsase la ma, que en
discrecin, elegancia y saber me aventajase, y que estuviese exenta de
todos los defectos y manchas que en m hay. Me propuse criarla con
esmerado desvelo para que fuese tan casta y tan pura como bella, y para
que no columbrase slo el verdadero y exclusivo amor, hijo del cielo,
sino para que fuese capaz de poseerle, de gozarle y de recibirle en su
alma inmaculada como en su propio y consagrado templo.

Y para que veas lo extrao y contradictorio de mi condicin, o ms bien
lo extrao y contradictorio de la decada condicin humana, mi alma, que
tan altos propsitos tuvo y que a tan alta misin quiso consagrarse, se
dejaba arrastrar de sus regocijados mpetus, de su perversin bondadosa
y de su liviandad inveterada, hasta el extremo de buscar y de forjar
aventuras como la que te cont ya del paraguayo y como varias otras que
he tenido despus y sobre las cuales prefiero callarme.

       *       *       *       *       *

No pude refrenar mi deseo de volver a mi patria. Desde Lisboa fui a
Sevilla y a Cdiz.

Mi antiguo confesor, el Padre Garca, haba hecho algunos ahorros y
haba heredado tambin a un hermano suyo que se haba enriquecido. Harto
el Padre de rodar por el mundo, viva retirado en el lugar de su
nacimiento, no lejos de Sevilla. Le anunci mi llegada y l vino a
verme.

Para descargo de mi conciencia, en este punto muy escrupulosa, quise,
vindome rica y convertida en toda una seorona, no desdear a mis
parientes, si los tena, y hasta favorecerlos y socorrerlos si se
hallaban en la abyeccin y en la miseria. El Padre Garca me sirvi en
esto muy bien. Busc con tino y diligencia a mis parientes, y no los
hall sino dudosos y muy lejanos. Yo haba sido la nica hija de la
Pascuala.

En Ro de Janeiro, no recuerdo bien con qu tramoya, supli D. Joaqun
la falta de mi fe de bautismo, que para nuestro casamiento se requera.
Hasta que el Padre Garca me la sac, jams haba tenido yo ni visto
semejante documento.

Considerando yo que mis parientes ms seguros haban de estar en los
hospicios, en las inclusas y en los conventos de mujeres recogidas, di
al Padre Garca prdigamente todos mis ahorros para que en aquellas
santas casas los repartiera. l cumpli mi encargo y me trajo los
recibos que conservo an, donde constan las donaciones de una dama
brasilea, cuyo nombre se calla.

A decir verdad, a pesar de todo mi patriotismo y de mi amistad hacia el
Padre Garca, me repugnaba permanecer en Espaa. Dicen algunos autores
que las mujeres como yo suelen tener _nostalgia del fango_. No s qu
quieren decir con esto; pero si es lo que yo entiendo, declaro que no he
tenido jams semejante nostalgia. Al contrario, yo recordaba bien todos
los sitios, y al pasar por algunos se me encenda la cara de vergenza.
Por fortuna, estaba yo tan encumbrada y en posicin tan diferente de la
que all tuve, que nadie me reconoci ni reconoc a nadie. Hice en mi
patria el papel de peregrina misteriosa.

Fuera del Padre Garca, con nadie quise tratar. Despus de separarme de
l, estuve en Granada, Crdoba, Madrid, Toledo, Burgos y otros puntos,
visitando los monumentos en compaa de _Madame_ Duval, que detestaba
las antiguallas y suspiraba por los _boulevards_ de Pars. All fui por
ltimo, y pronto me instal comprando muebles y poniendo casa.

He vivido desde entonces con comodidad y hasta con lujo, pero sin el
menor empeo de llamar la atencin ni de brillar, y con tanto arreglo y
economa que, a pesar de no pocos gastos extraordinarios y de viajes de
recreo que he hecho por Alemania y por Italia, he doblado mi capital y
mi renta. Hoy casi puedo asegurar que soy rica.

       *       *       *       *       *

Mi vida de Pars ha sido alegre, desenfadada y modesta. Expondr aqu,
en pocas palabras, cmo concierto yo la modestia con la alegra y el
desenfado. Mi modestia ha consistido en no desear ni aspirar a hacerme
conocida, celebrada y famosa. Ms he huido que buscado que nadie me
seale con el dedo, que la atencin pblica se fije en m, y que la
gloria infame de que algunas mujeres gozan, gloria que yo me jacto de
poder adquirir fcilmente, me circunde con sus resplandores. En vez de
mostrarme, puedo afirmar que me he ocultado.

Como la soledad me entristece, he ido a reuniones y tertulias, pero
nunca he pretendido salir de la colonia ibero-americana. Y aun dentro de
esta colonia no he sido asidua en el trato ni he intimado mucho, sobre
todo con mujeres. Hasta que mi hija lleg a tener ocho aos, como apenas
exiga otro cuidado que el de su corporal desarrollo, cuidado harto leve
porque mi hija se ha criado con excelente salud, ora pensando yo en
distraerme, ora anhelando hacerme apta para contribuir a su educacin,
he ledo muchsimo y casi sin sentir me he convertido en marisabidilla.

Soy franca admiradora de la literatura francesa. Me parece esta nacin
fecundsima en ingenios de toda clase. Yo los admiro y quiero seguir
admirndolos sin tropiezo. Acaso te parezca extravagante modo de
discurrir, mas es lo cierto que, a fin de no tropezar y conseguir que la
tal admiracin salga rodando por el suelo, me he abstenido de buscar la
sociedad literaria parisina. Al conocer los libros, he conocido lo ms
noble, depurado y selecto de cada autor. Para qu conocer lo restante?
He recelado desilusionarme al conocerlo. Quin me asegura que los
escritores franceses no sean presumidos y fatuos? Qu necesidad tengo
yo de extremar mis amabilidades y de hacer esfuerzos para insinuar en la
mente de esos seores que no soy una salvaje, que estoy al nivel de
ellos, que comprendo sus profundidades y sutilezas, y que, aun
suponiendo que en Espaa, en Portugal y en el Brasil est la gente muy
atrasada y hasta sea de casta inferior, yo, por excepcin fenomenal y
monstruosa, he podido elevarme hasta hombrearme con ellos?

Ahora comprenders en qu sentido digo yo que mi vida en Pars ha sido
modesta. En cuanto a su desenfado y a su alegra, no es menester que
entre yo en pormenores para que t lo comprendas. El cielo, el infierno,
la naturaleza, un poder sobrenatural, lo que t quieras o supongas, no
parece sino que me ha dotado de imperecedera lozana de cuerpo y de alma
y de una bondad y de una ternura inagotables y prontas, pero que han
hallado siempre obstculos insuperables para el verdadero y definitivo
amor, y se han quedado en mitad del camino.

       *       *       *       *       *

Voy a contarte una curiosa aventura, que, si bien tiene mucho de
ridculo, no puedo ni debo pasar en silencio, porque sus consecuencias
fueron serias para m y han influido bastante en los ulteriores sucesos
de mi vida. De esta aventura hace ya mucho tiempo, pero la tengo tan
presente como si ayer hubiera sido.

El Barn de Castell-Bourdac es el personaje ms inverosmil y complejo
de cuantos he conocido. Sus excentricidades mueven a risa, sus chistes,
sus exageraciones y sus embustes involuntarios nos divierten a par que
rebajan el concepto que de l formamos; pero cuantos le conocen y tratan
y penetran bien en el fondo de su alma, no pueden menos de quererle y de
estimarle. La fantasa del Barn ha bordado su vida sencilla y honrada,
desfigurndola con falsos adornos. Sobre la historia ha venido a
sobreponerse la leyenda: pero aunque por la leyenda aparezca el Barn
como personaje cmico, por la historia es siempre digno de respeto. No
pretendamos tasar y aquilatar con exactitud lo egregio y lo rancio de su
nobleza. l cree, y esto me basta, que es nobilsimo. Apenas hubo
Cruzada en que un Castell-Bourdac no figurase. La importancia de los
Castell-Bourdac ha sido grande desde entonces hasta la cada del antiguo
rgimen en 1789. La revolucin los arruin. Y desde entonces hasta ahora
la inflexible energa de sus opiniones legitimistas ha impedido que
salgan de la obscuridad. Ni durante la Restauracin intervinieron en
nada, porque hallaron a Luis XVIII y a Carlos X sobrado transigentes con
las ideas nuevas.

Aunque el Barn de Castell-Bourdac, restablecida en gran parte la
hacienda de su casa, posey por entonces bastantes bienes de fortuna,
que hubieran podido servirle de sostn y aun de resorte para su
elevacin en la poltica, por desgracia e no quiso mezclarse en nada, y
no acert a emplear mejor su actividad que en disipar alegremente sus
bienes y volver a quedarse pobre.

Desde el ao de treinta en adelante, fue imposible que el Barn pusiese
mano en los negocios pblicos. Si l hubiera querido ceder, humillarse,
renegar hasta cierto punto de las creencias y de la misin de sus
antepasados, hubiera sido Diputado, Senador, Embajador, Ministro y
cuanto le hubiera dado la gana; l al menos as lo crea; pero como el
Barn no haba querido ceder ni renegar, haba tenido que limitarse y
resignarse a ser un caballero, si bien encopetado, viviendo de sus
rentas, que eran cortsimas.

En este punto de la situacin econmica, ya no entra por nada la
fantasa del Barn. La pura verdad acude en su abono y le concede justa
alabanza.

El Barn es un prodigio de arreglo y de economa. No disimula su
pobreza, pero tampoco la deplora. En los crculos ms elegantes se
presenta siempre con el decoro propio de su clase. No juega, ni bebe.
Por no tener vicio alguno, no fuma, y tambin porque el fumar le parece
plebeyo, apestoso, impropio de un Castell-Bourdac y en plena disonancia
con el ideal del atildado y noble cortesano del antiguo rgimen tal como
l se le representa.

El Barn no debe nada a nadie y nadie puede jactarse de que l le haya
pedido dinero prestado.

Cada da come en una casa distinta. Es muy buscado y est convidado a
las mejores mesas, as por su divertida conversacin, como por su
extraordinaria fama de hondo conocedor y perito en todas las artes del
deleite. El Barn pasa por el _gourmet_ ms delicado que hoy vive,
paladea y olfatea en Francia. No es rico para pagar unos convites con
otros, ni es zafio tampoco para pagarlos de otra manera sin el menor
disimulo; pero, quizs sin pensarlo, paga los obsequios que recibe y no
hay quien le tilde de _pique-assiette_ o de parsito. Los cumpleaos,
las bodas y otras festividades le ofrecen ocasin, que l aprovecha, de
pagar cumplidamente cuantos obsequios recibe. En suma, y en mi opinin,
que creo fundada, el Barn es un modelo de cortesana. Slo han podido
los maldicientes echarle en cara un defecto, del que, a mi ver, se ha
corregido. El defecto, si lo es, consiste en su extremada galantera,
muy en desacuerdo para muchos con la edad provecta a que ha llegado.
Conceden sus crticos censores que l, en su juventud, hizo brillantes
conquistas y cautiv no pocos corazones indmitos y soberbios, pero
aaden que hace ya ms de veinte aos que debe el Barn recogerse a buen
vivir y reposarse sobre sus laureles.

Mucho disto yo de seguir semejante parecer. Desde que conoc al Barn,
trece o catorce aos ha, he opinado lo contrario. Hay belleza, elegancia
y distincin para todas las edades, con tal de que no falten la salud y
el aseo. Y como el Barn est saludable y es aseado y pulcro, yo le
hall y le hallo siempre muy agradable persona y adems un hermoso
viejo. Por otra parte, como el alma humana es inmortal, no hay vejez que
valga contra ella, mientras no se destruyan o deterioren en extremo los
aparatos y rganos que la ponen en relacin con el mundo y le sirven de
medio para pensar y sentir y para expresar lo que piensa y siente
mientras en el cuerpo est encerrada. Sea como sea, y a fin de que no
digas que me quiebro de sutil, prescindir de ms aclaraciones, y te
dir con llaneza que el Barn se prend de m y me hizo muy respetuosa y
finamente la corte.

Yo me lisonjeo de no haber tenido jams ciertos defectos que se
atribuyen, as a los que llaman en Francia _parvenus_ como a los que en
Espaa llaman cursis. Sin duda a la aparicin en m de estos defectos se
ha opuesto el orgullo. No he anhelado ni buscado para darme tono el
trato y la amistad de personas encumbradas por nacimiento, educacin y
riqueza. Naturalmente me he encontrado yo y me encuentro tan distinguida
como si hubiera nacido en la prpura y no me hubiera echado al mundo la
Pascuala, sabe Dios en qu zahurda. No poda yo esperar, por
consiguiente, que el influjo o el arrimo de sujetos aristocrticos
viniese a prestarme como un reflejo de su valer. Crea yo y creo tener
luz propia, digmoslo as, y que no la necesito prestada. No s si
aplaudirs o censurars esta vanidad ma. Yo te confieso que la tengo
para confesarte adems que el Barn me adul esta vanidad, sin artificio
y por manera irresistible. El Barn procuraba demostrarme con evidencia,
empleando para ello muy elocuentes palabras, que yo, sobre ser hermosa,
posea tal majestad en el gesto, en los modales y en todo, que ms
pareca una princesa o una emperatriz que una perdida plebeya, puesta
casualmente en zancos por su enlace con un ricacho usurero.

El arte y el ingenio con que el Barn iba insinuando en mi alma estas
lisonjas me tenan cada vez ms hechizada. El Barn me comprende bien,
pensaba yo, y cuando tan bien me comprende seal es, y prueba es
clarsima, de la elevacin y de la agudeza de su entendimiento. As
infundi el Barn en mi pecho la amistad ms acendrada hacia l.

Hzose mi _cavaliere servente_, y yo me deleitaba y hasta me
enorgulleca de que me acompaara y me sirviera.

Con modesta timidez, que de su ancianidad se originaba, el Barn empez
con suavsimo tiento y cautela a mostrarse enamorado de m, pero sin
persistir en sus manifestaciones para no cansarme, refrenando su
vehemencia para evitar mi enojo, y hacindolas, cuando las haca, como
por un arranque involuntario y muy a despecho suyo.

Quieres creer que con tal proceder el Barn me enterneci, y cautiv en
cierto modo mi espritu? Mi estimacin y mi amistad se las tena ya
ganadas por completo. Despus, poco a poco y al comps que l iba siendo
ms atrevido y ms explcito, fueron despertndose en m aquellas ideas,
pasiones o inclinaciones, pues no s cmo las llame, que siempre, a
pesar del freno religioso y a falta del freno del orgullo y del decoro
en este particular, han hecho de m lo que rudamente podemos llamar una
mujer liviana, o ms bien han impedido que yo no quiera, ni pueda, ni
logre nunca desechar de m la liviandad primitiva. Consider al Barn
herido, y tuve piedad de l y pens en el blsamo que poda curarle. Mi
generosa piedad fue aguijoneada por algo a modo de remordimientos. Me di
a cavilar que con mis favores amistosos, aunque concedidos sin malicia,
con mi dulce abandono cuando le tena a mi lado, con el mal disimulado
placer con que yo oa sus requiebros, y hasta con mi rer y burlar
cuando me hablaba de su cario, haba sido yo una desalmada coqueta, que
haba robado la tranquilidad de aquel seor excelente y haba levantado
en el mar pacfico de su ya fatigado corazn la ms deshecha borrasca.
Casi o sin casi, me cre en la ineludible obligacin de apaciguarla para
descargo de mi conciencia. En fin, y sin ms prembulos, en una tarde de
invierno, a las cinco, hora en que suele tomarse el t, cit al Barn,
como recientemente te tengo citado a ti, para que viniese a tomarle
conmigo a solas. Mis jaquecas un tanto cuanto imaginarias han persistido
siempre. Aquella tarde para todos tuve jaqueca menos para el Barn. Este
acudi a la hora justa, lleno de gratitud, contento y ufana. Pareca
remozado por virtud de una pocin mgica o por hechizos del amor. Entr,
me salud y se lleg a m con la gracia, desenfado y ligereza de un
pollo o _gomoso_, no de nuestro siglo decadente, sino de otras edades
caballerescas en que fueron los hombres de temple ms recio y ms fino.
Yo, con el pretexto de la jaqueca, estaba en el ms cuidadoso y esmerado
_nglig_. Mi vestidura era una elegantsima bata de flexible seda.

Pocas mujeres pueden hacer lo que yo hice entonces y puedo hacer y hago
todava. Cuando el cors me enoja no le llevo, y nada, absolutamente
nada, se humilla falto de sostn y baja de su sitio: todo permanece
firme como el mrmol y el bronce. Perdona que entre en estas
menudencias. Mi presuncin tiene alguna disculpa por lo no comunes que
son las cualidades de que me jacto. Importa adems consignar esta
circunstancia de mi _toilette_ para que se entienda lo que ocurri en
seguida.

No estara bien que yo paso a paso te lo refiriese todo. Baste decir que
pronto not, en medio de las vivas muestras de cario que el Barn
quera darme, no s qu disgusto, no s qu penoso rubor en su cara.
Cre entender lo que aquello significaba y me apesadumbr por l. En
esto se abri un poco mi bata y hubo de descubrirse mi garganta: no
mucho ms que lo que en un baile o en una recepcin de etiqueta se deja
ver al pblico. El sonrojo y la turbacin de mi amigo subieron entonces
de punto. Pero qu imaginacin tan poderosa y tan socorrida la suya!

Por dicha llevaba yo, pendiente del cuello en una cadenita de oro muy
sutil, una pequea medalla de plata, representando la Virgen de Araceli,
patrona de la ciudad de Lucena.

Fij el Barn la vista en la medalla y la tom entre sus dedos, para
examinarla mejor.

--De dnde procede esta medalla?--pregunt con curiosidad tal, que
pareca embargar su espritu y distraerle de los otros objetos.

--Es el nico recuerdo que conservo de mi madre, contest yo, como era la
verdad.

--Y cmo se llamaba tu madre?

--Pascuala, le dije.

--Oh inescrutables designios del cielo!, exclam el Barn, arrancando de
su pecho un hondo suspiro que se dira que le desahogaba.

--Qu pasa?--pregunt yo imaginando que el Barn iba a desmayarse.

--Esa medalla, dijo el Barn, se la di yo a tu madre cuando estuve en
Andaluca hace cuarenta y pico de aos. Entonces... fuimos muy amigos...
no me comprendes?

Me entr al or esta pregunta tan feroz gana de rer, que a duras penas
pude contenerme, temerosa de que el Barn se ofendiera.

--Ah!, s, te comprendo, dije al cabo, y di rienda suelta a mi alegra,
riendo ya sin temor.

--Hija del alma!--dijo el Barn con tan profundo acento y con tantas
apariencias de estar convencido, que sin duda empez desde aquel punto a
dar por cierto y por evidente lo que de improviso haba imaginado. Ello
es que ambos salimos muy agradablemente de aquel a modo de apuro,
trocndose de sbito nuestra amistad y nuestro conato de amor anacrnico
en el santo y puro afecto de un padre y de una hija.

--Padre mo!--dije yo y ech al Barn los brazos al cuello.

Despus de esta dulcsima expansin, llam a _Madame_ Duval para que nos
hiciese compaa. Con el debido sigilo le revel nuestro parentesco, de
que ella se maravill y holg mucho. Luego charlamos los tres a
cntaros. Con lo ameno de la conversacin se nos olvid tomar el t y
lleg la hora de la comida.

La imprevista anagnrisis, como el Barn la llamaba, fue solemnizada con
un exquisito _petit diner fin_ en que se luci mi cocinera, _cordon
bleu_ de primera fuerza, y brindamos los tres a la persistencia del
santo lazo recin descubierto y reanudado, primero con _Chateau Iquem_,
y a los postres con tintilla de Rota, mi casi paisana. No hubo
_champagne_, porque ni el Barn ni yo gustamos de ese vino, con algn
pesar de _Madame_ Duval, que gusta de l ms que de nada.

Mi pobrecita hija Luca, que apenas contaba entonces siete aos,
inocente como un ngel, luminosa, bella y serena como el lucero del
alba, fue la cuarta persona que estuvo en la mesa y comi con nosotros.
Con ojos algo espantados y sin comprender nada, se alegr de hallarse
repentinamente con un abuelito, y ms aun cuando el Barn, que es bueno
e ingenioso y muy a propsito para divertir a los nios, le cont tres o
cuatro cuentos fantsticos e infantiles, y le hizo varios juegos de
prestidigitacin con no escasa maestra.

Admirable es el encadenamiento de las cosas, y cmo de ciertas causas
nacen a veces los efectos ms imprevistos. Quin hubiera podido
imaginar que del descubrimiento de mi padre y de su aparicin algo
cmica, haban de resultar tan serias modificaciones y hasta cambios en
la direccin de mi vida? Sin embargo, as aconteci. Lo que para salir
de su atolladero invent de sbito el Barn y yo acept con risa,
hallndolo disparatadamente gracioso, l y yo lo fuimos tomando ms por
lo serio cada da, y por virtud de nuestra voluntad atamos nuestras
almas con lazo tan limpio y tan fuerte como si l fuese en realidad mi
padre y yo su hija.

De esta ficcin, que apenas ya me lo pareca, brot en mi espritu un
sentimiento jams experimentado por m: algo de ms fervoroso que la
amistad; algo en que no entraba por nada el vehemente anhelo de los
sentidos y algo que no era tampoco eso que llaman amor platnico y puro.
Este sentimiento lleg a ser ms puro y ms grave que el amor platnico.
Olvidada yo de que naca de una mentira, le vi nacer en m con sorpresa
y deleite, y le cuid con esmero para que creciese y floreciese.

Yo no niego ni afirmo la existencia de lo que llaman amor platnico;
pero, si existe, hallo en l, mientras vivimos esta vida mortal y
tenemos el alma en el cuerpo, y cuando son los que se aman mujer y
hombre, un no s qu de incompleto y aun de monstruoso.

No es, en verdad, amor, ni merece tan santo nombre, lo que yo he sentido
y conocido desde la bajeza impura en que nac hasta el da de hoy. Slo
es amor, cumplido y entero, el que yo columbr remotamente entre los
brazos de Juan Maury, y que por mi indignidad o por mi desgracia no pude
alcanzar nunca.

Del amor cumplido y entero, exclusivo y honrado desist desde entonces,
considerndole para m imposible.

El lazo afectuoso que hace aos al Barn me une, no es amor ni amistad,
porque es ms apretado lazo que el que ata a los amigos, y porque es ms
espiritual y cae menos bajo el influjo de los sentidos que el amor ms
platnico y ms puro.

Yo he ledo y aprendido mucho en estos ltimos aos. Pocos escritos me
han encantado ms, como divino ensueo potico, que las ltimas ureas
pginas del libro de Baltasar Castiglione, titulado _El Cortesano_. All
explica el ingenioso, sutil y elocuente Pedro Bembo cmo se complace y
cunto goza el amante en la contemplacin de la mujer amada, vindola,
oyndola y hasta mereciendo de ella ciertos delicados e inocentes
favores, entre los cuales pone el de abandonar por largo rato en las
manos de l las manos de ella, y hasta el de dar y recibir, con mero
contentamiento espiritual y sin sensualidad alguna, besos en la boca, a
fin de que all acudan las almas y se unan y compenetren, como cuentan
que le sucedi a Platn con su amiga, que hubo de ser la linda
Arqueanasa.

Sin duda que esto es muy bonito, pero no veo yo cmo ha de ser el medio
para encumbrarse a la contemplacin, primero de la belleza universal,
donde se encierran y cifran todas las bellezas individuales, y despus a
la eterna y perenne fuente de la belleza creada e increada, en cuyas
llamas arda nuestro espritu como ardi Alcides en la cumbre del monte
Oeta, y por cuyo fuego seamos arrebatados al empreo como Enoch y Elas.

Repito que todo esto me parece muy bien para ledo en el libro que he
citado, pero no en la prctica. Por eso doy gracias al cielo de que el
Barn haya inventado tan a tiempo su paternidad. Dios me preserve de que
l, por la contemplacin esttica de mi hermosura, y de que yo,
prodigndole los referidos favores, aspiremos tambin a remontarnos al
empreo. Ms fcil sera resbalar por este camino y caer en inmundicia,
que subir, purificados y gloriosos, como el solitario del Carmelo, en el
ardiente carro.

En suma, lo excelente que tuvieron mis relaciones con el Barn desde que
se convirti en mi padre, fue lo neutral, lo apacible, lo manso y lo sin
sexo ni siquiera platnico, con que se sealaron. El Barn casi dej de
admirarme como hermosa, a fin de quererme, de atenderme y de servirme
como buena.

       *       *       *       *       *

No soy yo alegre y regocijada por mera y espontnea energa de mi
espritu. Lo he sido y lo soy tambin porque me impongo, porque me
decreto la alegra. Las cosas no pueden estar mejor de lo que estn. Me
parecera ingratitud para con Dios, si yo me quejase. Desde lo ms hondo
de la abyeccin impura he logrado elevarme a una esfera brillante y
relativamente limpia. Soy rica, libre, respetada, a pesar de mis
extravos, y considerada y atendida en cierta sociedad, que tendr sus
mculas, pero a la que algn respeto se concede. Claro est que yo,
aspirando siempre a lo ms perfecto, ora supongo que hay, ora si no hay,
gustara de que hubiese, una sociedad ms escogida, elegante y honrada,
un crculo de gente ms selecta, dentro del cual fuese yo digna de
colocarme. Pero jams me conformara yo a ser recibida en ese crculo
por indulgente piedad; a que ese crculo descendiese de su nivel para
recibirme, a que entendiesen los que viven en l que con su trato me
purificaban o me realzaban. Para esto prefiero estar donde estoy, y aun
me resignara a estar mucho ms abajo.

Completa es, por lo tanto, mi conformidad con mi posicin y con mi
suerte.

Tengo adems grandes motivos de satisfaccin y contento. Mi salud es
inmejorable y mi mocedad se dira que no acaba. Para qu he de fingir
modestia contigo? Me encuentro ahora ms bella, ms lozana, que cuando
nos veamos en el _Retiro de Camoens_. Imagname entonces como mata de
azalea sin flor an y toda verde, e imagname ahora como la misma planta
con toda la pompa y las galas de sus abiertas flores.

Aduladora es mi _mucamba_, que sigue siempre llamndome su nia; pero no
creo que me adula cuando salgo del bao y me enjuga y me mira con
agradable pasmo, y suele decirme:

--Ay, nia, nia!, cada da ests ms hermosa. Bienaventurado el que
as te vea!

Lo que es yo me miro tambin con complacencia en grandes y opuestos
espejos y me siento en perfecta consonancia con el parecer de Petronila.

Te lo confesar todo: cuando Petronila me deja sola, incurro en una
puerilidad que no s decidir si es inocente o viciosa. Slo s que es
acto meramente contemplativo; que es desinteresada admiracin de la
belleza; No es grosera sensual, sino platonismo esttico lo que hago.
Imito a Narciso; y sobre el haz fra del espejo aplico los labios y beso
mi imagen. Esto s que es platonismo, me digo entonces. Esto es el amor
de la hermosura por la hermosura: la expresin del cario y del afecto
hacia lo que Dios hizo manifestada en un beso candoroso que en el vano e
incorpreo reflejo se estampa.

Ya ves t que te hablo hasta de mi sencilla fatuidad y que te declaro
todas mis venturas. Bien es que sepas tambin lo que durante mucho
tiempo he procurado ocultarme a m misma, lo que yo veo distintamente
con susto y con pena y lo que me duele confesarte.

Como si de un lago tranquilo surgiese de repente un monstruo, como si en
una pradera cubierta de olorosas hierbas y flores viese yo bullir, por
bajo de ellas, multitud de escorpiones y de vboras, as, en medio de
mis alegras y placeres, surge a menudo, desde hace tiempo y desde lo
ms intrnseco de mi ser, un desconsuelo, una melancola, una amargura
que me esfuerzo por ahogar o remediar y no lo consigo.

No es hasto: yo no estoy ni fatigada ni hastiada. No es desilusin: las
ilusiones, si alguna vez las he tenido, jams me han contentado con su
falacia y antes he celebrado que deplorado el perderlas. La causa de mi
mal es mi ambicin trascendente; mi empeo de ir en busca de un ideal
para m inasequible; el vano propsito de borrar de mi ser las
indelebles manchas, con cuyo germen al menos nac manchada. Este mal,
que en m no tiene cura ni remedio, quise curarle y remediarle yo en
otro ser amado, que me pertenece, que ha nacido de mis entraas.

Mi propsito de educar altamente a mi hija fue corroborndose cada vez
ms. De l hice el ms noble fin de mi vida. Luca, si mi deseo se
realizaba, haba de ser limpio dechado de castidad, de pureza y de
cuantas excelencias y virtudes pueden sublimar y glorificar a un alma
humana en esta baja tierra.

Prev un peligro, prev para m el ms enorme de los infortunios, pero
arrostr el peligro con valor porque sobre todo prevaleca mi afn de
que ella fuese perfecta, inmaculada, tan hermosa como yo de cuerpo y mil
y mil veces ms hermosa de alma; conseguido esto, me senta yo con
fortaleza bastante para sufrir que ella, desde la elevacin moral en que
iba a verse, tuviera harto involuntariamente que despreciarme y que
avergonzarse de m. Movida yo por esta pasin, tuve por principal empleo
hasta que Luca cumpli doce aos, el cultivar su corazn y su mente con
el ms activo desvelo. Yo misma, ocultndole con recato cuidadoso cuanto
yo pensaba y saba de malo, la instru en todo lo bueno y santo que mi
alma haba conservado o aprendido.

Mi fe religiosa, profunda en mi mocedad y consuelo en mi abyeccin de
entonces, o haba sido combatida por dudas o se haba bastardeado,
combinndose con ideas filosficas que tal vez quebrantaban su entereza
con el pretexto de ensanchar un estrecho molde donde imaginaban que su
grandeza no tena cabida. As es que busqu y hall a un virtuoso e
ilustrado sacerdote que completase la educacin moral y religiosa de
Luca sin inficionarla con los elementos heterodoxos con que mi fe se
haba pervertido.

No acierto a ponderarte el miedo que tena yo de que Luca descubriese
mi indignidad; el recato con que viv para que no comprendiese ella o
para que tardase en comprender mis faltas y pecados, y cunto vigil
para que ningn pensamiento impuro penetrase en la mente de ella; y, lo
que es imposible cuando un ser humano es inteligente, para perpetuar en
su espritu la ignorancia de lo malo y de lo vicioso.

Recelando yo que esta ignorancia de Luca se disipase y que ella abriese
los ojos y me viese tal como soy, no me sosegu hasta que, haciendo un
inmenso sacrificio en separarme de ella, la hice entrar, desde poco
despus que cumpli doce aos, en el convento del Sagrado Corazn de
Jess, donde permaneci hasta los diecisiete.

       *       *       *       *       *

Muchas veces sala mi hija del convento y vena a pasar algunos das
conmigo. Con ms frecuencia iba yo al convento a visitarla y a hablar
con ella.

Mi amor y mi vanidad de madre estaban cada da ms lisonjeados. Luca
iba creciendo en hermosura y en natural elegancia. Algo haba en ella de
parecido a m, pero se pareca mucho ms a su padre. No envidiosa sino
encantada notaba yo que haba en todo su ser corporal algo de ms
aristocrtico que en el mo. Era adems blanca y rubia, mientras que yo
soy pelinegra y triguea. Mis ojos son verdi-oscuros; los suyos azules
como el cielo. Yo soy alta y esbelta: ella es ms esbelta y ms alta que
yo, aunque igualmente bien proporcionada. Para que comprendas bien la
diferencia que hay entre nosotras, te dir, aunque peque yo de
presumida, que mi estampa retrae al pensamiento la de una diosa del
gentilismo, y la suya la de una _madonna_ de antes de Rafael.

Las caricias y las alabanzas, que yo le prodigaba, eran siempre
tiernamente recibidas y pagadas por ella. Haba, sin embargo, entre
nosotras no poco que limitaba la expansin. No me atreva yo a hablarle
de ciertos puntos. Le deca que era su madre, pero no le deca de qu
suerte era su madre, como deseando que lo ignorara. Y salvo en lo
indiferente y en las relaciones entre ella y yo desde que naci ella,
pona yo en toda mi vida, cuando con ella hablaba, un sigilo harto
embarazoso.

Intenciones tuve a veces de confesarme con ella: de decirle mis faltas
para que ella las perdonase. Pero pronto un orgullo, en mi sentir bien
entendido, me haca desechar aquella tentacin. Era preferible que ella
supiese por otras personas quin yo era y no que lo supiese por m
misma. Yo no me podra resistir al deseo de justificarme o al menos de
disculparme; y de aqu podran originarse dos casos que igualmente me
horrorizaban. O bien que, al disculparme yo, ella aceptase como buena y
como plausible mi disculpa, y entonces la elevacin de su moralidad se
relajara, siendo yo su maestra y su iniciadora en liviandades; o bien
que ella, con severo criterio, all en el centro de su alma y aunque no
me lo dijese, rechazara mis disculpas, y tal vez sospechara, a pesar
suyo, que yo le daba lecciones infames, y que, acaso sin querer, pero
arrastrada por mis instintos perversos, ansiaba rebajarla a mi nivel,
aunque slo fuese para que ella mejor me amase.

Tales cavilaciones fueron la causa de mi silencio.

Por mi desdicha, es absurdo imaginar que una virgen, una santa, una
criatura inmaculada y pursima, si no es tonta, permanezca siempre a
obscuras y con los ojos del alma completamente cerrados para todo cuanto
hay en el mundo que no es honesto. La honestidad, la castidad y hasta la
inocencia ms columbina, consisten en abominar de lo malo y no en
ignorarlo del todo, como si no existiera. Luca, pues, austera, virtuosa
y sin ningn pensamiento feo, y sin ninguna imagen impura que enturbiase
el claro espejo de su conciencia, reflejndose en l, no pudo menos de
saber al cabo y supo del mal, y fue conociendo poco a poco todo cuanto
de este mal en m haba. Callndome siempre, pero con mirada
escrutadora, procuraba yo, con curiosidad irresistible, penetrar en el
centro de su alma, y ver el progreso que iba haciendo all el
conocimiento del mal y los estragos y la ruina que este conocimiento
haca en el buen concepto que ella de m tena formado. Grandsimo pesar
me causaba lo que acabo de querer explicarte. El amor maternal, no
obstante, y casi tanto como el amor maternal uno a modo de orgullo de
artista que se deleita en su obra, siempre me impidieron desear, en el
juicio de Luca, la menor indulgencia que implicase relajacin o
quebranto en la ley por cuya virtud su espritu haba de dictar un
fallo.

Ya se entiende que todo esto lo vea o lo crea ver yo como si mi mirada
penetrase en los ms abismados pensamientos de mi hija. Lo que es ella,
nunca dejaba de mostrarse tan cariosa conmigo como con ella yo, y tan
respetuosa como la hija ms cristianamente educada.

Despus de nuestros deberes para con Dios, los mandamientos de su ley
ordenan que respetemos y honremos a nuestros padres. Cmo hubiera
podido Luca faltar nunca en lo ms mnimo a este mandamiento? Ella,
adems, me amaba y me ama, porque ha nacido de mis entraas y porque es
mi sangre y porque recuerda y agradece mis mimos, mi ternura, el esmero
con que la he criado, y hasta esa misma elevacin moral y religiosa a
que he procurado elevarla, quedndome yo tan lejos y tan por bajo de
ella.

       *       *       *       *       *

Jams he tenido la tentacin de destruir mi obra; de hacer que Luca
baje hasta m desde la altura en que la he puesto. Pero, a veces me
pregunto: no fue delirio ponerla en esa altura?

A este propsito recordaba yo ciertas palabras de una dama andaluza que
conoc un verano en Biarritz cuando Luca no contaba an sino ocho aos
de edad. Tena esta dama una hija de la misma edad que Luca. Las nias
se conocieron y jugaron juntas en el _Port Vieux_. Y por esto, y por ser
espaolas ambas madres, y por lo franco y fcil del trato en los lugares
de baos, trab yo cierta amistad con la madre de la nia, que se
llamaba la seora de Bentez. Su marido, D. Ambrosio, era un personaje
poltico de cuarta o quinta magnitud, si bien con esperanzas ms o menos
fundadas de llegar a serlo de primera, ya que posea notable desenfado,
gran facilidad de palabra y otras brillantes prendas. Por lo pronto, D.
Ambrosio estaba como parado, por no decir extraviado en su carrera. O
por haberse comprometido en conjuraciones y pronunciamientos, o sin
necesidad y slo para contraer mritos y darse tono, gema en la
emigracin. Verdad es que no era muy lastimero el gemido, porque cuando
los suyos estuvieron en el poder, le haban enviado a Cuba de vista de
una Aduana o no s bien con qu otro empleo en Hacienda. Al ao y medio
cay su partido y le dejaron cesante, pero l no se haba dormido ni
descuidado y haba aprovechado tan bien el tiempo, que pudo volver y
volvi, con no despreciables ahorros. As poda esperar y esperaba sin
sobrada angustia la vuelta al poder de su partido, para que le hiciese
Director general, Ministro y quin sabe si Conde. Sus esperanzas eran
grandes. Su mujer era quien no se las prometa tan felices. La seora de
Bentez tena un carcter apocado y siempre pronosticaba males y no
bienes. Ella era lo contrario de D. Ambrosio, que vea el porvenir de
color de rosa y que soaba con todos los refinamientos y primores del
lujo y de la distincin suprema. La seora de Bentez, a pesar de lo
ttrica que era en el pronosticar, tena mil excelentes cualidades.
Desde que, siendo estudiante D. Ambrosio y ella hija de la pupilera en
cuya casa D. Ambrosio se hospedaba, ambos se amaron y se casaron, haba
sido fiel, sufrida y hacendosa compaera de aquel hombre, gobernando la
casa y cuidando de todo con ordenada economa y dando a D. Ambrosio, sin
molestarle ni ofender su orgullo, los ms juiciosos consejos. Ella se
esforzaba, sobre todo, en esfumar los ensueos de grandeza de su marido,
y en procurar que ste no viniese a ser un Faetonte del _chic_, y
acabase por caer despeado.

En el invierno que sigui al verano y al otoo en que los conoc,
vinieron a Pars ambos esposos a pasar una corta temporada. A ellos y a
su nia los obsequi cuanto pude. Un da en que estaban los tres
comiendo a mi mesa, mi cocinera estuvo inspirada. Don Ambrosio, que era
francote a pesar de su vanidad, se entusiasm con todos los platos que
se sirvieron, y singularmente con un _chaud-froid_ de _ortolans_, que en
realidad fue una obra maestra. Mas oh, desgracia!, la nia del Sr.
Bentez comi muy poco de todo. Lo que es el _chaud-froid_, por culpa de
la gelatina que le envolva y por lo fro que estaba, le dio mucho asco
y no consinti en llevrsele a la boca. Don Ambrosio perdi con esto los
estribos; no acert a contenerse y deplor en mi presencia con acerbas
frases la ingnita ordinariez de su hija, que no gustaba sino de
alborona, chanfaina, pepitoria y sobrehsa de bacalao. Herido con esto
el orgullo maternal de la seora de Bentez, habl con elocuencia y
refut el parecer de su marido, dicindole para concluir:

--Pues debieras dar gracias a Dios y no lamentarte de que sea as tu
hija, porque tal vez se quede para vestir santos, o bien se case con
algn pobretn que, en vez de darle a comer pajaritos sin hueso y
rellenos de trufas, tenga que alimentarla, y gracias, con esos guisotes
que t desdeas, aunque con ellos te has alimentado y bien robusto te
has criado.

Ya comprenders t de qu manera aplicaba yo este caso a Luca y a m.
Y, sin embargo, aunque me pareca atinado y juicioso lo que con relacin
al refinamiento material deca la seora de Bentez, yo segua
hallndolo vil y grosero aplicado al refinamiento del alma. Lo que es en
esto persista yo y me aferraba en ser ms exquisita que D. Ambrosio.

       *       *       *       *       *

Mi entendimiento vacila, cambia y duda mucho. Suele mirar las cosas por
diversos lados, y segn el lado por donde las mira, las ve con aspecto
distinto.

Me inclino a creer que a todo el mundo le sucede lo mismo. La diferencia
est en que yo lo confieso, y son raras las personas que lo confiesan.

Digo esto porque hasta en los momentos de mi mayor entusiasmo por la
sublimidad moral y religiosa de Luca, asaltaban mi mente no pocas
consideraciones que propendan a echar por tierra el entusiasmo
mencionado.

Siempre me figuraba yo como legtimo y bueno el andamio, la escala, la a
modo de Torre de Babel que el alma construye a veces para encaramarse
por ella y subir al cielo de su ideal ms alto; pero importa que esta
torre, andamio o lo que sea se construya sobre firme y slido cimiento
de sentido comn. De lo contrario, es casi seguro que cuando ya est muy
alta la torre y nos complazcamos y ufanemos en contemplarla, se cuartee
por culpa de la base y acabe por hundirse lastimosamente en el ancho
foso de tontera que la rodea.

As pensaba yo y as me atormentaba al penetrar cada vez ms en la mente
de Luca y al recelar que en la direccin que yo haba dado al vuelo de
su espritu, haba acaso falta de tino. Pues qu, no poda ella ser
todo lo santa que quisiese sin avergonzarse de m, aunque fuese de un
modo involuntario? Si ella se hubiese criado en el abandono en que yo
me cri, hubiera sido ms que yo virtuosa y honrada?

En el abismo de mi alma ocultaba yo mis cavilaciones. No hallaba
trminos con que declarrselas a Luca, ni con qu darle al menos leve
indicio de ellas. Ignoro hasta qu hondura penetrara Luca en mi
conciencia y leera lo que all pasaba. Lo que s es que yo lea en la
conciencia de ella como en un libro abierto, donde las sanas doctrinas
del ilustrado sacerdote que la haba educado, y las no menos sanas de
las benditas madres del convento haban venido a combinarse con los
rumores del mundo y con las malvolas insinuaciones de las compaeras de
colegio a quienes la envidia mova, y haban formado un amargo conjunto
que menoscababa el respeto y que acibaraba y aun emponzoaba el amor de
la hija a la madre.

Sin duda en la mente de Luca haba llegado a formarse un concepto de m
harto peor que el merecido. Ella hubo de creerse hija de un padre hasta
de m misma ignorado.

No creas t por lo que aqu manifiesto que Luca me mostrase el menor
desvo. Antes era cada vez para m ms entraablemente afectuosa. Por
gratitud, por deber y por natural inclinacin Luca me amaba.

Modelo de cristiana humildad para con Dios, Luca era tan orgullosa o
ms orgullosa que yo en sus relaciones con el prjimo, salvo que mi
vileza primitiva haba cortado las alas de mi orgullo y su orgullo tena
alas, aunque estaba herido por mi culpa y por mi vergenza.

Una tristeza dulce y al parecer sin causa se pintaba en su rostro desde
que sali del convento. La llev a paseos y tertulias, la vest y la
adorn con los ms elegantes trajes de moda, y procur distraerla y
alegrarla, pero todo fue en balde. Ella me confes al cabo que tena la
ms decidida vocacin de abandonar el mundo y de entrar en el claustro.
Intiles fueron todas mis amonestaciones en contra; intil la pintura
que reiteradamente le hice de un porvenir brillante, honrado y tan
dichoso y tan digno cuanto en este bajo mundo es posible. Por qu no
haba ella de inspirar a un hombre y de sentir por un hombre que la
mereciese el nico y persistente amor que al pie de los altares se
purifica y que un sacramento religioso ennoblece y ensalza?

Todo por mi parte fue empeo vano. Luca persisti en no ser esposa sino
de Cristo, y fue tan resuelto su propsito que no pude atajar los
primeros pasos que quiso dar para lograrle, y, harto a despecho mo,
hube de consentir en que se volviese al convento.

       *       *       *       *       *

Sobre lo que tengo que contarte ahora, voy a pasar con rapidez como
sobre ascuas. Aun as me quemar la sangre el recordarlo.

Por amor, por devocin a mi hija, conceb un proyecto tan sentimental
como descabellado. A fin de realizarle me expuse a la ms dura de las
humillaciones.

Mi efmero amante, el joven Secretario de la Legacin inglesa en Ro de
Janeiro, no era ya Master John, era _Sir_ John. Se haba transformado en
un seor respetabilsimo de cuyas circunstancias haba yo tomado exactos
informes. Era un personaje rico, notable e influyente en la poltica de
su patria.

Bien poda afirmarse que dominaba fuera de su casa y que dentro de ella
estaba dominado. Trece aos haca que haba contrado matrimonio con una
noble _Lady_, bella, muy aristocrtica y tan dotada de virtudes como de
soberbia. Juan Maury tena de esta mujer tres hijos legtimos; y, segn
me contaron, si a ellos los amaba como padre, a ella la obedeca y la
acataba como rendido adorador a una diosa.

All en mis adentros, all en lo ms hondo y oculto de mi corazn, an
descubra yo rastros del verdadero amor que, por nica vez en mi vida y
evocado por Juan Maury, haba pasado por mi alma, tocndola con sus alas
e iluminndola toda. Juan Maury nunca lo supo, ni lo presumi siquiera.
Durante el corto tiempo que me posey me tuvo por una mujer galante: muy
agradable, muy divertida, y nada ms. Para l aquellos nuestros amores
no fueron ms que amoros.

Cmo pues me atrev a considerar posible que Juan Maury, dieciocho o
diecinueve aos despus, haba de llegar a saber que haba tenido de m
una hija y haba de estar tan seguro de ello que se allanase a
reconocerla?

Sin embargo, fue tan grande mi deseo de que mi hija supiese quin era su
padre y de que l declarase que lo era, que yo venc mi repugnancia,
humill mi soberbia y acud a Juan Maury con mi pretensin. Le escrib
varias cartas a las que no se dign contestar, y yo sufr y devor su
desprecio. Apel entonces al confesor de mi hija, le puse en el secreto
de todo y le di la comisin de ir a Inglaterra, de buscar a Juan Maury,
de hablar con l, de reiterarle mi pretensin y de exponerle mis planes.

Mi hija era suya, y yo lo juraba por lo ms sagrado. No necesitaba de la
hacienda de l. Yo era bastante rica y estaba dispuesta a dar desde
luego ms de la mitad de la ma y el resto a mi muerte. Yo me conformaba
asimismo con renegar de mi maternidad o con ocultarla, para que Juan
Maury buscase y fingiese, para su hija, al reconocerla por tal, ms
decorosa madre que yo, y no casada sino soltera. Yo me comprometa, si
era necesario, a no volver a ver a mi hija para no contaminarla con mi
contacto. A ella, si Juan Maury no quera tenerla en su casa, la podra
tener bajo la custodia y autoridad de una ilustre y anciana parienta
suya, viuda y sin hijos, y de quien saba yo que le amaba en extremo. De
la virtud, de la limpieza y santidad de costumbres y del recato de Luca
fcil era que pudiese informarse Juan Maury. De su hermosura, de su
distincin y de su talento, l mismo poda juzgar, viniendo a visitarla
en el convento en que ella estaba. Tal vez (en mi concepto casi de
seguro) notara l vindola, por los rasgos de su fisonoma y por todo
su aspecto, que era ella de su casta y de su sangre. Qu recelo, qu
temor poda impedir a Juan Maury confesar a su mujer una culpa suya
cometida cuatro o cinco aos antes de su casamiento, e impetrar su
beneplcito para expiar en parte dicha culpa reconociendo por hija y
dando su nombre a la que de la culpa haba nacido? Ni los bienes de
fortuna de Juan Maury sufriran con esto menoscabo, porque Luca era
rica de por s y nunca le sera gravosa.

Pero Juan Maury era ms egosta de lo que yo haba imaginado. Era adems
tan gurrumino que tena ms miedo de su mujer que de una espada desnuda;
y _Lady_ Maury era quizs la ms severa, la ms entonada, la ms en sus
puntos y la ms enemiga de lo escandaloso e incorrecto de cuantas
_Ladies_ vestan y calzaban a la sazn en todo el Reino Unido de la Gran
Bretaa.

Por otra parte, yo soy muy imparcial, y cuando hay disculpa, la hallo
aunque sea contra m. Mi pretensin pecaba de extempornea, era harto
sospechosa y careca de documentos fehacientes en que fundarse.

Mi orgullo maternal y mi altivo menosprecio de las consideraciones y
respetos sociales, en poca en que estaba yo ms sobre m y muy
engreda, me haban inducido a ser imprevisora y a no desear ni buscar
con oportunidad mayor el reconocimiento de mi hija por quien
evidentemente era su padre.

Mi empeo fue ya tardo. A fuerza de gestiones mi embajador clrigo
consigui ver en secreto a Juan Maury y exponerle el objeto de su
embajada; pero Juan Maury, lleno de desconfianza, le despidi sin
hacerle caso.

Todava, con humillante terquedad, persist yo en mis ruegos y escrib
varias cartas a mi antiguo y descastado amante. El nico resultado que
obtuve fue infundir en su nimo un miserable terror de que su _Lady_
sorprendiese mi correspondencia a medias y pusiese el grito en el cielo.
Para salvarse de tamaa calamidad, Juan Maury me envi como mensajero a
un hombre de negocios de toda su confianza, quien, ms que a convenir en
nada, vino a imponerme silencio. Aunque era ingls y no hablaba la
lengua francesa muy de corrido, yo no he visto ni odo nunca a nadie ms
fresco, circunspecto y reposado en su hablar, ni que acertase a decir
mayores crudezas y enormidades, sin descomponerse y sin manifestar en la
forma y combinacin de sus palabras nada de _shocking_ ni de feo.
Traducido lo que me dijo en rudas frases era como sigue: que si Juan
Maury, que haba sido guapo y muy querido de las damas, tuviese que
aceptar un hijo por cada uno de los extravos o ligerezas de su primera
juventud, se expondra a poder formar un batalln con su prole; que sus
relaciones conmigo haban sido de lo ms ligeras, sin compromiso
ninguno, y de duracin muy corta; y que l no tena ningn motivo
justificado para afirmar con pleno convencimiento que durante dichas
relaciones haba sido el nico, porque entonces haba tambin un marido
legtimo, y haba adems dos rivales que con grave escndalo y por celos
rieron en desafo, resultando muerto uno de ellos. En suma, el
mensajero ingls me amonest para que abandonase mi empeo absurdo, del
cual slo podra originarse la perturbacin de la paz domstica en el
seno de una honrada y nobilsima familia.

No he de negarte aqu que el discurso de aquel mensajero ingls me
revolvi ferozmente la bilis: estuvo a punto de restaurar en m las
bizarras de mis verdes aos y mis arrestos de chula. En mis manos,
cuidadas ahora con el esmero de las manos de una princesa, sent bullir
la comezn y el prurito de hartar a aquel ingls de bofetadas y de
araazos. Pero su correccin, su calma y su serenidad impasible me
contuvieron y lo aguant todo. Lo que s hice fue derribar con ira y
hasta con asco el dolo de Juan Maury del altar que misteriosamente le
haba yo erigido en el templo de mis recuerdos. Y aunque mis manos
permanecieron ociosas e inertes, no le sucedi lo mismo a mi lengua. La
esgrim como pual buido. Si no calent bien con mis manos la cara del
ingls, con la lengua le calent las orejas. En contestacin de lo que
l insinu acerca del nombre ilustre que anhelaba yo dar a mi hija,
llegu a decir al ingls que ya prefera yo hacerla hija de un zapatero
remendn a que fuese hija de su amo. En suma, yo me desahogu de veras y
desped al ingls con cajas destempladas.

Para siempre desech la esperanza y abandon el propsito de que mi hija
tuviera padre en la tierra. Casi cre juiciosa la idea extravagante del
sansimoniano Padre Enfantn de no conceder sino madres a los seres
humanos y de suponerles un padre ideal para que imitasen mejor a Cristo.

No era Luca de este parecer. No poco trasluci de los pasos que haba
yo dado y del mal xito que haban tenido. Su amargura hubo de ser
grande. La opinin que de m tena hubo tambin de malearse mucho. No
dej por eso de mostrarme sino que extrem ms que antes su cario y su
respeto hacia m; pero cada da ponder ms lo decidido y lo invencible
de su vocacin.

En balde fueron mis razonamientos y mis splicas para que Luca
desistiera. Al fin tuve que ceder y que consentir.

Hace ya ms de un ao que Luca tom el velo y se encerr para siempre
en el claustro.

Nada dira yo si creyese su determinacin enteramente nacida de fervor
religioso; pero yo me atormentaba y an me atormento sospechando que la
desesperada soberbia de mi hija y la lucha interior entre el respetuoso
cario que me tena y me deba y el psimo concepto que de m formaba,
la haban llevado a sacrificarse.

Aun as la grandeza del sacrificio la ennobleca a mis ojos. Por orgullo
haba desdeado la riqueza, las galas, los deleites y los triunfos que a
pesar de la impureza de su origen, hubiera ella podido lograr en el
mundo.

Sin embargo, yo cavilo mucho y de vez en cuando hago suposiciones y
consideraciones que rebajan el mrito de Luca y con las cuales tambin
me culpo y miro mi desgracia como natural resultado de mi imprudente
necedad. Me comparo entonces a cierto aprendiz de mago de una antigua
leyenda, que se propuso evocar y llamar a s a un ser etreo, a una
slfide, a una diosa beatificante, y equivoc las frmulas, los
procedimientos y los conjuros, y suscit un vestiglo que cay sobre l,
le derrib por tierra y le pisote el cuerpo y el alma.

Mi propensin a rer y a burlar, aunque sea a costa ma, me induce en
ocasiones a ver este asunto por el lado cmico, pero no sazono el acerbo
chiste con sal y pimienta, sino con hiel y vinagre. La cualidad de
_snob_, me digo, puede encumbrarse a un grado heroico. Para probarlo
acude a mi memoria lo que ocurri a mis amigas la seora y las seoritas
de Pinto. Vinieron a Pars, desde la provincia braslica de Minas
Geraes, tres sobrinos de la madre, primos hermanos de las hijas. Se
haban enriquecido cultivando una magnfica _fazenda_, pero eran
ordinarios y medio salvajes y chapurreaban el francs por detestable
estilo. Llevaban, adems, en el rostro el indeleble signo de su plebeyo
e hbrido origen. Estaba patente en ellos la mezcla de la sangre europea
con la del _caboclo_ y aun con la del negro. No puedes figurarte la
consternacin que produjo en las de Pinto la llegada de estos seores.
Para colmo de horror acertaron ellos a presentarse en casa de las de
Pinto una tarde en que dichas seoras tenan un _five o'clock tea_, ms
subido de punto que nunca por lo aristocrtico. All estaban el Barn de
Castell-Bourdac, quien casi o sin casi es del _Faubourg_; dos prncipes
rusos, descendiente uno de Gengiskan y otro de un compaero de Rurik;
tres marqueses italianos; y una condesa polaca, de la clarsima estirpe
de los Jaguelones. Tambin estaba yo, aunque plebeya, considerada como
muy elegante. Qu hubiera sido del crdito de las de Pinto si llegan a
entrar en la sala aquellos salvajes, tutendolas y abrazndolas como a
primas? Por fortuna ellas acudieron a tiempo de evitar la catstrofe.
Los Pintos exticos fueron introducidos y enchiquerados en un saln
vaco. Pero cunto sobresalto, cunta angustia, divinos cielos!
Aquellas seoras iban y venan por turno de un saln a otro para dar
conversacin a los inoportunos y descomunales parientes. A m no
pudieron menos de ponerme en el secreto y tambin me enviaron con
disimulo a darles un poco de conversacin.

En suma, para qu cansarte: las angustias y los apuros de las seoras de
Pinto fueron inefables e innumerables durante cerca de dos meses que
permanecieron sus parientes en la capital de Francia. Por dicha se
marearon estos de or tanto ruido como hay en estas calles de Pars, de
estropear la lengua de Voltaire y de que nadie les hiciera caso sino los
que les sacaban el dinero. Se largaron, pues, no s dnde, y las de
Pinto respiraron. Segura estoy de que si no llegan a irse, atribuladas y
compungidas las de Pinto por una perpetua y abominable obsesin, las
tres abandonan el mundo y se meten monjas.

Valindome del recuerdo de este lance como trmino de comparacin,
pugnaba yo por achicar en mi pensamiento la mstica heroicidad y el
desprendimiento de Luca; pero mi obstinado amor hacia ella y mi juicio
favorable a sus nobles prendas la amparaban contra la ridiculez que mi
despecho quera lanzar sobre ella. Slo consegua yo mortificarme ms y
desesperarme.

A pesar de lo apacible y alegre de mi carcter durante toda mi vida,
empec a sentir entonces, con enojosa persistencia, odio y desprecio
hacia m misma y hacia la gente que me rodeaba y miedo de verme tan
sola, sin haber obtenido nunca sino fugaces amistades y sin contar con
persona alguna en quien poner mi confianza y mi profundo y verdadero
afecto. Apenas tena yo ms amigos que el Barn; y yo no desconoca, por
ms que estimase su fidelidad perruna y su devocin hacia m, cunto
haba de cmico en todo ello. Las ganas de morir asediaron mi espritu
con la contemplacin de tales miserias.

       *       *       *       *       *

Para distraer mis penas, para aturdirme, me lanc entonces al mundo con
mayor mpetu y frenes que nunca. Te confieso que llegu a sentir
veleidades de conquistar cierta extraa clase de nombrada; de echar mi
modestia a un lado y de obtener palma y corona en el certamen de la
hermosura. No fue el sentido moral quien detuvo mis arranques e impidi
que cayese yo en aquel precipicio: fue mi soberano desdn hacia el
juicio y la estimacin de los hombres. Parodiando en mi pensamiento una
sentencia evanglica, me deca yo que para cebar a los cerdos bastan
afrecho y bellotas, y que es lstima arrojar perlas en la pocilga.

Con todo, otro sentir menos soberbio y de purificante delicadeza agit
por entonces mi pecho. Imagin posible todava, cuando no el amor
verdadero, fiel, nico y sin mancha que pudiese unir mi ser con el de un
hombre, un apacible y amoroso afecto que, sin poseer ya la vehemencia
del amor juvenil, tuviese su limpieza, su persistente duracin y su
fidelidad exclusiva. Pero dnde hallar este amigo, este amante, este
esposo con quien yo an atrevidamente soaba? Cmo podra yo
desprenderme de lo pasado para ser digna de ser suya? Y si de lo pasado
no me desprenda, cmo enredarle en mi imaginado lazo sin rebajarle
hasta mi nivel y sin hundirle en la abyeccin en que yo estaba?

Mis alambicados pensamientos y el ensueo ideal que repentinamente,
tarde y fuera de sazn, movan y embriagaban mi alma, la llenaban de
desesperanza y de anhelo de muerte, aunque yo segua hallando hermoso el
mundo, y rico en encantos, en curiosos misterios y en amena variedad de
casos el esplndido tejido de la vida humana.

       *       *       *       *       *

Deseo hacerte comprender las vacilaciones de mi espritu, y de qu
suerte, con incesantes alternativas, paso de la tranquilidad apacible al
dolor desesperado. Nunca enga, ni ofend, ni rob, ni her a nadie. En
nada de esto pequ ni tengo de qu arrepentirme. En ocasiones, la fe
perdida renace en m. Recuerdo y reconozco como mortales muchos pecados
mos, pero confiando en la infinita misericordia de Dios, creo que me
los perdona. Siento la contricin y yo misma me absuelvo. El
remordimiento ya no me atosiga, pero hay un sentir poco cristiano, hay
en mi ser un cruelsimo orgullo, que, ms que todo remordimiento,
atormenta y mata. La humillacin y la vileza de mis primeros aos se
representan en mi memoria y me cubren de oprobio. No hay penitencia, ni
conjuro, ni sacramento, ni palabra mgica, diablica o divina, que borre
ciertas manchas indelebles. La vergenza que inspiro a mi hija se vuelve
contra m. La misma consideracin de mi riqueza, de mi material
bienestar, de mi salud y de mi elegancia, se contrapone al estado de mi
espritu y me impulsa a contemplarle con mayor espanto y repugnancia. Mi
cuerpo est sano y hermoso, pero mi alma, cuando caen los recuerdos
sobre ella, est como Job en el muladar. Imposible apartar de ella y
raer la ponzoa de sus lceras, a no despojarla de una de sus
principales potencias, a no privarla para siempre de la memoria.

       *       *       *       *       *

Tal era el estado de mi alma cuando, despus de tanto tiempo, volv a
verte en casa de las de Pinto. Te lo digo sin lisonja: me pareciste muy
bien. Tu presencia y tu conversacin me confirmaron en la idea que he
tenido siempre de que el hombre de naturaleza sana y robusta, si el
vicio no le deprava, va creciendo en valer y como completndose hasta
llegar a la edad de cincuenta aos, que es sobre poco ms o menos la que
t debes de tener ahora. Hay en su aspecto, en su ademn y en todo l
una majestad y un bro reposado que estn muy por cima de la
intranquilidad y de la petulante inconsistencia de la primera juventud.
En fin, para qu buscar aqu los motivos? Bstete saber que te encontr
muy de mi gusto, y que aquella noche volv a casa harto imaginativa y
soadora.

Despus, a solas conmigo, se apacent mi espritu en los lejanos
recuerdos que desde Lisboa guardaba yo de ti, profundamente sepultados,
bajo otra multitud de recuerdos, all en los abismos de mi memoria. Y no
contenta yo con exhumar recuerdos tan distantes, me complac en
combinarlos, empleando para ello un arte sibartica, con las recientes
impresiones que de ti haba recibido. Entonces los traviesos y
regocijados amores que en mi seno dorman se despertaron en tumulto y se
pusieron a tocar diana, como si saliese para ellos la aurora de un nuevo
da, con cuyo anuncio queran levantar y alborozar mis sentidos y
potencias.

En mi pensamiento ya no poda yo estar ms rendida ni ser de nuevo ms
tuya. Pens o imagin, no obstante, multitud de cosas que vinieron a
complicar aquel sentir sencillo y alegre. Anhelaba yo y buscaba desde
haca tiempo formar o estrechar vnculos de amistad con alguien que me
comprendiese y en quien yo pudiese poner toda mi confianza y desahogar
mi pecho. Tambin para este oficio te eleg en seguida, e impaciente y
deseosa de que le ejercieras, empec aquella misma noche a escribir
estas _confidencias_ que pronto leers.

Al mismo tiempo, brot en mi mente otra aspiracin, otro propsito,
apenas hasta entonces concebido por m, que mucho me turbaba y me
inquietaba. No aspir ya al logro de fugaces deleites. Forj un raro y
para m inverosmil cuento de amores; la unin apacible y duradera de
dos voluntades humanas; algo de muy semejante a la historia de Filemn y
Baucis.

Por desgracia, la concepcin de este ltimo propsito cay con violencia
sobre los propsitos anteriores, y pugn por desbaratarlos.

No; aunque t lo quisieras, aunque movido t por amor vehementsimo, que
yo con todas las energas de mi alma lograse inspirarte, te humillaras
hasta el extremo de convertir el rpido capricho y el pasajero enlace en
persistente unin, y aunque te complacieras en ser mi constante y nico
compaero y en consagrarme tu vida, yo no podra ni debera aceptar el
sacrificio, y aunque lo aceptara, no se conseguira mi objeto. Al
hacerte t mo, completamente y para siempre mo, perderas el valer, el
encanto y el mrito que me lleva a desearte como mo para siempre.

Harto comprenders por lo que te indico los encontrados anhelos que
combaten dentro de mi alma. No has de extraar, pues, que en medio de
esta lucha, brote de lo hondo y como de la raz de mi existencia, en m
que amo tanto el mundo y la vida, la imagen de la muerte, rica de
hermosura y de poderosos atractivos, y trayendo en su mano paz y reposo.

A menudo, independientemente del renovado y repentino afecto que me
inspiras y de las otras consideraciones que dejo expuestas, me aflijo y
me mortifico haciendo lamentables pronsticos. Yo, segn has podido
entrever y pronto es probable que veas, he empleado tal fuerza de
voluntad y me he esmerado con tal sabidura en cuidarme, que si mis ojos
y el amor propio no me engaan, estoy como el sol que culmina en el
meridiano; estoy, como nunca, lozana y bella. Pero esto mismo aumenta mi
terror de una pronta cada. Me espanta descender con precipitacin del
nico pedestal que me sostiene. Qu ser de m cuando sea yo vieja y
fea? Qu me quedar de respetable y de digno y de simptico cuando
vengan la vejez y las enfermedades y poco a poco me vayan destruyendo y
matando? Hasta la distincin, hasta la traza de mujer elegante y hasta
el seoro majestuoso que muchas personas hallan hoy y celebran en m,
todo me abandonar para siempre. Ya lo he notado yo con espanto en no
pocas mujeres de mi laya que han envejecido. Su aristocrtica distincin
era formal y somera; no proceda de lo ntimo y de lo esencial, sino de
la forma exterior y de los atavos que la engalanaban. Para mujeres
tales, la vejez no llega sola, sino que viene acompaada de la vileza y
de la ruindad en que nacieron y en que vivieron hasta envolverse en el
alucinador artificio de que al fin la vejez las desnuda. Pensando en
todo esto me amedrenta la vejez, de tal suerte, que deseo morir antes.

       *       *       *       *       *

Vas a tenerme por presa de un delirio. No importa. Es menester que lo
sepas, y te lo contar todo. Se acerca el da en que has de venir a esta
casa; en que he de cumplirte lo ofrecido. A menudo lo deseo, ms todava
que puedes t desearlo. Y sin condicin, sin promesa, sin seguridad de
que dure mi dicha, me propongo gozar de ella con tan reconcentrada
intensidad, que encierre y cifre yo siglos y siglos en pocas horas.

Y con todo, aqu no puedo menos de hacerte la confesin que me
apesadumbra por el temor de que te lastime.

Tienes un rival que se interpone entre t y yo, y quiere y manda que yo
no te cumpla lo ofrecido. Pretende guardarme para s; que a ti te
desdee y que sea yo para l solo. De subidsimo precio son las joyas y
dones con que l me brinda y trata de ganarme la voluntad. Con un beso
suyo se jacta de infiltrar en mis venas llama sutil que las purifique.
Su abrazo ser para m como crisol candente en que mi ser se funda, y en
que el metal de que est forjado deseche las escorias y salga limpio
como el oro. As ser digna de l, y l me har suya para siempre. El
entregarme a l con rendido y confiado abandono ser la efusin de todo
mi ser en lo infinito. l me traer completa hartura para mis anhelos de
deleite, blsamo para mis dolores, y eterno olvido para todas mis penas.
Cuando pose l su mano sobre mi frente, borrar de all el signo o la
mancha que me desdora. En su regazo me dormir en largo sueo que
disipar y ahuyentar de m para siempre todos los recuerdos vergonzosos
de cuantas vilezas y ruindades me atormentan hoy. Prodigiosa es la
hermosura de este rival que me solicita en tu dao. Su poder es inmenso.

Imaginan las gentes que el Amor y la Muerte son hermanos. Yo me inclino
ya a creer que el Genio de la muerte es el amor mismo. Morir es el
supremo acto de amor que puede hacer toda criatura. La que se rinde y
entrega enamorada a otra criatura mortal como ella, da su vida y su ser,
pero limitadamente, con egosmo, con abnegacin fugitiva, recobrndose
pronto y casi sin perderse ni por un instante. Pero el consorcio con el
Genio de la muerte, que es el mismo amor, es eterno e indisoluble.

La sustancia individual apenas tiene ya valer ni significado. Lo penetra
y lo lleva todo, se diluye por la amplitud inmensa del ter y se
prolonga en lo pasado y en lo venidero por el tiempo sin trmino que con
la eternidad se confunde.

Ya ves t cun seductor es el rival que tienes, rival que me persigue y
a quien no quisiera yo dar los miserables restos de que la cansada vejez
no me despoje; divinidad en cuyas aras no quisiera yo hacer ruin
libacin, vertiendo las heces del cliz de mi vida, sino derramarle
all, generosa y hasta prdiga, cuando an est lleno hasta la orla del
filtro ardiente de pasiones y anhelos.

       *       *       *       *       *

Es ms de media noche. Ha empezado el da de mi cumpleaos. Hoy vendrs
a verme y yo debo recibirte.

El empeo contra ti de tu rival prosigue con mpetu. Mi egosta amor de
la vida, el terror que infunden lo desconocido, lo inmenso y lo obscuro
que hay ms all, y todas mis aficiones a los materiales regalos y
dulzuras, luchan en favor tuyo y me encadenan y tratan de retenerme
cautiva para ti. Y por otra parte, mi imposible propsito de amor
verdadero y nico en la tierra, de purificacin de culpas y de olvido de
afrentas, me arrebata y pugna por echarme en brazos de la muerte. Hoy,
como hace ya muchos aos, no repruebo yo ni censuro las obras divinas
que en torno mo resplandecen y cuya imagen se graba en mi alma. Todo,
sin duda, est ordenado, perfecto, hermoso hoy como antes y como
siempre. No exhalo la menor queja. En m hay admiracin y
agradecimiento. La providencia, la fortuna, lo que quiera que sea, me ha
mimado y me ha acariciado en vez de herirme. Qu habr sido de cuantas
en Cdiz y en Sevilla fueron las compaeras de mi primera mocedad?
Muchas habrn muerto; otras gemirn an despreciadas y miserables en el
hospital o en la reclusin de las delincuentes o de las arrepentidas, y
otras se revolcarn en el lodo de las ms hondas y negras capas
sociales. Cuntas gracias no me incumbe dar al cielo por la excepcional
elevacin en que estoy! Nada de protesta por parte ma ni de acusacin
contra l. Hasta el resultado de la santa educacin que he dado a mi
hija y que me ha valido que ella, sin poderlo remediar, de m se
avergence, me parece natural y justo. Si me voy, pues, del haz de la
tierra, no ser por ira ni por enojo contra el cielo, ser por el ansia
impaciente de buscar y de hallar el amor que en la tierra no hallo.

Aos ha que esta sed de amor supremo acude a mi alma y me excita a
buscarle fuera de la vida que hoy vivo. Pero antes haba un fuerte lazo
que a esta vida me ligaba, y ahora est desatado. Luca me abandon para
unirse con su esposo eterno. Por qu no he de volar yo tambin a unirme
con mi eterno esposo?

       *       *       *       *       *

Mil veces antes de ahora han surgido en mi alma pensamientos y deseos de
muerte. En otro tiempo, la fe viva los sofocaba. Hoy, muerta la fe, an
combate contra esos deseos y contra esos pensamientos mi natural
discurso. Sin duda, me digo, existe una inteligencia soberana, presente
en todo y que todo lo ordena y encamina a fin alto y dichoso. Don suyo
es mi vida. Mi vida, hasta en medio de su vileza y de su
insignificancia, tiene un objeto y concurre al orden natural de las
cosas y al trmino y al desenlace de todas ellas prescritos en el plan
divino. Despojarme yo de la vida sera rechazar con sacrlega soberbia
el don que el cielo me ha otorgado: sera infringir monstruosamente la
ley eterna y romper el orden natural con la energa de mi voluntad
rebelde. No me disculpa el ansia de llegar al bien supremo. No debo ir a
l violentamente: debo aguardar a que me llame. Soy impura, pero no es
mi sangre, son mis lgrimas las que deben limpiar las impurezas de mi
pecado. Hago mal en temer la vejez, la fealdad y las enfermedades que
han de sobrevenirme. Hago mal en temer el abandono y el aislamiento en
que voy a encontrarme y el desprecio con que me mirarn cuantos seres
humanos me rodeen. De la soledad y del abismo de abyeccin en que yo
caiga, mi alma podr levantarse hermosa y feliz si la resignacin la
purifica. As, y no en virtud de un acto de feroz violencia, podr
elevarme hasta lo infinito a que aspiro.

De esta suerte discurro yo por momentos, pero no tardo en burlarme de mi
discurso y en imaginarle nacido de mi cobarda: del msero egosmo, del
ruin apego a todo mi ser material, que me hace preferir su pausada
decadencia en medio del desdn y del olvido de mis semejantes a su
desaparicin rpida y completa, que me lance de sbito en otro mundo
mejor y perdurable y ms amplia vida.

       *       *       *       *       *

Tiempo ha que adquir, a costa de mucho oro, la pocin libertadora.
Contenida est en este lindsimo pomo que pongo sobre mi bufete. El
sabio que me la vendi aseguraba que, sin dolor ninguno, en medio de un
sueo delicioso, para con suavidad el movimiento del corazn y en las
arterias y en las venas cuaja la sangre. La pocin est compuesta de
ludano y del jugo calmante de varias flores y plantas. Tal vez hay en
la pocin el refinado zumo de aquella hierba que gust Glauco y le
convirti en Dios.

An estoy vacilante, pero por momentos creo or lejana msica y voces
suaves que desde una regin desconocida y llena de misterios me llaman,
me atraen y promueven en m embriaguez y furor y apetito de ir a unirme
con ellas.

Adis. Me pesan los prpados y van a cerrarse mis ojos. An persisto en
la indecisin; no s si beber del pomo y mis ojos quedarn cerrados
para siempre.

De todos modos, hoy, antes de las diez, recibirs y leers este libro.




Conclusin


El Vizconde de Goivoformoso le ley en efecto, sintiendo sucesivamente
dudas, sorpresa, susto e indecible angustia. Tena por Rafaela cuanta
estimacin, cuanta amistad y cuanto cario puede tener un gentil
caballero por una mujer fcil y alegre, aunque por otra parte de corazn
noble y leal y de muy buena pasta. Esperaba terminar una aventura
amorosa, gratsima, bastante sentimental para que no fuese grosera, y lo
menos trgica y lgubre de cuantas aventuras puede haber en el mundo.
As es que el Vizconde pens, primero, que Rafaela quera embromarle con
todo aquello, aunque la broma era harto pesada. Imagin luego que
Rafaela se haba vuelto loca: que los desdenes msticos de su hija
haban perturbado su razn. Tal vez pens tambin que la asidua lectura
de libros malos e impos haba arrancado del alma de Rafaela las
creencias cristianas que fueron su consuelo y la haba inducido a tan
horrendas abominaciones. En extremo le pasm el deseo concebido y
formulado por Rafaela de poner trmino y corona a la larga serie de sus
livianos amores con un amor puro, fiel y constante. No quiso el Vizconde
perder la esperanza. Aun aceptando como sinceramente sentido todo lo
escrito por Rafaela, not su indecisin hasta lo ltimo, y se complaci
en suponer que el amor de la vida y del mundo haba triunfado al fin, y
que Rafaela le aguardaba, viva, lozana y amorosa. Dada esta suposicin,
l se prometa quitarle de la cabeza los romanticismos funestos y los
ideales absurdos.

--Dicen--exclamaba atribulado el Vizconde--que nuestro siglo carece de
ideal. Las personas que presumen de poticas y delicadas deploran mucho
esta carencia. Puede imaginarse mayor majadera? Al contrario: en
nuestro siglo hay plaga de ideales. Son una epidemia, casi estoy por
llamarlos una epizootia, causa de mil infortunios, guerras, revoluciones
y muertes.

Todo esto y mucho ms lo discurra el Vizconde, sin sosiego, casi
temblando de emocin, tomando a escape el sombrero, bajando
precipitadamente las escaleras y entrando en el primer _fiacre_ que vio
pasar para que le llevase a todo correr, y mucho antes de la hora
convenida, en casa de la Sra. de Figueredo.

Todava en el camino, aunque le hizo el caballo a todo correr, pugn el
Vizconde por fortalecer su espritu y por creer que lo que haba ledo
no poda tener mal resultado y era slo conjunto de burlas o de
declamaciones, inventado por Rafaela para lucirse y hacer gala de las
muchsimas cosas que haba aprendido durante su larga estancia en Pars
y de lo acicalado y agudo que haba llegado a ponerse su ingenio.

--Me va a recibir con risa. Va a soltar una sonora carcajada al ver mi
inquietud. Es evidente... ella me ha enviado el libro para que yo acuda
a la cita algunas horas antes... impaciente de verme... deseosa de que
pasemos todo el da en amor y compaa.

Fueron, no obstante, intiles todos estos discursos del Vizconde. No
consigui tranquilizarse. Subi de dos en dos los escalones de la casa
de Rafaela, y brincndole aceleradamente el corazn en el pecho, llam a
la puerta.

El Barn de Castell-Bourdac, que acababa de llegar, fue quien le abri.
El espanto y el dolor estaban pintados en su cara.

--Rafaela ha muerto, dijo, y llor como un nio.

Grande fue tambin la pena y el horror del Vizconde.

_Madame_ Duval y la _mucamba_ estaban en la alcoba de la muerta, y sta
yaca tendida en la cama, plida, inmvil y hermosa. La ltima sonrisa
plegaba an suavemente sus labios. Sus ojos estaban cerrados, como si
los tuviese as para ver interiormente con el espritu prodigios y
visiones de ms altas esferas.

       *       *       *       *       *

Aquella extraa mujer haba premeditado el suicidio desde mucho tiempo
antes. Todo lo haba dejado bien dispuesto, sin olvidar pormenores.
Luca quedaba por principal heredera, pero haba cuantiosos legados para
varios establecimientos de beneficencia en Andaluca, para _madame_
Duval, la _mucamba_ y los dems criados.

Al Barn, para no ofenderle y segura de que dara a los pobres lo que
ella le dejase y no querra conservndolo pasar por interesado, nada le
dej sino la autorizacin de tomar de sus prendas y joyas todo cuanto
quisiese como recuerdo. El Barn se limit a tomar la sutil cadenita de
oro y la medalla de la Virgen de Araceli, patrona de la ciudad de
Lucena, que en su imaginacin creadora le haba pertenecido cincuenta
aos antes, cuando la hermosa Rafaela fue concebida.

No acierto a ponderar el profundsimo dolor, la tristeza y el asombro
que este trgico suceso produjo en el nimo de mi buen amigo el Vizconde
de Goivoformoso, que, ms bien que como hombre maduro, como apasionado y
vehemente mancebo haba esperado y soado en los regocijos y deleites de
aquel da.

Rafaela, adems del testamento, haba dejado instrucciones hasta sobre
su entierro y sepultura, que el Barn y el Vizconde religiosamente
cumplieron.

El entierro fue modesto, como la seora de Figueredo lo haba
determinado. La enterraron en el cementerio del _Pre_ Lachaise. Sobre
la losa se grab este epitafio que ella misma haba escrito:

_Aqu yace Rafaela la generosa, a quien Dios perdone por lo mucho que ha
amado_.

FIN





End of the Project Gutenberg EBook of Genio y figura, by Juan Valera

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK GENIO Y FIGURA ***

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