The Project Gutenberg EBook of Los Hombres de Pro, by D. Jos M. de Pereda

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Title: Los Hombres de Pro

Author: D. Jos M. de Pereda

Release Date: February 9, 2005 [EBook #14995]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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OBRAS COMPLETAS DE D. JOS MARA DE PEREDA

=LIBRERA GENERAL DE VICTORIANO SUREZ= PRECIADOS, 48 MADRID


OBRAS COMPLETAS DE D. JOS MARA DE PEREDA

A CINCO PESETAS TOMO EN MADRID

   I.--LOS HOMBRES DE PRO (sexta edicin), con el retrato del autor.
  II.--EL BUEY SUELTO (sexta edicin).
 III.--DON GONZALO GONZLEZ DB LA GONZALERA (sexta edicin).
  IV.--DE TAL PALO, TAL ASTILLA (sexta edicin).
   V.--ESCENAS MONTAESAS (quinta edicin).
  VI.--TIPOS Y PAISAJES (cuarta edicin).
 VII.--ESBOZOS Y RASGUOS (tercera edicin).
VIII.--BOCETOS AL TEMPLE.--TIPOS TRASHUMANTES (cuarta
       edicin).
  IX.--SOTILEZA (sptima edicin).
   X.--EL SABOR DE LA TIERRUCA (quinta edicin).
  XI.--LA PUCHERA (cuarta edicin).
 XII.--LA MONTLVEZ (cuarta edicin).
XIII.--PEDRO SNCHEZ (tercera edicin).
 XIV.--NUBES DE ESTO (cuarta edicin).
  XV.--PEAS ARRIBA (sptima edicin).
 XVI.--AL PRIMER VUELO (cuarta edicin)
XVII.--PACHN GONZLEZ (segunda edicin).


TIPOS TRASHUMANTES; _edicin elegantemente ilustrada, en 4., 5
  pesetas_.

DISCURSOS _ledos por los Sres. Menndez y Pelayo, Pereda y Prez
  Galds, ante la Real Academia Espaola, en las recepciones pblicas
  verificadas los das 7 y 21 de febrero de 1897; en 8., 2 pesetas_.




OBRAS COMPLETAS

DE

D. JOS M. DE PEREDA DE LA REAL ACADEMIA ESPAOLA

CON UN PRLOGO

POR D. MARCELINO MENNDEZ Y PELAYO

TOMO I

LOS HOMBRES DE PRO

SEXTA EDICIN

MADRID LIBRERA GENERAL DE VICTORIANO SUREZ PRECIADOS, 48 1921

_Es propiedad del autor_.



IMPRENTA CLSICA ESPAOLA. MADRID

DON JOS MARA DE PEREDA


Nunca he acertado a leer los libros de Pereda con la impasibilidad
crtica con que leo otros libros. Para m (y pienso que lo mismo sucede
a todos los que hemos nacido _de peas al mar_), esos libros, antes que
juzgados, son sentidos. Son algo tan de nuestra tierra y de nuestra
vida, como la brisa de nuestras costas o el maz de nuestras mieses.
Pocas veces un modo de ser provincial ha llegado a traducirse con tanta
energa en forma de arte. Porque Pereda, el ms montas de todos los
montaeses, identificado con la tierra natal, de la cual no se aparta un
punto y de cuyo contacto recibe fuerzas, como el Anteo de la fbula,
apacentando sin cesar sus ojos con el espectculo de esta naturaleza
dulcemente melanclica, y descubriendo sagazmente cuanto queda de
potico en nuestras costumbres rsticas, ha trado a sus libros la
Montaa entera, no ya con su aspecto exterior, sino con algo ms
profundo e ntimo, que no se ve, y, sin embargo, penetra el alma; con
eso que el autor y sus paisanos llamamos _el sabor de la tierruca_,
encanto misterioso, producidor de eterna _saudade_ en los numerosos
hijos de este pueblo cosmopolita, separados de su patria por largo
camino de montes y de mares.

Esta recndita virtud es la primera que todo montas, aun el ms
indocto, siente en los libros de Pereda, y por la cual, no slo los lee
y relee, sino que se encaria con la persona del autor, y le considera
como de casa. No s si ste es el triunfo que ms puede contentar la
vanidad literaria. S nicamente que al autor le agrada ms que otro
alguno; y en verdad que puede andar orgulloso quien ha logrado dar forma
artstica y, en mi entender, imperecedera, al vago sentimiento de esta
nuestra raza septentrional, que con rebosar de poesa, no haba
encontrado hasta estos ltimos tiempos su poeta.

Le encontr al fin, y le reconoci al momento, cuando lleg a sus odos
el eco profundo y melanclico de _La Leva_ y de _El fn de una raza_, o
cuando vi desplegarse a sus ojos, en minucioso lienzo holands o
flamenco, avivado por toques de vigor castellano, el panorama de _La
Robla_ o de _La Romera del Carmen_, el nocturno solaz de la _Hila_ al
amor de los tizones, o el viaje electoral de don Simn de los Peascales
por la tremenda hoz de Potes. Mirse el pueblo montas en tal espejo, y
no slo vi admirablemente reproducida su propia imagen, sino realzada y
transfigurada por obra del arte, y se encontr ms potico de lo que
nunca haba imaginado, y le pareci ms hermosa y ms rica de armonas y
de ocultos tesoros la naturaleza que cariosamente le envolva, y
aprendi que en sus repuestos valles, y en la casa de su vecino, y en
las arenas de su playa, haba ignorados dramas, los cuales slo
aguardaban que viniera tan soberano intrprete de la realidad humana a
sacarlos a las tablas y exponerlos a la contemplacin de la muchedumbre.

Y eso que el artista no adulaba en modo alguno al personaje retratado,
ni pretenda haber descubierto ninguna Arcadia ignota; antes consista
gran parte de su fuerza en sacar oro de la escoria y lgrimas del fango,
haciendo que por la miseria atravesase un rayo de luz, que descubra en
ella joyas ignoradas.

Estos primeros cuadros de Pereda, para m los ms admirables, no son ni
los ms conocidos de lectores extraos, ni los que ms han contribudo
a extender su nombre fuera de Cantabria. Slo as se explica la necia
porfa con que, a despecho de los datos cronolgicos ms evidentes, y
cual si se tratase de un principiante recin llegado, insiste el vulgo
crtico en emparentarle con escuelas francesas y con autores que an no
haban hecho sus primeras armas cuando ya Pereda haba dado la ms alta
muestra de las suyas.

Pide una especie de lugar comn, en todo estudio acerca de Pereda, que
se discuta el ms o menos de su _realismo o naturalismo_, tomada esta
palabra en su sentido modernsimo. Que Pereda emplea procedimientos
naturalistas, es innegable; que se va siempre tras de lo individual y
concreto, tambin es exacto; que enamorado de los detalles, los persigue
siempre, y los trata como lo principal de su arte, a la vista est de
cualquiera que abra sus libros; que en la descripcin y en el dilogo se
aventaja ms que en la invencin y en la composicin, es consecuencia
forzosa de su temperamento artstico; que no rehuye la pintura de nada
verdadero y humano, y, finalmente, que ha vigorizado su lengua con la
lengua del pueblo, tambin es verdad y para honra suya debe decirse.
Pero todo esto lo hace Pereda, no por imitacin, no por escuela (que en
literatura siempre es daosa), no por seguir las huellas de tal o cual
novelista ms o menos soporfero de estos tiempos, que, a buscar Pereda
modelos, ms nobles los tendra dentro de su propia casa, sino porque
sa es su ndole, porque as fu desde sus principios y porque no podra
ser otra cosa sin condenarse a la vulgaridad y a la muerte. No es el
naturalismo cuestin de doctrina que, con visible exclusivismo y ciega
intolerancia, quiera imponerse o proscribirse, sino cuestin individual,
genial y, por tanto, relativa.

Unos ven primero lo universal, y buscan luego una forma concreta en que
exprimirlo. Otros se van embelesados tras de lo particular, que tambin,
y a su modo, es revelacin de lo universal. En los reinos del arte se
encuentran todos, y todo es legtimo como sea bello, sin pedantescas
excomuniones, sin hablar de ideales que mueren ni de ideales que viven,
y sin mezclar a la serena contemplacin esttica intereses ajenos y de
nfima vala, que slo sirven para enturbiarla. Yo tengo en mis
aficiones ms de idealista que de realista; pero cmo he de negar al
realismo el derecho de vivir y desarrollarse? Es ms: en cierto sentido
amplio y generalsimo, soy realista, y todo idealista debe serlo, puesto
que lo que l persigue no es otra cosa que la _realidad realsima_, la
verdad ideal, en una palabra, que es la nica verdad que se encuentra
en este bajo mundo.

Desde este punto de vista, la potica de los romnticos ms exaltados
era fundamentalmente realista, mucho ms realista que el grosero
mecanismo que hoy usurpa ese nombre. En aquel clebre prefacio de
Alfredo de Vigny sobre _la Verdad en el Arte_, es cierto que se
distingue cuidadosamente esta verdad de la que el autor llama _verdad de
los hechos_, y aun se afirma que en el espritu humano coexisten, con
derecho igual, el amor de lo verdadero y el de lo fabuloso; pero tambin
se ensea (y es enseanza ms fundamental) que la verdad artstica es la
nica que nos revela el oculto encadenamiento y la lgica relacin de
los hechos, la nica que conduce a la formacin de grupos y series,
hacindonos ver cada hecho como parte de un todo orgnico. De donde
infera aquel ilustre heraldo del romanticismo, y con frase elocuente
declaraba, que la verdad artstica no era otra cosa que el conjunto
ideal de las principales formas de la naturaleza, una especie de tinta
luminosa que comprende sus ms vivos colores, una manera de blsamo, de
elixir o de quintaesencia extrada de los jugos mejores de la realidad,
una perfecta armona de sus sonidos ms melodiosos.

Entenda con esto Alfredo de Vigny, a quien tomo (y en tal concepto le
tiene todo el mundo) como uno de los ingenios ms radicalmente
idealistas que han existido; entenda, digo, prescindir del estudio de
la realidad, o ms bien la daba como supuesto y condicin obligada de
todo arte digno de tal nombre? Quin dudar que este ltimo era su
pensamiento, cuando le vea imponer, ante todo, al artista dramtico el
estudio profundo de la verdad histrica de cada siglo, as en el
conjunto como en los detalles?

Advirtase que he escogido de intento el testimonio de uno de los
romnticos ms intransigentes, para que se vea cmo no existe y debe
tenerse por un fantasma, creado por las necesidades de la polmica, ese
idealismo enemigo de la verdad humana, del cual triunfan tan fcilmente
los crticos naturalistas, como triunfaba el ingenioso hidalgo de los
cueros que encontr en la venta. No hay en el mundo escuela alguna
potica, ni de otro ningn gnero de arte, que se haya atrevido nunca a
cargar con el sambenito de proclamar como dogma el desprecio del mundo
objetivo, o exterior, o real, o como quiera llamarse. Lo convencional,
lo falso, lo amanerado no es doctrina de ninguna escuela, sino prctica
funesta y viciosa de muchos artistas, que pueden caer en ella hasta por
el camino del naturalismo.

La cuestin, evidentemente, no est puesta ni puede ponerse entre la
verdad de un lado y la falsedad de otro. Nadie que est en su juicio
puede declararse idealista, si el idealismo consiste en sustituir las
quimeras y alucinaciones a las sanas y robustas realidades de la vida.

De aqu que muchos, con reprensible ligereza, hayan credo salir del
paso negando que tal cuestin exista, y que realismo e idealismo sean
escuelas verdaderamente antitticas, puesto que todo productor de obras
vivideras toma del natural sus elementos. A lo cual todava puede
aadirse que, formulada en esos trminos la cuestin, envuelve una
verdadera logomaquia, a lo menos para las gentes, todava muy numerosas,
que creemos en alguna metafsica, y afirmamos la existencia de algo
superior a lo fenomenal, relativo y transitorio. Admitido el mundo de
las ideas, no hay sino declarar que todo es a un tiempo real e ideal,
segn se mire, sin que para esto sea preciso ahondar mucho en el sistema
de Platn ni en el de Hegel.

Pero tal solucin, en fuerza de ser sencilla y de ser generalsima, es
nula, porque borra todas las diferencias histricas, merced a las cuales
viven cabalmente y medran, siendo igualmente necesarios para el progreso
del arte el llamado idealismo y el llamado naturalismo o realismo.

Por sabido se calla que este realismo no es la misma cosa que en las
escuelas de filosofa se llama as, y que es precisamente el sistema ms
idealista de todos. No se dice, pues, _realismo_ en contraposicin a
_nominalismo_. El arte que hoy llamamos realista, es precisamente un
arte _nominalista o fenomenalista_, si vale la frase; en una palabra, un
arte experimental. Entindase, pues, que la palabra realidad se toma
aqu en su acepcin vulgar de realidad del hecho. Luego veremos si en
algn caso puede, aun dentro de la ortodoxia de la escuela, detenerse en
los hechos el arte.

Disputan algunos si hay o no verdadera diferencia entre los trminos
realismo y naturalismo. El primero parece ms comprensivo; pero el
segundo lleva hoy consigo un carcter de literatura militante, y aun de
motn demaggico, que exige establecer algn matiz entre ambos vocablos,
por mucho que los identifique su origen, ya que en lo real entra la
naturaleza y en ella el espritu humano con cuanto crea y concibe. Pero
es evidente que en el uso comn, y aun en el de las gentes doctas, una
cosa es el realismo de Cervantes, de Shakespeare y de Velzquez, y otra
muy diversa el _naturalismo_ francs, que reconociendo por patriarca y
maestro al gran Balzac (verdadero _realista_ de los de la primera clase,
y que probablemente renegara de los que se dan por descendientes
suyos, si hoy viviera), se autoriza luego con los nombres de Flaubert,
de los Goncourt, de Zola y de otros que pudiramos llamar _minora
sidera_.

A decir verdad, el calificativo de _naturalistas_, aplicado a la mayor
parte de estos escritores, no tiene explicacin plausible, sobre todo si
se los estudia en el conjunto de sus obras. Por otra parte, muchos de
ellos, aun aplicando los procedimientos naturalistas, eran casi
idealistas en teora, apareciendo sus principios y aficiones estticas
en abierta contradiccin con sus obras. Puede llamarse novela
naturalista a _Madame Bovary_; pero no cabe duda de que Flaubert vivi y
muri romntico impenitente, y nadie negar, por de contado, que _La
Tentacin de San Antonio_ es obra de un desenfrenado idealismo, y que
_Salamb_ pinta un mundo tan convencional y tan falso como el de
cualquiera otra de las novelas con pretensin de histricas. De la misma
manera, sin negar que _Germinia Lacerteux_ caiga bajo la jurisdiccin de
la escuela realista, puede dudarse y aun negarse que la supersticiosa y
enfermiza adoracin que los Goncourt profesan al color (la cual
idolatra, ya por s sola, constituye un verdadero elemento idealista),
encaje plenamente en la ortodoxia de los principios sostenidos con tanto
aparato por Zola en sus libros de crtica. En cuanto a Daudet, los
mismos naturalistas no le cuentan entre los suyos sino con muchas
atenuaciones y distingos, tenindole ms bien por un aliado til que por
un partidario fervoroso. Y realmente, en los libros de Daudet no faltan
figuras de convencin, ni deja de respirarse cierta atmsfera potica,
que los intransigentes de la escuela condenan con los nombres de
_romanticismo y lirismo_. De todo lo cual resulta que el nico
naturalista acrrimo y consecuente es Emilio Zola, puesto que sus
discpulos apenas merecen ser nombrados. A la doctrina profesada y
practicada en libros interminables por el prolfico autor de los
_Rougon-Macquart_ es, pues, a lo que se llama hoy en Francia y en otras
partes (donde los libros y las clasificaciones de los franceses influyen
ms de lo que fuera justo) _escuela naturalista_. Aceptemos el nombre, y
distingmosle del eterno y vastsimo realismo, del cual ese reducido
grupo de novelas (no todas ellas obras maestras ni muchsimo menos) no
es ms que una de tantas manifestaciones histricas. Todo naturalista es
_realista_, si se mantiene fiel a los preceptos de su escuela; pero no
todo _realista_ es naturalista. Y as, v. gr., tratando de Pereda, todos
dirn unnimes que es realista; pero muchos negarn, y yo con ellos, que
deba contrsele entre los naturalistas, por ms que algunos de sus
procedimientos de trabajo se asemejen a los que emplea y preconiza la
novsima escuela.

Los dogmas de esta escuela andan escritos en muchos libros, conforme a
la costumbre moderna de escribir cada poeta y cada novelista su propia
potica. As, verbigracia, Zola, en cinco o seis libros sucesivos de
crtica (entre los cuales los que importan ms para el caso son _Le
Roman Experimental y Les Romanciers Naturalistes_), ha aplicado sus
principios a la novela y al teatro. Y entre nosotros los ha expuesto
recientemente, y aun defendido hasta cierto punto, una ingeniossima
escritora gallega, mujer de muy brioso entendimiento y de varia y slida
ciencia, bastante superior a la del maestro Zola, hombre inculto y de
pocas letras, como sus libros preceptivos lo declaran.

Esta falta de cultura literaria y filosfica que en Zola se advierte, y
de que tanto provecho han sacado sus adversarios, sin llegar por eso a
obscurecer la genial perspicacia con que juzga de las obras en
particular, explica la flaqueza de sus teoras, los psimos argumentos
con que las explana y defiende, el aparato con que presenta como
descubrimientos y novedades las mximas de crtica ms triviales y
manoseadas, y las frmulas absurdas que da a algunos pensamientos, por
otra parte muy razonables. Quin no ha de sonrerse del candor
mezclado de soberbia con que confunde a cada paso los trminos de la
ciencia y los del arte? Quin podr sufrir que, por todo sistema de
esttica, se nos d un trozo de la _Introduccin_ de Claudio Bernard _al
estudio de la medicina experimental_? Ni cmo llevar con paciencia el
que unas veces se asimile el arte con una estadstica y otras con una
clnica, y se le d, por nica misin, el recoger y coordinar
_documentos humanos_?

Todo esto es, a la verdad, inaudito, y el aplauso y la boga que tales
libros alcanzan en una nacin tan civilizada como Francia, indican bien
claro cun aceleradamente van retrogradando los estudios estticos, que
parecan llamados a tan gloriosos destinos despus del impulso que les
imprimi la mano titnica de Hegel.

El que recorra atentamente esos libros de Zola, advertir, sin duda,
cun vagas y confusas nociones tiene el autor de lo que debe entenderse
por _verdad humana_, y qu concepcin tan torcida del arte es la que se
ha formado. Entendidos ambos conceptos en el sentido grosersimo en que
l los entiende, ni sus novelas, ni otras algunas, tendran razn de
existir. En la misma nocin del arte va envuelta la del ideal, siendo la
una inseparable de la otra. El mismo Zola viene a reconocer lo as,
aunque con una frase de crudo materialismo, cuando declara que el arte
no viene a ser otra cosa que la _naturaleza vista a travs del
temperamento del artista_; es decir, _modificada_ por eso que Zola llama
_temperamento_. Pues bien: esa modificacin que el artista ms apegado a
lo real hace sufrir a los objetos exteriores, por medio de los dos
procedimientos que llamar de _intensidad_ y de _extensin_, arranca de
la realidad material esos objetos, y les imprime el sello de otra
realidad ms alta, de otra verdad ms profunda; en una palabra, los
vuelve a crear, los _idealiza_. De donde se deduce que el idealismo es
tan racional, tan real, tan lgico y tan indestructible como el
realismo, puesto que uno y otro van encerrados en el concepto de la
forma artstica, la cual no es otra cosa que una _interpretacin_ (ideal
como toda interpretacin) _de la verdad oculta bajo las formas reales_.
Merced a esta verdad interior, que el arte extrae y quintesencia, todos
los elementos de la realidad se transforman como tocados por una vara
mgica, y hasta los personajes que en la vida real pareceran ms
insignificantes, se engrandecen al pasar al arte, y por la concentracin
de sus rasgos esenciales adquieren un valor de _tipos_ (que es como
adquirir carta de nobleza en la repblica de las letras); y sin dejar de
ser individuos, rara vez dejan de tener algo de simblico. Y es que los
ojos del artista en algo han de distinguirse de los del hombre vulgar, y
su distincin consiste en ver, como entre sombras y figuras, lo mismo
que el filsofo alcanza por procedimientos discursivos; es decir, la
medula de las cosas, y lo ms esencial y recndito de ellas. De donde
procede que los grandes personajes creados por el arte (que a su manera
es creacin, y perdonen Zola y sus secuaces) tienen una vida mucho ms
palpitante y densa que la mayor parte de los seres plidos y borrosos
que vemos por el mundo.

Pero todo esto lo consigue el arte por medio de sus procedimientos,
radicalmente contrarios a los de la ciencia, con la cual nunca puede
confundirse sino en un trmino supremo, que no ha de buscarse
ciertamente en los mtodos experimentales, sino en la cima de la
especulacin ontolgica, en aquella cumbre sagrada donde la verdad y la
belleza son una misma cosa, aunque racionalmente todava se distingan.

Pero ac, en este bajo mundo, una cosa es el artista y otra cosa el
filsofo, y con mucha ms razn una cosa es el artista y otra el autor
de trabajos estadsticos, demogrficos y sanitarios. En este punto, el
fanatismo de escuela mal entendida y peor profesada ha llevado a los
naturalistas franceses a las ms risibles exageraciones. Zola construye
el rbol genealgico de su familia favorita, y explica en una larga
serie de tomos el desarrollo de una _neurosis_ en los individuos de esa
familia, y las formas que sucesivamente afecta el mal. Y as, por este
orden, y con gran lujo de exactitud y de pormenores.

Todo este aparato cientfico, o ms bien pedantesco, debe de ser slo
_ad terrorem_ (puesto que no nos consta que de tales lucubraciones
novelsticas haya sacado fruto alguno la ciencia, ni siquiera que los
autores de esas novelas estn muy en disposicin de entender y
aprovechar datos y documentos que pretenden recoger); pero, sea lo que
fuere, envuelve una tendencia docente y utilitaria, que a todo trance
importa combatir y desarraigar, como daosa por igual modo a la ciencia
y al arte, y engendradora de libros tan soporferos como intiles. Ya
Flaubert (que no era, lo repito, naturalista ms que a medias) di el
perniciossimo ejemplo (en _Bouvard y Pecuchet_) de _hacer leer_ a sus
personajes buen nmero de libros, y copiar largos trozos de ellos. Por
fortuna, no di a su obra todas las proporciones que al principio haba
pensado; pero no faltar algn _naturalista_ fervoroso que copie al pie
de la letra la Biblia, o la Suma de Santo Toms, o el Cdigo penal, si a
algn personaje de la novela se le ocurre leer cualquiera de estas
cosas.

Esta _verdad_ grosera, esta acumulacin de frrago incongruente, unida a
otro dogma de la escuela, es a saber, al desprecio profundo por todo lo
que huela a accin y a complicacin de inters, va haciendo tan fatigosa
la lectura de novelas, que, dentro de poco, y como las cosas continen
as, no van a tener razn de ser los antiguos clamores de los moralistas
contra este gnero literario, puesto que ms difcil se va haciendo la
lectura de una novela (aun para gente avezada a lecturas largas y
ridas) que la de un censo de poblacin o la de unas tablas de
logaritmos.

Es verdad que, temerosos de este dao, han procurado con excesiva
frecuencia Zola y los suyos cargar sus novelas de especias picantes, que
estimulen los paladares estragados. Y es triste decirlo, pero necesario.
Las _nicas_ novelas de Zola que han alcanzado verdadero xito de
librera, as en Francia como en Espaa, son las que, ms o menos, estn
cargadas de escenas libidinosas. Si exceptuamos _Nana, Pot-Bouille_ y el
_Assommoir_, todas las dems novelas de la serie de los _Rougon_ duermen
el sueo de los justos en los estantes de los libreros de ac y de all.

Todo esto prueba, sin duda, lo soez y bestial del gusto del pblico;
pero prueba tambin otra cosa peor; es, a saber: el poco o ningn
respeto que los artistas tienen a la dignidad de su arte y la facilidad
con que se dejan corromper y prostituir por su pblico. Yo no entrar en
la escabrossima cuestin tica de si puede o no tenerse por cosa
inmoral la representacin artstica de vicios y torpezas hediondas,
cuando esto se hace, no con el fin de enaltecerlos, sino con el de
clavarlos en la picota. La intencin social del autor puede ser
sansima, y de esto no disputo. El efecto que hagan en el lector tales
pinturas ser un efecto individual y distinto, segn la variedad de
condiciones, temperamentos y edades. Pero sea lo que quiera del
resultado tico de tales novelas, y aunque se diga, quiz con razn,
que, ms que a malos pensamientos, provocan a asco, siempre ser verdad
que el gnero es detestable, no ya por inmoral, sino por feo,
repugnante, tabernario y extrao a toda cultura, as mundana como
esttica.

Cuando se hacen cargos a los naturalistas por tales obras, responden
siempre que el naturalismo no es eso; y tienen razn, sin duda, y es una
verdadera necedad de crticos adocenados el estribillo opuesto. Pero no
es menos verdad que si la _doctrina_ naturalista nada tiene que ver con
semejantes horrores, la _prctica_ de los naturalistas, lejos de
rehurlos, los busca con fruicin, habindose llegado a crear dentro de
la escuela una especie de derecho consuetudinario que los autoriza y
recomienda, y que hace creer a los mentecatos que la novela naturalista
ha de ser forzosamente un arte de manceba, de letrina y de presidio,
como si slo de tales lugares se compusiese esta inmensa variedad de la
naturaleza y de la vida.

En obsequio a la verdad, debe decirse que algo ms que esto hay en la
obra del mismo Zola, aunque mucho menos rica, interesante y variada que
la inmortal _Comedia Humana_ de Balzac. Por otra parte, aun en sus obras
ms licenciosas de expresin, sera verdadero ultraje (en que yo, como
adversario leal, no quiero incurrir) confundir al autor de _Nana_ con
otros inmundos escritorzuelos franceses, fabricantes de novelas
afrodisacas, cuyos ttulos no deben manchar el papel.

Harto tiene Zola con otros pecados ms graves an, por referirse a
tendencias sistemticas y extraas al arte, cuya integridad corrompen,
falseando la representacin de la vida humana, que el autor dice
proponerse como nico objetivo. Salta a la vista de todo el que haya
recorrido sus libros, que el patriarca de la nueva escuela, sectario
fantico, no ya del positivismo cientfico, sino de cierto materialismo
de brocha gorda, del cual se deduce, como forzoso corolario, el
_determinismo_, o sea la negacin pura y simple de la libertad humana,
restringe deliberadamente su observacin (y aun de ello se jacta) al
campo de los instintos y de los impulsos inferiores de nuestra
naturaleza, aspirando en todas ocasiones a poner de resalto la parte
irracional, o, como l dice, _la bestia humana_. De donde resulta el que
haga moverse a sus personajes como mquinas o como vctimas fatales de
dolencias hereditarias y de crisis nerviosas, con lo cual, adems de
decapitarse al ser humano, se aniquila todo el inters dramtico de la
novela, que slo puede resultar del conflicto de dos voluntades libres o
de la lucha entre la libertad y la pasin.

Nace de aqu el escassimo inters que la mayor parte de estas novelas
despiertan y el tedio que a la larga causan, como que carecen, en
realidad, de principio y de fin, y de medio tambin, reducindose a una
serie de escenas mejor o peor engarzadas, pero siempre de observacin
externa y superficial, siendo para el autor un arca cerrada el mundo de
los misterios psicolgicos, ya que fuera demasiada indulgencia aplicar
tal nombre a los actos ciegos y bestiales de individuos en quienes la
estupidez ingnita o los hbitos viciosos, llegados a la extrema
depravacin, han borrado casi del todo el carcter de seres racionales.

Mucho parece que nos vamos alejando de Pereda, y, sin embargo, esta que
parece digresin, era de todo punto necesaria para entender cmo Pereda,
que tiene a gala el ser realista, ha rechazado con indignacin en varios
prlogos suyos toda complicidad con los naturalistas franceses. Pero si
del naturalismo se separa todo lo que contiene de elementos positivistas
y fatalistas, y se separa tambin la protesta y reaccin violenta contra
el idealismo mujeril y enteco de los Feuillet y de otros novelistas de
saln, a quienes Zola (y tambin Pereda) parece tener entre ceja y ceja,
lo nico que queda de l es una afirmacin realista incompleta y una
tcnica minuciosa y detallista, que Pereda no puede condenar, puesto que
la practica l mismo.

Y, sin embargo, Pereda hace bien en no llamarse, ni querer que le
llamen, naturalista, no slo porque l es realista a la buena de Dios y
reduce toda su esttica a la proposicin de sentido comn de que _el
arte es la verdad_, sino porque cuando l empez a escribir sus _Escenas
Montaesas_, coleccionadas ya en 1864, ni exista el naturalismo como
escuela artstica, ni tal nombre se haba pronunciado en Espaa, ni
estaban siquiera escritas la mayor parte de las obras capitales del
gnero, en el cual yo no incluyo, sino con grandes limitaciones, las de
Balzac, ni muchsimo menos los caprichos psicolgicos de Stendhal, que
ni en su tiempo, ni ahora ni nunca, han podido formar escuela, ni tienen
cosa alguna que ver con las novelas de Zola, por ms que ste, en su
afn de buscar progenitores, le incluye entre los suyos, con evidente
falta de sentido crtico.

Pereda, pues, cuando en poca ya muy lejana (hacia 1859) empez a
publicar sus cuadros de costumbres en _La Abeja Montaesa_, de
Santander, no conoca ni aun de odas a Flaubert, y no poda adivinar a
Zola, que no haba escrito, probablemente, ni una lnea de sus obras. De
donde resulta que, si a toda costa se quiere alistar a Pereda entre los
naturalistas, habr que declararle un naturalista proftico y darle por
antigedad el decanato de la escuela.

La verdad es que Pereda, ni entonces ni ahora, hizo otra cosa que seguir
los impulsos de su peculiarsima complexin literaria, ni se mostr
jams ansioso de teoras y novedades, ni reconoci nunca otros maestros
que la hermosa naturaleza que tena enfrente y el estudio de nuestros
clsicos, de quienes hered, sin afectacin de arcasmo, el buen sabor
de su prosa, tan castiza y tan serrana. Y tan cierto es esto, que casi
me da vergenza haberme detenido (siguiendo la corriente) en hablar
tanto de literatura extranjera, cuando me propongo hacer el debido
encomio de uno de los escritores ms espaoles que han florecido en el
presente siglo. Quin sabe si dentro de cincuenta aos todas estas
discusiones de naturalismo y realismo parecern tan anticuadas e
impertinentes como la antigua cuestin de clsicos y romnticos? Quin
sabe si entonces sus mismos admiradores de hoy se acordarn de Zola ni
de los Goncourt, y que, si se acuerdan, dejarn de convenir con nosotros
en que tales autores y tales libros, como todo lo que es exagerado,
monstruoso o violento, compraron, a costa de las esperanzas de la
inmortalidad, la boga pasajera del escndalo? Quin sabe si en las
apologas que han hecho de tan pobre doctrina ingenios espaoles muy
dignos de profesar otra ms elevada, no ha entrado por mucho el anhelo
de la singularidad, el odio a los lugares comunes y a las opiniones
recibidas? Cmo se comprendera si no que tan de buen grado hubieran
abierto las puertas a una doctrina tan anticuada y vulgar como la de la
_imitacin de la naturaleza_, retrogradando hasta el abate Batteux y su
_sistema de las Bellas Artes reducidas a un principio_, como si tal
principio pudiera aplicarse, aun con esfuerzos singulares de ingenio, a
la msica y a la arquitectura y a la poesa lrica, y como si no
quedasen tambin fuera de ese crculo vil todas las grandes
concepciones teognicas y mitolgicas, de las cuales vive la poesa
pica, todas las grandes construcciones del arte simblico, todas las
maravillas de la escultura y de la tragedia atenienses, artes ideales
por excelencia, y con ellas la comedia fantstica o aristofnica, y todo
el mundo encantado de los antojos humorsticos de Rabelais, de Quevedo,
de Swift, de Sterne, de Juan Pablo, que acaban por anular la realidad
exterior, reprimindola o exaltndola, hasta reducirla a un capricho
imaginativo, en el cual se desborda sin diques la personalidad
omnipotente del poeta? Ser malo todo esto porque es idealismo? O
habremos ms bien de confesar que es endeble y raqutica una teora que
procede como si en el mundo no existieran ni hubieran existido ms artes
que el drama _burgus_ y la novela de costumbres domsticas y prosaicas,
y como si no vivieran en el alma humana (pese a quien pese) mil anhelos
de belleza ideal, hambrientos e insaciables, que jams encontrarn su
satisfaccin en la pintura, por muy perfecta que la supongamos, de un
lavadero, de una taberna o de un mercado? Qu esttica es sa, dentro
de la cual no son posibles ni Fidias, ni Sfocles, ni Dante? Sobre qu
cabezas van a parar los anatemas anti-idealistas!

Verdad es que llegado el caso, y a trueque de aumentar con nombres
ilustres el catlogo de los suyos, no se paran en barras los
naturalistas de ac ni los de all, llegando a enumerar en el recuento
de sus huestes (que deban componerse slo de fieles observadores de la
realidad) a los humoristas ms excntricos y personales, slo porque
descubren en ellos groseras y pormenores crudos, como si nada de esto
tuviera que ver con el punto de la dificultad, y como si no fuera cosa
muy hacedera ser a un tiempo grosero e idealista. Y no reparan que si en
el mundo no hay Amadises, tampoco hay Gargantas ni Pantagrueles, porque
las caricaturas gigantescas no son ms que idealizaciones _sui generis_,
siendo bajo este aspecto tan ideal un _Sueo_ de Quevedo como una
tragedia de Esquilo o unos tercetos de Dante. A nadie se le persuadir
que don Francisco de Quevedo, que era en prosa y en verso un poeta
lrico antes que todo, idealizador de lo feo, como quien miraba la
miseria con vidrios de aumento, hizo la figura de ningn avaro real ni
posible en su Licenciado Cabra. El _Euclion_ de Plauto o el _Harpagon_
de Molire, tipos abstractos, creados para demostrar una mxima tica,
estn, con todo eso, ms cerca de la vida que el personaje quevedesco,
lo cual no quita nada a la excelencia de este ltimo; antes, a mi
entender, la aumenta.

Casi parece una perogrullada decir que por el camino idealista se pueden
hacer obras maestras; pero tal es la intolerancia de la crtica al uso,
que nos obliga a reforzar esa verdad tan obvia. Es ms: a quien naci
idealista, es decir, con un exceso de vida espiritual propia, que tie
con sus matices el espectculo de lo real, ser siempre en vano
predicarle que tome por otra senda, como ser no menos imposible empeo
apartar de la suya al que, escaso de facultades imaginativas, ve las
cosas como son, y les aplica el menor grado de transformacin artstica
posible.

Todo lo que va escrito (y que por lo mismo que es tan verdadero, es poco
nuevo), servir, entre otras cosas, para que los abogados oficiosos del
naturalismo me apliquen de fijo los blandos calificativos de ignorante y
aun de idiota con que suelen favorecer a todos los que no confiesan
paladinamente que, desde el padre Homero hasta nuestros das, no se ha
producido cosa ms perfecta y admirable que _La Faute de l'abb Mouret_
o cualquier otro mamotreto por el estilo. Pero yo, que tengo mejor idea
del gusto de esos seores que el que ellos tienen de los crticos
idealistas, y s, por otra parte, que esa alharaca no ha de durar arriba
de una docena de aos, para entonces los emplazo (si es que para
entonces vivimos), apelando de su juicio de hoy al de aquel da
venidero. Y vamos andando.

Lo que importa dejar consignado es que si Pereda no debe ser tenido por
naturalista en el sentido francs de la palabra, quiz la principal
razn de esto sea su propia _naturalidad_ y el sano temple de su
espritu. Porque lo cierto es que no conozco escritores menos naturales
y ms artificiosos que los que hoy pretenden copiar exclusiva y
fielmente la naturaleza. Todo es en ellos bizantinismo, todo artificios
de decadencia y afeites de vieja, todo intemperancias coloristas y
estremecimientos nerviosos en la frase. Si ese estilo es natural, mucho
debe de haber cambiado la naturaleza al pasar por los _boulevards_ de
Pars. A la vista salta que la naturaleza y la realidad no son en el
sistema de Zola y sus discpulos ms que un par de testaferros, tras de
los cuales se oculta un romanticismo enfermizo, caduco y de mala ley,
donde, por sibaritismo de estilo, se rehuye la expresin natural, que
suele ser noble, y se persigue con psima delectacin y artificio
visible la expresin ms violenta y torcida, por imaginar los autores
que tiene _ms color_. Y cunto suelen engaarse!

Precisamente uno de los mritos ms sealados que para m tiene Pereda,
consiste en haber hudo de esa bsqueda malsana. Por eso, sin duda, le
han llamado algunos _naturalista de la naturaleza_. Y tienen razn, si
esto se entiende como en oposicin a naturalista de escuela.

Bajo dos aspectos principales puede y debe considerarse a Pereda: como
autor de artculos o cuadros sueltos de costumbres, y como novelista. La
segunda manera es una evolucin natural de la primera, o ms bien no es
otra cosa que la primera ampliada.

No hay gnero ms difcil que el de costumbres, ni otro ninguno tampoco
a que con ms audacia se lleguen todos los aventureros y escaramuzadores
de la repblica de las letras. Aun en los crticos reina extraa
confusin sobre la ndole y lmites de este modo de escribir,
relativamente moderno. Y no porque hayan escaseado los pintores de
costumbres desde los tiempos de la comedia griega hasta nuestros das,
sino porque la descripcin de _tipos y paisajes_ no era en ellos el
principal asunto, apareciendo slo como accesorio de una fbula
dramtica o novelesca. As, en Espaa, no son, hablando con todo rigor,
cuadros de costumbres, ni las insuperables escenas de la _Celestina_ y
sus continuaciones, ni las mismas novelas picarescas, aunque suelen no
tener ms accin que la que les presta la vida del hroe. Slo
Cervantes, en _Rinconete y Cortadillo_, di el primero y hasta ahora no
igualado modelo de cuadro de costumbres. All la accin es poca o nula,
y todo el exquisito primor de aquel rasgo se cifra en la acabada y
realista pintura de los hroes de la cofrada de Monipodio. Desde
Cervantes existe, pues, el cuadro de costumbres, con jurisdiccin
independiente de la novela y con formas variadsimas. A veces conserva
un resto de accin, no ms que la suficiente para mover los personajes;
otras acude a invenciones fantstico-alegricas; otras se limita a
describir con cuatro indelebles rasgos un carcter. En este sentido, La
Bruyre es un grande escritor de costumbres, aunque no hiciese
verdaderos cuadros.

En Espaa fue cultivado este gnero ms o menos incidentalmente por
Quevedo (prescindo de la finalidad poltica de algunos de los _Sueos_);
por Lin y Verdugo en su _Gua y aviso de forasteros_ (obra donossima,
que me duele ver olvidada en las reimpresiones que nuestros modernos
biblifilos hacen de los libros antiguos); por Luis Vlez de Guevara en
_El Diablo Cojuelo_, y por Baltasar Gracin en muchas partes de su
_Criticn_, donde anda mucho oro de ley mezclado con escorias infinitas.
Pero ms de propsito describieron tipos y costumbres Salas Barbadillo
(feliz imitador de Cervantes, hasta beberle los alientos) en varias
obras suyas, especialmente en _El Curioso y Sabio Alejandro;_ don Juan
de Zavaleta en su _Dia de fiesta_, ms encomiado en nuestros das que lo
que merece su estilo afectado y ttrico, apenas realzado sino por dotes
de observacin superficial, y Francisco Santos, que en su _Da y noche
de Madrid_ todava se muestra ms culterano y enigmtico que su modelo.

La pintura de costumbres, que pareci morir en el siglo pasado con don
Diego de Torres, imitador poco dichoso del inimitable Quevedo, y con don
Ramn de la Cruz, cuyos sainetes son, por la mayor parte, cuadros en
dilogo (tal es la sencillez de su fbula!), hase renovado en la edad
presente con brillo no pequeo, aunndose a las veces el influjo de
extranjeros modelos con la tradicin castiza. As, don Jos Somoza,
amigo de Quintana, y uno de los ltimos escritores de la gloriosa
escuela salmantina, pero libre de los pecados de afectacin, que en los
poetas lricos a veces la desdoran, mostr en sus cortos y delicados
bosquejos alguna reminiscencia de los humoristas ingleses
(principalmente de Sterne), unida a exquisita sobriedad de estilo y a un
sentimiento que no degenera en _sensiblera_. As, el ejemplo del hoy
tan olvidado Jouy en _L'Ermite de la Chause d'Antin_, fu despertador
para que Mesonero Romanos comenzara su _Panorama Matritense_, a pesar
de lo cual su obra es muy espaola en pensamiento y aun en estilo, sin
que falten cuadros, como el de _Madre Claudia_, donde la inspiracin
est directamente bebida en nuestros clsicos del siglo, XVI. Muy
superior a Mesonero en la pureza, abundancia y gallarda de la lengua,
objeto para l de fervoroso culto, y superior tambin en facultades
descriptivas y en intensidad y viveza de rasgos tpicos, se mostr don
Serafn Estbanez Caldern (_El Solitario_), uno de los escritores ms
castellanos de estos tiempos, si no en la eleccin de cada palabra, a lo
menos en el giro y rodar de la frase; cosa que vale mucho ms y es harto
ms rara, como discretamente ha hecho notar el moderno y elocuente
panegirista de las _Escenas andaluzas_, libro para el cual la posteridad
ha llegado muy tarde, como si las aficiones arcaicas del biblifilo
Estbanez hubiesen levantado un muro entre el escritor y su pblico, que
slo a medias poda disfrutar de aquel primoroso engarce y taracea de
piedrezuelas antiguas de las fbricas de Hurtado de Mendoza y de
Quevedo; labor sabia y paciente ms digna de admiracin que de ser
propuesta por modelo.

No saba tanto la hija de Bhl de Fber; pero as en los que llama
_cuadros de costumbres_, como en muchas de sus novelas, donde la accin
es escasa y los personajes y las escenas de familia lo son todo, ray
tan alto como el que ms en este linaje de escritos, aunque no estaba
inmune de cierto sentimentalismo a la alemana o a la inglesa,
enteramente extrao a la ndole de las escenas que describe, ni tampoco
se libraba del inmoderado afn de declamar a todo propsito, y de
interrumpir sus mejores cuentos con inoportunos si bien encaminados
sermones. Gran cosa es el espritu moral y la pureza de ideas; pero no
ha de mostrarlos el novelista por su cuenta y disertando (como no sea en
alguna breve sentencia), sino infundirlos calladamente en el total de la
composicin y hacerla religiosa y moral, sin que la moral se anuncie ni
inculque en cada pgina.

As y todo, aun los ms prevenidos contra aquella ndole literaria tan
angelical y tan simptica, ante quien toda crtica enmudece, no podrn
menos de reconocer a la insigne dama andaluza, autora de _Clemencia_ y
de _La Gaviota_, el mrito supremo de haber creado la novela moderna de
costumbres espaolas, la novela de sabor local, siendo en este concepto
discpulos suyos cuantos hoy la cultivan, y entre ellos Pereda, que afn
adems por sus ideas con las de Fernn Caballero, se ha gloriado siempre
de semejante filiacin intelectual.

Ntase, pues, en los primeros cuadros de Pereda (salvas radicales
diferencias de temperamento, que pueden reducirse a la sencilla frmula
de ms vigor y menos ternura) la influencia de Fernn Caballero, y
ntase tambin la de otro discpulo suyo (vecino de la Montaa por su
nacimiento), el cual, con cierta candidez de estilo, que al principio
pareci graciosa y luego se convirti en _manera_, vino a exagerar el
_optimismo_ de la clebre escritora, empeado en ver las costumbres
populares slo por su aspecto ideal y potico. Malos vientos corren hoy
para esa literatura patriarcal; pero aun conserva Trueba su pblico
infantil, y adems, quin se atrever a negar en todo el mbito de las
Provincias Vascongadas la exactitud de sus pinturas, que nos muestran
all un terrestre paraso?

Trueba, que por los aos de 1864 se hallaba en el apogeo de su fama, fu
el encargado de hacer el prlogo de las _Escenas Montaesas_; tarea que
llev a cabo con buena voluntad, sin duda, a pesar de la muy poca que l
(como buen encartado) tiene a los montaeses, y aun con cierto
entusiasmo por la persona del autor; todo lo cual debe constar aqu en
honra y alabanza del prologuista, a lo menos para que los paisanos de
Pereda le perdonemos de buen grado aquellas variaciones sentimentales
sobre las _vulgarsimas mujeres_ (vulgo pasiegas) _que hacen granjera
con el_ _nctar de sus pechos_, y sobre los mendigos (montaeses, por
supuesto) _que explotan el carcter hospitalario y caritativo del pueblo
vascongado_. Y luego nos concede como por misericordia que formamos
_parte_ de la heroica Cantabria, aunque de fijo fuimos los sometidos!
Que se lo cuente a sus paisanos los Autrigones, eternos aliados de los
Romanos, a quienes azuzaban contra nosotros.

Pero dejando para mejor ocasin a las pasiegas y a los Autrigones, y aun
al hospitalario pueblo vascongado, no puedo dejar de hacerme cargo de la
sinrazn artstica con que el seor Trueba en ese prlogo acusa a Pereda
de _pesimista_ (an no estaba inventado lo de _naturalista_), tildndole
de _fotografiar_ con marcada fruicin _lo mucho malo_ que la Montaa
tiene, como todos los pueblos. Este cargo, repetido hasta la saciedad
por otros crticos, di ya motivo a una vigorosa rplica de Pereda en el
prlogo de sus _Tipos y Paisajes_; pero como todos los lugares comunes,
y ms si son irracionales, traen aparejada larga vida, no es de temer
que desaparezcan tan pronto del vocabulario de los crticos de Pereda
los trminos de _sarcstico y pesimista_, como tampoco aquellos otros
_de gran fotgrafo_, ni siquiera el de _Teniers cntabro_. Ya he escrito
en otras ocasiones que Pereda aborrece de muerte los idilios y las
fingidas Arcadias, y tiene horror instintivo a los idealismos falsos,
optimistas, bonachones y empalagosos; pero esto no quita que haya en sus
cuadros idealidad y pureza, toda la que en s tienen las costumbres
rsticas. No andan en sus cuadros Melibeos y Tirsis, sino montaeses
ladinos y litigantes _a nativitate_, entreverados de sencillez y
malicia, atentos a su inters y a las contingencias del papel sellado, y
juntamente con esto cautelosos y solapados en sus palabras, como suelen
ser los rsticos, a lo menos en nuestra tierra, aunque no sean as los
que se pintan en las _glogas_ y _cuentos de color de rosa_. Nada de
patriarcas de la aldea, ni de pastoras resabidas y sentimentales, ni de
discretos y canoros zagales. Cada uno habla como quien es, y el zafio
como zafio se expresa. El seor Pereda, por lo mismo que siente mucho y
bien, es enemigo jurado de la sensiblera; pero cuando llega a
situaciones patticas, encuentra para el dolor o la alegra la expresin
natural y no rebuscada, y conmueve ms que otros novelistas serios y
estirados, por lo mismo que no se esperan tales ternuras en un autor de
continuo alegre y jacarandoso.

Hay, ciertamente, tesoros de sentimiento en el alma y en los escritos de
Pereda; pero esos sentimientos son siempre viriles, robustos y
primitivos, como infundidos en hombres de tosca y ruda corteza. Yo no
conozco ni en la literatura antigua castellana, ni en la moderna, cuadro
de tan honda y conmovedora impresin como la que dejan en el nimo las
ltimas pginas de _La Leva_ y de _El Fin de una raza_. Y de autor
capaz de tal grandeza en los afectos, han osado decir algunos que no
sabe herir las fibras del alma!

Es cierto que Pereda no rehuye jams la expresin valiente y pintoresca,
por spera y disonante que en un saln parezca, ni se asusta de la
miseria material, ni teme penetrar en la taberna y palpar los andrajos y
las llagas; pero basta abrir cualquiera de sus libros para convencerse
de que corre por su alma una vena inagotable de pasin fresca,
espontnea y humana, y que sabe y siente como pocos todo gnero de
delicadezas morales y literarias, y que acierta a encontrar tesoros de
poesa hasta en lo que parece ms miserable y abyecto. En ese artculo
de _La Leva_, que nunca me cansar de citar, porque desde Cervantes ac
no se ha hecho ni remotamente un cuadro de costumbres por el estilo
(igualado, pero no superado, por otros del autor), hay alcoholismo como
en los libros ms repugnantes de la escuela francesa, hay palizas y
rias conyugales, hay inmundicias y harapos y un penetrante y subido
olor a _parrocha_, y, sin embargo, qu melancola y ternura la del
final! Cmo sienten y viven aquellos pobres marineros de la calle del
Arrabal! Qu hroe de saln o de _boudoir_ interesar nunca lo que el
desdichado _Tuerto_, lanzando en la escena del embarque aquel solemne
_larga_? Si esto es realismo, bendito sea. Si realismo quiere decir
guerra al convencionalismo, a la falsa retrica y al arte docente y
sermoneador, y todo esto en nombre y provecho de la verdad humana, bien
venido sea. As pintaba Velzquez.

El seor Pereda no es _fotgrafo_ grande ni chico, porque la fotografa
no es arte, y el seor Pereda es un grande artista. La fotografa
reproducir los calzones rotos, la astrosa camisa y la arrugada y
curtida faz del viejo marinero santanderino; pero slo el seor Pereda
sabe crear a Tremontorio, reuniendo en l los esparcidos rasgos,
infundindole con potente soplo vida y alma, y dando un nuevo habitador
al gran mundo de la fantasa. Esa pretendida exactitud fotogrfica es el
grande engao del arte, la gran prueba del poder mgico del artista: sus
personajes no estn en la realidad, pero pueden estarlo, son humanos;
nos parece que viven y respiran; son la idealizacin de una clase
entera, la _realidad idealizada_.

Por su aficin a cierta clase de escenas populares, ricas de vida y
colorido, hanle llamado algunos _Teniers cntabro_. Convengamos en que
tal vez _Cafetera, y El Tuerto, y Tremontorio, y El to Jeromo, y Juan
de la Llosa_, y el mayorazgo _Seturas_, y el jndalo _Mazorcas_, y hasta
el erudito _Cencio_, sern de mal tono en un saln aristocrtico; pero
vayan a consolarse con sus hermanos mayores _Rinconete y Cortadillo,
Lzaro de Tormes, Guzmn de Alfarache_, y con los venteros, rufianes y
mozos de mulas de toda nuestra antigua literatura, y con los hroes del
Rastro, eternizados por don Ramn de la Cruz. Y si a algunos desagradan
los porrazos de _La Robla_, y las palizas sacudidas por su marido a la
nuera del to Bolina, y las consecuencias de _Arroz y gallo muerto_,
acurdese de los molimientos de huesos que sac don Quijote de todas sus
salidas, de las extraordinarias aventuras de la Venta, de los apuros de
Sancho en la clebre noche de los batanes, y acurdese (si es hombre
erudito y sabe griego) de los mojicones de Ulises a Iro en la _Odisea_,
de los regeldos de Polifemo, y de otros rasgos semejantes del padre
Hornero, que dan quince y falta a todos los realistas modernos. Y
cualquiera puede resignarse a ser _Teniers_ en compaa de Homero y de
Cervantes, y del gran pintor de borrachos, mendigos y bufones.

Si yo dijera que para m son las dos series de las _Escenas Montaesas_
lo ms selecto de la obra de Pereda, no dira ms que lo que siento;
pero temo que muchos no sean de mi opinin, y que en ella influyan
demasiadamente, por un lado el amor a las cosas de mi tierra, y por otro
recuerdos infantiles, imposibles de borrar en quien casi aprendi a leer
en las _Escenas_, y las conserva de memoria con tal puntualidad, que a
su mismo autor asombra. Pero aun descartados estos motivos personales,
todava admiro yo ms en Pereda al autor de bosquejos y cuadritos de
gnero que al de novelas largas, y entre las escenas cortas, todava doy
la preferencia a las de costumbres marineras sobre las de costumbres
campesinas, sintiendo que no sea mayor el nmero de las primeras, en las
cuales logra el ingenio de su autor un grado de vigor y de fuerza
creadora y hasta de terror sublime que, por decirlo as, le levanta
sobre s mismo. Por eso espero yo, y conmigo todos los hijos de
Santander, que la obra maestra de Pereda, y el monumento que mejor
vincular su nombre a las generaciones futuras, ha de ser su proyectada
novela de pescadores: _Sotileza_. Aun sin eso, ya no morir, gracias a
Pereda, el tipo hoy casi perdido del viejo marinero de la costa
cantbrica, levantado por l a proporciones casi picas, y digno de
hombrearse con muchos hroes de Fenimore Cooper.

Ms serenos y apacibles, menos trgicos y apasionados son los cuadros
rurales, en cuya riqusima serie descuellan dos verdaderas novelas
primorosas y acabadas, aunque de cortas dimensiones: _Suum cuique y
Blasones y talegas_. Entre los ms breves no se sabe cul escoger,
porque todo es oro acendrado y de ley: yo pongo delante de todos _La
Robla, El da 4 de octubre y Al amor de los tizones_.

Entre la publicacin de las dos series de _Escenas Montaesas_ mediaron
muchos aos. Todava pasaron ms antes que Pereda se decidiese a
abandonar sus jndalos, sus mayorazgos y sus raqueros, y a ensanchar el
radio de sus empresas, imaginando fbulas de mayor complicacin y
cuadros ms amplios. Hizo entretanto algunos _Ensayos dramticos_
(verdaderos cuadros de costumbres en dilogo y en verso), los cuales
andan coleccionados en un libro ya rarsimo[1]; y para probar sus
fuerzas en trabajo de ms empeo, compuso las tres narraciones que
llenan el volumen de los _Bocetos al temple_. All apareci por segunda
vez la pintoresca, ingeniossima y mordicante novela de costumbres
polticas, _Los Hombres de pro_, preludio de _Don Gonzalo_, y glorioso
trofeo de la nica campaa electoral y de la nica aventura poltica de
Pereda. Publicada esta novela en das de tremenda crisis y de universal
exacerbacin de los nimos, y escrita, no ciertamente con parcial
injusticia, pero s con calor generoso y comunicativo (hasta en los
dursimos ataques que encierra contra el sistema parlamentario),
apareca, en su primera edicin, un tanto sobrecargada de reflexiones,
en que el autor, contra su costumbre, se dejaba ir a hablar por cuenta
propia, como en libro o folleto de propaganda. Todo esto ha desaparecido
en la edicin presente, y as retocado el libro, y convertido en obra de
arte puro, no teme la comparacin con ninguna otra del autor. Qu
dilogo el de las nias de la villa que no quiero nombrar! Qu tipo el
del hidalgo don Recaredo! Se dir que la novela sigue siendo poltica, y
que esto la daa; pero aunque sea cierto que las ideas polticas salen
de los lmites del arte, quin duda que las extravagancias y
ridiculeces de la vida pblica caen, como todas las dems rarezas
humanas, bajo la jurisdiccin del satrico y del pintor de costumbres?
Por qu no ha de describirse una escena de _club_ o de comicios
electorales, como se describe una escena de taberna o de mercado?

[1] De l se tiraron slo 25 ejemplares. Aviso a los biblifilos del
porvenir.

La segunda poca de la vida literaria de Pereda comienza en 1878, y
abarca cinco largas novelas: _EL buey suelto, Don Gonzalo Gonzlez de la
Gonzalera, De tal palo, tal astilla, El sabor de la tierruca y Pedro
Snchez_. De todas ellas he hablado extensamente en otras ocasiones, y
forzoso me ser repetir algunos de los conceptos que entonces expuse.

El asunto de _El buey suelto_, es el ms viejo y el ms nuevo que puede
imaginarse. Si hay cosa tratada o discutida en el mundo, ya seriamente,
ya en burla, es la cuestin del matrimonio, aunque sea cierto que ni los
razonamientos ni las _facecias_ influyen mucho en la resolucin que cada
prjimo toma segn cuadra a su genialidad, temple y ms o menos
escrupulosa conciencia. Pero en la biblioteca que con poca dificultad
pudiera formarse de obras relativas a esta materia, pesan y abultan
mucho ms las invectivas que las defensas. Sera grave error, sin
embargo, tomar por lo serio y al pie de la letra muchas de esas
diatribas, dndoles una transcendencia y alcance que las ms veces no
tenan en el nimo de sus autores. La censura del matrimonio y de las
mujeres ha sido en manos de los satricos clsicos un lugar comn, un
motivo de chistes y de amplificaciones, como poda serlo el elogio del
mosquito o de la pulga.

Observemos, no obstante, que nunca se multiplican ni recrudecen tanto
las stiras contra el matrimonio como en los tiempos de decadencia y
senectud moral. No suele empezar la corrupcin por las mujeres, pero el
hombre les atribuye toda la culpa; y el vnculo natural y santo, que l
huella y profana el primero, es a sus ojos la fuente y origen de todo
mal. _Hoc fonte derivata clades_. En vez de acusarse a s propio, acusa
a la institucin, acusa a la naturaleza; y entonces brotan, como
indicios del malestar social, speras y desolladuras stiras, al modo de
la 6. de Juvenal, o livianos cuentos como los que manchan el _Asno_ de
Apuleyo, constituyen el fondo de los _fabliaux_ de la Edad Media y
corren en inagotable vena a regar los huertos de Boccacio y de todos los
_novellieri_ italianos, torpemente remedados por los franceses.

Dicho se est que no haba de faltar en nuestros tiempos semejante
literatura, como no falt en los de la Roma imperial, ni en el siglo XIV
(en que la barbarie no exclua la liviandad), ni en la Italia del siglo
XVI, ni en la Francia del XVIII. Pero al reaparecer (si alguna vez
falt) el gnero _anti-matrimonial_ en la moderna Europa, vistise de
nuevos paos, adopt ms grave arreo, tono ms doctoral y circunspecto,
propsose dogmatizar y hacer anlisis _fisiolgicos_. Algo se corrigi
en lo desmandado de la forma (sabido es que somos ms pudibundos,
aunque no ms honestos, que nuestros abuelos); pero el veneno fu mayor,
como destilado por alquitara. Ms honda y corrosivamente ha influido
esta literatura que todos los sarcasmos y _verduras_ de otras pocas.
Fra, impasible, calculadora como eco de una sociedad que era
positivista antes que el positivismo tuviese una frmula cientfica, ha
agotado el arsenal de los sofismas ligeros, parto de esa lgica sin
entraas, con la cual el hombre pretende engaarse a s mismo; pero
sofismas de xito seguro, porque hablan al egosmo, cifra y compendio de
todos los malos instintos de nuestra cada y pecadora naturaleza.

Yo bien s que los libros son la expresin de la sociedad, y que la
sociedad slo a medias es discpula de los libros; pero quin negar
que cada uno de ellos es lea echada en el fuego de la concupiscencia,
incentivo del general descreimiento, piedra en que tropiezan las
voluntades mal inclinadas, ocasin nueva de desaliento para las
voluntades marchitas? Por eso es obligacin ineludible en el escritor
cristiano y de bien ordenado entendimiento, aplicar su ingenio a la
reparacin del edificio social, lidiando por la familia, que es su
primera y necesaria base. Y cuando ese autor es un novelista de primer
orden, un pintor de costumbres como ha visto pocos nuestra Pennsula
desde Cervantes ac, un hombre de agudo ingenio, rico de observacin, y
en donaires y gracias de decir excelente, natural es que emplee el
mtodo _fisiolgico_ contra los fisilogos, y que, convirtiendo la
defensa en ataque, en vez de vindicar directamente el matrimonio, ponga
y clave en la picota de la stira a la _cnica e infame soltera_, que
dice Jovellanos.

El libro que, como antdoto a los harto clebres de Balzac y de sus
muchos y desafortunados imitadores, ha escrito el seor Pereda, pudo
parecer plido en los caracteres y poco interesante o animado en la
accin. Quiz entraba esto en los propsitos del autor. Para
personificar una plaga social, busc un tipo insignificante, un
_Geden_, egosta, vulgar, sin ninguna cualidad dominante buena ni mala,
que no es sabio ni tonto, ni hermoso ni feo, ni rico ni pobre, ni muy
viejo ni muy joven, sin aficiones polticas ni literarias; un ser por
excelencia prosaico, envuelto en las ms ruines y mezquinas
contradicciones de la vida. Todos sus desrdenes y malas andanzas son de
escalera abajo. Lo singular del tipo est en su absoluta carencia de
idealismo. Todo es vulgar en torno suyo: sus amigos, su criada, su
manceba.

Y as deba ser para que el libro surtiese el efecto que el seor
Pereda se propuso.

Qu soltern recalcitrante haba de convencerse, en vista de las
desdichas que sobre _Geden_ atrajeran sus personales manas y rarezas,
o una serie de casualidades novelescas regidas por la mano del autor y
no por el curso ordinario de las cosas humanas? _Geden_ tiene de hombre
lo bastante para no ser una _idea pura_; en lo dems puede pasar por el
_substratum_ de una clase entera, de las ms numerosas, por desgracia,
entre los hijos de Adn. Es la encarnacin del egosmo, pero de un
egosmo _bourgeois_, que no afecta proporciones titnicas ni colorido
trgico.

La sobriedad de la accin slo parecer pobreza a quien considere _El
buey suelto_, no como una novela (que no pens en tal cosa el autor),
sino como una serie de cuadros en que externa e internamente se va
desarrollando la mala vida del hroe. Cada captulo trae nuevos
personajes y escenas nuevas, reproducidas unas veces con el pincel de
Stein y de Teniers, otras con el brioso toque de la escuela espaola.
Lstima que en algunos pasajes la tendencia a la caricatura aparezca
tan de resalto, y convierta en falsos tipos que de cmicos no debieran
degenerar en bufos!

Como magistrales cuadros de costumbres, lanse sobre todo _La primera
catstrofe, No es casa de huspedes, Entre Venus y Marte, La tienda de
la esquina, Los parientes de Geden_, sin olvidar el extrao y
fantstico capricho de _La gran batalla_, cuya ejecucin es maravillosa
y digna de Goya.

Mas no se crea que slo a lo cmico y alegre se inclina la musa del
autor, aun en este libro, el ms endeble de los suyos. Testimonio son de
que sabe hablar en veras y herir al alma, adems de alguno de los
captulos antes citados, los que terminan la _ltima jornada_, sobre
todo el intitulado _La vanguardia de la muerte_, donde lo fcil se
hermana con lo bien y hondamente sentido.

Aun a los crticos ms adustos que consideraron _El buey suelto_ como
una cada, parecieron admirables algunas porciones del _Don Gonzalo_,
publicado al ao siguiente. Si como novela se la considera, puede
tachrsela de accin escasa, aunque tiene la que basta y sobra para
mover unas cuantas figuras, principal, si no nico, propsito del libro.
No es el fin de ste, como a algunos podr antojrseles, la stira
poltica, ni viene sta ms que como episodio, y sin salir de los
lmites del arte, debiendo estimrsela como un recurso para poner en
juego a los personajes. Es cierto que hay en _Don Gonzalo_ algunos
captulos donde la revolucin queda puesta en solfa. No falta un
estudiante que en la taberna de su pueblo haga discursos pomposos y
altisonantes, remedando los que en Madrid haba odo. Ni se echa de
menos tampoco un _pardillo_ montas, _albitrante y con otras industrias
saludables_, el cual pesca a ro revuelto, y en das de revolucin echa
al fuego, a impulsos del patritico entusiasmo, los papeles del
Ayuntamiento donde constaban sus trapisondas. Hay, finalmente, una
parodia de junta revolucionaria, y milicia ciudadana, y clubs y
manifiestos electorales. Yo no s si en otras partes ser todo esto muy
serio; pero en Coteruco, pueblo de 300 vecinos, se convierte por s
mismo en caricatura. Yo no admito que el seor Pereda se haya propuesto
en esta novela _probar_ nada (es demasiado artista para eso); pero si
alguna enseanza se deduce de su libro, es la demostracin del absurdo
que se comete llevando a un pueblo rstico y laborioso las miserias
polticas. El abandono del trabajo, la taberna perpetua, los palos y
asonadas, son la consecuencia primera y forzosa de tal delirio.

Eso acontece en Coteruco, pueblo que llegan a corromper dos intrigantes
y un mentecato, sin otro fin que el de satisfacer ruines pasiones y
venganzas. Y eso que Coteruco era antes el mejor pueblo del valle, y aun
el dechado de todos los pueblos de la Montaa, por la honradez y amor
al trabajo de sus moradores. Debase tal milagro a un don Romn Prez de
la Llosa, seor rico, franco y campechano, sin aires de patriarca de la
aldea, pero con muy buen sentido y recta intencin en todo. El era la
Providencia del pueblo, y su cocina la tertulia de Coteruco.

Enfrente de don Romn coloca el seor Pereda otro tipo, montas de pura
raza, y el mejor tipo de Pereda, el arbitrante Patricio Rigelta,
_Maquiavelo de Campanario_, como dijo aguda y felizmente un crtico.
Patricio, personaje esbozado ya en ciertas stiras polticas del
autor[2], adquiere aqu proporciones extraordinarias y se convierte en
verdadero hroe y rueda principal de la novela, dejando muy en segundo
trmino al _indianete_ que la da nombre, verdadera figura decorativa,
aunque admirablemente trazada. Don Gonzalo es mero instrumento y juguete
de la omnipotente voluntad y de las negras tramas de Patricio, que le
maneja como blanda cera, y explota sus rencores contra don Romn por el
desaire de las bodas. Unese _Gonzalera_ con toda la gente dscola y
revoltosa del pueblo; hace propaganda el estudiante (que es cojo, por
ms seas); se juega en la taberna una becerra a costa del indiano; los
apstoles de la nueva idea desacreditan al cura y a don Romn (el
_confesonario_ y el _feudalismo_, que dice el cojo), y aquello en pocos
das muda de aspecto.

[2] Vid. _El To Cayetano_, peridico poltico que Pereda y algunos
amigos suyos publicaron en Santander en 1868.

Tal es la sencilla trama de _Don Gonzalo_, que comienza con una
maravillosa descripcin de la tertulia de don Romn (inferior, sin
embargo, al antiguo cuadro de la _hila_, uno de los ms exquisitos
primores de las _Escenas_), y acaba con un crimen cometido en das
electorales, y con la huda del noble Prez de la Llosa de aquel
lugarejo msero y pervertido. En ningn libro suyo ha congregado Pereda
igual nmero de tipos tan vivos y tangibles. Queda dicha la excelencia
satnica del carcter de Patricio, tan complicado, tan difcil y de tan
paciente estudio. Pero en torno de esta creacin singular se agrupan,
como digno cortejo, todos con fisonoma propia y rebosando de vida: la
vieja _Narda_, sentenciosa consejera de Magdalena; el hidalgo don Lope,
alma de oro con corteza de hierro, tan breve en palabras como largo en
hechos, ltimo vstago de aquellos indomables banderizos del siglo XV, y
condenado en el nuestro a matar las solitarias horas sobre su _potro_ de
piedra; el estudiante, el indiano, la solterona Osmunda, providencial
castigo de don Gonzalo; Carpio y Gorio, en quienes se cifra y compendia
el carcter del campesino montas con todos sus rodeos y suspicacia, y
hasta los personajes de segundo orden, Chisqun, Toazos, Polinar,
Barriluco.... Qu plenitud de sangre espaola en todos ellos! Y qu
cuadros los que llevan los ttulos de _La feria de Pedreguero, La
romera de Verdellano y El festn_! Este ltimo es un cuadro de Teniers,
con toque ms vigoroso y ms caliente entonacin. Parece que sentimos el
peso de la becerra sobre la mesa, y el del vino tinto en las cabezas de
los comensales. Y que dilogos los de Carpio y Gorio!

_De tal palo, tal astilla_ es quiz el libro menos realista de Pereda, y
no ya porque pinte costumbres campesinas, fciles y risueas, que esto
bien cabe en el realismo, ni menos porque en este libro, y todava ms
en _El sabor de la tierruca_, el tan decantado pesimismo de las _Escenas
Montaesas_ se haya ido convirtiendo en simptica benevolencia, harto
natural en quien, viviendo tantos aos en la quieta soledad de su
Tusculano, se ha ido prendando cada vez ms de las escenas rurales, y
vindolas bajo un aspecto ms potico y halageo. La nica diferencia
substancial que encuentro yo entre esta novela y las dems de Pereda, y
lo que me hace declararla _realista_ a medias, consiste en que es un
libro de tesis, en que abandonando el autor, hasta cierto punto, la
observacin desinteresada, principal musa suya, trata de inculcar,
aunque no directamente, no una, sino muchas y varias moralidades.
Plantea, pues, lo que llaman ahora _conflicto o problema religioso_, y le
plantea por medio de una fbula, que no deja de guardar cierta analoga
lejana con la de _Sibila_, de Octavio Feuillet, y la de _Gloria_, de
Galds. Aunque esta semejanza no pasa de los datos fundamentales, y yo
s adems que Pereda no ha ledo _Sibila_ y que no gustara de ella si
la leyese, no ha de negarse que el _conflicto_ (usemos la jerga
corriente) viene a ser en las tres novelas el mismo. Pero _Sibila_ (con
ser libro delicadamente escrito) tiene algo de enteco y enfermizo,
respira falsedad en las ideas y en los afectos: aquel cristianismo
vaporoso es un cristianismo de saln, mundano y sentimental; se dira
que la moda y no la conviccin dictaron aquellas pginas, donde falta de
un cabo a otro la naturalidad, y no hay un solo carcter acentuado y
vigoroso. Es un libro sin uncin y sin nervio. Mayor talento, y ms
firme conviccin, aunque extraviada, inspiraron a Galds en _Gloria_;
pero sus declarados intentos de propaganda anti-catlica por una parte,
y por otra el exceso del simbolismo y de las abstracciones
personificadas, la enturbian y obscurecen, y casi la sacan fuera de los
lmites del arte, convirtindola en un alegato librecultista, y a la
herona en pedante e insufrible disputadora.

De fijo lo menos afortunado en la novela de Pereda es tambin el
carcter de la herona. Puede decirse, sin agravio de l, que los tipos
femeniles y los dilogos de amor han sido, son y sern siempre la parte
ms endeble de su armadura de novelista. Y aun aadir que los huye, o
los trata con frialdad y despego. Y, sin embargo, el carcter de gueda
estaba bien concebido, y cuan hermosos y trgicos efectos poda haber
sacado el autor de la eterna lucha entre la pasin y la ley moral! Bien
est que Agueda, catlica a la espaola y montaesa a toda ley, cumpla
su deber sin aparato ni estruendo, aunque su resolucin le cause dolores
mortales. Bien est que su fe acendrada y robusta, su buen sentido
natural, lo recto y nunca maleado de su razn la impidan transigir con
la impiedad, aunque vaya unida a toda la gallarda de la juventud, a
todo el fuego de la pasin y a todo el poder y alteza del ingenio. Pero
era preciso para esto hacerla tan impasible, estoica y marmrea, cuando
al fin era mujer y enamorada?

Pero cmo se venga Pereda de esta inferioridad suya en otros tipos ms
de su cuerda que la obra tiene, y sobre todo en los que forman el
_coro_! Slo el recuerdo, no fcilmente borrable, de Patricio Rigelta,
puede perjudicar al malvado de esta otra novela, el don Sotero,
abominable _tartuffe_, en cuya negra alma no ha temido penetrar y
ahondar hasta con encarnizamiento el seor Pereda, como si quisiera dar
hermosa muestra de que lo extremado de su ultramontanismo no corta las
alas a su ingenio ni le hace oo o meticuloso. Hasta puede aadirse que
ha recargado las tintas ms de lo que suele, y ha hecho contra su
costumbre, y quiz contra la conveniencia artstica, un carcter de una
sola pieza, porque entes tan completa y absolutamente perversos como don
Sotero, sin ninguna cualidad buena ni vislumbre de ella, son, por dicha,
rarsimos, y aun pueden tenerse por aberraciones de la humana
naturaleza.

No as el cerncalo de su sobrino, dechado de barbarie y grosera, ni
menos el espolique Macabeo, admirable personaje, uno de los mejor hechos
del libro, dentro del cual tiene l una novela propia y especial suya.
Cuntas veces ha presentado el seor Pereda al tipo del campesino
montas, y, sin embargo, no se ha repetido nunca! Y ahora, cuando la
materia pareca agotada, nos regala a Macabeo, que vale l solo ms que
Carpio y Gorio y todos los anteriores juntos. Habla y discurre como
ellos, tiene aire de familia, y, no obstante, es distinto. _Facies non
omnibus una, nec diversa tamen, qualem decet esse sororum_.

As en lo serio como en lo jocoso, tiene el libro escenas de
extraordinaria belleza, cuadros insuperables de costumbres. Si yo
hubiera de elegir entre los captulos del libro, me fijara sin duda en
_La hoguera de San Juan_. La luz de esa hoguera es luz de Rembrandt.

Y puesto ya a citar bellezas de pormenor, no olvidar _el paso de la
hoz_, donde el dilogo supera a la descripcin, con ser la descripcin
tan buena; y los captulos de presentacin de los diversos personajes,
especialmente aquel en que se describe la casa y modo de vivir de los
Pearrubias; el maquiavlico dilogo en que don Sotero va persuadiendo a
su sobrino a que intente la deshonra de gueda, y, finalmente, cuanto
dice y hace Macabeo, a quien mi amigo _Clarn_ ha llegado a comparar
nada menos que con el _Renzo_ manzoniano.

El paisaje en que toda esta gente vive y se mueve, es el paisaje
montas de siempre. A quien haya ledo otros libros de Pereda, no es
preciso decirle cmo estn descritos Valdecines y Perojales, y tambin
es casi superfluo repetir que la obra es un tesoro de lengua, no con
afectada y mecnica correccin, sino con toda la riqueza, gala, armona
y color del habla de nuestra Montaa, pasada por el tamiz de un gusto
privilegiado, aunque amante siempre de lo ms espontneo y de lo ms
rstico.

_De tal palo, tal astilla_ es, hasta el presente, la nica tentativa de
Pereda en el campo de la novela _tendenciosa_. Como si hubiera querido
desagraviar a los crticos amantes del arte puro y desinteresado,
escribi inmediatamente otro libro, de los que no prueban nada ni van a
ninguna parte sino a hacer sentir y gozar. Posible ser que, apoyados en
esto mismo, y volviendo por pasiva sus antiguas censuras, le nieguen
algunos alcance y transcendencia, y hasta le disputen el ttulo de
novela. Cuestin de nombres, propia de retricos ociosos. A qu buscar
ms enseanza ni ms transcendencia en un libro, que deja al fin la
impresin de salud robusta, de frescura patriarcal y de primitivos
afectos que deja en el alma _El sabor de la tierruca_? Y en cuanto al
nombre, el autor no le ha dado ninguno. Novela es, aunque sencilla, y
llmese as o de otro modo, no dejar de ser un libro excelente. Novelas
muy celebradas hay que no tienen ms accin; algunas, ni tanta.

Sea como quiera, la novela es aqu un pretexto para que aparezca en
accin la vida rstica de nuestra comarca. La obra es un poema idlico,
gnero de literatura que puede decirse propio de nuestro siglo y que ha
producido en Alemania, en Amrica y en Provenza[3] tres obras
superiores, del todo ajenas al amanerado convencionalismo de la buclica
antigua. Pereda haba ensayado este gnero, aunque en prosa, pero
siempre como episodio de sus novelas polticas o morales, o bien en
cuadros cortos, v. gr.: el del _4 de Octubre_. Hoy le cultiva de frente,
y hay trozos en su libro, como el de la lucha de los dos pueblos
rivales, o el de la entrada del ganado en las mieses, que parece que
estn reclamando el antiguo y largo metro pico, solemne y familiar a la
vez.

El inters, cualquiera que l sea, de las domsticas disensiones entre
el irascible don Jun de Prezanes y su vecino, pesa e importa poco ante
el alarde de fuerza muscular de los nuevos Entellos y Dares, ante el
empuje del brego desatado, o ante la nube de polvo que levantan
novillos y terneras.

[3] _Herman y Dorotea, Evangelina y Mireya_. Tambin Jorge Sand dej
preciosos ejemplares de este gnero, aunque un tanto idealistas, en _La
Mare au Diable, La Petite Fadette_, etc., etctera.

No le pese al insigne novelista montas ser ms feliz en lo segundo que
en lo primero. Lo uno es ms fcil, y es campo abierto a todos; lo otro
es para pocos, y quien lo alcanza se acerca a las primitivas y sagradas
fuentes de la poesa humana, crecida y arrullada con los halagos de la
madre Naturaleza; y con verlo todo ms sencillo, lo ve ms prximo a su
raz, ms ntegro y ms hermoso, y se levanta enormemente sobre todo
este conjunto de estriles complicaciones, de interiores ahumados, de
figuras lacias, de sentimientos retorcidos y de psicologas pueriles, de
que vive en gran parte la novela moderna. Yo confieso que en las novelas
de Pereda, y sobre todo en sta, que yo, apartndome de la opinin
general, pongo sobre todas (exceptuando, por de contado, los cuadros
sueltos), llega a desagradarme lo que no es rstico y agreste, y me
impaciento hasta que tornan los Niscos y Chiscones, por muy bien y
discretamente que haga hablar el autor a personajes de condicin
superior y ms altos propsitos. Y no es desventaja del autor, sino
ventaja de los tipos. Que as como (segn el profundsimo parecer de los
filsofos escolsticos) las inteligencias superiores, conforme ms altas
estn en la escala, comprenden por menor nmero de ideas, as en el arte
es lo ms bello lo menos complejo, y es lo ms alto lo ms prximo a la
naturaleza simple y ruda.

Bendito sea, pues, este libro rstico y serrano, que viene cargado de
perfumes agrestes, y no nos trae ni _problemas_ ni _conflictos_, ni
tendencias ni _sentidos_, ni otra cosa ninguna, sino lo que Dios puso en
el mundo para alegrar los ojos de los mortales: agua y aire, hierba y
luz, fuerza y vida! Quin se acuerda de naturalismos ni de _estticas_
cuando lee la _deshoja_, o cuando oye las quejas de Catalina a Nisco, o
cuando asiste con la imaginacin al mercado de la villa?

Por eso yo no le _El sabor de la tierruca_, sino que le sent, y por
eso ahora no le juzgo, sino que traslado al papel la impresin de
placidez y de bienestar que me caus, sin ponerle peros, porque, a mi
entender, no los tienen ni aquel paisaje ni aquellas gentes.

Reciente est el xito ruidoso de _Pedro Snchez_. Aun los crticos que
no hace mucho tiempo hablaban de los _verdores_ de Pereda, y como que se
resistan a considerar sus obras perfectamente _maduras_, se han rendido
ante _Pedro Snchez_, encontrando para ella un caudal de elogios que
ciertamente no haban desperdiciado al juzgar _Los hombres de pro_ o _El
sabor de la tierruca_. Confieso que la unnime y entusiasta aprobacin,
dir mejor, la alabanza sin restricciones que ha coronado a _Pedro
Snchez_, ha sido para m, como para su autor, una verdadera aunque
agradable sorpresa.

Era la primera vez que Pereda abandonaba aquel su huerto hermoso, bien
regado, bien cultivado, oreado por aromticas y salubres auras
campestres, como dijo de perlas Emilia Pardo Bazn. Temamos el autor y
yo que pareciese esta novela conjunto de reminiscencias algo plidas o
de adivinaciones remotas, y que la ausencia del modelo vivo le quitase
frescura y animacin. Temamos que pareciese lenta y perezosa en los
primeros captulos, y un tanto atropellada hacia el final. Temamos que,
renunciando el pintor a casi todas sus ventajas indiscutibles, al
paisaje, al dilogo, al provincialismo, a lo ms enrgico y
caracterstico de su manera, renunciase por el mismo hecho a sus mayores
triunfos. Temamos que la forma autobiogrfica y _subjetiva_, la forma
de Memorias, perjudicase al fcil caudal de un ingenio tan exterior y
tan objetivo y tan poco amigo de reconditeces psicolgicas. Temamos que
el mismo carcter del hroe, entidad algo pasiva, movida por las
circunstancias mucho ms que movedora de ellas, comunicase cierta
languidez al conjunto de la obra, impidiendo al lector interesarse
sinceramente por el protagonista. Temamos, finalmente, que el carcter
en gran manera prosaico de las escenas polticas, que son la mayor parte
del libro, hubiese infludo en detrimento de su valor esttico; y esto
lo tema yo ms que nadie, viendo correr con tibieza y desaliento la
pluma del autor por las descripciones de un club o de una redaccin de
peridico, como si le aquejase la nostalgia de sus montes y de sus
marinas.

Y, sin embargo, lo declaro ingenuamente: Pereda y yo nos hemos llevado
en esta ocasin un solemnsimo chasco. _Pedro Snchez_ ha parecido, no
ya a la masa de los lectores, sino a los crticos ms agudos y
perspicaces, la ms novela entre las novelas de Pereda, la mejor
compuesta y aderezada, la ms grave y madura en el pensamiento, la ms
apasionada en los momentos de pasin. Todos han ensalzado unnimes la
serena melancola que el libro revela, la mirada firme y desengaada que
el autor dirige sobre las cosas humanas, la amargura sin misantropa con
que juzga nuestro estado social, y la verdad potica con que le
ennoblece.

Todo esto es verdad, y, sin embargo, estimando a _Pedro Snchez_ ms que
nadie, no acabo de convencerme de que Pereda y yo nos equivocsemos tan
de medio a medio; y sea montaesismo, sean recuerdos infantiles, vuelvo
siempre con amor los ojos hacia el poeta de _La Robla_ y de _La Leva_, y
por ms esfuerzos que hago, no puedo simpatizar con _Matica_ y sus
amigos, ni con el seor de Valenzuela, como simpatizo con don Silvestre
Seturas o con don Robustiano Tres-Solares. _Pedro Snchez_ me parece
mucho mejor novela que _El buey suelto_; pero me quedo con _El sabor de
la tierruca_ y con _Don Gonzalo_.

Y, por otra parte, esta opinin ma a nadie quiere imponerse. Yo en este
caso soy, ante todo, montas, y quiz me equivocar y dar a Pereda un
mal consejo excitndole, por su gloria misma, a no salir de _su huerto_
y a no hacer caso de los que encuentran limitados sus _horizontes_. Sin
salir de ellos, ha encontrado la novela poltica en _Don Gonzalo_ y en
_Los hombres de pro_, la novela religiosa en _De tal palo_..., la
novela o ms bien el poema idlico en _El sabor de la tierruca_, la
novela social en _Blasones y talegas_ y hasta la ms conmovedora
tragedia en _La Leva_. No hay pasin, no hay afecto, no hay inters, no
hay problema que no pueda traerse a la Montaa como a cualquiera otra
regin del mundo. Slo que en Pereda parecer todo mejor si se viste y
arrea con traje montas. A m me ha encantado ms que a nadie el xito
de _Pedro Snchez_; pero con este encanto iba mezclado en cierta dosis
el temor de una desercin. Me tacharn de crtico apocado; me dirn que
sta es la novela ms transcendental y ms universal de Pereda, la ms
comprensible para todos, la ms traducible.... Todo esto es verdad; pero
cada cual tiene sus manas: yo me vuelvo a _La Robla_ y a _La Leva_ y a
_Suum cuique_.

Y consiste todo en que los crticos madrileos y yo juzgaremos siempre a
Pereda desde puntos de vista muy distintos. Para ellos es un eminente
novelista, a quien colocan entre Valera, Alarcn y Galds; pero, en
suma, un novelista a quien tasan por su valor como tal, y cuyos triunfos
literarios empiezan a contar desde _Don Gonzalo_. Para m, Pereda es,
antes que toda otra cosa, el compaero y el amigo de mi infancia, el
Pereda de las _Escenas_, el que en 1864 imprima en _La Abeja Montaesa_
los dilogos del _Raquero_, el Pereda sin transcendentalismos, ni
filosofas, ni polticas; pintor insuperable de las tejidas nieblas de
nuestras costas; de la tormenta que se rompe en las _hoces_; del
alborozo de los prados despus de la lluvia; de la vuelta de las
_cabaas_ desde los puertos; de la triste partida del mozo que va a
Indias; de la entrada triunfal y ostentosa del _jndalo_; de la alegra
del hogar en Nochebuena, amenizada por el estudiante de Corbn; de los
supersticiosos terrores que vagan en torno de la pobre _Rmila_, y la
traen a miserable muerte; de la salvaje independencia de los antiguos
pobladores de la calle Alta y del Muelle de las Naos, ltimos
degenerados retoos de los que en la Edad Media daban caza a los
balleneros ingleses en los mares del Norte, y ajustaban tratados de paz
y de comercio con sus reyes; y finalmente, de la casa solariega prxima
a desplomarse, y apuntalada, si acaso, por los dineros del indiano; y
del concejo de la aldea, donde a duras penas vegeta algn rastro de las
antiguas costumbres municipales. Y para m, al nombre de Pereda van
unidos inseparablemente, no _Pedro Snchez_, en las barricadas ni en la
oficina de un gobierno poltico, sino _don Silvestre Seturas_, en su
perpetua lucha con los curiales, heredada de tres generaciones;
_Cafetera_, trincando la estopa y sosteniendo batalla campal con _Pipa_
y los de su cuadrilla, a la sombra veneranda del castillo de San Felipe;
_Juan de la Llosa_, examinando gravemente la estampa de _la Leona_ y de
_la Gallarda; Tremontorio_, tejiendo su red o consolando a las mujeres
en la _rampa_ grande del Muelle; _don Recaredo_, marcados pecho y
espalda por la garra de los osos inmolados en sus caceras.... El otro
Pereda ser una de las esperanzas, o mejor dicho, una de las realidades
de la novela contempornea espaola; tendr algo de Balzac y algo de
Dickens y algo de Topffer.... Yo lo reconozco, y le admiro ms que
nadie, y me alegro que haya demostrado esta vez que sabe hacer una
novela en todo el rigor de la frase; en suma, que puede hacer cuanto
hacen otros. Pero con todo eso, el Pereda de mi ms ntima predileccin
y fervoroso cario ser siempre el Pereda que veranea en Polanco, y que
en invierno habita en el muelle de Santander, un poco antes de llegar a
la capitana del puerto, en el teatro mismo de las hazaas de _Cafetera_
y de la lgubre partida de _El Tuerto_, para morir en la fiera rompiente
de las _Quebrantas_.

Se comprende ahora por qu al principio he confesado mi incompetencia
para juzgar a Pereda? Porque yo no admiro slo en l lo que todo el
mundo ve y admira: el extraordinario poder con que se asimila lo real y
lo transforma; el buen sentido omnipotente y macizo; la maestra del
dilogo, por ningn otro alcanzada despus de Cervantes; el poder de
arrancar tipos humanos de la gran cantera de la realidad; la frase viva,
palpitante y densa; la singular energa y precisin en las
descripciones; el color y el relieve, los msculos y la sangre; el
profundo sentido de las ms ocultas armonas de la naturaleza no
reveladas al vulgo profano; la gravedad del magisterio moral; la vena
cmica, tan nacional y tan inagotable, y, por ltimo, aquel torrente de
lengua no aprendida en los libros, sino sorprendida y arrancada de
labios de las gentes; lengua verdaderamente patricia y de legtimo solar
y cepa castellana, que no es la lengua de segunda o de tercera
conquista, la lengua de Toledo o de Sevilla, sino otra de ms intacta
prosapia todava, dura unas veces como la indmita espalda de nuestros
montes, y otras veces hmeda y _soledosa_; lengua que, educada en graves
tristezas, conserva cierta amargura y austeridad aun en las burlas.

Por todo esto amo yo a Pereda; pero le amo adems como escritor de raza,
como el poeta ms original que el Norte de Espaa ha producido, y como
uno de los vengadores de la gente cntabra, acusada hasta nuestros das
de menos insigne en letras que en armas. Y esto parecer algo pueril a
los que no tienen patria ni hogar; pero como en este prlogo voy dejando
hablar al corazn tanto o ms que a la cabeza, no quiero ocultar el
ntimo regocijo con que oigo sonar, cercado de alabanzas, el nombre de
Pereda unido al nombre de su tierra, que es la ma. En otro tiempo, los
montaeses, cuando queramos presumir de abolengo literario, tenamos
que buscar entre las nieblas del siglo VIII el nombre de San Beato de
Libana, o imaginarnos que el autor del romance del _Conde Alarcos_ era
paisano nuestro porque se llamaba Riao, o desenterrar del frrago del
_Reloj de Prncipes_ la fbula del Villano del Danubio, principal
fundamento del renombre de nuestro invencionero Fray Antonio de Guevara,
o rebuscar en algn olvidado cdice de la Academia de la Historia las
fciles quintillas con que Fray Gonzalo de Arredondo celebr al conde
Fernn Gonzlez; y a duras penas podamos ufanarnos, en tiempos menos
remotos, con las gongorinas poesas lricas y las discretas comedias de
don Antonio de Mendoza (imitado alguna vez por Molire y por Le Sage), o
con las novelas inglesas de Trueba y Coso, mediano iniciador del
romanticismo. Algo consolaba nuestra penuria la consideracin de que si
no vencimos reyes moros, engendramos quien los venciese, puesto que de
nuestra sangre eran Lope y Quevedo.

Pero hoy, loado sea Dios!, no tenemos ni que hacer sutiles
razonamientos para apropiarnos lo que slo a medias nos pertenece, ni
que recoger las migajas de los autores de segundo orden, puesto que
plugo a la Providencia concedernos simultneamente dos ingenios
peregrinos, bastante cualquiera de ellos para ilustrar una comarca
menos reducida que la nuestra; montaeses ambos hasta los tutanos, pero
diverssimos entre s, a tal punto que puede decirse que se completan. Y
no creera yo cumplir con lo que pienso y con lo que siento, si no
terminase este prlogo estampando, al lado del nombre del gran pintor
realista de las _Escenas Montaesas_, el nombre del pintor idealista,
rico en ternuras y delicadezas, que ha envuelto aquel paisaje en un velo
de suave y gentil poesa. Unidos quiero que queden en esta pgina el
nombre de Pereda y el de _Juan Garca_[4], como unidos estn en el
recuerdo del montaessimo crtico que esto escribe.

M. MENNDEZ Y PELAYO.


[4] Ams Escalante, autor de _Costas y Montaas_ y de _Ave Maris
Stella_; dos libros que pasarn por clsicos cuando los espaoles
volvamos a aprender el castellano.


       *       *       *       *       *




POSTDATA

En los aos transcurridos desde la primera edicin de este prlogo, el
seor Pereda ha publicado tres novelas ms: _Sotileza, La Montlvez_ y
_La Puchera_. Como complemento de la historia de sus libros, reproduzco
a continuacin los dos artculos que escrib sobre la primera y la
tercera de estas novelas al tiempo de su aparicin.


SOTILEZA

Siempre fu la vida martima asunto adecuado y nobilsimo para el arte.
Dondequiera que el empuje de la voluntad humana se muestra; dondequiera
que la _fuerza_, principal elemento artstico y quiz razn suprema de
todos los grandes efectos de la poesa, llega a revestirse de la
majestad solemne y serena o del poder avasallador y turbulento, la
emocin esttica se engendra necesariamente y obra con profundsima
energa en el nimo del contemplador, por avezado que est a lo delicado
y a lo tierno. Y si esta energa no se desenvuelve en el vaco de la
contemplacin, ni se apaga estril en el campo de las ideas y del
pensamiento puro, regin helada y poco accesible a la mayora de los
humanos, sino que lucha a brazo partido con las fuerzas tirnicas de la
naturaleza fsica o con otras voluntades personales tan imperiosas y tan
frreas como la del hroe mismo, la emocin llega a lo trgico, y en
medio del conflicto se disfruta el espectculo ms digno de la
consideracin humana, el que ms eleva y ennoblece el espritu, el de
un poder racional y consciente en el pleno uso y ejercicio de su
soberana, que se reconoce y afirma ms a s propia cuando ms braman en
torno suyo las tempestades y ms amenazan vencerla y sumergirla.

Y cuando estas tempestades no son metafricas; cuando real y
verdaderamente despliega el mar todas sus furias, y no por excepcin,
sino constante y diariamente, va educando el mar en los pueblos que le
cien y sin cesar le hostigan y provocan a desafo, una raza tan entera,
tan indomable y tan brava como los mismos huracanes, cuyo rugido
acaricia su sueo; tan spera como las puntas de la costa, sin cesar
invadidas, salpicadas y agrietadas por la deshecha espuma; tan amarga y
tan acentuadamente salina en la voz y en los ademanes, como que la
comunicaron su penetrante acritud las ondas mismas; tan avezada a mirar
la muerte de frente, que ni cabe en su nimo el temor pueril, ni la
alegra insensata, ni el fcil y liviano contentamiento, sino una cierta
melancola resignada, un cierto modo grave, llano y sereno de mirar las
cosas de la vida como si fuese palestra continua, en que el brazo se
fortifica y se dilata el pecho, y la batalla se acepta cuando viene, sin
provocarla estrilmente.

Tal es la raza, tales las costumbres que ha retratado Pereda en su
ltima novela, la mejor y ms genial de las suyas. No parece sino que el
asunto ha tenido virtud bastante para levantar el ingenio del autor a
regiones que ni l mismo sospechaba hasta ahora. Todo el mundo le
reconoca como insuperable descriptor de costumbres populares, como
maestro en el dilogo, como dechado en el idilio rstico. De todas sus
novelas podan citarse admirables pginas aisladas; algunos dudaban que
hubiese encontrado la novela perfecta. Los ms amigos del novelista,
todava ms conocedores que l de su propia fuerza, murmuraban siempre
en sus odos un _ms all_, y no le dejaban adormecerse con los halagos
de la muchedumbre de los lectores, cuyo criterio esttico se reduce a
admirar lo que est ms cerca de sus gustos y propensiones. Por eso,
despus de _Pedro Snchez_, como despus de _El sabor de la tierruca_ y
_De tal palo...,_ oy siempre Pereda la voz de quien mejor le quera,
repitindole: T eres ante todo el autor de _El Raquero_, de _La Leva_
y de _El fin de una raza_. Si quieres elevar un verdadero monumento a tu
nombre y a tu gente, cuenta la epopeya martima de tu ciudad natal. Dios
te hizo, an ms que para ser el cantor de las flores y de la primavera,
para ser el cantor de las olas y de las borrascas. T solo puedes traer
a la literatura castellana ese mundo nuevo de intensas melancolas y de
rudos afectos. Hazte cada da ms _local_, para ser cada da ms
universal; ahonda en la contemplacin del detalle; hazte cada da ms
ntimo con la realidad, y tus creaciones engaarn los ojos y la mente
hasta confundirse con las criaturas humanas.

Todo esto lo ha hecho Pereda, mucho ms porque su buen genio se lo
deca, que porque se lo dictasen al odo sus paisanos y sus amigos. Y en
_Sotileza_, aquella misma robusta inspiracin que haba dado perpetua
vida a _Cafetera_, al _Tuerto_ y a _Tremontorio_, ha roto el estrecho
marco del cuadro de gnero y penetrado en el ancho y generoso cerco de
la gran pintura, poniendo con entera franqueza a sus hroes entre cielo
y mar, y hacindoles verdaderos protagonistas de una accin trgica, que
llega y toca a lo ms alto de la pasin humana, acentuada aqu en
vigoroso contraste con una naturaleza brava y rebelde. Porque lo
primero que hay que admirar en _Sotileza_, y lo que desde luego la da
conocida ventaja sobre las novelas anteriores de su autor, es el tener
verdadera accin, y accin tan bien graduada, tan natural, tan sencilla,
tan en lnea recta, tan consonante con los datos psicolgicos y
fisiolgicos de los personajes, tan a tiempo ligada, tan a tiempo
resuelta, tan ajena de todo lo que parezca artificio, violencia o amao,
que el nimo no puede menos de pararse gustosamente ante tan severa
estructura y trama tan bien concertada. Todo el libro parece concebido
en un solo aliento; los personajes han recibido al nacer tales bros,
que, semejantes a los dioses homricos, alcanzan de un solo salto cuanto
espacio puede divisar el espectador colocado a orillas del mar sobre
altsima roca. Todo tiene en este libro un sello de fiereza titnica, de
salvaje energa, de grandiosidad sublime: la tierra, y el mar, y los
hombres. Nada hay dbil, enteco ni afeminado: recorriendo tales pginas,
se respira un soplo de barbarie que _hace bien_, que templa los nervios
y vigoriza la sangre. La expresin es lo ms libre y lo ms suelta que
puede darse: el autor ha agotado los infinitos recursos del vocabulario
_callealtero_, crudo, pintoresco, desgarrado, apestando a _parrocha_ y a
pescado podrido; pero todo esto, con qu arte y con qu soberano
conocimiento de las condiciones de la lengua, a la cual se puede vencer
y domar por halagos, pero no forzar brutalmente como vil concubina!

Al fin del libro va un glosario de los trminos nuticos y de las frases
populares empleadas en el libro; pero con qu habilidad estn
derramados por todo l, bien al contrario de esa pedantesca ostentacin
de ciertos novelistas franceses de escuelas modernsimas, que, haciendo
gala de un externo y superficial conocimiento del tecnicismo de tal o
cual arte o ciencia, le derraman a carretadas en todas las pginas de su
libro, con la necia ostentacin del aventurero llegado de improviso a
los honores y a la riqueza! No: Pereda no ha tenido necesidad de hacer
estudio especial de la lengua de los marineros de la calle Alta para
escribir _Sotileza_. Esa lengua la tiene l aprendida muchos aos hace,
no por _dilettantismo_ erudito, sino porque ha vivido en perpetuo y
desinteresado comercio con el pueblo.

Esa lengua tan palpitante y tan densa, que tan diversos matices
adquiere, ya el de brusquedad estpida y semisalvaje en _Muergo_, ya el
de dulcsima elega amatoria en labios de _Cleto_, ya el de patriarcal
ternura en boca del _to Mecheln_ y de su mujer, ya el de reconcentrada
soberbia femenina en _Silda_, especie de diana selvtica y feroz de un
barrio de pesca, presenta tales variedades y se mueve con tal libertad
en ondulaciones tan diversas, que nadie dira que por primera vez viene
ahora el arte, y que ninguno ha precedido a Pereda en trabajarla y
domearla.

Y para que mayor sea el contraste, suena de vez en cuando, entre esas
rudas voces que traen la impresin de resaca de la playa, la voz medio
martima, medio frailuna, del padre Apolinar, el tipo de fraile ms
asombroso que yo he visto en novelas, desde el _Fra Cristforo_, de
Manzoni, personaje de ms noble alcurnia que el de Pereda, pero no ms
rico que l de aquella elevacin moral, que por lo mismo que nace como
fruto espontneo y agreste, y se desarrolla sin ms riego que el de los
cielos, trae estampado el sello de primitiva grandeza que acompaa a la
fuerza del bien cuando se desenvuelve sin conciencia de s propia.

El pensamiento artstico de _Sotileza_, la idea primera es tan honda,
que casi parece un enigma. Pero entendamos bien: no es el enigma pueril
en que se deleitan los hacedores de novelas transcendentales. _Sotileza_
es un enigma sorprendido valerosamente, y sin intencin ulterior, en las
profundidades de la naturaleza humana. El autor le ha planteado; pero en
la conclusin le elude ms bien que le resuelve. Ha hecho bien, despus
de todo. En el arte agradan y dominan siempre aquellos personajes en
quienes resta un fondo inaccesible a las miradas de la crtica. De este
modo quedan como algo simblico y misterioso entrevisto en el crepsculo
de la poesa, que adivina tales naturalezas ms bien que las penetra.

_Sotileza_, con ser muy mujer, tiene algo de esfinge tebana, y el autor
no ha hecho ms que levantar una punta del velo sagrado. Todos los
instintos de su rebelde y altiva naturaleza han recibido desde el
principio una direccin extraa, merced a aquella vida errabunda de
playa y de muelle de las Naos en que gast sus primeros aos. Su corazn
es recio y duro para amar. El mismo agradecimiento apenas ha llegado a
rayar aquella piedra tosqusima. Quiz duerman en su corazn escondidos
deseos, tanto ms fogosos cuanto ms contenidos; pero nunca asoman a la
lengua. Lo mismo rechaza el amor brutal de _Muergo_, que el honrado y
caballeroso de _Andrs_ o el suave y delicadsimo de _Cleto_. Si alguna
inclinacin muestra, es aquella que Petronio atribua con tan enrgicas
palabras a las matronas de su tiempo: _Quoedam foeminoe sordibus
calent_. A _Sotileza_, el oculto incentivo que la lleva hacia _Muergo_,
por extraa aberracin fisiolgica, es la suciedad, la barbarie, el
desaseo, la ingnita grosera de aquel semibruto. Con todo eso, Pereda
no ha pasado la lnea en materia en que tan fcil era resbalar,
siguiendo las huellas de otros naturalistas; y como su franco y bien
nacido ingenio no le lleva a pintar lo excepcional y monstruoso, sino a
mirar con amplitud la vida, no insiste en el imperceptible punto
mrbido, y logra conservar a la herona la ms arrogante y seoril
castidad desde el principio hasta el fin de la obra.

Los pescadores que intervienen en la obra nada tienen del marinero
idealista, del _Gilliat_ de Vctor Hugo (pongo por caso). Su horizonte
es tan estrecho como su condicin, sus propsitos tan limitados como sus
medios. El duelo continuo que sostienen con la mar, influye en el temple
de su voluntad mucho ms que en el calor de su fantasa. Su vida y su
muerte tienen una simplicidad heroica, tanto ms grande cuanto menos
buscadora del efecto y menos sabedora de s misma. El mar interviene
como tremendo coro de tal drama, levantando y agigantando los hombres y
las cosas con su presencia. Unas veces risueo, como en _el da de
pesca_, acompaa el idilio amoroso de Andrs; otras veces es campo de
palestra virgiliana para las barcas del cabildo de Abajo y del de
Arriba; y en la prodigiosa _galerna_ final parece que lleva consigo, al
estrellarse contra las _Quebrantas_ y salpicarlas de rabiosa espuma,
todas las iras, todos los odios y todas las venganzas de los personajes.
Arte singular de Pereda: saber hacer paralelos de esta suerte los
fenmenos de la naturaleza y los del espritu!

Todo esto y mucho ms podr admirar en _Sotileza_ quien la mire
solamente bajo la razn de arte. Pero qu he de decir yo, que no
solamente soy montas, sino santanderino y _callealtero_? Qu he de
decir de un libro que es la epopeya de mi _calle_ natal, libro que he
visto nacer y que casi presenta y soaba yo antes de que naciese?

Nunca comprendern los extraos de qu manera suenan para nosotros en el
libro una porcin de nombres de lugares y de personas, y qu fuentes tan
escondidas van a buscar en el alma de aquellos para quienes el libro ha
sido principalmente escrito, de aquellos cuyo aplauso desea Pereda ms
que otro alguno. Ya no morir la calle Alta, aunque acaben de caer las
pocas casas viejas que le restan en pie, porque consagrada queda en el
arte hasta la menor de sus piedras. Y cuando se extinga hasta el ltimo
resto de aquella raza marinera, de la cual en otra ocasin he escrito
que en la Edad Media daba caza a los balleneros ingleses en los mares
del Norte y ajustaba tratados de paz y de comercio con sus reyes,
todava vivirn en un libro de slida e indestructible fortaleza ciertos
nombres y reminiscencias que tienen virtud de conjuro, como todo lo que
toca la vara mgica del arte. Otros juzgarn el libro; que yo en esta
ocasin me reconozco incompetente para todo lo que no sea saludar,
desde lo ms ntimo de mi alma, la bandera que flota sobre el libro, la
_bandera blanca y roja de la matrcula de Santander_.

(_La poca_ del 27 de marzo de 1885.)




LA PUCHERA


Por primera vez he ledo un libro de Pereda al mismo tiempo que el
pblico, y sin estar iniciado previamente en el secreto del autor. Fue
voluntad suya y ma, para que nada extrao a la obra misma preocupase mi
juicio, y no hablasen en favor de ella intimidades de las que
forzosamente nacen entre el crtico y el libro que va a juzgar, cuando
l ha asistido a la elaboracin de este libro, embriagndose con el
fervor de la produccin ajena, y participando de ella en algn modo. He
querido por esta vez sola no saber nada de lo que Pereda escriba en
Polanco este verano, y tomar su novela como obra de un extrao. He
procurado olvidarme de que el autor era montas, y entraable y
fidelsimo amigo mo desde que tengo uso de razn, y amigo de los de mi
casa antes que yo naciera; y haciendo un esfuerzo, que me ha costado
mucho, y que no pienso volver a repetir, he detenido mi impaciencia, que
me llevaba a leer con el pensamiento antes que con los ojos las pginas
de un libro, que ms que libro parece fragmento de la realidad viva; y
he tenido el valor de estarle aplicando por das y das eso que llaman
_el escalpelo de la crtica_.

Y el libro ha salido triunfante de la prueba. Yo soy quien me quedo con
el sentimiento de no haberle disfrutado con fruicin espontnea y
sincera, sin pensar ni en la crtica ni en el pblico, dejndome llevar
slo por la magia del relato y por las dulces memorias que en mi
espritu evocaba. Duro e impertinente oficio el del que intenta razonar
su propia impresin y la impresin ajena, para ahuecar luego la voz y
decir solemnemente al pblico lo que mucho mejor sienten y mucho mejor
expresaran, si tal expresin cupiese en palabras, los crticos que no
escriben, los espritus delicados y rectos a quienes no aqueja la
comezn de hacer confidente suyo al pblico, y que por lo mismo rinden
al autor, a quien admiran con admiracin silenciosa, tributo ms de
agradecer que el de vanos artculos encomisticos!

Pero los tiempos andan tales, y crece tanto la depravacin del gusto,
que empieza a ser ya deber de conciencia en todo el que clara u
obscuramente profesa algn gnero de magisterio literario, alzar la voz
cuando una obra maestra aparece, y llamar la atencin del vulgo
circunstante, para que no pase de largo por delante de ella, y se guarde
de confundirla con el frrago de producciones insulsas y balades que
son actualmente el oprobio de nuestras prensas.

Por eso escribo hoy acerca de _La Puchera_, no precisamente por ser obra
montaesa, sino por ser el mejor libro de amena literatura que en estos
ltimos tiempos ha aparecido en Espaa.

Quin sea Pereda, y cul el valor de sus escritos, no necesito yo
declarrselo a un pblico que ya comienza, aunque algo tardamente, a
hacerle justicia y a conocerle y admirarle. Su fama, modesta al
principio, y reducida al crculo de sus paisanos, es hoy universalmente
espaola, y traspasa ya nuestras fronteras, como lo prueban recientes
traducciones de novelas suyas en francs y alemn. Su carcter local le
favorece mucho ms que le perjudica, en el momento presente. De su
aparente limitacin nace su fuerza positiva. El arte, como la historia,
tiene algo de concreto, limitado y relativo; lo abstracto y lo general
le matan. Con razn, aunque en trminos demasiados absolutos, afirmaba
Goethe que en la vida de las llamadas _clases altas_, que son en todo
pas las ms semejantes y las ms descoloridas, no haba encontrado ni
un tomo de poesa. Poesa puede haber; pero anda muy oculta bajo la
dura ley social, que obliga a todos a decir la mitad, cuando mucho, de
lo que piensan y de lo que sienten, y que al detener en los labios la
expresin pintoresca y enrgica, engendra hbitos de convencin elegante
y de disimulo acadmico, a los cuales difcilmente se allana, ni
siquiera para remedarlos, una naturaleza artstica tan sana, robusta y
viril como la de Pereda.

Por eso, a mi juicio, err en la _Montlvez_, no por culpa suya, sino
por culpa del asunto. Por eso ha acertado plenamente en las dos grandes
formas del idilio rstico y del idilio martimo, que son los verdaderos
timbres de su gloria. En ambos gneros, as como no ha tenido maestros,
tampoco es fcil que llegue a tener rivales, a lo menos en nuestra
lengua castellana.

_La Puchera_ (ttulo que a los lectores melindrosos habr parecido
vulgar, pero que tiene sublime explicacin en uno de los captulos de la
novela) rene ambos gneros de excelencia: es a un tiempo novela
campesina y novela costea, respondiendo al modo de ser _anfibio_ de los
habitantes de aquel rincn de nuestra provincia, donde pasa la escena;
el ms amado del autor, aquel con quien sus ojos estn ms encariados.
Los que hayan ledo _El sabor de la tierruca, Don Gonzalo_, _De tal
palo, tal astilla_, y aquellos incomparables cuadros cortos de las dos
series de las _Escenas Montaesas_, entre los cuales sobresale el no
bastante conocido de _La hila_, aqu encontrarn, sin que el autor se
repita, el mismo mundo de alegra franca, de plcida honradez, de salud
rstica, con que ya estn familiarizados. Los que han llegado a saborear
otros rasgos de Pereda, todava de ms singular y exquisita literatura,
de emocin trgica e intensa, de cruda expresin y ardiente colorido;
los que recuerdan, quiz con lgrimas, _La Leva, El fin de una raza_ y
las mejores escenas de _Sotileza_, aqu hallarn la misma grandeza y el
mismo bro; la misma arrogancia, casi pica, con que el autor realza y
ennoblece las catstrofes vulgares y los ms desdeados esfuerzos del
trabajo humano, dando nobilsimos ejemplos de una poesa verdaderamente
cristiana y verdaderamente moderna.

No s qu gnero de influencia poderosa y benfica han ejercido siempre
sobre Pereda, aldeano de nacimiento, los tipos de gente de mar y las
escenas de pesca. Pero lo cierto es que siempre que toca a ellas se
engrandece y resulta superior a s mismo. Los personajes que entonces
crea, exuberantes de vida potica, con cierta poesa salina y acre,
tienen no s qu grandiosidad y fiereza primitiva, crecida y educada
con los arrullos y las tremendas caricias del mar resonante. Tremontorio
y el Tuerto, el Lebrato y el Josco, son figuras de tal potencia y
resalto, que en vano se les buscara competidores aun dentro de las
obras mismas de Pereda. Sobre todos ellos corre un viento de tempestad
heroicamente resistida y sobrellevada con herosmo silencioso y viril,
tanto ms admirable, cuanto menos consciente. Pereda sobresale en la
descripcin de estas naturalezas sencillas y rudas. Y lo mejor de _La
Puchera_, lo verdaderamente incomparable, est en aquellos captulos
donde el Lebrato y su hijo intervienen, con su locuacidad el uno, con su
timidez el otro, los dos con el mismo natural resignado y austero,
sacudido por bruscas impaciencias en el joven, acrisolado por divina
serenidad en el viejo.

En tales cuadros la vida resulta amable y digna de ser vivida, por
spera y brava que parezca. Y el mar, inmenso coro de esta humilde
tragedia, parece asociarse al esfuerzo de sus domadores, entonando con
ritmo pausado y solemne el himno de la paz de la conciencia, que huye
del _agosto_ del Berrugo y calienta _la puchera_ del Lebrato.

He nombrado intencionadamente los dos mejores captulos del libro, los
que por s solos bastaran para labrar la reputacin de un artista que
no tuviese tan hechas sus pruebas en este gnero de cuadros. El del
_agosto_, que por la pureza clsica de sus lneas recuerda el famoso
lienzo de _Los segadores_ de Leopoldo Robert, se aparta de l hondamente
por el ardor del colorido y por la embriaguez naturalista que le
convierte en acabadsimo tipo de gergica moderna. Nunca ha sido tan
intrpido el estilo de Pereda, tan grande la fuerza plstica de su
lenguaje, y ese raro poder de asimilacin que Dios le concedi para que
se hiciera ntimo de todo hilo de luz, de toda hebra de maz, de todo
zumbido de insecto, de todo rielar del agua. Hay que remontarse a
Tecrito para encontrar idilio tan bello y humano como el rstico idilio
de Pedro Juan y de su amada. El final del captulo traspasa ya los
lindes de lo bello, y empieza a rayar en los de lo sublime.

Lo ms dbil de _La Puchera_ es, a mi juicio, la historia de Ins, del
seminarista y del indiano. En la transformacin de los sentimientos de
Ins, hay cierto alarde de psicologa un poco infantil, que no va bien
con los hbitos literarios ni con las facultades dominantes de su autor,
a quien le basta con su psicologa instintiva y adivinatoria para crear
cuerpos y almas, sin necesidad de perderse en sutiles y tortuosos
anlisis. El seminarista peca por otro concepto: es real, pero con
realidad bestial y grosera, que el autor marca y acenta con verdadero
encarnizamiento y saa. Su ta vale mucho ms, y a veces habla una
lengua digna de la mismsima madre Celestina. El indiano, _rara avis_
entre los indianos de Pereda, por lo sentimental, romntico y atildado,
aparece como cado de las nubes, y sirve slo para desenlazar la fbula.

He dicho que todo esto era dbil, pero slo en comparacin con otras
bellezas ms altas. Si aisladamente se lo considera, todo est bien,
todo en su punto. Pero en un libro como _La Puchera_, donde hay tanto
oro de ley y captulos que desde el da de su aparicin deben pasar por
clsicos, es lcito ser exigente y posponer lo bueno a lo mejor y lo
mejor a lo ptimo. Lo ptimo es el Lebrato y su hijo, y _Pilara_ y
Quilino, y el mdico don Elas, y el magnfico tipo del Berrugo, avaro
supersticioso, que Balzac adoptara por suyo, y la fantstica historia
del descubrimiento del tesoro, que Walter Scott hubiera robado para su
_Anticuario_.

Y ahora ya tiene el lector abierta la novela: no incurrir en la
puerilidad de contar su argumento; me basta con haber contado mi
impresin.

M. MENNDEZ Y PELAYO.

(_El Correo_ del 10 de febrero de 1889.)




ADVERTENCIA


_La siguiente novela ha formado parte, hasta ahora, de un libro
titulado_ BOCETOS AL TEMPLE. _Personas cuyos dictmenes son leyes para
m, pretenden que_ Los HOMBRES DE PRO _deben establecerse de cuenta
propia y correr solos las aventuras que les depare la suerte. Por eso
aparecen aqu dando nombre a este primer tomo de mis_ =Obras completas=,
_en cuya impresin no se seguir el mismo orden en que fueron saliendo a
luz por vez primera, sino el ms conveniente a mis propsitos, que en
nada perjudican el escaso inters que puedan merecer del pblico mis
libros.

Siguiendo los consejos de las mencionadas personas, no ser la
alteracin hecha en los_ BOCETOS AL TEMPLE _la nica que se observe
durante el curso de esta publicacin. Parece ser que ha llegado la
oportunidad (y no quiero desaprovecharla) de que se completen mutuamente
algunos tomos de mis cuadros_ _sueltos, adquiriendo, por ejemplo, l
de_ ESCENAS MONTAESAS _lo que indebidamente posee el de_ ESBOZOS y
RASGUOS, _y desprendindose, en cambio, de lo que, con muy justos
ttulos, le reclama este su hermano menor.

Ignoro si con todos estos cambalaches y trastrueques falto a alguna ley
que debe respetarse. Varios ejemplos, que recuerdo, me dicen que no; uno
solo, pero de mucha calidad, afirma que ni las erratas de la primera
edicin de un libro deben desaparecer de las sucesivas, por respeto a
los lectores que le poseen, o le han adquirido o conocido con ellas.

Mientras se ventila esta cuestin de derecho y se llega a formar
jurisprudencia sobre el caso, creo yo que no debe estar prohibido en la
propiedad literaria lo que es lcito y hasta recomendable en las
rsticas y urbanas. Ahora, si se me dice que eso de propiedad literaria
es, en Espaa, msica celestial, porque los libros son aqu_ primi
capientis, _y todo el mundo, menos su autor, puede hacer de ellos mangas
y capirotes..., ya es otra cosa.

Por de pronto, y aceptando la responsabilidad que me alcance por el
atrevimiento, a mi parecer me agarro..., y lo dicho, dicho_.

J.M. DE PEREDA.

Febrero de 1884.




LOS HOMBRES DE PRO




CAPTULO PRIMERO


Docena y media de casucas, algunas de ellas formadas en semicrculo, a
lo cual se llamaba _plaza_, y en el punto ms alto de ella una iglesia a
la moda del da, es decir, ruinosa a partes, y a partes arruinada ya,
era lo que compona aos hace, y seguir componiendo probablemente, un
pueblo cuyo nombre no figura en mapa alguno ni debe figurar tampoco en
esta historia.

En el tal pueblo todos los vecinos eran pobres, incluso el seor cura,
que se remendaba sus propios calzones y se aderezaba las cuatro patatas
y pocas ms alubias con que se alimentaba cada da.

Los tales pobres eran labradores de oficio, y todos, por consiguiente,
coman el miserable mendrugo cotidiano empapado en el sudor de un
trabajo tan rudo como incesante.

Todos dije, y dije mal: todos menos uno. Este uno se llamaba Simn
Cerojo, que haba logrado interesar el corazn de una moza de un pueblo
inmediato, la cual moza le trajo al matrimonio cuatro mil reales de una
herencia que _le cay_ de repente un ao antes de que Simn la
pretendiera.

Era Juana, que as se llamaba la moza, ms que regularmente vana por
naturaleza, a la cual deba algunos favores, no muchos en verdad; pero
desde los cuatro mil de la herencia, fu cosa de no podrsela aguantar.
Parecale gentezuela de poco ms o menos toda la que la rodeaba en su
pueblo, y se prometi solemnemente morir soltera si no se presentaba por
all un pretendiente que, a la cualidad de buen mozo, reuniese un poco
de educacin, algo de mundo y cierto _aquel_ a la usanza del da.

Simn Cerojo, que acababa de recibir su licencia de soldado, que saba
un poco de pluma y haba corrido media Espaa con su regimiento, de cuyo
coronel fue asistente cinco aos, y era, adems, un mocetn fresco y
rollizo, se crey con todas las condiciones exigidas por la vanidosa
muchacha; y se atrevi a pretenderla, no sin llevar encima, por memorial
y a mayor abundamiento, en su primera visita, un reloj de cinco duros y
alguna de la ropa que, como prenda de una buena estimacin y una fina
amistad, le haba regalado su coronel al despedirle. Acept Juana la
pretensin de buen grado, y se celebr en su da la boda, con la posible
solemnidad; y como Simn, hurfano de padres aos haca, y sin pizca de
parentela en el mundo, posea en su pueblo, por herencia, una casuca con
su poco de balcn a la plaza, trasladse a ella el flamante matrimonio.

Como Simn manejaba la brocha casi tan bien como la pluma y la azuela,
dando un pellizco al caudal de su mujer, blanque la fachada principal,
pint de verde el balcn y las ventanas y una cruz del mismo color sobre
cada hueco; puso por veleta en el tejado, despus de retejarle
convenientemente, un guardia civil de madera, apuntando con su fusil
(obra admirable y admirada, que l mismo tall), y arregl el cuarto del
portal, que hasta entonces haba estado sirviendo de cubil. Coloc en
l, segn lo previamente pactado y convenido con su mujer, un mostrador
y una estantera que improvis con cuatro tablones viejos, e invirti el
resto de la herencia en aceite, aguardiente de caa, hormillas, hilo
negro, cordones de justillo y otras baratijas por el estilo.
Distribuyse todo convenientemente entre el mostrador y la anaquelera;
sentse Juana detrs del primero, muy grave y emperejilada; coloc Simn
sobre la puerta principal, y mirando a la plaza, un letrero verde en
campo rojo, que deca:

_Abacera de San Quintn_,

en memoria del regimiento en que l haba servido, y qued abierto al
pblico aquel establecimiento, tan necesario en un pueblo que hasta
entonces haba tenido que surtirse en la villa, a dos leguas de
distancia, de los artculos ms indispensables.

Por eso se celebr el acontecimiento como uno de los de ms
transcendencia, por aquellos sencillos habitantes, y fueron los
tenderos, durante algunos das, el objeto de la admiracin de todos sus
convecinos; admiracin que recibieron los admirados con toda la dignidad
del caso: Simn, con los brazos remangados hasta el codo, de pie, y con
el ndice y el pulgar de cada mano apoyados sobre el mostrador; Juana,
sentada detrs de ste, con el hocico plegado y los prpados muy cados.
As al principio; y luego, con bastante ms sencillo ceremonial, fueron
los de la tienda recaudando poco a poco las roosas economas de
aquellos campesinos, a cambio de sus bebidas y chucheras, no cobrando
siempre al contado, pero cuidando, en las _fas_, de sacar hasta los
intereses al vencer los plazos.

Por esta razn, la casa de Simn Cerojo era la nica que en el pueblo de
que se trata ofreca un aspecto bastante risueo..., si bien se nublaba
un tantico los das festivos, por reunirse en ella ms gente de la que
dentro caba, a jugar a las cartas y a beber algo que no se pareca al
agua sino en el color. Mas eran stas ligeras nubculas que trataba de
disipar el seor cura con algunas plticas oportunas desde el altar
mayor, aunque sin conseguirlo; pero que jams (sea dicho en honor de
aquellas buenas gentes) dieron que hacer cosa alguna al juzgado de
primera instancia.

Ya ir comprendiendo el lector por qu al decir que _todos_ los vecinos
del consabido pueblo coman el pan amasado con el sudor de su rostro,
exceptuamos a Simn Cerojo.

Es de advertir que ste era la persona ms notable del pueblo, no
solamente por su condicin de comerciante, de hombre de pluma y de
campanudo consejo, sino por estar agarrado a buenas aldabas, o sase por
privar con gente de mucha _soflama_.

En efecto: ya se ha dicho que Simn fu durante cinco aos asistente de
su coronel, y que le despidi colmndole de atenciones, y, al decir del
licenciado, de pruebas de una buena estimacin y una fina amistad.
Pues spase ahora, y es la verdad, que a pesar de haber sido ascendido a
general en menos de dos aos, por no s qu ni cuntos pronunciamientos,
el tal seor coronel no se desdeaba de responder muy atento a las
cartas en que Simn le enviaba la enhorabuena, ni le escaseaba las
ofertas de hacer algo por l cuando fuese necesario; ofertas que
cumpli en dos ocasiones, en las cuales el ex asistente le puso a
prueba, no muy dura por cierto, en beneficio de dos convecinos suyos que
se creyeron atropellados por la Administracin de Hacienda.

--Y cmo Simn--se nos preguntar--estaba al tanto de esos ascensos y
de esas evoluciones de su antiguo jefe, viviendo en aquel humildsimo
rincn?

Para responder a esta pregunta, hay que poner de manifiesto algo que
Simn no mostraba a sus convecinos; y como yo haba de denuncirselo al
lector ms tarde o ms temprano, lo har en este momento, y eso
tendremos adelantado.

Haba en la naturaleza de Simn algo refractario a lo imposible. Para
l, dentro de lo humano, todos los hombres eran capaces de todo; y si
cuando le toc la suerte de soldado alguien le hubiera dicho en broma
adis, mi general, l, encogindose de hombros, de seguro habra
contestado muy serio para sus adentros: Quin sabe?...

No por esto le asust su condicin de soldado raso mientras sirvi de
asistente a su coronel. El cmo y el cundo no preocupaban a Simn gran
cosa. Gustbale mucho viajar de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad;
y viendo aqu y escuchando all, fue familiarizndose con ciertas cosas
y acontecimientos, pero sin enamorarse de ellos. De este modo, al tomar
su licencia en Madrid, sali hacia su pueblo sin penas ni alegras; y al
mirar a la corte desde lejos, envile una despedida que tanto poda
significar adis para siempre, como hasta la vista.

Senta, sin embargo, dentro de s mismo, aunque muy poco pronunciada,
una aficin especial: la poltica; y el temor de perderla de vista, era
lo nico que le haca poco placentero el recuerdo de su pueblo. No
necesito decir que la poltica que amaba Simn era la callejera, la
poltica de las noticias. Esta le embelesaba tanto, que haciendo una
calaverada, como l deca, invirti una parte de la rumbosa
gratificacin que le hizo el coronel al despedirle en la suscripcin a
un peridico noticiero y baratito, que no le falt un solo da despus
de llegar a su casa. He aqu por qu estaba al tanto de los ascensos de
su coronel.

Era Simn de voz sonora, reposado en el hablar, de palabra rebuscada y
frase difcil; pobre de imaginacin, por ende, y no muy sutil de
entendimiento; muy aficionado a perorar, y liberal de conveniencia, si
es que tena alguna opinin poltica. Y digo de conveniencia, porque en
sus expansiones con el coronel sola decirle: Me gustan los liberales
porque con ellos hablan todos y de todo cuanto les da la gana. No estoy
yo, como _los otros_, porque slo hablen de ciertas cosas los que lo
entienden.

Instalado Simn en su pueblo, como sabemos, se guard muy bien de
ocuparse en otra cosa que en su familia y su negocio. Pero le tom
tanto cario a este ltimo, que estuviese resuelto a seguir explotndole
mientras a ello se prestase? No por cierto. Antes al contrario: a medida
que se iba haciendo independiente, iba mirando con menos apego los
reducidos horizontes de la aldea.

No se acentuaba en l una ambicin determinada, quizs porque se crea
capaz de todo, en teniendo alas con que volar. Pero todava no le
atormentaba la prisa; y esto poda consistir en que tena que ocuparse
en refrenar la que devoraba incesantemente a su mujer, que volaba en
ambiciones mucho ms alto que l. Simn, cuando menos, tena la
habilidad o el privilegio ingnito de saber disimular. Juana, por el
contrario, se haba hecho insufrible. _Despachaba_ detrs del mostrador
con ms humos que un ministro en su poltrona, recibiendo a sus
parroquianos con un hocico y unos dengues como una seorona de horca y
cuchillo. Indignbale la osada de los muchachos que, a veces y por
curiosear, asomaban la cabeza dentro del establecimiento, y prohiba
severamente a su hija, nia de tres aos, jugar con sus conocidas, por
no haber entre ellas ninguna de su _parigual_.

Un da dijo a su marido, que estaba meditabundo, sentado junto a ella
detrs del mostrador:

--Simn, la verdad es que esto se va poniendo cada vez ms inaguantable.

--Eh?--respondi Simn, un tanto azorado, como si le hubieran
descubierto un secreto.

--Quiero decir que t y yo estamos siendo los _cerineos_ de todo el
pueblo, y que el oficio no tiene nada de divertido.

--Pues no te entiendo, Juana--repuso Simn, disimulando el placer con
que entraba a discutir aquel punto.

--Digo que esta casa es el pao de lgrimas de toda esa _gentuza_. Que
un vecino no tiene que comer; pues aqu a empear la manta o el jergn.
Que otro necesita un par de pesetas; aqu a vender el grano. Que otro
quiere un empeo para _all arriba_; aqu a buscar la carta tuya. Que a
una le pega el marido una paliza; aqu al vuelo a llorar la lstima. Que
me echo yo un refajo nuevo; aqu en seguida a saber lo que me cost, y
en qu tienda de la villa le compr.... Que el medio cuartern de
aceite, que los dos cuartos de hilo, que la moneda roosa, que la fa....
Vamos, Simn, que esto es un laberiento que acaba conmigo.

--Y nada ms?--djola Simn con mucha flema.

--Y te parece poco?

--Pues ven ac, mal pecao, y dime: sin ese cuartern de aceite, y esos
dos cuartos de hilo, y ese grano comprado a lance, y el empeo de la
manta, y el servir a todo el que se presenta, si se puede y vale la
pena, qu sera de nuestros intereses? Acurdate que cuando nos
establecimos, apenas haba en casa cuatro mil reales mal contados. Te
dejaras hoy ahorcar por treinta mil?

--Cierto es eso, Simn, y no me quejo yo de la fortuna.

--Pues de qu te quejas entonces?

--Quiero decirte que sin tanto trabajo como el que aqu tenemos,
podamos hacer ms..., pinto el caso, en otra parte.

--Conque en otra parte!... Y cmo? Se te figura a ti que estos cuatro
cachivaches que uno tiene en casa van a producir ms en otro lado, donde
haya que pagar la tienda y hasta el agua que uno beba?

--Claro que no. Pero deca yo que si con esto que ya tenemos y, pinto el
caso, un estanco que te sacara el general... en la villa....

--Agurdate un poco--dijo Simn, fascinado de repente con la indicacin
de su mujer--. No haba dado yo en lo del estanco.

--Y de este modo--continu Juana, explotando aquella favorable actitud
de su marido--podramos ensear algo a la nia para el da de maana, si
la suerte quiere favorecerla con un buen acomodo.... Porque aqu, ya
ves t que nada bueno puede aprender.

--Que estamos conformes, mujer!... Pero....

Y Simn se rascaba la cabeza y frunca la boca.

En esto entr el seor cura, venerable viejecito, a comprar dos cuartos
de hilo negro para recoserse la sotana.

--Ms a tiempo no poda usted llegar, seor don Justo--le dijo Simn.

--Pues que ocurre?--pregunt el cura.

--Algo muy serio para nosotros--respondi Simn ingenuamente.

--Que no le importa un rbano a nadie de fuera de esta casa--salt Juana
con acento brusco, temiendo que la intrusin de un tercero pudiera
torcer la marcha de aquel asunto que tan a su gusto caminaba.

--Pues quedaos con Dios--dijo el seor cura, que ya conoca el humor de
Juana, disponindose a salir de la tienda.

--Poco a poco, seor don Justo, y usted perdone--dijo Simn
detenindole--, que para estas ocasiones son los consejos de los hombres
de saber.

--Pues aconsjate de tu mujer--repuso el cura--, que parece no necesitar
consejos de nadie.

--Mi mujer, que quiera que no, tomar el que usted le d--aadi Simn
mirando con firmeza a Juana.

Hizo sta un gesto de desagrado, y continu su marido:

--Es el caso, seor cura, que quisiramos trasladarnos a la villa con la
tienda y algo ms que pudiramos aadirla.

--Si ese es vuestro gusto--dijo el cura,--quin os lo ha de impedir?

--No se trata de eso, sino del temor que yo tengo de que cambiemos, como
el topo, y usted perdone la comparanza, los ojos por el rabo.

--Pues si temes eso, por qu te quieres mover de aqu?

--Es que, por otra parte, parece que nos conviene ir a la villa.

--Pues entonces id benditos de Dios.

--No me explico bien, seor don Justo.

--Pues explcate mejor.

--Voy a hacerlo sin rodeos. A usted qu le parece? Nos conviene o no
nos conviene salir de aqu?

--Antes de responder a esa pregunta, necesito que t me respondas a
otra.

--A cuantas usted quiera, seor cura.

--Pregunto, pues: es slo el deseo de acrecentar vuestras ganancias,
extendiendo el comercio y la parroquia, lo que os mueve a abandonar este
pacfico rincn, o hay en vosotros alguna otra ambicin de distinto
gnero?

Al sentir esta estocada al pecho, Simn mir a Juana, Juana mir a
Simn; y el seor cura, mirando al uno y a la otra, adivin lo que, al
cabo de un rato y despus de sonrer y vacilar mucho, contest Simn en
estas palabras:

--Ya veo, don Justo, que para usted no hay secretos ni disculpas. La
verdad es que tenemos una nia que no puede educarse aqu como nosotros
quisiramos. Por otra parte, Juana, como no ha nacido en este pueblo, no
le tiene gran ley que digamos.... Adems de que tambin yo tengo ac en
mis adentros cierto escarabajeo que... en fin, seor cura, ya sabe
usted que la paloma no vuela a su gusto en el palomar.

--No te haca yo pjaro de tan alto vuelo, Simn--dijo don Justo con
sorna.

--Es un decir, seor cura--aadi Simn algo confuso--. Por lo dems,
esto es todo lo que tena que decirle a usted. Conque hgame el favor de
darme su parecer sin reparos ni miramientos.

--Pues sin miramientos ni reparos voy a drtele desde el fondo de mi
corazn, en vista de lo que me dices..., y de lo que te callas, y,
sobre todo, de que me le pides:

Llevis aqu cuatro o cinco aos de establecidos, y en ese tiempo habis
hecho una fortuna que os permite ser las personas ms independientes del
pueblo. Todos en l os necesitan, casi todos os respetan y muchos os
envidian. Dejar esto, que es seguro y positivo, por la esperanza
ilusoria de otra cosa mejor, tngolo por verdadera temeridad a ms de
insigne ingratitud. Dados vuestros antecedentes, vuestra procedencia,
vuestra educacin, concededme, y no os ofendis por ello, que lo
probable, lo racional, lo seguro, es que no hagis en parte alguna papel
ms alto y ms airoso que el que hacis aqu. Y en cuanto a la educacin
de vuestra hija..., qu he de deciros? Yo tengo para m que el mejor
colegio para una nia es una buena madre; especialmente cuando la nia,
como la vuestra, se ha envuelto en toscos paales y no conoce otras
grandezas que las que Dios ha impreso en sus obras. Tal es mi parecer,
en substancia; y si an os resulta largo, os le condensar en dos
axiomas, que no por ser vulgarsimos, dejan de ser muy dignos de que
meditis sobre ellos:

_La piedra movediza no cra moho.

Ms vale ser cabeza de ratn que cola de len_.

Pensativo dej al matrimonio el desengaado parecer de don Justo; pero
todava se atrevi Simn a hacer este pequeo reparo:

--En todo caso, seor cura, siempre nos quedar el recurso, si nos pinta
mal fuera de esta casa, de volvernos a ella con los trastos.

--Por supuesto!--dijo con irona don Justo--. Al salir de aqu dejis a
la fortuna clavada detrs de la puerta, hasta que volvis a decirla que
os ampare. Como si no hubiera otros que se aprovecharn de ella en
cuanto vosotros la abandonis! Inocentes!

Volvi a mirar Simn a su mujer, como preguntndola: qu te parece de
esto?; pero con tal mirada y tal semblante le contest Juana, que, no
pudiendo aqul resistirla sereno, volvi sus ojos al seor cura, y le
dijo por decir algo:

--Lo pensaremos, seor don Justo.

--Y haris bien--replic ste.

Y como haba ledo muy claro en la ltima mirada de Juana a su marido,
comprendiendo que estaba all de ms, concluy con estas palabras:

--Conque, hijos mos: dicho lo dicho, me largo a mis quehaceres; pero
conste que no me he mezclado en vuestros asuntos hasta que lo habis
solicitado, y no dudis que aqu o dondequiera que la fortuna os
coloque, no han de faltaros mis pobres oraciones ni mis deseos de que
Dios, autor y dispensador de toda felicidad, os la d tan cumplida como
duradera.

--Amn!--dijo Juana en un arranque de despecho, mientras sala de la
tienda el santo varn.

Simn se qued pensativo.

Iba, de fijo, a promoverse un altercado entre la mujer, que estaba
dominada por el demonio de la impaciencia, y el marido, que no lo
estaba tanto, cuando entr la nia llorando en la tienda.

--Qu tienes, hija del alma?--le pregunt Juana entre iracunda y
alarmada.

--Te me pel... Titina... la del Toco.... Hi, hiiii...

--Que te peg Cristina la del Cojo, hija ma?--dijo Juana, nico
intrprete capaz de traducir al castellano aquellas palabras, dichas por
la media lengua de la inocente--. Y por qu te pego, ngel de Dios?

--Hi... hiii.... Polque tela tugal tomigo, y yo..., hi, hiii..., no
tela tugal ton ella, y... y... y la llam piojosa.

--Hiciste bien en llamrselo, hija ma! Quin es ella para ponerse a
jugar contigo?--exclam, en un sincero arranque de soberbia, la mujer de
Simn--. Y si despus de esto no saca tu padre al suyo los ojos, o el
dinero que le debe, te digo que no tendr sangre ni vergenza.
Miserables! Tras de que si no fuera por uno, se moriran de hambre!...
Y todava hemos de andar aqu en contemplaciones, pedriques y
gazmoeras, para hacer lo que nos d la gana de nuestra hacienda! |Ah,
si yo tuviera los calzones!...

Disponase a responder Simn a Juana desde la puerta, contra la cual
estaba recostado, mirando a la calle, cuando sali botando, de hacia la
cocina, un perrazo de spero y sucio pelaje, con una morcilla chorreando
caldo entre los dientes. Iba a enfilar la puerta como una exhalacin;
pero vindola ocupada por _el amo_, salt sobre el mostrador, sin duda
para que le sirviera de trampoln; y derribando y haciendo aicos media
docena de vasos y una botella, cruz el espacio como un cohete; pas,
sin tocar, sobre la cabeza de Simn; cay en la calle, sin soltar la
morcilla, por supuesto, y desapareci en la calleja inmediata.

--El perro del sacristn!--grit Simn al verle, disponindose a coger
una tranca.

Pero todo fue intil: la aparicin del animal, el desastre del
mostrador, el salto sobre Simn y el desaparecer en la plaza, fu obra
de un solo instante.

Juana alcanzaba el cielo con las manos al contemplar los destrozos
causados por el perro ladrn.

--Y esto es de todos los das!--gritaba fuera de s.

--Yo te aseguro--grua Simn--que he de hacer pagar caro a su amo este
estropicio.

--S!--deca Juana--; como la media libra de tocino que te rob de
entre las manos el otro da ese mismo demonio de animal! Como el pollo
que me sac de la tartera antes de ayer el gato del enterrador! Como el
grano que se zamparon ayer en el desvn las gallinas del vecino! Como
tantas otras cosas que se nos van por arte del demonio!

Y como todo lo converta al punto en substancia aquella impetuosa mujer:

--Cuando te digo--concluy--que no se puede vivir en este pueblo!, que
nos han de dejar en l sin camisa y sin salud!

--La verdad es--refunfu Simn--que se le acaba a uno la paciencia para
bregar con esta gente.

--Eso te estoy predicando yo todos los das, y no me haces maldito el
caso.

--Ms de lo que a ti se te figura.

--Poco se te conoce.

--Porque me gusta ms hablar a tiempo que hablar mucho.

--Pues a qu esperas, alma de hielo?

--A que me saque el general el estanco en la villa, que voy a pedirle
hoy mismo.

--Acabaras, con dos mil demonios!--exclam Juana en un desahogo de
insensata alegra.

--Las cosas, mujer, han de seguir su marcha natural--dijo Simn con
acento solemne y reposado, como si hubiera consignado una gran
sentencia--. Te aseguro--aadi en tono an ms campanudo--que _esto del
perro me ha llegado al alma_, y que me pesa en ella mucho ms que las
palabras del seor cura.

No hay que rerse de esta ocurrencia de Simn, que a razones de igual
peso suelen agarrarse ciertas pasiones para triunfar del corazn humano
cuando ste desea ser vencido.

       *       *       *       *       *

Algunos das despus vi el vecindario dos carros _enrabados_ a la
puerta de la abacera; luego vi cargar en uno de ellos las aceiteras,
los barriles, los cacharros, las chucheras de la tienda, hasta los
estantes y el mostrador!; vi en seguida cmo en el otro carro se
colocaron los colchones, las camas desarmadas, la batera de cocina...,
todo el ajuar de la casa de Simn; cmo se acomodaron en un hueco dejado
al efecto sobre los colchones, Juana y su nia, despus de haberse
restregado la primera los zapatos contra el suelo repetidsimas veces,
mirando al mismo tiempo a todas partes, cual si quisiera, con alarde tan
necio, dar a entender que hasta el polvo de aquel suelo la ofenda; vi
la gente tambin cmo, despus de sacar hasta la escoba, cerr Simn la
puerta y se guard la llave en el bolsillo, y luego ponerse en
movimiento los carros, a los cuales segua Simn, saludando con gravedad
a cuantas personas le despedan desde lejos con un movimiento de cabeza;
no vi una sola vez asomar la de Juana fuera del toldo bajo el cual iba;
y vi, por ltimo, que los dos carros y Simn, que marchaba siempre
junto a ellos, despus de atravesar la plaza, tomaron el camino de la
villa y desaparecieron en l.




CAPTULO II


Esta villa era como todas o la mayor parte de las villas de Espaa: un
mal remedo de ciudad, sin dejar de ser aldea; o mejor, todo lo malo de
la aldea y de la ciudad, sin tener nada de lo bueno de ellas. No tena
de la aldea la holgura, ni la independencia, ni el horizonte, ni el aire
puro, ni el sol esplendoroso, ni los aromas, ni el plcido aislamiento;
pero s sus miserias, sus _vecindades_, su escasez de recursos, su
soledad, su desamparo, su pequeez. No tena de la ciudad los
monumentos, los espectculos, la polica, la provisin de todo, la
cultura, las comodidades; pero s sus etiquetas, sus necesidades, sus
estrecheces, su esclavitud, sus pestilencias. Rega all la ley de
razas, si no por colores, por posiciones o categoras, y se guardaban
las distancias hasta en la casa de Dios, nico punto de la tierra en que
es un hecho la decantada igualdad social, menos cuando se trata de esos
ridculos trminos medios entre la confusin de las grandes poblaciones
y la tranquila sencillez de la vida campestre.

Remedo de aquella presuntuosa sociedad era el pueblo mismo. Lleno de
tiendas de gran fachada, no se venda en ellas lo ms indispensable para
la vida que all haca la gente encopetada; gruan y se revolcaban los
cerdos en las calles mal empedradas; pastaban las aves de corral en las
grietas de las aceras y en los rincones de la plaza, y en el campo
inmediato, mitad jardn y huerta, mitad de labranza, ni esponjaban las
flores, ni maduraba la fruta, ni el trigo espigaba, ni el heno creca.

Por todo este conjunto desentonado y angustioso, haban trocado Simn y
Juana su pintada casita de aldea, sus hermosos horizontes y sus floridos
linderos, cuatro aos antes del momento en que el lector y yo entramos
en la villa de que se trata.

Corra el mes de mayo a la sazn, y el follaje, los pjaros, las flores
y el cfiro que los columpiaba, llenaban toda la campia. De todos estos
primores de la naturaleza, slo alcanzaba a la villa tal cual penacho de
mortecinas flores, que algunos frutales raquticos dejaban ver sobre los
mohosos lomos de esta y de la otra tapia, aun en las calles ms
cntricas, como anuncio burlesco de una fruta que no haba de llegar a
la madurez.

Tena aquel pueblo tambin, como todos los pueblos, como todos los
hombres, su especialidad, su fatalidad invencible, su _ananke_
insuperable, como dira Vctor Hugo. Este _ananke_ era un regato, el
cual regato naca en un cerro vecino; y dejando morirse de sed durante
el verano a la pobre campia que atravesaba, tena la desvergenza de
inundar varias veces cada invierno, y merced a las aguas que le
prestaban las lluvias y las destilaciones del cerro, la parte ms baja
de la villa a cuya proximidad pasaba.--Aquel regato, los desmanes de
aquel regato, el partido que poda sacarse de aquel regato encauzado
convenientemente, eran la pesadilla y el tema sempiterno de todos los
municipios de la villa y de sus ms reposadas deliberaciones.

La cuestin del regato reapareca nueva y palpitante de inters entre el
vecindario a cada Congreso que se constitua en Madrid, a cada municipio
que se elega en la villa, a cada gobernador que se cambiaba en la
capital de la provincia. Y dicho queda con esto que la tal cuestin
apenas se olvidaba un punto.

Y era de or cmo se hablaba entre aquellas gentes de _canalizar_, de
_fecundizar_, de _obras de fbrica_, del _curso del ro_, de
_empalizadas, murallones y_ otras magnitudes por el estilo, ni ms ni
menos que si trataran de dar nuevo cauce al _Amazonas_, o de poner un
dique a los furores del Atlntico, cuando, en rigor, todo estaba
reducido a retorcer el cauce del regato, junto a la villa, en un
trayecto de cuarenta varas, de dos de anchura por otras tantas de
profundidad!

Esta era la necesidad ms apremiante; y era otra, bastante urgente, la
de abrir algunos canales de riego, por los cuales se distribuyera
convenientemente el caudal del arroyo en invierno, a fin de que empapase
toda la campia por igual, de modo que en verano conservara alguna
frescura, ya que en tan calorosa estacin todo canal era intil, puesto
que se secaba el regato hasta su origen, y no corran por su cauce otras
cosas que las nubes de polvo que levantaba el viento, las lagartijas y
las cucarachas.

Cabalmente el da en que nosotros entramos en la villa con esta
narracin, haba en las Casas Consistoriales reunin de contribuyentes
para tratar de este perdurable asunto, con motivo de haber ido a las
Cortes un diputado natural de un pueblo inmediato, al cual representante
iba a encomendarse la tarea, no floja, de conseguir del Gobierno la
proteccin tantas veces intentada en vano por el vecindario de la villa.

Estaba el saln de bote en bote, como decirse suele; pero figurando en
los bancos de preferencia, inmediatos a la comisin, el _se__oro_, o
sea la gente de levita, aunque all la gastaban casi todos.

Abierta la sesin, y despus de leda la exposicin de razones que se
elevaba a la consideracin del Gobierno, dijo el presidente:

--Creo, seores, que en esto todos estaremos conformes. Que las crecidas
del ro perjudican a la poblacin, y que el canalizarle aprovechara a
la campia no puede negarlo nadie.

--Conformes--dijeron todos.

--Medios que se proponen para llevar a cabo esta empresa--continu el
presidente--: Que pague el Gobierno la mitad de los gastos calculados, y
la otra mitad el pueblo.

--Conformes--contest la concurrencia.

--Recursos con que cuenta el pueblo para pagar su parte, y cuya
aprobacin solicita--aadi el presidente hojeando la instancia en
borrador, que estaba sobre la mesa--. Primero: la demolicin de la
capilla de San Roque que se halla a la vera del ro... Seores--dijo
volvindose al auditorio, en ademn resuelto--: La comisin ha tenido
presente, al hacer esta proposicin, la proximidad de la capilla al
sitio en que ha de abrirse el nuevo cauce; los sillares y la madera que
puede darnos para la obra de fbrica que est indicada all mismo, y el
dinero que han de valernos los ornamentos y las esculturas, sacados
oportunamente a remate. Se me dir por algunos que en esa capilla se
dice la primera misa en los das festivos, por lo cual es, hasta cierto
punto, una necesidad para el vecindario la conservacin de ese pequeo
templo; pero, seores, lo cierto es tambin que esa necesidad es
puramente moral, al paso que la otra se toca y se palpa, y afecta a la
hacienda y hasta a la vida de muchos de nosotros; de nosotros, seores,
que somos muy liberales.... Digo, por tales os tengo... (_Voces
estrepitosas: S, s_!) Pues bueno: si, como liberales que somos, no
nos pagamos de ciertas preocupaciones aejas... (_Voces: No, no_!), a
qu desechar ese recurso, cuando con l podemos remediar en gran parte
la calamidad que nos aflige cuatro, cinco y seis veces cada invierno, y,
en sentido inverso, todo el verano? (_Muchas voces: Abajo la capilla de
San Roque! Abajo los curas_!) No tanto, seores, no tanto!; con la
capilla hay bastante _por ahora_. (_Bravos frenticos en la sala_.)
brese discusin sobre este asunto.

Momentos de silencio, durante los cuales pudo creerse que todos estaban
conformes con la opinin del presidente, o que nadie se atreva a
manifestar otra distinta.

Creyendo lo primero, iba a dar la comisin por aprobada la base, cuando
se levant un pobre cura, viejo ya, y achacoso como viejo, que haba
obtenido voz, pero no voto, en el saln, por una especial merced de los
congregados, a protestar contra las palabras del presidente. Demostr,
en voz cascada y lenta, pero impvido, primero: que era una superchera
lo de que la demolicin de la capilla pudiese proporcionar los recursos
a que se refera el presidente; que no haba en el edificio ms sillares
que los pequesimos y carcomidos de la puerta; que los ornamentos no
valdran, en subasta, dos pesetas, y que no llegaran a treinta reales
las esculturas del pobrsimo y desmantelado altar. Esto lo demostr como
dos y dos son cuatro. Segundo: que aun en el caso de ser ciertos los
risueos clculos del presidente, la fe de un pueblo catlico, las
santas tradiciones, las exigencias del culto divino, el respeto al
derecho de los dems y a la ley comn, exigan que no se procediese tan
de ligero en un asunto tan grave, siquiera porque no se dijese por algn
malicioso que se obedeca a un _resabio de partido_ ms bien que al
rigor de una apremiante necesidad.

Todo lo cual vali al pobre sacerdote una tempestad de murmullos, entre
los cuales tuvo que sentarse, abandonando en seguida el saln, por no
autorizar con su presencia la discusin de un punto para l
indiscutible.

Por segunda vez iba a darse por terminado el asunto, cuando pidi la
palabra un hombre joven, rechoncho, de escasa frente, pero de mucha
cara, abultado de pecho, ancho de espaldas, muy atusado de pelo y crespo
de bigote, grueso de manos y amanerado en el vestir. Aquel hombre era
Simn Cerojo, que tena ya toda la gordura y todo el lustre, y aun todo
el traje, propios de un tratante en _caldos_ que va en prspera fortuna,
pero que no ha llegado todava a la mitad de su carrera.

--Seores--dijo Simn, despus de carraspear mucho y de atusarse el pelo
no poco--: Yo, el ms incompetente y el ms... y el ms ineto (_Risas
hacia los bancos de la comisin_), y el ms ineto, digo, de los
presentes que aqu estamos, me levanto a terciar en este debate, ya que
nadie ha querido hacerlo despus que us de la palabra el dino seor
cura. (_Risas y jujeos a su lado_.) S, seores, dinsimo... (_Risas
generales_.) Dinsimo digo, y circunspecto aado! (_Carcajadas_.) Pero
voy al caso. Dice el seor presidente que el inters moral no es quin
contra el inters material y del momento. No dir que no tenga razn el
seor presidente; pero tampoco dir que la tenga. (_Ms jujeos_.) Me
explicar, seores; que, por lo visto, aqu todos son eruditos y saben
latinidades. (_Risas de levita y aplausos de chaquetn_) Que es
respetable la necesidad de echar el ro por otra parte, y respetable la
cantidad que valga la ermita despus de derribada, y respetables los
materiales que proporcione para la obra: concedido. Pero se dice: No es
respetable el inters moral. Yo no dir que lo sea; pero las
aparencias tan siquiera, seores; las aparencias! (_Risotadas ac y
all_.)

Reirvos lo que queris, si eso vos engorda, que yo por ello no he de ser
ni menos contingente... (_Asombro_), ni menos liberal. (_Sensacin_.)
Deca, seores, que debemos salvar las aparencias, ya que no pueda
salvarse la ermita de San Roque. Yo soy cristiano, tan cristiano como el
que ms... _Rumores_. S, seores, tan cristiano como el que ms; pero
ms liberal que el primero que se presente. (_Estrepitosos aplausos_.) Y
claro est que mi concencia no se asusta porque haiga una iglesia ms o
menos...; porque yo no soy de esos fariseos que especulan con la
religin!... Frenticos aplausos, ni tampoco de esos otros que no
quieren nada con ella! (_Rumores_.) Me gusta vivir bien y ser tolerante
con todos. Por eso soy buen cristiano... (_Murmullos_), buen
catlico!... (_Risas_) y buen liberal! (_Aplausos. El orador se limpia
la cara con el pauelo, y pide un vaso de agua con anisete, que no le
sirven_.) Repito que si el derribo de la capilla es tan necesario como
se dice, que se lleve a efecto; pero que no se desoigan las palabras del
seor cura, que, al cabo, todava hay muchas almas que le escuchan.
Cmo yo haba de oponerme a ningn proyecto de inters general? Que
caiga la ermita, si est de Dios que ha de caer; pero que caiga con el
respeto debido a los que se oponen a ello. Esto es lo que quera yo
decir..., porque yo soy muy contingente, muy tolerante y muy liberal.
He dicho. _(Aplausos, risotadas y murmullos. El orador recibe las
felicitaciones de algunos colegas; vuelve a limpiarse el sudor con el
pauelo, y escupe pegajoso varias veces en medio de la sala.)_

No habiendo quien quisiera ilustrar ms el asunto, psose a votacin, y
fu aceptado casi por unanimidad lo propuesto por la comisin.

Y continu el presidente:

--Segundo medio de arbitrar recursos: Se autoriza al municipio para
imponer a los artculos de _beber_ y _arder_ un recargo de seis por
ciento.

--Eso no, voto al demonio!--dijo Simn Cerojo, ponindose de pie sobre
el banco y echando espumarajos de ira por la boca, contra su mesura, su
tolerancia y su _contingencia_ acostumbradas.

--Lo mismo digo!--gritaron otras muchas voces alrededor de Simn--.
Fuera ese artculo! Abajo la comisin!

--Orden!--gritaba el presidente dando bastonazos sobre la mesa.

--Afuera _la canalla_!--vociferaban los seores propietarios,
encarndose con la masa tabernera.

--Abajo los tiranos!--gritaban algunos _caldistas_ desde lo ltimo de
la sala--. Viva el pueblo que trabaja!

--Viva el duque de la Victoria!--grit un zapatero.

--Orrrden!

--Abajo los de arriba!

--A la calle los de abajo!

--Orrrrrdeeennn!

Y nadie se entiende all, porque todos gritan y se revuelven y manotean,
armndose un tumulto tan espantoso, que me ro yo de los que se
promueven cada da en el templo de nuestra Representacin nacional.

Al cabo de media hora, y sin duda por cansancio, se calma la tempestad.

--Es digno de observacin, seores--dijo entonces el presidente--, lo
que acaba de pasar aqu. Un hombre que, segn l mismo nos ha dicho, es
todo _tolerancia_, todo _moderacin_ y todo _contingencia_ (_Risas_), es
cabalmente quien ha amotinado el saln en cuanto ha visto que se tocaba
al pelo, no ms, de sus intereses particularsimos. _(Simn Cerojo pide
la palabra para una alusin personal.)_ As es, seores, el patriotismo
de algunos hombres! Y no digo ms.

--Seores diput..., digo circunstantes: cumple a mi hombra de bien, a
mi lealtad y a mi... contingencia (_Risas_) dejar bien claro este
punto. Yo no me he rebelado contra la base que se ha ledo slo por lo
que toca a mis intereses, sino por lo que no toca a los de los dems.
(_Murmullos_) Me explicar. Se trata de hacer una obra que beneficie
los terrenos que hoy cruza el ro, y se propone que la paguemos, en su
mayor parte, los que tratamos en artculos de beber y arder...,
precisamente los que no tenemos media libra de tierra en la campia.
Contra esto me rebelo, porque no es justo. Pero tampoco es nuevo en este
pueblo ese modo de proceder, y por lo mismo que no es nuevo, y ya estoy
cansado de arrimar el hombro para que otros suban a lo alto, es por lo
que me rebelo con ms empeo. _(Aplausos hacia abajo. Murmullos hacia
arriba.)_ Yo soy muy liberal, pero no consiento que nadie me pise y me
atropelle; y tambin muy tolerante, pero no a costa de mis intereses,
que son el pan, y el sustento, y la... contingencia intelectual...
(_Jujeos_) de mi familia. Yo pagar la parte que me corresponda para
echar el ro por otro lado, de modo que no toque a la villa, que al
cabo, y bien sabe Dios por qu, en ella vivo; pero el que quiera buenas
tierras y bien regadas, que lo sude de su bolsillo. _(Aplausos entre los
caldistas.)_

--El seor Cerojo--dijo con retintn un personaje muy soplado de la
seccin de propietarios--, y los dems taberneros que le rodean, no son
muy partidarios de que se aleje el ro, o mejor dicho, el agua que
lleva, de sus establecimientos. No me extraa.

--Oiga ust, si pendn--respondi un caldista, asaz mugriento y
desengaado--, piensa ust que, aunque pobres, vivimos aqu de estafar
a inocentes, como hace algn seorn que yo me s?

--Al orden, seores!--grit el presidente deseando torcer el sesgo
peligroso que tomaba el debate.

--Yo no s cmo piensan en esto mis _clegas_--objet Simn, afectando
desdn hacia las palabras del propietario--; pero s cmo pienso yo, y
por eso he dicho lo que dije; y ahora aado que siempre somos la carne
de pescuezo en este pueblo, los pobres artistas; que lo bueno, lo cmodo
y lo de lustre, all se lo reparten los manates. Entonces no se cuenta
con nosotros ni para un triste saludo de cortesa, porque lo tienen a
menos; pero cuando se trata de sacar dinero... (_Protestas de arriba_),
se nos busca y se nos mima. (_Aplausos abajo_.) Y esto es insufrible,
inominioso para nosotros; y yo reniego ya hasta del da en que puse los
pies en la geografa de este pueblo.

--Seor Cerojo, seor Cerojo!--grit el presidente sin poderse contener
por ms tiempo--, esas palabras son indignas de este sitio y de esta
concurrencia, y yo espero que usted las retirar espontneamente.

--Yo no tengo nada que retirar ms que a mi persona, que voy a
retirarla de aqu ahora mismo.

--No ser sin que antes le demuestre yo, con una prueba sencillsima,
todo lo importuno que ha sido su enojo, todo lo inconveniente que ha
sido su conducta, ya que no se lo ha dado a entender la muy diferente y
digna que han observado otros seores comerciantes que se hallan aqu
presentes.

--Es que a esos seores no se les ha pedido nada.

--Eso es lo que usted no sabe.... Seores, para que se comprenda toda
la intemperancia del seor Cerojo y sus amigos, baste saber que de la
base que tanto le ha sulfurado, no se ha ledo ms que la mitad!
(_Atencin general_.) La otra mitad dice as: ... y otro recargo de
tres por ciento sobre la clavazn y quincalla (_Protestas de los
quincalleros_), paos del reino.... (_Enrgicos rumores entre los
paeros_), y otros artculos de vestir y calzar. (_Alaridos en varias
partes del saln_.)

--Ahora no soy yo el intemperante, seor presidente!--vocifer Simn,
dominando con dificultad el tumulto que empezaba a reinar en la sala.

--Orrrdeeen, seores!--grit el presidente.

--Justicia era mejor!--le contestaron muchas voces.

--Catalana hay que hacerla en este pueblo!--aadieron otras.

--Orrrrdeeeen!

--Afuera esa _gentuza_!--gritaron otra vez los propietarios.

--Abajo la comisin!

--Y los que quieran engordar a la sombra de ella!

--Vivan los pobres honrados!

--Viva el duque de la Victoria!--volvi a gritar el zapatero.

--Orrrdeeen!

--Canalla!

--Ladrones!

Y se repite el tumulto, y la cosa se pone seria, y los prudentes
desaparecen, y el presidente, enronquecido ya, sube sobre la mesa y
logra hacerse or breves momentos.

--Seores--dice--: Por la centsima vez en mi vida presencio este
espectculo, hijo de la misma causa que hoy le ha promovido. Esto me
demuestra que los habitantes de este pueblo estamos condenados a sufrir
cobardemente, y por los siglos de los siglos, los desafueros de ese mal
regato. La comisin, al comprenderlo as tambin, hace respetuosa
renuncia de su cargo y levanta la sesin.

Silbidos, denuestos, un estrpito espantoso y alguna que otra bofetada,
fueron el resultado inmediato de esta arenga, y el trmino de aquella
reunin.




CAPTULO III


Mientras tales cosas pasaban en las Casas Consistoriales, ocurran otras
de bien distinta naturaleza junto al mismo regato de que se ha tratado,
a la escasa sombra que proyectaba el an no bien formado follaje de dos
cortas hileras de chopos, a las cuales se llamaba en la villa la
_Alameda grande_.

Como el da era de trabajo y la hora la menos a propsito para el
descanso, eran dueas absolutas de todo el paseo, para correr por l sin
estorbos ni tropiezos, hasta media docena de nias, de nueve aos la ms
esponjada; todas risueas, todas giles, todas hechiceras, como son
todas las nias a esa edad, cuando no estn cohibidas por la opresin
del vestido de gala o de las botitas recin estrenadas.

Tras aquellas nias tan alegres, que corran y gritaban sin cesar un
punto, no corra, sino andaba a lentos pasos, mustia y como recelosa,
otra nia no menos agraciada y no ms entrada en aos que ellas. Haba,
sin embargo, notables diferencias entre una y otras. De stas, las que
no eran rubias eran muy blancas; aqulla era morena. Las que corran
eran giles como cabritillas, y al correr pareca que no tocaban el
suelo con sus diminutos pies; la que las segua con la vista, era de
formas ms abultadas y de movimientos menos suaves y graciosos; y aunque
vesta lo mismo que ellas en forma y calidad, en la combinacin de los
colores y en _el aire_ de su vestido haba algo que no era del mejor
gusto. Indudablemente aquella nia no perteneca, como las otras, al
_buen tono_ de la villa, y por eso no tomaba parte en sus juegos ms que
con la intencin.

He observado muchas veces que las nias de corta edad son muy exigentes
en la eleccin de amigas, por lo cual difcilmente se familiarizan con
las que no sean de su categora social, o de otra ms alta si es
posible. Los nios son todo lo contrario: parece que tienen a gala
asociarse, para sus juegos y empresas, a todo lo ms perdido y
desarrapado que encuentran en la calle.

La nia rezagada de nuestra historia segua siempre, y aunque de lejos,
las evoluciones de las que corran, y frecuentemente, al encontrarse con
alguna de ellas, corra tambin, como si se forjara la ilusin de que
la perseguan al _escondite_ o la disputaban el sitio a _las cuatro
esquinas_.

Y como estas _libertades_ se las haba permitido varias veces, en una de
ellas la nia con quien tropez se detuvo jadeante; y echndose atrs
los rizos con ambas manos, exclam en el tono ms desdeoso que pudo:

--Qu plaga de moco, hija!... Cmo se agarra!

--Eso es de familia--dijo otra, que se par a su lado.

--Pues vamos a decirla una fresca--aadi otra--, a ver si se va.

--Si yo creo que hasta debe de tener _miseria_, mujer!--apunt una
delgadita como un mimbre, que oscilaba mucho al andar y se chupaba un
dedo en cuanto se paraba--. Cmo se _arrasca_!

--Oye, t--dijo al odo de la anterior, abriendo mucho los ojos y
enarcando las cejas, una pequeuela, muy nerviosa y asombradiza--. Si
traer la navaja!

--Qu navaja?--pregunt la delgadita, no muy segura de su valor.

--Una muy grandona que tena en la mano el otro da, a la puerta de su
casa.

--Y qu nos hara con ella, t?...

--Madre de Dios!...
Como estamos aqu solas y en medio de este bosque...

--Quieres que nos vayamos a casa?...

--Para ella estaba!--dijo con desenvoltura una mayorzuela que haba
odo estas observaciones--. Miedosas, ms que miedosas!...

--Pues juega t con ella si no!

--Como no juegue yo con ese pendn!... Primero iba y se lo deca a mi
pap.

--Vamos a buscar el perro que tenemos nosotros en la huerta, y a
_hinchrsele_ aqu mismo?--propuso la miedosa.

--Y si se la come toda?

--Que se la coma. Mi pap es alcalde...

--S; pero eso lo castiga Dios..., y puede que nos caiga algo malo.

--Pues qu hacemos si no?

--Vmonos a aquel rincn, a ver si se queda aqu sola y despus se
marcha.

Y esto dicho, las vanidosillas fueron desfilando lentamente y mirando
hacia atrs con el rabillo del ojo; llegaron a un ngulo de la alameda,
y all se acurrucaron en el suelo, formando estrecho y apretado crculo.

A todo esto, la pobre desdeada nia, que haba estado observando a las
otras durante su breve dilogo, mirando de reojo y mordindose las uas,
cuando las vi sentadas se dirigi hacia ellas paso a paso, con la
cabeza gacha; y al estar a media vara de las desdeosas, se dej caer al
suelo lentamente y se puso a deshojar las florecillas del csped, sin
arrancarlas, flechando ojeadas de travs de vez en cuando al grupo, y
sorbiendo muy recio el aire con las narices.

--Hija, qu peste de chica!--exclam impaciente la mayorzuela al verla
a su lado otra vez--. Ni aunque fuera de engrudo!

--As ella se pega!--observ la ms cachazuda.

--Si el otro da la vi yo limpiarse las narices con la enagua!--dijo
muy admirada la delgadita, sonndose las suyas con los dedos.

--Vamos a araarla?--propuso la nerviosa, crispando los suyos.

--Eso no es de tono, hija--respondi la mayor--. Mejor es otra cosa,
ahora que me acuerdo.

--Qu cosa es?

--Darla mate, para que rabie de envidia.

--Pues empieza t.

--Vers qu pronto. Amigas de Dios--continu muy recio, de modo que lo
oyera la intrusa--: mi pap vino de las Indias el ao pasado..., y
trajo cinco fragatas cargadas de onzas..., y un negrito para que le
sirviera el chocolate...; y es tan rico, que se cartea con el rey de
las Indias...; y a m me da dos reales cada vez que es su santo..., y
yo los echo en lo que me da la gana...; y tengo tres muecas de
resorte, y un muestrario de botones que le regal a mam para m una
modista que quit la tienda...; y tengo dos marmotas de lana para ir al
colegio en el invierno..., porque yo voy al colegio, y no a la escuela
de zurri-burri, como algunas infelices... que yo conozco..., y puede
que no estn muy lejos de aqu. Yo voy a cumplir siete aos; y cuando
los cumpla, me dar mam una pechera de imitacin, que ella ya no pone,
para hacer unos encajes a la mueca grande; y un seor que viene a casa,
me da dos cuartos todos los domingos; y si yo quisiera, me regalara una
almohadilla de coser, con su llave de oro y su dedal de plata..., y...
y... (Ahora t)--dijo a la nerviosa, que la segua por la derecha; la
cual, despus de estremecerse y de mirar con ojos espantados a la
solitaria nia, continu:

--Pues mi pap es alcalde de toda la villa, y tiene tres casas como tres
palacios, y un primo en la corte del rey; y mi mam tiene una doncella
que es hija de condes, y siete vestidos para cada hora que da el rel, y
una cadena as, as, as de larga, que le cost un milln a pap cuando
estuvo en Pars de Francia. Y cuando yo sea grande, me comprarn tres
vestidos cada mes, y un rel con diamantes y botas a la emperatriz. Yo
voy tambin al colegio con sta; y en mi casa se come principio todos
los das, y los domingos se toma caf; y mi pap tiene un perro en la
huerta que muerde a las tarascas pegotonas.

--Yo soy hija de juez--dijo la que segua a la nerviosilla--; y siendo
hija de juez, a mi pap le sirven cuatro alguaciles, de levita, y le
llaman _usa_; y adems le pagan una onza cada da todos los espaoles;
y cuando va a Madrid, vive en los palacios del rey; y la otra noche me
dijo en la mesa que si le tocaba la lotera me iba a comprar una caja de
msica. Y mi mam compra los garbanzos por mayor: ayer compr tres
libras; y por Navidad nos regalan pavos los seores que van a casa
porque tienen pleitos; y yo tengo muchos vestidos, ms de tres, y dos
pares de botas, con las que tengo puestas y otro par que me harn para
San Pedro, si le cae a pap la lotera; y mi pap es tan poderoso, que
manda a la crcel a todo el que quiere, _u_ le manda ahorcar, como ya lo
ha hecho otras veces; y si yo le dijera que metiera en la crcel a una
pegotona que yo s, en seguida la meta.

--Pues en mi casa--continu la delgadita, dejando de chuparse el
dedo--todo es un puro merengue. Mi mam no come ms que pastelillos; mi
pap, bizcochos; y yo, jalea; y mi hermana Carmen, suspiros. No queremos
puchero, porque no es de tono; y por eso a las muchachas les damos
hojaldre. Y mi pap recibe todos los aos, de renta, ms de doce sacos
de harina, quince arrobas de manteca y dos cajas de azcar de la Habana....
Porque mi pap es indiano, y trae todas las noches mucho dinero a
casa, cuando viene de la tertulia, adonde va tambin el juez, el pap
de sta; y si no comieran tanta inmundicia algunas nias zanguangas que
yo s, no estaran tan pringosas y tendran mejor educacin.

--Toda mi casta--dijo la ms seria y conceptuosa--viene de reyes; y en
mi casa las camas son de oro y las ropas de seda de la India; y si mi
pap gana el pleito que le defiende el pap de sta, ensanchar la
huerta en ms de otro tanto...; y como soy tan fina por principios,
cuando me apesta una nia ordinaria, se lo digo, y al sol.

--Pu... pu... pues yo--concluy la sexta, que era bastante
tartamuda--ta... ta... ta... tamin....

Or esto y soltar la carcajada la nia, hasta entonces taciturna y
desdeada, fu una misma cosa.

--Y se chancea!--exclamaron admiradas las otras.

--Ta... ta... ta!--repeta entre carcajada y carcajada la burlona.

--El demonio de la...!

--El diantre de...!

--Miren si...! Atreverse a burlarse de una nia fina!

--Y s; y me ro. Y qu? Ta... ta... ta....

--Ahora mismo voy a decrselo a mi pap--exclam la que nos dijo ser
hija del juez.

--Y dile de paso que pague los doscientos reales que debe a mi
padre--replic con desgarro la amenazada.

--Ay, qu atrevida!

--Djate, que yo traer el perro--dijo la nerviosa.

--Fachenda traers t! Y no tendrs tanta cuando le ajusten las cuentas
a tu padre en el Ayuntamiento.

--Ay, qu bribona!

--Chismosas!

--Pegotona, aceitera!

--Hambronas! Tramposas, ms que tramposas!

--Aldeana! Tarasca!

--Golosas! Relambidas!

--Ta... ta... ta... tab... tabernera!--logr decir la tartamuda,
despus de un esfuerzo desesperado.

--Tar... tar... tartajosa!--la contest, remedndola, la otra.

En esto se oyeron muy cercanos los ladridos de un perrazo. La del
alcalde, pensando que era el de su huerta, que vena a vengarla, comenz
a gritar:

--Aqu, chucho, aqu!... ntrala, ntrala!...

--A ella, chucho, a ella, que aqu est!--gritaron a coro sus amigas.

La amenazada chica comenz a mirar, asustada, en todas direcciones, y
aunque no se vea el perro, como los ladridos se oan cada vez ms
cerca, di a correr desesperadamente, buscando la entrada de la villa
por un atajo.

--A ella, chucho!--seguan gritando las otras--. Cmela, cmela!

Y viendo que el perro no apareca, siguieron a la fugitiva arrojndole
piedras, con una de las cuales la descalabraron al fin.

--Que me matan!--grit la pobre chica llevndose las manos a la cabeza.

Pero cuando, al retirarlas, las vi manchadas de sangre, su espanto no
tuvo lmites, y sus alaridos pudieron orse desde media legua.

Entonces retrocedieron aterradas las perseguidoras, cuya intencin no
alcanzaba ms que a meter miedo a la fugitiva; pero al volver a la
alameda, se hallaron con el perro que, por desgracia, no era el del
alcalde. Acabaron de aturdirse en su presencia, y huyeron a la
desbandada; mas el animal, a una quiero y a la otra la dejo, hartse
de romper vestidos; y sabe Dios qu ms hubiera roto, si a los gritos y
a los ladridos no hubieran acudido algunas personas que ahuyentaron a
palos a la fiera, y condujeron al pueblo a las inocentes criaturas, bien
merecedoras del susto que pasaron si se les toma en cuenta lo que
hicieron padecer a la pobre descalabrada.




CAPTULO IV


Esquina a la plaza y a una de las calles que desembocaban en ella, haba
una casa ms pequea que cuantas la seguan en la fila. Debajo del
balcn del nico piso que tena, y sobre la puerta principal, se lea,
en un largo tablero coronado con las armas de Espaa, lo siguiente:

ESTANCO NACIONAL

ESTABLECIMIENTO DE SAN QUINTN

LQUIDOS Y OTROS COMESTIBLES

Penetrando por aquella puerta, se vea la razn del letrero en un
mostrador sobrecargado de cacharros menudos; en una gran aceitera con
canilla, y algunas botellas blancas, llenas de aguardiente de otras
tantas denominaciones; en una estantera espaciosa, ocupada con
paquetes de cigarros y de cajas de cerillas, libritos de fumar, grandes
pedazos de bacalao, tortas de pan, madejas de hilo, garbanzos y otros
artculos, tan varios en su naturaleza como reducidos en cantidad; en
algunas mesas simtricamente colocadas fuera del mostrador; en tal cual
barrica o hinchado pellejo que se vislumbraban entre la obscuridad del
fondo..., y en otros mil detalles propios de semejantes
establecimientos, los cuales conoce el discreto lector tan bien como yo.

Detrs del mostrador estaba sentada, haciendo media, nuestra antigua
conocida Juana, la mujer de Simn Cerojo. Como ste, haba engordado y
echado mejor pellejo, y dado a su vestido cierto corte presuntuoso.
Pero, al revs que en su marido, su entrecejo se haba ido frunciendo, y
todo su semblante agriando, a medida que la suerte fu favorecindolos.
Porque la suerte los haba favorecido. Para convencerse de ello, bastaba
echar una mirada a su establecimiento, en una sola de cuyas secciones
haba ms capital empleado que el que representaba toda la antigua
abacera..., y permtaseme una corta digresin a este propsito.

Merced al estanco que obtuvo Simn sin dificultad, a los ahorros que
trajo de la aldea y al crdito, aunque muy limitado, que no tard en
abrrsele en algunos depsitos al por mayor, en el primer ao de
establecido en la villa duplic su capital. En el segundo se dedic,
por extraordinario, a hacer ligeros prstamos, bien garantidos, a un
inters variable, segn las personas y las circunstancias: entre una
peseta por duro a la semana, si el menesteroso era jugador de aficin
bien puesta, y treinta por ciento al ao, si era _artista_ establecido
convenientemente. Esta nueva industria le permiti ensanchar un tanto
sus negocios principales; con tan buena mano, que al concluir los dos
aos de su estancia en la villa, se encontr con un capitalito de ms de
seis mil duros, libre y desempeado. Entonces se hizo _caldista_ de
veras; es decir, no se anduvo con parvidades de aceite, vino y
aguardiente, sino que surti de estos artculos su establecimiento, por
mayor; lo cual le permiti hacer prstamos ms en grande, ms a menudo y
en condiciones de mayor atractivo.--Resultado de estas y otras
combinaciones: que el da en que nos hallamos con Simn en las Casas
Consistoriales y con Juana en su establecimiento, eran dueos de la casa
que ste ocupaba, de lo que la tienda contena y de un respetable
sobrante en continuo movimiento; todo lo cual representaba un valor de
muchos miles de duros.

Por este lado, pues, los asuntos de Simn y de Juana haban marchado
viento en popa. No as los dems; es decir, aquellos que se relacionaban
ntimamente con la vanidad de Juana, y las no ms cortas, aunque ms
disimuladas, aspiraciones de Simn.

Todos los esfuerzos de la primera, todas sus meditaciones, todos sus
desvelos y todas sus consultas al espejo antes de darse a luz en los
sitios ms pblicos de la villa, hecha un brazo de mar y cargada de
relumbrones, no lograron colocarla en jerarqua ms alta que la
correspondiente al nombre de _la tabernera_, con el cual se la design
desde el primer da en que se hizo notar por sus humos estrafalarios.
Aunque poco avisada, no desconoci que este descalabro la alejaba para
siempre, en aquel centro, de la altura a que haba querido trepar de un
salto. El primer efecto de una presentacin jams se olvida en la
sociedad, mxime cuando sta es reducida y presuntuosa.

Bien penetrada de esta verdad, Juana la sinti en su alma, como un toro
siente en el morrillo el primer par de banderillas; hzose ms spera y
brutal que de costumbre, y se prometi arrollar cuanto hallara por
delante, creyendo demostrar as, mejor que con dulzura y sencillez, que
era tan digna como la ms encopetada de ocupar el puesto que no se le
conceda.

Con esto consigui adquirir en la villa cierta celebridad que acab de
exasperarla. Un solo ejemplo dar la medida de la altura a que haba
llegado la insensatez de Juana. Menudeaban all los bailes y las
_recepciones_ entonadas, a maravilla; y, naturalmente, nadie se
acordaba de invitar a _la tabernera_. Pues estas _desatenciones_ sacaban
de quicio a Juana.--Yo bien conozco, deca, que no estoy _todava_ al
corriente de esas ceremonias, y me guardara mucho de concurrir a ellas;
pero la voluntad es lo que se agradece. Por qu no se tiene para m un
mal recado de atencin, por lo mismo que soy forastera? Se les caera
la venera a algunas de esas fachendosas por acordarse de m, que soy ms
rica que muchas de ellas? Pues no parece sino que todas son marquesas!
Y el marido de la una vende pao de Munilla y sogas de esparto, y el de
la otra _pecajuana_ y _engento_ de soldado, y me debe a m hasta la sal
con que sazona lo poco que come!... Pues vinos y jabn vende mi marido.
Qu ms da lo uno que lo otro?

Saturada tambin de estas mximas su hija, apenas comenz a concurrir al
entonado colegio en que quiso darle educacin su madre, hubo que
retirarla de l. Era ya la nia medio montuna por naturaleza, y con las
predicaciones de Juana lleg a hacerse indomesticable.

En los cuchicheos, en las sonrisas, hasta en los juegos ms inocentes de
sus compaeras, vea burlas y desprecios; y en esta creencia, las pona
a todas como ropa de pascua; se pegaba con algunas, y conclua por
volver a su casa, todos los das, llorando soados agravios hasta de
sus maestras. De este modo la nia se hizo tan antiptica a sus
condiscpulas, como su madre a cuantos se la aproximaban. Por eso la
retiraron del colegio y la enviaron a la escuela pblica, donde, segn
el parecer de Juana, no la enseaban tanto, pero se la miraba con el
respeto debido.

Ms de tres aos de martirio llevaba la mujer de Simn al encontrarnos
con ella de nuevo, no porque se fijase en que en la villa se haca con
ella lo que ella haba hecho con los dems en la aldea, ni porque
suspirara por volver a recuperar su pequeo trono abandonado; no, en
fin, porque le atormentasen la memoria los atinados consejos del anciano
seor cura, sino porque deseaba un campo ms ancho en que explayarse,
otro mundo ms revuelto en que campar por lo que se era y no por lo que
se haba sido. Y un da y otro da predicaba a su marido la conveniencia
de establecerse _en grande_ en la capital de la provincia, donde, segn
ella, ni los ricos eran vanos ni los pobres envidiosos.

Oala Simn sin soltar prenda, y aun haciendo como que no la oa; pero
la verdad es que en el fondo de su corazn detestaba de la villa tanto
como su mujer.

Simn no poda perdonar a aquella gente el que se le tratase como a
persona de poco ms o menos, en los momentos ms crticos para la vida
de los pueblos, y, por consiguiente, para la de los ciudadanos, como l
deca en ms de un monlogo que no lleg a or su mujer. Se pagaba muy
poco de que no se acordasen de l para invitarle a un baile particular,
o a una tertulia de ms o menos tono; pero que nunca hubiera para su
nombre un hueco en las candidaturas de concejales; que no se le agregase
jams a una comisin de respeto que haba de representar ciertos
intereses del pueblo en el Gobierno de la provincia, o en Madrid, o ante
el Municipio mismo de la villa; que no se buscase, ni aun se tolerase de
buena gana, su opinin en tal cual corrillo formado en la plaza por
personas de importancia, en que no entraba l sino a fuerza de brazo,
como quien dice, o poco menos; que se le tuviera, en fin, por un
tabernerillo de tres al cuarto, cosa era que le haca perder su
serenidad habitual, y le pona a pique de echarlo todo a trece, aunque
no lo vendiera, y largarse a otro terreno menos ocasionado a esas
miserias de aldea. Pero Simn, que no era tan insensato como su mujer,
guardaba estos sentimientos en el fondo del pecho, y, entretanto, iba
ocupndose en adquirir alas con que volar.--Por eso se le vea atender
con tanta asiduidad a su taberna y a su estanco... y a sus prstamos
garantidos. Odiando tanto como Juana aquella sociedad inaguantable, slo
trataba de redondearse lo preciso para darle un adis de despedida y
caer en medio de otra mejor; pero de tal modo, que no lastimasen en lo
ms mnimo su importancia de actualidad las reliquias del pasado. Estaba
convencido de que, sin una precaucin por el estilo, en todas partes
seran l y su mujer los taberneros de marras, por grandes que fueran
sus caudales. Se ve, pues, que, en el fondo de la cuestin, estaban
perfectamente de acuerdo Juana y su marido.

Y dejando esto bien consignado, porque importa, volvamos a tomar el hilo
de nuestra historia.




CAPTULO V


As que la nia descalabrada en la alameda not la presencia del perro
entre sus implacables ofensoras, por los ladridos del uno y por los
gritos de las otras, contuvo su llanto, y con ntima complacencia, se
volvi para presenciar los destrozos que el enfurecido animal pareca
estar haciendo en las ropas y pellejo de aquellas mal aconsejadas
criaturas. Fuera aqul el perro del alcalde o dejara de serlo, era lo
cierto que a todas las trataba por igual, y que de todas la estaba
vengando a ella cumplidamente.... Pero no era posible que despus de
concluir con las seis desventuradas nias la emprendiese con la sptima,
por lo mismo que a nadie conoca ni en remilgos se paraba?

Esta consideracin tan cuerda, que asalt de pronto la mente de la pobre
chica, hzola retroceder; y menudeando los pasos cuanto pudo, y
tornando a recordar su herida y a llorar, por ende, lleg a la villa y
no par de correr hasta el estanco que conocemos, en el cual entr
momentos despus que nosotros, y al mismo tiempo que llegaba tambin,
aunque por distinto sendero, Simn Cerojo, demudado el semblante y
apretando los puos de ira. Tanta, que ni siquiera repar en la nia,
que, por haberse limpiado las lgrimas con las manos despus de
oprimirse con ellas la cabeza, tena la cara manchada de sangre. Pero
Juana s, y al punto arroj la obra en que se ocupaba; salt por encima
del mostrador sobrecogida de espanto, y tomando a la nia en sus brazos,

--Hija ma!--grit--. Qu sangre es sa?

Entonces se fij Simn en la nia; y olvidando por un momento sus
disgustos, corri tambin hacia ella.

--Te has cado?--la pregunt con carioso anhelo--. Te han pegado?
Por qu sangras?... Habla, hija ma, por Dios!...

La nia, despus de sollozar un rato, refiri, punto por punto, cuanto
la haba ocurrido.

--Conque la hija del juez, y la del indianete, y la del
alcalde--exclam Simn en seguida, con rencoroso acento--son las que ms
te han injuriado, porque tenan a menos jugar contigo!... Las hijas de
esos personajes que me adulan y me soban cuando necesitan un par de
duros para comer aquel da, o media docena de onzas para apuntarlas a
una carta, o pagar una trampa que podra ponerlos en vergenza..., si
alguna les queda!... Pero yo les juro que, por poca que ella sea, he de
sacrsela a la cara..., y a algunos ms tambin!

Juana, maldiciendo a su vez de todos y de todo, comenz a lavar con agua
fresca la herida de su hija, que, por cierto, era insignificante.

Y tranquilo ya sobre este punto, Simn refiri a su mujer cuanto haba
ocurrido en la junta que acababa de celebrarse en la Casa de
Ayuntamiento recargando un poquillo los colores, a fin de que resultasen
ms justificado su enojo y de ms efecto sus _discursos_, que repiti al
pie de la letra.

--Y qu piensas hacer despus de tanto desengao como vas sufriendo y
de tanto disgusto como vamos llevando de estos niquitrefes de
levita?--pregunt Juana, que no desperdiciaba ocasin de hablar de su
pleito.

--Qu pienso hacer?--dijo Simn con su poquito de rescoldo--. Lo que
estoy pensando tres aos hace, desde que conoc que en esta recua
siempre haba de tocarme ir a la cola; lo que hubiera hecho entonces a
tener el remedio entre las manos, como le tengo hoy: sacar a ms de
cuatro fachendosos a la vergenza pblica, y largarme en seguida con la
msica a otra parte.

Juana vio el cielo abierto.

--Lo mismo que yo te he dicho tantas veces!--exclam, retozndole la
alegra en el semblante--. Qu necesidad tenemos nosotros de sufrir lo
que aqu estamos sufriendo? Con lo que ya conocemos este trato, cunto
no podramos ganar establecindole en la ciudad?

--No, Juana, no!... Basta de taberna! Si con ella entrramos en la
ciudad, _taberneros_ seramos hasta el fin de los siglos. Y si con ser
taberneros, aunque ricos, nos conformramos, yo no saldra de esta
villa, donde he ganado en cuatro aos una riqueza, y podra ganarla
mayor en poco ms. Pero hay una _noble ambicin_ que manda en ti y en m
con mayor fuerza que los tres ochavos de una buena ganancia; y esa
ambicin est reida con las manos manchadas de vino tinto y con las
ropas que huelen a anisado. As, pues, ya que las alas me lo permiten,
saldremos de aqu _volando por alto_, para que en la ciudad se vea _cmo
caemos_, pero no _de dnde venimos_. Este es el modo; que, segn yo
llevo observado, desde _nada_ a _bastante_ estn los ascos y los
reparos; desde _bastante_ para arriba, ya todos somos iguales, y todo
nos est bien.... Nosotros tenemos _lo bastante_: quin ser capaz de
probar que no tenemos hasta _de sobra_? No s lo que dira a esto el
cura de mi pueblo; pero llevo corrido ya mucho mundo y tratados muchos
hombres, y a mi experiencia me agarro.

Lo que Simn ignoraba con respecto al seor cura, lo sabemos nosotros.
Cuando alguno de sus feligreses le deca:

--Sabe usted, don Justo, que Simn se va saliendo con la suya?..., que
ya es hombre rico?

--No lo dudo--contestaba el santo varn--. Pero le dan ms
importancia?..., es ms feliz que aqu? Este es el problema.




CAPTULO VI


Para volver a encontrar al protagonista de esta verdica historia, no
nos bastara ya la luz del candil de su taberna. Tal se ha borrado la
huella de sus pasos en los quince aos que van corridos (y perdonen
ustedes el modo de sealar) desde que le omos hablar lo que fielmente
consta al final del captulo anterior.

Pero es el caso que tenemos que hallarle; y como podra llevar muy a mal
que lo intentramos indagando aqu y all por los pelos y seales de su
vida pasada, lo cual, por otra parte, no nos conducira al fin que nos
proponemos, ya que, por especial privilegio que gozo, me es posible dar
con l a la primera tentativa, vngase el lector conmigo para acabar ms
pronto y evitar un mal rato a nuestro personaje.

Estamos en la ciudad, en una de sus calles principales y frente a un
portal no muy limpio, pero s muy espacioso; subimos el primer tramo de
la ancha escalera que de l arranca; atravesamos, sin detenernos, la
puerta del entresuelo, en la cual se lee, sobre bruida chapa metlica,
el siguiente letrero: SIMN C. DE LOS PEASCALES; prescindimos de cuanto
se halla a nuestro paso al entrar en un saln largo y estrecho;
cruzmosle en toda su extensin, y nos detenemos a la puerta de un
gabinete. All hay un alto escritorio de caoba, sobrecargado de libros y
papeles; algunas banquetas de gutapercha, dos mapas, un barmetro, un
aguamanil y pocas cosas ms por el estilo. Adjunta al escritorio hay una
butaca, y embutido en ella, un hombre como de cincuenta aos de edad,
frescote, de cara ancha y risuea, con recortadas patillas grises, gorro
de terciopelo azul, lujosa bata, blanca pechera y leve corbata de raso
negro sobre holgadas y relucientes tirillas. Ese hombre, lector amigo,
absorto a la sazn en el examen de algunos papeles llenos de nmeros de
varios colores, es, para ti y para m... (pero cuidado con que se lo
cuentes a nadie!), Simn Cerojo; para la sociedad en que vive, _el seor
don Simn de los Peascales_, y para la plaza mercantil en que figura en
primera lnea, SIMN C. DE LOS PEASCALES. Aquella carpeta y aquel
gabinete son _su despacho_; y esas personas que trabajan silenciosas en
modestos atriles en el saln en que estamos, los dependientes de su
casa.

Pero aun hay ms. Cuando don Simn suspende, dos veces al da, sus
tareas, sube al primer piso; y atravesando alfombradas estancias,
alfombradas, as como suena, entra en un gabinete lujosamente amueblado
tambin, y all se cambia la bata por un elegante traje de calle; se
quita el gorro de la cabeza, en la cual ocasin puede vrsela coronada
por una calva nada aristocrtica por cierto, y se pone el grave,
reluciente sombrero de copa. Antes de salir a la calle pasa a otro
gabinete frontero al suyo, con la aparatosa sala por medio; y all
encuentra, ordinariamente solas, y rara vez con _visitas_, a una seora
tan gruesa como l, dura de semblante y rica aunque charramente vestida,
y a una joven como de veintids aos, ancha de hombros y caderas; bien
destacada de pecho; de ojos y cabellos negros como el azabache; de
blancos dientes y moreno cutis; bien proporcionada y airosa de talle, y
vestida con todo el rigor de la moda...; una buena moza en toda la
extensin de la palabra. Estas dos seoras son la esposa y la hija,
respectivamente, de don Simn; dcelas ste adis desde la puerta, si
estn solas, o saluda cumplidamente a las personas que las acompaan, y
sale en busca de sus amigos para dar el acostumbrado paseo. Si no se
trata de salir a la calle, sino simplemente de almorzar o de comer, usa
el mismo ceremonial, pero sin quitarse la bata ni el gorro; y cuando una
doncella avisa que est la sopa sobre la mesa, pasa la familia al
elegante comedor, y all se hace servir una bien sazonada comida;
despus de la cual, _echa_ don Simn una hora de siesta sobre la cama;
_descabeza_ el sueo su seora en una butaca, y medita, o lee, o mira
por los cristales a la calle la repolluda muchacha.

Y en este _tono_ todo lo dems inherente a la vida domstica y social de
esta _respetabilsima_ familia.

       *       *       *       *       *

Amigo lector, me cargan las digresiones; pero hay casos en que no puede
prescindirse de ellas, y ste es uno de esos casos. T seras el primero
en negar la verosimilitud de esta ltima transformacin del _abacero_ de
marras; y yo quiero que no se dude de la realidad de mis personajes,
sobre todo cuando escribo historia pura. Conque rmate de paciencia, y
escucha, que yo procurar ser breve y hasta entretenido.




CAPTULO VII


Firme en sus manifestados propsitos de abandonar la villa tan pronto
como le fuera posible, Simn Cerojo, desde el da en que le omos hablar
de ello con su mujer, se consagr exclusivamente a realizar, pero con
mucho pulso, sus existencias y crditos; indispensable tarea que le
ocup algunos meses.

Cuando tuvo su caudal entero en el bolsillo, como quien dice, y despus
de haber sacado a la vergenza pblica a algunos de sus deudores que ms
le haban atormentado el amor propio; despus, repito, de haber puesto
en evidencia ante la villa entera los apuros de unos y las perpetuas
trampas de otros, dejando, de este modo, encendida una guerra civil
entre muchas de aquellas encopetadas familias, tom de su caudal una
pequea parte, y se dijo:--Esto (el caudal) _para las alas_, y esto (el
pico) _para pintar__las_.--En seguida se meti con su familia y con su
tesoro en la diligencia, y se larg a Madrid; buena escuela, como l
deca, para tomar aire y tono que lucir despus en la ciudad.

Ya en la corte, puso a su hija en un buen colegio, con promesa de no
sacarla de l mientras no estuviera completamente instruida en cuanto
poda saber la seorita ms encopetada; y con este fin, pag
rumbosamente, por adelantado, las estancias de un ao, y prometi hacer
lo mismo en los sucesivos.

Libre de este cuidado, consagrse a recorrer con Juana paseos, teatros y
toda clase de espectculos, estudiando aqu las exigencias de la moda, y
all la manera de lucirlas. Pero su entretenimiento favorito era el
Congreso; y ya con su mujer, ya solo, rara era la sesin que l no
presenciara desde la tribuna pblica.--No se habr olvidado que Simn
era muy dado a la poltica y a la elocuencia.--Por eso buscaba all una
buena escuela en que nutrir sus inclinaciones; no precisamente porque
esperase utilizarla algn da desde aquellos lujosos escaos, como padre
de la patria, sino porque _un buen decir_ le juzgaba l indispensable
para entrar con desembarazo en el terreno al cual pensaba trasplantarse
en breve.

Y como si la suerte se complaciera en allanarle todos los caminos que
emprenda, dale la corazonada de jugar un billete a la lotera, y le
_cae_, como quien nada dice, ms de medio milln.

Este golpe inesperado le puso a pique de desbaratar sus maduros
proyectos, excitndole a darse por satisfecho de los mimos de la suerte,
y a quedarse a vivir de sus rentas en Madrid. Pero como en Simn haba
algo ingnito que le obligaba a caminar siempre, aunque sin fijarse en
el punto de parada, desech la tentacin fundndose en que Madrid era
demasiado grande para que nadie reparara en un hombre como l; y l
quera, por ms que no lo intentara en una forma concreta, descollar, un
poquito siquiera, sobre el comn de las gentes que le rodearan.

Lo nico que hizo, que no haba pensado hacer al salir de la villa, fu
permanecer en Madrid cuatro meses en lugar de uno, y adquirir esos tres
grados ms de civilizacin que lucir en la ciudad.

Cuando, tanto l como su mujer, creyeron bastante borrados en sus
personas los rastros de la taberna, tom Simn letras sobre la capital
de su provincia; y bien provistos de ropa los bales, sali con Juana de
Madrid, dejando muy recomendada a la nia en el colegio.

Su nica pena al abandonar la corte fu el no haber podido encontrar en
ella a _su general_, que, sin duda, se hubiera alegrado al conocer la
rpida transformacin ocurrida ltimamente en la fortuna del humilde
asistente; pero _Su Excelencia_ haba andado aquella vez ms torpe que
de costumbre en el pronunciamiento que fraguaba para adquirir
honradamente el segundo entorchado; sorprendile el Gobierno, y le
desterr a Filipinas, pocos das antes de llegar Simn a Madrid.

Calculen ustedes el efecto que causara en una plaza mercantil de
segundo orden la aparicin de un hombre que se anuncia con letras de
cambio, a cargo de las principales casas de comercio, por valor de
ochenta mil duros, pagaderos a tocateja. Excitada vivamente la pblica
curiosidad, hablse largamente del suceso, suponindose, no sin
fundamento racional, que persona que tales recursos traa _a la mano_,
mucho ms deba de tener en reserva. Hubo quien, puesto ya el caso en el
terreno de las indagaciones, asegur haber _odo algo_ muy parecido a lo
que el lector y yo sabemos de la historia de nuestro personaje; pero
como los nombres de uno y de otro no coincidan exactamente, y haba
quien aseguraba muy formal que el recin llegado era un rico negociante
de Madrid que haba trasladado su residencia, call la murmuracin y
tomsele de buena gana, a pesar de ciertos resabios de mal gnero que de
vez en cuando le asomaban, y sobre todo a su mujer, por un seor de
importancia, muy rumboso adems y muy atento.... Y esto s que era la
verdad pura.

Veamos ahora por qu no coincidan los nombres del Simn de la ciudad y
los del Simn de la aldea.

Observ ste, viviendo en la villa, que cuando su apellido Cerojo
(sinnimo de _ciruelo_ en el pas) se pronunciaba recio en ciertas
solemnidades, causaba en el pblico un efecto desgraciadsimo; y
queriendo evitar en lo sucesivo los inconvenientes a que esta
circunstancia pudiera dar lugar, resolvise, al salir de la villa, a
firmar en adelante con otro apellido que, sin dejar de ser de su
familia, fuera menos vulgar que el primero de los de su padre. Tarea
harto difcil, en verdad; pues al pasar revista, de memoria, a toda su
ascendencia por ambas lneas, se encontr con que sta pareca formada
en un bosque virgen, segn eran sus antepasados _Carrascas, Bardales,
Cajigas y Abedules_. Al cabo, entre lo ms remoto de su progenie, hall
ciertos _Peascales_ que le convinieron, pues sobre salirse este
apellido de la rutina forestal de los dems, amn de ser muy sonoro,
tena sus ribetes de empingorotado. Pero no era cosa de prescindir
totalmente del que haba usado hasta entonces, por ms de una razn que
tuvo presente. As es que, en sus propsitos de conciliario todo,
resolvise a adoptar en adelante, para todo documento de carcter
particular y privado, la firma a secas de _Simn de los Peascales_; y
para los que tuvieran relacin con su vida pblica, es decir, para
_nombre de guerra_, el ms aparatoso de _Simn C. de los Peascales_.

Como el ya _don_ Simn no conoca bien al pormenor el carcter de la
plaza mercantil en que se haba establecido, dedicse el primer ao, y
mientras la estudiaba a fondo, a descuentos ventajosos y prstamos sobre
fincas; negocios que le proporcionaron cmodas y pinges utilidades. Al
siguiente, ya se matricul como comerciante capitalista. Al tercero,
_bot_ dos barcos a la mar. Al cuarto, todo lo anterior, ms dos
magnficas casas en construccin en lo mejorcito de la ciudad. Al
quinto, era su firma una de las ms respetables de la plaza, y de las
ms respetadas fuera de ella.

Entonces le avisaron de Madrid que su hija estaba al corriente de
cuantas materias de utilidad y adorno podan ensearse a una joven de la
_buena sociedad_, y fu con su seora a recogerla. Mas en lugar de
volver directamente a casa, hicieron los tres un rodeo por Pars; y con
la disculpa de que el padre deseaba resarcir a su hija de la larga
reclusin en que la haba tenido, estuvo la madre un invierno entero
_perfeccionando_ su civilizacin en la capital de Francia, escuela que
no desaprovech el marido para tomar nuevas tinturas de _hombre del
da_.

De retorno de este viaje es cuando, verdaderamente, se ve darse a luz a
la familia de don Simn.

ste, muy afecto siempre a estudiar en el libro de su experiencia,
recordando lo ocurrido en la villa con las intemperancias de su mujer,
trat de que, en lo posible, no se reprodujera en la ciudad. Y digo en
lo posible, porque demasiado conoca el ex tabernero que, a pesar de
todas las podaderas de la civilizacin, _doa_ Juana haba de soltar las
bellotas en cuanto se la sacudiera un poco. Proponase don Simn sacar
partido del caudal de nociones de cultura que indudablemente traera su
hija del colegio para dar a sus salones y a su seora cierta entonacin
que doa Juana no poda prestarles, y tener siempre en la joven una
especie de tribunal de consulta para los casos de apuro.

Quiero decir que hasta la vuelta de Pars de toda la familia, no se
estableci sta a la altura de sus recursos, ni don Simn consinti a su
mujer que abriese sus salones ni adquiriese otras visitas que las ms
indispensables. Por supuesto que, as y todo, por debajo de los damascos
de la _gran dama_ asom ms de una vez el mandil de la taberna. Pero
qu se le haba de hacer? En cambio, se declar aquella casa, desde
entonces, el centro de la buena sociedad del pueblo; y a doa Juana se
le caa la baba de placer con las atenciones de que era objeto: sinceras
unas, es verdad, por tratarse de gentes no mucho ms avisadas que ella,
e hijas otras de la diablica intencin de dar pbulo a las majaderas
de la encumbrada lugarea; pero interesadas todas, porque, al cabo, en
aquella casa se bailaba mucho y se cenaba bien, lo cual en ninguna parte
se desdea en estos tiempos.

Felizmente, Julieta (no s si he dicho antes de ahora que as se llamaba
la nia) era sumamente precoz en su desarrollo fsico, y no atrasada en
el intelectual; de modo que su madre tuvo en ella, no slo un auxiliar
activo, sino un prudente consejero para _hacer los honores_ de su casa
desde el momento en que sta se declar, como se ha indicado, centro del
_buen tono_ de la ciudad.

Y as fueron corriendo los aos. Don Simn, acrecentando en cada uno
prodigiosamente su caudal, sin duda por aquello de dinero llama
dinero; doa Juana, sudando placer y vanidades por todos los poros de
su cuerpo, y Julieta transformndose en una arrogante moza,
desesperacin de imberbes, codiciada de talludos y obsequiada de todos.

En esta poca floreciente es cuando el carcter de don Simn _hace
crisis_; o mejor, cuando don Simn _entra en carcter_.

Ya no es hombre que ama las situaciones _eminentemente_ liberales
porque en ellas cada uno puede hablar de cuanto le acomode, aunque no
lo entienda; al contrario, es apasionado defensor de los gobiernos _de
orden_, que sin negar al tiempo las libertades que le corresponden,
sostengan a cada uno en su esfera, y no alimenten, en _ciertas clases,
insensatas ambiciones_. Odia toda suerte de tiranas; y por lo mismo,
no dejndose imponer de sus braceros y empleados, despus de regatearles
cuarto a cuarto sus jornales, les paga _religiosamente_ lo convenido.
Tambin es filntropo; y si no se le ve prdigo con los pobres que
llegan a su puerta, no es por falta de buen deseo, ni por sobra de
economa, sino porque no quiere alimentar vicios ni fomentar la
vagancia. Cree en el progreso moral de los pueblos; pero bajo la
direccin _paternal_ de los gobiernos, y con el esfuerzo... de los
aos. En cuanto al progreso material, le protege rumbosamente; pero
alrededor de su casa, como, en su concepto, debe hacer todo ciudadano, a
fin de que el progreso llegue a sentirse y a palparse en todas
partes.--Ha comprado muchas tierras en su aldea, y las ha distribuido
entre sus antiguos convecinos... a renta; pero dispensando a stos el
favor de no embargarles la manta de la cama cuando, por bien probada
necesidad, dejan de pagarle... un ao; al segundo ya vara de conducta,
si el _abuso_ se repite; y esto, nicamente por respeto a su derecho, no
porque necesite para nada las mseras economas de aquellos pobres
campesinos. No ha reformado con una mala teja su antigua casita de la
plaza, ni ha vuelto a poner en sta los pies; y se comprende en un
hombre de sus circunstancias; muerto el seor cura, don Justo, qu otra
persona quedaba all con quien pudiera entenderse l?

Por lo dems, contina siendo el hombre dado a las grandes frases y al
aplomo en el decir, y no ha enriquecido su erudicin ni reformado su
ortografa; pero aqulla no la necesita en la vida que trae, ni sta le
es indispensable, dictando, como dicta, hasta su correspondencia
particular. Y en cuanto a sus peroraciones frecuentes, vayan ustedes a
conocer que aquellas palabras _culminantes_ de su oratoria, que son su
delicia, las escribe con _q_!

Lejos de perjudicarle esto en su importancia, todo el mundo se la
concede para todo; as es que, al creer lo que afirma la opinin
pblica, don Simn es _una gran persona_, es decir, prudente en el
consejo, elocuente en emitirle, rico de hacienda, honra del comercio,
provecho de la ciudad, benemrito patricio, y cuanto ustedes quieran.
Adase a esto que sonre muy poco, y que jams se re; que se afeita
todos los das, y gasta una ropa muy fina y muy holgada; muy destacados
el pecho, los cuellos y los puos de su camisa, y muy abarquilladas las
alas del sombrero; adanse, digo, estas gravsimas circunstancias, y se
comprender mejor por qu don Simn ha llegado a ser, en la regin que
habita, el hombre indispensable: indispensable en las juntas,
indispensable en las comisiones de dentro y fuera, e indispensable en el
Municipio, que ya no sabe qu hacerse si l no lo preside.

Don Simn, pues, es ya todo UN HOMBRE DE PRO; y para que nada le falte,
hasta tiene la conciencia de su importancia.

Y la tiene, no porque se lo dicen los que le inciensan, sino porque una
vez, vindose tan alto, di en mirar a su alrededor, y observ que as
en la plaza como fuera de la plaza, los hombres que daban vida a los
pueblos modernos e impriman carcter a la poca, ni eran de ms noble
estirpe, ni ms sabios ni ms ricos, ni tenan mejor ortografa que el.
Entonces, penetrado de la grandeza de su alta jerarqua, perdi hasta
aquellos pocos arranques que le quedaban de expansiva franqueza, y se
hizo solemne y ceremonioso aun en los actos ms triviales de su vida.

Y aqu enlaza, lector amigo, el asunto de que tratbamos en el captulo
anterior; es decir, concluye la digresin y contina la historia.




CAPTULO VIII


Haba en aquella ciudad, como hay en casi todas, un centro o crculo o
_casino_ para esparcimiento del espritu de ciertas personas que pasaban
la vida bregando por enderezar la varia suerte de los negocios de lucro;
y haba entre los socios muchos que, no gustando del juego, aunque
lcito, ni de otras recreaciones toleradas en el establecimiento,
formaban una camarilla _sui generis_, especie de senado moderador de la
ebullicin que reinaba constantemente en gabinetes y pasillos; el cual
senado, _auctoritate propria_, se instalaba siempre en el saln
principal. Componanle los hombres ms _serios_ de la banca, del foro y
de la propiedad urbana; y con decir que eran _muy serios_, dicho queda,
conforme al rigorismo de la moderna _bourgeoisie_, hasta qu punto era
entre ellos poco menos que un pecado mortal la risa franca y
desenvuelta. Pero no as la sonrisa, que la conocan y la usaban,
aunque sobriamente, en todos sus caracteres y expresiones. Porque es de
advertir tambin que aquellos seores no aceptaban ms que el _justo
medio_ de todas las cosas.

Con esto creo excusado decir que en poltico eran todos hombres
_desapasionados, de orden y de progreso racional_, implacables enemigos
de toda afirmacin absoluta, o segn su lenguaje, _de toda
exageracin_. De esto se desprende, a su vez, que esa misma poltica
slo la aceptaban como un motivo ms de conversacin en sus expansiones
amistosas. Y para que la tarea les fuera an ms fcil, tomaban por base
de sus disertaciones los ingeniosos conceptos de cierto peridico, al
cual haban subordinado ciegamente su criterio. El tal peridico no
asentaba jams un principio sin un _pero_; no mostraba un color que no
pudiera confundirse con otro a la ms leve interposicin de una frase
artificiosa, que nunca faltaba a la mano. Pasaba por reaccionario entre
los liberales, y entre los reaccionarios por liberal; no haba situacin
poltica _bastante_ buena para l mientras imperasen sus ideas, ni
_bastante_ mala cuando no imperaban. Era su estilo ampuloso, sonoro,
claro en apariencia, turbio en el fondo, meloso siempre y seductor por
estudio; y saltaban a la vista, en el momento de fijarla en sus
columnas, las palabras _orden, progreso, paz, religin y patria.._.
Era, en substancia, la representacin escrita del espritu yerto de la
poca en que se daba a luz; pero hasta el punto de dudarse si proceda
de tal padre, o, al contrario, si era l quien haba formado ese
espritu; quien alimentaba y nutra el alma de esa nueva raza, verdadera
plaga del siglo que corre; raza sin convicciones, sin fe, sin
entusiasmo; que llaman _orden_ a todo cuanto le garantiza una tranquila
digestin, y _progreso_ a cuanto redunda en aumento de su caudal; que
entiende por _patria_ su hogar domstico, y por _sociedad_, un conjunto
de ciudadanos _matriculados_ para vender y comprar, tranquilamente,
fardos de algodn, harinas de Castilla o papel del Estado; raza que
transige con todo, menos con que se suba un cuarto la libra de pan.

A esta raza pertenecan los hombres de la citada camarilla, en la cual
se daba siempre a don Simn la butaca de preferencia, no tanto por la
importancia mercantil de ste, cuanto porque nadie lea mejor que l,
con voz ms recia y sonora, ni con mejor _sentido_, los artculos de
fondo del peridico, todas las noches, a los congregados.

Pero vamos al caso. Aquellos hombres, que haban visto sin alarmarse,
durante muchos aos, cmo cundan y se propagaban ciertas tendencias
_niveladoras_, y cmo se iba rebajando poco a poco el carcter
nacional, corrompiendo aquel conjunto de cualidades que un da hicieron
del tipo espaol el modelo proverbial de los caballeros; aquellos
hombres, digo, que haban visto todo esto y mucho ms, sin temblar por
el da siguiente, observaron una vez que las predicaciones, que las
tolerancias, que las concesiones, que toda aquella poltica de _ancha
base_ que encomiaban a destajo y en la cual crean sin conocerla, estaba
dando ya sus frutos naturales y lgicos; que aquellas _muchedumbres_ por
las que nada haban hecho ellos nunca, y de las que jams se haban
acordado sino para explotar su trabajo a cambio de un mezquino pedazo de
pan, se alzaban imponentes, en virtud de las alas que les prestara una
libertad mal entendida; que aquella _canalla_, como ellos llamaban a la
multitud desheredada cuando sta era dcil, se aprestaba, con la tea en
la mano, a imponerse al mundo entero y a transformar, en un instante
dado, el modo de ser de la familia y de la sociedad.

Y all fu el temblar de la voz y el crujir de los dientes!... Porque
temieron por sus casas, por sus campos, por sus fbricas, por sus
tesoros; es decir, su Dios, su patria, su alma.

--Pero es preciso defenderse!--exclamaron, resueltos a hacer una
hombrada.

Y poder del egosmo! Aun en aquella triste situacin, pensaron, ante
todo, en sacar la sardina con la mano del gato.

Nada dir del temple del arma que eligieron para tan ruda batalla. El
lector va a conocerle, y dir de l lo que mejor le parezca. Yo, mero
historiador, a los hechos me atengo, y sos voy a referirle.

Abrase, a la sazn, una campaa electoral para padres de la patria; y,
segn los sujetos de quienes vamos tratando, nada ms eficaz contra la
tormenta que les amenazaba, que enviar al Parlamento _hombres de orden,
de progreso racional, enemigos implacables de toda exageracin_, y ricos
e independientes, por contera.

Pero, concretndose a aquella localidad, quin, entre todos ellos, era
bastante rico, bastante abnegado, bastante generoso, y aun bastante
elocuente, para aceptar tamao compromiso con buen xito, y capaz de
abandonar, sin partrsele el alma, la direccin de los propios negocios
y las comodidades de su casa?

Ni siquiera se puso en tela de juicio: don Simn, y nadie ms que l.

Una noche se le hizo la proposicin en plena tertulia; y, francamente,
no poda habrsele hecho otra que ms le halagara. Quiz se anticipaban
sus amigos a un deseo que le embriagaba el alma mucho tiempo haca. No
se olvide que don Simn se crey siempre capaz de todo; y tngase
presente que cuando lleg a la posicin social en que ahora le
hallamos, los lmites de sus aspiraciones se perdieron de vista. Por lo
dems, que en el fondo de su conciencia se crea agudo, elocuente, sutil
y travieso, ya lo sabemos. Cmo dudar que fu el primero en comprender
que nadie era ms digno de ejercer el cargo que quera confirsele? Pero
se guard muy bien de darlo a conocer.

Al contrario, hzose el pequeo y el indigno, y hasta pidi toda aquella
noche para reflexionar.

Cuando volvi a su casa, llam a su mujer y le dijo solemnemente:

--Juana: la patria reclama mi cooperacin, y necesito hacer por ella el
sacrificio de prestrsela.

--Que la patria te reclama..., qu?...--pregunt la oronda seora,
dudando si la palabrilla se coma o se sembraba.

--Que _el pas_ desea que yo le represente en las Cortes--aadi don
Simn con parsimonia.

Y qu es eso?

--Pues bien claro est, mujer. Se trata de que yo sea diputado por esta
provincia.

--_Carcholes_!--exclam, fuera de s, la _gran dama_, olvidndose en
aquel instante de todos los miramientos que la esclavizaban desde que
era rica.

Frunci el entrecejo el marido al or aquella interjeccin espontnea
en boca de su mujer, y dijo a sta severamente:

--Te _alvierto_ que esa palabra no es del mejor gusto para dicha por una
seora de tus... contingencias.

--Djate ahora de eso, que ya se arreglar--repuso doa Juana con un
desdn admirable--. Y dime: si llegas a ser diputado, te sentars en
aquellos bancos de terciopelo que veamos desde la trebuna?

--Es claro.

--Y te llamarn _de_ Usa?

--Naturalmente.

--Y te codears con los ministros?

--Es de razn.

--Y viviremos en Madrid?

--Regularmente.

--Y nos publicarn en los papeles?

--Puede que s.

--Y casaremos a Julieta con un embajador?

--No te dir que no, si a mano viene.

--Aja! Y con eso espantaremos de una vez tanto moscn como nos zumba
aqu alreguedor de las talegas de tu hija.

--Ese ser uno de los motivos que ms me animen a llevaros conmigo.

--Pues mira, Simn: por si se vuelve atrs y no te ves en otra, coge a
ese pas por la palabra.

Y como don Simn opinaba lo mismo que su mujer, no durmi aquella noche,
contando las horas que faltaban hasta la en que pudiera presentarse _al
pas_ para decirle que aceptaba su proposicin... por no desairarle.

Amaneci al cabo; y como los instantes son preciosos en tales ocasiones,
nuestro personaje no esper a la noche para ver a sus amigos. Busclos
en sus casas acto continuo; citronse para el medioda en la del
candidato, y en ella se discutieron ampliamente los preliminares de la
batalla.

Para darla con mejor xito se eligi un distrito rural; designse a cada
uno el puesto que le corresponda, conforme a sus relaciones en aquellos
pueblos, o a sus influencias, y se disolvi el cnclave, a fin de poner
en prctica, sin prdida de un solo momento, el discutido plan.




CAPTULO IX


Los trabajos preliminares fueron un aluvin de cartas que inund el
distrito. Para todos hubo: para el que deba, para el que deseaba y para
el que vala, y a cada cual se le hablaba en el tono conveniente.

Las que escribi don Simn, menos relacionado que sus auxiliares con la
gente del distrito, venan a decir, salvas ciertas _contingencias_ y
otras pequeeces de estilo, lo siguiente:

Muy estimado amigo y seor mo: Las aflictivas circunstancias por que
atraviesa la nacin, obligan a los hombres independientes y de recta
voluntad a hacer grandes sacrificios. En tal concepto, y cediendo adems
a las exigencias de mis amigos y de otras muchas personas de saber y de
arraigo, me he decidido a presentarme candidato _independiente_ para
diputado a Cortes por ese distrito, en las prximas elecciones; y como
usted es uno de los hombres que ms legtima influencia ejercen en ella,
a usted acudo en demanda de su cooperacin, en la esperanza de que me la
prestar cumplida; por lo cual le anticipa las gracias y se ofrece
nuevamente de usted afectsimo amigo y seguro servidor q.b.s.m.,

SIMN DE LOS PEASCALES.

Las respuestas ms placenteras que obtuvieron estas y otras cartas,
fueron como la siguiente:

Muy seor mo y amigo de toda mi consideracin y respeto: Grande ha
sido mi complacencia y la de mis amigos al tener conocimiento, por su
grata del tantos de los corrientes, de que usted se presentaba candidato
por este distrito; y desde luego puede contar con nuestra escasa
importancia. Pero debo advertirle, para su gobierno, que ya se le han
anticipado a usted otras influencias que pesan mucho entre esta gente,
por lo cual temo que el xito de nuestra batalla no sea tan cumplido
como deseara.

De todas maneras, y por aquello de que al ojo del amo engorda el
caballo, ser muy conveniente que usted se decida, sin prdida de un
momento, a recorrer el distrito. A este fin, y para cuanto le ocurra,
me ofrezco de usted, como siempre, afectsimo amigo y seguro servidor
q.b.s.m.,

CELSO LPERO.

Hecho el primer estudio del terreno por medio de estos y otros datos
parecidos y no ms lisonjeros; odo el dictamen del centro electoral, y
corridos los indispensables propios con las necesarias cartas e
instrucciones, arregl don Simn la maleta; rellen todos sus huecos con
cigarros del estanco; vistise un traje coquetn de camino, hecho _ad
hoc_; adorn las manos con sus sortijas ms voluminosas; ech sobre el
pescuezo la cadena ms larga, ms gorda, ms relumbrante de cuantas
tena; y cabalgando en un rocn de mal pelo, pero de mucha resistencia,
parti de la ciudad al amanecer de un da, quince antes del en que
haban de dar comienzo las elecciones.

Lleg al primer pueblo del distrito, y all le esperaban, a la puerta de
un viejo mesn, a cuyos postes y rejas estaban atados otros tantos
caballejos enjaezados a la usanza del pas, hasta seis agentes
electorales _de nota_. Recibironle los seis sombrero en mano; alarg
don Simn la suya a cada uno, con el aditamento de afectuosa sonrisa; y
abrindole despus ancha y respetuosa calle, obligronle a pasar,
delante, al comedor, donde haba una mesa preparada para docena y media
de convidados, y hasta doce nuevos personajes envueltos en burdas capas,
que, al ver entrar al candidato, se levantaron y se descubrieron. Estos
doce eran los edecanes, como si dijramos, de los otros seis, que bien
pudieran llamarse el _estado mayor_ del aspirante a diputado.

Ola el saln aquel punto peor que una caballeriza; pues de esencia de
ella, de aguardiente, de tabaco _de hoja_ comn y de otras no ms suaves
ni voluptuosas, se compona el ambiente que all se mascaba; pero de
mbar y ambrosa le pareci a don Simn, juzgndose ya electo con el
esfuerzo de aquellos auxiliares, todos famosos en el pas por sus
gloriosas campaas electorales.

Dise al candidato, por aclamacin, la presidencia de la mesa, y
sentronsele a cada lado tres de su estado mayor y seis de los
subalternos. Cumplido este requisito, y dichas las indispensables
_agudezas_, y hechos los acostumbrados restregones de manos, sirvi una
Maritornes, en abismo de sopera, media arroba de fideos; vertise negro
y abundante mosto en los vasos al efecto; circul el cucharn de estao
de plato en plato; y entre sorbos, resoplidos, eructos y taconazos,
dise comienzo a la discusin del punto que all reuna a tan insignes
personajes.

Segn las noticias tradas por los doce encapotados, que conocan el
distrito como la palma de la mano, y acababan de recorrerle todo,
cumpliendo previas y acertadas instrucciones de los seis jefes,
presentes tambin, la batalla iba a ser muy reida, y ofreca un xito
muy dudoso.

Tres eran los candidatos que haban de luchar. Uno ministerial, otro de
oposicin radical, y otro, don Simn, indefinido, _independiente_. El
primero, aunque desconocido en el pas y sin arraigo en ninguna parte,
era el ms temible, porque con la tenaza del Gobierno tena cogidos por
los cabezones a casi todos los Ayuntamientos. El de oposicin se llevaba
las grandes masas _inconscientes_; y en cuanto a don Simn, no contaba
en aquel instante ms que con lo que le rodeaba; pero as y todo, bien
saba l que no era el ms desamparado de los tres. Haba sonrisas a su
lado que valan media eleccin, y gestos y caras y, sobre todo,
antecedentes que, cuando menos, le garantizaban una lucha a muerte y una
derrota gloriosa.

Hzosele saber, como dato muy importante, que el candidato de oposicin
daba, a cada elector que le votara, media libra de pan y un trago de
vino. Del ministerial nada se saba, porque corra la eleccin por
cuenta de los Ayuntamientos, al decir de la fama. Era, pues, necesario,
para ganarse simpatas y proslitos, hacer por los electores un poquito
ms que el ms rumboso de los candidatos; y como don Simn era rico, y
en ciertas ocasiones no se paraba en barras, autoriz a sus agentes para
que hiciesen saber en el distrito que l daba a sus votantes lo mismo
que el candidato de oposicin, ms dos docenas de castaas, y, en caso
de apuro, un cigarro de dos cuartos.

Estas larguezas, en opinin de sus auxiliares, podan facilitar algo ms
el triunfo. Pero si, en ltimo caso, la batalla ofreca ciertas
dificultades, no era don Simn candidato _independiente_? No poda,
sin mengua de su dignidad, declararse, _in extremis, adicto_, y obtener
de este modo los auxilios del poder, que se los dara con preferencia al
otro candidato, simple aventurero poltico?

En stas y otras, y devorados por los comensales, amn de los pucheros
bien atacados, dos docenas de pollos en salsa, media arroba de carne
estofada y una calderada de arroz con leche, reparti entre ellos don
Simn un mazo de puros del estanco; encarg a cada uno de los doce
subalternos el mayor esmero en el cumplimiento de la comisin que se les
haba dado; los favoreci con un afectuoso apretn de manos; pag la
comida a los diez y ocho, y los piensos de otros tantos caballos, ms
algunas herraduras que hubo que poner a tres o cuatro de los ltimos; y
seguido de la consabida media docena de personajes que formaban su
estado mayor, baj al corral. All montaron los siete, y partieron a
trote menudito, entre las sombreradas de los que quedaban en el mesn y
la afanosa curiosidad del vecindario, que haba acudido en masa a las
inmediaciones de la venta para conocer al candidato, de cuya riqueza se
contaban maravillas en el pueblo.

All empezaba para don Simn, si no lo ms difcil, lo ms penoso de la
campaa electoral.




CAPTULO X


Segn lo acordado en la mesa, en ciertos pueblos del trnsito no haba
necesidad de apearse, pues no ofrecan la menor dificultad; a lo sumo,
detenerse un momento a saludar, por una atencin que sera muy
agradecida, a tal cual influyente. Pero, en cambio, haba que echar el
resto en aquellas localidades dudosas o adictas al enemigo.

Y con estos propsitos, caminando en ala los siete donde el terreno lo
permita, o en hilera si el sendero no daba ms de s, pero ocupando
siempre don Simn el puesto de preferencia, ensanchbasele el pecho al
pobre hombre a impulsos de su vanidad, creyendo de buena fe que todas
aquellas deferencias con l guardadas eran hijas de una adhesin
espontnea y desinteresada a su persona. Y estaba cansado de or hablar
de ciertos caciques de aldea, perpetuos muidores electorales, para
quienes es una fiesta acompaar candidatos, y comer ac, y cenar all, y
desayunarse en el otro lado con ellos y a sus expensas, y frecuentemente
un negocio cada eleccin despus de cada _paseo_! Pues de todo esto se
olvidaba don Simn al verse rodeado de tanto _caballero_.

Diriga la cabalgata uno de los seis caciques, hombre enjuto, moreno,
largo de nariz y penetrante de mirada; casi imberbe, aunque ya picaba en
viejo; poco hablador, pero al caso, y desconfiado hasta de su sombra.
Conoca, uno a uno y con sus mritos, vicios, resabios y necesidades, a
todos los electores del distrito, y, por consiguiente, el modo de
interesarlos o de reducirlos. Esta circunstancia era la que ms fuerza y
realce le daba como muidor incomparable e irresistible. Era, adems,
alcalde perpetuo de su pueblo, y consejero nato de media docena de
Municipios limtrofes, y estaba muy bien relacionado con gentonas de
Madrid, que le deban favores semejantes al que estaba dispensando a don
Simn. Llambase don Celso Lpero, y era el autor de la carta que
dejamos reproducida ms atrs.

Los otros cinco auxiliares eran por el estilo; pero no tan famosos ni
tan fuertes, aunque lo eran mucho, como don Celso.

Y volvamos a la historia.

Al pasar cerca de un pueblecillo, despus de tres horas de marcha
continua, dijo Lpero a don Simn:

--Aunque a esta gente la concepto nuestra por completo, ser muy
conveniente que se detenga usted un instante a saludar al que la maneja
a su gusto. El tal Mayorazgo, que as se le llama, es hombre algo bruto,
pero muy pagado de que le mimen y le soben. Al despedirse, dele usted un
cigarro; no de los que nos ha repartido en la mesa, sino de los que
lleva usted en la petaca para su uso particular.

Sin fijarse don Simn en la indirecta de don Celso, psose a sus
rdenes; dejaron todos la senda que llevaban, y se encaminaron hacia la
casa del Mayorazgo, que estaba en lo ms escondido del pueblo. Sali a
abrirles la puerta del corral un muchacho muy sucio, que se asust al
ver tanto caballero; y entre limpiarse los mocos con una mano y rascarse
las nalgas con la otra, les dijo de mala gana que su padre estaba en el
cierro.

Dile las seas de ste como pudo; y los expedicionarios tuvieron que
desandar parte de lo andado, trepar por un escarpado, y subir a la
meseta de una montaa, donde hallaron al Mayorazgo presidiendo la
roturacin de un gran terreno que acababa de adquirir en aquellas
alturas. Era hombre joven todava y de rostro desengaado. No mostr
gran curiosidad al verse acometido por el pequeo escuadrn. Limitse a
contestar framente al caluroso saludo que le dirigi don Celso en
nombre de los dems, y especialmente de don Simn, a quien present al
impvido, diciendo:

--El seor es _nuestro_ candidato, don Simn de los Peascales; persona
ilustrada, con treinta mil duros de renta y mucho talento. Viene
exprofeso a dar a usted las gracias por el apoyo que ha de prestarle en
las elecciones, mientras tiene ocasin de pagarle su atencin de otra
manera.

--Para servir a usted--dijo lacnicamente el Mayorazgo, mirando hacia el
presentado.

--Muy seor mo--respondi don Simn, descubrindose la cabeza y
tendiendo su diestra al del cierro--. Est usted bueno?

--Yo bien, gracias a Dios--dijo el Mayorazgo sin hacer un gesto.

--Usted fuma?--le pregunt el candidato sacando la petaca.

--Algunas veces, si el tabaco es bueno--respondi el otro.

--Pues ah va uno de la Vuelta de Abajo.

--Se estima--refunfu el obsequiado mordiendo la punta.

--Y qu tal andamos por ac?--preguntle el candidato, deseando
arrancar siquiera un gesto de inters a aquel pedazo de brbaro.

--Pues... all veremos--contest ste, gastando media caja de fsforos
en encender el puro al aire libre.

--Eso no hay que preguntarlo, don Simn--observ Lpero--, que de cuenta
del seor corre dejar a usted satisfecho.

--Pues en ese caso--repuso don Simn comprendiendo a don Celso--, y toda
vez que nos falta mucho que andar hoy todava, ya que he tenido el gusto
de conocer al seor, slo me resta ofrecerme a sus rdenes para cuanto
desee, ahora y siempre.

--Lo mismo digo--murmur el Mayorazgo, tocando apenas con una mano la
que le tendi don Simn, y volviendo a mirar a sus cavadores.

Cuando la cabalgata se alej de all, don Simn no pudo menos de decir a
don Celso, con desencanto:

--Si ste es de los que me apoyan en el distrito, cmo sern los que me
combaten? Qu puedo prometerme de los dudosos?

--No haga usted caso de palabras ni de semblantes, seor don
Simn--respondi don Celso--. Ese hombre, como usted le ve, donde pone
la intencin mete la cabeza. Est usted seguro de que en este
Ayuntamiento han de votarle a usted hasta los difuntos. Algo ms duro
de pelar es el otro mozo que vamos a visitar en seguida, en ese pueblo
que se ve a la derecha! Es hombre que no da nunca el brazo a torcer, ni
se decide hasta el ltimo momento.... Y a propsito: tiene usted alguna
buena recomendacin para la Audiencia del territorio?

--Absolutamente ninguna.

--No conoce usted a nadie que conozca a alguno de los magistrados?

--Le digo a usted que no.

--Ni siquiera a un mal portero?

--Aguarde usted.... Pero qui!

--Siga usted, siga usted...

--Calle usted, hombre, qu majadera! Recordaba ahora que estando
paseando, tres meses hace, con un amigo, lleg a saludarle un forastero;
y al separarse ste de nosotros, supe que era un primo tercero de la
cuada de un amigo del regente.

--Pues tenemos cuanto nos hace falta.

--Para qu, don Celso?

--Ya lo ver usted. Ahora tenga presente que la persona que vamos a
saludar es muy arisca y muy agarrada; pero que se lleva a las urnas a
todos los electores del Ayuntamiento, y a algunos ms.

--Y de qu procede esa influencia?--pregunt don Simn con curiosidad.

--De que el sujeto se vende vino y tabaco; razn por la que no hay un
vecino que no le deba algo; como no le hay del Mayorazgo que no se lo
deba a ste por razn de arrendamiento o de prstamos..., o de otra
cosa peor. As se ejercen en los pueblos las grandes influencias, y con
ese criterio se hacen siempre las elecciones, como usted ir viendo poco
a poco. Pero vamos al caso. Como nuestro hombre es avaro, conviene que
se quite usted los guantes para que brillen bien las sortijas, y que se
desabroche las solapas para que relumbre la cadena.

Don Simn comenz a obedecer como un recluta, y luego dijo:

--Y cree usted que ser conveniente que yo pronuncie algn discursito?

--Trae usted alguno bien estudiado?

--Hombre!, estudiado precisamente...--repuso don Simn un tanto
resentido--. Pero creo que no me saldra del todo mal.

--Pues si es bueno, diga usted poco.

--Y el cigarro?

--Tambin de los de la petaca; que para malos, ya los tiene l, como
estanquero.

En stas y otras, y despus de trasponer un breal casi inaccesible y de
vadear un ro y de saltar tres estacadas, lleg la comitiva a la primera
casa del pueblo que se buscaba; la cual casa mostraba lo que era, ms
bien por el ramo que ostentaba sobre la puerta, que por el rtulo
ilegible que se haba trazado con almazarrn y alguna escoba, en un
lienzo de la fachada.

--Aqu es--dijo don Celso.

Al mismo tiempo apareci a la puerta de la taberna, y la tap casi toda,
un hombre, especie de tonel de grasa, en forma, tamao y aseo.

Hunda los brazos hasta los codos en los enormes bolsillos de sus
mugrientos pantalones, y asomaban entre sus gruesos amoratados labios
las hmedas y requemadas hebras de una punta de cigarro, que destilaba,
por la barbilla abajo, un regato de negruzca saliva, y, en tanto, fijaba
el tal, con expresin estpida, sus ojuelos verdes en los recin
llegados.

--Ese es nuestro hombre--dijo don Celso por lo bajo a don Simn.

Y mientras ste se echaba las solapas hacia atrs y destacaba cuanto
poda sus dedos cuajados de anillos, don Celso, apendose, abraz al
tabernero, que apenas se movi del sitio en que estaba, ni sac las
manos de los bolsillos. Echaron pie a tierra tambin los otros cinco de
la comitiva; y cuando lo hubo hecho don Simn, tomle don Celso de la
mano, y dijo, mostrndosele al hombre gordo de la puerta:

--El seor es el candidato a quien votan todas las personas decentes del
distrito. Se llama don Simn de los Peascales; es de arraigo, como a
usted le gustan los hombres; tiene treinta mil duros de renta, y adems
mucho talento.

--Ya, ya!--gru por toda respuesta el tabernero.

--El seor--dijo don Celso, sealando a ste y hablando con don
Simn--es don Zambombo, como le llamamos los que nos honramos con su
amistad ntima, o don Jeromo Cuarterola, como le llaman en el pueblo y
fuera de l cuantos le conocen y le quieren, porque se lo merece; y por
eso le sirven a ojos cerrados.... En fin, que el seor es el jefe
electoral de toda esta comarca.

--Ya, ya!--volvi a gruir el tabernero.

--Muy seor mo y mi dueo--djole don Simn, doblndose, descubrindose
y tendindole una mano; atenciones a las cuales correspondi Cuarterola
tocando apenas el ala de su grasiento sombrero hongo con la extremidad
del ndice de su diestra, que sac perezosamente del bolsillo, volviendo
a hundirla en l en seguida.

--Nosotros--aadi don Celso, atropellando la humanidad de don
Zambombo--tenemos que hablar despacio, y nos colamos como Pedro por su
casa. Conque venga la mejor habitacin y el mejor vino, y sganme todos,
caballeros.

Siguironle, en efecto, los aludidos, despus de amarrar afuera, como
mejor pudieron, las cabalgaduras; y precedidos de Cuarterola,
instalronse ante una mesa larga, estrecha y sucia, que se sostena mal
en el interior de la taberna, cerca del mostrador, sobre el cual no
haba ms que una _vasera_ de hoja de lata con cuatro jarros de arcilla;
una aceitera, capaz de media arroba; un pedazo de yeso para _apuntar_;
dos vasos para aguardiente, y un botelln de cristal conteniendo vino
tinto. Detrs del mostrador se alzaba penosamente un mal estante con
media docena de mazos de cigarros, envueltos en papel de estraza;
algunos libritos de fumar, y un paquete de cerillas.

Mientras los recin llegados se sentaban en los duros y estrechos bancos
contiguos a la mesa, don Zambombo entr en la bodega, de la que sali al
cabo de un cuarto de hora con un gran jarro de vino blanco en una mano,
y en la otra un vaso de vidrio sucio.

--Aqu hay que hacer un esfuerzo, don Simn--dijo Lpero mientras el
tabernero volva--. Es preciso, aunque sea con repugnancia, beber, y
beber de largo.

--Pero, hombre--respondi don Simn asustado--, si yo no pruebo jams
el vino!

--Es que nunca ha sido usted candidato.

--En fin, haremos un esfuerzo--exclam ste con heroica resignacin.

Lleg al cabo don Zambombo, y puso lentamente sobre la mesa el jarro y
el vaso. En seguida volvi a meter las manos en los bolsillos, y se
coloc de pie a un lado de la mesa, haciendo descansar su panza sobre el
tablero.

Entretanto, don Celso escanci el primer vaso de vino y se le present
al candidato, que, cerrando los ojos, se le bebi sin resollar. El
segundo fu para el tabernero, a quien dijo, mientras ste apuraba el
lquido, mitad por el gaznate y mitad entre cuero y camisa:

--Seor don Jeromo, el mundo est perdido; los tunantes se nos suben a
las barbas, y los hombres de bien andamos por los suelos. Es preciso
que la cosa cambie, y cambiar! Para conseguirlo, contamos con usted.

--Ya, ya!--gru por tercera vez don Zambombo.

--En efecto, seor de Cuarterola--dijo don Simn enredando con su larga
y gruesa cadena de reloj, de modo que se vieran a un tiempo sta y los
anillos de sus dedos--: la sociedad se desquicia si pronto no se le
busca el remedio. Los pueblos gimen agobiados por los impuestos ms
insoportables; la familia est amenazada de un cataclismo, porque las
leyes se hacen y se interpretan por gentes sin arraigo, sin moralidad y
sin... contingencia. Es preciso, pues, llevar al Parlamento hombres de
recta voluntad, de posicin; hombres verdaderamente..., cmo lo dir
ms claro?..., hombres, en fin..., contingentes, que no vayan all a
hacer su propio negocio, sino la felicidad de los pueblos.... Ahora
bien: para que un hombre de estas condiciones eche sobre s carga tan
pesada, no basta la abnegacin ms patritica; se necesita tambin el
concurso de los dems hombres que como l piensan. Yo, seor don Jeromo,
no he tenido inconveniente en sacrificar al bien de mi pas la
tranquilidad de mi hogar, y hasta el lucro de mis negocios particulares;
pero ser estril mi abnegacin si los hombres influyentes, de arraigo,
de convicciones slidas y saludables, de contingencia, en fin, como
usted, me niegan su apoyo en estos instantes supremos. He dicho.

--Bravo! Bravo!--grit a coro su estado mayor.

--Ya, ya!--gru por cuarta vez el tabernero, sacando una mano del
bolsillo para rascarse el cogote sin quitarse el sombrero.

--Esto es hablar como un libro, don Jeromo!--exclam Lpero--. Que
vaya este hombre a las Cortes; que vayan muchos como l, y Espaa se
pone camisa limpia!

--Ya, ya!... _Pero_...--murmur Cuarterola.

--Pero... qu, hombre de Dios! Acabar usted de romper a hablar?--le
dijo Lpero ya exasperado.

--Vamos a ver qu tiene que objetar el bueno de don Jeromo--aadi don
Simn afablemente.

--Pues digo--repuso el tabernero perezosamente y con voz
aguardentosa--que todo lo que usted dice est muy bien dicho...

--En tal caso...

--Slo que--continu don Zambombo--es lo mismo que me han dicho todos
los candidatos que me han pedido el voto.

--Sin embargo...--replic don Simn algo resentido.

--Y luego que han sido diputados--concluy Cuarterola--, si te he visto,
no me acuerdo.

--Pues precisamente porque eso que usted dice es cierto, los hombres de
mi carcter y de mi posicin nos lanzamos esta vez a la lucha, resueltos
a que sea una verdad el sistema representativo.

--Ya, ya!--volvi a gruir Cuarterola.

--Conque, amigo don Jeromo--salt aqu don Celso, persuadido de que toda
preparacin era ociosa con aquel brbaro--, estamos al cabo de la calle
y nos hemos entendido. Me consta que a usted, de buena o de mala gana,
le siguen a las urnas todo el vecindario y algunos votantes ms.

--Ya, ya!...

--Dganos usted cuntas candidaturas impresas necesita, para que se las
enviemos oportunamente; y no se hable ms del asunto.

--Ya, ya!...

--Y antes que se me olvide: cmo va el pleito?

--El pleito?... Ya, ya!

--Est en segunda instancia?

--Ya, ya!... Ya va para tiempo.

--Pues en qu consiste la parada?

--A la vista est.... Soy pobre, no tengo arrimos...

--Y me haban asegurado a m que se le haba ofrecido a usted la
absolucin libre a cambio de sus votos para el candidato del
Gobierno!...

--Ya, ya!... Ofrecer, bien ofrecen; pero...

--Pero qu?

--Que quiero yo cobrar adelantado, y ellos no quieren pagar hasta el da
siguiente.

--Justo, para dejarle a usted en blanco, despus de haberlos servido...
Si anda ahora una pillera!...--concluy Lpero, fingiendo cierta
indignacin, como si quisiera conmover al tabernero.

--Y qu pleito es se?--pregunt don Simn.

--Una verdadera infamia!--le respondi Lpero guindole el ojo--. Un
_supuesto_ contrabando, por el cual han formado causa a este pobre
hombre, y le estn arruinando miserablemente.

--Eso digo yo!--suspir don Zambombo, bamboleando de un hombro a otro
su monstruosa cabeza.

--Pues, amigo mo--dijo don Celso--, jams hallar usted mejor ocasin
que sta para salir airoso en su empeo. Cabalmente tiene usted delante
al mejor amigo del regente de la Audiencia.

Al or esto, don Zambombo abri los ojos cuanto se lo permita la carne
de los prpados, y clav la mirada en don Simn.

Este se qued como quien ve visiones. Y no era extrao.

--Pero, don Celso--dijo sin poderse contener--, cmo es eso?...

--En efecto--repuso Lpero atajndole--: no es el mismo regente a quien
usted conoce, sino a la persona que ms le domina.

--Repare usted, don Celso...

--Nada, nada, amigo don Jeromo--continu Lpero desentendindose de los
escrpulos del candidato...--Y advierta usted que esto no va como
favor, ni mucho menos. Es usted un amigo a quien aprecio muchos aos
hace, y esto nos basta al seor don Simn y a m para prestarle de buena
gana este ligersimo servicio. Conque traiga usted papel y tintero, que
vamos a escribir una carta, que puede ser la fortuna de usted.

Como nada perda en ello el tabernero, movise perezosamente para
complacer a don Celso.

Entretanto, dijo ste a don Simn:

--Tiene usted que poner dos letras a aquella persona que salud a su
amigo de usted tres meses hace, y que es pariente de la cuada de un
amigo del regente.

--Pero don Celso!...

--Pero don Simn!...

--Si ni siquiera s cmo se llama!

--Diablo!

--Ni dnde reside!

--Demonio!... Pero no importa. Antes al contrario, es mejor as.

--Cmo que no importa?

--Lo dicho. Escriba usted a Juan Prez o a Luis Fernndez, y hblele
como si realmente existiera.

--Don Celso!... Y he de firmar yo una superchera semejante?

--Y por qu no? Sobre que la carta no ha de salir de la administracin
adonde vaya a parar.... Pregunte usted en Madrid o en Barcelona por un
Juan Prez, sin ms seas! El asunto es engatusar a este bodoque.

--Pero eso es indigno de una persona seria como yo!

--Ay, ay, ay!--exclam con sorna don Celso--. Esas tenemos? Con
escrpulos de monja nos venimos? Pues cuente usted desde ahora con que
le han de ocurrir en el distrito doscientos lances por el estilo, y si
usted est resuelto a hacerles ascos a todos, ya puede volverse a su
casa en la seguridad de no sentarse en los bancos del Congreso.

--La verdad es que ser diputado a ese precio...

--Pues a qu precio cree usted que son diputados los dems?

Terciaron en la porfa, auxiliando a don Celso, sus cinco camaradas; y
al cabo lograron reducir a don Simn, en el instante en que pona
Cuarterola sobre la mesa un tintero de cuerno con pluma de ave, y medio
pliego de papel con lamparones de aceite.

Entregselo todo a don Simn, que, a regaadientes, tuvo que escribir lo
que sigue, dictado muy recio por don Celso, no tanto para que lo oyera
bien Cuarterola, cuanto para llenar una exigencia del candidato, que de
este modo crea echar menor responsabilidad sobre su conciencia:


Seor don Pedro Gutirrez.

Madrid.


Mi queridsimo amigo y pariente: Como s que tambin lo eres del seor
regente de la Audiencia de este territorio, y que es raro el paso que da
en el cumplimiento de sus altos deberes sin or tu dictamen, espero que
le recomiendes con todo empeo la pronta y favorable resolucin del
pleito que pende ante aqulla, contra don Jeromo Cuarterola, de esta
vecindad, y persona de todo mi aprecio, sobre un supuesto contrabando.

Te anticipo las gracias, y espero que esta vez, como otras muchas,
valga, en cuanto deseo, la recomendacin de tu afectsimo amigo y
pariente,

SIMN DE LOS PEASCALES.

--Esto es infame!--dijo don Simn por lo bajo, al cerrar la carta.

--Pero muy conveniente--le contest don Celso, echando polvos en el
sobrescrito.

En seguida se la puso en la mano al tabernero, que se qued mirndola,
como distrado, y dndole vueltas.

--Repito--le dijo don Celso, un tanto quemado con aquella actitud--que
esta carta no es un favor que queremos vender a usted.... La hemos
escrito porque..., porque nos ha dado la gana; y nosotros somos as.

--Ya, ya!... _Pero_....

--Pero qu?...

--Que sin sello no correr..., me parece a m.

--Verdad es--dijo don Celso rindose--. Me olvidaba de que esto es
tambin estanco donde se venden los sellos de franqueo. Traiga usted uno
por nuestra cuenta.

Obedeci Cuarterola. Volvi con el sello; pegle a la carta Lpero, y al
devolvrsela al tabernero, le dijo:

--Ahora veamos cunto se le debe a usted por todo.

Quedse el botarga mordiendo la carta por un pico y murmurando:

--Dos del papel, y cuatro y medio del sello..., siete...; siete..., y
por la tinta.... Por la tinta, nada. Y luego, el vino: dos azumbres a
siete...

Pero enredndose en estos los muchas veces, fu al mostrador; llenle
con la tiza de nmeros como la palma de la mano; los borr dos veces con
saliva y la manga del chaquetn; escribilos de nuevo, y al fin volvi a
la mesa, diciendo en seco:

--Tres pesetas, con la _estaca_.

La estaca era, lector, el estar los caballos amarrados afuera, aunque
sin haber rodo un mal grano, ni haber hecho un cntimo de gasto ni de
desperfecto.

Ech don Simn un duro sobre la mesa.

--Qudese usted con la vuelta--dijo don Celso, que mandaba hasta en los
deseos del candidato.

Guard el avaro la moneda; pero no dijo una palabra.

--Conque, en resumen, don Jeromo--concluy Lpero, ponindose de pie, en
lo que le imitaron los dems de la partida--: quedamos en que, en
igualdad de circunstancias, preferir usted nuestra candidatura a las
otras dos, y en que probablemente la votar usted con toda su gente.

--Ya, ya!--respondi con su muletilla de costumbre el tabernero.

--Si usted tuviera la bondad de ser un poco ms franco!--se atrevi a
decirle don Simn.

--Psse!--refunfu don Zambombo--. Como tampoco ustedes lo son!...

--Cmo que no?

--Es la verdad. Y si no, a verlo vamos. Yo me comprometo a votarle a
usted con todos mis amigos...

--Muchas gracias, seor don Jeromo.

--Con tal de que usted se comprometa a otra cosa.

--Nada ms justo, seor de Cuarterola. Ve usted cmo al cabo nos vamos
entendiendo?

--Ahora lo veremos. Lo que yo quiero es que se haga en todo este ao una
carretera desde esta misma puerta al camino real, que no va muy lejos
de aqu.

--Nada ms justo, seor don Jeromo; y desde luego me comprometo, si
llego a ser diputado, a hacer cuanto pueda por conseguirlo..., y lo
conseguir, de seguro.

--Lo ve usted? Pues esto me van diciendo todos los diputados que me han
pedido el voto de diez aos a esta parte.

--Ya! Promesas vanas.

--Como las de usted.

--Hgame usted ms favor, seor mo, que yo soy una persona de
formalidad!

--Que el da en que sea diputado tendr cien mil cosas en qu ocuparse,
ms formales que este pobre camino.

--Cuando yo doy una palabra...

--Mire usted, seor don Simn: el camino costar, segn presupuesto que
se ha hecho, sobre tres mil duros. Deposite usted esa cantidad donde
mejor le parezca y con condicin de que se ha de emplear en esa obra, y
yo le doy a usted la votacin de todo el ayuntamiento..., y algo ms.

--Eso es desconfiar de m; y sobre todo, yo no puedo pagar tan cara mi
eleccin.

--No me ha dicho usted que est seguro de que el camino se har si yo
le voto?

--Si llego a ser diputado.

--Que es lo mismo, segn yo voy observando. Pues bueno. El da en que el
Gobierno, o la provincia..., o el demonio, haga el camino, recoge
usted su depsito... y en paz.

--Se pensar, seor don Jeromo, se pensar--dijo don Celso cortando
aquel dilogo, con el cual se iba amoscando algo el inexperto don Simn,
y con el fin de no desahuciar por completo al tabernero.

--Pues aqu estoy siempre a sus rdenes--concluy ste--, con la
condicin que he dicho. Si conviene, bueno; y si no, tan amigos como
siempre.

--Esa es la fija, y hasta la primera--contest don Celso montando a
caballo.

--Quede usted con Dios, _buen hombre_--aadi el candidato, montando
tambin, abrochndose las solapas y ponindose los guantes, seal de que
nada se prometa ya del brillo de sus alhajas para mover el nimo de
aquel pedazo de bruto, con costras de taimado... y de sebo....

Cabalgaron tambin los otros cinco auxiliares; y bajando callejones, y
resbalando sobre lastras, y vadeando regatos, salieron a una senda que
se llamaba _camino real_, por el que continuaron su marcha a obscuras;
porque es de advertir que haba anochecido una hora antes, y adems caa
una lluvia menudita que enfriaba hasta los huesos.




CAPTULO XI


Deban los expedicionarios ir a pernoctar a un pueblo que an distaba
tres horas, y a cierto casern medio feudal, perteneciente a un hidalgo
solitario que le habitaba. Era ste persona de bastante prestigio en
aquel pas, aunque de escasas rentas, y estbale don Simn muy
recomendado por algunos amigos de la ciudad. Conocanle adems todos
cuantos le acompaaban en la expedicin, por otras anlogas. Y dicho
est que el tal hidalgo era experto en los intrngulis electorales. Pero
era muy diplomtico antes de comprometerse con ninguno. En cambio, una
vez comprometido, no poda hablrsele ms del asunto. Esto lo saba muy
bien don Simn; y para mayor pesadumbre, ignoraba, a aquellas horas, la
actitud en que el hidalgo se hallaba con respecto a l; pues la nica
carta en que haba contestado a las muchas que se le escribieron desde
la ciudad pidindole su apoyo, tanto tena de dulce como de amarga.

Y caminando siempre, y meditando sobre este y otros puntos, y rara vez
hablando, el agua segua cayendo espesa y muy fra, y el candidato no
vea chispa...; digo mal, vea las que sacaban las herraduras del
caballo que preceda al suyo, al resbalar sobre los morrillos; y esto
suceda frecuentemente al borde de un precipicio, en cuyo fondo se
despeaba rugiendo un torrente, cada vez ms impetuoso con el caudal de
la lluvia. Veinte aos antes, Simn Cerojo no se hubiera fijado siquiera
en estos imponentes detalles, y hubiera caminado impvido a la misma
hora y por el mismo sendero, entonando unas seguidillas, a pesar de la
lluvia y del fro. Pero la vida regalona y el apego a las comodidades
del rico Peascales, haban enervado los bros y arrugado el corazn del
apuesto cortejante de la arisca Juana. Don Simn, pues, era, enfrente de
todo peligro serio, tmido como una liebre. Por eso se estremeca de
espanto al considerar la facilidad con que l y su apreciable
candidatura podan ir en un momento a contar la campaa al otro mundo. Y
no bastaban a tranquilizarle las seguridades que le daban sus
compaeros, fundndose en el instinto y la firmeza de las cabalgaduras....
No era mucho, a la verdad, semejante garanta, nica con que, de
tejas abajo, contaban en ciertos pasos peligrosos!

Aterrbale otra vez la tenebrosa soledad de un bosque, impenetrable a la
tenue claridad del firmamento, nica luz que hasta entonces haba visto
desde que anocheciera. Asaltbanle all toda clase de miedos, a los
ladrones principalmente; pero de ste se sacuda con alguna facilidad,
considerando que hasta para robar era cruel aquella noche, aun en el
supuesto de ser creble que en semejantes soledades habitaran los que
viven a expensas de lo que tienen los que jams pasaran por all, a no
estar tentados del demonio, o del afn de ser diputados a Cortes, que
tanto monta. Del miedo a las fieras le curaban sus acompaantes,
asegurndole que el lobo y otros animalitos por el estilo no hacen caso
del hombre como tengan bestias en que cebarse; y los viajeros llevaban,
por de pronto, siete caballos que ofrecer a la voracidad del soado
enemigo.

Con estos y otros consuelos, don Simn hasta se atreva a toser sin
taparse la boca, cuando el fro de la noche le obligaba a ello.

De pronto se encontraba en una poza con el agua hasta las cinchas.

--Afloje usted las riendas--le gritaban desde atrs--, y deje al
caballo que siga la calzada!

--Es decir--pensaba, aterrado, don Simn--, que este animal sigue a
tientas y por instinto cierta calzada que est cubierta por el agua. De
modo que si se sale de ella, porque el instinto no le alcanza, o si
tropieza y cae.... Dios eterno!... Y todo, por qu? Por ir a buscar
unos cuantos votos que, de fijo, no han de darme, para una eleccin que,
de todos modos, y si no me agarro a otras aldabas, he de perder, y con
el fin de ejercer un cargo que maldita la falta me hace!

Y el buen seor, sincero y cuerdo en aquellos instantes, renegaba de la
hora en que se resolvi a luchar en semejante terreno, y se acordaba del
amor de su familia y de la paz de su hogar.

Pero sala del atolladero por un esfuerzo de su cabalgadura y un milagro
de la Providencia, y hasta que se meta en otro ms apurado no volva a
ser cuerdo ni razonable.... As nos hizo Dios, y no hay que darle
vueltas.

De vez en cuando se distingua una luz muy a lo lejos.

--Es _all_?--preguntaba con ansia el candidato, que ya no poda
sostenerse en el caballo, de fro, de miedo y de cansancio.

--_Un poco_ ms all--le respondan siempre.

Y para hacer ms llevadera su impaciencia, encontrbase de pronto en una
_hoz_, cuyos taludes de escuetos peascos parecan juntarse sobre la
cabeza del aturdido expedicionario, y cerrarle la salida en todas
direcciones. Oa los mugidos del ro que pasaba a su izquierda; tocaba
los jaramagos que brotaban entre las rendijas a su derecha, y senta en
el rostro el fango con que le salpicaban los caballos que le precedan,
y el aire sutil y nauseabundo, como el de una caverna, que silbaba al
pasar por aquel tubo retorcido y caprichoso. Pero nada vea, si no era
la espantosa representacin de su cadver, magullado por las peas del
ro y dando tumbos con la corriente.

Salase tambin de aquel mal paso, y otra luz se ofreca a la vista del
asendereado candidato.... Pero tampoco era _all_!

Al cabo, perdiendo en cada luz una esperanza, como Coln antes de ver la
tierra que buscaba; salvando nuevos precipicios y lloviendo siempre y
haciendo cada vez ms fro, lleg la expedicin a puerto de seguridad.

Estaban los viajeros delante de la casa del hidalgo.... Pero esto lo
supo don Simn porque se lo dijeron; pues tal era la obscuridad, que,
por no ver nada, ni siquiera vea las orejas de su caballo. Oy que
alguien aporreaba una puerta, o cosa as, con algo tan duro como un
morrillo, y que a cada golpe responda, _adentro_, un ladrido
tremebundo. Estos porrazos duraron cerca de un cuarto de hora, y otro
tanto los ladridos. Al cabo de este tiempo percibi un rechinamiento,
como el de una gran llave dentro de una inmensa cerradura; despus el
sonido de un barrote de hierro rebotando por un extremo sobre otro
cuerpo menos duro; despus el chirrido de unos goznes roosos..., y,
por ltimo, _vi_ la luz de un farol muy ahumado, a cuyos dbiles
resplandores pudo observar que se haba abierto enfrente una
_portalada_.

Pregunt el jayn que alumbraba quienes eran los de afuera; respondieron
stos cumplidamente, y los hizo entrar en una corralada, donde fueron
recibidos por un perrazo que se adivinaba por los feroces ladridos, que
no cesaban un punto, y por el crujir de la cadena con que estaba
amarrado, pues la luz del farol no alcanzaba tres varas ms all del
hombre que le sostena.

En esto apareci en el ancho soportal, con otro farol en la mano, una
especie de fantasma envuelto en un largo ropn, y cubierta la cabeza con
una gorra de pieles. Al ver al _aparecido_ los acompaantes de don
Simn, corrieron a l; y con el acento del ms afectuoso inters,
dijeron a una:

--Seor don Recaredo!...

Mirlos ste despacio, arrimando el farol a la cara de cada uno; y
cuando los hubo conocido,

--Tanto bueno por ac!--exclam--. Ya me esperaba yo la visita.

--Se la han anunciado a usted, acaso?

--Qu ms anuncio que la proximidad de las elecciones?

--Je, je, je!... Qu don Recaredo ste!

--Siempre el mismo!

--Qu _clebre_!

--Y a propsito de elecciones--dijo don Celso--: tengo el gusto de
presentar a usted a nuestro.... Calle! Dnde est don Simn?

--Aqu est!--respondi desde el corral una voz dbil y enronquecida.

Corrieron all los seis caciques, y encontraron al candidato haciendo
los mayores esfuerzos para apearse, ayudado del jayn.

El pobre hombre estaba entumecido, yerto.

Bajronle entre todos del caballo, y medio suspendido en el aire le
llevaron al portal.

--El seor--dijo don Celso continuando la interrumpida presentacin a
don Recaredo--es nuestro candidato; persona ilustradsima y de gran
arraigo, y se llama don Simn de los Peascales.

--Conque el seor es don Simn de los...! Hombre, hombre! Pues no me
le han recomendado poco mis buenos amigos de la ciudad! Cmo haba yo
de sospechar que vena entre tanta buena pieza!... Pero se siente usted
mal, seor don Simn?

--Nada de eso, mi seor don Recaredo--respondi con dificultad el
interrogado--; sino que con una jornada tan larga a caballo, y la falta
de costumbre..., y luego el fro..., est usted?... Pero, ante todo,
le ruego que excuse mi poca cortesa al corresponder a sus atenciones,
en vista de la dificultad que...

--Pues no faltaba ms sino que anduviramos ahora en cumplidos! Lo que
usted necesita es un buen fuego y un regular alimento, y de todo le
proveeremos al punto, si Dios quiere. Conque, seores, vamos arriba, que
de las cabalgaduras ya cuidar el mozo.

Gui don Recaredo a los expedicionarios por una vieja, ancha y sucia
escalera de pocos tramos, y llegaron a un gran pasadizo, cuyo tillado,
carcomido a trechos, se cimbreaba al andar sobre l. A uno de sus
extremos estaba la cocina, en la cual entraron todos detrs del hidalgo.

Arda en ella una hoguera enorme, y esta hoguera estaba encerrada por el
alto poyo del fondo y tres largos bancos, ms un silln de madera que
ocupaba el sitio de preferencia. La cocina era inmensa, y la haca
parecer mayor an de lo que era el negro brillante de sus paredes, que
no permita ver lneas ni contornos, ni, por consiguiente, dnde
concluan el techo y el pavimento y comenzaba la obscuridad del vaco.
Y grande necesitaba ser aquella pieza para contener lo que contena!

Adems de la espetera y medio bosque de lea y otros objetos propios del
lugar, se vean all una montura completa de caballo; dos escopetas, una
carabina, un cuchillo de monte y un morral de caza; un banco de
carpintero con todas las herramientas; dos ruedas de carro, a medio
hacer; madera labrada para otras tantas; tres sacos llenos de grano; una
gata con seis hijuelos recin nacidos; varias pieles de oso; una piedra
de afilar, de una vara de dimetro, montada sobre su piln
correspondiente..., y qu s yo cuntas cosas ms! En ciertos pueblos
se vive en la cocina durante el invierno, y el invierno duraba ocho
meses en aquel pueblo. No es extrao, pues, que la de don Recaredo fuera
tan grande y estuviera tan provista.

Despojado don Simn de cuantas prendas llevaba encima de s contra la
lluvia, sentronle en el silln de preferencia, a media vara del fuego.
Sus amigos y el hidalgo, despus de dar a sus criados algunas rdenes,
se colocaron en los bancos. Y bien lo necesitaban los seis caciques;
pues, menos provistos de impermeables que don Simn, estaban calados de
agua hasta el pellejo.

Era don Recaredo hombre que pasaba ya de los sesenta; alto, musculoso,
de rostro atezado, medio cubierto por una barba muy cerrada y fuerte,
pero casi blanca, o ms bien amarillenta; el pelo, que conservaba tan
espeso como en su juventud, era mucho ms blanco que la barba, as como
las pestaas y las cejas. Al verle don Simn a la luz de la fogata, con
aquella cara, con aquel birrete de piel y envuelto desde el cuello hasta
los pies en un capotn de monte, crey estar contemplando a uno de los
_magos_ que l haba visto salir alguna vez por escotilln en el teatro,
entre llamaradas de resina. Pero, lejos de ser un personaje siniestro,
don Recaredo era todo lo contrario: afable, hospitalario y benvolo como
pocos.

Unico resto de una familia antiqusima del pas, y poco aficionado a las
delicias matrimoniales, haba dejado pasar los mejores aos de su vida
entre los placeres de la caza y las atenciones de su hacienda, que le
daba lo necesario para vivir hecho un seor en aquellas soledades.
Respetbanle los campesinos por su carcter... y por sus fuerzas, y
tambin por ciertas convidadas que saba darles oportunamente. Todo
sinceridad y franqueza, no se le conoca vicio ni repliegue que tratase
de ocultar a sus vecinos; aunque no faltaba mala lengua que asegurase
que el tal hidalgo menudeaba demasiado las visitas a cierta cuba de lo
aejo que conservaba en la bodega; pero lo cierto es que nadie pudo
probarlo..., no el vino, sino el hecho. Sus verdaderas aficiones, bien
notorias, eran la carpintera y la caza. Como carpintero, haca
primores; como cazador, no tena rival en el pas. Amaba la garlopa y el
escoplo, y se pasaba das enteros sobre el banco; pero amaba mucho ms
su escopeta y su pual. Ir al monte con sus sabuesos; seguir la pista
del oso; llegar a verle, apuntarle, herirle, oh placer!..., y, sobre
todo, rematarle a pualadas, luchando con la fiera cuerpo a cuerpo,
brazo a brazo, solo, sin ms testigos que sus perros, sin otro auxilio
que el de su corazn impvido, su puo de bronce y su pual de acero.
Oh embriaguez sublime! Estos lances, de los que contaba muchos en la
vida, eran todo su orgullo, toda su gloria.

Por eso creo yo que no deba de ser verdad lo del vino..., ni lo que
tambin se murmuraba sobre ciertos mocetones del pueblo, que, a ms de
parecrsele en figura como un huevo a otro, reciban de l
frecuentsimos agasajos y deferencias, y le llamaban _padrino_ sin
haberlos sacado de pila. Buen caso haca don Recaredo de esas
debilidades de la naturaleza!

Como hombre de rancia progenie, estaba muy relacionado en toda la
provincia, aunque se pasaba aos y aos sin salir de su aldea; y como
elector de empuje, era uno de los ms mimados del distrito. De aqu la
intimidad que pareca haber entre l y los acompaantes de don Simn.
Todos eran veteranos del mismo ejrcito.

Cmo pensaba el hidalgo antes de comprometerse en una eleccin, jams se
supo; y mal poda saberse cuando l mismo lo ignoraba. Y lo ignoraba,
porque no era hombre de inclinaciones polticas. Salvos ciertos resabios
de estirpe, cualquier color, y aun forma de gobierno, le eran
indiferentes; porque, despus de todo, para l no presentaba la historia
ms que un rey digno de haberlo sido: don Fabila; y mientras el tiempo o
las circunstancias no trajeran a reinar otro idntico, y capaz, no slo
de luchar con el oso, sino de vencerle, no pensaba afiliarse en ningn
bando.

Por estas y otras razones, o no votaba a nadie cuando de elecciones se
trataba, o se iba con el primero que supiera pedirle su apoyo con cierta
habilidad.

En el caso de que vamos tratando, se haba comprometido con alguno
seriamente antes de visitarle don Simn? Esta era la duda.

En vano intentaron aclararla el candidato y sus amigos, confortado ya el
primero y secos los segundos al calor de la lumbre. El hidalgo no se
franqueaba. Esto era un mal sntoma para ellos.

Mientras los unos persistan en el tema, aunque con ciertos rodeos y
miramientos, y el otro escurra el bulto, como decirse suele, una
mocetona preparaba al fuego un perol de sopas de ajo, media arroba de
lomo y otras _menudencias_ por el estilo, que siempre abundaban en casa
de don Recaredo.

Cuando la cena estuvo pronta, condujo ste a los huspedes a un saln
tan grande como la cocina, pero no tan _amueblado_. All estaba
preparada la mesa. Era alta, de tijera, y supongo que tallada, porque lo
estaban, hasta con escudos y motes, los dos bancos de respaldo a ella
adjuntos. Cubrala un mantel blanqusimo y fino, pero demasiado rado
por el uso; y se conoca por el tamao, por el peso y por la forma, que
tambin eran de abolengo los cubiertos y dos cucharones de plata que
brillaban sobre el mantel, a la luz de un veln de cuatro mecheros que
penda de una tablilla, clavada por un extremo en una vigueta del techo.
Con el auxilio de esta luz, cuyo alcance no pasaba de la mesa, pareca
distinguirse all en lontananza, entre las sombras del fondo, dos
grandes cuadros al leo, un armario y un reloj de caja.

Durante la cena, se habl largamente de las aficiones de don Recaredo,
de sus ascendientes, de las peripecias del viaje, del tiempo..., de
todo, menos de las elecciones.

Concluda la cena, hubo para cada husped una cama, no muy blanda, pero
s muy limpia, y la mejor para don Simn.

En buena justicia, qu ms haba de pedir ste al hidalgo, sin ser un
grosero? Acostse, pues, sin saber lo que deseaba; durmise al cabo...
y amaneci el nuevo da, tan fro, tan lluvioso y tan desagradable como
el anterior.

Y haba que continuar el viaje!; y cuanto ms se anduviera, mayor
altura se ganara, y mayores, por consiguiente, seran los rigores de la
intemperie!

Con estas reflexiones, se le erizaban a don Simn los pocos pelos que
tena.

Cuando acab de vestirse sali en busca de su gente; pero se extravi en
un laberinto de salones y pasadizos desmantelados y sin orden ni
concierto. Por casualidad tropez con la cocina al cabo de un buen rato,
y all encontr a sus amigos calentndose a la lumbre y almorzando sopas
en leche, acompaados de don Recaredo, cuyo sitial de preferencia tuvo
que aceptar.

Nada se habl tampoco en aquella ocasin de lo que ms interesaba al
candidato, por mucho que ste y sus acompaantes buscaron la lengua al
hidalgo.

Y el tiempo apremiaba, y era preciso dejar sin tardanza el hospitalario
albergue.

Y se di la orden para que se aparejaran los rocines; y lleg el caso de
que los expedicionarios bajaran al portal con las espuelas calzadas; y
montaron todos..., y todava no se cruzaron entre don Simn y don
Recaredo otras palabras que no fueran lisonjas, cumplidos y finezas!

Por fin, al ponerse en marcha la gente en el corral, y teniendo entre
las suyas el hidalgo una mano de don Simn, dijo al segundo el primero:

--Crea usted, amigo y seor mo, que mi satisfaccin hubiera sido
cumplida, si al honor que recibo hospedndole en mi casa, pudiera aadir
el placer de servirle en cuanto desea.

--Tan invencibles son los obstculos que se lo impiden a usted, mi
seor don Recaredo?--preguntle don Simn, en tono compungido y casi con
lgrimas en los ojos.

--No tanto como de ordinario--respondi el hidalgo--, porque la verdad
es que a ninguna eleccin me he ligado con menos fuerza que a sta.

--Entonces--repuso don Simn, apretando ms y ms las manos de don
Recaredo--, me ser lcito esperar que logre usted romper, o desatar,
esos compromisos de tan poca consistencia?

--Para m, seor don Simn--dijo el hidalgo con cierta solemnidad--,
tratndose de compromisos de mi palabra, lo mismo son las ligaduras de
hierro que las de estambre.

--Entonces no insisto--replic don Simn, aflojando su mano hasta soltar
las de don Recaredo.

--Vaya usted en la inteligencia--djole ste con cierta sonrisilla y
dando dos pasos atrs--de que para hacer por usted cuanto me fuera
posible, bastaban las cartas de sus amigos.

Si esto fu una pulla, jams se supo, pues don Simn, que era a quien
ms interesaba averiguarlo, ni lo intent siquiera; y en cuanto a sus
acompaantes, bien _cenados_, bien _dormidos_ y bien _almorzados_ en
casa y a expensas del hidalgo, qu diablo les importaba una frase ms o
menos, por intencionada que fuese?

Al salir de la corralada tuvo don Simn la curiosidad de fijar la vista
en la fachada del casern. Era de piedra amarillenta, y estaba cubierto
de blasones, de musgo... y de rendijas; el alero se caa, y los
balcones se desmayaban. All no se haba gastado un real en reparaciones
durante muchos aos. Estara don Recaredo decidido a que fenecieran
juntos el solar y el solariego? Todo era creble en su carcter.




CAPTULO XII


La marcha de aquel da fue ms penosa que la del anterior; pues a los
inconvenientes de la vspera hubo que aadir los que ofrecan una capa
de nieve de ms de media vara de espesor, con que se hallaron a las
pocas horas de camino, y la que continuaba cayendo. Frecuentes veces
tenan que apearse los viajeros para descender rpidas pendientes.
Entonces, sueltos los caballos y buscando los jinetes los pasos menos
inseguros, solan rodar unos y otros, y cada cual por su lado, como
troncos inertes; lo que no diverta gran cosa a don Simn, aunque haca
rer ms de una vez a sus acompaantes.

Estas peripecias y otras anlogas duraron tres das, hasta que, vueltos
los expedicionarios al llano, encontraron una regular temperatura,
mejores caminos y un sol radiante.

En sus diversos altos y paradas, que dispona siempre aquel de los seis
caciques ms conocedor del terreno electoral que iba a pisarse, no
encontr siempre don Simn un albergue tan placentero como el del
hidalgo, ni muchos tipos que se le parecieran en la nobleza del
carcter. Cunto abundaban los traficantes en votos y los especuladores
en candidaturas!

Durante el largo trayecto de algn punto a otro, departan calurosamente
los expedicionarios sobre los azares de la eleccin, o _discreteaban_
los acompaantes de nuestro candidato, o le pintaban muy lisonjero el
desenlace de la campaa, con el fin de hacerle el viaje ms divertido.
Pero ni por sas! Don Simn, nuevo en el oficio, hallaba en cada
trmite casos y cosas que le aburran, quizs ms que las dificultades
materiales del camino.

Tena encargo especial de su estado mayor de saludar cortsmente a todo
viandante que se cruzara con ellos, y as lo haca el santo varn, por
aquello de que donde menos se piensa se adquiere un voto.

Una vez se le deca, al pasar junto a una choza miserable y solitaria:

--Es preciso que haga usted una _visita_ a la persona que vive ah.

--Pero si no la conozco, hombres de Dios, ni aunque la conociera
valdra el trabajo de detenernos!--observaba don Simn, con
repugnancia.

--Djese usted de remilgos, don Simn, y considere que esta choza, entre
padres, hijos y allegados, vale ms de cinco votos.

Y all tenan ustedes a todo un capitalista, cargado de oro y
diamantes, apendose entre puercos, terneros y mastines, descubrindose
humildsimo, dando la mano y preguntando por _la seora_ y dems familia
a un rstico destripaterrones, que ola a boiga y aguardiente, y apenas
se dignaba responder como saba a tantas deferencias, no obstante
haberle sido presentado el candidato con los ttulos consabidos de
persona independiente, con treinta mil duros de renta y mucho talento!.

Otra vez se encontraban en el camino con un par de reses y su conductor.

--Es preciso--se le deca entonces--que pondere usted mucho y muy recio
esos animales.

--Para qu?--preguntaba asombrado don Simn.

--Para que lo oiga el que va con ellos.

--Y qu tengo yo que ver con l?

--Friolera!... Es un elector!

--Aunque sea el preste Juan de las Indias!... Yo no hago esas
tonteras!

--El que algo quiere, seor don Simn, algo tiene que sufrir.

--Ya, ya; pero hay cosas!...

--Mire usted que cada uno de nosotros es viejo en el oficio, y cuando
le aconsejamos algo, con su cuenta va!

Y el soplado personaje, que se senta dominado por aquellos seis
diablillos en cuanto se relacionara con su empresa electoral, no tena
ms remedio que parar su caballo cuando se le acercaban los animales,
fijarse en ellos, y comenzar a gritar como un energmeno:

--Oh!... Magnficos! Qu gallarda! Qu cuarto trasero! Qu
_anchos_! Soberbia raza! Son de usted, buen hombre?--preguntaba por
remate al conductor.

--Para servir a usted--responda el interrogado, con cara de recelo.

Acto continuo le asaltaban los caciques; y despus de abrazarle y
sobarle mucho,

--Tenemos el gusto--le decan--de presentarte a nuestro candidato, el
seor don Simn de los Peascales, persona independiente, con treinta
mil duros de renta y mucho talento.

--Muy seor mo--aada don Simn, quitndose los guantes, abriendo las
solapas y dando un cigarro al campesino, para lucir tres cosas de un
golpe: su rumbo, su cadena y sus diamantes.

Tomaba el buen hombre el cigarro, sin hacer gran caso de lo dems; y
mientras chupaba para encenderle, deca con mucha calma:

--De la que yo entend a un seor tan principal como ste alabarme
tanto las bestias, dije para m: por qu ser? Mil demonios si me
acordaba de la eliciones!

--Pues ya te las han recordado...

--Como si callaran; que nosotros, los probes, vamos por onde nos llevan,
y gracias que as y todo!... Conque ea!, se agradece el osequio y la
alabanza, y hasta otra.

--Pero oye un momento!...

--No puede ser, que se me van las bestias, y temo que hagan alguna que
me cueste los cuartos.

--Lo ven ustedes?--deca don Simn, muy amoscado, volvindose hacia sus
consejeros.

Pero stos se le rean a las barbas por toda respuesta; y llevados del
mejor deseo, y fundados en su experiencia, ni se arrepentan ni se
enmendaban.




CAPTULO XIII


Si el objeto exclusivo de estas pginas fuera pintar los azares y
fatigas de un candidato en vsperas de su eleccin, yo siguiera paso a
paso al de mi historia en su peregrinacin por el distrito; pero como
son varios los asuntos que abarcan estos captulos mal pergeados, me
limitar a decir, en compendio y para gobierno del inexperto lector, que
por dondequiera que iban nuestros expedicionarios, hallaban con
frecuencia el terreno electoral rebelde a su cultivo, y el ms propicio
no pasaba del aspecto dudoso que ofreca el del Mayorazgo. En todas
partes aparecan huellas de _la influencia moral_ del Gobierno. Aqu se
haba ofrecido un juzgado de primera instancia; all, una carretera; en
el otro pueblo, la aprobacin de sus cuentas municipales, que ya tenan
que ver!; en el del otro lado, la tala de un monte, y en el de
enfrente, el repartimiento, entre los vecinos, de ciertos terrenos de
propios.

En vano don Simn saludaba hasta a los perros, y mostraba varas de
cadena y adoquines de diamantes, y se desgaitaba don Celso para
demostrar a las gentes reacias, con el recuerdo de otras muchas
elecciones, que el poder _oficial_ hace esas y otras muchas ofertas, y
jams las cumple aunque consiga su objeto. Los jefes de los diversos
grupos electorales preferan ser engaados sirviendo al Gobierno, a ser
servidos a medias por un charlatn con el desacreditado ttulo de
candidato _independiente_. En cuanto a las masas de electores, que eran
los verdaderos rbitros de la contienda, nadie se cansaba en pedirles su
parecer: iran como dciles rebaos a depositar en las urnas una
candidatura que se les entregara cerrada; y ni ms saban ni ms sabrn
en los siglos de los siglos, aunque siglos dure, que lo dudo, esta
comedia.

Siempre que la expedicin haca un alto, y muchas veces mientras
caminaba, recontaba los votos seguros, aada los _recaudados_
ltimamente, y acababa por formar un estado general, cercenando una
tercera parte de los probables y aadindoselos al enemigo, para ponerse
don Simn en el peor caso imaginable. El ltimo cmputo que se hizo
dejaba muy dudoso el xito de la lucha; y tener duda en tales casos,
equivale a una derrota segura.

Bajo esta triste impresin, y, adems, molido, sucio, desgarrado y con
la cara roja como un pimiento, volvi don Simn a su casa, ocho das
despus de haber salido de ella.

Para colmo de angustias, cuarenta y ocho horas ms tarde supo por don
Celso (que haba quedado con sus cinco compaeros recorriendo el
distrito, el cual no abandonaran hasta que votar el ltimo elector;
tenacidad incomprensible para todo el que no sepa con qu
encarnizamiento se lucha en tales batallas), supo, repito, que el
Mayorazgo se haba pasado al enemigo con armas y bagajes, a cambio de no
s qu ensanche que la administracin le permita dar al cierro que
conocemos; otra falange _segura_ de votos se iba detrs de cierto
cacique, seducido a ltima hora con la resolucin favorable de un
expediente escandaloso; don Recaredo decididamente no le votaba, y tres
Ayuntamientos, hasta entonces _seguros_, haban pasado a la categora de
_muy dudosos_, merced a ciertas garantas de favores ofrecidas por el
candidato ministerial. Y lo peor de todo era que slo faltaban tres das
para dar principio a la eleccin; y en tan corto plazo no poda
conjurarse el conflicto, aunque don Simn echara la casa por la
ventana.

Don Celso conclua su carta diciendo que haba que decidirse o por la
derrota o por transigir con el Gobierno. Segn l, esto ltimo era lo
ms conveniente; pues, bien mirado, el Gobierno no era mejor que otros
muy malos, pero tampoco era peor; y, al cabo, para hacer algo por el
pas, mejor se estaba al calorcillo ministerial, que en el infierno de
la oposicin o en el limbo de los independientes.

Repugnbale a don Simn perder este ltimo carcter que tanto le
halagaba; pero no poda resignarse a no ser diputado, ya que estaba con
las manos en la masa. En tan apurado trance, consult a sus amigos,
quienes, por unanimidad, opinaron como don Celso.

A consecuencia de este acuerdo, mediaron negociaciones en ciertos
centros oficiales, y don Simn fue admitido en ellos hasta con palio.
Jug el telgrafo; supo el Gobierno que acababa de hacer la adquisicin
de uno de los personajes ms importantes del pas; dijronlo as al
punto los peridicos oficiosos de la corte; spolo toda Espaa;
desapareci la candidatura del pobre aventurero, a quien se di en pago
una credencial _de primera_, que es cuanto l ambicionaba, y se le dijo
a don Simn:

--Puede usted ir a descansar tranquilo. Ya es usted diputado.

Y as fu. Verificadas las elecciones, y mientras se verificaban, se
habl mucho de palizas, de urnas suplantadas, de electores presos, de
muertos que votaban, y aun de algunos vivos que por votar murieron; de
casas que ardan, y de otros recursos tan usuales y lcitos como stos,
empleados en beneficio de la candidatura de don Simn; pero lo cierto es
que a ste se le proclam diputado electo por el distrito, y se le
entreg un acta que as lo declaraba, limpia como el oro.

Dironsele, pues, las consabidas serenatas por todas las murgas de la
poblacin; recibi las acostumbradas felicitaciones, y, oh fuerza de la
vanidad satisfecha!, lleg a creerse merecedor de tanto obsequio, y
hasta legtimo representante de la librrima voluntad de sus electores.
Y lo crea tanto, que, das despus de elegido, se indignaba, con la
mejor buena fe, al hablar de las _coacciones_ ejercidas contra l por el
pobre candidato de oposicin durante las elecciones. Qu ms poda
pedirse a don Simn?... Estaba en perfecto carcter de diputado
_independiente_.

A todo esto, doa Juana estaba como nio con zapatos nuevos. En cuanto
su marido recibi el acta de su eleccin, se lanz a la calle y encarg
a la modista tres vestidos _de lo mejor_, y uno de _media cola_... Ira
al Congreso, a las tribunas de preferencia, muy a menudo; a palacio
alguna vez; dara rumbosas fiestas a los hombres de Estado;
obsequiaran a su hija ministros y embajadores...; quizs obtendra un
ttulo de Castilla!...

Todo esto, y mucho ms que antes pasaba lentamente y como una ilusin
por su fantasa, vi en un momento, palpable y como ya realizado, ante
sus ojos. Menudo sofocn iban a pasar las seoras _provincianas_ que
haban hecho mofa de sus resabios de lugarea! Pues y cuando _La
Correspondencia_ anunciara sus idas y venidas? Y cuando _La poca_
historiase sus recepciones entonadas?

Bajo impresiones tan embriagadoras, vestida con lo mejor que tena, y su
hija con lo ms elegante de su bien provisto ropero, estuvo una semana
haciendo visitas que siempre haba desdeado, y pagando otras que deba
de muy atrs, slo por buscar ocasiones de anunciar su salida para
Madrid, adonde la llevaba el delicado cargo con que el pas haba
honrado a su marido.

Entretanto, ordenaba ste sus asuntos mercantiles, para dejarlos bajo la
direccin y al arbitrio de un dependiente de su confianza.




CAPTULO XIV


Lo que resta de la presente historia, con ser lo ms importante por lo
que al protagonista afecta, ha de ser lo ms soporfero para el lector,
que, de seguro, conoce a palmos el terreno que vamos a pisar, y ha de
anticiparse con la memoria a mucho de lo que yo le refiera. Y no ser
poca mi suerte si no me interrumpe ms de una vez para decirme: Y a m
qu me cuenta usted? Si me lo s de corrido mucho ha! Si ese tipo y
cuantos con l se rozan viven en mi calle!... Desdichado inconveniente
que toca todo aquel que falto de ingenio, como yo, para inventar
personajes y escenas _del otro mundo_, busca el asunto de sus prosaicas
relaciones en los hechos vulgares y tangibles de la vida real y prctica
de los hombres y de los pueblos!

Pero ha de impedirme esta razn, que en m pesa mucho, seguir narrando
los sucesos hasta el fin de la comenzada historia? No a fe; que, despus
de todo, no est mandado por ninguna ley que siempre que se cuente algo
hayan de ser maravillas.

Prosiguiendo, pues, sin ms prembulo el suspendido relato, encontramos
ya a Periquito hecho fraile; es decir, a don Simn en Madrid con su
_augusto_ carcter de diputado a Cortes, y a su familia acomodada con l
en una de las principales calles, y no en la peor de sus casas.

Pero an no haba tomado asiento en el Congreso el flamante poltico, y
ya estaba convencido de una, para l, triste verdad, a saber: que para
brillar en Madrid como brillaba en su provincia, no bastaban el caudal
del rico negociante y las dems preeminencias que sobre ste haban ido
recayendo una tras de otra.

_La Correspondencia_ haba anunciado su llegada a Madrid, no solamente
como diputado, sino como una de las personas ms importantes y
benemritas del pas; y no se haba sacudido el polvo del viaje, cuando
el ministro de la Gobernacin, en un atento _B.L.M_., le haba citado a
su despacho. All, S.E. le haba llenado de incienso, asegurndole,
entre otras cosas, que con el concurso de hombres tan respetables e
ilustrados como el seor de los Peascales, todos los conflictos
polticos y econmicos se conjuraban, y Espaa estaba de enhorabuena.

Y a pesar de estas y otras deferencias que, dicho sea de paso, l crea
merecer, don Simn se echaba a la calle, de intento a pie, y nadie le
saludaba ni le miraba con curiosidad.

Iba al Congreso en los das que precedieron a su solemne apertura, y en
sus alfombrados salones y pasillos, y en cada uno de los infinitos
grupos de diputados, periodistas, altos funcionarios y otras gentes de
mucha nota, que se formaban aqu y all, hablbase de todo menos de su
llegada, de su caudal o de su _importancia_. Y, sin embargo, all no
haba muchos gabanes ms flamantes que el suyo, ni muchas camisas ms
limpias, ni muchas botas ms aplomadas. Al contrario, abundaban los
paos rados, los pantalones con rodilleras, las camisas de tres das y
los tacones de medio lado.

En qu consista, pues, la indiferencia con que se le miraba all y
fuera de all? Quiz se necesitase en Madrid algo ms que dinero para
brillar; tal vez un poco de osada, o muchas conexiones de familia, o
algn triunfo ruidoso; elementos todos hijos del tiempo y las
circunstancias, que l adquirira indudablemente. Pero lo cierto era, y
esto le contristaba hondamente, que su _cada_ en Madrid no haba hecho
el menor efecto en el pblico. Tena, pues, que ganar en la corte, grado
a grado, la altura que en la ciudad gan de un brinco. La empresa, a la
verdad, era superior a las fuerzas de don Simn; pero l no lo crea
as, y esto le consolaba un poco.

Entretanto, se regodeaba con las distinciones que le correspondan por
su investidura. Mientras las puertas del Congreso estaban cercadas por
una multitud de papanatas, a quienes se prohiba hasta aproximarse a la
acera, l las atravesaba erguido entre las reverencias de los porteros,
que, al abrirle respetuosamente la mampara de rojo terciopelo, le
decan:

--Pase _Usa_.

Una vez adentro, poda tocar el botn elctrico que se le antojase, para
pedir a un ujier lo que tuviera por conveniente; pasear en el saln que
mejor le pareciese; sentarse en el divn ms cmodo; escribir en los
gabinetes al efecto; pedir en secretara el expediente ms difcil de
hallar, y en el archivo el libro ms extrao; en fin, hasta beber, de
balde, un vaso de agua con azucarillo en la _cantina_ de la casa.

El ministro continuaba citndole frecuentemente a su despacho con otros
diputados de la mayora, y all, mano a mano y como en familia, se
contaban las fuerzas y se discutan las batallas que, por de pronto,
necesitaba dar el Gobierno, sin perjuicio de otras ms rudas que tendra
que librar ms adelante.

No se apuraba don Simn por esto, pues no paraba mientes en tan poca
cosa. Fijbase nicamente en las distinciones con que se le honraba en
aquella alta regin. El ministro le pasaba la mano por el lomo; le
llamaba mi excelente don Simn, y hasta le daba un cigarro o se le
peda; y los porteros del Ministerio, esos proverbiales cancerberos,
bruscos y desabridos hasta la ferocidad con todo _simple mortal_, con l
se descoyuntaban a reverencias y cortesas.

Muy envanecido con estas y otras parecidas distinciones, a falta de las
ms populares y solemnes que aguardaba para ms adelante, considrese el
efecto que le causara la noticia que se le di una vez en los pasillos
del Congreso, de que las oposiciones iban a hacer una guerra implacable
a las actas ministeriales, y que la suya figuraba en primer trmino como
la ms escandalosa. Don Simn no haba perdido an la fe en el, para
entonces, desacreditado aforismo: de la discusin nace la luz. No
contena el acta una mala protesta, ni l crea lo que se contaba de su
eleccin sobre atropellos cometidos por sus auxiliares; pero tales cosas
podran decirse en el Congreso; de tal modo podran presentarse los
hechos, que al fin vacilaran los nimos y se pusiera todo el mundo de
parte del vencido, lo cual equivala a echarle a l de all y obligarle
a volverse a su cosa, como un Juan particular, sin haber llegado a ser
_inviolable_. Esta consideracin le aterr; y sin prdida de un solo
momento, acudi con la noticia y sus temores al ministro.

--No haga usted caso, santo varn!--djole riendo S.E.

--Es que se asegura mucho!

--Y qu?

--Que si realmente me la atacan, tales cosas podrn decir, aunque sean
inventadas, que extraven la opinin.

--Y para qu sirve la mayora?

--No entiendo...

--Fjese usted bien. La comisin ser nuestra.

--Bueno.

--Y presentar el acta entre las ms limpias.

--Bien; pero luego la atacarn...

--Corriente; y hablarn contra ella una hora, dos horas..., tres
meses, si usted quiere!

--Canastos!

--Pero vendr al cabo la votacin, y como
somos tantos contra tan pocos....

--Ah, ya!.. Pero como yo crea que al discutirse una cosa, para algo
servira esa discusin...

--Medrado estaba el Gobierno entonces, amigo mo!... Cmo se conoce
que usted es nuevo en la _casa_!

--Todo eso es verdad; pero yo tendr que defenderme.

--No, seor! Eso sera dar importancia a un asunto que no la tiene. La
comisin se basta y se sobra para dejarle a usted en buen lugar.... Para
que usted _debute_, ya le buscaremos un motivo verdaderamente digno de
su carcter y de su talento.

--Oh!, mil y mil gracias, seor ministro--dijo don Simn cayndosele la
baba--; pero yo no merezco ese concepto...

--Vaya si le merece usted!--replic S.E. con una sonrisilla y un
retintn que acabaron de emborrachar a don Simn; retintn y sonrisa que
en aquel personaje y en aquella ocasin venan a significar un
pensamiento que poda traducirse en estas palabras:--Qu hermoso
_suizo_!

A todo esto, doa Juana y su hija Julieta, luciendo cada da un traje
nuevo en paseos y espectculos, no pasaban de ser, en espectculos y
paseos, _dos seoras ms_, muy bien vestidas, lo cual halagaba poco la
vanidad de la ex tabernera, que aspiraba a mayores triunfos.




CAPTULO XV


Corrieron los das, y se aprob el acta de don Simn, como se lo tena
prometido el ministro; se constituy el Congreso, y dieron comienzo los
primeros debates polticos, apareciendo en escena los _guerrilleros_
parlamentarios, como en avanzada de los expertos capitanes que haban de
salir ms tarde a dar las batallas decisivas. Ya para entonces nuestro
diputado haba conseguido vencer el estupor en que vivi los primeros
das, efecto de la alta idea que se haba formado del mrito de cuantos
le rodeaban en el saln; idea que le acoquinaba hasta el punto de no
atreverse a mirar a nadie a la cara, por si le aludan y le obligaban a
tomar la palabra _de repente_, lo cual le hubiera hecho el efecto de un
rayo sobre la mollera. Sereno, pues, y en completa posesin de s mismo,
todo se volvi ojos y odos.

Poda ver y or de cerca a aquellos hombres _extraordinarios_ que saban
pronunciar discursos como los que l haba ledo tantas veces en las
reseas de las sesiones; discursos llenos de substancia y elocuencia;
discursos que le revelaban oradores de majestuosa apostura y de
irresistible autoridad, hasta en el menor de sus ademanes. De sus labios
estara pendiente el Congreso entero, unas veces convencido, otras veces
indignado; pero siempre bajo la influencia poderosa de aquel chorreo de
elocuencia.

Intil afn el suyo! Cuanto ms miraba y ms quera or, menos hallaba
lo que iba buscando. Haba all verdadera fiebre habladora; pero quin
de los que hablaban vala el trabajo de ser odo diez minutos con
paciencia? De aqu que no se sorprendiera maldita la cosa al observar
que mientras un orador de mala facha y peor estilo se desgaitaba
echando pestes por la boca, manoteando sobre el banco delantero y
tragando vasos de naranjada, entre consulta y repaso a sus apuntes, los
poqusimos diputados que quedaban en el saln se entretuviesen en hacer
pajaritas de papel, en despachar su correspondencia o en chupar los
caramelos del presidente; _dulzuras_ de que provee a este personaje
abundosamente el Estado, teniendo en cuenta, quiz, que para soportar la
amargura de ciertas horas, no basta un muelle sitial de terciopelo, por
muy elevado que se ponga.

De vez en cuando oa don Simn conceder la palabra a un diputado cuyo
nombre le era bastante conocido. Vamos--pensaba--, ahora ir lo bueno.
Pero tampoco le sala la cuenta, porque se levantaba una figura ruin y
mal trajeada, que, con voz de grillo mal emitida, soltaba un aluvin de
prrafos enmaraados que nadie se tomaba la molestia de desenredar; o un
finchado presuntuoso, que entre perodo y perodo de su discurso pona
una eternidad de paseos en corto, estirones de chaleco, montaduras de
lente y mares de agua con azcar; ya un perezoso desaplomado Adn, que
pareca _sacar_ las pocas y desmadejadas frases que deca a fuerza de
restregarse contra el banco y de tirar de sus bragas hacia arriba; o un
mozo encanijado y presumido, que sin ciencia, sin virtudes, sin voz y
sin palabra, quera convencer como los sabios y convertir como los
justos; ya un osado boquirrubio, cuyo nico afn era medir sus fuerzas
con las de los _padres graves_ del Parlamento, que se guardaban muy bien
de replicarle; ya un viejo atrabiliario, cuyos furores causaban risa y
cuyos chistes hacan llorar de compasin; ya una especie de cuquero
mugriento, demagogo impenitente, que vociferaba sobre justicia y amor al
prjimo, no en nombre de Dios, a quien negaba, blasfemo, sino de una
razn que pareca faltarle a l, ya que no a los que en santa calma le
escuchaban.... De todo, en fin, vea y oa, menos lo que era de
esperar, dada la reputacin de ciertos nombres aceptados por la opinin
pblica, si no como tribunos de primera fuerza, cuando menos como
_oradores distinguidos_. Qu valdran cuando don Simn se crea capaz
de terciar en un debate con el ms guapo de todos ellos!

Verdad es que el afn, que empezaba a comerle, de echar su cuarto a
espadas, le haca ver las cosas ms a su alcance de lo que en rigor
estaban.

Desde luego era para l evidente, y en esto no se equivocaba, que la
redaccin del _Diario de Sesiones_ se encargaba de convertir en un
discurso perfecto la ms completa sarta de desatinos. Y suplida con este
auxiliar su carencia absoluta de nociones retricas y hasta
gramaticales, quedbanle tantos estmulos que le aguijoneaban! Haba
en el Parlamento unos detalles tan seductores para l!... Aquellos
galoneados ujieres, llevando sobre la argentina bandeja el vaso de agua
azucarada para el orador, tan pronto como ste comenzaba a hablar;
aquellos taqugrafos, anotando, escrupulosos, cuanto se dijera y se
accionara; aquellos dilogos entre la presidencia y el diputado, sobre
la intencin de cierta frase; aquellos discreteos entre las mismas dos
_potencias_, con los cuales terminaba siempre el altercado; aquellas
tribunas atascadas constantemente de _aficionados_, que seguan sin
pestaear todos los incidentes de una sesin; aquellas seoras tan
elegantes, entre las que podan figurar su mujer y su hija; aquellos
diplomticos, que tal vez se apresuraran a comunicar por telgrafo a sus
respectivos Gobiernos el efecto de un discurso pronunciado a tiempo y de
cierta manera..., no imposible para l, si se le daba _punto_
conveniente y no mucha prisa, y por ltimo, y sobre todo, aquel _pas_
que le contemplaba, y que al da siguiente haba de comenzar a
pronunciar su nombre y a enterarse del asunto y a tomarle por lo serio....
Cielos, y cmo envidiaba a los que, ms osados o ms prcticos...,
o ms apremiados por las circunstancias, se lanzaban desde luego a la
pelea! Qu importaba all el temple de los argumentos? Qu ms daba
que fuesen stos de acero que de cartn? Decidan acaso las razones
aquellos debates? Mal poda ser as, cuando slo se enteraban de ellos
los taqugrafos y algn que otro curioso por observar, no _lo que_ se
dijera, sino _el modo_ de decirlo.

--_Qu se vota_?--era la pregunta obligada de todo diputado al entrar
en el saln de sesiones, despus de or la campanilla que anuncia fuera
a los dispersos que ha concluido de discutirse un asunto y va a comenzar
una votacin nominal; y segn que el sustentante fuera de _los suyos_ o
del _enemigo_, se le responda:

--Vote usted que Sͻ, o vote usted que NO.

Con semejante criterio se resolvan (y continan resolvindose) los
asuntos de ms trascendencia para la patria!

Tan insensatas eran, teniendo esto en cuenta, las pretensiones de
nuestro diputado?

Poco a poco, aquella mar ligeramente agitada comenz a encresparse
rugiendo; soplaron los huracanes de la pasin poltica, y se desencaden
la tempestad. Entonces se dejaron ver los _dioses mayores_ de aquel
Olimpo, los cuales, como Jpiter en el de la Mitologa, nunca aparecen
sino entre rayos y centellas. Peregrina _misin_ la suya!

Durante aquel perodo turbulento, qu escenas presenci don Simn!,
qu refriegas!, qu motines!, qu escndalos!

Una vez eran dos atletas del Parlamento, que del uno al otro lado del
saln se lanzaban mutuamente los dardos ms agudos y los dicterios ms
envenenados: _partido sin pudor, grupo faccioso, hombre funesto,
pandilla hambrienta_...

Tales piropos eran lo menos que se decan, entre el silencio ms
absoluto de la Cmara y la curiosidad febril de las tribunas, de las
cuales se desbordaban racimos de humanas cabezas con los ojos fijos en
los combatientes, las cejas arqueadas y la boca abierta. Y cuando don
Simn, pasada la tempestad, los vea salir del saln por diferente
puerta, esos hombres--pensaba--van a matarse ahora. Y sala tras ellos
azorado; y se los hallaba... comiendo, en un mismo plato, sendos
pasteles de crema en el ambig de la casa.

Lejos de continuar all la batalla empezada adentro, parecan, con sus
custicas sonrisas, decir de la nacin entera lo que del pblico
aquellos dos cmicos al pararse jadeando entre bastidores, despus de
haber cruzado en la escena sus aceros, y de salir el uno persiguiendo al
otro, entre frenticos aplausos y gritos de indignacin:

--Estpidos! Veinte veces nos han visto hacer lo mismo, y todava no
se convencen de que todo ello es una farsa!

Otra vez eran dos fracciones polticas que, bramando de ira, se
levantaban en masa, la una contra la otra.--_Facciosos_!--gritaba la de
la derecha.--_Pancistas_!--responda la de la izquierda. Y los gritos y
las amenazas, y el estruendo de doscientas voces y de dos mil porrazos
llenaban el _Santuario de las leyes_, y hasta las figuras pintadas en el
techo parecan temblar y querer despegarse del lienzo para romperse el
crneo contra los mrmoles del hemiciclo. Pero aquella tempestad no se
haba revuelto porque la fraccin de un partido inutilizara propsitos
de otro, encaminados a proporcionar algn bien a los pueblos. Cuando de
esto se trataba, ya saba don Simn que los bancos se quedaban
desiertos y el presidente dormitando. Semejantes tumultos siempre eran
provocados por alguna palabra suelta que no era del agrado de la
fraccin a la cual se diriga.

En ocasiones se discutan hechos, o se desenterraban expedientes, tras
de los cuales apareca la honra de algn diputado enemigo en el
mismsimo traje que llevar suelen a la crcel o a presidio los reos
vulgares. Y aquellas discusiones provocaban otras parecidas en son de
represalias; y siempre acusando los unos y respondiendo los otros ms
eres t, llegaba a dudar don Simn si aquello era el patio de un
correccional, o, como se le aseguraba, una _respetable Asamblea de
legisladores_.

Entretanto, era el noble afn de purgar aquella atmsfera de ciertas
impurezas lo que mova a los acusadores a descubrir tales gatuperios? No
por cierto: era siempre el espritu de partido; o mejor, el odio de
_partida_; pues frecuentemente se promovan estos edificantes debates
entre dos agrupaciones que, juntas y en amigable inteligencia, haban
saboreado poco antes las dulzuras del presupuesto. Probbalo tambin la
curiosa circunstancia de que, pasada la refriega, quedbanse en sus
bancos los acusados tan padres de la patria como el ms caballero; y tan
frescos y descansados como la madre que los pari.

Lo que estos escndalos y aquellos tumultos y los otros motines
atolondraban a don Simn, no hay para qu decirlo, conociendo, como
conocemos, su sencilla buena fe.

Pero ms que los mismos sucesos le admiraba el poco rastro que dejaban
en aquella casa. Buscndole con afn, se iba el buen hombre de pasillo
en pasillo y de saln en saln; mas no hubiera dado con l ni la nariz
de un sabueso. Se gritaba en unos corrillos, se cuchicheaba en otros y
se agitaban todos..., y bulla entre ellos el redactor de _La
Correspondencia_ con el lpiz en una mano y las cuartillas de papel en
la otra, apuntando lo que se deca, lo que se pensaba y hasta lo que no
se haba soado; y don Simn, tomando de cada grupo las frases
necesarias, slo sacaba en limpio que todo aquel hervidero humano era un
puro cabildeo para tirar un da ms en el poder los que mandaban, o para
hacrsele soltar los que le queran. En cuanto a la nacin, en cuanto a
la moralidad, en cuanto a lo ocurrido adentro..., como si hablramos
de la China! Ya nadie se acordaba de esas _pequeeces_.

--Me parece--se atreva a decir entonces don Simn a algn compaero ms
viejo que l en el oficio, pero no ms entusiasta del sistema--que no se
observa aqu la mayor formalidad.... Quiero decir que con estos enconos
polticos, el pas no gana cosa mayor.

--El pas va al abismo, seor de Peascales!

--Qu me cuenta usted?

--La verdad, compaero. Esto es una farsa, cralo usted.

--Hombre!..., no me atreva yo a decir tanto.

--Pues atrvase usted, aqu que no nos oye la patria.

--Luego, es decir, que todo esto de Parlamento...

--Es una calamidad. Aqu no hay ms que ambiciones personales, con las
que es imposible todo gobierno.

--Tiene usted mucha razn.

--Y siempre suceder lo mismo!

--De manera que si _esto_, que es notoriamente malo, se suprimiese...

--Jams!--gritaba entonces el veterano enardecido.--Yo soy muy
liberal!

--Oh, en cuanto a eso, tambin yo!--replicaba el novel,
contonendose, y hasta mirando con cara de lstima al primer
tradicionalista que casualmente pasara a su lado frotndose las manos.

--Vivir sin Parlamento es vivir fuera del siglo!, caer en la
abyeccin!

--Y en la _iznorancia_!--conclua, ahuecando la voz, el _ilustrado_
Cerojo, que en su vida haba gastado media peseta en libros que no
fueran rayados, para cuentas.




CAPTULO XVI


Don Simn de los Peascales, como todo diputado, y a mayor abundamiento
ministerial, reciba por docenas y cada da las cartas de sus amigos y
electores, y en todas ellas le pedan algo estos apreciables caballeros,
desde un destino hasta un sombrero; desde una recomendacin para el otro
mundo, hasta la colocacin de una nodriza[5]. Porque a un diputado se le
considera en su distrito capaz de los imposibles, y, por ende, se le
cree, y se le hace, el mejor y ms barato agente de negocios en Madrid.
El de nuestra historia, que crea darse importancia correspondiendo a
tantas y tan raras exigencias, destinaba dos das de la semana a
aquellas que tuvieran que ver con los centros oficiales, y encomendaba
las de ms baja estofa al cuidado de doa Juana.

[5] Histrico.

Era de ver lo que pasaba en los Ministerios cuando don Simn entraba en
ellos, a las horas marcadas por los Ministros para recibir a los
diputados, cargado de pretensiones y atacados sus bolsillos de
memoriales!

Sus compaeros que siempre madrugaban ms que l, haban cado ya sobre
el terreno como nube de langostas. Uno quera un gobierno de provincia
para su hermano; otro, una alcalda en la isla de Cuba para s mismo;
otro, un juzgado para su pueblo; otro, una administracin de aduanas
para un primo arruinado por la causa de la libertad; otro, la
destitucin de un funcionario probo que se opona tenazmente a ciertas
pretensiones de su familia; otro, un ascenso; otro, una ctedra...; en
fin, por pedir, se pedia all hasta la luna; y el Ministro, o el
Subsecretario en su deseo de complacerlos a todos, tecleaba sin cesar
sobre los botones de las campanillas, a cuya msica iban apareciendo los
altos empleados que podan entender en aquel cmulo de solicitudes.

--Es imposible--se oa decir en un lado.--No hay plaza vacante.

--Pues crela usted.

--No lo consiente el presupuesto.

--Haga usted un cesante en tal parte.

--Es un empleado antiqusimo e inteligente.

--Mi recomendado es un consecuente liberal.

--Tiene siete hijos.

--Que los mande a una casa de Caridad.

--_En fin_, le complaceremos a usted.

       *       *       *       *       *

--Y de que procede esa cantidad que se reclama?

--De inicuas cesantas sufridas en tiempos de gobiernos reaccionarios.

--No es bastante motivo; y aun cuando lo fuera, no estamos facultados....

--Es una friolera todo ello.

--A cuanto asciende la _indemnizacin_?

--A setenta mil reales.

--Imposible.

--Por qu?

--Porque no hay fondos de qu sacarlos.

--Yo digo que s.

--De cul?

--Del de calamidades pblicas, por ejemplo.

--Est agotado; y adems, tenemos al clero y a los maestros de escuela
sin pagar, medio siglo hace.

--Y a m qu me importa? Lo que usted debe tener presente es que mi
recomendado es en su pueblo el mejor agente de la poltica del Gobierno;
que es un incansable propagandista de ella, y que tal vez a sus
esfuerzos heroicos debo yo mi eleccin.

--_En fin_, hablar con el jefe, y trataremos de complacerle a usted.

       *       *       *       *       *

--Y cmo va mi asunto?

--Regularmente.

--No basta eso.

--Hay un obstculo muy difcil de vencer.

--Cul?

--El fallo del Consejo de Estado, enteramente contrario...

--Demonio! De cundo ac?

--Desde esta maana. Aqu est a la aprobacin de S.E.

--Es preciso que se revoque ese fallo!

--No lo veo fcil.

--Pero yo lo veo necesario. Con l se perjudican los intereses de mi
familia hasta un punto que usted no puede concebir.

--Todo eso est bien; pero...

--No hay pero que valga.

--_En fin_, hable usted con el jefe, que, si quiere, mucho puede hacer.

       *       *       *       *       *

Todos estos dilogos, y otros muchos por el estilo, oa don Simn a su
entrada en los Ministerios, mientras se abra paso entre aquel
enmaraado laberinto de pretendientes y otorgantes; y en semejante
ocasin, como era bastante novel en el trfico para haber perdido el
rubor por completo, solan saltarle a la cara algunas chispas de l...,
lo cual no le impeda llegar con sus peticiones al punto en que haban
de ser atendidas. Verdad es que l no iba a pedir nada para s ni para
su familia; pero tambin es cierto que peda para sus amigos o
protegidos, y que jams, al pedir, preguntaba: _es justo_?, sino _es
posible_?

El rubor, pues, de don Simn no dejaba de ser algo farisaico.

Pocas de estas visitas a aquellas verdaderas _casas de contratacin_
necesit para conocer el _ingrediente_ con que se adheran de una manera
tan tenaz las huestes ministeriales al poder. Ciego hubiera sido para no
verlo, y aun para no distinguir entre la nube invasora ms de un rabioso
oposicionista que tocaba el cielo con las manos cada vez que, fuera de
all, oa hablar de destinos concedidos al favor, o del caudal de la
patria despilfarrado. Porque resulta que los gobiernos al uso, ya porque
se les defiende, ya porque no se les pegue con mucha fuerza, lo mismo
necesitan ser rumbosos con sus huestes que con las enemigas.

Lo que nunca vi bien claro don Simn fu lo repugnante del papel que l
mismo desempeaba entre aquellos hombres, de cuya conducta, y con razn,
se escandalizaba. Muchos de ellos no vivan, sin embargo, de otra cosa,
ni adivinar les era fcil de qu viviran cuando en el cargo cesaran, o
_los suyos_ cayeran.

Pero l, hombre rico, mucho ms, infinitamente ms de lo que necesitaba
para el sostenimiento, muy lujoso, de su corta familia, por qu
cobraba en credenciales y en preferencias de los Ministerios un apoyo _a
todo trance_ que daba al Gobierno, sin ms criterio ni mayor dignidad
que si fuera un _suizo_ asalariado?

Y no es extrao que no lo viera. Merced a esos procedimientos, se
plantan de un salto junto al poder supremo, y son dueos de echar por la
ventana la casa de la nacin, muchos hombres que, fuera de ella, no
tienen una triste buhardilla en qu albergarse, y otros que, teniendo
mucho ms, necesitan subir a grande altura para conseguir que alguien
los contemple y acaso los envidie. Don Simn, como sabemos, era de estos
ltimos. En l poda la vanidad lo que la ambicin o el hambre en otros
muchos.

Y si esto no fuera cierto, por qu haban de hacerse las elecciones a
garrotazos casi siempre? Por qu un diputado, cuantas ms veces lo es,
con ms afn desea volver a serlo?

Pues qu, tanto abunda el verdadero patriotismo que sea necesario
conquistar a tiros la _molestia_ y el _pesar_ de abandonar la propia
casa y la familia y los negocios, por ir a cuidar de los ajenos?




CAPTULO XVII


Sabemos ya que don Simn, aunque muy halagado con la importancia que le
conceda su propio cargo en las altas regiones en que ste pesaba algo,
no estaba satisfecho. Su ambicin de _lustre_ abarcaba mucho ms. Qu
era l todava en la corte? Quin hablaba del seor de los Peascales,
ni de la familia del seor de los Peascales? Qu peridico haba
cantado su opulencia, o la _severa dignidad_ de doa Juana, o los
atractivos de Julieta? Por ventura, aquellas resmas de prospectos, o
aquellas circulares de industriales que acaban de recibir el surtido
para la estacin, o las esquelas mortuorias, o los folletos insulsos
que diaria y profusamente le llegaban por el correo interior y que al
principio crey muestras de una especial deferencia a su persona, pues
le eran desconocidos los remitentes, no se le enviaban a ttulo de
diputado a Cortes? No los reciban igualmente todos sus colegas, muchos
de los cuales no tenan sobre qu caerse muertos? Y fuera de estas
distinciones y las que tambin conocemos, de qu otras haba sido
objeto hasta all?

Decididamente necesitaba hacer algo _extraordinario_ en sus dos
conceptos de hombre poltico y acaudalado personaje. Por ejemplo:
pronunciar un discurso en las Cortes y dar un baile en su casa.

Sumido en tales meditaciones, pasebase una tarde en el saln de
conferencias, solo y cabizbajo, cuando se le acerc un mozo de lustrosas
patillas y retorcido bigote, agradable de rostro y pulcramente vestido,
dicindole con la mayor solemnidad:

--Saludo al seor de los Peascales!

Volvise ste y mir al otro atentamente; y como no lo conoci, quedse
sorprendido.

--A los hombres pblicos--aadi el intruso, viendo la sorpresa de don
Simn--les pasa mucho de esto. Como son conocidos de tantos a quienes
ellos jams han visto!... Pero a bien que a m, el temor de una fra
respuesta no ha de quitarme el placer que recibo al estrechar la mano de
una persona digna de todo mi respeto.

--Un milln de gracias por mi parte--dijo entonces don Simn, un poco
envanecido con semejantes lisonjas, y aun recelndose si sera l ms
popular de lo que crea.

--No las admito, seor mo--contest el mozo quebrndose a cortesas--.
Deseaba estrechar su mano de usted; acabo de verle pensativo y solo, y
he elegido esta ocasin.... Y a propsito de cavilaciones, va usted a
hablar maana, quiz?

--Maana?... Maana, dice usted?... Hombre, precisamente maana,
no...--respondi don Simn desconcertado, por dos razones: porque le
haban ledo parte de su pensamiento, y esto no le gustaba, y porque se
le haca desde luego capaz de hablar en el Congreso, lo cual le halagaba
sobre toda ponderacin.

--Se me haba figurado, no s por qu--aadi el intruso--. Como los
periodistas estamos tan avezados a discutir hasta las fisonomas!...

--Conque es usted periodista?--exclam don Simn ms y ms satisfecho.

--Hasta cierto punto, seor de los Peascales.

--No comprendo...

--Quiero decir--continu el otro, afirmndose los lentes sobre la
nariz--que soy periodista de devocin, no de profesin. Ms claro: mato
mis ocios y mis hastos escribiendo la parte de poltica palpitante en
un peridico batallador. Por lo dems, por inclinacin y por carrera,
soy diplomtico.

--Hola!--dijo don Simn abriendo mucho los ojos--. Agregado, quiz, a
alguna embajada?

--Un poquito ms.

--Secretario acaso...

--Un poquito ms, si a usted le parece.

--Caramba!--grit aqu Peascales, acordndose hasta de su hija--. En
este caso--aadi--, estar usted con licencia?

--No, seor: jubilado.

--Y tan joven!

--Seor de los Peascales, la poltica no reconoce edades ni servicios.

--Verdad es.

--Sobre todo, cuando los funcionarios tenemos carcter y dignidad.

--Tambin es cierto. Pero no piensa usted volver a ejercer?...

--Lo veo difcil con este Gobierno, con el que no me reconciliar jams
mientras yo observe que da al favor lo que debe al mrito.

--Segn eso, se cree usted postergado?

--Slo s, mi respetable amigo, que por mis antecedentes, por mis
servicios prestados hasta el da en que ces, me corresponda hoy una
embajada de primera clase...

--Y quiz le han ofrecido a usted...

--Una indignidad, seor de los Peascales... lo que puede desempear un
cnsul de tres al cuarto.

--Qu atrocidad!--exclam don Simn sinceramente escandalizado.

--Pues as va todo, amigo mo. Pero a bien que no me extraa, porque soy
viejo en esta casa, y conozco hasta sus menores escondrijos.

--Habr usted sido diputado varias veces...

--No he querido serlo... o mejor dicho, han tenido siempre los
gobiernos buen cuidado de hacerme en las urnas cuanta guerra han podido.
No ve usted que a los gobiernos como los de Espaa no les conviene en
el Parlamento hombres como yo?... Ahora me ofrecieron un distrito; pero
era con el fin de hacerme olvidar, mentecatos!, el desaire de la
embajada, y especialmente para atar mis manos en la prensa: pues ya
saben ellos que tienen cada da la existencia pendiente de mi pluma.

--Luego es usted de oposicin?

--Le dir a usted: observo una actitud expectante. Amenazo de vez en
cuando; transijo al ver que ceden, y vuelvo a la benevolencia.... Porque
conozco que el pas no est para escndalos ni para cadas ruidosas.
Ah..., pues si no fuera por este patriotismo que me esclaviza!...

Y se dio dos golpecitos con el junquillo en una pantorrilla, mientras
volva a afirmar los lentes sobre la nariz. Don Simn, que le crea como
artculo de fe, no cesaba de regodearse con la idea de que un hombre de
tanto valer le conociera, le admirara y le juzgase capaz de hablar all
como el ms guapo. Bajo esta impresin le dijo, pasados breves instantes
de silencio:

--Pues volviendo a la pregunta con que me hizo el honor de saludarme, ha
de saber usted que me sorprendi, tanto ms, cuanto que estuvo a dos
dedos de mi pensamiento.

--Naturalmente. Diplomtico y periodista, figrese usted qu se me
ocultar a m!

--No es esto decir que maana precisamente...

--Es lo mismo, seor don Simn. Ser pasado maana, o dentro de unos
das...

--Podr ser.

--Y sobre qu va usted a hablar?--pregunt el periodista, sacando de su
cartera unas cuartillas y un lpiz.

Aqu se vio cogido don Simn, que an no haba madurado el cundo ni el
asunto.

--Pues, hombre--respondi por decir algo--, pienso hablar... sobre...
Ya se ve, son tantas las cosas que uno...!

--Vamos, ya le comprendo a usted. Versar el discurso sobre algn asunto
importante para la provincia que usted representa.

--Cabalmente--exclam don Simn, mientras el otro escriba con el lpiz
en una cuartilla, sobre el mrmol de la contigua chimenea.

--A ver si es esto--dijo a poco rato el periodista, leyendo al diputado
lo que haba escrito.

Dentro de algunos das tratar en las Cortes el opulento diputado don
Simn de los Peascales un asunto de vital inters para el distrito que
representa. La autoridad de que, por su brillante posicin social, est
revestido este digno miembro de la Cmara, y el talento que le
distingue, hacen creer que la discusin ser una de las ms interesantes
que, en su gnero, se promuevan en la presente legislatura.

Don Simn se qued exttico. Cuando aquel prrafo se publicara, su
nombre comenzara a sonar tan recio como l deseaba; _pero_, una vez
publicado, adquira el compromiso de hablar, de hablar mucho, y de no
hablar mal del todo. As es que no pudo menos de decir al periodista:

--Canario, canario!... Usted me favorece mucho; pero...

--Cree usted que le lisonjeo? Bah!... Dejando aparte que usted se lo
merece, y mucho ms, aqu no se gasta otra cosa.

--Ya lo observo; pero as y todo.... Y cmo se llama su peridico de
usted?

--_El Ariete_.

--Muy conocido, en efecto.

--Oh!, de primer orden. Desde maana lo recibir usted en su casa.

--Tantas gracias.

--Cabalmente son subscriptores _tambin_ todos los hombres notables de la
poltica y de la Bolsa. Slo usted nos faltaba, como quien dice.

--En ese caso--dijo don Simn comprendiendo entonces la intencin del
periodista, que no era seguramente la de regalarle el peridico--,
enveme usted el recibo.

--A su tiempo, seor de los Peascales. Con hombres como usted guarda la
administracin ciertos trmites de confianza. No los guardara
ciertamente con muchos de sus colegas de usted. Aqu hay que tener ms
ojos que los de Argos!

--Hombre, usted exagera!

--Quiere usted que le trace algunas biografas? Le aseguro a usted que
sern deliciosas.

--No hay para qu, no hay para qu--se apresur a responder don Simn,
como si temiera _comprometerse_ con la oficiosa espontaneidad del
diplomtico; el cual aadi inmediatamente:

--Y su apreciable familia de usted, se divierte en Madrid?

--Psh.... Como todava no conocen el terreno bien, por ms que tenga
muchas y buenas relaciones...

--Cierto: faltan la intimidad de las provincias, el roce continuo,
ciertas reuniones de confianza.... Y a propsito: creo haber entendido
que pensaba usted dar algunas.

--Es usted el mismo demonio!--salt don Simn, admirado de que tambin
le hubiese ledo su segundo pensamiento.

--Luego es cierto?

--Psh...--volvi a responder el pobre hombre, sonriendo de gusto.

--Magnfico dato para la _Crnica de salones_!--dijo el periodista,
sacando sus avos de nuevo y escribiendo a escape en otra cuartilla de
papel.

Mientras esto haca, admirbale ms y ms don Simn, no tanto por su
extrao desenfado, cuanto por las consideraciones reverentes que pareca
merecerle. Sin saber por qu, todo le interesaba en aquel hombre; por lo
cual arda en deseos de saber cmo se llamaba, y (vean ustedes qu
curiosidad!) si era soltero.

Acab de escribir el periodista, y ley acto continuo a don Simn lo
siguiente:

Muy en breve contar la buena sociedad de Madrid con otro centro de
amenidad y de elegancia. El opulento capitalista y diputado a Cortes don
Simn de los Peascales, y su distinguida familia, se disponen a recibir
a sus numerosos amigos en sus esplndidos salones de la carrera de San
Jernimo.

--Pero usted me compromete!--dijo don Simn, trmulo de gusto, al
recibir aquella rociada de piropos-. Y si no llego a dar esas
reuniones?

--No habr nada de lo dicho, y en paz. Pero qu ha de hacer usted sino
darlas? Los hombres ricos e ilustrados y que, como usted, tienen adems
una seora modelo de elegancia y de agrado, y una hija, conjunto de
todos los hechizos imaginables...

--Pero qu sabe usted de todo eso?--pregunt don Simn hecho ya un
caramelo.

--Ha podido usted acaso creer--respondi el diplomtico, explotando a
su gusto la candidez del diputado--que personas de la significacin de
usted pasan inadvertidas en ninguna parte? Bah! Se le conoce a usted en
Madrid casi tanto como en su provincia.

--Cielos, si ser verdad!--pens el bolonio; y aadi en voz alta--:
Usted me lisonjea, sin duda.

--No es ese mi carcter, seor de los Peascales--respondi el tuno
hacindose el ofendido.

--Quiero decir...--se apresur a rectificar el primero.

--Hagamos punto sobre ello, amigo mo.

--Puesto que usted lo desea, hagmosle. Y podra saber _su gracia_?

--Arturo Maraas; y por aadidura, andaluz y soltero.

--Soltero tambin!--exclam don Simn sin poder disimular su alegra.

--Y qu le choca?

--Nada, nada--rectific, aturdido, el candoroso diputado--; sino que,
como lo deca usted a continuacin de su apellido, ja, ja, ja!, me
hizo mucha gracia.

--Ja, ja, ja!... Yo soy as--dijo el diplomtico siguindole el
humor--. Como nada debo, ni nada ni a nadie temo, doy todo mi pasaporte
cuando me preguntan cmo me llamo.... Pero observo--dijo,
interrumpindose de pronto y consultando su reloj--que con el placer de
estar a su lado, olvido uno de mis deberes. As, pues, si usted me da su
permiso, vuelvo a mi tribuna a tomar algunas notas sobre la sesin de
hoy.

--Pues no faltaba ms sino que yo...! Corra usted, amigo mo; y mil
gracias por tantas bondades.

--Seor don Simn...

--Seor don Arturo...

--Hasta la vista.

--Hasta la primera.

Marchse el mozo, y quedse Peascales hecho un papanatas. Aquel
encuentro le pareca providencial. Un diplomtico, y diplomtico
soltero; un periodista que anunciaba su futura peroracin y sus
reuniones en proyecto, y un probable encomiador de ambas cosas en la
prensa. Todo esto en una pieza y a sus rdenes. Porque ya le era
indispensable _echar_ el discurso y abrir sus salones. Cierto que el
nombre del diplomtico, a quien tendra que convidar a las fiestas de su
casa, no le sonaba a conocido; pero estaba l en la obligacin de
conocer a todos los personajes polticos, hoy que tanto abundan?

En esto se oy la campanilla de marras, y un su colega de la mayora,
que, por su apresuramiento y cara de vinagre, ms pareca cabo de
comparsas.

--Vaya usted a votar!--le dijo en tono desabrido.

--Qu voto?--le pregunt don Simn, disponindose a obedecer.

--Que _s_--le respondi el otro, pasando de largo y rebuscando ansioso
callejuelas y rincones, como pastor que junta su rebao.




CAPTULO XVIII


Continuaban doa Juana y Julieta divirtindose cuanto podan en Madrid,
pero no satisfaciendo por completo sus aspiraciones. Estaban lo bastante
relacionadas para no concurrir solas al teatro, y para asistir de vez en
cuando a algunas reuniones de _medio carcter_; pero no lo suficiente
para figurar entre lo ms rechispeante del _buen tono_ madrileo, que
era lo que ellas deseaban.

Esto entendido, calculen ustedes su asombro y descomunal alegra cuando
don Simn las sorprendi con el peridico en el cual se estampaban los
dos sueltos que conocemos, y con la noticia de que el autor de ellos era
un elegante joven con sus barruntos de embajador.

Aquel da no se comi ni se hizo nada de traza en la casa. Leanse los
fascinadores prrafos cien y cien veces, arrebatando el peridico a
Julieta doa Juana; a doa Juana don Simn, y a don Simn Julieta; y as
una hora y dos horas, y toda la maana y toda la tarde, sin cruzarse una
palabra entre los tres individuos de la familia; pero rindose todos,
como idiotas, a cada instante; tal vez pensando en el efecto que
estaran causando en el pblico las noticias, y a qu negarlo?, en el
elegante periodista.

Cerca ya del anochecer, y cuando empezaban a volver en s los extasiados
personajes, propuso doa Juana que se adquiriesen algunas docenas de
aquel nmero de _El Ariete_, y que se inundaran con ellas el distrito de
su padre y la capital de la provincia; proposicin que fu aceptada con
entusiasmo, por lo cual pas el resto de la noche la apreciable familia
empaquetando peridicos y escribiendo tantos sobres cuantas personas
_notables_ de su pas recordaba.

No era todo, sin embargo, miel sobre hojuelas para don Simn; pues si lo
de las fiestas era realizable desde luego, por ser los obstculos
vencibles con dinero, lo del discurso no dejaba de tener tres bemoles,
dado que, hasta aquel instante, ni haba probado sus fuerzas
parlamentarias, ni siquiera elegido asunto para su estreno.

Escribanle con frecuencia sus amigos de la ciudad y los electores del
distrito, pidindole no slo lo que ya hemos visto que l les consegua
sin dificultad en los Ministerios, sino otra multitud de gangas en
forma de privilegios o de mejoras materiales, que no podan otorgarse
sin el parecer de las Cortes. De la ciudad, por ejemplo, se le pedan
franquicias ms o menos latas para el comercio o la navegacin, a ttulo
de no s qu mritos contrados por la _plaza_ en determinadas crisis
polticas... o meteorolgicas, pues cuando se trata de pedir, toda
razn se alega por motivo justo: del distrito le _exigan_ carreteras o
canales; y tal cual elector, porque haba perdido la cosecha, por obra
de no s qu plaga, pretenda que se le perdonara la contribucin de
aquel ao, amn de drsele grano para la nueva siembra, y de declarar
desde luego exento del servicio militar a un su hijo que deba entrar en
el sorteo prximo.

En este arsenal de pretensiones pens siempre inspirarse, para su
discurso, nuestro diputado: con doble motivo haba de pensarlo desde que
el suelto del peridico le comprometa a hablar de asuntos de inters
para su provincia. Pero entre tantos y tan varios como se ofrecan a su
vista, cul era el ms a propsito para lucirse el orador, ya que no el
ms atendible por su naturaleza?

Esta fu su gran cuestin durante algunos das, desde el en que palp la
necesidad de formalizar su antes vago propsito.

Tremendas y muchas fueron sus cavilaciones con este motivo. Al fin, y
como aquel nio que, de repente, halla el resorte que imprime fcil
movimiento a una mquina, hasta entonces inmvil ante los ms
desesperados esfuerzos, hizo una zapateta y se di tres manotadas sobre
las nalgas, faltando as, por primera vez despus de muchos aos, a la
compostura y circunspeccin que guardaba hasta con su propia persona.

Haba logrado resolver la dificultad muy sencillamente. En lugar de
elegir entre tantos un asunto solo, y de pedir una sola cosa, era
preferible pedirlas todas y algo ms. Esto, sobre proporcionar mayores
bienes a su pas, abra ms ancho campo a su fantasa. Presentara,
pues, una proposicin al Congreso pidiendo las franquicias para el
comercio y la navegacin, solicitadas por sus amigos; una carretera para
cada pueblo, enlazadas con la general, y la exencin de pago de
contribuciones pecuniarias y de sangre a toda la provincia, por el ao
prximo venidero, en virtud de los mritos de la consabida plaga... y
de otras muchas razones que l sabra exponer, de tal modo, que no
solamente llevaran al nimo de los diputados el convencimiento, sino
tambin el espanto y la consternacin.

Firme ya en su propsito, comenz a estudiar su papel, escribiendo a
ratos y buscando en otros los gabinetes ms solitarios de la casa, para
manotear a su gusto y ensayar posturas interesantes delante de un
espejo y detrs de una silla, en cuyo respaldo apoyaba sus manos para
imitar en lo posible la posicin que ocupara en el Congreso el da en
que hablara.

Su mujer y su hija, entretanto, con el parecer, la habilidad y los
recursos prestados de un tapicero de fama, preparaban su casa para dar
cuanto antes la primera reunin con el lujo que el pblico tena
_derecho_ a exigir de los opulentos seores de los Peascales.

Cuando el templo estuvo convenientemente decorado, y las sacerdotisas
bien vestidas, y el ambig rumbosamente surtido, por consejo de personas
conocedoras de las aficiones ms exigentes de la _buena sociedad_, y las
invitaciones repartidas, _El Ariete_ public la siguiente noticia:

En conformidad con lo que dijimos en nuestro nmero del tantos, en la
_Crnica de salones_, esta noche inaugurarn los suyos los seores de
los Peascales. Sabemos que en ellos todo ser digno, as de la
brillante concurrencia que ha de llenarlos, como de la proverbial
amabilidad y del exquisito gusto de las seoras de la casa, y de la bien
acreditada prodigalidad del opulento patricio y esclarecido anfitrin.

Y se abrieron, y se llenaron, en efecto; que para eso, a ms de las
intimidades de familia, haba convidado don Simn a todo el Congreso de
diputados, autorizndolos de paso para llevar a sus seoras, los que las
tuvieran, o a las personas de su confianza; y en parte alguna del mundo
civilizado se desaira una fiesta que, por remate, ofrece ocasin de
regodear el estmago de balde.

No abusar de la paciencia del lector contndole punto por punto lo que
pas en aqulla, ni le dir tampoco cuntos padres de la patria llevaban
el frac mal sentado, como si no estuviera cortado a su medida, ni cules
seoras de estos insignes patricios iban hilvanadas con las marchitas
rebuscaduras del bal, ni qu familias _visibles_ de la corte estaban
representadas all por apuesto mancebo o seductora dama. De algo de esto
y mucho ms dieron detallada cuenta al da siguiente los peridicos que
lo tienen por costumbre, y en ellos consta todava.

Unicamente debo dejar consignado que Julieta estaba hecha una real moza,
y que no se separ de ella un solo instante el consabido diplomtico de
_El Ariete_; que doa Juana no caba en la casa, de satisfecha, soplada
y bullidora; que don Simn se desviva por obsequiar a todo el mundo, a
pesar de hallarse algo contrariado por la circunstancia de que un
inesperado Consejo de Ministros haba impedido a alguno de stos honrar
la casa con su presencia; y, por ltimo, que la concurrencia, deseando
corresponder de un modo digno a tantos obsequios, bail de firme;
registr toda la casa; murmur en cada rincn de la simplicidad del
dueo y de la estrepitosa _cursilera_ de su seora; desafin el piano;
desgaj, con parte de los tabiques, dos cortinones; se chup o se
embols medio millar de ricos habanos, y dej el ambig como si sobre l
hubiera pasado un huracn. Ni migas quedaron all.

Por la razn apuntada ms atrs, no reproduzco algunos prrafos de los
dedicados a la fiesta por _El Ariete_ al da siguiente, en los cuales se
decan de Julieta cosas peregrinas a propsito de sus ojos negros,
sedosas pestaas, morena tez y trgido seno; pintndola como la realidad
del sueo ms oriental, y ponindola por encima de todas las sultanas
habidas y por haber. Claro est que estos piropos eran hijos de la
ardorosa fantasa del joven diplomtico.

Pero en defecto de estas y otras sabrossimas lucubraciones, he de
transcribir una carta que doa Juana escribi a cierta su amiga ntima
de la ciudad, al da siguiente de la fiesta, y que, corregida por m,
nicamente en lo ms indispensable de la ortografa, para mejor
inteligencia del lector, al pie de la letra deca as:

Ya habr usted visto por los papeles, cmo pensbamos dar en casa
reuniones de tono. Pues, amiga de Dios, todo lo que all se dijo fue
pantomina, comparado con lo que result anoche. Ay, doa Regustiana de
mi alma! Djeme tomar aqu vientos, porque, de resultas, tengo la cabeza
como una zambomba, y el palagar en carnes vivas. Pues, como la deca, lo
de la noticia primera fu alcuerdo de un embajador soltero, que viene
mucho a casa (y esto resrvelo en secreto, por si acaso), que adems
escribe en papeles pblicos. Pues, amiga, la gente que aqu vino anoche,
fu mucho de todo. Le digo a usted que los coches no caban en la calle;
y del ruido que metan entend que el padimento se polvatizaba.

Como mi marido es tan vistoso en las Cortes, y de los que ms figuran,
vinieron horror de diputados con sus familias; y estuvo en un tris que
no vinieran dos ministros, ntimos amigos de Simn. Pero otro da
vendrn, si Dios quiere; que estas funciones han de repetirse. Pues a lo
que la iba. Tumultos de gente vinieron tambin de fuera de las Cortes, y
todas las amigas de casa, y mucha sociedad del buen tono que ya nos
trataba.... Hija, no es alabanza; pero cmo cant este mal demonches de
Julieta, y qu manos las suyas para teclear el peano! Le digo a usted
que la casa se despampanaba despus con el palmoteo. El embajador estaba
enftico de entusiasmo. No s en lo que parar esto del embajador; pero
(y encltelo mucho) si va de la que va, le digo a usted que no s en
qu va a parar.

Pues estaba la casa adornada con mucho gusto; pues le aseguro a usted
que en Madrid se consiguen los imposibles en hubiendo dinero largo.
Tenamos hasta gfaros (_bcaros_ querra decir doa Juana), y llegaban
hasta el portal la alfombra y las estautas.

Aunque todo era gente muy circunspuesta, gloria daba ver cmo se
divertan bailando e hiciendo miles diabluras toda la santa noche sin
resollar. Pues lo que estaba manfico era el amegud que nos puso el
fondista en el comedor; pues como no le regateamos el precio, puso el
hombre all de cuanto Dios cri, con su pastalagrs (_pat foie-gras_,
sin duda), y su pavo tup (_truff_). As es que la gente deca, a voz
en cuello, que otra como ella no se haba visto en Madrid en jams de
los jamases. Pues le aseguro a usted, doa Regustiana, que por bien
empleado dbamos el dineral que nos costaba, al ver cmo todo aquel
seoro tan principal se lo iba envasando al cuerpo sin ms ni ms. Pues
no s de nde ha salido el dicho de que esta gente fina gasta remilgos
para comer; que, por cierto y mi vida, le aseguro a usted que mayor
franqueza que en mi casa tuvieron en la mesa, no la tendrn en la suya.
Mire usted, doa Regustiana, que al ver cmo despachaban cuanto haba
por delante, y al no conocer lo principal y regalona que era aquella
gente, cualisquiera creera que mucha de ella haba venido a mi casa a
matar el hambre. Pues vea usted si haba franqueza en la reunin. As es
que cuarto que gaste usted en Madrid, en seguida luce. Da gusto, hija.
Conque hemos quedado muy animados a poner otro amigud al primer baile
que tengamos, que ser luego, segn de satisfechos que quedamos.

Hoy no hablan de otra cosa los papeles, y ah le mando una docena de
ellos para que reparta a las amigas, a ms de los que mandar Simn por
el correo.

Mucho, mucho papel hacemos aqu, y mucho ms nos espera si a Simn le
sale bien la soflama que va a echar en Cortes! Lo que es l mucho
manotea en los ensayos que tiene en su cuarto consigo mismo. Siempre
levantar en cuajo a algn menisterio, y le obligar S.M. a tomar
cartera. Pues yo lo sentira, porque el hombre est ya demasiado
contrito de trabajo; y aunque con ello tendra una ms inflas, y podra
ir a palacio como a su casa, la salud es lo primero, doa Regustiana;
que a perro ladrador, la cebada al rabo.

Pues Julieta estren un vestido de color de huevo estrellado, con
sobrefalda de puf, y un enderezo de rubines y trompacios. Yo llevaba
cuerpo alto y falda de media cola.... En fin, ya lo ver usted en los
papeles, que lo relatan sin quitar un pelo.

Pues desear que me diga usted lo que se cuenta por ah de nosotros
con estos triunfos tan atroces.

Julieta no escribe, porque est durmiendo. A m se me caen los plpagos
de sueo, porque, hija, no he pegado el ojo desde antanoche; y por eso
no soy ms oppara en esta carta. Otra vez la contar lo que ahora me
callo, que le aseguro a usted, doa Regustiana, que es mucho y bueno.

Conque reciba usted muchos besos de Julieta y atentos osequios de mi
esposo; y con expresiones a las amigas, se despide hasta otra esta su
servidora, que de veras la estima,

JUANA ALUBIN DE LOS PEASCALES.




CAPTULO XIX


Pasaron das, y con ellos fueron creciendo las intimidades entre Julieta
y el diplomtico, hasta el punto de vrselos como la sombra y el cuerpo
en calles, paseos y espectculos; siendo de advertir que don Simn, no
solamente lo consenta, sino que lo fomentaba con reiteradas atenciones
hacia aqul, y con desmedidos elogios de sus prendas cuando de l
hablaba en familia. En cuanto a doa Juana, era madre, y adems tonta, y
adems vanidosa. Cmo no haba de entusiasmarse con aquel joven que,
sobre ser un personaje, la llenaba a ella y a toda su casta de incienso
en los peridicos y de lisonjas en la conversacin? Cmo no pagarle con
todo gnero de deferencias la popularidad que iba dando en Madrid a la
familia Peascales? Y qu podra suceder al cabo? Que Julieta y Arturo
llegaran a mirarse como nacidos la una para el otro? Pues mejor que
mejor. No era ella rica? No era l un personaje? No era joven? No
tena talento y elegancia?

Verdad es que, hasta aquella fecha, con ninguna credencial haba
demostrado el embajador que lo hubiera sido real y efectivamente; pero
no bastaban su aserto, y, sobre todo, las familiaridades que se
permita con ministros y diputados en el saln de conferencias?

De todas maneras, ya pensaba don Simn pedir, con cierto tino y cuando
cayera la pesa, los necesarios informes a persona que pudiera drselos.

Por de pronto, consultaba con l algunos puntos que deba tocar en su
discurso, y aceptaba agradecido las enmiendas que le haca y los
consejos que le daba acerca del uso de ciertas frases y determinados
_arranques_.

Presentado haba ya su proposicin a las Cortes, cuando fu llamado con
gran urgencia por el Ministro de la Gobernacin, su _especial amigo_.

Acudi a la cita ms que de prisa; encerrle S.E. en el camarn ms
oculto de su despacho; y despus de pasarle la mano por el lomo y de
regalarle una _breva_,

--Cmo anda usted de fondos en Madrid?--le pregunt en seco.

Don Simn se qued petrificado. Aquella pregunta, despus de los otros
preparativos, le hizo temer que el Ministro le buscara la bolsa.
Conoci ste, como si se los leyera en la cara, sus recelos, y se
apresur a decirle, soltando la carcajada:

--No lo pregunto para pedrselos prestados, seor don Simn.... Amigo,
los hombres ricos tienen ustedes la tranquilidad en un hilo.

Volvi a petrificarse entonces don Simn; pero fue de abochornado al ver
descubierta su ruin sospecha; y como para enmendarlo, respondi con
grandes aspavientos:

--Ah, seor Ministro! Me juzga usted muy mal. Ya usted sabe que cuanto
soy y tengo est a su disposicin.

--Muchas gracias--contest con sorna su excelencia--. Pero, felizmente,
no se trata ahora de eso, sino de todo lo contrario.

--Cmo!--exclam Peascales abriendo mucho ojo.

--En una palabra, deseo demostrar a usted que el Gobierno es buen amigo
de sus amigos, revelndole, en confianza, la ocasin de hacer un buen
negocio.

--A ver, a ver!--dijo con ansia don Simn, arrimndose ms al Ministro.

--Ya usted sabe--continu ste--cmo estamos autorizados, por un rasgo
de confianza que nunca agradeceremos bastante a las Cortes, no solamente
para arbitrar recursos con los cuales podamos vencer los gravsimos
obstculos que entorpecen la marcha desembarazada del Tesoro, nterin se
discuten los nuevos presupuestos, sino para decidir a nuestro gusto el
cundo y el cmo; en fin, que se nos han dado amplias facultades para
contratar.

--Conformes.

--Pues bien: el Gobierno tiene ya su plan formado, su resolucin hecha.

--Adelante.

--Y como usted es uno de sus mejores amigos, mis colegas y yo deseamos
enterarle, antes que al pblico, de ciertos pormenores, a fin de que,
como hombre de negocios, se prepare... y... ya usted me entiende.

--Tantsimas gracias! Pero esos pormenores....

--Voy all. El Gobierno.... Y por Dios!, sea usted en esto reservado
como una mazmorra; el Gobierno va a hacer un emprstito por suscripcin.
Emitir papel con un inters anual de veinte por ciento.

--Aprieta!

--Mis colegas y yo hemos credo que un cebo semejante es el mejor
atractivo. Las oposiciones dirn que lo hacemos porque est el Tesoro en
quiebra, y porque el que se ahoga no mira el agua que bebe; pero le
aseguro a usted que quien tal diga no estar en lo cierto. Por su parte,
el Ministro de Hacienda se compromete a demostrar a usted que el
emprstito, a pesar de ese inters, se hace en condiciones
ventajossimas para el Estado.


--Posible es--observ don Simn arrugando la cara.

--No he concluido todava--aadi su excelencia--. El papel se emitir a
setenta por ciento.

--Santa Brbara!

--Otra ventaja para el suscriptor!

--Ya, ya!--refunfu don Simn.

--No le parece a usted bastante claro todava el negocio?--preguntle
con picaresca sonrisa el Ministro.

--No es eso precisamente--respondi indeciso el diputado--. Es que, por
regla general, no me gustan los negocios en papel.

--Pero cuando el papel produce un veinte y se compra con un descuento de
treinta...

--Bien, y qu?

--Que con el cebo de ese inters extraordinario..., figrese usted!

--S; pero no veo yo garantas...

--Qu ms garanta que el favor del pblico?

--Adems, seor Ministro, y sta es la pura verdad: yo no tengo en
Madrid ms fondos que los estrictamente indispensables para cubrir mis
atenciones de familia, ni puedo distraer de mi casa de comercio grandes
sumas.

--Pues si usted tuviera que hacer eso--dijo entonces el Ministro,
encareciendo mucho sus palabras--, qu importancia tendra la
consideracin que quiere guardar a usted el Ministerio?

--No comprendo...

--Si cabalmente se trata aqu de que haga usted _la jugada_ sin
desembolsar un cuarto, o poco ms!

--Si usted se explicara...

--Cree usted, alma de Dios--continu el Ministro exagerando el tono
declamatorio de su discurso--, que un papel que se emite a setenta con
un inters de veinte, no subir otros veinte..., diez, siquiera, al
siguiente da de cubierto el emprstito..., al abrirse ste quiz? Pues
vende usted en el acto, y de este modo hace usted en un par de das el
negocio del siglo.

--S: eso es el _a b c_ del oficio--dijo don Simn con un poquillo de
desdn--; pero y si en vez de subir baja?

--Amigo, si se cae el cielo!... Pero cmo ha de bajar un papel
semejante en cuatro das?

No era don Simn tan tirols en negocios como en poltica; por lo cual
estuvo largo rato defendindose de los _desinteresados_ apremios del
Ministro.

Pero la verdad es que le halagaba no poco la consideracin de que, si
bien se corran riesgos al tomar un papel tan barato y de tan pinges
rendimientos, en cambio, si llegaba a mantenerse firme, se haca el
negocio ms bonito que pudiera imaginarse. Y como tanto le empujaba el
estmulo como le detena el temor, faltbale energa para adoptar una
resolucin terminante.

En estas dudas le sorprendi S. E., que lea en su cara como en un libro
abierto.

--Conque resueltamente no se anima usted?--le dijo, en su afn de
obligarle ms y ms.

--El caso es arduo--respondi don Simn mirndose las puntas de los
pies.

Conociendo S. E. que por aquel camino no llegaba al fin que se propona,
se resolvi a echar por el atajo, y, en consecuencia, se expres as:

--Debe usted considerar, adems, que el tomar ese papel ser un acto
eminentemente patritico, atendidas las circunstancias extraordinarias
que obligan al Gobierno a crearle.

--Sin duda alguna; pero...--respondi don Simn, sin dar ms lumbres.

--Tan patritico--aadi el Ministro--, que, tenindolo en cuenta el
Gobierno, ha resuelto..., y esto s que ha de ocultarlo usted hasta de
su propia sombra!

--Por de contado--dijo don Simn, sintiendo excitada su curiosidad--. Y
qu es lo que ha resuelto?

--Distinguir de una manera honrosa a los seis mayores suscriptores.

--Y cul es esa manera?--pregunt don Simn entonces, cegado ya por la
vanidad.

--Se trata--respondi el Ministro, hablando muy bajo y mirando
alrededor, como si temiera ser odo--de repartir entre los seis citados
suscriptores cuatro ttulos nobiliarios y dos grandes cruces.... Y sta
es otra de las razones que yo he tenido, por encargo de mis colegas, y
_aun de S.M._, para hablar a usted antes que a nadie; pues nos consta
que el emprstito va a tener muchos golosos, y nosotros deseamos que sus
ventajas recaigan en hombres tan dignos de ellas como usted.

Mucho amaba don Simn a su caudal; pero no hasta el punto de no ser
capaz de sacrificar una gran parte de l a cambio de una corona para sus
membretes y carruajes, y de un pergamino que le elevase al nivel de la
ms encopetada aristocracia. No poda el Ministro, por consiguiente,
haberle puesto un cebo ms estimulante. Lo saba S.E.? Yo no lo dir,
aunque bien pudiera. Lo que me cumple consignar es que a don Simn se le
llen la boca de agua; le palpit el corazn con inusitada violencia; le
temblaron las piernas, y, como por encanto, le desaparecieron aquellos
reparos que antes le impedan ver en la compra del papel un negocio
ventajoso. Por qu haba de bajar el papel y no subir? Y si bajaba,
qu valdra toda la prdida? Y de todas maneras, cmo desairaba l _a
S. M_. que, por lo visto, tena empeo en ennoblecerle?

Todo esto y mucho ms se le ocurri a don Simn en un solo instante; y
de tal modo influy en su nimo, que slo le tuvo para decir al
Ministro, con mucho miedo de parecer demasiado exigente:

--Si usted me permitiera meditar un poco sobre el particular...,
aplazar mi respuesta hasta dentro de unos das...

Demasiado conoca el Ministro que semejante proposicin era un modo,
como otro cualquiera, de ocultarle don Simn que le haba convencido la
promesa del ttulo nobiliario. As es que, accediendo con gusto a su
peticin, le dijo despus, para obligarle ms:

--Una sola cosa debo aadir a usted, por remate de nuestra conversacin;
y es que el Gobierno, gracias al concurso de hombres tan importantes
como usted, est asegurado para mucho tiempo, y que mientras viva, ese
papel ha de merecerle una proteccin decidida.

--Mi apoyo--repuso don Simn, ms blando que un guante--no ha de
faltarle mientras yo le vea dispuesto a velar por los intereses del
pas.

--Maana le dar a usted otra prueba ms de que el bien del pas es su
nico afn...

--Maana, dice usted?

--En el supuesto de que apoye usted su proposicin ese da, como asegura
hoy _El Ariete_.... Y a propsito: tiene usted buenos amigos en la
Prensa.

Don Simn, que no haba ledo todava la noticia que le citaba el
Ministro, rindi en el fondo de su corazn un nuevo tributo de gratitud
al incansable celo del diplomtico, y respondi:

--Favor inmerecido que me dispensan.

--Justicia que se le hace a usted, amigo mo. Y aun me atrevera a
asegurar a quin se la debe.

--De veras?--pregunt don Simn con ansiedad, creyendo llegada la
ocasin de saber lo que deseaba acerca del joven Arturo.

--Es el mismo diablo ese chico!--dijo sonriendo S.E.

--Luego le conoce usted?

--Y quin no le conoce en Madrid?... Digo, en el supuesto de que sea el
que yo creo, como me lo dan a entender el peridico, el estilo de los
sueltos y sus frecuentes paseos con usted en el saln de conferencias.

--Luego usted alude...?

--Al insigne Arturo Maraas.

--En efecto, le conozco, pero superficialmente...; quiero decir, que no
hay entre nosotros...

--Por supuesto, amigo mo. Cmo haba yo de creer que haba otro gnero
de tratos entre un hombre como usted y _una persona semejante_?

--Pues yo le crea un... medio personaje--replic don Simn,
disimulando el mal efecto que le causaron las ltimas palabras del
ministro, que aadi:

--Hoy lo parecen todos, seor de los Peascales.

--Y aun jurara--insisti ste--que le haba odo decir que perteneca al
cuerpo diplomtico.

Su excelencia solt la carcajada.

--Luego no es cierto?--exclam don Simn--. Luego no ha representado
nunca a Espaa en ninguna corte extranjera?

El ministro volvi a rerse con toda su alma.

Don Simn entonces solt tambin su poco de carcajada; pero su risa era
la del conejo. Despus exclam:

--Pero es posible que con tal descaro se mienta?

--Si cabalmente lo que ms gracia me hace en ese hombre--dijo al cabo
S.E.--es su especial habilidad para mentir sin faltar por completo a la
verdad!

--No comprendo...

--A usted le ha dicho, quiz, que ha sido embajador?

--Poco menos...; y que los gobiernos han combatido siempre en las
urnas su candidatura, por el miedo que les inspiraba.

--Ja, ja, ja!

--Por lo cual no ha logrado todava salir diputado.

--Ja, ja, ja!

--Conque no es cierto, eh?

--Ni con cien leguas!

--Qu demonio de chico!--exclam entonces don Simn, pellizcndose los
muslos.

--Recuerdo--continu el ministro--que una vez se le di una comisin
extraordinaria, que nadie haba querido aceptar, para la costa de
Africa, con motivo de unos nufragos que estuvieron a punto de ser
engullidos por aquellos brbaros; y me consta que varias veces le han
sido rechazadas sus pretensiones de presentarse en un distrito como
candidato ministerial. A esto llama l, sin duda, pertenecer al cuerpo
diplomtico y ser temible a los gobiernos.

--Evidentemente!

--Ja, ja, ja!

--Ja, ja, ja!--repiti a regaadientes don Simn, creyendo saber ya
demasiado y ponindose en pie.

--Si hay cada gato en Madrid--djole el ministro, levantndose
tambin--, que se pierde de vista!... Y no lo digo precisamente por el
joven Arturo, de quien, en honor de la verdad, nada s que pueda
afrentarle, aparte de ese afn que muestra siempre de darse una
importancia que no tiene. Pero abundan otros pjaros de mucha cuenta, de
los cuales hay que huir como de la peste.

--No me duermo yo sobre la paja!--observ don Simn, queriendo decir un
chiste.

--Por lo dems--aadi S.E. llevndole hasta la puerta de su despacho--,
excuso recomendarle de nuevo el asunto que aqu nos ha reunido, y la ms
completa reserva por unos das.

--En cuanto a reservado--dijo don Simn hinchndose mucho--, no es por
alabarme; pero soy lo mismo que un alcornoque.

--Me consta, amigo mo--repuso el ministro sonriendo, quizs sin segunda
intencin.

Y nuestro diputado baj las escaleras echando chispas. Se le figuraba
que tardaba demasiado en llegar a su casa para cerrar las puertas de
ella al diplomtico de pega. Si el da antes hubiera hecho las
averiguaciones que acababa de hacer respecto de este personaje, en el
acto habra roto con l todo gnero de relaciones: cmo no proceder as
desde el momento en que estaba abocado a ser ttulo de Castilla? Qu
dira la aristocracia vieja si le vea cultivando el trato de un
charlatn semejante?... Pero sera tiempo todava de evitar algo que
sospechaba? Estara Julieta tan resuelta como l a cortar todo trato
con aquel hombre?... Pero si no lo estuviera, cundo mejor que entonces
haban de servirle de algo sus derechos de padre y de jefe de familia?

En estas y otras cavilaciones, lleg a casa; tan oportunamente, que se
encontr en ella al joven Arturo en ntima conversacin con Julieta,
mientras doa Juana se haca la desentendida, removiendo sillas y
muecos que estaban muy en su lugar.

--Seor don Arturo--dijo sin otro ceremonial don Simn, al aparecer en
escena--, tengo que hablar con usted, a solas unas cuantas palabras.

El interpelado, tan fino como siempre y no sospechando lo que iba a
sucederle, tom el sombrero que tena sobre una silla, se levant de la
que ocupaba, y dijo al recin llegado:

-Estoy siempre a la disposicin de usted.

Don Simn le condujo hasta el vestbulo; y echando una mano al pasador
de la puerta de la escalera, le dijo muy serio:

--Como yo nunca miento, creo siempre a los hombres por su palabra.
Creyendo las de usted, le abr mi corazn y las puertas de mi casa. Hoy
he sabido que no es usted digno del uno ni de la otra, y le planto de
patitas en la calle.

Y abri la puerta de par en par.

Arturo, de pronto, se puso plido; pero recobrando en seguida su
serenidad, calse el sombrero, y respondi con descaro y cierta altivez:

--Nada hay en mi vida cuyo recuerdo pueda abochornarme; por lo tanto, le
exijo a usted una explicacin de esas palabras que me ha dirigido en son
de afrenta.

--No necesito dar ms explicaciones que sta!--dijo don Simn,
empujndole hasta la escalera y cerrando en seguida la puerta.

Arturo, al verse tratado as, rugi de ira; y no sabiendo qu partido
tomar en momentos tan crticos, satisfzose, por de pronto, con arrimar
la boca al ventanillo y gritar con todas sus fuerzas:

--Estpido!... Tiembla por ti!

Y baj en seguida la escalera, como si le llevaran los demonios.

Pero don Simn oy la amenaza y tembl; no de miedo a la muerte, sino de
horror a la palabra _estpido_! con que le bautizaba aquel hombre, el
mismo que tantas veces haba ponderado su talento. Cundo le haba
dicho la verdad?

Aturdido por esta duda, se dirigi al gabinete en que haban quedado su
mujer y su hija; y sin tomar nuevo aliento, les refiri lo que acababa
de hacer y lo que, como causa de ello, le haba contado el ministro.
Doa Juana se qued hecha una estatua; pero a Julieta le centellearon
los ojos. Pocos momentos despus se enredaba una agitadsima discusin
entre aquella familia, hasta entonces modelo de paz y de armona. Don
Simn estaba resuelto a que Arturo no volviera a poner los pies all.
Julieta, que haba sabido por multitud de respuestas, arrancadas a su
padre, que en la conducta de aqul no haba de censurable ms que el
afn de darse importancia, protestaba contra una medida tan violenta; y
doa Juana apoyaba a su hija. Don Simn insista en sus propsitos, y se
abroquelaba en sus indiscutibles derechos.

Pero Julieta era ms difcil de someter de lo que a su padre se le haba
figurado hasta entonces. Bajo aquella capa de glacial desdn, se
ocultaron siempre un corazn fogoso y una voluntad de hierro. Slo haba
faltado a estos elementos, para dejarse sentir en toda su fuerza
poderosa, algo que los estimulara. Este estmulo le tena ya en Arturo,
en su recuerdo gratsimo.

--En la ciudad--dijo, entre otras cosas, Julieta a su padre--, todos los
pretendientes a mi mano le parecieron a usted indignos de ella, por
juzgarlos hombres de poca importancia; y como ninguno me interesaba,
renunci a ellos sin grande esfuerzo. En Madrid, pareca haberse hallado
el tipo del marido que me convena. Presentronmele, hicironme conocer
su talento y su hermosura; y cuando ha llegado a interesarme, cuando
quiz... le amo, se le arroja para siempre de mi lado por un delito que
es cabalmente, aunque en otra forma, el pecado capital de mi propia
familia. Y se pretende ahora que con la facilidad con que se le cierran
las puertas de esta casa, le cierre yo las de mi corazn!... Esto es
imposible!

Don Simn no supo qu responder a esta parrafada. Estaba admirado de su
hija, a quien jams haba credo mujer de tal tesn ni de semejante
elocuencia. En cuanto a doa Juana, no slo la aplaudi con todas sus
fuerzas, sino que la di un apretado abrazo.

Entonces comprendi don Simn que no bastaban sus propios elementos para
conjurar los que se le ponan enfrente, y se decidi, como los malos
predicadores, a sacar el Cristo para conmover ms fcilmente. As, pues,
confi a su mujer el _secreto_ del fascinador ttulo nobiliario, y la
pregunt en seguida, con el acento ms dramtico que pudo, si le
parecera regular proteger los amores de su hija con un _perdulario_
semejante, cuando estaba prxima a ceir sus sienes... acaso con la
ducal corona.

No se enga don Simn, en cuanto al efecto que se prometa, en su mujer
a lo menos, de este argumento; pues doa Juana, como si le hubiera
recibido en medio de la nuca, descompuesta y febril, comenz a fulminar
tempestades sobre su hija, porque, con sus locos amores, quera
desautorizar a su familia ante la ilustre clase a que ya se daba por
perteneciente.

Al ver tan loca intemperancia, Julieta, por toda respuesta, mir a su
madre con un gesto que daba la medida exacta de la capacidad de doa
Juana; lanz otra ojeada no menos expresiva ni ms lisonjera a su padre,
y sali del gabinete para encerrarse en el suyo, en el cual devor en
silencio muchas lgrimas de ira, y tal vez ech los cimientos de algn
propsito rebelde.

Y como don Simn no tena mucho tiempo que perder, se fu a su despacho,
desprendindose a duras penas de su mujer, que no se cansaba de
preguntarle _cmos y cundos_, y se puso a escribir al encargado de su
casa de comercio, ordenndole que, a vuelta de correo, le librase
cuantos fondos tuviera disponibles y le dijera con qu otros podra
contar y en qu fechas.

En seguida se dedic a repasar su discurso, el cual deba pronunciar al
da siguiente. Pero con qu nimos _ensayaba_! La discordia haba
entrado ya en su casa, y el hombre que deba ser su panegirista al otro
da, acababa de llamarle _estpido_! a sus barbas, y probablemente se
lo repetira muy luego en letras de molde. Oh!..., si le hubiera sido
posible retirar del Congreso su proposicin! Si el demonio no le
hubiera tentado para presentarla! Si, a lo menos, los compromisos de
su posicin jerrquica le hubieran permitido retardar unos das el
rompimiento!... Pero ya no tena enmienda. El abismo estaba abierto, y
era preciso lanzarse sobre l. A bien que al otro lado le esperaban un
ilustre pergamino, objeto de las ambiciones de la mitad de su vida, y la
gloria de su nombre en la admiracin del pas. No era corto el espacio
comparado con las alas?




CAPTULO XX


Y lleg el instante fiero.

Un secretario ley en el Congreso la proposicin de nuestro diputado, y
el presidente dijo en seguida:

--El seor de los Peascales tiene la palabra para apoyarla.

Jams oy el aludido un estruendo tan horripilante como el que formaron
estas palabras en sus odos.

La proposicin, por sus extraos trminos, haba adquirido cierta
celebridad en el Congreso, y el _orador_ se estrenaba con ella. Todo
esto contribuy a que los diputados, contra lo que esperaba don Simn
por nico consuelo, permaneciesen en sus bancos. El trance en que se le
pona era superior a sus fuerzas. Y para acabar de perderlas, en el
momento de levantarse para hablar, vi en la tribuna de periodistas, que
tena enfrente, a su jurado enemigo, de pie, en primer trmino, con el
lpiz en una mano y el papel en la otra, mirndole con ojos de
basilisco. Ms que a tomar nota de las palabras del diputado, pareca
dispuesto a dibujar su caricatura. Las dems tribunas, llenas como
siempre. Felizmente su familia se haba quedado en casa, por no querer
Julieta salir de ella.

Plido como la muerte, y trmulo de espanto, se levant don Simn de su
banco, y se apoy con ambas manos en el delantero. Quiso hablar y le
falt la voz. Pidi por seas un vaso de agua, y mientras se le traan,
se limpi la boca con el pauelo; tosi e hizo cuanto es de rigor en
casos de angustia semejante. Un ujier se le acerc con dos vasos llenos
en una bandeja. Bebise el contenido de uno sin resollar. Poco despus
hall voz en su garganta, y dijo: Seores diputados.... Nueva
dificultad! No se le oa. Quiso decirlo ms recio, y lo dijo a gritos.
(_Risas_.) Baj de tono, pero no se puso en el conveniente. As recorri
todos los de la escala, y no di con la _tessitura_ hasta la sptima
embestida. Pero haba perdido en el tanteo la poca serenidad que le
quedaba. Entonces se trag el segundo vaso de agua; y al ver desocupados
los dos, el ujier puso a su lado otra bandeja con otros tres.
(_Carcajadas en escaos y tribunas_.) Don Simn sinti entonces trocarse
su angustia en desesperacin. Hizo un esfuerzo supremo, y se tir de
pechos al asunto, como pudiera haberse tirado desde un balcn a la
calle, si junto a s le hubiera tenido abierto. As sali ello! En su
vrtigo desatentado, troc todos los frenos; y viendo las cosas del
revs, pidi que se abriera un canal en cada habitante de su provincia,
y que se eximiera del pago de la contribucin a todas las carreteras de
aquel pas, como era justo... y _contingente_, segn pensaba
demostrarlo. Pero la ebullicin del Congreso lleg entonces a parecerse
a una tempestad, y el _honorable_ diputado, sintiendo hundirse el suelo
bajo sus plantas y desplomarse el techo sobre su cabeza, cort de pronto
el hilo de su enmaraado discurso, y concluy en seco. Levantse en
seguida en el banco azul su amigo el ministro de la Gobernacin, a
asegurar al aturdido diputado que el Ministerio estaba dispuesto a
secundar, en cuanto le fuera dable, el propsito contenido en la
proposicin que acababa de apoyarse; mas a pesar de esto y de haber sido
tomada en consideracin por el Congreso, don Simn no pudo consolarse.
La corrida que acababan de darle haba sido mayscula, y temblaba
tambin por la que le dara el pas si lea su discurso tal cual haba
sido pronunciado.

Por ver si tena enmienda, se fue ms tarde a la redaccin del _Diario_,
y all le tranquilizaron un poco. Siguiendo la costumbre establecida,
se le dijo que se pondra lo que l quisiera, para lo cual dej sobre la
mesa todo su discurso, tal como se le haba corregido Arturo cuando an
era su amigo.

Del mal, el menos.

Aquella noche se acost temprano y no durmi; pero, en cambio, sud
copiosamente.

Al otro da no tuvo valor para hojear los peridicos de oposicin; pero
una fuerza irresistible le hizo fijarse en _El Ariete_. Primero ley su
discurso en el extracto de la sesin, y se admir al ver _qu bonito_
estaba. En seguida clav su vista en la _Crnica parlamentaria_; y
entonces estuvo a pique de morirse de repente, al leer, entre otros,
nada lisonjeros para l, estos renglones:

La proposicin del diputado Peascales, clebre desde ayer en los
fastos parlamentarios, es una verdadera monstruosidad en la forma y en
el fondo; y bien seguro es que no hubiramos dicho de ella lo que
dijimos al anunciarla, si la hubiramos conocido entonces como la
conocemos ahora. Esa misma monstruosidad hace muy difcil, si no
imposible, que se la pueda presentar a la Cmara como hija de una
verdadera necesidad de los pueblos, a cuyo beneficio se encamina. Para
empresa tan colosal no bastan las fuerzas del ms hbil tribuno. Qu
efecto haba de causar ante las Cortes, apoyada por un ignorante
ridculo, que cree que es lo mismo sumar columnas de guarismos qu
hablar ante la representacin del pas! Responda por nosotros la sesin
de ayer. Y cuenta que no sentimos lo ocurrido en ella por la gloria del
_orador_, corrido all como una liebre, pues por muchas que sean
sus presunciones, no debe, en su estulticia ingnita, aspirar a mayores
triunfos; sino por el prestigio del Parlamento y por la dignidad del
Ministerio, que acogi bajo su amparo un asunto que pas los lmites de
lo grotesco.

Cuando tales cosas deca de l un diario ministerial, que poco antes le
haba puesto en los cuernos de la luna, qu no diran los que, amn de
ser de oposicin, no tenan que guardarle miramiento alguno? Jams supo
el pobre hombre hasta qu punto le maltrat aquel da la prensa de todos
matices. Y no fu poca su suerte en ignorarlo, pues la sospecha de ello
solamente le tuvo tres das en la cama, a caldo colado.

Cuando se levant, entre la montaa de cartas que se le haban
aglomerado en la mesa de su despacho, hall tres que merecieron su
preferencia. La una era de sus amigos de la ciudad, que le felicitaban
por el _triunfo_ obtenido en las Cortes al defender tan _brillantemente_
los intereses de su pas. Con este _golpe_--le decan entre otras
cosas--, ha tapado usted la boca a los que aqu se permitan murmurar
de su ciego ministerialismo, bien probado con el voto que di al
Gobierno en la cuestin del emprstito.

Revivi con esta incensada el amortiguado espritu de don Simn, y en el
acto se puso a contestar a sus amigos, dndoles las gracias y
asegurndoles que en la ya prxima discusin de los presupuestos
demostrara a sus murmuradores cun leve era su adhesin al Ministerio,
comparada con su amor al pas que representaba.

La segunda carta era de su apoderado. Le remita letras por valor de
veinte mil duros, y pona a su disposicin cuarenta mil ms para dentro
de quince das, y otros veinte mil para fin de mes, fechas en las cuales
tena la casa esos vencimientos que cobrar de las acreditadsimas A...
y B..., y cubiertas todas sus atenciones del momento.

La tercera carta era del ministro, el cual le participaba, _en
confianza_, que el emprstito estaba a punto de abrirse.

El caso era de apuro para don Simn. Resuelto a hacer una hombrada en lo
del emprstito, los ochenta mil duros de que poda disponer le
parecieron poca cosa, y, por consiguiente, una miseria los veinte mil
del momento. Qu valan stos para aspirar l, como principal
suscriptor, a la ofrecida recompensa? Habra tantos banqueros que le
aventajaran por triplicado! Poda ir comprando papel a medida que le
fueran remitiendo fondos; pero y si se cubra el emprstito el primer
da? Adis ttulo nobiliario entonces!... No le quedaba otro remedio
que _hacer dinero_ a todo trance; y lo ms sencillo le pareci girar a
cargo de su casa las cantidades, y a las fechas marcadas por su
apoderado, y negociar las letras en la Bolsa.

Y as lo hizo.




CAPTULO XXI


Don Simn consigui muy fcilmente ser, no de los primeros, sino el
primero entre los primeros suscriptores, porque el emprstito tuvo pocos
golosos. Pero el Ministro no le concedi el ofrecido premio. Al abrirse
aqul, volvi a combatirle, desbordada, la prensa de oposicin; prob,
sin gran dificultad, que semejante operacin era el sntoma ms evidente
de la bancarrota que amenazaba; cundi la desconfianza, y del primer
tirn baj el papel diez por ciento. Cmo haba de colocarse el resto?
Y no colocndose todo, cmo haba de saber el Gobierno quin mereca
los ttulos de nobleza y las grandes cruces?

Pero bueno estaba el Ministerio para pensar en tales frusleras! Al
desastre del emprstito haba seguido otro no menos grave para los
Ministros. Una contradanza de gobernadores y una hornada de altos
funcionarios se haban hecho indispensables en aquellos das; y como
las vacantes eran menos que los diputados ministeriales, hubo entre
stos disgustos, discordias y desavenencias, ya por razn de despecho,
ya por razn de estmago; cundi la indisciplina, y de la noche a la
maana se hall el Gobierno en grave riesgo de perder la mitad de sus
huestes. Entonces tom la poltica ese aspecto edificante, que es la
delicia de los hombres libres y la mostaza del _sistema_. Cabildeos por
ac, reuniones por all, ofertas de este lado, splicas del otro, grupos
en aquel rincn, voces en este pasillo, citas a deshora, carruajes que
van, personajes que intervienen.... Y entretanto, la prensa hablando de
crisis; refiriendo idas y venidas; resultados que se esperan; fines que
se temen; bofetones que se dieron, y lances de honor que se _arreglan_.

Para colmo de complicaciones, haba empezado en el Congreso la discusin
de los presupuestos, cosa rara!; y el Gobierno, que haba prometido
dejar la cuestin libre a sus diputados, como las oposiciones le
cercenaban los ingresos y el emprstito no se cubra, no tuvo ms
remedio que hacer _cuestin de gabinete_ la aprobacin de ciertos
captulos.

Entonces fu cuando Peascales perdi la serenidad y se ech de bruces
en el agitado mar de la poltica.

Su situacin no era para menos. Por compromiso adquirido con sus amigos
y aun con su propia conciencia, deba votar todo aquello que tendiera a
aliviar las cargas de los agobiados pueblos.... Y cabalmente iba a darse
la batalla primera en los artculos que recargaban desatentadamente la
propiedad territorial, ya de muy antiguo gravada con impuestos
insoportables. Y l era representante de un distrito rural! Pero tena
comprometida la mitad de su fortuna, acaso toda ella al da siguiente,
en un negocio cuya nica garanta era la conservacin del Ministerio que
le haba metido en el ajo; Ministerio a la sazn tan inseguro por las
deserciones ocurridas en sus filas, que un solo voto de ms o de menos
poda salvarle o perderle. Cmo votaba l con la oposicin?...

No vacil siquiera. Con cuerpo y alma se dedic, y con mayor empeo a
medida que el da funesto se acercaba, a predicar la paz y la concordia
entre las fuerzas disidentes. Loco intento el suyo!... Aquellos
polticos, al revs que l, cuando ms hundido vean a un Gobierno, con
menos inters le miraban; y en cuanto le consideraban moribundo, como ya
nada poda darles, corran a agruparse en derredor de los hombres
indicados para sucederle en el poder.

Cuando don Simn se hubo penetrado de esta ya vieja _teora_
parlamentaria, se di a los demonios, y hasta se atrevi a decir
iracundo a algunos desertores:

--Pero qu patriotismo es se? Ayer apoyando al Gobierno, como al
mejor de los posibles, y hoy combatindole por una nimiedad!

--Y qu patriotismo es el de usted?--le contestaron.--Votar contra los
intereses de los pueblos, por salvar los que tiene usted comprometidos
con _esta gente_!

La rplica no tena vuelta; y ya sudaba don Simn por falta de una,
cuando el Ministro se le acerc. Insinundosele ste con un discreto
tirn de la levita, le llev hasta el pasillo ms obscuro, y all le
dijo muy callandito:

--Animo, amigo mo! La cosa marcha bien. Firme con ellos, y cuidado
con dejarse seducir por esa _patulea de hambrientos_! Su ttulo de usted
est firmado ya, y el emprstito cubierto, a juzgar por las ltimas
noticas transmitidas al Gobierno.

Y dejando a don Simn ms turulato de lo que estaba, coga S.E. a otro
diputado y le deca algo que pudiera halagarle; mientras a Peascales le
agarraba un disidente, y pintndole con vivos colores la situacin de la
patria, y ofrecindole en nombre de _su partido_ torres y montones,
pona al Ministerio y a los ministeriales como trapos de fregar.

Y en estas vertiginosas evoluciones, todo el Congreso durante muchos
das; el Ministerio prolongando el debate cuanto le era dado para
alejar la votacin hasta tanto que pudiera ganarla, o convencerse de que
la tena perdida; la prensa desatada, y los centros administrativos
cruzados de brazos, esperando la resolucin de la inminente crisis que
acabara con un cambio completo del personal; en el cual caso, para qu
dar una plumada ms?

Entretanto, la muerte del Gobierno era inevitable. Los diputados que le
quedaban fieles, lo eran a causa de haberse visto complacidos en aquello
mismo en que haban sido desairados los disidentes. Cmo atraer a stos
y no perder a los otros, no habiendo cebo para todos?

Y el da de la votacin avanzaba rpido, a pesar de los subterfugios del
Gobierno; y los peridicos se desgaitaban descomponiendo en cifras las
fracciones del Congreso. Segn el clculo ms lisonjero que podan hacer
los ministeriales, el Gobierno iba a ser derrotado por tres miserables
votos!

--Para cundo son las pulmonas y los clicos cerrados?--exclamaba, al
leerlo, don Simn en su despacho, y sin pararse ya en barbaridad ms o
menos.

Reflexionaba as el Ministerio? Tal vez; pero no se le trasluca. Nada
ms fcil a ste que inutilizar media docena de diputados hostiles por
medio de otros tantos autos de prisin, o de falsos telegramas que los
alejasen de Madrid el da crtico; pero estaba l seguro de que
apelando a estos extremos, aunque muy parlamentarios, nada buenos, no le
exterminasen las oposiciones otros tantos auxiliares, con una paliza,
por ejemplo?

No haba, pues, otro remedio que tomar los acontecimientos como se
presentaran.

Y lleg as el da fatal; y aunque los cabildeos y la efervescencia no
cesaron un instante, y don Simn vot con tal ira y tal mpetu que
arranc carcajadas a las tribunas, el Gobierno perdi el pleito; y como
no tena a la mano un decreto dado por la _regia prerrogativa_, dise
por muerto y present su dimisin.

Peascales entonces, creyendo ver un abismo abierto a sus pies, cay con
un sncope, entre la rechifla de las huestes victoriosas.




CAPTULO XXII


El nuevo Ministerio pareca complacerse en deshacer cuanto su predecesor
haba hecho. Eran ambos de una misma familia; y sabido es que las
guerras intestinas son tanto ms encarnizadas cuanto ms afines son los
beligerantes. Los peridicos ministeriales sacaron a la luz de la
publicidad todos los trapillos del Gobierno cado, y hubo especial
empeo en hablar de los cuatro ttulos de nobleza y las dos grandes
cruces consabidas, y en trastear particularmente a don Simn, como a
novillo bravo.

Con estas tendencias del nuevo Ministerio, el papel del emprstito baj
hasta la mitad de su valor.

Tal fu el primer caldo que tom Peascales al convalecer del sofocn
que le tumb en el Congreso al caer el Gobierno que le _protega_.

El segundo caldo fue todava ms amargo.

Faltaban dos das para vencer los primeros giros que haba hecho a cargo
de su misma casa, y segua bajando desastrosamente el papel en que haba
invertido aquellos fondos, cuando recibi el siguiente lacnico
telegrama de su apoderado:

_Casa A... suspendi pagos; necesito fondos vencimientos pasado
maana. Consternacin plaza_.

Este golpe era terrible para don Simn. Se recordar que con lo que
deba entregar la casa A... a la suya contaba sta para pagar los
cuarenta mil duros girados por aqul. Qu desquiciamiento no sufrira
la mquina de sus negocios, para llenar tan enorme vaco con recursos
destinados a otras atenciones indispensables! Qu serie de
complicaciones no podra traer la quiebra de una casa tan importante
como la que acababa de suspender los pagos! Cmo se presentaran las
cosas a fin de mes, poca en que vencan los otros giros! Y entretanto,
qu haca l para ayudar a su casa, con ochenta mil duros invertidos en
un papel que no vala diez mil, vendido en el acto?

Entonces s que maldijo con todo su corazn la hora en que sali de su
casa, y el momento en que se decidi a pisar el campo de la poltica y a
dejar las apacibles tareas de sus fciles negocios; a trocar el
prestigio y la consideracin de que gozaba entre los prohombres de su
pas, por una ilusin de grandeza, que, en realidad, slo le haba
valido desengaos, y empezaba a amenazarle con la ruina y la miseria!

No cabindole el susto en el corazn ni hallando sus pulmones aire
bastante en el recinto de su despacho, sali en busca de su familia para
desahogar con ella una parte siquiera de la angustia que le asfixiaba;
pero no tuvo necesidad de recorrer mucho camino, porque a la mitad de l
se tropez con doa Juana, que vena buscndole, plida, con la boca
abierta, las manos sobre el cogote y los ojos extraviados. Creyndola
enterada del desastre por alguna noticia particular, la dijo con el
mayor desaliento:

--Conque ya lo sabas?

--Hace diez minutos nada ms!--respondi doa Juana, trmula y
tartamudeando.

--Quin te lo cont?

--Nadie.

--No puede ser eso. Alguno te ha dicho...

--Repito que nadie. Viendo yo que no sala de su cuarto a la hora
acostumbrada, fu all para ver si estaba enferma. Entro, y no la hallo;
la busco por toda la casa, y no parece; llamo a la doncella, y tampoco
est en casa; vuelvo a su gabinete, y veo la cama sin deshacer, su
ropero en desorden y vaco el cofrecillo de sus alhajas.

--Pero de quin me ests hablando?--grit el infeliz Peascales,
dominado de pronto por una horrible sospecha.

--De Julieta--respondi con igual asombro doa Juana--; de Julieta, que
debe de haber hudo de casa anoche o esta maana muy temprano.... Pues
de qu otra cosa venas a hablarme t?

Doa Juana no obtuvo respuesta a esta pregunta, porque su marido cay al
suelo como un tronco, sin soltar el telegrama que llevaba en la mano.
Apoderse de l doa Juana, por ver si hallaba un poco de luz en tan
pavorosa obscuridad; y aunque no comprendi por la lectura de las
desvencijadas frases toda la verdad, temi lo ms malo; y como en todo
era extremosa, se desplom sobre su marido, formando los dos cuerpos en
el suelo un solo montn, y no pequeo.

Poco despus de volver ambos en s, entregaron a don Simn una carta,
con sello del correo interior. Era de Julieta, y deca:

Cuando ustedes reciban sta, har muchas horas que he abandonado esa
casa, amparada por el elegido de mi corazn; el mismo a quien ustedes
arrojaron de ella. Estoy en la de una persona de toda respetabilidad,
hasta tanto que no se me conceda el ms cordial beneplcito para unirme
ante Dios al que ya es dueo de mi libertad. Si este mi deseo vivsimo
les merece una respuesta favorable, dirjanmela por el correo, que yo
cuidar de recogerla en la lista. Si con el silencio me responden, me
acoger al derecho que me da la ley, pues estoy resuelta a todo, menos a
renunciar a un enlace en el cual fundo toda la felicidad de mi vida.

Comprendo la magnitud del dolor que a ustedes causar la forma violenta
de mi inquebrantable resolucin, y le lloro con el alma, porque es muy
grande el amor que les profesa su desgraciada hija,

JULIETA.

Necesito pintar el efecto que produjo esta carta en el atribulado
matrimonio? Seguramente que no. Don Simn y su mujer podran ser todo lo
bestias que se quisiera para no comprender la inminencia de ciertos
peligros en un carcter como el de Julieta; pero, al cabo, eran padres
de sta, y la amaban con delirio.

En su afn de recobrarla, pensaron en poner en juego a la polica, dando
parte del suceso hasta al Gobierno, si fuese necesario; pero no
equivaldran estos pasos a publicar su propia deshonra? Preferible era
proceder de otra manera ms sigilosa para hallar la oveja descarriada.
Pero vuelta sta al redil, sola, y en el supuesto, nada aventurado, de
que el suceso hubiese transcendido, por muy honrada que volviera,
habra muchas personas que lo creyesen, y, entre stas, una que se
atreviera a pedir su mano? Ms an: se atrevera a concederle la suya
el mismo hombre que la haba robado, si llegaba a advertir que el caudal
de la fugitiva estaba expuesto a deshacerse como la nieve al sol?

Todas estas y otras anlogas reflexiones se hicieron al instante sus
acongojados padres, que al fin se decidieron a poner en el correo una
carta, segn la cual accedan de buena gana a los deseos de Julieta,
con la condicin de que sta tornase pronto al paterno hogar.

Hecho esto, procedi don Simn a vender de cualquier modo el papel que
tena del emprstito y a remitir a su casa su mezquino valor.




CAPTULO XXIII


Pocos das despus se celebraron las bodas de Julieta y Arturo, hechas
las paces y prometida de ambas partes la ms cordial intimidad para lo
futuro. Pero don Simn, al mostrarse afable y complacido en la _fiesta_,
slo rea con la cara. Su corazn estaba herido por el desengao triste
que le haba dado la violenta resolucin de su hija, y por el no ms
alegre que le costaba la mitad de su fortuna. Doa Juana estaba hecha
una simple, y tan pronto rea como lloraba. Arturo y Julieta eran, en
cambio, completamente felices en aquellos momentos. Pero qu novios no
lo fueron el da de la boda y aun algunos despus?

Que _El Ariete_ habl largamente de la boda de la hermosa Julieta de
los Peascales con nuestro compaero el distinguido escritor y
diplomtico don Arturo Maraas, no hay para qu decirlo, porque se
supone fcilmente; pero, ay!, a don Simn no le pas de las narices
aquel incienso: conservaba mucho ms adentro el recuerdo martirizador de
la palabra _estpido_, con que le haba calificado el mismo que quiz
redactaba aquellos lisonjeros prrafos, y saba de memoria los que haba
dedicado la misma pluma a su desastre parlamentario. Doa Juana era la
que todava se pagaba mucho de esas cosas, y las aceptaba con
entusiasmo, por el efecto que haran en la ciudad, para la cual
anunciaba _El Ariete_ la inmediata salida de los recin casados, con
toda su familia.




CAPTULO XXIV


Y salieron, en efecto; mas no como principio de un largo viaje de
recreo, segn afirmaba el peridico, sino porque a don Simn le urga
mucho volver a su casa para enterarse del verdadero estado de sus
negocios, y prevenirse, si le era dable, contra nuevos desastres.

A su llegada tuvo visitas sin cuento, felicitaciones sin nmero, y hasta
serenatas; pero todo ello le supo a rejalgar; porque la quiebra que le
haba cogido los cuarenta mil del pico, haba hecho vacilar a otras
casas, con las cuales tena tambin la suya no pocas relaciones,
resultando de semejante complicacin que se vi muy mal para llenar sus
compromisos a fin de mes.

Cumplilos al cabo; pero no sin ver mermada su fortuna en ms de dos
terceras partes, y, lo que fu an ms triste, su crdito comprometido.

Entonces enter a su yerno de cuanto le ocurra; y Arturo, que se haba
propuesto brillar en el ancho campo de la poltica a expensas de su
suegro, hall ms conveniente, si no ms placentero, pedir a ste un
atril en su escritorio y ayudarle con todas sus fuerzas a levantar el
edificio que pareca desmoronarse.

Acept la oferta de buen grado don Simn; y como el otro no era tonto,
ayudado de su inters particular, ya que no de sus inclinaciones
naturales, que eran bien opuestas al comercio, hzose en poco tiempo un
_pinche_ de primera fuerza, y lleg a ser un comerciante en toda regla.

Las ltimas noticias que yo tuve de esta apreciable familia, la pintaban
en camino de recobrar la hundida fortuna, pero muy lejos todava de
conseguirlo; doa Juana se haba quedado mema de un _aire perltico_;
Julieta tena dos hermosos nios; Arturo diriga la casa de comercio, y
don Simn haba sido expulsado del Casino por haber dicho en pleno
_Senado_, en una de sus tertulias ms borrascosas, estas sencillsimas
palabras, hijas legtimas de sus desengaos, que tan caro le costaban:

--El mal no est en que, por casualidad, salga de un mal tabernero un
buen ministro, o un gran alcalde, o un perfecto modelo de hombres de
sociedad; la desgracia de Espaa, la del mundo actual, consiste en que
quieran ser ministros todos los taberneros, y en que haya dado en
llamarse verdadera _cultura_ a la de una sociedad en que _dan el tono_
los _caldistas_ como yo.


1872.






=LIBRERA GENERAL DE VICTORIANO SUREZ= PRECIADOS, 48 MADRID

=Cortejn= (C.), Director y Catedrtico de Historia de la Literatura en
el Instituto de Barcelona y Correspondiente de la Real Academia
Espaola. _Arte de componer en Lengua castellana_. 4. edicin. Madrid,
1911. En 4., 6 pesetas.

=Mayans y Sscar= (G.).--_Orgenes de la lengua espaola_, compuestos
por varios autores, recogidos por D. Gregorio Mayans y Sscar,
Bibliotecario del Rey, publicados por primera vez en 1737 y reimpresos
en 1873, con un prlogo de D. Juan Eugenio Hartzenbusch y notas al
Dilogo de las lenguas y a los orgenes de la lengua, de Mayans, por D.
Eduardo Mier. Madrid, 1873. En 4., 8 pesetas.





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1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
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of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
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law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
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or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
https://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at https://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit https://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: https://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


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